viernes, 18 de septiembre de 2026

Observaciones sobre el ateísmo (2/3)

La Escritura acusa de necedad a quienes niegan a Dios, y muestra que el ateísmo no tiene razones, sino causas patológicas como la soberbia, la ignorancia o el apego a la propia voluntad. ¿Puede el hombre prescindir de Dios, o siempre termina adorando ídolos de su propia idea? ¿Qué consecuencias morales acarrea sofocar la verdad y cambiar la gloria del Creador por la criatura? ¿Es posible que la razón humana, dejada a sí misma, se convierta en un timonel sin brújula? Esta segunda parte del artículo de Giovanni Cavalcoli examina la severidad bíblica y patrística contra el ateísmo, sus raíces idolátricas y sus efectos destructivos, mostrando que sólo la verdadera sabiduría consiste en reconocer a Dios como causa primera y legislador supremo. Una reflexión que interpela sobre la dignidad de la razón y la necesidad de elevarse del efecto a la causa. [En la imagen: fragmento de "La idolatría del rey Salomón", óleo sobre lienzo, siglo XVII, obra de Frans Francken El Joven].

Observaciones sobre el ateísmo

Segunda Parte

(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 20 de diciembre de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/alle-porte-del-natale-le-osservazioni-sullateismo-di-giovanni-cavalcoli/)

Severidad de la Escritura hacia el ateísmo

Pero, como hemos señalado, la Escritura acusa de "necedad" a quienes no elevan la mirada más allá de los fenómenos y de los hechos humanos, para considerar la causa primera y superior de todas las cosas, fin último de todo, es decir, Dios: "Sí, en verdad, necios por naturaleza son todos los hombres que viven en la ignorancia a Dios, los que, a partir de las cosas visibles, no fueron capaces de conocer a 'Aquel que es', y al considerar sus obras, no reconocieron al Artífice. En cambio, tomaron por dioses rectores del universo al fuego, al viento, al aire sutil, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a los astros luminosos del cielo. Ahora bien, si fascinados por la hermosura de estas cosas, ellos las consideraron como dioses, piensen cuánto más excelente es el Señor de todas ellas, ya que el mismo Autor de la belleza es el que las creó. Y si quedaron impresionados por su poder y energía, comprendan, a partir de ellas, cuánto más poderoso es el que las formó. Porque, a partir de la grandeza y hermosura de las cosas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sab 13,1-5).
Necio es el que razona mal, el que no aplica bien y hasta el fondo el principio de causalidad. De manera similar, las Constituciones de la Masonería londinense de Anderson de 1717 cualifican como "estúpido" al ateo. El necio se detiene a mitad de camino y obstruye el camino de la razón, satisfaciéndola con cosas que no la satisfacen totalmente.
No existen "razones" o motivos razonables o fundados para ser ateos. El ateísmo no tiene ninguna justificación racional. El ateísmo no se demuestra racionalmente. No sólo eso, sino que se demuestra que es absurdo, al contrario del teísmo, que tiene sólidas bases racionales, como enseña el mismo Concilio Vaticano I. Y por lo demás, la lógica enseña que si una tesis está demostrada, su contradictoria no puede sino ser falsa.
Por esto, el ateo no puede nunca sentirse seguro de su idea, sino que se ve obligado a mantenerla a fuerza de voluntad. Por el contrario, el teísta está cierto y tranquilo de la verdad alcanzada, aun cuando también él puede estar sujeto a la tentación del ateísmo, como le sucedió a santa Teresa del Niño Jesús, quien, en el curso de la enfermedad que la llevó a la muerte, sintió una voz que sarcásticamente le sugería que no iba hacia Dios, sino hacia la nada.
El ateísmo es absurdo no en el sentido de que sea imposible; de lo contrario no existirían ateos. En efecto, nadie puede poner la contradicción como objeto del intelecto y de la voluntad. No puedo desear una montaña sin valles o un círculo cuadrado.
Ahora bien, en cambio, el ateísmo puede muy bien ser concebido y practicado: es un poner a la creatura en el puesto del Creador, como hemos visto en el Libro de la Sabiduría. Es un poner el efecto en el lugar de la causa, el devenir en el lugar del ser, lo temporal en el lugar de lo eterno, lo contingente en el lugar de lo necesario, lo relativo en el lugar de lo absoluto, lo finito en el lugar del infinito. Es un tomar por Dios lo que no es Dios.
El ateísmo no es ni siquiera inmediatamente contradictorio; de hecho, puede tener una apariencia de verdad. Su contradictoriedad, por tanto, debe ser demostrada, mostrando al ateo que él cree en un dios que no es Dios. No es cierto que el ateo no crea en ningún dios. Nadie puede prescindir de un dios. El problema es el de elegir el verdadero Dios.
Sin embargo, la contradicción permanece, no en la idea del ateo, la cual, como he dicho, tiene un sentido, sino en relación con la realidad correspondiente, porque un ente no puede ser al mismo tiempo creador y creatura, efecto y causa, devenir y ser, temporal y eterno, contingente y necesario, relativo y absoluto, finito e infinito, Dios y creatura.
Y así, a la inversa, la tesis ateísta frecuentemente no es de impulso inmediato, aunque ella pueda ser, como mero acto de voluntad, aquello que Gianfranco Morra llama "ateísmo postulatorio", que es el reverso del "postulado de la existencia de Dios" de la moral kantiana. Por lo general, el ateo llega a su tesis después de una lucha interior, en la cual tal vez abandona el teísmo; o bien después de una culpa moral, para encontrar una excusa para su mala conducta; o bien porque ha sido engañado por una falsa filosofía.
Causas posibles del ateísmo son: la arrogancia, la soberbia, el escepticismo, el apego a la propia voluntad, la ignorancia del principio de causalidad, la miopía intelectual, el desprecio por la metafísica y por los valores espirituales, un falso ideal de libertad, una sobreestimación del poder del hombre sobre el mundo, el equívoco, las falsas filosofías, el subjetivismo, la pasión, la demencia.
La razón del ateo es a la vez pedestre y presuntuosa. Al igual que aquella kantiana, la razón del ateo está afectada de una falsa humildad al no querer trascender los fenómenos, claro que para luego tener la arrogancia de considerarse autosuficiente e insuperable. No pide ayuda de lo alto, sino sólo de lo bajo, como para poder hacerlo por sí mismo. Tumbada en la tierra, y apegada a la tierra, no quiere levantar la mirada metá ta physiká, sino que se contenta, dice él, como diría Sartre, con "nourritures terrestres". Todo lo que necesita es el refrigerador y la televisión.
A tal respecto, debemos señalar un grave error de traducción en la constitución Gaudium et Spes (n.21) a propósito del ateísmo. El italiano tiene "le ragioni della negazione di Dio", dando la impresión de que el ateísmo puede tener "razones".
En realidad, el texto original no habla en absoluto de rationes, sino de causas, que es diferente: una causa no es necesariamente justa o correcta o normal, sino que también puede ser patológica o destructiva, como por ejemplo la causa de una enfermedad, o irrazonable, como la causa de un pecado. Hay una causa justa y hay una causa injusta.
Sólo esta, que es contra razón, es causa del ateísmo, que de por sí es un grave pecado de impiedad, que en el pasado en la cristiandad, cuando existía más extendido el sentido de lo sagrado y de lo religioso, siempre ha suscitado horror e indignación, hasta ser castigado con la muerte. El mal tiene una causa, pero no tiene una razón. Sólo el bien, que es según razón, tiene una razón.
Si la necedad es el negarse a reconocer la existencia de Dios, la sabiduría consiste en el saber que Dios existe. Es posible, debido y necesario elevarse desde la creatura al creador. El no hacerlo es culpa moral. En tal sentido, el ateísmo es un pecado ante todo contra la razón.
Es un pecado de soberbia, por lo cual la razón se considera autosuficiente, dejando incompleto el razonamiento que la conduciría a su conclusión natural, es decir, a la afirmación de la existencia de Dios. Y esto conduce a un pecado de impiedad, por el cual el hombre se niega a rendir a Dios el culto y el honor debidos.
De ahí nace la idolatría y el politeísmo. Es interesante notar la convergencia, desde el punto de vista etimológico, del término "idea" con "ídolo" (griego: éidolon). La raíz de ambos términos es el sánscrito vid, que significa ver, de ahí el latín video, y el italiano vedere o el español ver. El Dios del idealismo es un falso dios, porque es una pura idea del hombre, por lo cual podemos tranquilamente decir que la teología idealista es idolátrica. Y por lo tanto es un ateísmo implícito. El hombre adora su propia idea, por consiguiente, al fin de cuentas, se adora a sí mismo.
Pero si el hombre niega a Dios, no puede prescindir de los dioses. Nietzsche tiene un hermoso predicar del "crepúsculo de los dioses" y en vano Marx afirma arrogantemente el "rechazar a todos los dioses". En tal caso, el hombre se apega como a Dios a lo que no es Dios. En realidad, de hecho, nadie puede prescindir de un dios: será él mismo o cualquier otra cosa, pero no puede prescindir de un dios. Y en esto, por lo demás, reside la dignidad del ser humano por encima de las bestias, las cuales están encerradas en lo relativo, en lo contingente, en lo finito, en lo particular, en lo pasajero.
El libro de la Sabiduría continúa con estas observaciones: "Sin embargo, estos hombres no merecen una grave reprensión, porque tal vez se extravían buscando a Dios y queriendo encontrarlo; como viven ocupándose de sus obras, las investigan y se dejan seducir por lo que ven: ¡tan bello es el espectáculo del mundo! Pero ni aún así son excusables: si han sido capaces de adquirir tanta ciencia para escrutar el curso del mundo entero, ¿cómo no encontraron más rápidamente al Señor de todo?" (Sab 13,6-9).
Sobre este tema, sin embargo, san Pablo es más severo: "La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que sofocan con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se puede conocer les es manifiesto, pues Dios mismo se los ha manifestado. 
"Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias como a Dios, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.
"Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador" (1 Cor 1,18-25).
El ateísmo al cual se refiere Pablo es evidentemente una forma más grave de aquella señalada en el Libro de la Sabiduría, que se limita a considerar el aspecto especulativo. En cambio, aquí el Apóstol muestra las graves consecuencias o premisas morales del ateísmo consciente y voluntario. Desde este punto de vista, es evidente que este ateísmo puede, en línea de principio, causar cualquier tipo de desorden moral, como dijo Dostoievski: "Si Dios no existe, todo está permitido".
Dios creador del hombre, es evidentemente también el legislador de su conducta moral. Por lo tanto, el hombre puede conocer sus deberes de fondo sólo escuchando los mandatos divinos. El deber que él advierte en su conciencia no está fundado en un puro y autónomo orden de la razón práctica, como creía Kant, sino que esta a su vez debe comprender que la ley moral que advierte en sí misma, le es dada por su Creador, quien sólo en cuanto tal, es el supremo y primer Legislador de la razón.
Por tanto, la razón humana, dejada a sí misma para regularse por sí sola, es como un timonel sin brújula. Más bien, ella tiene la capacidad de determinar con el libre albedrío sus actos particulares; pero si éstos a su vez no están regulados por la ley divina, que es la ley de la naturaleza humana, vienen a carecer de la debida racionalidad. La razón puede tener la impresión de ser libre, pero en realidad, sin la ayuda divina, se vuelve sujeta a sus malas tendencias, a las que ella corre el riesgo de co-honestar. De hecho, es necesario tener en cuenta las deficiencias y los defectos de la razón, que por sí mismos la desvían del camino.
Ciertamente, también un creyente puede ser un delincuente o un asesino; pero él sabe al menos que ha pecado contra Dios y por lo tanto puede arrepentirse y reparar. Pero el ateo, convencido de que no tiene deber de rendir cuenta a ningún Dios de lo que ha obrado, difícilmente puede arrepentirse y corregirse del mal que ha hecho.
Sin embargo, existe una negación práctica de Dios, aquello que Maritain llama "ateísmo práctico", que es la desobediencia a sus mandamientos, lo cual también es posible para un creyente: un vivir como si Dios no existiera. El verdadero teísmo salvífico no es sólo la admisión teórica de que Dios existe, y no es tampoco el simple conocimiento de su voluntad, sino que es la puesta en práctica de lo que Él nos manda, aunque siempre en la condición de pecadores.

Atenuación contemporánea del ateísmo

Con la disolución de la U.R.S.S. algunos marxistas han asumido algunas formas de espiritualismo y de algún modo han recuperado sus raíces hegelianas acercándose a un teísmo que, sin embargo, por su actitud gnóstica, es más afín al panteísmo que al teísmo bíblico.
Un ejemplo eminente y muy interesante por su profundidad de pensamiento, su inmensa cultura filosófica, literaria y teológica, está dado por Massimo Cacciari, un marxista que en años recientes se ha acercado a los ambientes católicos, a tal punto como para recibir el carné de miembro honorario del Centro Santo Domingo de los Dominicos de Bologna.
Cacciari aborda algunos arduos temas filosóficos y teológicos como la gnoseología, la metafísica, la mística apofática, la protología, la cristología, la pneumatología, la escatología, pero no llega a la fe. Se mantiene siempre en un horizonte panteísta-historicista, sobre todo de inspiración schellinghiana, que opera una conjunción sincretística de teísmo, ateísmo y panteísmo, lo que parece paradojal, pero a la luz de cuanto he dicho sobre las relaciones de Marx con Hegel, esto se hace comprensible.
Muchos ateos o considerándose como tales o al menos agnósticos -pensemos en ejemplos ilustres como Giovanni Spadolini, Sandro Pertini, Marcello Pera o Giorgio Napolitano- hoy practican un estilo de vida con muchos aspectos positivos. Sus principios son: moderar las propias pasiones, gozar de las alegrías de esta tierra, amar la cultura, cuidar la salud, buscar el bienestar, preocuparse por la familia, contribuir al bien de la sociedad, respetar las opiniones de los demás, incluidos los creyentes, ayudar a los necesitados, disfrutar de la amistad, defenderse de los malhechores, honestidad en los negocios, honrar los derechos civiles, respetar las leyes del Estado, y soportar con fortaleza los males de la vida.
Estas virtudes sociales, esta atención a los necesitados, este interés por el derecho y la justicia, que se encuentran hoy en muchos que se consideran ateos y efectivamente no ejercitan una práctica religiosa, ni muestran intereses religiosos, en realidad no excluyen una relación positiva con Dios, quizás a nivel inconsciente o implícito.
Esto puede ser puesto en relación con las expresiones de gratitud de Cristo en el juicio universal, precisamente hacia aquellos que, aunque no conociéndolo, han ejercitado obras de justicia y misericordia -los "buenos samaritanos"-, como se deriva de Mt 25,31-46.
Ciertamente, el ámbito de la honestidad es distinto al de la religión, aún cuando la religión es el fundamento de la moral. Hemos visto, sin embargo, cómo hoy en día existen muchos agnósticos, ateos o autodenominados ateos que, aunque no van a la iglesia, viven una vida moral en definitiva decente y digna y, a veces, incluso en algunos aspectos, ejemplar.
En estos casos es posible que su ateísmo no sea un verdadero ateísmo, sino simplemente el rechazo de un Dios que no es el verdadero Dios y que ellos creen que sea el Dios del hombre piadoso y religioso o del cristiano. Aquí está la parte de la verdad de la teoría de Rahner del ateo en buena fe. Y aquí vemos, entre paréntesis, la grave responsabilidad que tienen los creyentes de presentar a los no creyentes el verdadero rostro de Dios, según los resultados de la sana razón y del dogma de la fe.
Pero la deslealtad del argumento de Rahner radica en el hecho de que él no distingue, como en cambio lo hace Maritain ¹, el verdadero ateísmo del pseudoateísmo o ateísmo aparente, es decir, el rechazo consciente del verdadero Dios del rechazo de aquello que parece Dios, pero que no es Dios. De modo que al final, Rahner parece justificar incluso el pecado del ateísmo.
Rahner basa esta teoría del "ateo inocente" en una falsa interpretación, por él repetida muchas veces, de un pasaje conciliar de la Lumen Gentium, n.16, donde se dice que "la divina Providencia no niega las ayudas necesarias para la salvación a aquellos que sin culpa aún no han llegado a un conocimiento explícito (expresam agnitionem) de Dios".
De hecho, él sostiene que el ateo sería precisamente aquel que no ha alcanzado este conocimiento, lo que por otra parte Rahner entiende en el sentido de su bien conocida "experiencia preconceptual trascendental" ², la cual a su vez, como he tenido otras veces la ocasión de señalar repetidamente, se trata de una invención idealista de su propio cuño ³.
En realidad aquí el Concilio no habla en absoluto de ateísmo, sino de conocimiento implícito de Dios, que, por más que sea implícito, no deja de ser siempre un conocimiento. El Concilio, por tanto, puede más bien referirse a aquellos que creen ser ateos sin serlo verdaderamente, porque ese Dios que rechazan no es el verdadero Dios.

Del efecto a la causa

El secreto del teísmo es el saber usar en sentido analógico el principio de causalidad. El ateo falla en este punto. Admite que las cosas de la experiencia tienen una causa; pero no llega a aplicar o no quiere aplicar el principio de causalidad en la radicalidad de su sentido y en su máxima extensión, que toca la existencia misma de las cosas en general y de la totalidad del universo. Todas las pruebas de la existencia de Dios no son sino la aplicación de este principio fundamental de la razón ⁴.
En efecto, una vez conocido el efecto, la razón plantea o busca la causa proporcionada, suficiente, necesaria y congruente. Si el efecto es un determinado hecho o evento, la causa será relativa a ese hecho, y como este a su vez es por tanto un hecho determinado, será relativo a otro hecho y así sucesivamente. Pero si este efecto es el ser, común a todas las cosas existentes, este ser no puede ser causado por otro ente particular y causado, porque el ser es común a todas las cosas, las cuales por otra parte no lo tienen de por sí y en razón o en virtud de sí. Si una cosa no es de sí (ens a se), necesariamente debe ser de otro (ens ab alio). Por lo cual, se necesitará plantear una causa universal del ser de todas las cosas. Y este es Dios.
El hombre tiene necesidad de apegarse a algo en modo absoluto. Puede cambiar de absoluto, pero siempre tiene necesidad de un absoluto en el pensar y en el actuar. También puede negar la existencia y el concepto mismo de absoluto, como hizo Comte; pero en la práctica, cuando piensa y cuando actúa, no puede prescindir de un absoluto, quizás de un absoluto de su elección.
La relación con lo absoluto es intrínseca a la naturaleza de la razón y de la voluntad. Y no está todavía dicho que este absoluto sea Dios. Lo que puede suceder más bien en todo caso, es aferrarse a un falso absoluto, como un escalador, que se aferra a un agarre que no sostiene.
Pero si este no es el verdadero Absoluto, Dios, él va al encuentro de la desilusión y a la perdición, porque él está hecho para Dios, verdadero absoluto, por lo cual si falla en esta objetivo, falla su vida. Dios es quizás sustituido por grandes valores, pero que no son suficientes para dar razón de lo existente y del mundo de la experiencia.
¿Cómo llega la razón a demostrar la existencia de esta Razón superior y suprema? Responde san Agustín: "Et si te mutabilem inveneris, transcende teipsum et illuc ergo tende ubi ipsum lumen rationis accenditur" ⁵.
El pensamiento humano depende de la realidad y está regulado, normado y medido por la realidad, que está fuera y frente (obiectum) al pensamiento. El pensamiento humano se funda en el ser, tiende y es funcional al ser, que está fuera de él, antes y después de él, independiente de él.
Además de esto, la razón es falible, experimenta ignorancia, la incerteza y la duda. La razón es facultad de un sujeto, está sujeta al devenir, pasa de la potencia al acto, conoce lo verdadero solo parcialmente y progresivamente, concatena en el tiempo muchos pensamientos. Por lo tanto, es evidente que no está fundada sobre sí misma, ni es fin en sí misma, tiene una potencia cognoscitiva limitada y no agota la totalidad de lo pensable o de lo cognoscible.
No está encerrada en sí misma, como la razón kantiana, sino que por naturaleza se abre o se conecta con una alteridad que no es ella misma ni interna a ella misma, sino que está más allá de ella, en la realidad, y da origen y razón a su propia existencia, y a la cual por tanto recurre para alimentarse, corregirse y purificarse: es la Razón divina.
Por lo tanto, la razón humana es el efecto de una Razón superior, autosuficiente, pensamiento subsistente, idéntico a su ser, acto de pensar y de ser a la vez, Razón infinita, infalible, omnisciente e inmutable. Y esta es la Razón divina, es más, es Dios mismo.
Ciertamente, dada la distancia o diferencia ontológica entre Dios y el hombre, no es fácil concebir cómo pueda existir un diálogo entre el hombre y Dios ¿Cómo es posible darse cuenta o juzgar que una palabra que escuchamos en nuestra conciencia o en la boca de un profeta es palabra de Dios? Se procede también aquí aplicando el principio de causalidad: una palabra de sabiduría, aunque sea pronunciada por un hombre, sólo puede provenir de Dios.
En este punto, es válido el dicho de san Ambrosio, citado varias veces por santo Tomás y muy caro a san Juan Pablo II: "Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est". Por otra parte, siendo Dios sapientísimo, no hay dificultad en admitir que Él comprende nuestras palabras y nuestras súplicas. Podemos hablar con Dios de manera similar a como hablamos con otro ser humano.
¡Cuántas consideraciones de carácter racional podrían conducir al ateo a Dios! De hecho, si él considerara la correspondencia entre la racionalidad existente en la naturaleza y la capacidad de la razón humana, debería lógicamente concluir que una única Razón, que preside la naturaleza y la razón humana, hace efectivamente que exista esta correspondencia que no depende ni de la naturaleza, ni de nuestra razón y por la cual en cambio es posible para nosotros formular matemáticamente las leyes de la naturaleza.
Si el ateo también reflexionara sobre el hecho de que las plantas y los animales tienen un comportamiento razonable sin que ellos mismos posean la razón, deduciría fácilmente la existencia de una Razón trascendente que los guía en dicho comportamiento ⁶.
Si pensara en el hecho de que su alma espiritual no puede provenir de la materia y, por lo tanto, no puede haber sido engendrada por sus padres, por tanto, deduciría que ha sido creada por una causa espiritual en el momento de la concepción, a menos que se despose con la idea de Orígenes, por lo demás condenada por la Iglesia, y afirme que todas las almas existen desde el inicio del mundo, para luego descender sucesivamente en sus respectivos cuerpos, y en todo caso Orígenes también admitía la creación de las almas.

Fin de la Segunda Parte (2/3)

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 20 de septiembre de 2015

Notas

¹ Il significato dell’ateismo contemporaneo, Morcelliana, Brescia 1954.
² Uno de los muchos lugares donde Rahner sostiene esta tesis es en L’ateismo e le sue cause, libro editado a cargo de B.Mondin, Editrice Massimo Milano 1981, pp.172-173.
³ La “Rivelazione originaria” in Karl Rahner, Sacra Doctrina, 6, pp.537-559; Karl Rahner. Il Concilio tradito, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2009, c.I.
⁴ R. Garrigou-Lagrange, Dieu, son existence et sa nature, Beauchesne, Paris 1959.
⁵ De vera religione, c.XXXIX.
⁶ Cf. P.C. Landucci, Esiste Dio?, Edizioni Pro Civitate Christiana, Assisi 1948.

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum atheismus sit mera Dei negatio
vel potius idololatria et peccatum contra rationem

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod atheismus sit mera Dei negatio et non idololatria neque peccatum contra rationem.
1. Quia atheus se limitat ad affirmandum Deum non existere, sine necessitate aliam rem adorandi. Ergo videtur quod eius habitus sit sola abstinentia et non idololatria.
2. Praeterea, atheismus potest habere apparentiam veritatis, innitens observationi phaenomenorum et autonomiae rationis. Sic videtur quod non sit peccatum contra rationem, sed conclusio rationalis.
3. Item, quidam atheistae exercent virtutes sociales et vitam honestam agunt, leges observantes et proximos adiuvantes. Ergo videtur quod eorum atheismus non sit impietas, sed optio moraliter neutra.
4. Denique, possunt esse causae culturales vel psychologicae atheismi, sicut ignorantia vel influxus falsarum philosophorum. Ergo videtur quod non sit necessario peccatum, sed effectus circumstantiarum externarum.

Sed contra est quod dicitur in Sapientia: insipientes natura sunt omnes homines qui Deum ignorant, et ex magnitudine et pulchritudine creaturarum cognoscitur Creator (Sap 13,1-5). Et Apostolus dicit: ira Dei revelatur contra homines qui veritatem Dei in iniustitia detinent, quia invisibilia Dei per ea quae facta sunt intellecta conspiciuntur, ita ut sint inexcusabiles (Rom 1,18-20).

Respondeo dicendum quod atheismus non est mera negatio, sed idololatria et peccatum contra rationem. Qui Deum negat non potest sine deo esse, sed adorat quod non est Deus: mundum, materiam, propriam ideam, propriam voluntatem. Sic atheismus est ponere effectum loco causae, temporale loco aeterni, contingens loco necessari. Est peccatum superbiae, per quod ratio seipsam sufficiens reputat et incompletum relinquit processum ratiocinationis, qui naturaliter ad Dei affirmationem duceret. Est etiam peccatum impietatis, quia negat Deo cultum et honorem debitum. Inde nascuntur idololatria et polytheismus, sicut Scriptura ostendit. Atheismus, licet apparentiam veritatis habere possit, est tamen contradictionem cum re, quia ens non potest simul esse creator et creatura, causa et effectus. Ideo Biblia et traditio eum insipientiam et grave peccatum reputant. Praeterea, atheismus non habet rationes, sed causas pathologicas: superbiam, ignorantiam principii causalitatis, falsas philosophias, passionem vel dementiam. Malum habet causas, non rationes; solum bonum habet rationem.

Ad primum ergo dicendum quod negare Deum non est mera abstinentia, quia homo non potest sine absoluto esse. Atheus, etsi neget, adhaeret quasi deo ei quod non est Deus, et ideo in idololatriam incidit.
Ad secundum dicendum quod apparentia veritatis atheismi provenit ex eo quod in phaenomenis detinetur, nec principium causalitatis ad finem applicat. Ideo est peccatum contra rationem, quia impedit eius naturalem cursum ad causam primam.
Ad tertium dicendum quod virtutes sociales quorumdam atheistarum non excusant peccatum atheismi, quia opera bona non supplent officium Deum agnoscendi et honorandi. Possunt ostendere aliquam dispositionem moralem, sed impietatem negandi Creatorem non tollunt.
Ad quartum dicendum quod causae culturales vel psychologicae possunt atheismum explicare, sed non iustificare. Atheismus est semper peccatum contra rationem et contra pietatem, licet diversas causas externas habere possit. Ignorantia vel error possunt culpam personalem attenuare, sed contradictionem obiectivam negandi verum Deum non tollunt.
   
JG

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