martes, 7 de abril de 2026

Se debe celebrar con el Novus Ordo Missae no sólo por motivo de obediencia sino también por motivo de fe (2/4)

Tras el diálogo con el padre Giovanni Cavalcoli, la tarea que se vuelve necesaria resulta clara, y podemos plantearla de este modo: dado que también la constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II contiene doctrinas nuevas, y dado que estas novedades doctrinales están en la base del Novus Ordo Missae, mientras que están ausentes en el Misal de 1962, esto significa que el Misal actual posee también un aspecto de novedad doctrinal. Por consiguiente, la conclusión práctica evidente es que el Novus Ordo, conteniendo no solo una novedad de tipo pastoral sino también doctrinal, obliga a todos los católicos a la práctica de este rito, no solo por motivo de obediencia sino también por motivo de fe. En esta segunda parte de nuestro ensayo y en las dos restantes demostraremos la verdad de esta tesis. [En la imagen: una fotografía durante la Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, 26 de abril de 2026, en la Basílica de San Juan de Letrán].

La cuestión a abordar

La promulgación de la constitución Sacrosanctum Concilium (SC) en 1963 marcó el inicio de la reforma litúrgica más significativa en la historia reciente de la Iglesia. Este documento, fruto de décadas de reflexión preconciliar y del influjo del Movimiento Litúrgico, estableció principios y doctrinas que han sido objeto de intenso debate teológico. Como he mostrado en la primera parte de este ensayo, en mi diálogo con el padre Giovanni Cavalcoli, docto teólogo dominico, de cuyas enseñanzas me hago eco en este blog, me confesaba que dado que no es su especialidad teológica la teología de la liturgia, su atención hacia los documentos del Concilio se había enfocado especialmente en las dos constituciones dogmáticas, Lumen gentium y Dei Verbum, pero que a partir de ese diálogo mantenido conmigo había reparado que, con sorpresa para él, que también la SC contenía doctrinas nuevas, detectándolas él en los numerales 8, 9 y 10. Estos numerales introducen o desarrollan tres doctrinas clave: la perspectiva escatológica de la liturgia (n.8), la función evangelizadora de la Misa (n.9) y la identificación de la liturgia como "fuente y culmen de toda la vida cristiana" (n.10).
Abordemos entonces en profundidad esta cuestión y, como primer paso, preparatorio a la investigación principal, debemos preguntarnos por la existencia o no de estudios de teólogos competentes en teología de la liturgia que hayan analizado estas doctrinas nuevas del Vaticano II, su comparación con el Misal de 1962 (última edición del llamado Misal tridentino) y el Novus Ordo Missae de 1969 (el llamado Misal de San Pablo VI, con sus modificaciones posteriores), así como la evaluación de la continuidad o discontinuidad doctrinal (problema que para los católicos normales no existe, aunque sí existe para los actuales pasadistas lefebvrianos y filolefebvrianos). De modo que priorizaré las fuentes académicas, los libros especializados y los artículos de revistas teológicas que se refieren al tema, incluyendo autores de distintas posturas: tradicionalistas, reformistas y defensores de la hermenéutica de la continuidad. Además, mi intención es presentar una tabla comparativa entre los dos misales en relación con los tres puntos doctrinales indicados por Cavalcoli, y se citarán autores representativos de cada corriente.

Un primer acercamiento a la constitución Sacrosanctum Concilium
en referencia a la existencia de nuevas doctrinas

La SC fue el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II, reflejando el consenso prácticamente unánime de los padres conciliares sobre la necesidad de una reforma litúrgica. El texto conciliar parte de la convicción de que la liturgia es el corazón de la vida de la Iglesia, el lugar donde se actualiza el misterio pascual de nuestro Señor Jesucristo y se expresa la comunión de la Iglesia terrena con la celestial. El Concilio buscó, entre otros objetivos, acrecentar la vida cristiana entre los fieles, adaptar las instituciones a las necesidades contemporáneas y promover la unidad de los creyentes en Cristo.
La SC se apoya en los desarrollos previos del Movimiento Litúrgico, en las reformas de Pío XII y en la reflexión teológica de figuras como Odo Casel, Cipriano Vagaggini, Joseph Andreas Jungmann y Annibale Bugnini. El documento se estructura en siete capítulos, de los cuales el primero (numerales 1–20) establece los principios generales y doctrinales, incluyendo los numerales 8, 9 y 10, que serán objeto del primero de nuestros análisis.
Al menos como guía inicial para nuestro trabajo, contamos con lo que el padre Cavalcoli nos ha indicado: los numerales 8, 9 y 10 de la SC contienen nuevas doctrinas de carácter vinculante para todos los fieles. Hagamos entonces un primer resumen del contenido de estos numerales, indicando los principales estudios sobre sus enseñanzas. Para no hacer engorrosa la lectura de este artículo, a continuación cito autores y textos sin citas puntuales, dejando para el final el indicar toda la bibliografía consultada.
El numeral 8 se refiere a la Perspectiva Escatológica de la Liturgia. Afirma: "En la Liturgia terrena participamos, pregustamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero...". Esta doctrina subraya que la liturgia no es solo un acto terrenal, sino una anticipación y participación real en la liturgia celestial, en comunión con los santos y los ángeles, y en espera de la manifestación gloriosa de Cristo.
La dimensión escatológica de la liturgia fue desarrollada por Odo Casel, quien en "El misterio del culto en el cristianismo" (1932) propuso que la liturgia es actualización sacramental del Misterio Pascual, y que en cada celebración se hace presente la comunión entre la Iglesia terrena y la celestial. Salvatore Marsili (a quien he encontrado citado por Juan Javier Flores Arcas), profundiza en la relación entre el acontecimiento pascual y la liturgia como evento y misterio, vinculando la historia de la salvación con la celebración ritual. Por su parte, Gabriel Molina Vélez destaca que la SC introduce el principio del "ya pero todavía no" de la liturgia: la Iglesia peregrina celebra en camino hacia el banquete celestial, creando una contemporaneidad entre lo eterno y lo presente. Joseph Ratzinger, en su "Teología de la liturgia", insiste en que la liturgia arranca al creyente de lo visible y lo presente, orientándolo hacia la ciudad futura y la esperanza escatológica.
Debemos también mencionar autores "tradicionalistas", sin distinguir por el momento en este vago apelativo a aquellos que son los sanos tradicionalistas, fieles al Concilio Vaticano II, y a los que son pasadistas filo-lefebvrianos. Entre ellos hay autores, como Klaus Gamber, que han afirmado que la reforma litúrgica postconciliar habría diluido el sentido trascendente y escatológico de la liturgia, enfatizando en exceso la dimensión comunitaria y horizontal en detrimento de la verticalidad y el misterio. Sin embargo, tales afirmaciones han sido refutadas por otros estudiosos, como Cipriano Vagaggini y Mario Righetti, quienes han demostrado que en verdad la SC recupera y explicita una dimensión presente en la tradición patrística, aunque menos acentuada en la praxis litúrgica preconciliar.
En segundo lugar, con respecto al numeral 9 de la SC, dedicado a la Función Evangelizadora de la Misa, su enseñanza central es que: "La sagrada Liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la Liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión... Por eso, a los no creyentes la Iglesia proclama el mensaje de salvación... Y a los creyentes les debe predicar continuamente la fe y la penitencia..." Aquí se reconoce que la liturgia tiene una función evangelizadora, pero que esta debe ser precedida por el anuncio y la conversión. La liturgia, especialmente la Eucaristía, es el culmen de la acción evangelizadora y pastoral de la Iglesia.
El Movimiento Litúrgico ya había subrayado la necesidad de una catequesis mistagógica, es decir, una iniciación al misterio de Cristo a través de la liturgia. Flores Arcas señala que la pastoral litúrgica debe partir de la catequesis sobre el misterio pascual y la historia de la salvación, para que la participación en la liturgia sea plena y consciente. Precisamente al respecto la SC introduce la homilía como parte constitutiva de la celebración, con la función de exponer los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana a partir de los textos sagrados. Esta novedad, según Gabriel Molina Vélez, representa un giro respecto a la praxis anterior, donde el sermón era opcional y no integrado en la estructura de la Misa. Por su parte, Joseph Ratzinger destaca que la liturgia no agota la totalidad de la vida de la Iglesia, sino que debe ser precedida por el anuncio y la conversión. Quien años después llegaría a ser papa Benedicto XVI destacaba en sus estudios de teología litúrgica que la finalidad principal de la liturgia es poner en relación directa con la Palabra de Dios e introducir en el "nosotros" de la Iglesia, lo que legitima la reforma litúrgica en su dimensión evangelizadora.
Tales conclusiones son opuestas a las de los autores llamados "tradicionalistas", como Augusto del Río y la cismática Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que han criticado que el Concilio enseñe la doctrina de la función evangelizadora de la Misa, tal como luego se ha venido desarrollando en el Novus Ordo Missae de 1969 y reformas posteriores, porque -dicen ellos- eso subordinaría el fin litúrgico al catequético, diluyendo el carácter sacrificial y propiciatorio de la celebración. Sin embargo, los estudios auténticamente católicos, basados en el principio de la hermenéutica de la continuidad, han demostrado a satisfacción que la proclamación de la Palabra y la homilía integradas en la liturgia son en realidad una recuperación de la antigua praxis litúrgica patrística y, a la vez, en la actualidad, una respuesta a las necesidades pastorales contemporáneas.
Por último, y para concluir con lo sugerido por el padre Cavalcoli, el numeral 10 de la SC, que está dedicado a la Liturgia como Fuente y Culmen de la Vida Cristiana, proclama que "la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza... De la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin." Esta nueva doctrina explícita del Concilio Vaticano II, inspirada en la patrística y en la teología de la Iglesia primitiva, identifica la liturgia, y especialmente la Eucaristía, como el centro y el culmen de la vida cristiana, de donde brota la gracia y hacia donde convergen todas las acciones eclesiales.
Cipriano Vagaggini y, entre otros, el padre Matías Augé han subrayado que la SC supera la dicotomía entre piedad objetiva y subjetiva, presentando la liturgia como fuente y culmen de la vida espiritual de la Iglesia. Esta nueva enseñanza doctrinal tiene consecuencias en la espiritualidad, la pastoral y la eclesiología, pues la liturgia es el lugar donde se actualiza la redención y se edifica la comunidad cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica, siguiendo la SC y Lumen Gentium, reafirma que la Eucaristía es "el compendio y la suma de nuestra fe" (n. 1327), y que la vida cristiana se nutre de la participación en los sacramentos y en la liturgia. Por su parte, Joseph Ratzinger, en su obra teológico-litúrgica, insiste en que la liturgia, entendida como confesión de fe y esperanza, súplica y acción de gracias, predicación y oración, es la fiesta por excelencia y el corazón de la Iglesia, aunque no lo es todo en ella.
Frente a esto, los pasadistas no han dejado de manifestar posturas críticas. Algunos de ellos han sostenido que la identificación de la liturgia como "fuente y culmen" puede llevar a una sobrevaloración de la participación activa en detrimento de la adoración y la devoción personal, y que la reforma habría trivializado ciertos aspectos de la celebración. Sin embargo, la mayoría de los estudios académicos reconocen que la SC recupera una visión integral de la liturgia, enraizada en la tradición y abierta a la renovación pastoral.

Características doctrinales del Misal de 1962 y del Misal de 1969
relevantes para los nn. 8, 9 y 10 de la Sacrosanctum Concilium

El Misal de 1962, última edición del llamado Misal tridentino, codifica una tradición litúrgica que se remonta al Concilio de Trento y que fue objeto de reformas menores hasta la promulgación del Novus Ordo Missae en 1969. Pasemos entonces a examinar los aspectos doctrinales de ambos Misales en relación a los nn. 8, 9 y 10 de la SC.
En referencia a la perspectiva escatológica, indicada en el n.8 de la SC, hay que decir que la escatología está presente de manera implícita en el lenguaje y el simbolismo litúrgico preconciliar. El canon romano contiene referencias al altar celestial y a la comunión con los santos, pero la dimensión escatológica no es explicitada como en la SC. El énfasis recae en el sacrificio eucarístico como participación en el sacrificio eterno de Cristo.
En cuanto a la función evangelizadora, indicada en el n.9 de SC, la Misa tridentina está centrada en la adoración y el sacrificio, con una participación limitada del pueblo. El sermón es opcional y la homilía no forma parte constitutiva de la celebración. El uso exclusivo del latín y la orientación ad orientem refuerzan el carácter sagrado, pero dificultan la comprensión y la función evangelizadora explícita.
Por último, en referencia a la enseñanza de la liturgia como fuente y culmen de la vida cristiana, del n.10 de SC, hay que decir que el Misal de 1962 enfatiza la santificación del sacerdote y la ofrenda del sacrificio redentor. La comunión de los fieles no es siempre frecuente ni central, y la participación activa es más devocional que comunitaria. La liturgia es vista como medio de santificación, pero no se explicita como "fuente y culmen" de toda la vida cristiana en los términos de la SC.
Veamos ahora las características doctrinales del Misal de 1969 (Novus Ordo Missae) relevantes para los numerales 8, 9 y 10 de la SC. Sabido es que el Novus Ordo Missae, promulgado por san Pablo VI en 1969, es el resultado de la aplicación de la SC y de un proceso de revisión liderado por el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, bajo la dirección de mons. Annibale Bugnini. Pues bien, en referencia a la Perspectiva Escatológica (n.8 de SC), el Novus Ordo introduce prefacios y plegarias eucarísticas con referencias explícitas a la escatología y a la esperanza futura. Se subraya la comunión con la Iglesia celestial y la anticipación del banquete eterno. La asamblea es presentada como imagen de la Iglesia peregrina y de la Jerusalén celestial.
En segundo lugar, por cuanto se refiere a la Función Evangelizadora de la liturgia (n.9 de SC) la reforma litúrgica promueve la participación activa y consciente de los fieles, el uso de la lengua vernácula, la proclamación de la Palabra y la homilía obligatoria en domingos y fiestas. La liturgia se convierte en un medio privilegiado de evangelización y catequesis, integrando la dimensión misionera en la celebración.
Y en tercer lugar, por cuanto se refiere a la enseñanza de la Liturgia como Fuente y Culmen de la vida cristiana (n.10 de SC) el Novus Ordo enfatiza la comunión de los fieles, la simplificación de los ritos para facilitar la participación y la comunión bajo las dos especies. La liturgia es presentada como el centro de la vida cristiana, fuente de gracia y culmen de la acción pastoral y evangelizadora de la Iglesia.
Por lo tanto, si queremos comparar sintéticamente el Misal de 1962 y el Misal de 1969 en relación con SC en sus numerales 8, 9 y 10 debemos decir que, en cuanto a la perspectiva escatológica (SC n.8), el Misal de 1962 pone énfasis sólo en la adoración y el sacrificio, con una escatología solamente implícita en el lenguaje litúrgico; mientras que en el Misal de 1969 existe claramente una mayor explicitación de la liturgia como anticipo del banquete celestial. En relación a la función evangelizadora de la Misa (SC n.9), el Misal de 1962 presenta la Misa como acto de culto y la evangelización no es un tema litúrgico central; mientras que en el Misal de 1969 se enfatiza la proclamación de la Palabra y la homilía como medios evangelizadores. Finalmente, en relación a la liturgia como "fuente y culmen" (SC n.10), el Misal de 1962 presenta la liturgia como medio de santificación personal, poniendo énfasis en la gracia sacramental; y a diferencia de ello, el Misal de 1969 enseña que la liturgia es el centro de toda la vida cristiana y promueve la participación activa de los fieles.
Esta comparación nos revela, como primera conclusión, que el Misal de 1962 mantenía una teología litúrgica centrada en el sacrificio eucarístico, la adoración y la santificación personal, con una escatología implícita y una función evangelizadora menos desarrollada. Mientras que en cambio el Novus Ordo Missae, explicita la dimensión escatológica, integra la evangelización en la estructura de la Misa y promueve la participación activa como expresión de la liturgia como fuente y culmen de la vida cristiana. Claro que estas diferencias han sido interpretadas de manera diversa por los teólogos, como veremos a continuación.

La interpretación del Concilio: continuidad de la Liturgia
Conservación de la lex orandi divina, cambios en la lex orandi ecclesiae

Para el católico normal no hay ninguna duda de que la hermenéutica que hay que aplicar para interpretar correctamente las enseñanzas del Concilio Vaticano II es la hermenéutica de la continuidad, enseñada de modo vinculante por el papa Benedicto XVI: el Concilio Vaticano II y, por ende, la reforma litúrgica en sus aspectos doctrinales, deben ser interpretados en continuidad con la tradición doctrinal y litúrgica de la Iglesia.
Ya con anterioridad a ser Papa, el teólogo Joseph Ratzinger afirmaba que la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II no busca "destruir la Iglesia", como afirman alocadamente lefebvrianos y filolefebvrianos, sino revitalizar el cristianismo y sacar a la luz su fuerza y pureza originales. La "renovación en la continuidad" implica que los principios doctrinales permanecen, aunque las formas históricas del culto puedan cambiar. El cardenal Ratzinger ya reconocía que la liturgia cristiana es la fiesta por excelencia, que arranca al creyente de lo visible y lo presente hacia la ciudad futura, y que la participación activa es una recuperación de la praxis patrística. Sin embargo, advierte contra el riesgo de trivialización y activismo, insistiendo en la centralidad del sacrificio y la adoración.
Frente a esta postura de católicos normales, tanto los modernistas como los lefebvrianos y filolefebvrianos, rechazan que el Concilio deba ser interpretado en términos de continuidad doctrinal, y lo interpretan según la hermenéutica de la discontinuidad o ruptura.
La hermenéutica de la discontinuidad, representada por la llamada "escuela de Bolonia" (Giuseppe Alberigo, Alberto Melloni, etc.) y también por los seguidores en mayor o menor medida del obispo Marcel Lefebvre o de autores como Romano Amerio, sostiene que la reforma litúrgica introdujo una ruptura con la tradición, tanto en la doctrina como en la praxis. Los pasadistas argumentan que el Novus Ordo Missae diluyó el carácter sacrificial de la Misa, introdujo ambigüedades teológicas y permitió abusos litúrgicos que han debilitado la fe y la identidad católica. El "Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae" (Intervención Ottaviani, 1969) es el documento paradigmático de esta postura, señalando que la nueva Misa se aleja de la teología católica tradicional y se acerca a sensibilidades protestantes. Klaus Gamber y Augusto del Río también sostienen que la reforma fue una "fabricación" y no el fruto de un desarrollo orgánico.
Frente a esta postura, que paradójicamente es idéntica en la práctica entre modernistas y lefebvrianos, es necesario decir que la discontinuidad no puede admitirse en las enseñanzas de la Iglesia, mientras que una discontinuidad pastoral a veces suele producirse y en ocasiones debe producirse. Este principio dogmático (que no puede rechazarse sin riesgo de caer en herejía) se formula en teología de la liturgia de un modo bien conocido: en la liturgia existe conservación inmutable de la lex orandi divina pero a lo largo de la historia de la Iglesia puede haber, y a veces debe haber, cambios en la lex orandi ecclessiae.

Autores de referencia y bibliografía consultada

Entre los "tradicionalistas" (volviendo a usar un término vago, que necesita ser explicado, como ya he dicho) que son críticos de la Reforma Litúrgica, podemos mencionar el card. Alfredo Ottaviani, con su Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae (1969), denunciando la ruptura doctrinal y litúrgica (cosa que sin duda Ottaviani no hubiera afirmado si hubiera vivido en tiempos del papa Benedicto XVI). Obviamente hay que citar aquí los libros y discursos del obispo Marcel Lefebvre, fundador de la cismática FSSPX, crítico de la reforma y apegado a la Misa tridentina. También Klaus Gamber, con su libro La reforma de la liturgia romana, donde sostiene que la reforma fue una fabricación y no un desarrollo orgánico. También Augusto del Río, con su El drama litúrgico, un análisis comparativo y crítico del Misal de 1962 y el de 1969. Y finalmente, Romano Amerio, con su Iota Unum, análisis de las transformaciones doctrinales y litúrgicas del siglo XX.
Entre los promotores de la Reforma, ámbito en el que existen multitud de representantes, con sus innumerables estudios teológicos, los más auténticamente católicos fieles al Magisterio, pero sin faltar los de corrientes modernistas o cripto-modernistas, una primera lista sugerida para aquellos lectores que estén interesados en este estudio, podría comenzar por los escritos de Annibale Bugnini, quien fuera el secretario del Consilium, y principal artífice de la reforma litúrgica. Representativo es su libro La Reforma de la liturgia (1948–1975). Cipriano Vagaggini con su El sentido teológico de la liturgia, quien sin duda influyó en la redacción de la SC. J.A. Jungmann, con su El Sacrificio de la Misa, historia y teología de la liturgia. También hay que mencionar a Giacomo Lercaro, presidente del Consilium, defensor de la que él llamaba la "Misa normativa". Finalmente, Louis Bouyer, Odo Casel, Mario Righetti, quienes fueron algunos de los más representativos teólogos del Movimiento Litúrgico que está en la raíz de la Reforma Litúrgica impulsada por el Concilio e implementada por los Papas posteriores hasta el actual.
Ahora bien, para discernir entre los autores y estudios antes mencionados lo que es auténticamente católico y lo que no lo es, el lector debe regirse ante todo por el principio de la hermenéutica de la continuidad antes señalado, tal como ha sido explicado por el teólogo Joseph Ratzinger incluso antes de llegar a ser papa Benedicto XVI, con sus obras Teología de la liturgia, El espíritu de la liturgia, o incluso en su libro entrevista Informe sobre la fe, elaborado con el periodista Vittorio Messori, fallecido días atrás. Es cierto que Benedicto en 2007 amplió el indulto para celebrar todavía con el Misal de 1962, pero nunca hay que olvidar que su propósito fue siempre pastoral, como lo ha sido el de todos los Papas del postconcilio al lidiar benignamente con los pasadistas todavía apegados al vetus ordo. Al respecto de la continuidad litúrgica en el progreso o reforma, hay que citar también al card. Walter Brandmüller, a mons. Agostino Marchetto, a Charles Morerod, junto a otros defensores de la interpretación de la reforma conciliar en continuidad con la tradición litúrgica. Y por citar a algunos estudios de hispano-hablantes, menciono los textos de José Ramón Villar, Salvador Pié-Ninot y Gabriel Molina Vélez.
Sin querer extenderme más en esta segunda parte de mi ensayo, cito por último una breve lista de bibliografía académica y revistas especializadas, que no puede sino carecer de muchas otras citas que aquí no cuento con espacio para incluir. El hecho es que la investigación sobre la SC y la reforma litúrgica es vasta y multidisciplinar. Entre las obras y revistas más citadas destacan: A. Bugnini, La Reforma de la liturgia (1948–1975), BAC, Madrid 1999; J. Ratzinger, Teología de la liturgia. Obras Completas XI, Madrid 2012; C. Vagaggini, El sentido teológico de la liturgia, Madrid 1965; M. Righetti, Historia de la Liturgia, Madrid 2013; J.A. Jungmann, El Sacrificio de la Misa, 1948; B. Gherardini, Concilio Ecuménico Vaticano II. Un discurso por pronunciar, 2009; G. Alberigo, Historia del Concilio Vaticano II.
La bibliografía en lengua española sobre la SC y la reforma litúrgica es amplia y diversa. Entre los autores y estudios más relevantes podemos aquí destacar: Gabriel Molina Vélez, La Sacrosanctum Concilium: planteamientos, logros y desafíos (Cuestiones Teológicas, 2015); Xabier Basurko, Historia de la Liturgia (2006); Juan Javier Flores Arcas, Introducción a la teología litúrgica (2003); Andrés Pardo, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridio (2006); José Ramón Villar, Diccionario Teológico del Sacrosanto Concilio Vaticano II; Salvador Pié-Ninot, Ecclesia semper reformanda. La recepción del Vaticano II: balance y perspectivas.
Finalmente, entre las revistas que se han ocupado de este tema, indico algunas: Cuestiones Teológicas, Teología y Vida, Ephemerides Liturgicae, Rivista Liturgica, Ecclesia Orans. Incluso aquí en Argentina no han faltado ni faltan revistas que han marcado rumbo: la Revista Litúrgica Argentina (décadas de 1960–1980), Teología y Liturgia (Facultad de Teología, UCA, Buenos Aires), Criterio, la Revista Litúrgica (del Centro de Liturgia, Buenos Aires), y Vida Pastoral (Editorial Claretiana, Buenos Aires).

Algunas conclusiones a tener en cuenta

Llegados al final de esta segunda parte de nuestro ensayo, creo que ya podemos discernir algunas conclusiones, al menos provisorias, que van delineando la postura que sobre este tema debe asumir un católico normal. Y al respecto son de utilidad las señales que se nos ofrecen si prestamos atención a los estudios que ya se han hecho sobre las actuales prácticas litúrgicas con sus consecuencias pastorales. Porque no hay duda que la reforma litúrgica impulsada desde hace sesenta años por el Concilio Vaticano II ha tenido un impacto profundo en la vida pastoral y en la práctica litúrgica de la Iglesia.
Entre los cambios más significativos destacan, en primer lugar, la participación activa de los fieles. Promovida por la SC y el Novus Ordo Missae, dado que esa práctica activa de los fieles ha transformado para bien la experiencia litúrgica, tanto en sacerdotes como en laicos. Otro cambio significativo es el uso de la lengua vernácula, lo cual ha facilitado la comprensión y la participación de todos los fieles. No cabe duda que el cambio en la orientación del altar hacia el "versus populum", si bien ha generado debates teológicos y pastorales sobre la centralidad del sacrificio y la comunión con la liturgia celestial, ha redundado en fe esclarecida y culto comunitario, dejando de lado los conocidos excesos del pietismo personal. Otro cambio notable se ha dado con la proclamación de la Palabra y la homilía, pues la integración de la homilía como parte constitutiva de la Misa ha reforzado la dimensión catequética y evangelizadora del culto católico. Por último, y sin que agotemos la lista de los cambios, menciono también la comunión bajo las dos especies y la concelebración, que han enriquecido la experiencia sacramental y la comprensión de la Eucaristía como banquete pascual.
Es de indudable importancia para que se produjeran estos frutos el rol que ha tenido el Movimiento Litúrgico, surgido en el siglo XIX y consolidado en el siglo XX, que preparó el terreno para la reforma conciliar. En su estela, las reformas de san Pío X, del venerable Pío XII y de san Juan XXIII, así como la reflexión teológica sobre la patrística y la recuperación de las fuentes litúrgicas orientales, influyeron decisivamente en la SC. La SC se inspira en la teología del Misterio Pascual, en la eclesiología de comunión y en la visión de la Iglesia como pueblo de Dios en camino hacia la Jerusalén celestial. La reforma buscó equilibrar la fidelidad a la tradición con la apertura a las necesidades pastorales contemporáneas, siguiendo el principio de "sana tradición y legítimo progreso".
En resumidas cuentas, ¿qué podemos decir, entonces, acerca del debate que modernistas, lefebvrianos y filolefebvrianos siguen planteando acerca de la continuidad doctrinal?
Pues bien, la cuestión de la continuidad o discontinuidad doctrinal entre el Misal de 1962 y el Novus Ordo Missae, al menos en relación con las doctrinas de SC en sus numerales 8, 9 y 10, si bien ha sido objeto de intenso debate, sus conclusiones ya van apareciendo claras, sobre todo a partir de la distinción entre lex orandi de institución divina y lex orandi de institución eclesial. Ello, junto al esclarecimiento aportado por los nuevos estudios sobre el Concilio Vaticano I y el dogma de la infalibilidad papal, que han fructificado con la Carta Ad tuendam fidem de san Juan Pablo II en 1998 y su Nota ilustrativa de la CDF, ponen en claro el carácter vinculante que tiene para todos los fieles la enseñanza pontificia, tanto en su magisterio extraordinario como en su magisterio ordinario. Por ende, al esclarecer la existencia de doctrinas nuevas en el ámbito de la liturgia, particularmente en la SC, la confirmación de la tesis de este ensayo se manifiesta ya con evidencia: se debe celebrar con el Novus Ordo Missae no sólo por motivo de obediencia sino también por motivo de fe, lo cual no quita que el Papa siga teniendo, a través de indultos particulares, una actitud pastoral de benevolente paciencia hacia aquellos fieles que todavía son reacios a aceptar la reforma litúrgica.

Fin de la Segunda Parte (2/4)

Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 4 de abril de 2026

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