sábado, 10 de octubre de 2026

Predicar hoy (1/5)

¿Qué significa realmente predicar el Evangelio? ¿Basta con informar, dialogar o acompañar, o la predicación exige también enseñar, corregir, exhortar y llamar a la conversión? En esta primera parte de su estudio, el padre Giovanni Cavalcoli recuerda que Cristo confió a los Apóstoles y a sus Sucesores una auténtica misión magisterial destinada a conducir a los hombres a la fe y a la salvación. Pero ¿qué sucede cuando la verdad deja de anunciarse con claridad? ¿Puede un Obispo sembrar dudas allí donde debería confirmar en la fe? A la luz del Nuevo Testamento, Cavalcoli redescubre la antigua virtud de la parresia, esa valentía sobrenatural que impulsó a los Apóstoles a predicar sin temor, aun a riesgo de la incomprensión, de la persecución e incluso de la propia vida. [En la imagen: fragmento de "Santo Domingo de Guzmán", pintura al fresco, hacia 1437-1446, obra de Fra Angelico, conservada en el Museo San Marco, Florencia, Italia].

Predicar hoy

Primera Parte (1/5)

(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada en su propio blog el 29 de septiembre de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/predicare-oggi-prima-parte-14.html)

Educar en la fe

Como es sabido, Cristo encargó a los Apóstoles anunciar el Evangelio a todo el mundo, conduciendo a los hombres a creer en el mensaje de Cristo para obtener la salvación eterna. Debiendo, por tanto, el Evangelio, por voluntad de Cristo, ser enseñado hasta el fin del mundo, este oficio pasó a los Obispos bajo la guía de los Sumos Pontífices, Sucesores de Pedro.
Sin embargo, apareció inmediatamente desde el inicio mismo de la obra evangelizadora que esta debía ser realizada gradualmente, preparada por una pre-evangelización, que hiciera a las personas capaces de acoger la Palabra de Dios. Tanto la obra evangelizadora como la pre-evangelizadora son competencia de los Sucesores de los Apóstoles bajo la guía del Papa.
La Carta a los Hebreos (Heb 6,1) distingue una enseñanza inicial sobre Cristo (tes archés tu Cristú logos) de una enseñanza más completa (teleióteta). Se comprendió, por tanto, inmediatamente la diferencia entre la obra educativa de iniciación a la fe, que era necesario realizar en favor de los niños y de los jóvenes, y el anuncio del Evangelio a los adultos preparado por una previa labor apologética e introductoria.
Es decir, se advirtió el hecho de que la evangelización confiada por Cristo a los Apóstoles y a sus Sucesores, o sea, la educación en la fe y la formación cristiana, comportaba dos niveles o dos oficios educativos: uno inicial, el catequístico, confiado a los padres o a quienes hicieran sus veces, como por ejemplo la escuela, para la educación de los niños, y a los catequistas de profesión para la iniciación cristiana de los adultos; y un nivel completivo, siempre perfeccionable de todos modos, por ejemplo en la ciencia teológica, el de la predicación docta, el cual, confiado oficialmente por Cristo a los Obispos, podía ser participado por colaboradores clérigos o laicos.
La predicación cristiana es una actividad de enseñanza, de instrucción o de adoctrinamiento, mediante la palabra, la conversación, el diálogo, la discusión, la argumentación, la demostración, la persuasión, que tiene por objeto la exposición de la doctrina de Cristo, es decir, de aquellas verdades que Cristo, por mandato de Dios Padre, enseñó a los Apóstoles; verdades salvíficas por Él reveladas concernientes a los misterios del Reino de Dios, verdades formuladas en proposiciones, que Él les propuso creer, encargándoles, bajo la guía de Pedro, conservarlas diligentemente y adoctrinar con ellas a todos los hombres, asegurándoles su asistencia hasta el fin del mundo, advirtiendo que quien hubiera creído se salvaría, mientras que quien no hubiera creído se perdería.
La predicación evangélica es una verdadera y propia actividad magisterial. El predicador es un maestro, un enseñante, un docente, porque la predicación es una instrucción intelectual, una iluminación de la mente, un estímulo al razonamiento; es la demostración de una verdad, ciertamente no con pruebas racionales, sino con signos de credibilidad, que hagan posible y obligatoria la fe.
Es la transmisión de una doctrina, es la comunicación verbal de un conjunto de certezas, afirmaciones o proposiciones verdaderas, de manera que el oyente o el destinatario es un verdadero y propio discípulo; aprende intelectualmente un conocimiento, aprende nociones (los dogmas y los artículos de fe), aprende y se instruye exactamente igual que en la escuela. Por esto el término «discípulo» es frecuentísimo en el Nuevo Testamento.
Cristo mismo, como es sabido, es llamado rabbí, es decir, maestro; da muchas instrucciones a los Apóstoles sobre los contenidos que deben transmitir, sobre los métodos, los modos y las finalidades de la predicación. Esta tiene por finalidad conducir a los hombres al arrepentimiento de sus pecados y a creer en el Evangelio.
Ante los signos y las pruebas de credibilidad dadas por el predicador, como Cristo mismo nos hace comprender claramente, el destinatario de la predicación del anuncio evangélico, es decir, de la buena noticia de la posibilidad de salvarse y de obtener la vida eterna, tiene el deber de creer en el Evangelio y de convertirse a Cristo. Por eso los Apóstoles y Cristo mismo hacen del acto de fe objeto de un mandato preciso, desobedeciendo al cual no hay más que la perdición eterna.
Siguiendo las huellas de Cristo, por tanto, el Apóstol, es decir, el predicador, tiene, con la fuerza del Espíritu Santo, sobre la base de una previa obra apologética, esto es, de un testimonio de caridad y de la presentación de suficientes pruebas de credibilidad, la autoridad, el poder y el deber de mandar el acto de fe en Cristo, en cuanto acto del libre albedrío y, por tanto, acto voluntario, movido por el Espíritu Santo, que convierte los corazones.
Así, la conversión del pecador a Cristo es al mismo tiempo obra del Espíritu Santo, que mueve la voluntad del predicador y del oyente a la conversión, y al mismo tiempo es obra del predicador y de la voluntad del mismo pecador que se convierte.
En este cuadro completo de la dinámica de la conversión estamos autorizados a decir que, aunque el Espíritu Santo sea el Motor primero de la conversión del pecador a Cristo, el predicador tiene un verdadero poder sobrenatural de convertir los corazones a Cristo y, en este sentido, de ser un conquistador de almas para Cristo y de ser, como se expresa Cristo mismo, un «pescador de hombres».
El predicador, por tanto, tiene un verdadero deber de convertir a los hombres a Cristo, según el mandato del mismo Cristo dado a los Apóstoles de «enseñar a todas las naciones» (Mt 28,19). En efecto, ¿qué es esto en el fondo sino el mandato de hacer creyentes o de convertir a la fe a todos los hombres? Por eso Cristo es severo contra quien, aun habiendo visto los signos de credibilidad y comprendiendo que debe creer, no quiere creer. En efecto, aquí creer es un deber razonable exigido por la confianza, la humildad y el amor.
Posteriormente a la obra de Cristo, los Apóstoles, en sus Cartas Apostólicas contenidas en el Nuevo Testamento, precisaron los contenidos y las nociones de la doctrina revelada por el Maestro, que debían conservar, custodiar y comunicar oralmente o por escrito, difundiendo el mensaje evangélico, promoviendo un conocimiento cada vez mejor del mismo, explicándolo y defendiéndolo contra los ataques, las falsedades y las calumnias, resolviendo dudas, desenmascarando engaños y poniendo al descubierto las insidias, eliminando aparentes contradicciones, disipando equívocos y malentendidos y condenando, refutando y corrigiendo errores y herejías.
Demos algunos ejemplos de estas instrucciones que los Apóstoles Pablo, Pedro, Santiago, Juan y Judas nos proponen en sus Cartas. Allí nos exponen los métodos y las reglas fundamentales, siempre válidos en cualquier tiempo y lugar, de la predicación evangélica. Los encontramos en algunos pasajes del Nuevo Testamento.
El cristianismo prevé numerosos tipos de predicación: la predicación pontificia, la episcopal, la homilética, la profética, la mistagógica, la anagógica, la penitencial, la parroquial, la familiar, la catequética, la apologética, la misionera, la laical, la docta, la teológica, la escolástica y la popular.

Los deberes magisteriales del Obispo según el Nuevo Testamento

San Pablo los expone a su discípulo, el Obispo Timoteo: «Te conjuro delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y su reino: anuncia la Palabra, insiste en toda ocasión oportuna e inoportuna, amonesta, reprende, exhorta con toda magnanimidad y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que ya no se soportará la sana doctrina, sino que, por el prurito de oír novedades, los hombres se rodearán de maestros según sus propios deseos, rechazando escuchar la verdad para volverse a las fábulas» (II Tim 4,1-4).
San Pablo se dirige también a su discípulo, el Obispo Tito. Entre las demás cosas que le recomienda, me detengo en lo que se refiere a la predicación: «El Obispo debe estar apegado a la doctrina segura, según la enseñanza transmitida, para que sea capaz de exhortar con la sana doctrina y de refutar a quienes la contradicen» (Tit 1,9).
El Obispo debe saber encontrar el método correcto de la predicación, adecuado a la diversa situación espiritual de los destinatarios de la predicación: «Convenced a los que vacilan; a otros salvadlos arrebatándolos del fuego; y de otros, finalmente, tened compasión con temor, guardándoos incluso de la vestidura contaminada por su carne» (Jds 22-23).
Debe emplearse en la obra de convencimiento y de persuasión. Pero si el Obispo advierte que aquel a quien evangeliza se opone y rechaza obstinada, desleal y maliciosamente el anuncio del mensaje evangélico o la instrucción catequética que le imparte, debe interrumpir el contacto con el hereje, que ya ha resultado inútil: «Después de una o dos amonestaciones, aléjate del hereje, sabiendo muy bien que es un hombre extraviado y que continúa pecando, condenándose a sí mismo» (Tit 3,10-11).
San Pablo nos hace notar que el demonio se esfuerza por hacernos caer en la herejía: «Y si nuestro Evangelio permanece velado, lo está para aquellos que se pierden, para quienes el dios de este mundo ha cegado la mente incrédula, para que no vean el resplandor del glorioso Evangelio de Cristo, que es Imagen de Dios» (II Cor 4,3-4).
El Obispo tiene, por tanto, la tarea de saber reconocer la presencia de esta acción de Satanás y de frustrarla mediante oportunas advertencias y correcciones.
Según San Pablo, el Obispo, en su enseñanza, no debe ser rígido, sino firme, lo cual es algo muy distinto. Hay rigidez cuando se debería ser flexible, dúctil, posibilista y acomodaticio, es decir, en cuestiones opinables, menores, jurídicas y pastorales; comprensivo en los casos concretos, teniendo presente el principio de que nemo ad impossibilia tenetur.
En cambio, el Obispo debe ser firme, inamovible, sólido e inflexible en los principios morales, aquellos que Benedicto XVI, retomado por el Papa Francisco, llamó con la célebre expresión «valores no negociables».
El Obispo debe ser firme y sólido, constante y coherente, bien fundado y seguro en la doctrina, donde, en materia de fe, debe confirmar, fortalecer, esclarecer y crear certezas, no suscitar dudas o equívocos. Debe apreciar los matices entre el blanco y el negro, pero también debe decir sí al sí y no al no. No debe confundir el et-et con el aut-aut.
El Obispo debe ser acogedor con todos, pero a condición de que reciban la predicación del Evangelio, porque, en efecto: «Si alguno viene a vosotros y no trae esta enseñanza, no lo recibáis en casa ni lo saludéis, porque quien lo ayuda participa en sus obras perversas» (II Jn 10).
Sin embargo, Cristo ordena a sus discípulos y, de modo especial, a los Apóstoles, a los Obispos y a los predicadores, que estén de todos modos y siempre abiertos a todos, dando, en la medida de lo posible, el saludo a todos, signo de fraternidad y de caridad: «Si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen también así los paganos?» (Mt 5,47).
El Obispo, allí donde la cosa es posible y promete un buen resultado, tiene el deber de corregir no con dureza, sino con mansedumbre: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros, que tenéis el Espíritu, corregidlo con mansedumbre» (Gal 6,1).
San Pablo concede gran importancia a la amonestación, aunque considera que, en los casos de abierta rebelión o desobediencia, indisciplina, ruptura de la comunión eclesial o actitud cismática, no hay otra cosa que hacer que interrumpir los contactos, las relaciones o el diálogo: «Si alguno no obedece a lo que decimos en esta carta, tomad nota de él e interrumpid las relaciones con él, para que se avergüence; pero no lo tratéis como a un enemigo, sino amonestadlo como a un hermano» (II Tes 3,14-15).
El Obispo puede ser blanco de una persecución a causa de la predicación del Evangelio. San Pedro tiene para él, y en general para el fiel hostigado y perseguido, palabras de aliento: «No os amedrentéis por miedo de ellos ni os turbéis, sino adorad al Señor, Cristo, en vuestros corazones, estando siempre dispuestos a responder a cualquiera que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros. Sin embargo, esto debe hacerse con mansedumbre y respeto, con recta conciencia, para que, en el mismo momento en que se habla mal de vosotros, queden avergonzados aquellos que calumnian vuestra buena conducta en Cristo» (I Pe 3,14-16).
San Pablo denuncia para los últimos tiempos la actividad de los herejes y de los apóstatas, calificándolos como aquellos que «van a la ruina, porque no acogieron el amor a la verdad para ser salvados. Y por esto Dios les envía una fuerza de engaño para que crean en la mentira y así sean condenados todos aquellos que no acogieron la verdad, sino que consintieron en la iniquidad» (II Tes 2,10-12).
El Obispo tiene, en esta circunstancia, evidentemente más que nunca el deber de predicar con parresia, dispuesto a arriesgar la propia vida con tal de no traicionar la verdad.
San Pablo denuncia asimismo para los últimos tiempos, que podrían ser también los nuestros, la aparición de «algunos que se apartarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas, seducidos por la hipocresía de impostores, ya marcados a fuego en su propia conciencia» (I Tim 4,1-2).
El Obispo tiene el deber, según los casos y las personas, de instruir, exhortar, aprobar, confirmar, reprender, refutar, advertir, amonestar, corregir, tener paciencia, perdonar, tolerar, soportar, investigar, discernir, juzgar, condenar, castigar y excomulgar.

La parresia

El Papa Francisco ha tenido la feliz idea de poner en circulación la importante noción bíblica de «parresia», palabra que lamentablemente no encontramos en las traducciones al italiano de la Escritura, donde se utilizan otros vocablos. Y sin embargo, es bueno usar esa palabra, porque se trata de una virtud propia del Apóstol, del Obispo y del predicador evangélico. Hoy los Obispos carecen de parresia.
He pensado, por tanto, reproducir la excelente exposición de la noción hecha por Wikipedia: «Parresia (del griego παρρησία parresía, compuesta de πᾶν, pān, "todo", y de ρῆσις, rhēsis, "discurso"), significa literalmente "libertad para decirlo todo". Es frecuente en el texto griego del Nuevo Testamento, donde indica el "coraje y la sinceridad del testimonio". Ha sido muy utilizada en la tradición cristiana, especialmente en sus comienzos, como lo contrario de la hipocresía. Dado que el ejercicio de esta libertad comporta inevitablemente enfrentamientos y resistencias, el significado del término se amplía también al de imperturbabilidad y sinceridad. En las fuentes cristianas tiene dos significados fundamentales: franqueza en el hablar y confianza en el juicio.

En el Antiguo Testamento

El uso del término y de los demás vocablos de la misma familia es bastante raro en el Antiguo Testamento de los LXX: aparece solamente doce veces como sustantivo y seis veces como verbo.
En Sal 93,1 Dios es el sujeto del verbo: Él se presenta abiertamente como Aquel que hace justicia y castiga a los impíos por su pecado.
En Prov 1,20-21 el término pone en relación la epifanía de Yahvé con el poder de su palabra: la Sabiduría de Dios "habla abiertamente en las plazas".
En Job 22,26; 27,9-10 el sustantivo ilustra la actitud del hombre que se dirige a Dios en la oración, con un matiz de alegría (cf. también Sab 5,1).
En Sal 81,1 aparece la invitación dirigida al fiel a "hablar ante la asamblea"; incluso Dios vive esta práctica, puesto que Yahvé se levanta en la asamblea divina y juzga en medio de todos.

En el Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento el sustantivo aparece 31 veces. Es la dinámica ordinaria de la vida de quien sigue a Jesús y es aquello que Jesús pide a los suyos. La parresia, primero personal y luego en la asamblea, se convierte en la última instancia para recuperar la relación con el hermano: en Mt 18,15-17 la corrección fraterna se hace posible precisamente gracias a la franqueza en el hablar.

En el corpus joánico

En los escritos atribuidos a Juan, el sustantivo aparece 13 veces. Juan afirma que Jesús actúa con παρρησίᾳ, parrēsía (dativo), y es decir, que su predicación se desarrolla en la esfera pública (7,26; 11,14.54; 18,20; cf. Mc 8,32), aunque en un sentido diferente del que entendían sus hermanos (7,3-5): Jesús habla abierta y claramente, sin sobreentendidos, es decir, no solamente mediante alusiones (11,14; cf. 10,24-25) ni mediante parábolas enigmáticas (cf. 16,29).
Sin embargo, hay que decir que Jesús se expresa con franca apertura solamente ante el creyente (16,25-29); al mundo le habla en parábolas, que el mundo no puede comprender, puesto que no vive en la fe.

En los Hechos de los Apóstoles

En los Hechos de los Apóstoles el sustantivo aparece 5 veces. Y el verbo parresiazomai 7 veces. Los Hechos muestran cómo a la parrēsía de Jesús corresponde el franco testimonio de los Apóstoles: ellos, sobre todo Pedro, Pablo, pero también otros, se presentan y anuncian con toda franqueza las obras de Dios ante judíos y paganos (2,29; 4,13; 9,27; etc.). La franqueza de los Apóstoles suscita admiración (4,13), división (14,3-4), persecución (cf. 9,27). Tal actitud no es algo que el hombre pueda producir por sí mismo: es fruto del Espíritu Santo (4,31).

En San Pablo

El sustantivo aparece 8 veces y el verbo 5 veces en Pablo. Pablo ve en la franqueza del testigo la realización de la auténtica predicación de los misterios de Dios (Ef 6,19) y la glorificación de Cristo con el alma y el cuerpo (Flp 1,20). La franqueza debe mantenerse en todo momento, incluso en la prisión (cf. Ef 6,20); por eso parrēsía se convierte en ciertos casos en sinónimo de audacia, de valentía (1 Tes 2,2): es, sin embargo, una valentía que le es dada al hombre por Dios (ibid.), o en Cristo (Flm 8).

Parrēsía como confianza

Existe además otro significado de parrēsía, muy presente: ella es la confianza en Dios, que significa certeza de la salvación, superación del sentimiento de culpa. El creyente, por tanto, espera con confianza el juicio; para que el futuro no esté bajo el signo del miedo es necesario permanecer en Cristo (1 Jn 2,28; Heb 3,6; 10,35), que ya ha triunfado públicamente (en parrēsía) sobre las potestades (Col 2,14) y ha abierto una vía de acceso al santuario (Heb 10,19; cf. 4,16).
Quien expresa la fe en Cristo en un amor concreto (1 Jn 4,17; 1 Tim 3,13, que subraya la dependencia de la parrēsía respecto de las buenas obras), y por eso no es juzgado por su propio corazón (1 Jn 3,21), podrá dirigirse a Dios en la oración con toda franqueza y confianza, y no será avergonzado por Cristo en su venida (1 Jn 5,14; 2,28)».

Fin de la Primera Parte (1/5)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 20 de septiembre de 2026

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum praedicatio evangelica sit verum officium magisteriale
ad homines ad fidem et salutem perducendos ordinatum

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod non.
1. Praedicatio enim evangelica principaliter non consistit in doctrina tradenda, sed solum in testimonio alicuius experientiae personalis fidei exhibendo.
2. Praeterea, fides est opus exclusivum Spiritus Sancti. Ergo praedicator non habet veram potestatem neque veram responsabilitatem in conversione animarum.
3. Praeterea, praedicatio ad exhortandum et consolandum limitari debet, non autem ad corrigendos errores, ad refutandas haereses vel ad monendos eos qui a veritate recedunt.
4. Praeterea, firmitas doctrinalis caritati pastorali adversari videtur, quae condemnationes, correctiones et iudicia vitare postulare videtur.

Sed contra est quod Christus Apostolis mandavit ut Evangelium universo mundo annuntiarent, homines ad credendum Christi nuntio ad salutem aeternam consequendam perducendo. Praeterea Apostolis praecepit ut omnes gentes docerent.

Respondeo dicendum quod praedicatio evangelica est vera actio magisterialis a Christo instituta et per Episcopos sub ductu Romani Pontificis continuata. Cuius finis est homines ad paenitentiam peccatorum, ad fidem in Christum atque ad salutem aeternam consequendam perducere.
Unde praedicatio est actio docendi, instruendi atque erudiendi, per quam exponuntur veritates revelatae circa mysteria Regni Dei. Praedicator vere est magister, quia doctrinam tradit, certitudines communicat et discipulos format, qui fidei veritates addiscunt.
Licet autem Spiritus Sanctus sit Motor primus omnis conversionis, praedicator tamen veram auctoritatem veramque missionem supernaturalem habet ad homines ad fidem movendos, tamquam instrumentum Dei in conversione cordium operans.
Unde ad Episcopum pertinet doctrinam apostolicam conservare, eam clare docere, contra errores defendere, haereses refutare, errantes corrigere atque veritatem cum parresia, firmitate et fortitudine annuntiare, non dubitationes serendo ubi in fide confirmare debet.

Ad primum ergo dicendum quod praedicatio non consistit solum in communicatione alicuius experientiae personalis, sed habet pro obiecto doctrinam Christi et veritates revelatas tradere, quae ad salutem consequendam credendae sunt.
Ad secundum dicendum quod Spiritus Sanctus est causa principalis conversionis, sed operatur per ministerium praedicatoris, qui officium et auctoritatem habet homines ad fidem vocandi.
Ad tertium dicendum quod praedicatio quidem exhortationem et consolationem includit, sed etiam defensionem veritatis, refutationem errorum et correctionem eorum qui a sana doctrina recedunt.
Ad quartum dicendum quod vera caritas pastoralis firmitati doctrinali non opponitur, sed eam potius exigit, quia Episcopus misericors esse debet in quaestionibus opinabilibus et pastoralibus, firmus autem et inflexibilis in iis quae ad veritatem fidei et ad principia moralia pertinent.
   
JG

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