sábado, 26 de septiembre de 2026

El papa León nos llama a proseguir la reforma litúrgica (1/3)

¿Puede la liturgia ser reducida a un rito privado o a una nostalgia del pasado? ¿No exige la Iglesia, como recordó el Papa León, superar la pasividad de los fieles y abrirlos a una participación consciente y activa en el misterio de la fe? La reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II no es ruptura, sino continuidad orgánica con la tradición viva. La noble sencillez de las acciones cultuales es condición para la unidad de la Iglesia. ¿Qué sentido tiene todavía hablar de dos ritos (ya sea en competencia o en imposible coexistencia), cuando el Concilio quiso una reforma general que sustituyera integralmente las formas anteriores?

El papa León nos llama a proseguir la reforma litúrgica

Primera Parte

La llamada "paz litúrgica" no es un problema de la Iglesia

La llamada “cuestión litúrgica”, si la consideramos en la actualidad (y no como se hablaba de ella a principios del siglo pasado) o la cuestión de la “paz litúrgica”, suele ser presentada como si fuese un problema de toda la Iglesia, pero en realidad se trata de tensiones de minorías que no aceptan el Concilio Vaticano II ni el magisterio postconciliar.
Podemos distinguir dos polos. Por un lado los pasadistas (o indietristas, como los llamaba el papa Francisco), filo-lefebvrianos, que quieren volver al preconcilio, absolutizando las modalidades litúrgicas de un pasado superado, y negando la legitimidad de la reforma litúrgica, basada en las nuevas doctrinas sobre liturgia, enseñadas por el Concilio en la constitución Sacrosanctum Concilium. Por otro lado los modernistas, que se creen más avanzados que el Concilio, relativizan la tradición y desobedecen al Papa en nombre de una “creatividad” sin límites.
Ambos extremos tienen en común la desobediencia: unos rechazan lo que la Iglesia vive como irreversible (la reforma litúrgica), otros pretenden ir más allá del magisterio como si fuese insuficiente.
En cambio, la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. virtualmente su totalidad, vive la liturgia con sencillez y obediencia, sin convertirla en campo de batalla ideológica. Para estos católicos normales la misa es fuente de gracia y comunión, no un problema.
De hecho, el papa León XIV lo ha subrayado en sus catequesis: la liturgia es “la primera fuente de la vida divina que se nos comunica” y debe celebrarse con noble sencillez, participación activa y fidelidad. Lo que en esta reflexión quisiera subrayar es que la llamada “paz litúrgica” no se logra negociando con los extremos, sino reafirmando la unidad en torno al único Ordo romano vigente.

La formación litúrgica de la comunidad celebrante

Hace un mes atrás, el papa León culminaba su ciclo de catequesis de los miércoles dedicadas a explicar las líneas directrices de la constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II. Sus discursos no pueden sino ponerse en relación con otras importantes enseñanzas litúrgicas, expresadas por el Romano Pontífice el pasado 17 de noviembre de 2025 a los participantes en el curso de actualización para los agentes diocesanos de pastoral litúrgica. El Papa dice ser "consciente de que la formación litúrgica es uno de los temas principales de todo el camino conciliar y postconciliar. Se ha avanzado mucho, pero aún queda mucho camino por recorrer. No nos cansemos: retomemos con entusiasmo las buenas iniciativas inspiradas por la reforma y, al mismo tiempo, busquemos nuevos caminos y nuevos métodos".
El Santo Padre, entonces, nos llama a "avanzar", a "buscar nuevos caminos y nuevos métodos". De inmediato enumera los que, según él, son los objetivos fundamentales de esta formación en la liturgia: "Se trata de favorecer una participación fructífera del Pueblo de Dios, así como una liturgia decorosa, atenta a las diversas sensibilidades y sobria en su solemnidad". Los repito para que queden bien claros: 1. participación fructífera del Pueblo de Dios; 2. liturgia decorosa; 3. liturgia atenta a las diversas sensibilidades; y 4. liturgia sobria en su solemnidad.
En esta misma alocución del año pasado, llama la atención el párrafo donde el Papa expresa que "...un grupo, incluso pequeño pero bien motivado, que se ocupa de la preparación de la liturgia es expresión de una comunidad que cuida sus celebraciones, las prepara y las vive plenamente, de acuerdo con el párroco. De esta manera, se evita delegarle todo a él...". Muy curioso ese verbo que usa el Papa: "delegar". Queriendo fundarme en lo seguro consulté la versión del idioma original en que habló el Papa, el italiano y, efectivamente, él dijo: "In questo modo si evita di delegare a lui tutto...".
Nótese, por lo tanto, que el "delegar" al que se refiere el Papa no es acción del párroco hacia los laicos, sino al revés, de la comunidad del pueblo fiel al párroco, y dice el Papa que no se debe "delegar todo al párroco". En otras palabras, para el papa León, la responsable de la celebración litúrgica es la comunidad parroquial, que delega diversos ministerios litúrgicos o responsabilidades en la asamblea litúrgica a diversos fieles. Y el Papa pide a las comunidades parroquiales que, en el ámbito de la liturgia "...se evite delegarle todo al párroco...". ¡Curiosa indicación del Papa! ¿Sabrá el Santo Padre que aún existen parroquias en las que el párroco es el fac totum en liturgia y apenas "delega" nada a la comunidad, como en los viejos tiempos del preconcilio? Mi pregunta es sólo retórica, pues no tengo dudas que el Papa lo sabe, que conoce bien a estas minorías pasadistas que permiten que el párroco haga y deshaga como él quiera en cuestiones de liturgia. Es el vicio del clericalismo, que no es vicio sólo de los sacerdotes, sino también y en especial de los laicos que lo permiten.

Formación litúrgica y clericalismo

Los cuatro objetivos que señala el Santo Padre para la formación litúrgica son claros y positivos, pero justamente el clericalismo (un vicio denunciado repetidamente por el papa Francisco) suele obstaculizarlos. Explico brevemente cada uno de los objetivos señalados por el papa León, con los errores típicos que se oponen:
1. Participación fructífera del Pueblo de Dios. En oposición a esta activa participatio, el error del clericalismo es reducir la liturgia a un “espectáculo” del sacerdote, donde los fieles son meros espectadores pasivos, como ocurría en los ritos preconciliares. El sacerdote monopoliza las palabras y gestos, sin fomentar respuestas, cantos o silencios participativos. Simplemente se considera que la misa “vale” aunque el pueblo no intervenga, como si la participación del pueblo fiel no fuese esencial. Se desconfía de los laicos en ministerios litúrgicos legítimos (ministros extraordinarios de la Eucaristía, lectores, acólitos, cantores), manteniendo todo en manos del clero.
2. Liturgia decorosa. El error clericalista sería aquí el confundir el “decoro” con ostentación clerical o con un ritual rígido centrado en la figura del sacerdote celebrante. Se privilegia la pompa personal del sacerdote (vestiduras, gestos exagerados) por encima de la dignidad sobria del rito. Se descuida la preparación de los signos (lecturas mal proclamadas, música improvisada, ornamentos descuidados) porque se piensa que “lo importante es que el cura diga la misa”. Se tolera improvisación arbitraria del celebrante, que cree tener autoridad para alterar el rito. Como fácilmente se advierte, aquí los errores no ocurren sólo por el lado del pasadismo filolefebvriano sino también por el lado del modernismo.
3. Liturgia atenta a las diversas sensibilidades. El error del clericalismo se manifiesta aquí en el imponer una única forma de celebrar según el gusto del párroco, sin escuchar a la comunidad. Incluso en tiempos como los de hoy, donde se subraya la esencial característica sinodal de la Iglesia, en cambio, el sacerdote lo decide todo (música, estilo, lenguaje) sin diálogo con los fieles. Se ignoran las culturas locales, las lenguas vernáculas, las expresiones populares de fe, porque se considera que “el cura sabe mejor”, o porque “en la parroquia manda el cura”. Se ridiculizan o se minimizan las iniciativas comunitarias, como coros, grupos de lectores o equipos de liturgia.
4. Liturgia sobria en su solemnidad. El error clericalista parece aquí consistir en convertir la misa en un despliegue personalista o en un espectáculo teatral. El celebrante añade gestos innecesarios, comentarios constantes, bromas o protagonismo excesivo. Se confunde solemnidad con rigidez autoritaria: el sacerdote controla todo y reprime la espontaneidad legítima de la asamblea. Se pierde la “noble sencillez” que pide el Concilio, porque el clero cree que la solemnidad depende de su estilo personal, no de la fidelidad al rito.
En resumidas cuentas, y sintetizando los cuatro puntos señalados por el Papa, el clericalismo se opone a estos cuatro objetivos porque desplaza el centro de la liturgia del Pueblo de Dios hacia el sacerdote presidente de la asamblea celebrante, como si él fuera dueño del rito. En cambio, León XIV insiste en que la liturgia es acción de toda la Iglesia, fuente de vida y comunión, que debe ser participada, digna, inclusiva y sobria.

La reforma litúrgica según el Papa León XIV

En su audiencia general del pasado 26 de agosto, el Santo Padre concluyó el ciclo de ocho catequesis dedicadas a explicar la constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II. En esta última enseñanza, apenas un mes atrás, quiso detenerse en las motivaciones que llevaron a los Padres conciliares a promover una reforma integral de la liturgia. Sus palabras ofrecen una síntesis clara de la continuidad de la reforma con la tradición viva de la Iglesia y de su finalidad esencial: la participación consciente y activa de los fieles en el misterio de la fe.
Es evidente que el papa León ha querido subrayar la necesidad de que la Iglesia avance en la implementación de los principios de la reforma litúrgica promovida por el Concilio y por los Papas del postconcilio, sus predecesores en la sede de Pedro. Lo hace con valentía, como respuesta clara a los grupos minoritarios de católicos contestatarios que, aunque permanecen formalmente en la Iglesia, imitan a los cismáticos lefebvrianos y desean retornar a la liturgia romana tal como se vivía en el preconcilio. Además, instrumentalizan la liturgia como bandera de oposición a los desarrollos doctrinales emanados del último Concilio ecuménico.
El Papa también se refiere implícitamente a otra minoría: la de los modernistas, que desconocen el magisterio del Concilio y de los Papas del postconcilio, creyéndose en la avanzada de la Iglesia. Pasadistas y modernistas, aunque no formalmente cismáticos, son en realidad cripto-cismáticos, pues desobedecen al Papa y se oponen activamente a la implementación de las nuevas doctrinas y directrices conciliares.
Basta leer con atención el breve discurso del Papa para conocer lo que piensa el Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro y supremo liturgo de la Iglesia, acerca del modo en que el Pueblo de Dios debe vivir hoy la liturgia. Quiero colaborar en esa tarea señalando los puntos más destacados de su catequesis, al menos de manera breve.
1. La enseñanza de Montini y la superación de la pasividad. En primer lugar, conviene señalar que el Papa hace suyas las expresiones del entonces cardenal Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán —más tarde el pontífice Pablo VI, de santa memoria—, cuando en su III Carta desde el Concilio a los fieles de su diócesis, en octubre de 1962, pocos días después del inicio de la asamblea ecuménica, afirmaba: “La liturgia es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina, por un lado, y voz de coloquio con Dios. Está claro que no puede renunciar a su función didáctica, ni dejar de ofrecer a la fe y a la piedad la posibilidad de expresarse con espontánea inteligibilidad.”
El papa León retoma con convicción lo que su predecesor añadía: “Los fieles no pueden ni deben permanecer mudos y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con su ausencia espiritual.”
De este modo, el Santo Padre recuerda la intención de sacar al Pueblo de Dios de una condición de pasividad. La expresión es clara y firme: la presencia material no puede conciliarse con la ausencia espiritual. Por consiguiente, resulta evidente que la tarea de la reforma litúrgica consiste en superar esa “ausencia espiritual” que, en la práctica, se reservaba a los laicos en los tiempos del vetus ordo preconciliar, que algunos hoy quisieran ver restaurado.
2. La centralidad de Sacrosanctum Concilium n. 48. En consonancia con estas convicciones, el Papa citó el n. 48 de la constitución Sacrosanctum Concilium, cuyo texto es decisivo: “La Iglesia se preocupa vivamente de que los fieles no asistan como extraños o mudos espectadores a este misterio de fe, sino que, comprendiéndolo bien mediante los ritos y las oraciones, participen en la acción sagrada conscientemente, piadosa y activamente; sean formados por la palabra de Dios; se nutran en la mesa del cuerpo del Señor; den gracias a Dios; ofreciendo la víctima sin mancha, no solo por las manos del sacerdote, sino junto con él, aprendan a ofrecerse a sí mismos, y día tras día, por la mediación de Cristo, sean perfeccionados en la unidad con Dios y entre ellos.”
La centralidad que el Papa otorga a este pasaje está plenamente justificada. Los Padres conciliares habían adquirido una renovada conciencia del valor de la liturgia, reconociendo que la mediación de los ritos y oraciones ofrece a la Iglesia una nueva inteligencia del misterio. Por ello, los gestos y palabras de la liturgia son decisivos: la participación de los fieles no puede ser pasiva.
De estos principios se deriva la exigencia de reformar el ordenamiento celebrativo, tanto en los textos proclamados como en las secuencias rituales. La revisión de los libros litúrgicos fue condición necesaria para acceder a una experiencia plena. La preparación de los nuevos ordines buscaba sustituir integralmente los ritos precedentes, marcados por una visión parcial y clerical de la acción litúrgica.
Así, la reforma litúrgica del Vaticano II —todavía hoy en proceso de plena implementación— quiso hacer resplandecer la liturgia como “la primera fuente de la vida divina que se nos comunica”, abriendo a todos los fieles el acceso a la riqueza de la Escritura y de las oraciones. El Papa León subraya que la liturgia es expresión de la Tradición viva de la Iglesia y recuerda la necesidad de su reforma, en clara alusión a las minorías pasadistas que rechazan tanto la reforma litúrgica como los desarrollos doctrinales del Concilio y del magisterio postconciliar.
3. La liturgia como realidad viva. Con claridad y sencillez docente, el Papa subrayó que la liturgia, como realidad viva, ha estado siempre sujeta a desarrollos y cambios. Retomando la enseñanza de Pío XII en la encíclica Mediator Dei (1947), recordó la distinción entre elementos divinos e inmutables y elementos humanos, susceptibles de modificación según las necesidades de los tiempos. La reforma conciliar, por tanto, no fue ruptura, sino continuidad orgánica con la tradición, orientada a mayor claridad y accesibilidad.
El Papa citó el n. 21 de Sacrosanctum Concilium: “La Liturgia consta de una parte inmutable por ser institución divina y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden o incluso deben variar… En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria.”
Esta distinción, ya formulada en Mediator Dei, fundamenta la legitimidad de una “reforma general” de la liturgia. Desde los años cincuenta se habían dado precedentes: las reformas de la Semana Santa de Pío XII y el Motu proprio Rubricarum Instructum de san Juan XXIII. El mismo Misal de 1962, como recordó el Papa León, fue promulgado con carácter provisorio, en espera de los altiora principia que el Concilio habría de señalar.
De ahí se sigue que la reforma general no deja espacio para la supervivencia de ritos que el Concilio quiso modificar “según las exigencias de los tiempos, de las cosas y de las almas”.
El Papa expresó también su gratitud al Movimiento Litúrgico y a los teólogos que prepararon el camino de la reforma. Recordó cómo Pío XI, en Divini Cultus, había insistido en que los fieles no asistieran como “extraños o mudos espectadores”; cómo Pío XII reordenó los ritos de la Semana Santa; y cómo san Juan XXIII simplificó las rúbricas del Breviario y del Misal, remitiendo al Concilio los principios fundamentales de la reforma.
4. La Tradición como fundamento de la reforma. El Papa insiste en la referencia a la Tradición, y con razón: la nueva comprensión de la reforma litúrgica restituye a la liturgia su carácter de “tradición viviente de la Iglesia”. Superar las formas tridentinas exige una nueva pedagogía litúrgica, en la cual pueden darse abusos que deben ser resistidos.
Sin embargo, una correcta aplicación de los altiora principia conciliares —a los que remitía san Juan XXIII— no puede asegurarse en un régimen de competencia entre el Novus Ordo Missae y los ritos tridentinos. Los abusos de la reforma deben corregirse desde dentro de ella, no recurriendo a ritos que el Concilio consideró explícitamente superados.
5. Custodiar la noble sencillez. Hacia el final de su catequesis, el Papa exhortó a todo el Pueblo de Dios a custodiar los principios de la reforma litúrgica y, en particular, la noble sencillez de las acciones cultuales, evitando abusos. Invitó a obispos y sacerdotes a celebrar una liturgia fiel a las normas, que resplandezca por su “noble sencillez” y manifieste la unidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Recordó que las acciones litúrgicas “no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, sacramento de unidad” (SC 26). Una liturgia así es también instrumento de evangelización y vehículo de gracia, mediante el cual los fieles aprenden a ofrecerse a sí mismos junto con Cristo.
El Papa explicó: “La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa en la línea de la tradición viva de la Iglesia. Su correcta comprensión permite rechazar los abusos que se han verificado en algunos sectores en la etapa postconciliar, y que todavía hoy persisten, absolutizando o malinterpretando algunos principios de la reforma. La Constitución conciliar afirma que «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es sacramento de unidad, es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan» (SC 26).”
De ahí que sea responsabilidad primordial de los pastores —obispos y sacerdotes— custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas, resplandezca por su noble sencillez (SC 34) y manifieste la unidad de la Iglesia. Una liturgia de este tipo será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia mediante el cual, como enseña el Concilio, los fieles aprenden a ofrecerse a sí mismos y, por la mediación de Cristo, son perfeccionados en la unidad con Dios y entre ellos (SC 48).
El Papa León, al citar el n. 26 de Sacrosanctum Concilium, quiso cerrar el camino a toda justificación de “usos paralelos”, ya sea por nostalgia del pasado (pasadismo filolefebvriano) o por fuga hacia el futuro (modernismo). La liturgia es el lenguaje elemental de la Iglesia: debe ser común a todos, aunque cada comunidad lo viva y celebre desde su propia sensibilidad y raíz peculiar.
6. Conclusión: del ritus servandus al ritus celebrandus. En el texto y en el tono de la última catequesis del papa León sobre la Sacrosanctum Concilium, se percibe una clara continuidad con los dos grandes documentos litúrgicos del papa Francisco: Traditionis Custodes (2021) y Desiderio desideravi (2022). Las palabras de León XIV se sitúan plenamente en la perspectiva abierta por el Concilio Vaticano II y realizada por la reforma litúrgica.
En esta perspectiva no queda espacio para razonamientos cismáticos: ni los de Lefebvre y sus seguidores en la FSSPX, ni los de ciertos grupos pasadistas que llegaron incluso a influir en la Curia romana entre los años 80 y 2021. La unidad de la Iglesia no se alcanza poniendo en competencia dos ritos contradictorios, sino acogiendo las diversas sensibilidades dentro del único rito romano reformado.
La última catequesis compromete a todo el Pueblo de Dios, especialmente a los obispos y a la Curia romana, en un camino de conversión. La unidad eclesial no se promueve protegiendo aspiraciones cismáticas ligadas a modalidades que el Concilio quiso superar. Esa resistencia es, en realidad, un obstruccionismo que impide el crecimiento de la comunión.
La diferencia es decisiva: con la reforma litúrgica se ha pasado del ritus servandus al ritus celebrandus. Este tránsito es irreversible. El papa León ha indicado con claridad la dirección en la que debe avanzar la Iglesia católica hoy. Conviene que todos sepamos tenerlo en cuenta.

Fin de la Primera Parte (1/3)

Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 25 de septiembre de 2026

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