sábado, 19 de septiembre de 2026

Observaciones sobre el ateísmo (3/3)

El verdadero ateísmo no consiste en negar cualquier idea de Dios, sino en rechazar el concepto verdadero de Dios, inmutable y eterno. ¿Cómo distinguir entre un falso dios y el Dios verdadero? ¿Qué sucede cuando la razón, debilitada por filosofías erróneas, reduce la existencia a lo “problemático” y convierte la certeza en mera opinión? ¿No es el teísmo, más que el ateísmo, lo verdaderamente irrefutable? Este texto del padre Giovanni Cavalcoli examina las tergiversaciones modernas, desde las de Karl Rahner hasta las de Hans Küng, mostrando cómo la negación del concepto auténtico de Dios conduce a la nada y cómo sólo el reconocimiento del “Yo Soy El Que Es” da sentido a la razón, a la vida y al destino humano. Una reflexión que interpela sobre la necesidad de rigor conceptual y la urgencia de demostrar y vivir la existencia de Dios. [En la imagen: fragmento de "Paisaje con Moisés y el arbusto en llamas", óleo sobre cobre, 1610-1616, obra de Domenico Zampieri, conservado en el Metropolitan Museum of Art, New York].

Observaciones sobre el ateísmo

Tercera Parte

(Traducción al español de la tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 20 de diciembre de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/alle-porte-del-natale-le-osservazioni-sullateismo-di-giovanni-cavalcoli/)

El concepto de Dios

El verdadero ateísmo es la negación del verdadero concepto de Dios. Quien, por ejemplo, niega la existencia de un Dios mutable o pasible, no es ateo, sino que tiene razón en negar tal Dios, porque tal Dios no existe. El verdadero Dios es inmutable e impasible. Sería ateo verdaderamente quien negara a este Dios. La cuestión del ateísmo, como por lo demás la del teísmo, supone por tanto la posibilidad de la razón de formar un concepto verdadero de Dios.
En efecto, la razón humana no puede pensar nada sin concebir aquello que piensa, sin hacer de ello un concepto. Esto también vale para el pensar en Dios. Además, para toda cosa concebida, es necesario saber o verificar si el concepto es correcto o equivocado.
En el caso de la esencia de Dios, ¿cómo podemos saber si nuestro concepto es correcto o incorrecto? ¿Cuál es la regla para concebir, para pensar en Dios y para reconocerlo? ¹ ¿Cómo hacemos para saber si pensamos precisamente en Él o en otra cosa? Cuando pensamos en Dios, ¿qué pensamos? ¿Cómo nos lo figuramos?
No se debe tomar la excusa, como hace Rahner, de que Dios es "incomprensible" e "inefable" ², citando a despropósito el Concilio Vaticano I, para negar un "concepto fijo" de Dios, olvidando que el mismo Concilio dice que Dios es "eterno" e "inmutable", por lo cual es evidente que el concepto de una realidad inmutable no puede ser mutable, de lo contrario corremos el riesgo de no tener ningún punto de referencia, de negar la identidad divina y de poner en este concepto todo y lo contrario de todo ³ y de no distinguir ya a Dios de la creatura, o bien corremos el riesgo de que nuestra mente no tenga ningún asidero y se pierda en la nada, que es como decir el ateísmo.
Como ya hemos visto, no existen, como cree Rahner ⁴, conocimientos "originarios pre-conceptuales y atemáticos" de Dios. Sólo Dios se conoce a Sí mismo originariamente, sin necesidad de hacerse un concepto de Sí. Lo que naturalmente no quiere decir que podamos tener de Él un concepto exhaustivo o abarcativo de Él. No lo tenemos de las realidades terrenas, que son finitas, figurémonos si vamos a poder tenerlo de Dios, que es infinito.
Nuestro concepto, en efecto, nos da un contenido inteligible; no estamos en las tinieblas, sino en la luz; no somos ciegos; pero no podemos comprender -y por otra parte es lógico- el modo infinito con el cual la razón (ratio) significada se realiza en Dios. Sabemos, por ejemplo, que Dios es bueno; pero no sabemos la medida infinita de su bondad, es decir, cómo y cuánto es bueno.
Además, no tenemos de Dios un encuentro recabado de la experiencia, porque Dios no es un dato empírico. Y tampoco Dios puede ser concebido como objeto primero o verdad inmediata y originaria de la razón, como "primum cognitum" ⁵, para expresarnos con santo Tomás, porque su existencia no es para nosotros inmediatamente evidente, como si fuera un principio primero de la razón, sino que su existencia debe ser descubierta y demostrada partiendo de la experiencia de las cosas, -"per ea quae facta sunt"- ellas sí inmediatamente evidentes. Por otra parte, Él es el principio de todas las cosas.
Es necesario entonces ver qué cosa es común a todas las cosas. Y esto es el ser. Por consiguiente, para formar el concepto de Dios, usamos fundamentalmente el concepto del ser. Este concepto se encuentra en la Biblia misma en Ex 3,14. Es interesante cómo santo Tomás, al preguntarse si Dios existe, responde con este pasaje de la Escritura ⁶, el cual, sin embargo, se refiere a la esencia de Dios, no a la existencia. De hecho, es evidente que, si Dios se le aparece a Moisés, no tiene necesidad de decirle que existe. En cambio, le revela Su identidad: Yo Soy El Que Es. En este predicado fundamental, el más apropiado para definir la esencia de Dios, están implícitamente incluidos todos los atributos divinos.
De aquí vienen, por estrecha conexión lógica, todos los predicados racionales de Dios. Por lo demás, el concepto complejo de Dios, resultante del conjunto de estos predicados, que forma la teología natural ⁷, sigue siendo válido incluso si se debiera descuidar o negar algunos atributos, como por ejemplo sucede en la teología protestante o modernista o musulmana. Todavía no se tiene ateísmo, pero se está en el camino de caer en él. En efecto, si se progresa en el recortamiento y se desciende, por así decir, por debajo del "límite de guardia", el concepto de Dios viene comprometido o falsificado o anulado.
Y así estamos en el verdadero y propio ateísmo. Debe notarse, sin embargo, que incluso el ateo, en el momento en el cual piensa y usa la razón, no puede prescindir de ciertos predicados trascendentales, como, por ejemplo, "ser", "verdad", "bondad", "causa", "certeza", "necesario", "siempre", "fundamento", "principio", "fin", "razón", "absoluto", "incondicionado", que en todo caso, aunque sea a lo lejos, están conectados con la idea de Dios y pueden servirle para llegar al teísmo.
Puede existir un concepto implícito de Dios, por ejemplo bajo el de realidad, verdad, bondad o justicia. Pero entonces se trata de explicitar el concepto ya existente, porque en todo caso él siempre debe estar ahí. También es necesario ser muy rigurosos y exigentes, como lo ha sido siempre el Magisterio de la Iglesia ⁸, en la determinación y en la verificación de la validez de este concepto, tal como para poder reconocer a Dios y saber que es precisamente Él sin cambiarlo con otras cosas. Es necesario establecer con absoluta certeza y precisión, aunque utilizando el instrumento de la analogía, los atributos propios y exclusivos de Dios.
Se puede admitir una cierta imperfección o incompletud de las notas del concepto, pero no se debe descender por debajo de un cierto nivel, de lo contrario el concepto es falsificado, se desvanece y Dios deviene totalmente irreconocible, un simple ídolo o un objeto monstruoso, un poco como sucede con el retrato de una persona: si se eliminan algunos detalles secundarios, la persona sigue siendo reconocible; pero si se va más allá, su imagen desaparece o parece otra persona.
Así, el rostro de Dios tiene precisas connotaciones, a menudo definidas por el dogma, de modo similar al rostro de una persona: deber del teólogo es retratarlo tal como es. En tal modo al menos el ateo sabe de qué se trata y le queda la posibilidad de rechazar este rostro o de hacerse un dios por cuenta propia. Ateo es quien rechaza esta imagen de Dios; no otras.
Hay, por lo tanto, un límite mínimo semántico por debajo del cual el concepto de Dios se desvanece, aun cuando se debiera mantener la palabra "Dios". El verdadero y propio ateísmo es la negación de todos los atributos, comenzando por el de la existencia, negación que se produce en este punto.
Quien admite a Dios, pero lo concibe como idea innata, como Descartes; o contrario a la razón, como Lutero; o lo ve sólo como principio de moral, como Kant, o como negación del ente, como Heidegger, o como Absoluto presente en la experiencia inmediata del ser, como Bontadini; o como mutable o pasable, como Rahner, o no está cierto de su existencia, como Küng, es todavía un teísta, que sin embargo se arriesga al ateísmo.

Las tergiversaciones de Hans Küng

Hans Küng, en su libro "¿Existe Dios?" ⁹ considera que no se puede dar una certeza racional ni de la existencia ni de la no-existencia de Dios, aunque él está personalmente convencido de la existencia de Dios.
Küng es partidario del regreso infinito en las causas (p.593 ¹⁰), confundiendo evidentemente la causa física del devenir, que tiende a repetirse indefinidamente en el tiempo, con la causa ontológica del ser, que es atemporal e inmóvil, el kinún akíneton de Aristóteles; por lo cual es la primera de la serie. Cabría preguntarse de qué depende esta falta de inteligencia ontológica y esta reducción del saber a la física.
Para Küng, la existencia misma es "problemática" (pp. 630, 633, 637); no hay razones que funden una certeza absoluta. Es evidente la reducción del saber, no sólo al plano físico, sino incluso a la opinión, donde falta certeza y es posible la opinión contraria. Así él sostiene que es preferible creer que Dios exista a que no exista, pero queda la imposibilidad de "pruebas demostrativas de la existencia de Dios" (p.595).
La existencia no es en absoluto "problemática". La existencia es el primer dato certísimo y evidente del saber. Ciertamente existen formas problemáticas de existencia, donde aparece la duda, la antinomia y la razón no sabe cómo resolver la dificultad. Existen problemas insolubles, al menos por el momento, o cuya solución no es cierta y bien probada.
Pero lo problemático existe porque existe lo cierto. Yo comprendo que algo crea problema, porque lo comparo con certezas que ya poseo y que pueden guiarme en la solución del problema. La solución de un problema es precisamente la reducción de sus elementos a los principios ya conocidos por mí, que me sirven precisamente para la solución del problema.
Pero plantear desde el inicio del saber una realidad ella misma problemática, precisamente allí donde en cambio tengo necesidad de la premisa cierta y evidente para la solución de los problemas, significa negar la posibilidad de la solución de cualquier problema, y no sólo eso, sino también negar la existencia misma de los problemas, precisamente porque puedo darme cuenta de la existencia de un problema, en cuanto que lo pongo en relación con lo que ya sé con certeza.
Así es evidente que la afirmación de la existencia de Dios, que de por sí es conclusión de premisas ciertas, si estas premisas en cambio son "problemáticas", no podrá a su vez sino ser problemática. Y esto explica la posición de Küng, para quien no es cierto ni el teísmo ni el ateísmo, aun cuando el primero tenga mayor probabilidad. Küng habla del sí o del no para el teísmo, como si se debiera hacer apuestas por un partido de fútbol.
Se comprende entonces cómo de tales premisas se sigue que "el ateísmo no puede ser eliminado racionalmente; es irrefutable" (p.633). No sin embargo porque esté demostrado, sino precisamente porque es indemostrable. En efecto, así como es imposible probar, así también es imposible refutar. Así, tampoco el ateísmo es cierto: ni siquiera puede "ser establecido racionalmente: es indemostrable" (p.634). Por lo tanto, para Küng, el teísmo, como por otra parte el ateísmo, solo puede ser fruto de una "decisión" (p.635). Pero esta decisión carece de "seguridad" (pp. 636, 639).
Es necesario hacer un acto de "fe" (p.639) en Dios, que sin embargo no es la fe teologal, sino una "confianza en la realidad" (p.639), que sin embargo es y sigue siendo problemática. Es bueno admitir la existencia de Dios, pero no estamos ciertos de que el ateo esté equivocado. Como dice el cardenal Carlo Maria Martini: "Cada uno de nosotros, aunque sea creyente, está en contínua discusión con el ateo que lleva dentro de sí".
Es evidente en la gnoseología de Küng el concepto erróneo de razón y en consecuencia la idea errada de conocimiento, donde falta la certeza del saber y todo juicio se resuelve en opinión: una teoría escéptica bien conocida en la historia y muchas veces refutada con la simple observación de que, si todo juicio es opinable, este principio a su vez será opinable, por lo cual la teoría se refuta a sí misma.
La cuestión de la existencia o no existencia de Dios, en cambio, es una cuestión sumamente seria, que involucra a la ciencia y no a las opiniones en absoluto. Si la mente humana puede llegar a la verdad acerca de algo, esta cuestión de la existencia o no de Dios es una de esas que más que otras, siguiendo el método correcto, nos ponen frente a la verdad, y una verdad que da sentido a toda la vida humana y decide nuestro destino.
No hay "dialéctica trascendental" que se sostenga, no hay excusas: estamos puestos inexorablemente e inevitablemente frente a la realidad en absoluto "problemática", sino clarísima y certísima, sin que podamos sustraernos.
Ciertamente, es una cuestión difícil y oscura para nuestra razón empañada o borrosa, y que repugna a nuestro orgullo, a nuestra mezquindad y a nuestra desmesurada necesidad de independencia. Pero todos nosotros, tarde o temprano, de un modo u otro, por los caminos más diversos, nos encontramos cara a cara con la realidad de Dios, aunque tratemos de huir de Él: "¿A dónde iré para estar lejos de tu espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás tú; si me tiendo en el Abismo, estás presente" (Sal 139,7-8).
Si no lo buscamos nosotros, Él se ocupa de hacerse oír y de hacerse ver. Pero no deberíamos llegar a este punto. Todos deberíamos sentir sed de Él: "Como la cierva sedienta busca las corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, mi Dios" (Sal 42,2). Por los signos que nos deja, por las pruebas que nos da, por los dones que nos hace, por los testimonios que nos deja, debemos saber elevarnos a Él.
No el ateísmo, sino el teísmo es irrefutable. Es cierto que el ateo tiene sus argumentos: la existencia del mal en el mundo, la necesidad de libertad, la autosuficiencia del hombre y de la naturaleza, el carácter abstracto de la metafísica, el salto del efecto finito a una causa infinita, la posibilidad de una cadena causal ininita, la impotencia de la razon. Sin embargo, todos estos argumentos pueden ser respondidos.
Por el contrario, el teísmo es la respuesta a las exigencias más profundas y más altas y a las necesidades más vitales e íntimas de nuestra razón, de nuestro corazón y de nuestra existencia. Todo bien nos viene de obedecer a Dios y todo mal nos viene de alejarnos de Él. Indudablemente, es necesario vencer la resistencia dictada por la soberbia, triste herencia del pecado original. En ésta en elfondo la que fomenta y alimenta el ateísmo, dando al hombre una ilusión de grandeza y de libertad.
Demostrar al prójimo la existencia de Dios no es sólo una hermosa lección de escuela, en la cual presentamos las cinco vías de santo Tomás, ni un despliegue de habilidad dialéctica, sino que es y debe ser el trabajo de toda vida, porque infinitas son las pruebas de la existencia de Dios, que cada día debemos reconocer y mostrar a los demás.
La situación de los ateos es necesario tomarla a pecho, porque cada ateo es un caso en sí mismo. Este es uno de los mayores llamamientos del Concilio, que todavía hoy es muy desatendido o ignorado. Los diálogos del cardenal Ravasi van bien, pero sobre todo debemos preguntarnos "con angustioso amor": ¿qué es de mi hermano?
Que Küng no venga a contarnos historias. En el juicio universal, como se desprende de Mt 25,31-46, todos los hombres deberán rendir cuenta a Cristo de lo obrado. Lo que significa evidentemente que todos, conscientemente o inconscientemente, implícitamente o explícitamente, saben que Dios existe y que a Él debemos rendir cuentas de nuestras acciones.

Fin de la Tercera Parte (3/3)

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 20 de septiembre de 2015

Notas

¹ Aquí no hay modo de abordar este tema importantísimo. me limito a recomendar el excelente libro del padre J.H. Nicolas OP, Dieu connu comme inconnu, Desclée de Brouwer, Paris 1966.
² Denz. 3001.
³ Tal parece ser el concepto hinduista de Dios (el Brahman nirguna, es decir, sin formas) y quizás también el que se había hecho Nicolás de Cusa con su coincidentia oppositorum.
⁴ Cf. Esercizi spirituali per il sacerdote, Queriniana, Brescia 1974, pp. 9-15.
⁵ Sum.Theol., I, q.2, a,1.
⁶ Sum.Theol., I, q.2, a.3.
⁷ R.Garrigou-Lagrange, Le divine perfezioni secondo la dottrina di San Tommaso, Libreria Francesco Ferrari, Roma 1923.
⁸ Muchas herejías condenadas por la Iglesia desde los primeros siglos se refieren a falsos atributos divinos o bien a la negación de ciertos atributos divinos.
⁹ Arnoldo Mondadori Editore, Milano 1979. Versión española: Ediciones Cristiandad, Madrid 1979.
¹⁰ Las citas se refieren a la edición italiana del libro.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum verus atheismus consistat in negatione veri conceptus Dei

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod atheismus consistat in negatione cuiuscumque conceptus Dei, sive verus sive falsus.
1. Quia qui negat existentiam Dei mutabilis vel passibilis videtur esse atheus, cum ideam Dei in communi respuat. Sic omnis negatio divini esset atheismus.
2. Praeterea, quidam tenent Deum esse incomprehensibilem et ineffabilem, et ideo non posse haberi conceptum fixum de Ipso. Si non est conceptus fixus, videtur quod omnis negatio Dei sit atheismus, quia non distinguitur inter verum et falsum conceptum.
3. Item, philosophi moderni affirmant existentiam Dei esse problematicam et non posse cum certitudine demonstrari. Ergo videtur quod atheismus sit simpliciter conclusio huius incertitudinis, et non error culpabilis.
4. Denique, multi concipiunt Deum ut ideam innatam, ut principium morale, vel ut absolutum immediatum. Si negatur unaquaeque harum conceptionum, videtur quod incidatur in atheismum, quia respuuntur quae vocantur Deus.

Sed contra est quod dicitur in Exodo: Ego sum qui sum (Ex 3,14). Et Concilium Vaticanum I docet Deum esse aeternum et immutabilem, et eius existentiam posse cum certitudine cognosci ratione ex rebus creatis.

Respondeo dicendum quod verus atheismus non consistit in negatione cuiuscumque conceptus Dei, sed in negatione veri conceptus Dei, immutabilis et aeterni. Qui falsum deum respuunt, sicut deum mutabilem vel passibilem, non sunt atheistae, sed recte negant quod non est. Ratio humana, ad Deum cogitandum, debet formare conceptum verum, fundatum in ente, quod est commune omnibus rebus et quod in recognitione Dei ut Qui Est consummatur. Negare hunc conceptum est in verum atheismum cadere. Etiam si atheus utitur praedicatis transcendentalibus sicut ens, veritas, bonitas vel causa, si haec ad verum Deum non referuntur, conceptus evanescit et in idololatriam vel in nihilum convertitur. Atheismus, hoc sensu, est fructus superbiae et philosophorum erroneorum, qui certitudinem in opinionem reducunt et existentiam problematicam efficiunt. Contra, theismus est irrefutabilis, quia respondet intimis exigentiis rationis et cordis humani. Existentia non est problematica, sed primum datum certissimum scientiae, et super hoc fundatur demonstratio Dei.

Ad primum ergo dicendum quod negare falsum deum non est atheismus, quia verus Deus non est mutabilis neque passibilis. Atheismus consistit in negatione veri Dei, non in reiectione imaginum falsarum.
Ad secundum dicendum quod, etsi Deus sit incomprehensibilis in modo infinito essendi, ratio potest formare conceptum verum de Ipso, saltem analogicum, fundatum in attributis revelatis et in ente. Negare possibilitatem conceptus fixi ducit ad nihilum et aequivalet atheismo.
Ad tertium dicendum quod existentia Dei non est problematica, sed conclusio certa ex evidentibus praemissis. Reducere eam ad opinionem est error gnoseologicus qui certitudinem scientiae destruit. Ideo atheismus non est conclusio rationalis, sed negatio culpabilis evidentiae.
Ad quartum dicendum quod concipere Deum ut ideam innatam, ut principium morale, vel ut absolutum immediatum non est negare verum Deum, sed deformare eius conceptum. Verus atheismus apparet cum omnia attributa divina negantur, incipiendo ab existentia.
   
JG

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