En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli vuelve sobre una costumbre todavía bastante extendida y plantea una cuestión incómoda: ¿se puede atender al sacramento de la Penitencia mientras se celebra el Sacrificio de la Misa? ¿Qué significa realmente participar en la Eucaristía si uno permanece en el confesionario durante su parte central? ¿Estamos ante una legítima necesidad pastoral o ante una manera de ahorrar tiempo incluso cuando se trata del tiempo de Dios? Y cuando la Iglesia pide facilitar la Confesión durante la Misa, ¿qué entiende exactamente por las «necesidades de los fieles»? Cavalcoli examina estas preguntas a la luz de la reforma litúrgica y de los documentos del Magisterio, y advierte sobre lo que considera un síntoma de superficialidad religiosa: querer cumplir dos acciones sagradas simultáneamente sin prestar a ninguna de ellas la atención que merece. [En la imagen: fragmento de "La Confesión", óleo sobre tela, 1838, obra de Giuseppe Molteni, de la colección de la Gallerie d'Italia, Milano].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 7 de octubre de 2026
La Confesión durante la Misa: ¿"dos pájaros de un tiro"?
La Confesión durante la Misa: "Dos pájaros de un tiro"?
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado el 5 de Febrero de 2016 en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/la-confessione-durante-la-messa-prendere-due-piccioni-con-una-fava/)
Incluso hoy, a cincuenta años del anuncio del Concilio Vaticano II, todavía existe un cierto hábito de los penitentes que se confiesan durante la Misa; a lo que obviamente corresponde lamentablemente, la presencia o disponibilidad de confesores para tal fin.
Hay iglesias, como sabemos, en las que es costumbre que los fieles confiesen durante la Misa, incluso en días festivos, y quizás durante todo el curso de la Misa, incluida la parte esencial o principal, constituida por el Canon. Para algunos, sacerdotes y fieles, esto parece normal y cómodo. Matan dos pájaros de un tiro y ahorran tiempo para cosas más interesantes.
Sin embargo, si examinamos el valor de este hábito a la luz del buen sentido común, de la verdadera piedad religiosa, del bien de nuestras almas y de las enseñanzas de la Iglesia, nos daremos cuenta que se trata de una práctica reprobable y anti-litúrgica, signo de desprecio por la Misa, superficial práctica del sacramento de la penitencia, ignorancia de la reforma conciliar de la liturgia, triste síntoma de un cristianismo formalista y privado de seriedad interior.
La enseñanza del Concilio Vaticano II
Partamos de algunas premisas, que iluminan la cuestión, y que todos deberíamos tener en mente, relativas a algunas enseñanzas del Concilio Vaticano II. Pero parece que los practicantes de la confesión infra Missam los han olvidado.
Sabemos bien cuánto ha enfatizado la reforma de la liturgia de la Misa promovida por el Concilio Vaticano II la necesidad e importancia de una mayor participación de los fieles en el rito sagrado.
La Constitución Sacrosanctum Concilium se expresa así: "La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la Liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano, 'linaje escogido sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido' (1 Pe 2,9; cf. 2,4-5)".
A tal plena y activa participación de todo el pueblo se debe dedicar una especialísima atención en la reforma y en el incremento de la liturgia: "ella es de hecho, la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano" (n.14).
"Por tanto, la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos" (n.48).
El Concilio fundamenta la necesidad de esta participación más activa en la Misa sobre la doctrina del sacerdocio común de los fieles: "Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2,4-10). Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (cf. Hch 2,42-47), ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1) y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1 P 3,15)" (Lumen gentium, n.10). "Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, sea por la oblación o sea por la sagrada comunión, todos tienen en la celebración litúrgica una parte propia, no confusamente, sino cada uno de modo distinto" (Lumen gentium n.11).
La activa participación de los fieles en el Sacrificio Eucarístico
Importante, para nuestro tema, es la Instrucción Eucharisticum Mysterium de la Sagrada Congregación de Ritos publicada en 1967, en la cual se concreta en qué debe consistir la participación activa de los fieles.
En ella se declara que la Misa es una acción sagrada, sacrificium, acción de Cristo, "no sólo de Cristo, sino también de la Iglesia" (n.3). La celebración de este sacrificio, ofrecido por el sacerdote que actúa in persona Christi Capitis, no es, por lo tanto, como precisa el documento, una acción del sacerdote solo, aunque sea su exclusivo poder consagrar el Cuerpo y la Sangre del Señor (n.12), sino que es también acción de los fieles. De hecho, se dice que su acción consiste en el hecho que ellos, siendo conscientes en su memoria de la pasión, de la resurrección y de la gloria del Señor, rindan gracias a Dios y ofrezcan la hostia inmaculada no solo a través de las manos del sacerdote, sino unidos a él; y, con la participación en el Cuerpo del Señor, se realiza su comunión con Dios y entre ellos, comunión a la cual debe conducir el sacrificio de la Misa. "En efecto, una más perfecta participación en la Misa se tiene, cuando ellos, convenientemente dispuestos, reciben sacramentalmente el Cuerpo del Señor en la Misa misma, obedeciendo a las palabras del Señor 'tomad y comed'..." (n.12).
El mismo documento especifica luego el concepto de "concelebración" (n.47), que es cosa muy diferente de la simple participación en la Misa por parte de los fieles no sacerdotes. En efecto, la concelebración, impropiamente llamada "Misa concelebrada", es en realidad una pluralidad de Misas, cada una normalmente con su propia intención o aplicación, celebrada comunitariamente por una pluralidad de sacerdotes, cada uno de los cuales realiza su propio acto de consagración y de ofrenda, y por lo tanto su propia celebración, aunque las ofrendas sean las mismas que son consagradas por el presidente, pluralidad unificada y coordinada por la función del presidente.
En cambio, la participación de los fieles en la Misa, sea o no concelebrada, no implica ninguna consagración adicional, sino sólo el concurso o participación en ella, en cuanto los fieles concurren o se unen espiritualmente en la ofrenda del sacrificio.
Por lo tanto, Schillebeeckx se equivoca al querer hablar de “concelebración” referida también al concurso de los fieles, confundiéndola con su participación. Tal error, además, es una consecuencia lógica de su idea herética, de origen luterano, según la cual no solo el sacerdote, sino cualquier fiel, en determinadas circunstancias, podría celebrar la Eucaristía. Tal error, que muestra claramente el confundir el sacerdocio ministerial con el común de los fieles, fue condenado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1984 ¹.
Debe inculcarse en los fieles el hábito de acercarse al sacramento
de la penitencia fuera de la celebración de la Misa
También en la Eucharisticum Mysterium hay una disposición que se refiere a la cuestión que nos interesa. Se dice: "El hábito de acercarse al sacramento de la penitencia fuera de la celebración de la Misa, especialmente en determinados momentos establecidos, debe inculcarse en los fieles, para que la administración de este sacramento se haga con tranquilidad y con real utilidad, y ellos mismos no se vean obstaculizados en la participación activa en la Misa" (n.35).
En la Exhortación apostólica Christifideles laici de 1988, san Juan Pablo II lo expresa así: "Los fieles laicos son partícipes del oficio sacerdotal, por el cual Jesús se ha ofrecido a Sí mismo en la Cruz y continuamente Se ofrece en la celebración eucarística a gloria del Padre para la salvación de la humanidad. Incorporados en Jesucristo, los bautizados están unidos a Él y a su sacrificio en la ofrenda de sí mismos y de todas sus actividades" (cf. Rm 12,1-2).
Sin embargo, todavía a cincuenta años después del anuncio del Concilio, no obstante estas claras palabras, todavía existe un cierto hábito de penitentes que se confiesan durante la Misa; a lo que obviamente corresponde a este fin la presencia o disponibilidad de confesores.
Debemos precisar aquí el caso, que nos interesa ahora, de aquellos penitentes que tendrían el pretexto, en esto satisfechos y contentados por quienes los confiesan, que la Misa festiva en curso, a la cual evidentemente no pueden participar estando en el confesionario, les valiera a ellos como cumplimiento del precepto. De hecho, no hay ningún problema con la Misa ferial, no obligatoria, aunque siempre que no crean, también en tal caso, que han participado en la Misa.
La pregunta que viene espontánea para quienes respetan con celo la liturgia y las normas de la Iglesia, pero, todavía más incluso, para quienes advierten las más elementales exigencias del buen sentido común, es qué sentido puede tener una práctica de este tipo frente a las claras disposiciones del Concilio y del postconcilio, que he citado, haciendo referencia, por supuesto, no a una Misa en día laborable u opcional, donde no hay dificultad, sino a una Misa obligatoria o festiva, que el penitente quisiera considerar útil para él para satisfacer el precepto, aunque se está imposibilitado de participar, encontrándose en el confesionario para confesarse.
Parece lícito confesar durante la Misa quien quiere asistir a esta Misa, siempre que el sacramento sea celebrado durante la primera parte, es decir, la liturgia de la Palabra, ausente de la cual, se puede absolver al precepto, siempre que, sin embargo, se participe naturalmente en la parte siguiente, es decir, en la parte central, indispensable y esencial, la liturgia eucarística o canon de la Misa.
Acercándose esta parte, si alguien entra en el confesionario, es conveniente que el confesor pregunte a quien entra si tiene intención de participar en la Misa que está en curso. Si dice que se participa en otra o que ya se ha participado, no hay problemas en confesarlo.
Si, por el contrario, dice que quiere participar en la Misa en curso, entonces, suponiendo un mínimo de buen sentido común y seriedad, es bueno que el confesor le haga notar que es imposible realizar dos acciones sagradas simultáneamente y es indecoroso mezclarlas entre sí.
¿El principio de matar dos pájaros de un tiro?
Ante el fenómeno antes mencionado, me pregunto: ¿cuál puede ser la razón que impulsa al penitente a confesarse precisamente durante la Misa? ¿Es el temor a no encontrar al confesor en otras ocasiones? Es un temor por lo general infundado, incluso si, lamentablemente, sucede que ciertos confesores solo están disponibles en esa circunstancia.
También podemos preguntarnos: si el confesor está presente durante la Misa, ¿por qué no debería estar disponible también en otro momento? No es fácil responder. Ciertamente, confesores de este tipo no dan, al menos en apariencia, ejemplo de celo sacerdotal. Y de todos modos, una cosa es clara y cierta: y es el hecho de que, sean cuales sean los motivos, estos confesores imprudentes o indiscretos acaban por favorecer a los penitentes en su mal hábito.
¿Qué interés puede tener el penitente en confesarse precisamente durante la Misa? Para quien tiene experiencia de las almas, tras un mínimo de reflexión, no es muy difícil darse cuenta de que, lamentablemente, se trata de motivos inconfesables, que sin embargo el penitente, bajo el pretexto de su deseo o necesidad de confesarse, se cuida bien de no reconocer: tomar a la ligera tanto la Misa como la Confesión, terminar antes y acortar el tiempo dedicado a Dios.
Estas personas pueden quizás después gastar su tiempo en charlas triviales y cosas inútiles, y cuando hay algo que realmente les interesa, tal vez un partido de fútbol o una salida de cacería, posponen todo para la consecución de ese objetivo o si quieren escuchar a su cantante favorito, mandan al carajo a quienes los molesta. Escatiman el tiempo de Dios y lo desperdician en tonterías.
Por lo tanto, esos confesores hacen mal al consentir a estos falsos penitentes. Podríamos preguntarnos si estos confesores han entendido lo que el Concilio intenta decir cuando prescribe que "para la plena y activa participación de todo el pueblo de Dios, hay que dedicar un especialísimo cuidado en la reforma y en el fomento de la liturgia" (Sacrosanctum Concilium, n.14).
El derecho canónico dice con buen sentido común que se debe consentir a la solicitud de confesarse cuando esta viene hecha "por un razonable motivo". Cuando la religión no está de acuerdo con la razón, se cae en la superstición.
Sin embargo, hay quienes oponen a estas consideraciones el motu proprio Misericordia Dei de san Juan Pablo II del 2002, donde aparecen las siguientes palabras: "Los Ordinarios del lugar, así como los párrocos y los rectores de iglesias y santuarios, deben verificar periódicamente que se den de hecho las máximas facilidades posibles para la confesión de los fieles. En particular, se recomienda la presencia visible de los confesores en los lugares de culto durante los horarios previstos, la adecuación de estos horarios a la situación real de los penitentes y la especial disponibilidad para confesar antes de las Misas y también, para atender a las necesidades de los fieles, durante la celebración de la Santa Misa, si hay otros sacerdotes disponibles" (n.2).
¿Qué quiere decir "necesidades de los fieles"?
Algunas observaciones. Primera. A propósito de las "necesidades de los fieles", el confesor, en obsequio a la Eucharisticum Mysterium, debería verificar sin embargo si eventualmente el penitente tiene la intención de participar en la Misa en curso. En cuyo caso el confesor hará presente al fiel la imposibilidad de participar en la Misa de precepto simultáneamente con la confesión. En cambio, la necesidad razonable podría ser la de aquellos que ya han participado en una Misa o planean participar en otra Misa. De lo contrario, no se entenderían cuáles podrían ser las "necesidades" tan urgentes de los fieles. ¿O tal vez no se trata ante todo de sus comodidades? El confesionario no es una Sala de Guardia o de Emergencias, a la que debe precipitarse con urgencia para recibir inmediato tratamiento, como cuando se está perdiendo sangre después de un accidente automovilístico.
¿Qué prisa debe tener un buen cristiano para confesarse precisamente durante la Misa festiva, momento, ese sí, verdaderamente urgente, irrenunciable y fundamental, fons et culmen totius vitae christianae? ¿O tal vez es que el confesor solo se encuentra los domingos durante la Misa? Quizás esto pueda suceder en ciertos lugares; pero aquí el confesor ciertamente no da un buen ejemplo.
Y si precisamente uno está agobiado por una culpa mortal y quiere hacer la Comunión, ya el Concilio de Trento le da el permiso, siempre que primero realice un acto de perfecta contrición con el propósito de confesarse después de la Misa.
Segunda. Las palabras del Papa pueden ser interpretadas sin ponerlas en contradicción con los claros documentos que yo he citado. En efecto, el permiso para confesarse durante la Misa se puede interpretar como referido, como ya he dicho, a una Misa ferial o a la primera parte de la Misa festiva o a una Misa festiva sustituible o sustituida por otra.
Tercera. La fuerza vinculante del motu proprio se encuentra en el nivel mínimo de autoridad de los documentos pontificios, por debajo de los mismos documentos de las Congregaciones Romanas, que representan al Papa en un nivel superior, como es el caso aquí.
De hecho, en el motu proprio, se trata de actos en los cuales el Papa actúa por iniciativa propia, con finalidades meramente pastorales o disciplinarias o de gobierno, que nada tienen que ver con la doctrina o la dogmática o el magisterio, donde en cambio sólo en ellas el Papa es infalible.
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 5 de febrero de 2016
Notas
¹ Carta a Schillebeeckx del 13 de junio de 1984.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum liceat confiteri durante Missa de praecepto
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod liceat confiteri durante Missa de praecepto.
1. Quia salus animarum et administratio sacramentorum praeponendae sunt considerationibus mere disciplinaribus. Si fidelis confessione indiget et sacerdos tempore Missae praesto est, videtur rationabile quod sacramentum recipere possit, quin cogatur usque post celebrationem exspectare. Immo quaedam dispositio pontificia commendat ut sacerdotes praesto sint ad fideles etiam durante celebratione sanctae Missae audiendos in confessione, ad eorum necessitates praecise subveniendum.
2. Praeterea, videtur quod paenitenti quaedam libertas concedenda sit ad determinandum tempus quo sacramentum Paenitentiae recipiat. Si fidelis conscientia sollicitatur, timet ne postea confessarium inveniat, vel censet se ante Communionem confiteri debere, videtur contrarium sollicitudini pastorali Ecclesiae obligare eum ut confessionem differat, quando sacerdotem sibi praesto habet. Ipsum etiam factum quod Ecclesia praesentiam confessorum tempore cultus commendat videtur indicare quod prohibitio nimis rigida statui non debeat.
3. Praeterea, videtur quod nulla necessaria contradictio sit inter confitendum et Missae assistendum, quia utrumque actio sacra est et utrumque ad sanctificationem fidelis ordinatur. Si paenitens corporaliter intra ecclesiam versatur et, dum Missa celebratur, sacramentum Paenitentiae recipit, videri potest quod perfectius opus cultus et sanctificationis peragat quam ille qui simpliciter sedet Missam audiens. Ergo non videtur quod confessio tempore Missae per se defectus reverentiae erga Eucharistiam aestimanda sit.
4. Praeterea, videtur quod officium participandi Missam impleri possit, quamvis fidelis a quibusdam eius partibus absit propter causam rationabilem. Sed receptio sacramenti Paenitentiae potest esse causa rationabilis. Ergo, si fidelis tempore Missae confitetur, praesertim tempore liturgiae verbi, dici potest quod postea ad liturgiam eucharisticam accedat et quod, hoc modo, non privetur eo quod est essentiale in celebratione.
5. Praeterea, videtur quod ipsa praxis pastoralis Ecclesiae impediat ne confessio tempore Missae intrinsece inordinata aestimetur. Si admittitur quod possint esse necessitates fidelium quae praesentiam confessorum durante celebratione opportunam reddant, tunc non videtur licitum commendationem pastoralem in regulam ita convertere ut administratio sacramenti eo tempore paene impediatur. Si confessor iudicet necessitatem adesse, eam attendere debeat, quin prius investiget utrum paenitens per hanc Missam praeceptum dominicale implere intendat.
Sed contra hoc est, primo quidem, doctrina Sacrosanctum Concilium, secundum quam Ecclesia curat ne fideles mysterio fidei tamquam extranei et muti spectatores intersint, sed illud per ritus et orationes bene intellegentes, conscie, pie et actuose in actione sacra participent. Eadem autem Constitutio docet liturgiam verbi et liturgiam eucharisticam intime inter se coniungi et unum actum cultus constituere, pastoresque fideles instruere de participatione totius Missae, praesertim diebus dominicis et festis de praecepto.
Sed et illa dispositio, quae in hoc articulo expresse allegatur, hoc habet: fidelibus inculcandum esse consuetudinem accedendi ad sacramentum Paenitentiae extra celebrationem Missae, ut hoc sacramentum cum tranquillitate et vera utilitate ministretur, neque ipsi fideles impediantur quominus actuose Missam participent.
Ergo non videtur licitum esse ut celebratio Missae de praecepto ordinarie fiat tempus proprium confessionis, quando haec impedit fidelem quominus illam celebrationem participet.
Respondeo dicendum quod, ad huius quaestionis solutionem, necesse est distinguere inter dignitatem et necessitatem sacramenti Paenitentiae et obligationem participandi celebrationem eucharisticam. Non agitur igitur de opponendo unum sacramentum alteri, quasi unum attentione dignum sit et alterum secundario tractandum. Agitur autem de determinando utrum duae actiones sacrae, quae a fideli diversas participationis formas exigunt, simul sine practica contradictione exerceri possint.
Missa non est actio privata sacerdotis cui fidelis materialiter interesse possit dum aliam religiosam actionem peragit. Est enim actio sacra Christi et Ecclesiae, in qua fideles etiam propriam habent participationem. Participatio autem fidelium in hoc consistit quod, passionis, resurrectionis et gloriae Domini conscii, Deo gratias agant et hostiam immaculatam offerant non solum per manus sacerdotis, sed una cum ipso; et per participationem Corporis Domini eorum communio cum Deo et inter se perficitur.
Propter hoc, quae dicitur actuosa participatio, ad hoc reduci non potest quod quis corporaliter intra templum adsit. Ipsa enim finalitas reformationis liturgicae est ut fideles actionem sacram intellegant et in ea conscie et pie participent. Missa insuper unitatem actionis cultualis constituit: liturgia verbi et liturgia eucharistica non sunt duae celebrationes iuxtapossitae, sed partes intime coniunctae unius eiusdemque actus cultus. Haec ipsa structura est ratio cur non possit pro indifferenti haberi quod fidelis a participatione celebrationis recedat ut simul aliam actionem peragat.
Hinc peculiare momentum habet dispositio secundum quam fidelibus inculcanda est consuetudo confitendi extra Missam. Non agitur simpliciter de sacerdotis commoditate aut de ordinatione paroeciali. Ratio enim a documento proposita est praecise ut confessio cum tranquillitate et vera utilitate ministretur et fideles non impediantur quominus actuose Missam participent.
Quapropter, cum paenitens ad confessionale accedit durante Missa festiva quam ad implendum praeceptum uti intendit, practica incompatibilitas oritur. Dum enim in confessionali permanet, non participat actionem liturgicam quae coram eo agitur. Et quo magis celebratio ad partem suam centralem et essentialem accedit, eo evidentius haec incompatibilitas apparet.
Ideo, cum haec pars centralis appropinquat, confessor paenitentem interrogare debet utrum intendat participare Missam quae iam agitur. Si respondet se iam aliam Missam participavisse aut se aliam participaturum esse, nulla difficultas habetur. Si vero affirmat se ipsam Missam quae celebratur participare velle, tunc ei ostendendum est impossibile esse duas actiones sacras simul exercere easque inter se indecenter miscere.
Hoc etiam permittit determinare quid nomine rationabilis necessitatis fidelis intellegendum sit. Non omnis commoditas subiectiva necessitatem religiosam constituit. Timor ne confessarium alio tempore inveniat potest quidem psychologice rationem agendi paenitentis explicare, sed per se ipsum talem agendi rationem in necessitatem rationabilem non transformat. Si sacerdos tempore Missae praesto est, quaeri potest cur alio tempore praesto esse non possit; et cum confessarii hunc modum agendi habitualiter permittunt, in pravum paenitentium habitum tandem favere possunt.
Problema adhuc clarius apparet si consideretur principium practicum quod titulum articulo praebet: conatum duos lepores uno ictu capere. Si vera causa est tempus servare, periculum est ne ipsum tempus quod Deo debetur servetur. Confessio enim ad quandam diligentiam reducitur quae dum alia obligatio religiosa peragitur absolvitur, et Missa pariter ad praesentiam partialem reducitur. Hinc denuntiatur periculum leviter tractandi tam Missam quam Confessionem, citius finiendo et tempus Deo dedicatum contrahendo.
Hic profundior aspectus moralis quaestionis apparet. Inordinatio non necessario consistit in eo quod ille qui durante Missa confitetur Eucharistiam conscie contemnat. Potest consistere in quodam magis elementari, scilicet in eo quod quis non agnoscat res Dei cum gravitate, ordine et reverentia tractandas esse. Problema est velle per unam temporalem actionem duo diversa religiosa officia simul expedire, etiam si ad hoc faciendo debita participatio unius eorum omittatur.
Nunc autem haec conclusio non significat quod in nullo casu liceat Confessionem tempore Missae administrare. Ipsum enim ratiocinium diversos casus distinguit. Non eadem difficultas habetur cum agitur de Missa feriali quae non est obligatoria. Neque cum fidelis aliam Missam iam participavit aut aliam participaturus est. Immo admittitur quod in prima parte Missae festivae quis confiteri possit, si postea revera liturgiae eucharisticae participet, dummodo condicio non implicet usum confessionis tamquam substitutionis participationi in Missa.
Ergo quaestio non est per absolutam prohibitionem confessionis tempore Missae solvenda, sed per subordinationem administrationis sacramenti debitae ordinationi utriusque actionis sacrae. Praesentia confessoris durante celebratione ordinatur ad veras fidelium necessitates subveniendas, non ad commoditatem tamquam criterium pastorale consecrandam. Ipse enim textus quaestionem decisivam proponit: quam necessitatem bonus christianus habere possit ut praecise durante Missa festiva confiteatur, quando illud tempus est vere urgens, irrenuntiabile et fundamentale.
Denique neque status eius qui in peccato mortali versatur necessario postulat ut confessio intra Missam introducatur. Memoratur enim quod, si ille communicare desiderat, actum contritionis perfectae cum proposito post Missam confitendi elicere potest. Hoc modo simul servantur reverentia Eucharistiae debita et necessitas sacramentaliter reconciliandi.
Ad primum ergo dicendum quod obligatio confessionem fidelibus faciliorem reddendi vera est neque minuenda. Sed ex hoc non sequitur quod quocumque modo facilior reddenda sit. Eadem dispositio pastoralis quae praesentiam confessorum durante Missa commendat interpretanda est secundum generalem liturgiae finem ac praesertim secundum obligationem ut fideles actuose in ea participare possint.
Ideo praesentia confessoris durante celebratione per se non constituit licentiam ut ille qui obligationem habet participandi hanc Missam a participatione recedat et in confessionali permaneat. Necessitas pastoralis quae talem praesentiam iustificat debet esse vera et rationabilis necessitas, non simpliciter desiderium opportunitatem commodam arripiendi.
Ad secundum dicendum quod timor ne confessarium postea inveniat neque ipse sufficit ad hunc modum agendi iustificandum. Articulus enim expresse quaerit cur, si confessor tempore Missae praesens est, alio etiam tempore praesens esse non debeat. Possunt quidem adesse circumstantiae particulares in quibus hoc fieri non possit, sed tunc agitur de casu extraordinario qui in regulam generalem convertendus non est.
Praeterea, quando vera urgens necessitas moralis propter peccatum mortale adest, ex hoc non sequitur quod paenitens necessario in confessionali tempore Missae permaneat. Memoratur enim possibilitas contritionis perfectae cum proposito post Missam confitendi.
Ad tertium dicendum quod, quamvis Confessio et Missa sint ambae actiones sacrae, ex hoc non sequitur quod indifferenter simul exerceri possint. Sanctitas enim unius actionis necessitatem non tollit eam secundum proprium ordinem exercendi.
Immo propter hoc obiectio contra seipsam redit: si Confessio attentionem, tranquillitatem et veram utilitatem requirit, et Missa participationem consciam et actuosam exigit, utriusque simul exercitium potest impedire quominus utraque debite peragatur. Non magis honoratur Deus eo quod actiones sacrae simul accumulentur, si ex hoc sequitur quod nulla earum eam attentionem recipiat quae ei debetur.
Ad quartum dicendum quod haec obiectio partem quandam veram continet quae retinenda est. Ipsum enim articulum admittit confessionem tempore primae partis Missae quibusdam in condicionibus, dummodo postea quis liturgiae eucharisticae participet.
Sed ex hoc non sequitur quod quaelibet pars Missae ad aliam obligationem simul implendam adhiberi possit. Missa enim unitatem constituit, neque participatio eius ad arbitrium determinari potest secundum id quod unusquisque fidelis magis aut minus essentiale existimat. Unde, cum paenitens intendit Missam festivam ad implendum praeceptum adhibere, dum durante celebratione in confessionali permanet, problema ipsum est quod receptionem sacramenti Paenitentiae confundit cum debita participatione in Eucharistia.
Ad quintum dicendum quod commendatio Misericordia Dei separatim a ceteris non potest interpretari. Textus enim citatus loquitur de confessione durante Missa ad fidelium necessitatibus subveniendum, si alii sacerdotes praesto sint. Sed haec locutio significare non potest omnem commoditatem aut subiectivam praelationem necessitatem esse.
JG
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