sábado, 26 de septiembre de 2026

El papa León nos llama a proseguir la reforma litúrgica (2/3)

La Iglesia vive hoy un momento importante: reafirmar la irreversibilidad de la reforma litúrgica nacida del Concilio Vaticano II. Frente a interpretaciones que buscan relativizarla. el papa León recuerda con claridad que la liturgia es tradición viva, no reliquia inmóvil. Dos discursos recientes, bajo la apariencia de defender la “paz litúrgica”, en realidad reabren viejas tensiones pasadistas y modernistas. La apelación al vetus ordo constituye un “Concilio con descuentos”, incompatible con la comunión plena. La supuesta “guerra litúrgica” es solo una ficción alimentada por minorías contestatarias. La voz del Papa invita a seguir adelante, no a retroceder: custodiar la noble sencillez del Novus Ordo Missae, superar nostalgias tridentinas y caminar en unidad hacia la Iglesia a la que el Concilio le ha marcado rumbo.

El papa León nos llama a proseguir la reforma litúrgica

Segunda Parte

El Concilio Vaticano II con descuentos

Tras la confirmación del cisma lefebvriano en Écône el pasado 1° de julio, no han faltado interpretaciones desconcertantes. Una de ellas fue la de Enzo Bianchi (fallecido el 1° de septiembre), quien en su artículo Después del cisma, “hay que seguir adelante” remite a la expresión del papa León. Sin embargo, al leerlo se advierte que la frase del Santo Padre queda vaciada de sentido: para Bianchi no se trata de “seguir adelante”, sino de “volver atrás”. Esta lectura no es exclusiva de él, sino común a quienes hablan de “cuestión litúrgica”, “guerra litúrgica” o “paz litúrgica”, cuando en realidad —como hemos mostrado— se trata de problemas de minorías contestatarias, pasadistas y modernistas.
Lo primero que llama la atención en Bianchi es la repetición de un enfoque equivocado ya presente tras el primer cisma de 1988: “debemos hacernos el examen de conciencia frente a los comportamientos que son cuestionados por los lefebvrianos”. Así, en lugar de señalar la obstinada desobediencia y las sospechas de herejía que pesan sobre ellos, desplaza la atención hacia sus supuestas razones litúrgicas. Pero los mismos lefebvrianos han aclarado que su problema no es ante todo litúrgico, sino eclesiológico: vale decir, de fe.
Esta lectura aprovecha el cisma para reabrir la discusión sobre la reforma litúrgica, ya sea desde el flanco pasadista o modernista. Así ocurrió en 1988 y así pretende Bianchi en 2026, hablando del “carisma del vetus ordo” o del “sentido de lo sacro” del rito tridentino, como si fueran valores de comunión. En realidad, la pretensión de continuar celebrando con el vetus ordo es la quintaesencia de la posición lefebvriana: rechazo no solo del Novus Ordo Missae, sino de todo el Concilio Vaticano II y del magisterio pontificio postconciliar.
Además, Bianchi incurre en una comparación sesgada entre novus ordo y vetus ordo, confundiendo “uso” y “abuso”. Resulta cómodo referirse únicamente a los abusos del Novus Ordo y ensalzar las supuestas maravillas del vetus ordo, olvidando su historia. No se puede censurar las misas juveniles por algunos abusos sin reconocer que sólo el Novus Ordo las hace posibles, mientras que el vetus ordo las excluye. La honestidad intelectual exige recordar que el Novus Ordo Missae permite una gran diversidad de celebraciones, atentas a las distintas sensibilidades, mientras que el vetus ordo arrastra deficiencias estructurales: clericalismo, división del cuerpo de Cristo, ausencia de participación activa, pobreza bíblica, separación entre consagración y comunión, etc.
Lo más grave, sin embargo, es su propuesta doctrinal. Bianchi afirma que quienes celebran el vetus ordo están en comunión con Roma, aunque “frágil”, y que basta exigirles tres reconocimientos: la validez de la liturgia de Pablo VI, las tres constituciones dogmáticas del Vaticano II y el ministerio petrino en clave sinodal. Pero rechaza la Gaudium et Spes y deja en la indiferencia doce documentos conciliares. Esta reducción es inaceptable: ya el Vaticano I enseñó que cuando el Papa y un Concilio ecuménico, cum Petro et sub Petro, enseñan doctrina de fe y moral, lo hacen infaliblemente, incluso en el magisterio ordinario.
Según Bianchi, los filolefebvrianos podrían estar en plena comunión con el Papa sin aceptar el conjunto del Vaticano II, como si se tratara de un concilio “con descuentos”. Pero esto contradice la esencia misma de la comunión eclesial. Quien busca celebrar y vivir su fe tomando como fuente cualquier vetus ordo (el Misal de 1962 o cualquiera anterior) cuestiona la Iglesia nacida del Concilio Vaticano II. La hipótesis de seguir celebrando hoy con el vetus ordo es constitutivamente cismática y debe ser excluida.
A un joven que quisiera adherirse a la Iglesia sólo celebrando el vetus ordo habría que responderle con la franqueza de aquel canónigo paduano: “si de verdad ardes en el deseo de celebrar con un rito que ya no está vigente, antes haz de camionero durante diez años y luego lo volvemos a hablar”. Todas las sofisticaciones que hoy pretenden justificar el vetus ordo merecen esta respuesta honesta, para evitar espiritualidades reaccionarias y patologías eclesiales.

La guerra que existe sólo en la mente del cardenal Sarah

No es redundante volver a decir que la llamada “cuestión litúrgica”, si la consideramos en la actualidad (y no como se hablaba de ella a principios del siglo pasado) o la cuestión de la “paz litúrgica”, o inversamente, de la “guerra litúrgica”, hacen referencia a una temática que suele ser presentada como si fuese un problema de toda la Iglesia, mientras que, en realidad, se trata de tensiones de minorías que no aceptan el Concilio Vaticano II ni el magisterio pontificio postconciliar. Vengo de indicar el caso de Enzo Bianchi, y ahora menciono otro ya bien conocido: el del cardenal Robert Sarah.
En una entrevista muy reciente, el cardenal Sarah vuelve a sus nostalgias tridentinas. Y dice cosas realmente sorprendentes, deformando la realidad, como viene haciendo desde hace muchos años. Estas son sus cuatro afirmaciones principales, que transcribo literalmente:
a) Sarah dice que es equivocado hacer la guerra a la misa tridentina: “No podemos, como Iglesia, hacer la guerra a quienes participan devotamente en la misa, solo porque prefieren una forma en vez de otra: es una actitud miope y totalmente ideológica, por tanto no pastoral y no cristiana.”
b) Sarah manifiesta admiración por lo que él entiende haber sido la gran intuición de Benedicto XVI: “Entre los efectos de la liberalización de la forma extraordinaria (es decir, de la misa tridentina por parte del papa Benedicto) estuvo la influencia positiva, diría incluso correctiva, sobre los posibles abusos en la celebración de la forma ordinaria.”
c) Sarah denuncia lo que él entiende haber sido la humillación sufrida por Benedicto XVI: “[Benedicto XVI] quiso permitir la más amplia difusión posible del rito tridentino, de modo que el pueblo de Dios pudiera decidir por sí mismo, en el curso de los decenios, qué forma de vivir la fe le resultaba más adecuada. Todo esto fue anulado por Traditionis Custodes, con el papa emérito aún en vida. No me pareció una elección sabia ni respetuosa. Pero Benedicto, hombre manso como un cordero, se dejó humillar y, así, en el silencio y la oración, ofreció a Dios su sufrimiento para identificarse mejor con el dolor de Cristo por su Iglesia y purificarla.”
d) Sarah reafirma lo que él entiende ser la regla de oro: “El acceso a las formas rituales reconocidas y existentes desde hace siglos no puede nunca ser artificialmente limitado por decretos.”
Las cuatro afirmaciones de Sarah son sofismas que le hemos venido escuchando desde hace años y años, y que no son nada difíciles de confutar uno por uno:
1. La misa tridentina, reintroducida por el obispo cismático Marcel Lefebvre en lugar del rito aprobado tras el Concilio Vaticano II —según las indicaciones del mismo Concilio— fue en realidad de verdad un “acto de guerra” (un acto cismático) contra la Iglesia de Roma. Invertir las cosas como lo hace Sarah, afirmando que hoy se le hace la guerra al rito tridentino, no hace más que convertir en víctimas a los culpables, carece de sentido, y solo alimenta equívocos. No se trata de “hacer la guerra a la misa tridentina”, sino de asumir como rito común aquel determinado oficialmente por el desarrollo orgánico de la tradición, vigente desde 1970. Desde ese momento, recurrir al Misal de 1962 o a cualquier otro vetus ordo es, en realidad, hacer la guerra a Roma. Sarah parece olvidar esta historia y razona al revés.
2. La solución pastoral propuesta por Benedicto XVI en 2007 no resolvió la cuestión, sino que la agravó. La idea de que hacer coexistir a dos ritos contradictorios pueda generar “paz” es una ilusión, cuyos frutos envenenados no tardaron en aparecer. Alimentar —aunque con las mejores intenciones, como en el caso de Benedicto XVI— una competencia entre formas rituales opuestas (no porque sean doctrinalmente opuestas, sino porque manifiestan dos estadios distintos del desarrollo de la Tradición) nunca es solución. Menos aún sirve para corregir “abusos”: el Novus Ordo Missae puede sufrir abusos, pero el celebrar hoy cualquier vetus ordo es en sí mismo un abuso, sobre todo (además de otros motivos) porque el rito tridentino fue concebido como rito clerical, fruto de la apologética del catolicismo en la edad moderna, contra el protestantismo.
3. El relato de Sarah acerca de la “humillación del Papa” por parte de su sucesor es una novela que sólo cree Sarah. El papa Francisco simplemente restableció el buen sentido —el mismo de dos Santos Pontífices: san Pablo VI y san Juan Pablo II— que Benedicto había alterado al introducir en cierto modo el mismo argumento que llevó a Lefebvre al cisma: la idea de que la reforma litúrgica no tenía autoridad para reformar el rito tridentino. Esa es una idea cismática, de la que Sarah no parece darse cuenta. El intento de enfrentar a León con Francisco es un acto grave, que el cardenal Sarah repite desde hace meses de manera estridente, acompañado de personajes poco recomendables.
4. El último sofisma de Sarah es el que está en el fondo de toda esta “guerra” que es sólo la “guerra de Sarah” al Novus Ordo Missae: la afirmación falsa de que un rito vigente desde hace siglos no puede ser reformado. Frente a ello debe afirmarse que la Iglesia, en todo lo que es de institución humana y no de institución divina, tiene autoridad para reformarse a sí misma, también en su liturgia, siempre que lo haga legítimamente. ¿Qué habrían dicho los obispos en el Concilio de Trento cuando se estableció la obligación de residencia, la forma canónica del matrimonio o la institución de los seminarios? Todas eran novedades que sustituyeron lo anterior. Lo mismo vale para el Vaticano II, que indicó claramente la tarea eclesial de superar una forma litúrgica inadecuada. Ignorar esta intención del Concilio es hacer la guerra a Roma, a esa Roma convencida de que debe “seguir adelante”, como expresó con claridad el papa León.

Fin de la Segunda Parte (2/3)

Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 25 de septiembre de 2026

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