¿Es la masonería simplemente una asociación filantrópica con la que la Iglesia mantiene antiguas divergencias históricas, o existe una incompatibilidad más profunda y doctrinal? ¿Por qué las condenas eclesiásticas no se apoyaron solamente en circunstancias políticas, sino en una determinada concepción de Dios, del hombre y de la salvación? ¿Puede una religión fundada exclusivamente en la razón reemplazar a una fe fundada en la revelación divina y en la gracia? ¿Qué ocurre cuando Dios deja de ser el Creador trascendente para convertirse en una idea producida por la razón humana? En esta primera parte de su estudio, el padre Giovanni Cavalcoli examina las raíces filosóficas y religiosas de la masonería, analiza críticamente la insuficiencia de ciertas aproximaciones excesivamente conciliadoras y sostiene que detrás del conflicto histórico entre Iglesia y masonería se encuentra una oposición mucho más profunda entre una visión naturalista y racionalista del hombre y la concepción cristiana del orden sobrenatural, de la revelación y de la gracia.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 9 de octubre de 2026
Queridos hermanos masones (1/2)
"Queridos hermanos masones".
El peligro de la Masonería y la insuficiencia
de la exposición del cardenal Gianfranco Ravasi
Primera Parte
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 27 de febrero de 2016 en blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/cari-fratelli-massoni-il-pericolo-della-massoneria-e-linsufficienza-dellesposizione-del-cardinale-gianfranco-ravasi/)
En el semanario Sole 24 Ore del pasado 14 de febrero, apareció un artículo del cardenal Gianfranco Ravasi titulado "Queridos hermanos masones". En él, el Cardenal recuerda las condenas a la masonería pronunciadas en el pasado por la Iglesia y destaca elementos de contacto entre la visión masónica y el humanismo cristiano.
En cambio, la grave carencia o deficiencia del artículo consiste en que deja del todo en la sombra el elemento de falsedad y peligrosidad de la concepción masónica, elemento que explica precisamente el motivo de las condenas eclesiásticas. Trataremos aquí de remediar esa laguna.
Ante todo, una definición de la masonería. La masonería es una asociación internacional humanitaria regida por derecho público, que, más allá de sus diversas formas y tendencias, se propone conducir a la humanidad a la suprema realización de su propio ser, sobre la base de la razón y con la fuerza de la voluntad, en la práctica de la la ley moral, venciendo al vicio y promoviendo la virtud, y dirigiendo a los hombres al culto del Gran Arquitecto del Universo, y por tanto a la libertad, a la felicidad y a la inmortalidad.
Los masones, por estatuto, se consideran a la vanguardia de la humanidad en el conducir hacia adelante esta obra de promoción del progreso y del perfeccionamiento del hombre, porque consideran que la tradición y la ritualidad masónicas les aseguran un saber y un poder supremos, la gnosis, la cual por sí sola, por encima de cualquier otra sabiduría humana, es capaz de convertirlos en maestros y guías eficaces y confiables en esta altísima tarea de perfeccionamiento y de la liberación finales de la humanidad.
Sobre el camino de esta actividad, sin embargo, la masonería choca con la Iglesia, la cual también avanza, en alternativa y compitiendo con la masonería, en la misma misión de guiar supremamente y definitivamente a la humanidad hacia la perfección suprema y hacia la libertad total, declarándose en posesión de una revelación divina y de medios sobrenaturales concedidos por Dios para la realización de estos fines.
La masonería, por lo tanto, considera comprensiblemente a la Iglesia como un obstáculo en el camino del progreso, de la justicia y de la libertad, no tanto en su promoción de la justicia humana y de los derechos humanos, en los cuales ella está dispuesta a acordar y a colaborar, sino más bien en relación a la pretensión de la Iglesia de ser la única e infalible sociedad, cuyos principios estatutarios son objeto de una revelación divina, en base a la cual la Iglesia estaría en posesión de una verdad suprema, supra-racional, objeto de fe, concerniente al destino del hombre, y dispondría también, por encima de todas las demás religiones, de un poder sobrenatural (los sacramentos), capaces de conducir al hombre a Dios como fin último sobrenatural.
Para la masonería, Dios (el Gran Arquitecto del Universo) existe, es objeto de culto, es fin y regla del hombre, pero no revela en absoluto al hombre el camino de la salvación, ni por lo tanto le da ninguna gracia capaz de conseguirla, porque el hombre alcanza su propia felicidad con sus solas fuerzas.
Como veremos mejor más adelante, la masonería no cree en la existencia de verdades, que no sean demostrables por la razón, ni en fuerzas sobrenaturales (la gracia), que no sean la fuerza de la voluntad humana.
La masonería, jurídicamente, como hemos dicho, es una organización internacional de derecho público, gobernada por una dirección central con sede en Londres, y regulada por una especial Constitución, en base a la cual la dirección central reconoce la legitimidad y regularidad de las logias dispersas por todo el mundo que les piden formar parte de la masonería. Tienen derecho a llamarse "masónicas" sólo aquellas logias que son reconocidas por Londres, que es la Logia madre, fundadora de todo el instituto.
La masonería regular londinense, fundada en 1717 y dotada de Constituciones en 1723, está regida por una severa disciplina, que tiene como función hacer respetar sus leyes y excluir las formas irregulares, desviadas o degeneradas, a fin de garantizar y asegurar la consecución y la realización de sus fines y de su programa institucional.
En el transcurso de la historia han surgido movimientos autodenominados masónicos o llamados así por otros, pero no reconocidos, y por tanto irregulares, que han concebido e implementado modos de ser masón en contraste con la masonería institucional y regular. Estas formas irregulares de masonería, que a veces llegan al crimen o al vilipendio de la religión, son aquellas que más se apartan tanto de la conducta cristiana como de la conducta humana y civil honesta y virtuosa. Aquí no las tomamos en consideración, ya que son rechazadas por la propia masonería.
Relaciones entre masonería e Iglesia
Ahora bien, sin embargo, en este punto surge el gravísimo problema de la relación entre masonería e Iglesia, que el cardenal Gianfranco Ravasi resuelve con excesivo optimismo e ingenua desenvoltura. Pero las cosas no son tan simples. En realidad, si bien en estas últimas décadas, a partir de la reforma conciliar, las relaciones de la Iglesia con la masonería, en el ámbito de la reforma conciliar de las relaciones de la Iglesia con los poderes de este mundo, han perdido aquella áspera conflictualidad, que tenían hasta el momento del Concilio, y han sido mitigadas, por lo cual se convirtieron en más posibles las formas de colaboración en el ámbito de la promoción humana o del bien común, este hecho indudablemente consolador no quita en absoluto que la masonería haya conservado la sustancial constitutiva hostilidad contra la Iglesia, causada por el hecho de que la masonería se funda en una ética que ignora la existencia y la validez de la revelación divina contenida en los dogmas de la Iglesia, así como la existencia y la necesidad de la gracia divina para la liberación del hombre del mal y para su progreso en la virtud.
Pero, más en raíz, es la misma concepción masónica del hombre y de Dios, la que se presenta equivocada y por tanto incompatible con la nobleza de la visión cristiana. En efecto, como ya hacía notar León XIII, retomando palabras de san Agustín, en su encíclica Humanum Genus, de 1884, dedicada a la masonería, el rechazo masónico de lo sobrenatural y de la revelación, depende de una concepción del hombre y de Dios, para la cual el hombre, llevado por el "amor de sí", llega a "despreciar a Dios". Es el pecado de la soberbia.
De hecho, la visión masónica de la relación del hombre con Dios está históricamente preparada por la irrupción del antropocentrismo naturalista renacentista, que en el siglo XVII da lugar a la concepción cartesiana, que acentúa la autonomía y la independencia del yo, concebido como autoconciencia originaria y a priori y fundante, que contiene la idea innata de Dios.
Dios sigue siendo el Ser supremo, pero pierde el carácter realista y trascendente, que todavía conserva en el Renacimiento cristiano -piénsese, por ejemplo, en Pico de la Mirándola o en Marsilio Ficino- y comienza a convertirse, con Descartes, en una idea de la razón producida por el hombre, la suprema, la máxima, la más sublime, idea infinita y absoluta, pero no obstante siempre una idea.
Ciertamente, el católico Descartes, a pesar de ello, mantiene la fe en el Dios trascendente, creador del hombre. Pero no era difícil dejar de lado esta tradicional concepción realista católica, para asumir la nueva concepción basada en el cogito, que tenía en sí mismo el germen de un antropocentrismo absoluto, que luego será explicitado por el idealismo panteísta alemán del siglo XIX.
Mientras tanto, no tardará en llegar Kant, para concebir a Dios como simple Idea, "reguladora suprema e ideal límite de toda la obra de la razón". Tenemos la concepción masónica de la relación del hombre con Dios, que es luego la concepción racionalista Iluminista.
Dios no aparece ya como el creador y legislador de la razón, sino como el vértice último de la auto-superación y de la auto-trascendencia de la razón, la cual, existiendo ya por sí misma y para sí misma, como cogito, se eleva por sí misma hasta los vértices del ser. Dios, por consiguiente, ya no trasciende al hombre, sino que es vértice del hombre. La razón humana ya no es un finito que se somete a una Razón infinita, sino que, como diría más tarde Hegel, es ella misma divina e infinita.
Las raíces del pensamiento masónico
La masonería promueve y respeta la religión natural, que se funda en la razón práctica, así como ella resulta de la doctrina kantiana ¹. El pensamiento masónico alcanza su madurez inspirándose en el iluminismo francés, alemán e inglés ². Ella florece en los ambientes protestantes, pero se mantiene alejada del fideísmo irracionalista protestante.
Por el contrario, la masonería, en la línea del antropocentrismo renacentista, opta por un naturalismo y un racionalismo descarados, que habrían causado horror a Lutero. Sin embargo, ella está en polémica o controversia con la Iglesia católica y por eso, en los inicios, no arraigó entre los católicos, también por las severísimas condenas pronunciadas por Roma, a partir de Clemente XII en 1738.
Sin embargo, la concepción masónica de la religión se asemeja a la concepción tomista ³. Autora, en efecto, en uno y en otro caso, es la razón, pero entendida de modo diferente. En Tomás, la razón admite la posibilidad de un saber sobre Dios superior al saber simplemente racional: es el saber de fe, fundado en la revelación sobrenatural.
La masonería, en cambio, se acerca a la concepción kantiana de la razón. Kant, de hecho, encuentra el favor de la masonería por su racionalismo y su teología idealista. Para Kant, Dios no es superior a la razón, para que de Él pueda llegar un mensaje o una doctrina, como si Dios fuera otra persona, distinta del hombre, superior al hombre, que habla al hombre y le instruye acerca de Dios. Como hemos dicho, Dios es sólo el Ideal supremo, infinito, eterno y absoluto de la razón, que regula toda la actividad de la razón ⁴.
En tal sentido, Dios, como lo llama el propio Kant, es summum Ens y, como lo llamará Robespierre durante la Revolución Francesa, inspirada en la masonería, Ser supremo. Es claro que un tal "Ser" no tiene nada que revelar, sino que más bien es el vértice y fin supremo de toda la actividad de la razón, que regula, impulsa y atrae hacia sí todo el movimiento y el progreso de la razón hacia la verdad cada vez más alta y sublime.
En este sentido, la masonería rechaza el ateísmo, pero, tratándose de un "Dios" puesto, al fin de cuentas, como Idea por la razón, y no descubierto como Realidad suprema por la razón misma, con la aplicación del principio de causalidad (cf. Rm 1,19-20 y Sab 13,5) ⁵, no se ve cómo puede quedar al reparo y sustraerse a la negación atea, dado que, como idea, no hace depender de él a la razón, sino que él depende de la razón y de su arbitrio, que puede tanto afirmarlo como negarlo.
Un "dios" a merced de la razón, "querido" por la razón, no da una certeza fiable. Y se ha visto cómo históricamente el ateísmo surge del Iluminismo a través de Hegel y Marx. Por eso, para el Iluminismo, no se habla de "teísmo", que es una expresión realista, sino de "deísmo", expresión idealista, como lo hace el mismo Kant.
El papa León XIII oponía la visión cristiana del "amor de Dios" hasta el "desprecio de sí mismo" a la visión masónica antropocéntrica y deísta. Efectivamente, la cultura masónica se nutre de una abundantísima literatura, en la cual, si no faltan textos religiosos como la propia Biblia, y la devoción a personajes bíblicos, como Noé, Salomón, Hiram, constructor del templo de Salomón (cf. 1 Re 7,13-14; 2 Cr 4,11-16) o san Juan Evangelista, encontramos una propensión y un interés por las antiguas tradiciones paganas mistéricas o esotéricas, sobre todo egipcias y griegas, por el antiguo gnosticismo, por el hermetismo, por la teosofía, por los cátaros, por los rosacruces, por la mística cabalística, por el ocultismo, la magia y la alquimia renacentista.
La masonería también mira con interés y admiración la corriente del idealismo, que desde Descartes llega a Kant, Fichte ⁶ y Hegel, por el énfasis en el yo centrado en sí mismo, que progresivamente, inflándose a sí mismo, hace un Dios de sí mismo despreciando al verdadero Dios ⁷.
De hecho, en el culto masónico, la Serpiente genesíaca deviene símbolo de la auto-afirmación de la razón y de la libertad frente a la divinidad trascendente y opresiva. El pecado original, por tanto, no es visto en absoluto como pecado, sino más bien como acto de rebelión contra la tiranía divina y, por tanto, como acto de auto-liberación.
De aquí viene la negación masónica del pecado original, siguiendo a Rousseau. El hombre no nace en absoluto malo, nace bueno; y si es malvado, esto depende sólo de su libre albedrío y de los vicios de cada uno. Pero la masonería asegura que con la razón, la educación, la ciencia, la buena voluntad y la virtud, posibles a todos, el hombre puede corregirse y volver al estado originario de inocencia. Dios, por tanto, para el masón, no está por encima del hombre, sino que está a priori en el hombre, como fuerza infinita y eterna, que permite al hombre realizarse plenamente a sí mismo. Como dice Virgilio: labor omnia vincit.
Un papel similar lo desarrolla Lucifer ⁸, que es el nombre con el cual Isaías llama al rey de Babilonia (Is 14,12), castigado por su soberbia. En efecto, Isaías le hace decir: "subiré al cielo, sobre las estrellas de Dios levantaré mi trono. […] Subiré a las regiones superiores de las nubes, me haré igual al Altísimo" (vv.13-14). Por eso, en los Santos Padres, Lucifer es símbolo del demonio, que se levanta con soberbia contra Dios. Es la misma figura de Satanás, como se sabe por el famoso Himno a Satanás de Carducci, estaba en las intenciones del Poeta, el símbolo del poder de la naturaleza y de la libertad de pensamiento.
León XIII, por tanto, no se había equivocado, por más severo que fuera el juicio del gran Pontífice, al vincular la masonería al "reino de Satanás", afirmando que "hay tantos súbditos, siguiendo los funestos ejemplos de su líder y los comunes progenitores, como se niegan a obedecer a la eterna y divina ley, y emprenden muchas cosas sin preocuparse de Dios, muchas contra Dios" (incipit).
En tal sentido, los masones pueden ser considerados como "satanistas" y adoradores del demonio, aunque ellos rechacen desdeñosamente este título, pero sólo porque precisamente -aparte de aquellos que puedan estar en buena fe- para ellos, el verdadero Dios es lo que la Biblia llama "serpiente" y "Satanás".
Una sociedad secreta
Otro aspecto de la masonería, que la hace odiosa, es el carácter astuto o engañoso y por lo tanto insidioso de su acción, preparada en secreto, que golpea por la espalda emergiendo desde la oscuridad y retornando a la oscuridad o permaneciendo en las sombras y escondiéndose detrás de engañosos pretextos, o bajo las apariencias del bien o de la legalidad.
Me viene a la mente el lema de Descartes: Larvatus prodeo. Es el estilo de los hipócritas, de los traidores, de las personas infieles, escurridizas como las serpientes y babosas, oportunistas, dobles e infiables, traicioneros, es el estilo de los falsos amigos. Por supuesto, no se dice que debemos manifestar nuestros planes al enemigo, y que en ciertos casos no se deba actuar en secreto y con circunspección. Aquí es proverbial la prudencia de los Jesuitas, que nos recuerdan las palabras del Salmo: "Con los perversos Tú eres astuto" (Sal 18,27).
Pero lo que es repulsivo y provoca indignación, es el complotar para obstaculizar y destruir obras y empresas honestas, benéficas y santas, en favor de las almas, de la religión, de las buenas costumbres, de la sociedad y de la Iglesia, sólo porque constituyen un reproche a la conciencia del masón y a los planes de la masonería.
Por tanto, es principalmente, aunque no exclusivamente en referencia a la masonería, que el Código de Derecho Canónico habla de "asociaciones que complotan contra la Iglesia" (can. 1374): por lo tanto, una acción secreta y colectiva.
La masonería tiene diferentes métodos para dañar a la Iglesia. Hoy mantiene su tradicional hostilidad, aunque modera un tanto sus expresiones y sus iniciativas. Recientemente, incluso ha tenido expresiones de complacencia y de estima por el papa Francisco, y esto es ciertamente grato. Pero no debemos bajar la guardia. La masonería hoy se sirve sobre todo de infiltrados dentro de la Iglesia, como por ejemplo -lo veremos más adelante- los rahnerianos, herederos de los modernistas de los tiempos de san Pío X.
Por lo tanto, el hecho de que la masonería en el nuevo Código no sea mencionada expresamente, no quiere decir nada. Sino que más bien indica la voluntad del Legislador de recordarnos el persistente y grave peligro que viene a la Iglesia desde las tramas de las sociedades secretas, sean o no la masonería.
Por lo demás, la condena de la masonería ha sido reafirmada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 26 de noviembre de 1983, precisamente en el año de la publicación del nuevo Código, con las siguientes palabras: "Se mantiene inalterado el juicio negativo de la Iglesia respecto de la asociaciones masónicas, ya que sus principios siempre han sido considerados irreconciliables con la doctrina de la Iglesia y, por tanto, sigue estando prohibida la pertenencia a ellas".
Naturalmente, si a un católico le está prohibida la afiliación o la asociación con la masonería, no están para nada impedidos un cierto intercambio o confrontación de ideas y una cierta colaboración transitoria sobre objetivos honestos, de carácter cultural, político y humanitario. La misma Santa Sede, con el dicasterio para los no-creyentes, está promoviendo contactos similares, como uno de los frutos de la reforma iniciada por el Concilio Vaticano II, y precisamente el cardenal Ravasi lidera esta actividad.
La acción de la masonería en la Iglesia y contra la Iglesia
La masonería, hoy más que nunca, habiendo obtenido público reconocimiento por parte de los Estados, no tiene problemas, más aún muestra un cierto orgullo, en presentarse y darse a conocer ante la Iglesia y la sociedad. Y sería injusto ignorar ciertos méritos de la masonería en el campo del bien público y privado.
Pero los favores de la masonería no son desinteresados; ella pretende, sin embargo, con astucia y perfidia, penetrar más o menos secretamente y profundamente, ganando confianza, en las clases dirigentes de la sociedad (políticos) y de la Iglesia (obispos), para persuadirles de sus ideas y al mismo tiempo empujarles a las mismas ambiciones, porque su enfoque gnóstico y racionalista la hacen convencida como hemos visto, de ser ella la guía de la humanidad hacia la justicia y la paz perpetuas.
Por eso, ella, en los contactos que instaura, apunta sobre todo a procurarse prestigio, dando muestra de virtudes, éxitos obtenidos, capacidades, adhesiones, y grandes ideales humanísticos. Sin embargo, la finalidad última no es propiamente la de hacerse útil en vista de la edificación del bien común, sino que este ofrecimiento de colaboración es sólo una finta o es sólo instrumental; la real intención de fondo, a menudo inconfesada, pero evidente desde las doctrinas masónicas tradicionales, aceptadas y oficiales, es la de dominar estas fuerzas y al mismo tiempo hacerlas cómplices en su voluntad de hegemonía sobre toda la humanidad.
De tal modo, la masonería sigue dos caminos para la realización de sus planes: un camino abierto y un camino secreto. O te ataca abiertamente o, como un cáncer oculto, te entra en el cuerpo sin que te des cuenta, y cuando te das cuenta, ya es demasiado tarde. O te ataca abiertamente con violencia, o te instila veneno gota a gota, suavemente, pero inexorablemente, para que tú mueras sin saber por qué.
En siglos pasados, la masonería combatía abiertamente a la Iglesia, aunque adoptando siempre su método del secreto. Pero no alcanzaba o no pensaba en entrar en la Iglesia, salvo esporádicamente; ella despertaba horror entre los fieles; existía mucha vigilancia en la Autoridad Eclesiástica; los casos raros se manifestaban y eran perseguidos por la misma con severidad.
Desde después del Concilio, sin embargo, ella ha cambiado de táctica. En el nuevo clima optimista de diálogo con el mundo moderno y con los no-creyentes, los obispos relajaron la vigilancia y permitieron una mayor circulación de las ideas; la excesiva desconfianza de antes del Concilio fue sustituida por una merma en el sentido crítico y en la capacidad de discernimiento. Si antes se daba la tendencia a ver el mal y el pecado por todas partes, después se comenzó a caer en la ingenuidad y en la credulidad.
Por una interpretación demasiado amplia de la debida prevalencia de la misericordia sobre la severidad, deseada por san Juan XXIII, se empezó a extender entre los obispos un debilitamiento de las certezas de fe, una idea demasiado amplia del "pluralismo", una merma del sentido crítico, una confianza excesiva en cualquiera, un exagerado temor a equivocarse en el pronunciar condenas y, finalmente, el temor de que, pronunciando condenas, pudiera parecer que todavía se estuviera ligado a una mentalidad preconciliar. Todos estos inconvenientes, por desgracia, continúan hasta el día de hoy, con el agravante de que en el episcopado se ha difundido ese renacido modernismo, que habría debido ser tempestivamente reprimido.
Sin embargo, hubo voces valientes de pastores autorizados, como los cardenales Pietro Parente, Alfredo Ottaviani, Giuseppe Siri, Ernesto Ruffini, Giuseppe Pizzardo y Jean Daniélou y teólogos como Jacques Maritain, Cornelio Fabro, Antonio Piolanti, Giuseppe Perini, Tomas Tyn, Alberto Galli y Dietrich Von Hildebrand, quienes intentaron advertir y poner en guardia contra este resurgimiento del modernismo, luego llamado "progresismo", pero desafortunadamente no fueron escuchados e incluso tomados a burla y desaprobados por muchos. Ahora -y hablo a los católicos despiertos y no a los drogados por el modernismo- estamos comenzando a darnos cuenta del valor de estas advertencias proféticas, y por lo tanto es hora de remediarlo no con una reacción que apele al preconcilio, sino a la verdadera implementación del Concilio.
La masonería, por su parte, en ese clima confuso recién recordado de "bajar la guardia", de euforia ingenua, de credulidad oportunista y la "caza al reaccionario", entendió que había llegado el momento oportuno para entrar en acción con un método diferente, el del diálogo, y con verdadera esperanza de éxito.
Y de hecho así ha sido. La masonería, intuyendo las ventajas que habría de obtener del resucitado modernismo, lo ha apoyado, ciertamente no sin financiarlo, porque ella no hace nada por nada, y es así que ha nacido y ha florecido la más hermosa de las flores, que es el rahnerismo, refinadísimo, fascinante y eficaz expediente, del cual la masonería todavía se sirve hoy para arruinar, como dulce veneno, a la Iglesia desde su interior, bajo la apariencia de una alta teología, sedicente progresista, pero que en realidad no es más que el caldo caliente del modernismo.
Fin de la Primera Parte (1/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 27 de febrero de 2016
Notas
¹ La religione entro i limiti della sola ragione, Editori Laterza, Bari 1985.
² Cf. Giuseppe Giarrizzo, Massoneria e illuminismo nell'Europa del Settecento, Venezia, Marsilio, 1994.
³ Cf. Summa Theologiae, II-II, qq.81-100.
⁴ Cf. Giuliano Di Bernardo, Filosofia della massoneria, Marsilio, Venezia 1992.
⁵ Voltaire concibe a Dios de esta manera.
⁶ Fichte es autor de una Filosofía de la masonería.
⁷ Sobre la tendencia panteísta de la masonería, véase Léon de Poncins, Freemasonry ad the Vatican, Briton Publishing Company, London 1968, pp.35, 71, 84, 88, 124.
⁸ Cf. los estudios del padre Paolo Siano, FI, Introduzione allo studio del luciferismo massonico, en Fides Catholica, 2006, 2, pp.13-80; Iniziazione, esoterismo e luciferismo nella Massoneria del Grande Oriente d’Italia, en Fides Catholica, I, 1, 2007, pp.15-82; II,1, 2008, pp.35-102.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Massoneria cum fide christiana incompatibilis sit
propter negationem divinae revelationis et gratiae supernaturalis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Massoneria non sit incompatibilis cum fide christiana propter negationem divinae revelationis et gratiae supernaturalis.
1. Massoneria enim homines ad cultum Magni Architecti Universi dirigit et proponit humanitatem ad libertatem, felicitatem et immortalitatem conducere. Sed qui Deum ut finem et regulam hominis agnoscit fidei christianae repugnare non videtur. Ergo Massoneria non videtur incompatibilis cum christianismo.
2. Praeterea, Massoneria promovet observantiam legis moralis, pugnam contra vitium, exercitium virtutis, iustitiam humanam atque iura hominum. Insuper possibilia sunt quaedam genera cooperationis cum Ecclesia in humana promotione et boni communis prosecutione. Ergo non videtur existere substantialis oppositio inter Massoneriam et christianismum.
3. Praeterea, Massoneria atheismum respuit et existentiam Dei affirmat. Immo promovet religionem naturalem in ratione fundatam. Ergo videtur saltem fundamentales veritates religiosas conservare nec potest fidei adversa reputari.
4. Praeterea, ratio humana naturalem habet facultatem veritatem cognoscendi et mores dirigendi. Si homo per rationem, educationem, scientiam, bonam voluntatem et virtutem perfectionem moralem per seipsum assequi potest, non videtur necessaria revelatio supernaturalis neque gratia divina ad propriam perfectionem consequendam.
Sed contra est quod docet Apostolus sanctus Paulus invisibilia Dei per ea quae facta sunt intellecta conspici (Rm 1,20). Fides autem christiana insuper affirmat Deum homini viam salutis supernaturaliter revelasse eique gratiam communicare ad eam consequendam. Ergo religio sola ratione fundata non sufficit.
Respondeo dicendum quod conflictus fundamentalis inter Massoneriam et Ecclesiam non principaliter invenitur in campo actionis socialis, beneficentiae vel promotionis quorundam valorum humanorum, sed in diversa conceptione Dei, hominis et salutis.
Massoneria existimat hominem propriis viribus suam felicitatem assequi. Non credit in existentiam veritatum quae ratione demonstrari non possint, neque in vires supernaturales quae non sint ipsa vis voluntatis humanae. Unde censet humanitatem supremam proprii esse perfectionem consequi posse ratione innixam et voluntatis vi sustentatam.
Ecclesia autem e contrario profitetur se divinam revelationem possidere circa ultimum hominis finem atque mediis supernaturalibus a Deo concessis ad illum finem obtinendum pollere. Docet enim hominem non solum lege morali naturali et virtutis studio indigere, sed etiam gratia divina ad liberationem a malo et ad progressum in virtute.
Radix autem profundior huius dissensionis consistit in diversa conceptione Dei. Secundum visionem christianam, Deus est realitas transcendens, creator hominis et homine superior. Contra vero conceptio massonica ex rationalismo moderno orta tendit ad Deum considerandum ut supremum rationis ideal, culmen autosuperationis hominis, non autem ut personam transcendentem quae homini loquitur et veritatem revelat.
Unde Deus desinit esse creator et legislator rationis, ut fiat ultimum culmen ipsius activitatis rationalis. Ratio humana iam non apparet sicut quid finitum quod infinitae Rationi subiicitur, sed paulatim sibi ipsa attributa divina tribuit.
Sic intelligitur quare Massoneria religionem naturalem admittere possit et simul revelationem supernaturalem respuere. Homo iam non videtur indigere elevatione per gratiam, sed reputatur per seipsum capax ad perfectionem definitivam attingendam. Ex hoc procedit fundamentalis incompatibilitas doctrinalis inter visionem massonicam et fidem christianam.
Ad primum ergo dicendum quod agnitio Magni Architecti Universi non sufficit ad convenientiam cum fide christiana. Quaestio enim decisiva non est tantum affirmare existentiam Dei, sed determinare quis sit Deus et qualis sit eius relatio ad hominem. Fides christiana affirmat Deum qui creat, loquitur, revelat et salvat; Massoneria vero negat ipsam necessitatem huius revelationis et huius actionis salutiferae supernaturalis.
Ad secundum dicendum quod exercitium virtutis et promotio boni communis sunt bona authentica, et propter hoc possunt in quibusdam determinatis campis limitatae formae cooperationis existere. Non tamen ex convenientia circa quosdam fines practicos sequitur identitas doctrinalis. Dissensio enim permanet circa ea quae Ecclesia decisiva iudicat: divinam revelationem, gratiam et supernaturalem hominis destinationem.
Ad tertium dicendum quod Massoneria atheismum quidem respuit, sed Deum principaliter concipit ut supremum rationis idealem et non ut realitatem transcendentem per causalitatem cognitam atque homini libere se revelare valentem. Unde eius theismus ex perspectiva christiana insufficiens est.
Ad quartum dicendum quod ratio humana profecto naturalem facultatem possidet ad cognoscendas veritates morales et religiosas. Non tamen homo per se solum ultimum finem supernaturalem attingit. Quia igitur datur supernaturalis hominis destinatio, necessariae sunt tam divina revelatio quam gratia. Huius necessitatis negatio ad hoc reducit ut salus ad solam naturalem facultatum humanarum perfectionem contrahatur.
JG
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.