jueves, 9 de abril de 2026

Se debe celebrar con el Novus Ordo Missae no sólo por motivo de obediencia sino también por motivo de fe (4/4)

¿Puede la Iglesia seguir rezando con el Misal de 1962, que oculta la escatología, silencia la misión, olvida el sacerdocio común de los fieles y niega la participación activa de toda la asamblea en el culto a Dios? ¿No es un engaño hablar de "tradición" cuando se perpetúa una modalidad del rito romano que desconoce los desarrollos teológico-litúrgicos enseñados por el Magisterio pontificio postconciliar? ¿Acaso la obediencia basta, si la fe misma reclama el Novus Ordo como expresión plena de la lex orandi? ¿No es el Misal de 1962 un vestigio incompleto, incapaz de sostener la unidad eclesial en el presente? El Misal de 1969, con sus actualizaciones posteriores, no es una opción entre otras: es la única forma legítima de la liturgia católica en el presente, porque en él la Iglesia confiesa su fe en plenitud. [En la imagen: fotografía de la concelebración de la Solemne Vigilia Pascual presidida por el papa León XIV en la Basílica de San Pedro, el sábado 4 de abril de 2026].

Las carencias del Misal de 1962

La confrontación comparativa entre el Misal de 1962 (última edición del rito tridentino de la Misa) y las doctrinas nuevas identificadas en la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) exige un análisis riguroso, tanto textual como teológico, que ahora emprenderemos. El método comparativo, en este contexto, no se limita a la mera enumeración de diferencias, sino que busca identificar la presencia explícita o implícita de las doctrinas en cuestión, así como las ausencias significativas que marcan la novedad del desarrollo conciliar. Los criterios hermenéuticos que deben emplearse han de considerar la explicitud textual, el carácter normativo, la recepción litúrgica y la ausencia en el Misal de 1962, conforme a la sistematización previa de nuestro ensayo.
La pregunta que básicamente debemos hacernos es acerca de la presencia explícita y/o implícita de las doctrinas nuevas en el Misal de 1962. Pues bien, el Misal de 1962, última edición típica del Missale Romanum tridentino, se caracteriza por una estructura establecida desde el siglo XVI, con escasas modificaciones hasta la reforma postconciliar. Su organización interna distingue entre la Misa de los catecúmenos y la Misa de los fieles, con rúbricas detalladas y un cuerpo de oraciones, prefacios y formularios que reflejan la teología litúrgica de la época. El papa san Juan XXIII, bien consciente de la necesidad de la reforma litúrgica, al convocar el Concilio Vaticano II decidió sin embargo implementar él mismo la última reforma del antiguo Misal tridentino, promulgando esa edición de 1962 de modo -digamos- provisorio, como el mismo Santo pontífice expresó "a la espera de los más altos principios litúrgicos" que fueran determinados por los Padres conciliares.
En cuanto a la presencia en el Misal de 1962 de las doctrinas nuevas de SC, se observa lo siguiente: 1. Respecto a la escatología: no se encuentran prefacios escatológicos ni una teología explícita del fin de los tiempos en los textos litúrgicos del Misal vigente hace más de sesenta años. La escatología, aunque presente implícitamente en la espiritualidad eclesial y en ciertas oraciones (por ejemplo, la espera de la resurrección en las Misas de difuntos), no se articula como doctrina central ni se expresa en los prefacios o en la estructura celebrativa. 2. Por cuanto respecta a la función evangelizadora de la liturgia: el Misal de 1962 no articula una función evangelizadora explícita de la liturgia. Si bien existen Misas votivas por la propagación de la fe y por la unidad de la Iglesia, estas se presentan como intenciones particulares y no como una dimensión constitutiva de la celebración eucarística. La dimensión catequética está presente en la sección “Un resumen de la doctrina católica”, pero no se vincula directamente con la acción litúrgica. 3. Respecto a la participación activa del pueblo: las rúbricas del Misal de 1962 están centradas en el celebrante y los ministros ordenados, sin indicaciones para la participación activa del pueblo. La asamblea permanece casi durante todo el transcurso de la Misa en silencio, con respuestas mínimas y sin intervención en las aclamaciones, salmodia o gestos corporales. La participación se concibe principalmente como asistencia devota y oración interior, no como acción litúrgica comunitaria. 4. Por cuanto respecta al principio de “fuente y culmen”: aunque la Eucaristía es reconocida como el sacramento central de la vida cristiana, el Misal de 1962 no explicita el principio de “fuente y culmen” (fons et culmen totius vitae christianae) en la estructura celebrativa ni en sus rúbricas. La teología subyacente enfatiza el sacrificio redentor, pero no desarrolla la dimensión de la liturgia como fuente de toda la vida eclesial y apostólica, tal como lo hace SC.
Ahora bien, pese a estas carencias, ¿podría rastrearse en el Misal abrogado hace sesenta años una presencia implícita de las nuevas doctrinas en sus rúbricas, oraciones y tipología? Pues sí, algunos elementos de las doctrinas nuevas pueden rastrearse de manera implícita en el Misal de 1962: 1. Oraciones por la unidad y la misión: las Misas votivas por la propagación de la fe, la unidad de la Iglesia y la paz reflejan una preocupación por la misión y la comunión eclesial, aunque no se articulan como función evangelizadora de la liturgia. 2. Dimensión escatológica implícita: ciertas oraciones para después de la Comunión y los formularios de difuntos contienen referencias a la vida eterna y la esperanza en la resurrección, pero carecen de una teología escatológica explícita y sistemática en los prefacios o en la estructura celebrativa. 3. Catequesis doctrinal: la inclusión de resúmenes doctrinales y la presencia de letanías y devociones muestran una dimensión catequética, aunque no se vincula directamente con la acción litúrgica ni se orienta a la evangelización activa.
Frente a eso, sin embargo, las ausencias son significativas en el Misal de 1962, y estas ausencias no hacen más que destacar la novedad de las doctrinas de SC que tendrán su reflejo en el Misal de 1969: 1. Prefacios escatológicos: el Misal de 1962 carece de prefacios que desarrollen explícitamente la escatología cristiana, la espera de la parusía o la dimensión de la liturgia como anticipación de la liturgia celestial. 2. Función evangelizadora: no se encuentra una teología de la liturgia como acto evangelizador ni como envío misionero del pueblo de Dios. La homilía, aunque presente, no es obligatoria ni se concibe como parte integrante de la acción litúrgica. 3. Participación activa: la participación activa del pueblo no es un principio litúrgico. Las rúbricas no prevén aclamaciones, respuestas, salmodia, antífonas ni gestos corporales de la asamblea. La liturgia se celebra en latín, con el pueblo en silencio y sin intervención directa en los ritos. 4. Diversidad de ministerios: el Misal de 1962 no contempla la participación de lectores laicos, acólitos instituidos ni ministerios femeninos en el altar. La concelebración está ausente y la comunión bajo las dos especies es excepcional. 5. Amplitud de la Liturgia de la Palabra: el leccionario es limitado, con un ciclo anual fijo y solo dos lecturas (epístola y evangelio). No existe salmo responsorial ni segunda lectura, y las lecturas no siguen un ciclo trienal ni abarcan la riqueza de la Escritura.
Diversos testimonios históricos y análisis pastorales confirman estas ausencias. El movimiento litúrgico de los siglos XIX y XX ya señalaba la necesidad de una mayor participación del pueblo, el uso de la lengua vernácula, la ampliación de la Escritura y la simplificación de los ritos, objetivos que solo se realizaron plenamente con la reforma postconciliar. La experiencia de la misa pontifical, descrita por Piero Marini, por ejemplo, ilustra la distancia entre el celebrante y el pueblo, la ausencia de participación comunitaria y la percepción de la liturgia como acción reservada al clero.
En conclusión, el Misal de 1962, aunque portador de una rica tradición litúrgica y doctrinal, no contiene de manera explícita las doctrinas nuevas enseñadas por la constitución Sacrosanctum Concilium relativas a la escatología, la función evangelizadora, la participación activa del pueblo y la estructura celebrativa como “fuente y culmen” de la vida eclesial. Estas ausencias constituyen el punto de partida para comprender la novedad y la necesidad de la reforma litúrgica, así como la recepción de las doctrinas conciliares en el Misal de 1969.

La presencia de las nuevas doctrinas en el Misal de 1969

Los principios doctrinales y pastorales de la reforma litúrgica establecidos por la SC han sido recibidos en el Misal de 1969, promulgado por san Pablo VI y las subsiguientes modificaciones del ordo. Vale decir, la promulgación del Misal de 1969 (Novus Ordo Missae) representa la recepción litúrgica de las doctrinas nuevas de SC. Repito que el concepto de "doctrina nueva" se juzga conforme a los cuatro criterios previamente establecidos: explicitud textual, carácter normativo, recepción litúrgica y ausencia en el Misal de 1962. La reforma, guiada por el principio de desarrollo homogéneo, introduce innovaciones que responden a las necesidades pastorales y teológicas del pueblo de Dios, en continuidad con la tradición y en fidelidad a la lex orandi de la Iglesia.
Una de las novedades más significativas del Misal de 1969 es la inclusión de prefacios con contenido escatológico explícito. Estos prefacios desarrollan la teología de la espera del Señor, la anticipación de la liturgia celestial y la esperanza en la resurrección y la vida eterna. Por ejemplo, el Prefacio común V proclama: “Cuya muerte celebramos unidos en caridad, cuya resurrección proclamamos con viva fe, y cuyo advenimiento glorioso aguardamos con firmísima esperanza”. El Prefacio de Adviento I desarrolla la doctrina de las dos venidas de Cristo y la espera vigilante de los bienes prometidos. El Prefacio I/B de Adviento presenta a Cristo como “Señor y juez de la historia”, y anuncia la renovación de los cielos y la tierra en la parusía. Estos textos, ausentes en el Misal de 1962, manifiestan la centralidad de la escatología en la celebración eucarística y en la espiritualidad cristiana, en plena sintonía con la doctrina de SC sobre la liturgia terrena como anticipación de la liturgia celestial.
En igual sentido hay que señalar la ampliación de la Liturgia de la Palabra, actualmente muy enriquecida en comparación con el Misal tridentino. El Misal de 1969 introduce una ampliación sustancial de la Liturgia de la Palabra, conforme a las directrices de SC. Ante todo el leccionario trienal, estableciendo un ciclo de tres años para los domingos (A, B, C), con lecturas diferenciadas de los evangelios sinópticos y la inclusión del evangelio de Juan en tiempos especiales. Además, las tres lecturas dominicales: cada domingo se proclaman una lectura del Antiguo Testamento, una epístola y el evangelio, acompañadas por el salmo responsorial. En los días feriales, se sigue un ciclo bienal para las lecturas, ampliando la exposición de la Sagrada Escritura. También el Salmo responsorial, proclamado o cantado por la asamblea, se convierte en parte integrante de la Liturgia de la Palabra, favoreciendo la participación activa y la meditación orante de la Escritura. También la ya mencionada Homilía obligatoria, que se prescribe como parte integrante de la acción litúrgica, con la finalidad de explicar la Palabra de Dios y suscitar la fe y la conversión en los fieles. Finalmente, la Oración de los fieles u oración universal, en la que la asamblea presenta sus súplicas por la Iglesia y el mundo, manifestando la dimensión intercesora y evangelizadora de la liturgia. Estas innovaciones responden al deseo conciliar de “abrir con mayor amplitud los tesoros de la Biblia” y de preparar “la mesa de la Palabra de Dios con más abundancia para los fieles”.
También deben señalarse las rúbricas que favorecen la participación activa del pueblo, que el Misal de 1969 incorpora, junto a otras disposiciones, que promueven la participación plena, consciente y activa de los fieles, en cumplimiento del mandato conciliar. A tal respecto, menciono las aclamaciones, respuestas, antífonas y cantos, con los cuales se fomenta la intervención de la asamblea, así como gestos y posturas corporales que expresan la comunión y la unidad del pueblo de Dios. El establecimiento de la lengua vernácula en las lecturas, oraciones y cantos, facilitando la comprensión y la participación de los fieles en el misterio celebrado. El reconocimiento y la regulación de los ministerios laicales, con la participación de lectores, acólitos, ministros extraordinarios de la comunión y otros servicios litúrgicos, incluyendo la posibilidad de ministerios femeninos en el altar. La concelebración, introducida como manifestación de la unidad del sacerdocio y del pueblo de Dios, especialmente en las ordenaciones, la Misa crismal y otras celebraciones solemnes. La ampliación de la Comunión bajo las dos especies para los fieles, subrayando la plenitud del signo sacramental y la participación activa en el sacrificio eucarístico. El rito de envío con el que culmina la liturgia eucarística, con el envío misionero de los fieles, recordando la dimensión evangelizadora de la Eucaristía y la responsabilidad de testimoniar la fe en el mundo. Todas estas rúbricas y disposiciones transforman la experiencia litúrgica, pasando de una asistencia pasiva a una participación activa y comunitaria, en conformidad con la naturaleza de la liturgia como acción de Cristo y del pueblo de Dios.
Por otra parte, es especialmente importante cómo queda de manifiesto el principio de “fuente y culmen” en la estructura celebrativa según el Misal de 1969. En efecto, el Misal actual explicita el principio de que la liturgia, y en particular la Eucaristía, es “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10). Este principio se refleja en la estructura celebrativa y en la teología de la reforma. Ante todo, en la unidad de la Liturgia de la Palabra y la Eucaristía, pues ambas partes constituyen un solo acto de culto, en el que la Iglesia escucha la Palabra de Dios y participa en el sacrificio de Cristo, recibiendo la gracia como de su fuente y siendo enviada a la misión como culmen de su vida apostólica. También, naturalmente, en la ya indicada participación activa y comunitaria, con la cual la celebración eucarística se reconoce como el centro de la vida cristiana, de la que fluyen todas las demás acciones sagradas y obras de la vida cristiana, y a la que todas se ordenan como a su fin. Finalmente, el principio de lex orandi, lex credendi, pues el Misal de 1969 expresa la plenitud de la lex orandi de la Iglesia, en correspondencia con la lex credendi, garantizando la pureza doctrinal y la continuidad con la tradición, a la vez que incorpora los desarrollos teológicos y pastorales del Concilio.
Todo lo cual nos permite reconocer la recepción litúrgica de las doctrinas nuevas de SC en las ediciones del Misal de 1969 (1970, 1975, 2002) y traducciones, pues tal recepción se verifica en las sucesivas ediciones del Misal Romano y en sus traducciones a las lenguas vernáculas. La edición de 1970 introduce el Ordo Missae renovado, la Institutio Generalis Missalis Romani y el Ordo Lectionum Missae, con la nueva estructura celebrativa y el leccionario ampliado. La edición de 1975 incorpora variaciones en las rúbricas, la inclusión de nuevos formularios, la regulación de los ministerios laicales y la adaptación a las reformas de los sacramentos y sacramentales. La edición de 2002 añade nuevos prefacios, oraciones y memorias de santos, así como la integración de las plegarias eucarísticas para misas con niños y de reconciliación, y la adaptación a las normas del Código de Derecho Canónico de 1983. Finalmente, las conferencias episcopales han preparado ediciones oficiales en las lenguas vernáculas o modernas, confirmadas y autorizadas por la Santa Sede, obra que refleja la riqueza doctrinal y espiritual del Misal reformado y facilita la participación activa de los fieles en todo el mundo.
En conclusión, el Misal de 1969 plasma de manera normativa y celebrativa las doctrinas nuevas de Sacrosanctum Concilium: la escatología explícita, la función evangelizadora de la liturgia, la participación activa del pueblo y el principio de “fuente y culmen” en la estructura celebrativa. Estas novedades, ausentes o solo implícitas en el Misal de 1962, constituyen un desarrollo homogéneo de la tradición litúrgica, en fidelidad a la lex orandi y a la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo.

Sugerencias para la evaluación teológica

No cabe duda ninguna que la evaluación teológica de las doctrinas nuevas de SC y su recepción en el Misal de 1969 está fundamentada por un desarrollo homogéneo de la doctrina de la liturgia, un desarrollo obviamente no de una ruptura con la tradición. Este principio, formulado por John Henry Newman y asumido por el magisterio, sostiene que la doctrina puede desarrollarse y explicitarse en la historia, siempre que conserve la identidad de tipo, la continuidad de principios y la capacidad de asimilación sin corrupción.
La reforma litúrgica postconciliar se guía por el principio de “introducir nuevas formas desarrollándolas orgánicamente a partir de las ya existentes” (SC n.23). La investigación teológica, histórica y pastoral precedió a cada cambio, asegurando la fidelidad a la tradición y la pertinencia de las innovaciones. El Misal de 1969 no es una creación ex nihilo, sino la actualización y plenitud de la lex orandi de la Iglesia, en continuidad con el Misal de Trento y la tradición litúrgica romana.
Por supuesto, no faltan evidencias históricas de continuidad entre Trento y Vaticano II en el ámbito de la doctrina litúrgica. La continuidad entre el Misal de 1570 y el de 1969 se manifiesta en varios aspectos. Ante todo, la autoridad apostólica, pues tanto san Pío V como san Pablo VI promulgaron el Misal en virtud de la autoridad apostólica, con la finalidad de custodiar la unidad litúrgica y doctrinal de la Iglesia. En segundo lugar, la restauración según la norma de los Padres, pues la reforma tridentina y la postconciliar se propusieron restaurar la liturgia según la “norma y rito de los santos Padres”, recurriendo a las fuentes antiguas y a la tradición viva de la Iglesia. En tercer lugar, el desarrollo orgánico, dado que las innovaciones introducidas en ambos momentos históricos respondieron a necesidades pastorales y doctrinales, y se desarrollaron orgánicamente a partir de las formas existentes, sin ruptura con la identidad del rito romano. Finalmente, el principio de lex orandi, lex credendi, porque el Misal es el principal instrumento de la lex orandi de la Iglesia, que expresa y custodia la lex credendi. La reforma litúrgica garantiza la pureza doctrinal de los textos y la continuidad de la fe celebrada.
No hay ninguna dificultad en aplicar la tesis del desarrollo homogéneo de la doctrina aplicada a la liturgia. La teoría de Newman sobre el desarrollo homogéneo de la doctrina se aplica a la liturgia en los siguientes términos: 1. Continuidad de tipo e identidad de principios: el Misal de 1969 conserva la identidad esencial de la Eucaristía como sacrificio, memorial y banquete, en continuidad con la tradición tridentina y patrística. 2. Poder de asimilación y adaptación: la reforma asimila las necesidades pastorales y culturales del mundo contemporáneo, sin perder la sustancia del misterio celebrado. 3. Lógica vital y memoria eclesial: el desarrollo litúrgico sigue una lógica vital, en la que el pasado anticipa el futuro y el futuro lleva a plenitud lo pasado, sin dejar atrás ninguna verdad esencial. 4. Lex orandi, lex credendi: la liturgia reformada expresa la fe de la Iglesia en su plenitud actual, iluminando y formando la doctrina, en interacción recíproca con el magisterio y el sensus fidelium.
No es nada difícil señalar los argumentos que demuestran que el Misal de 1969 expresa la plenitud actual de la lex orandi. Primero, porque el Misal actual explicita dimensiones antes implícitas: la escatología, la función evangelizadora, la participación activa y la estructura celebrativa como “fuente y culmen” son desarrollos homogéneos que explicitan dimensiones presentes de manera implícita en la tradición, pero ahora articuladas y celebradas con mayor claridad y riqueza. Segundo, porque el Misal de 1969, promulgado por la autoridad apostólica y recibido por la Iglesia universal, es instrumento de unidad litúrgica, doctrinal y pastoral, en fidelidad a la tradición y apertura a la diversidad legítima de las culturas y lenguas. Tercero, por motivo de la participación activa y fructuosa: la reforma responde al deseo de la Iglesia de que todos los fieles participen plenamente en la celebración, conforme a su dignidad bautismal y al sacerdocio común, sin menoscabo del sacerdocio ministerial. Cuarto, por la dimensión evangelizadora y misionera del Misal actual: la liturgia renovada impulsa a los fieles a la misión, integrando la Palabra de Dios, la catequesis y el envío misionero como dimensiones constitutivas de la vida eclesial.
Algunos sectores pasadistas y contestatarios han sostenido la tesis de que la promulgación del Misal de 1969 ha significado una ruptura litúrgica, argumentando: pérdida de sacralidad y centralidad de Dios (se denuncia una supuesta banalización de la liturgia, la centralidad de la asamblea sobre Dios y la reducción de la Eucaristía a una “cena”); innovaciones no orgánicas (se alega que ciertos cambios, como la orientación versus populum, la multiplicidad de plegarias eucarísticas y la participación de laicos en el altar, no tienen precedentes en la tradición y constituyen una ruptura); ambigüedad doctrinal (se critica la supresión de oraciones tradicionales, la introducción de fórmulas ambiguas y la falta de referencias explícitas a la transubstanciación y al sacrificio propiciatorio); división y fragmentación (se advierte que la coexistencia de dos formas del rito romano puede generar división y confusión en el pueblo de Dios). Sin embargo, estas críticas han sido respondidas por el Magisterio y por numerosos teólogos, que han demostrado la continuidad doctrinal, la legitimidad de las innovaciones y la fidelidad del Misal de 1969 a la tradición viva de la Iglesia.
Las consecuencias prácticas y canónicas de todo lo que llevamos expuestos no pueden sino indicar con claridad y firmeza la obligatoriedad del Misal de 1969 para la unidad de la Iglesia. La promulgación del Misal de 1969 por san Pablo VI y su recepción universal establecen su obligatoriedad para la celebración de la Eucaristía en el rito romano, con las excepciones o indultos previstos por la autoridad eclesiástica por motivos pastorales. El motu proprio Traditionis custodes de Francisco ha reafirmado la competencia exclusiva del obispo para autorizar el uso del Misal de 1962, subrayando que la reforma litúrgica es expresión de la unidad de la Iglesia y de la obediencia al magisterio conciliar y pontificio. La unidad litúrgica no implica uniformidad absoluta, sino comunión en la fe, los sacramentos y la autoridad legítima. La diversidad ritual, cuando es tradicional y doctrinalmente sana, es una riqueza, pero la celebración del Misal de 1969 es el criterio normativo para la vida litúrgica de la Iglesia latina en la actualidad.
La recepción del Misal de 1969 ha sido, en general, positiva y fecunda, favoreciendo la participación activa, la comprensión de la liturgia y la renovación espiritual de las comunidades. Sin embargo, persisten tensiones y resistencias en algunos sectores, particularmente apegados a la modalidad tridentina del rito romano. El magisterio ha promovido la reconciliación y la unidad, reconociendo la legitimidad de la diversidad, pero insistiendo en la primacía del Misal reformado para la comunión eclesial.

Una síntesis a modo de quaestio disputata

Como lo hago habitualmente en este blog, presento finalmente un resumen de todo lo tratado, a modo de síntesis escolástica, que presento en forma de quaestio disputata, siguiendo la estructura clásica: objeciones, sed contra, respondeo y ad objectiones.

Quaestio: Utrum novae doctrinae Sacrosancti Concilii et earum receptio in Missali anno 1969 edito constituant progressionem traditionis liturgicae homogeneam, exprimant plenitudinem actualem legis orandi, atque obligent ad eius usum pro unitate Ecclesiae.ia

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod novae doctrinae Sacrosancti Concilii et earum receptio in Missali anni 1969 non constituant progressionem traditionis liturgicae homogeneam, nec exprimant plenitudinem actualem legis orandi, nec obligent ad eius usum pro unitate Ecclesiae.
1. Quia introductio doctrinarum novarum, sicut eschatologia explicita, functio evangelizatoria et participatio activa, constituit rupturam cum traditione liturgica; nam haec elementa non inveniuntur in Missali anni 1962, et eorum incorporatio identitatem ritus Romani immutat.
2. Praeterea, multiplicitas precum eucharisticarum, amplificatio Liturgiae Verbi et participatio laicorum ad altare, praecedentia in traditione non habent, et confusionem doctrinalem ac pastoralem pariunt, debilitando unitatem et sacralitatem liturgiae.
3. Item, non desunt qui teneant coexistentiam duarum formarum ritus Romani esse signum fragmentationis liturgicae et doctrinalis, unitati Ecclesiae ac auctoritati magisterii conciliarii et pontificii repugnans.

Sed contra est doctrina Concilii Vaticani II, quae docet: “Ut sana traditio servetur et tamen via pateat legitimo progressui, semper praecedat diligens investigatio theologica, historica et pastoralis de singulis partibus quae recognoscendae sunt. Innovationes ne introducantur nisi vera et certa utilitas Ecclesiae id exigat, et caveatur ut novae formae quasi organice ex formis iam exstantibus evolvantur” (SC, n. 23). Item, sanctus Ioannes Henricus Newman affirmat: “Progressio doctrinalis est homogenea cum identitatem typi et continuationem principiorum servat, novas circumstantias assimilans sine amissione substantiae veritatis revelatae.”

Respondeo dicendum quod novae doctrinae constitutionis Sacrosancti Concilii et earum receptio in Missali anni 1969 constituunt progressionem traditionis liturgicae homogeneam, secundum doctrinam de progressu doctrinali et secundum praxis ecclesialem. Nam eschatologia explicita, functio evangelizatoria, participatio activa populi et principium “fons et culmen” non sunt rupturas, sed explicitationes et actualizationes dimensionum implicite praesentium in traditione, nunc clarius et uberius expressarum.
Reformatio liturgica, ducta principio progressionis organicae, necessitatibus pastoralibus et culturalibus mundi hodierni se accommodavit, sine amissione identitatis essentialis ritus Romani. Missale anni 1969 exprimit plenitudinem actualem legis orandi, correspondenter ad legem credendi, et est instrumentum unitatis liturgicae, doctrinalis et pastoralis pro Ecclesia universali.
Auctoritas apostolica sancti Pauli VI, in continuatione sancti Pii V, legitimatem et obligatorium Missalis reformati confirmat, qui recipiendus est tamquam criterium normativum pro vita liturgica Ecclesiae Latinae. Praeterea, coexistentia formarum liturgicarum dari non potest, cum forma actualis ritus Romani orta sit ad supplendam formam priorem; ideo Missale anni 1969 est criterium normativum pro communione ecclesiali hodierna.

Ad primum ergo dicendum quod absentia explicita quarundam doctrinarum in Missali anni 1962 non significat rupturam, sed progressionem homogeneam. Traditio liturgica est viva et dynamica, et Ecclesia habet auctoritatem ac officium explicandi et actualizandi dimensiones mysterii celebrati, secundum meliorem cognitionem fidei quam de se ipsa habet et secundum necessitates temporum.
Ad secundum dicendum quod multiplicitas precum eucharisticarum, amplificatio Liturgiae Verbi et participatio laicorum ad altare praecedentia habent in traditione patristica et in aliis ritibus legitimis Ecclesiae. Reformatio recuperavit et actualizavit elementa antiqua, in fidelitate ad normam Patrum et ad traditionem vivam Ecclesiae.
Ad tertium dicendum quod unitas Ecclesiae non requirit uniformitatem absolutam, sed communionem in fide, sacramentis et auctoritate legitima. Ut supra dictum est, coexistentia formarum liturgicarum dari non potest, cum forma actualis ritus Romani orta sit ad supplendam formam priorem, quae reformanda erat, ut aptaretur ad meliorem cognitionem fidei et ad tempora. Praeterea, unitas cultus non implicat uniformitatem, sed Missale anni 1969, licet sit criterium normativum pro communione ecclesiali hodierna, diversitatem ritualem secundum culturas admittit. Unde celebratio cum Missali anni 1969 est criterium normativum pro vita liturgica Ecclesiae Latinae, in oboedientia magisterio conciliari et pontificio.
   
Fin de la Cuarta Parte (4/4)

Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 4 de abril de 2026

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