¿Puede la Iglesia seguir hacia adelante si se aferra a modalidades ya superadas de celebrar el culto a Dios? ¿No es ya hora de reconocer que la liturgia tridentina se ha convertido en un abuso disfrazado de tradición? ¿Hasta cuándo la Sede Apostólica tolerará excepciones que debilitan la unidad del rito romano? ¿No es más urgente reaprender el acto de culto que seguir discutiendo sobre abusos? La enseñanza del papa León marca el camino: una sola forma, un solo lenguaje celebrativo, una Iglesia que avanza sin nostalgias.
El papa León nos llama a proseguir la reforma litúrgica
Tercera Parte
Una distinción fundamental para comprender la reforma litúrgica
Cuando el Concilio Vaticano II aún estaba en desarrollo, Romano Guardini escribía en 1964 una célebre carta al Obispo de Maguncia. Allí afirmaba, con visión profética, que la reforma litúrgica debía tener como objetivo común a toda la Iglesia el “reaprender el acto de culto”. Con aquella expresión, el famoso sacerdote y pensador alemán legaba a toda la Iglesia una enseñanza litúrgica de primer orden, hoy más que antes actualísima. Es que Guardini transformaba la manera de examinar las acciones rituales, de juzgarlas, de valorarlas, de realizarlas.
Ya no se trataba de centrar la atención en la lucha contra los abusos de un determinado ordenamiento ritual, ordo al que se consideraba perfecto, acabado y auto-suficiente, como el rito tridentino, sino de aprender una forma nueva de realizar la acción ritual en la Iglesia, teniendo bien en cuenta que se trata de una acción que no compete sólo al clero, sino a toda la asamblea eclesial reunida para dar culto a Dios. En otros términos: se trata de concebir la acción ritual como lenguaje común de toda la Iglesia. Y para formular esta nueva manera de ver la liturgia, podríamos recurrir a un simple juego de palabras: ya no se trata sólo de luchar contra los “abusos” litúrgicos (que se deben evitar, por supuesto) sino de volver a aprender los “usos” litúrgicos: “reaprender el acto de culto” decía Guardini.
Las discusiones sobre la liturgia en años recientes, y también en el primer año del pontificado del papa León XIV, discusiones especialmente en torno a la llamada “misa tridentina” (discusiones que se volvieron frecuentes luego de la sumamente discutible decisión pastoral de Benedicto XVI en 2007 en Summorum Pontificum), siguen adoleciendo de cierta fragilidad frente a uno de los propósitos esenciales del Concilio Vaticano II: cuidar la tradición litúrgica. Un teólogo del calibre de Hans Urs von Balthasar coincidía, veinte años después de finalizado el Concilio, con la citada expresión de Guardini de 1964. Von Balthasar subrayaba en un texto de 1986 la necesidad de distinguir entre “cuestiones últimas” y “cuestiones penúltimas”. Decía esto:
“Escandaliza quien pretende tener razón aduciendo argumentos penúltimos, es decir, no perentorios. Tales razones penúltimas son, en este caso, los abusos del nuevo Ordo litúrgico por parte de muchos eclesiásticos, mientras que la razón última habla, a pesar de todo, en favor de la Iglesia del Concilio y contra los tradicionalistas. La Santa Misa necesitaba urgentemente renovación, sobre todo la participación activa de todos los fieles en la acción sagrada, que en los primeros siglos era algo pacífico.”
Tratemos de explicar de modo sencillo lo que ha querido decir Von Balthasar. Tengamos ante todo en cuenta que los Padres conciliares abordaron el problema que a principios del siglo pasado era llamado la “cuestión litúrgica” saliendo de una óptica reducida, que veía el “abuso” litúrgico como problema central. Esa vieja perspectiva pastoral de luchar contra los abusos litúrgicos se apoyaba en premisas que eran sumamente discutibles: que la liturgia era lenguaje exclusivo de los sacerdotes; que a ellos se les prescribía un ritus servandus, un rito a seguir; y que el abuso era sin más ni más la falta de observancia o desobediencia a ese rito. Pues bien, frente a esa manera de abordar la cuestión litúrgica, los Padres del Concilio Vaticano II, cum Petro y sub Petro (san Juan XXIII y san Pablo VI), relegaron el problema de los abusos litúrgicos a “cuestión penúltima” y pusieron en primer plano la “cuestión última” (para decirlo con Von Balthasar), el uso litúrgico. Al fin de cuentas, lo que decía Von Balthasar en 1986 era lo mismo que había dicho dos décadas antes, en 1964, Guardini.
Volver a aprender la acción litúrgica
El Concilio Vaticano II ha sido un Concilio ante todo litúrgico y no ha sido casual que su primer texto definitivo en ver la luz haya sido la constitución Sacrosanctum Concilium, el único texto al cual la asamblea de Padres conciliares respetó incluso desde su inicial redacción (todos los otros textos elaborados antes de 1962 por las comisiones preparatorias, volvieron a fojas cero). Esto quiere decir que el primer convencimiento de los santos pontífices Juan XXIII y Pablo VI era la necesaria reforma integral de la liturgia. Y enseguida se advirtió que la razón de esa necesidad de reforma se basaba en una nueva y más profunda comprensión que la Iglesia tenía, por gracia del Espíritu Santo, de sí misma y de su relación con el mundo. De esta percepción nacieron todos los demás textos definitivos del Concilio, pero el primero de todos: la Sacrosanctum Concilium.
Ahora bien, lo que establece la constitución Sacrosanctum Concilium es precisamente esta recuperación de la liturgia en una perspectiva distinta: la liturgia es lenguaje común, acción compartida por toda la asamblea. No sólo al clero, sino a todos, se prescribe un ritus celebrandus; el compromiso fundamental es promover el uso del rito (aprender a celebrar, clero y laicos), y solo en segundo lugar combatir el abuso.
El resultado de lo establecido por Sacrosanctum Concilium es una relectura, una nueva mirada, una nueva visual, del rito romano, con novedades no sólo en el ámbito de lo pastoral y de lo espiritual, sino también con novedades doctrinales, como ya hemos tenido oportunidad de recordar y demostrar en este blog. Suele decirse que uno de los propósitos de la reforma litúrgica es promover la participación activa de los fieles; pues bien, eso significa cambiar el uso de la liturgia. Ahora bien, ¿esto quiere decir que ya no hay que combatir los abusos? ¡Nada más alejado de la verdad! También el papa León, al llamarnos a proseguir la reforma litúrgica con creatividad, pide evitar los abusos. Es que “reaprendiendo el acto de culto”, como decía Guardini, cambiando el uso de la liturgia, se afronta también el problema de los abusos, pero en la perspectiva correcta.
A la luz de estos principios, se comprende la debilidad de los argumentos del motu proprio Summorum Pontificum, y por dos motivos.
Primero: al aceptar como normal la coexistencia de “dos usos paralelos” del rito romano, el texto disciplinar de Benedicto XVI oscurecía el propósito del Vaticano II, que había señalado siete puntos de no retorno, que hacían irreversible la reforma, respecto de la misa tridentina: mayor riqueza bíblica, oración de los fieles, homilía, lengua vernácula, unidad de las dos mesas, concelebración y comunión bajo las dos especies (Sacrosanctum Concilium, nn. 51-58). Querer seguir celebrando la liturgia romana con el Misal de 1962 o con los anteriores significa, sin más ni más, desatender estos imperativos.
Segundo: entre sus justificaciones, Summorum Pontificum seguía la vieja lógica del primado del abuso sobre el uso, al presentar el vetus ordo como remedio a los abusos del Novus Ordo Missae. Pero ésta es una falsa lectura pastoral, puesto que los libros litúrgicos del Novus Ordo Missae introducen usos litúrgicos más complejos que implican acción y responsabilidad de toda la asamblea, pues ya no se trata de un ritus servandus que compete sólo a los sacerdotes. Esto convierte en estructuralmente incomparable al Novus Ordo Missae con las pasadas modalidades del rito romano. Son dos fases históricas del rito romano que no pueden coexistir, salvo en casos excepcionales y transitorios.
Para comprender esto es necesario advertir la diferencia de uso entre el Novus Ordo Missae y cualquier vetus ordo, en especial el rito tridentino, cuya última modalidad ha sido el Misal de 1962. El vetus ordo fija su uso en el ritus servandus: acción clerical, secuencia rígida, variaciones mínimas. Por ende, el abuso es, simplemente, la violación de una rúbrica. El Novus Ordo Missae, en cambio, ofrece pluralidad y confía parte de la secuencia a la asamblea celebrante y a su presidente, Obispo o presbítero.
Pues bien, este margen de variabilidad (esta creatividad, de la que también ha hablado el papa León en sus discursos litúrgicos) puede parecer abuso a quien piensa con el esquema tridentino, con los viejos parámetros del abuso entendido como desobediencia a la rúbrica. Así, por ejemplo, se ha escuchado a algunos pseudos “tradicionalistas” reprochar recientemente al papa León no haber impuesto el Canon Romano en las grandes solemnidades, como si la elección de otras plegarias eucarísticas fuera abuso.
Pero resulta claro que también el Novus Ordo Missae conoce abusos, y esto desde dos flancos: ya sea por indebido exceso de creatividad subjetiva, por el clero modernista, ya sea por el deseo de aplicar rúbricas de los viejos ordines en el nuevo, por el clero pasadista o pseudo tradicionalista: sermones moralistas en lugar de homilías, homilías en las que el sacerdote consume la mitad o más del tiempo de la Misa como si estuviera ofreciendo una clase de exégesis bíblica, excesiva proliferación de signos en la presentación de dones, exclusión de los ministros extraordinarios, imposición de cantos litúrgicos en latín o sin tener en cuenta la sensibilidad de los fieles, etc. Para corregir estos abusos lo esencial es comprender que la reforma introdujo un nuevo “uso de la Misa”, que no se aprende sólo evitando abusos, sino reaprendiendo el acto de culto en su conjunto.
De esta manera se custodia la tradición litúrgica, y la cuestión del uso frente al abuso aparece bajo nueva luz. Es que para el Vaticano II es más importante aprender un nuevo uso del rito romano que limitar abusos derivados de una concepción clerical y formalista. Guardini lo había visto con claridad: el desafío era “reaprender el acto de culto”, como él decía en 1964. Esto exige reaprender el uso de la liturgia de la Palabra, de la anáfora, de la comunión, de la música coral, de las procesiones, del silencio.
Por lo tanto, de esta manera, custodiar la tradición, como fundamentalmente ha querido el Vaticano II, significa custodiar estos nuevos usos, no permitir el regreso a los viejos usos. El viejo uso se ha convertido en abuso: el ritus servandus es una perspectiva engañosa. Se trata de entrar en la nueva óptica, que pasa del ritus servandus del vetus ordo al ritus celebrandus del Novus Ordo Missae.
Esta sabiduría celebrativa no puede cuidarse si se mantiene una lectura clerical y formalista. El dejar atrás el vetus ordo tridentino es imperativo del Vaticano II, para que una nueva ars celebrandi (como decía el papa Francisco en Desiderio desideravi) involucre a toda la asamblea y modele de modo nuevo la oración y la Iglesia. Este uso no es objeto de libre opción. En suma, lo que intento decir es que, además de los abusos al Novus Ordo, que ciertamente existen, existe otro verdadero abuso y está en las nostalgias del pasado. Precisamente, para “seguir adelante” en esta dirección se orientó, con coherencia, la catequesis del papa León del 26 de agosto de 2026.
Lo que no muere y lo que puede morir en la pastoral litúrgica
Tras la confirmación del cisma lefebvriano y esa catequesis del 26 de agosto del papa León, muchas cosas tal vez deban cambiar respecto a la liturgia, en las parroquias, en las diócesis, y también en Roma, en la liturgia de la Sede Apostólica. Para comprender este aspecto del desarrollo católico conviene remontarse a sus antecedentes. Intentaré relatar la historia de esos antecedentes de manera breve.
Después del Concilio Vaticano II, que introdujo una “reforma general de la liturgia”, la Congregación de los Ritos debía cambiar objetivos: ya no limitarse a vigilar abusos, sino promover la reforma litúrgica, promover el nuevo uso litúrgico. Así se entendió en los primeros años del postconcilio. El difícil recorrido de las dos décadas posteriores hizo emerger nuevos equilibrios institucionales —con la separación y posterior reunificación entre culto divino y disciplina de los sacramentos— y también una posición distinta frente a la reforma. Sin embargo, en 1984, una circular de la Congregación para el Culto Divino introdujo la posibilidad de pedir indulto para grupos que quisieran seguir celebrando con el rito tridentino. Con esos indultos se dispensaba a algunos de la reforma y, en definitiva, se los inmunizaba del Vaticano II. Era como si, para estos grupos particulares, el Vaticano II no hubiera existido.
En 1988, tras el inicio formal del cisma lefebvriano (que venía siendo cripto-cisma desde hacía casi dos décadas), surgió la Comisión Ecclesia Dei, nuevo órgano de la Curia romana. Con ella comenzó un proceso de limitación del poder de la Congregación para el Culto Divino, porque la competencia sobre el vetus ordo pasó a este organismo autónomo, vinculado sobre todo con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Al mismo tiempo, la Congregación para la Vida Consagrada inició un camino de reconocimiento y promoción de institutos y sociedades que se referían exclusivamente al vetus ordo. Si el lector me permite una analogía con la sociedad civil, habían nacido algo parecido a lo que en los siglos XVII a XIX eran las reducciones indígenas respecto a la civilización: aquellos grupos de ciudadanos de un país que deseaban vivir lejos de la civilización podían vivir en un territorio propio, con sus leyes y costumbres. Del mismo modo venía a ocurrir ahora en la Iglesia, en el ámbito cultual: los que deseaban dar culto a Dios con el vetus ordo, podían hacerlo. Era, al fin de cuentas, un modo de hacer como si el Concilio Vaticano II, para estos grupos particulares, no hubiera existido. Un escándalo, pero que fue advertido por muy pocos.
En 2007, con el motu proprio Summorum Pontificum, nació la teoría y praxis de las “dos formas” del rito romano. Lo curioso era que la Congregación para el Culto Divino y los Obispos tenían competencia sobre la forma ordinaria, pero solo la Comisión Ecclesia Dei tenía competencia sobre la forma extraordinaria, superando así tanto a la Congregación como a enteros Episcopados nacionales y a los Obispos en sus respectivas diócesis. Mientras tanto, la Congregación de los Obispos introducía entre los criterios de selección episcopal la “no aversión” a Summorum Pontificum y la disponibilidad hacia celebraciones en vetus ordo.
En 2019, el papa Francisco suprimió la Comisión Ecclesia Dei, trasladando sus competencias a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero esto no detuvo los excesos de una competencia espuria sobre la forma extraordinaria, sustraída a Obispos y a la Congregación para el Culto Divino. Y hasta se dió el hecho insólito y escandaloso de que al inicio de la pandemia del covid, en 2020, aquella sección de la Congregación para la Doctrina de la Fe propuso una “reforma del misal de 1962”, lo que provocó una protesta unánime. Ese fue el principio del fin de la vigencia del nada feliz Summorum Pontificum.
Finalmente, en 2021 las cosas volvieron al estado anterior a 2007: ningún paralelismo ritual, ningún sobrepaso de la autoridad de Obispos o de la Congregación para el Culto Divino. Sin embargo, la inercia de las “soluciones” que durante cuarenta años venían envenenando el discurso litúrgico sigue presente todavía hoy. El principio de la “única lex orandi” aún conoce demasiadas excepciones injustificadas, que contaminan la aplicación de la reforma y crean “zonas francas” donde se celebra como si el Vaticano II no hubiera existido, al igual que aquellas "reservas indígenas" de siglos pasados, inmunes a la reforma litúrgica conciliar.
Surge hoy, entonces, la pregunta: ¿qué hacer ante la confirmación del cisma lefebvriano y la exigencia, reafirmada por el papa León XIV, de un catolicismo que debe “seguir adelante”? Una opinión que parece más que sensata es que la agenda de trabajo para la Sede Apostólica en el ámbito de la liturgia incluye al menos tres puntos que me parecen indudables:
1. El Dicasterio para el Culto Divino, que en los años 80 corrió el riesgo de desmentir su vocación de guiar la reforma, tras una larga fase de desautorización, ha recuperado hoy centralidad y autoridad. Quizá haya llegado el momento de redactar una VI Instrucción para la aplicación de la reforma litúrgica, después de la poco feliz parábola de la V Instrucción, Liturgiam authenticam, que intentó frenar toda reforma litúrgica. Una VI Instrucción podría sancionar el fin de la vacilación, en la que se pensó que para corregir una aplicación desequilibrada (abusos) del Concilio se podía favorecer el anti-concilio y el razonamiento cismático de Lefebvre sobre la supervivencia del vetus ordo, dándole un barniz oficial.
2. Parecería que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe debería abandonar toda ambición de control sobre la liturgia. Lo que ocurre es que todavía existen en ese Dicasterio elementos que leen el desarrollo conciliar con el criterio de una “co-vigencia paralela” de forma ordinaria y extraordinaria. Este modelo es falso y carece de sentido que oficiales del Dicasterio para la Doctrina de la Fe lo consideren normal. Fue una lectura arriesgada que asumió un argumento cismático como parte del magisterio, desgarrando al catolicismo. No es casual que, al presentar Predicate Evangelium, el relator mencionara la “forma extraordinaria” aunque había sido abrogada dos años antes: un lapsus freudiano evidente. Y también ha resultado llamativo (escandalosamente llamativo) que la propuesta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, tras la reunión del 13 de febrero de este año con la FSSPX propusiera que se determinara un conjunto doctrinal para que la hermandad cismática volviera a la comunión con Roma (como ofreciendo un descuento o recorte al Vaticano II).
3. Parecería que el Dicasterio para la Vida Consagrada debe hacer examen de conciencia. Durante cuarenta años protegió y promovió institutos y comunidades que deseaban celebrar sólo con el vetus ordo. Es grave pensar que se pueden considerar “virtuosos” a comportamientos que obstaculizan la reforma litúrgica y eclesial y, en definitiva, la plena implementación del Concilio. La resistencia a la reforma es un vicio, no un comportamiento virtuoso, no una vocación. Este Dicasterio debería hacer su mea culpa por haber malvendido palabras altas a objetivos nostálgicos o reaccionarios.
Por último, en la agenda de trabajo parecería existir un punto que concierte a los Obispos, quienes deberían revisar la práctica del indulto. En 1984, el indulto para celebrar el vetus ordo sufrió una interpretación extensiva más allá del abuso: no se puede, mediante indulto, inmunizar a personas o comunidades del deber de observar la reforma litúrgica y de obedecer el Concilio Vaticano II y aceptar sus nuevos desarrollos doctrinales.
Da la impresión que salir de estos atascos no sería tan difícil: elaborar una VI Instrucción para la aplicación de la reforma litúrgica, y que sea una instrucción clara acerca de todos estos temas que he tratado de resumir. Además, la exclusión de competencias del Dicasterio para la Doctrina de la Fe sobre la forma ritual, y, finalmente, un discernimiento más atento sobre la vocación de las sociedades de vida apostólica. Todo esto podría preparar el horizonte en el que todos, y no sólo el Papa León, digan “sigamos adelante”, sin resistencias ni impaciencias. El rito romano tiene una sola forma, no dos en competencia. Esa es la vía para encontrar mañana un equilibrio auténtico.
Fin de la Tercera Parte (3/3)
Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 25 de septiembre de 2026

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.