lunes, 6 de abril de 2026

Se debe celebrar con el Novus Ordo Missae no sólo por motivo de obediencia sino también por motivo de fe (1/4)

Semanas atrás hemos entablado con el padre Giovanni Cavalcoli un muy rico diálogo acerca de la relación entre el vetus ordo y el Novus Ordo Missae y la actitud pastoral que es necesario aplicar con aquellos pasadistas que, apegados a la celebración de la liturgia con el Misal de 1962 y el viejo ritual, no aceptan todavía celebrar la Misa y los demás Sacramentos con el nuevo Misal y nuevo Ritual. Comienzo por transcribir aquí el diálogo mantenido y en las tres siguientes partes de este ensayo me dedico a desarrollar sistemáticamente la cuestión central. [En la imagen: una fotografía del papa León XIV durante la celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén y Santa Misa, el domingo 29 de marzo de 2026 en la Plaza de San Pedro].

Se debe celebrar con el Novus Ordo Missae no sólo por motivo de obediencia
sino también por motivo de fe

El título de esta serie de cuatro artículos es precisamente la tesis central que demostraré en este ensayo sobre teología de la liturgia. La formulación de esta tesis no es expresión mía, sino del doctísimo teólogo dominico, padre Giovanni Cavalcoli, con quien he mantenido un extenso diálogo semanas atrás en su blog. El coloquio teológico fue transcripto también en español en este blog, pero puede el lector acceder al diálogo original en lengua italiana en este enlace:
En esta primera de las cuatro partes de mi ensayo, volveré a transcribir el diálogo, para que el lector tenga presente el contexto en el cual, a partir de la dialéctica que hemos ido desarrollando según el método aristotélico-tomista, se llegó a la tesis central, la cual afirma que todos los católicos deben celebrar con el Novus Ordo Missae no sólo por motivo de obediencia sino también por motivo de fe.

Un diálogo intenso y fructuoso

JG: Gracias, padre Giovanni, por este maravilloso ensayo teológico, en el cual nos ha vuelto a presentar de manera sintética las razones por las que hoy es más necesario que nunca condenar los errores de la teología de Rahner y extirparlos de la Iglesia.
Por desgracia no puedo estar de acuerdo con usted en varias de sus conclusiones prácticas acerca de cómo resolver concretamente el problema lefebvriano. Pero esto es lo que menos cuenta, porque no se trata de teología, y ni usted ni yo tenemos el carisma del gobierno de la Iglesia, que corresponde al Papa con su particular prudencia.
P. Cavalcoli: Querido Julio, me alegra que usted aprecie la crítica que dirijo a Rahner.
En cuanto a mi posición respecto a los lefebvrianos, quisiera decir ante todo que me adecuo tranquilamente a las actuales posiciones pontificias.
Reconozco que, en lo que se refiere a la regulación de la celebración del Novus Ordo y del Vetus Ordo, según mi modesto parecer, sería necesario ampliar un poco las disposiciones del papa Francisco y retomar las de Benedicto, aunque restringiéndolas.
Según mi parecer, este procedimiento por un lado evitaría que los lefebvrianos se aprovechen de manera desleal de la bondad del Papa, como sucedió con Benedicto, y por otro lado creo que una pequeña ampliación podría ser útil para satisfacer cierta atracción que existe por el Vetus Ordo, manteniéndose siempre el deber de todos de participar en el Novus Ordo, sobre todo en los días festivos.
Creo que una disposición de este tipo, por un lado respetaría un legítimo pluralismo.
Otra cosa que hay que tener presente es que quienes gustan del Vetus Ordo están obligados a una plena comunión doctrinal con la Iglesia, en particular en lo que se refiere a las nuevas doctrinas del Concilio.
En este punto me agradaría, dada la estima que tengo por usted, que me expusiera detalladamente sus objeciones a mis posiciones personales.

JG: Queridísimo padre Giovanni, gracias por su interés en el diálogo con este pobre ignorante (y no es una frase retórica).
Me sorprende, sin embargo, que desee conversar sobre estas cuestiones que –como leí en una de sus respuestas a otras ocasiones en que intenté dialogar sobre liturgia– me dijo que no veía utilidad en discutir sobre tales aspectos contingentes, sujetos a la prudencia de gobierno del Papa.
En cuanto a su pregunta, debo ante todo aclarar que mi disenso con usted no se refiere a los aspectos doctrinales contenidos en el último de los puntos de su ensayo (doctrina y teología con los que no puedo sino estar totalmente de acuerdo), sino únicamente al pequeño grupo de sugerencias “prácticas” o “disciplinarias” que usted se ha animado a proponer acerca de la solución al problema planteado por los lefebvrianos.
Habría que distinguir en esta cuestión dos ámbitos que usted mismo ha señalado siempre: los lefebvrianos (las diversas sectas de seguidores de Lefebvre) y los filolefebvrianos (los católicos que siguen en mayor o menor medida las ideas de los lefebvrianos). Por eso me sorprende que, al indicar sus sugerencias “prácticas”, usted se refiera más bien a estos segundos que a los primeros.
Por lo demás, los motivos de mi postura han sido expuestos en los pocos artículos sobre liturgia que he escrito con mi firma en el blog, que le será muy fácil encontrar. Mis motivos son, creo, de sentido común, y responden a una actitud de plena fidelidad al Concilio Vaticano II, que tuvo una intención primariamente litúrgica en su origen, y no es casual que su primer documento haya sido la Sacrosanctum Concilium.
De ahí nace mi convicción de que la coexistencia de dos o más modalidades de un mismo rito (no la coexistencia de varios ritos, que de hecho existe en la Iglesia) sea imposible en un orden absoluto, mientras que en un orden relativo, es decir pastoral, esa coexistencia puede ser permitida, precisamente por razones pastorales. Esto lo ha visto claramente el papa Francisco en Traditionis custodes.
Me remito, entonces, a los argumentos indicados en mis pobres artículos, de los cuales le señalo los enlaces, no sin repetir que se trata en este ámbito de opiniones contingentes, aunque respetuosas de las decisiones pontificias, pero libres y subjetivas, sobre cuestiones no doctrinales sino pastorales:
P. Cavalcoli: Querido Julio, me parece que usted no ha entendido bien lo que he dicho acerca de las disposiciones pontificias relativas a la celebración de la Misa. Aunque me hubiera expresado en el sentido que usted indica, le ruego que tenga en cuenta lo que le digo ahora.
El buen católico debe atenerse a las disposiciones pontificias actuales sobre el modo de celebrar la Misa, sea Novus Ordo o Vetus Ordo.
En segundo lugar, sostengo que, mientras por un lado el buen católico debe obedecer, por otro le es lícito, si lo cree, expresar un respetuoso disenso, tratándose de una materia contingente que eventualmente el Pontífice podrá considerar en el futuro, permaneciendo firme que el católico debe obedecer.
Entrando en el campo específico de la relación entre el Vetus Ordo y el Novus Ordo, considero en consecuencia que todo buen católico debe ante todo evitar las críticas lefebvrianas a las nuevas doctrinas del Concilio y, en segundo lugar, debe poner en práctica las disposiciones actuales del Pontífice en lo que respecta a la celebración de la Misa Novus Ordo, lo cual garantiza la unidad litúrgica de la Iglesia.
En tercer lugar, cumplidas estas condiciones, el católico al que le gusta el rito de la Misa Vetus Ordo sin por ello ser lefebvriano, goza, por expresa declaración del Pontífice, de la libertad, bajo las condiciones establecidas por el Pontífice, de celebrar o asistir a la Misa Vetus Ordo.
En cuanto a las sugerencias prácticas relativas a una eventual parcial recuperación de las disposiciones de Benedicto y a una eventual ampliación de las disposiciones del papa Francisco, no estoy aferrado a mis opiniones y respeto la suya, que veo como autorizada por estar respaldada por esa serie de artículos que usted me cita. Por ello considero mejor que renunciemos a seguir discutiendo sobre este punto, también porque yo no tengo la competencia litúrgica que usted posee y, por otra parte, soy teólogo y no liturgista.
Lo que sí me importa es el punto de vista teológico, y pienso que en esto usted estará de acuerdo: la necesidad de que el Papa reconozca que los lefebvrianos tienen un concepto correcto del Sacrificio Redentor, de la Misa como Sacrificio y del Sacerdote como quien ofrece el Sacrificio, lo cual comporta la refutación de los errores modernistas en esta materia.
Esta es la vía fundamental para devolver la paz a la Iglesia, más importante que las disposiciones contingentes sobre la celebración del Novus Ordo o del Vetus Ordo. En este sentido he dicho que el problema verdaderamente serio, más que el de llamar a los lefebvrianos a la comunión eclesial, es el de corregir las herejías modernistas, generalmente provenientes del luteranismo liberal.
El Papa debería aclarar de una vez con los lefebvrianos, que desde hace sesenta años acusan hipócritamente al Concilio y al Magisterio posconciliar de modernismo, que el verdadero modernismo es el de los rahnerianos y que el modernismo ha sido y es constantemente condenado por el Concilio y por todos los Pontífices, desde Pío X hasta el papa Francisco y León XIV.

JG: Queridísimo padre Giovanni, le agradezco mucho la claridad con la que ha precisado su pensamiento y la deferencia con la que ha considerado mis artículos. Concuerdo plenamente con usted en que la obediencia a las disposiciones pontificias constituye el primer deber del buen católico, y que toda eventual opinión personal sobre aspectos contingentes debe expresarse siempre con respeto y subordinación al Magisterio.
Me alegra asimismo que subraye la distinción entre el plano disciplinar y el teológico. En efecto, como justamente observa, lo más grave y urgente no es tanto la cuestión práctica de la convivencia entre Vetus Ordo y Novus Ordo, cuanto la necesidad de corregir los errores modernistas que han debilitado la comprensión del Sacrificio redentor de Cristo y de la identidad sacerdotal. En este punto nuestra coincidencia es total: la paz litúrgica y eclesial sólo puede fundarse en la verdad doctrinal y en la firmeza con que el Papa y los teólogos rechacen las desviaciones rahnerianas y luteranas.
Quiero precisar que el último punto de su ensayo, titulado “Cómo salir de ello”, lo entiendo ante todo como una referencia a lo que es necesario hacer respecto de las herejías rahnerianas y, en segundo lugar, a lo que es necesario hacer respecto de la cuestión de los errores lefebvrianos (sospechas de herejías). Por eso insisto en que la cuestión de los filolefebvrianos “católicos” no entra directamente en la discusión, tal como usted mismo la ha planteado.
Por mi parte continuaré defendiendo la unidad litúrgica como expresión de la única lex orandi de la Iglesia, tal como ha sido expresada con tanta claridad por el papa Francisco en Traditionis custodes, pero siempre en el marco de aquella prioridad teológica que usted ha recordado tan bien: la fidelidad al Concilio y la condena del modernismo.
Le renuevo mi gratitud por el diálogo y por la estima que me ha manifestado, y confío en que nuestras reflexiones, aunque diversas en el plano práctico, converjan en lo esencial: custodiar la fe y la liturgia de la Iglesia en plena comunión con el Papa.
P. Cavalcoli: Estimado Julio, yo creo que la unidad litúrgica está suficientemente garantizada por el hecho de que todos aceptan el Novus Ordo, bajo la obvia suposición de que todos aceptan las nuevas doctrinas del Concilio en la interpretación del Magisterio de la Iglesia.
Actualmente la celebración del Vetus Ordo está regulada por las disposiciones pontificias. Yo creo que los fieles que participan en una celebración del Vetus Ordo realizada por un sacerdote autorizado por el Obispo están en regla desde el punto de vista de la unidad litúrgica.
En cuanto a cuáles sean las posiciones concretas de estos fieles respecto al Concilio, no pienso que el sacerdote deba hacer una investigación para saber quién está a favor y quién en contra. Esta cuestión la dejamos a la conciencia de cada fiel.

JG: Estimado Padre Giovanni, le agradezco mucho su aclaración sobre la unidad litúrgica y la regulación actual del Vetus Ordo. Naturalmente no puedo menos que compartir plenamente su preocupación por la comunión eclesial y por la obediencia al Magisterio, que es la garantía de la verdadera unidad.
Permítame, sin embargo, señalar una reserva: me parece que la cuestión del Vetus Ordo no se limita únicamente a la normativa pontificia, sino que toca también la percepción de los fieles acerca de la continuidad entre la reforma litúrgica y la Tradición. En este sentido, pienso que la conciencia personal necesita ser iluminada por una catequesis clara y coherente, para evitar que la celebración se convierta en un terreno de confusión o división.
Dicho esto, valoro mucho su equilibrio al no querer transformar la participación en la Misa en una investigación sobre las posiciones individuales respecto al Concilio, y considero muy acertado su recordatorio de que la responsabilidad última recae en la conciencia de cada fiel. Ahora bien, ayer usted me había dicho que consideraba "mejor que renunciemos a seguir discutiendo sobre este punto" precisamente porque no son cuestiones teológicas sino litúrgicas....
Pues bien, no tengo dificultad en dialogar sobre el punto... pero entonces aclaremos que nos estamos saliendo del campo temático de su ensayo, que precisamente tiene por título: "Il problema serio non sono i lefevriani...".
Al adentrarnos en las cuestiones como las que usted plantea en su última intervención, entonces ya no estamos tratando de los lefebvrianos, sino de los filo-lefebvrianos o, como usted los llama, pasadistas, o como los llama el papa Francisco indietristas. Pues bien, no tengo dificultad en dialogar sobre estos temas, pero quiero saber claramente de usted si quiere o no dialogar sobre ello... ¿Me explico bien?
P. Cavalcoli: Estimado Julio, estoy plenamente de acuerdo con estas observaciones suyas: “me parece que la cuestión del Vetus Ordo no se limita únicamente a la normativa pontificia, sino que toca también la percepción de los fieles acerca de la continuidad entre la reforma litúrgica y la Tradición”.
Yo considero que sería bueno que el Papa mismo, o bien un Dicasterio romano, abordara este tema dando útiles directrices en el sentido que usted desea. Además, usted mismo, con su competencia litúrgica, podría dar una buena contribución.
En cuanto a mí, como ya le he dicho, no siendo este mi campo, prefiero permanecer en el plano teológico, aunque siempre relativo a la Liturgia, como por ejemplo he hecho recientemente tratando del sacerdocio y de la Santa Misa.

JG: Estimado Padre Giovanni, comparto con usted que sería oportuno que el Papa o un Dicasterio romano (que al fin de cuentas sería lo mismo, porque todo Dicasterio actúa en representación del Papa, en particular el de la Fe) ofrecieran directrices sobre la cuestión del Vetus Ordo.
Sin embargo, debo rechazar con toda sinceridad los elogios que me dirige: no me considero con competencia litúrgica, ni soy titulado en teología. Mi aportación se limita a la reflexión y al diálogo desde la fidelidad al Magisterio y desde mi interés por la vida de la Iglesia, pero no desde una autoridad académica o institucional.
Por eso valoro aún más que usted, desde su competencia teológica y su experiencia de décadas, haya querido escuchar mis observaciones y dialogar conmigo. Creo que nuestro intercambio se enriquece precisamente porque cada uno aporta desde su propio ámbito, convergiendo en la misma preocupación por la unidad y la verdad de la Iglesia.
Ahora bien, valoro también mucho que haya estado de acuerdo conmigo en señalar que la cuestión del Vetus Ordo no se limita únicamente a la normativa pontificia, sino que toca también la percepción de los fieles acerca de la continuidad entre la reforma litúrgica y la Tradición. Quisiera subrayar esta relación que existe entre la reforma litúrgica y la Tradición, o, más en general, entre la liturgia y la Tradición.
Pero conviene subrayar que tanto usted como yo entendemos la Tradición en su recto sentido, no como la entienden los pasadistas filolefebvrianos. La Tradición llega hasta el Concilio Vaticano II y el actual Magisterio pontificio postconciliar.
Por ende, surge una pregunta inevitable: ¿qué sentido tendría que siga vigente una modalidad del rito romano que precisamente el Concilio Vaticano II ha querido reformar, y precisamente porque la Iglesia ha tomado una mejor conciencia de sí misma a partir del inicio del movimiento litúrgico?
Por lo tanto, aunque usted no se haya especializado en este campo, tanto usted como yo sabemos que existe una verdadera teología de la liturgia, pues la liturgia no puede reducirse a lo meramente canónico, disciplinar o ceremonial.
Como usted bien sabe la liturgia, en cuanto culto público de la Iglesia, es "acción sagrada por excelencia (cf. Sacrosanctum Concilium, n.7), en la que se actualiza sacramentalmente la obra de la redención. Por eso, su estudio no se limita a normas jurídicas o a rúbricas ceremoniales, aunque estas sean necesarias para custodiar la rectitud del culto. La liturgia tiene un fundamento teológico profundo, y de ahí la conocida expresión "lex orandi-lex credendi".
Ahora bien, ¿cuál es ese fundamento teológico? Es un fundamento a la vez:
1. Cristológico: la liturgia es prolongación del sacerdocio de Cristo, que ofrece al Padre su sacrificio y nos comunica su gracia.
2. Pneumatológico: es obra del Espíritu Santo, que vivifica los signos y hace presente la gracia.
3. Eclesiológico: la liturgia manifiesta la Iglesia como Cuerpo de Cristo en oración y adoración, unida a su Cabeza.
4. Escatológico: anticipa la liturgia celestial, donde los santos y ángeles alaban eternamente a Dios.
La dimensión canónica y ceremonial es necesaria para garantizar la unidad y ortodoxia del culto, pero sería un error reducir la liturgia a un mero conjunto de normas o ritos externos. La teología de la liturgia estudia precisamente el misterio que se celebra, la relación entre signo y realidad, la sacramentalidad, la participación del fiel, y la finalidad última: la gloria de Dios y la santificación de las almas.
En síntesis: la liturgia no es solo disciplina, sino teología en acto. Como decía Romano Guardini, en ella la Iglesia se expresa en su forma más viva. Y como subrayó Benedicto XVI, la liturgia es “teología aplicada”, porque en ella se nos da la verdad de la fe bajo el signo sacramental.
Ahora bien, y sin querer extenderme más, para mí las consecuencias son evidentes: si el Concilio Vaticano II y los Papas del postconcilio han querido reformar el rito romano para que los fieles puedan vivir en su culto la mejor conciencia que la Iglesia tiene de sí misma... ¿qué sentido puede tener querer dejar de lado esta -permítame la expresión- "nueva fe"?...
P. Cavalcoli: Estimado Julio, estoy plenamente de acuerdo con sus profundas consideraciones sobre el valor teológico, espiritual, eclesiológico y escatológico de la Liturgia.
Quisiera solamente hacer una observación acerca de lo que es el progreso en la vida cristiana. Maritain distinguía un progreso por sustitución de un progreso por acrecentamiento o superación.
El primero consiste en adquirir el resultado actual más avanzado del progreso, abandonando las fases precedentes que se han mostrado dañinas o inútiles. Se podría hablar en este caso también de un progreso por ruptura, como cuando, por ejemplo, dejamos ciertas malas costumbres o cosas que se revelan perjudiciales.
Podríamos hacer ejemplos no solo en la conducta cristiana o en la historia de la teología, sino también en el campo de las ciencias, de las costumbres y de la técnica. Nadie hoy usaría medicinas medievales ni desearía la pena de muerte para los herejes, aunque durante siglos estas cosas fueron apreciadas incluso por los santos.
Existe, en cambio, también un progreso que comporta una mejora o perfeccionamiento, que deja intacto el valor de las fases precedentes de este progreso. Por ejemplo, nadie afirmará que la dogmática contemporánea, más avanzada que la medieval, sustituye a esta última como si fuera errónea. De modo semejante, no se puede negar que el tomismo de un Maritain o de un Congar sea más avanzado que los textos mismos de Santo Tomás, sin que por ello sea necesario abandonar esos venerables textos.
Algo semejante yo lo encuentro en la historia del rito de la Misa. El hecho de que hoy la Iglesia nos llame a todos a la práctica del rito Novus Ordo no significa que formas menos avanzadas, que tanta santidad han producido en el pasado, no conserven un valor propio, subordinado al del rito actual.
Aquí, por tanto, no tenemos un progreso por sustitución, sino un progreso por enriquecimiento, por el cual el buen sentido nos dice que junto a lo moderno es bueno conservar también lo antiguo.
Al mismo tiempo, añado que tratándose de una materia de competencia de la autoridad eclesiástica, está claro que el buen católico se atiene a las disposiciones actuales de la Iglesia.
En este sentido, el respeto por el Vetus Ordo no abre ninguna puerta al lefebvrismo, sino que refleja una plena comunión eclesial.
En la medida en que los fieles comprenden que el Novus Ordo expresa claramente tanto la teología preconciliar como la teología del Concilio, se crea la unidad de la Iglesia.

JG: Estimado Padre Giovanni, me alegra que haya estado plenamente de acuerdo con mis consideraciones sobre el valor teológico, espiritual, eclesiológico y escatológico de la Liturgia. En este punto me parece que tenemos plena sintonía: ambos coincidimos en que la liturgia es teología en acto, y si la teología en ocasiones ha devenido Magisterio ordinario, por caso en las nuevas doctrinas del Concilio y del magisterio postconciliar, la liturgia no puede ser sino puesta en acto de esas nuevas doctrinas, a nivel de culto: lex orandi - lex credendi.
En segundo lugar, creo haber comprendido de modo correcto la observación que usted introduce, recurriendo a la distinción de Maritain entre un progreso por sustitución y un progreso por acrecentamiento o enriquecimiento. Según su planteo, el Novus Ordo no sustituiría al vetus ordo, sino que lo perfeccionaría, conservando para este último un valor subordinado y, según usted, una vigencia en la vida cultual de la Iglesia. Vale decir, ésta es la postura que le conozco a usted desde hace años: porque el vetus ordo ha sido medio para que la Gracia produjera santidad en el pasado, según usted aún puede ser conservado junto a lo moderno.
La conclusión práctica que usted propone es que el respeto por el vetus ordo no abre ninguna puerta al lefebvrismo, sino que refleja comunión eclesial, y que la unidad se logra cuando los fieles comprenden que el Novus Ordo Missae de 1969 expresa tanto la teología preconciliar como la del Concilio Vaticano II.
Ahora bien, me parece que aquí hemos individuado el punto de tensión entre su conclusión y mi conclusión: usted sostiene que ambos ritos pueden coexistir en una lógica de enriquecimiento, mientras que yo había afirmado que el Concilio ha querido reformar el rito romano, naturalmente en continuidad con la Tradición, pero sustituyendo la forma anterior para que la Iglesia celebrara según su mejor conciencia de sí misma con una forma o modalidad nueva.
He meditado sobre esto que usted indica, y seguiré meditando e informándome, pero al menos, para que nuestro diálogo no se acabe aquí, se me ocurre en este momento poder insinuarle tres posibles líneas de réplica que podríamos seguir dialogando:
1. Una línea de reflexión me parece que corre acerca de la noción de progreso. Al respecto, y tomando en cuenta la distinción de Maritain (por quien usted sabe que siento sumo aprecio) me parece válido señalar que la liturgia, a diferencia de la teología o la técnica, no es un campo donde se acumulen formas coexistentes, sino donde la Iglesia establece una forma normativa única de culto, según lo vaya exigiendo el progreso en la fe, es decir, el progreso en el conocimiento de la Palabra de Dios. Por lo tanto, me parece poder insinuar que el progreso litúrgico es más cercano a la sustitución que al enriquecimiento, porque la unidad del culto exige una forma común.
2. Una segunda línea de reflexión que yo transitaria para confrontar su conclusión, pasaría por la noción de Sagrada Tradición. Al respecto creo que habría que subrayar que la Tradición viva no es un museo de formas pasadas, sino un dinamismo que culmina -al menos en este tiempo que nos ha tocado vivir- en el Vaticano II y en el Magisterio actual. Por eso, mantener en paralelo dos formas normativas del mismo rito puede generar confusión sobre qué expresa verdaderamente la lex orandi de la Iglesia, y si lo que expresa a lex orandi es la lex credendi, por ende, puede generar confusión acerca de la misma lex credendi. Y esto lo señalo no como mera posibilidad, sino como hecho constatable.
3. Por último, una tercera línea de reflexión para confrontar con su conclusión pasa sobre la comunión eclesial. No tengo ninguna duda de que el vetus ordo conserva un valor histórico y espiritual, pero su vigencia práctica me parece contradecir la intención del Concilio, que quiso una reforma del culto romano para toda la Iglesia de rito romano. En este ámbito también es posible señalar en los grupos que aceptan el indulto o incluso en las actuales comunidades nacidas de la ex Comisión Ecclesia Dei, actitudes y hechos constatables que indican esta falta de comunión: ausencia de la celebración del novus ordo, rechazo a la concelebración, etc.
Le propongo que sigamos reflexionando juntos sobre estos puntos o sobre los que usted indique, para ver si efectivamente hemos identificado bien la tensión y cómo podemos profundizar en ella para encontrar vías de una mejor comprensión.
P. Cavalcoli: Estimado Julio, su tesis según la cual también la Sacrosanctum Concilium contiene doctrinas nuevas es muy verdadera y muy interesante. Y le confieso que yo nunca había reflexionado sobre este hecho, porque había concentrado mi atención sobre todo en las dos Constituciones dogmáticas y había encontrado elementos doctrinales también en los tres Decretos desafortunadamente contestados por los lefebvrianos, es decir, la Unitatis Redintegratio, la Nostra Aetate y la Dignitatis Humanae.
Entonces me puse a revisar esta Constitución y noté que efectivamente estas novedades doctrinales existen y se encuentran en los números 8, 9 y 10. El número 8 se refiere a la perspectiva escatológica de la Liturgia. El número 9 trata de la función evangelizadora de la Misa y el número 10 hace coincidir la experiencia litúrgica con la experiencia contemplativa con el famoso principio de la Liturgia como “fons et culmen totius vitae christianae”.
Estas tres novedades doctrinales están en la base del Novus Ordo, mientras que están ausentes en el Vetus Ordo. Esto significa, como usted dice, que el Novus Ordo posee también un aspecto de novedad doctrinal, obviamente según un progreso por enriquecimiento o explicitación y no por sustitución.
La conclusión práctica evidente es que el Novus Ordo, conteniendo no solo una novedad de tipo pastoral sino también doctrinal, obliga a todos los católicos a la práctica de este rito, no solo por motivo de obediencia sino también por motivo de fe.

JG: Estimado Padre Giovanni, me ha dado usted una gran alegría espiritual al reconocer e individuar la presencia de novedades doctrinales en la constitución Sacrosanctum Concilium. Me parece un paso muy importante en nuestra reflexión, porque confirma que el Novus Ordo no es solo pastoral, sino también doctrinal, y por eso obliga en conciencia. En este punto veo que nos estamos acercando.
Al mismo tiempo, deseo reconocer con sinceridad que yo no habría podido individuar de manera tan clara y precisa esas novedades doctrinales en los números 8, 9 y 10 de la Sacrosanctum Concilium, como usted lo ha hecho con su competencia teológica. Esto merece ser desarrollado más ampliamente, precisamente en base a la sabiduría teológica que usted posee.
Recuerdo, sin embargo, que mi conclusión inicial era que el Novus Ordo sustituye al Vetus Ordo. Me pregunto si, al admitir que el nuevo rito obliga también por motivo de fe, no nos estamos acercando a esa misma conclusión. La conclusión, obviamente, no se refiere al plano de la "lex orandi divina", inmutable al ser instituida por Cristo el Jueves Santo, sino al plano de la humana "lex orandi ecclesiae", que eso es el Novus Ordo Missae de 1969, que podría ser sustituido en el futuro por otro Ordo en la medida que se enriquezca aún más la comprensión que la Iglesia tiene de sí misma y del culto que ofrece a nuestro Dios.
Quizá podríamos seguir reflexionando juntos sobre qué significa exactamente esa “obligación de fe” que usted con tanta claridad ha discernido: - ¿Implica que el Misal de 1962 queda con un valor histórico y espiritual, pero no vigente en la práctica cultual? - ¿Cómo se armoniza esta obligación con la idea de “progreso por enriquecimiento” que usted propone?
P. Cavalcoli: Querido Julio, creo que, considerando la relación entre el Novus Ordo y el Vetus Ordo, podemos apelar tanto a un progreso por enriquecimiento o perfeccionamiento como a un progreso por sustitución. Del progreso por enriquecimiento ya he hablado.
En nuestro caso debemos distinguir entre una sustitución exclusiva y una sustitución inclusiva. Tomemos un ejemplo de la vida cotidiana. Es claro que, en el ámbito médico, una intervención quirúrgica que requiere dos días de hospitalización sustituye de manera exclusiva intervenciones del pasado que exigían semanas. Un ejemplo de sustitución inclusiva lo podría tomar del uso del automóvil. Es evidente que una persona normal utiliza un coche moderno, pero ¿quién le impide, si lo desea, usar un coche de hace cincuenta años?
Algo semejante veo yo en la relación entre el Novus Ordo y el Vetus Ordo. La Iglesia ha sustituido el Novus Ordo al Vetus Ordo no con una sustitución exclusiva, sino inclusiva.
Esta modalidad, que depende de la voluntad misma de la Iglesia de hoy, es la que garantiza la verdadera unidad en un justo pluralismo.
En cuanto a su pregunta sobre la obligación de fe, ciertamente no estamos en el primer grado, sino que será el segundo o el tercero. Este tipo de obligación de fe no impide la sustitución inclusiva, como queda claramente demostrado por el hecho de que los amantes del Vetus Ordo pueden beneficiarse, bajo las debidas condiciones establecidas por el Santo Padre, del permiso de celebrar según el Vetus Ordo.
En cuanto a los tres puntos que usted ha propuesto, comienzo por el primero. 1) Observo que la sustitución del Vetus Ordo por el Novus Ordo, como ya he dicho, es una sustitución inclusiva en el sentido que le he explicado. Me refiero al rito de la celebración de la Santa Misa y, por tanto, a aquellos grupos que acogen el Concilio y el Magisterio postconciliar, pero que se sienten atraídos por el rito Vetus Ordo porque expresa una sacralidad y una belleza que ellos valoran más. Habría que encontrar la manera de hacer que esa sacralidad y esa belleza animen también la celebración del Novus Ordo.
2) En cuanto al Novus Ordo como testigo de la Tradición, no tengo ninguna duda de que representa un grado más avanzado de expresión de la Tradición que el Vetus Ordo. Sin embargo, este hecho no quita legitimidad a la celebración del Vetus Ordo bajo las condiciones actualmente vigentes.
3) Creo que los Padres del Concilio, al preparar la reforma de la Liturgia, no esperaban en absoluto la reacción de los lefebvrianos. Sin embargo, ya san Pablo VI, que pensaba que las cosas marcharían sin problemas, tuvo una amarga sorpresa al constatar el surgimiento de una simpatía por el Vetus Ordo incluso entre los jóvenes. A este hecho desagradable se añadió la aparición de misas modernistas que causaron escándalo, con el abandono de lugares, ornamentos, vestiduras y objetos sagrados, con sacrilegios y profanaciones, provocando como reacción las posiciones filo-lefebvrianas.
En la medida en que el Novus Ordo sea celebrado con la dignidad y la sacralidad queridas por el Concilio, disminuirán aquellos que buscan el Vetus Ordo como alternativa al Novus Ordo. Podrán quedar, a lo sumo, ciertos católicos normales que, en plena comunión con la Iglesia, se limitan a aprovechar la posibilidad ofrecida por la Iglesia.

JG: Estimado Padre Giovanni, usted me ha dado mucho en qué pensar. Y, como le aclaré en una intervención anterior, quizás no tenga yo las herramientas especulativas, filosóficas y teológicas suficientes para abordar este diálogo con usted. Pero eso no me impide intentarlo, gracias a su benevolencia.
Ahora bien, la distinción que usted ha introducido entre sustitución exclusiva e inclusiva me parece interesante, sugestiva y útil para pensar la relación entre el nuevo Misal y el Misal de 1962. Pero no me siento inclinado a derivar sin dificultades las conclusiones que usted saca (y trataré de explicarme sobre esto).
Al mismo tiempo, me parece importante volver sobre el punto de la obligación de fe. En su comentario anterior usted había afirmado con claridad que el Novus Ordo Missae obliga en conciencia también por motivo de fe. Ahora, en cambio, en este comentario último, usted parece ubicar esa obligación de fe en un grado menor, compatible con la vigencia condicionada del Misal de 1962. Me pregunto cómo se articulan exactamente estas dos perspectivas: si el Misal de 1969 con sus ulteriores enriquecimientos obliga en conciencia, ¿cómo puede subsistir el Misal de 1962 como opción paralela?
Como ha recordado el cardenal Müller en una reciente entrevista, el Vaticano II no fue un “Concilio pastoral” de menor rango, sino un Concilio ecuménico plenamente vinculante, cuya enseñanza debe ser acogida en su totalidad, sin posibilidad de aceptación graduada. Tal entrevista la he leído por completo y me ha parecido altamente significativa para entender el actual problema con la FSSPX, que obviamente tiene incidencia en el problema con los indietristas filo-lefebvrianos, que es de quienes aquí hablamos.
Está claro que cuando Muller habla de que el Concilio, en su doctrina, debe ser aceptado en su totalidad, no gradualmente, como si uno pudiera elegir lo que se acepta o lo que no se acepta, se está refiriendo a esa sorprendente (y para mí poco comprensible) respuesta del cardenal Fernández a don Pagliarani donde le invita a dialogar para encontrar un "mínimo" para aceptar el Concilio. En la doctrina no existen "mínimos", según me parece.
Por eso creo que no incide tanto aquí la referencia a los tres grados de la Ad tuendam Fidem, que usted menciona, porque al fin de cuentas, en los tres hay doctrina, y en los tres hay infalibilidad. De hecho, en los documentos Unitatis Redintegratio, Nostra Aetate y Dignititatis humanae que los lefebvrianos y filo lefebvrianos rechazan, casi toda la doctrina no es de primer grado... y no por eso debe ser dejado de lado...
Respecto a la unidad y el pluralismo, coincido en que la Iglesia puede acoger diversas sensibilidades, pero pienso que esa diversidad debe darse dentro del único rito común, no en la coexistencia de dos ritos normativos. El Misal de Pablo VI posee una elasticidad que permite integrar estilos más clásicos —como el uso del latín o del canto gregoriano— sin necesidad de mantener vigente el Misal de 1962 como alternativa.
La analogía del automóvil es sugerente, pero en la liturgia no se trata de preferencias estéticas o nostálgicas, sino de la expresión normativa de la fe de la Iglesia, la lex orandi, que no puede convertirse en un museo de estilos donde cada uno elige según su gusto. Por mi parte, sigo convencido de que el Misal de Pablo VI sustituye al Misal de 1962 en el plano de la lex orandi ecclesiae (de hecho, recordemos que san Juan XXIII promulgó ese Misal en 1962 de modo provisoria: a la espera de los "principios más altos" de reforma que debía indicar el Concilio).
Y además me pregunto si, al admitir que el Misal de Pablo VI obliga también por motivo de fe, no nos estamos acercando a esa misma conclusión. Quizá podamos seguir profundizando juntos en cómo se armonizan la obligación de fe y el pluralismo litúrgico, de modo que la unidad del culto se mantenga firme y al mismo tiempo se valoren las diversas sensibilidades dentro del único rito común.
Ahora respondo a su segunda intervención. Punto por punto.
1. Por cuanto respecta a la sacralidad y la belleza, es verdadera su observación de que muchos fieles se sienten atraídos por el Misal de 1962 por la sacralidad y belleza que perciben en él. Pero debo señalar que esa sacralidad y belleza no son exclusivas del rito antiguo, sino que deben animar también la celebración del Misal de Pablo VI. Por lo demás, el Novus Ordo Missae posee una elasticidad que permite integrar estilos más clásicos (latín, gregoriano, silencio, ornamentos), sin necesidad de mantener dos modalidades paralelas y normativas para un mismo rito, cosa que nunca se ha dado ni debería darse. Por lo tanto, yo considero que el Novus Ordo Missa es el verdadero y único ámbito de acogida, capaz de incluir sensibilidades diversas.
2. Por cuanto respecta a la Tradición, concuerdo pos supuesto con usted en que todos los católicos auténticos deben reconocer que el Novus Ordo Missae es un grado más avanzado de expresión de la Tradición. Y precisamente por eso, el mantener vigente el Misal de 1962 como rito normativo paralelo genera confusión sobre la lex orandi y, por ende, sobre la lex credendi. Como le he dicho antes, el recto concepto de Tradición, que usted y yo seguimos, siguiendo a la Dei Verbum, no consiste en un museo de formas pasadas, sino un dinamismo que culmina (al menos para nosotros, hombres de nuestro tiempo) en el Vaticano II y en el Magisterio actual. Vuelvo a recordar lo que el cardenal Müller afirma en la entrevista que le cité: el Concilio debe ser aceptado en su totalidad, sin posibilidad de aceptación graduada.
3. Por cuanto respecta a la reacción lefebvriana y los abusos litúrgicos, hay que admitir que los abusos postconciliares fueron un factor de rechazo y escándalo. Sin embargo, esos abusos no justifican la vigencia paralela del Misal de 1962. Creo que la respuesta adecuada no es mantener dos modalidades normativas del mismo rito romano, sino celebrar el Novus Ordo Missae con la dignidad y sacralidad queridas por el Concilio. La comunión eclesial exige aceptar el rito común de la Iglesia. La coexistencia de dos formas normativas puede alimentar actitudes de separación (rechazo de la concelebración, exclusión del Novus Ordo, etc.), como ya se ha comprobado en estas últimas décadas.
Por lo tanto, si debo manifestarle mi conclusión, ella es que el Misal de san Pablo VI sustituye al Misal de 1962 en el plano de la lex orandi ecclesiae. Por tanto, el permiso de celebrar con el Misal de 1962 será siempre provisorio, por razones pastorales, que deben ceder con el tiempo a la vigencia plena y universal de la única forma del rito romano. De ahí que -y esta es un aspecto que todavía no habíamos tocado- las comunidades Ecclesia Dei, que siguen vigentes sin celebrar NUNCA con el Misal de Pablo VI no deberían permanecer in aeternum!
P. Cavalcoli: Estimado Julio, al afrontar el punto de su intervención relativo a la obligación de fe, debo precisar dos cosas.
Primero. El grado de adhesión a las nuevas doctrinas del Concilio, que están en la base del Novus Ordo, como ya le he dicho, según la Ad Tuendam Fidem, es de segundo o tercer grado.
Segundo. Le recuerdo que en este caso la Iglesia practica una sustitución inclusiva, que se da por el hecho de que el Papa permite todavía, según las condiciones que él mismo ha establecido, el Vetus Ordo. Naturalmente, el Papa no concede a ningún católico la libertad de disentir de las doctrinas del Concilio.
Si usted considera estas dos cosas, podrá ver con claridad cómo se armonizan. El católico normal, desde el punto de vista teórico, practica una adhesión de fe de segundo o tercer grado a la doctrina conciliar. Desde el punto de vista práctico, en cambio, puede valerse del principio de la sustitución inclusiva.
Yo no he hablado en absoluto de una “opción paralela” entre los misales de 1962 y 1969, porque el Papa no se expresa de ese modo. De hecho, los Papas del posconcilio han ordenado a todos la práctica del Novus Ordo, mientras que han llamado “indulto” al permiso del Vetus Ordo.
Por lo tanto, es evidente la obligatoriedad del primero y la concesión hecha al segundo. El Misal de 1962 está actualmente permitido por el Papa en virtud de la sustitución inclusiva.
En cuanto a la referencia del cardenal Fernández a los llamados “mínimos”, según lo que he entendido, el Cardenal se situó en el diálogo con don Pagliarani en un plano semejante al que hoy la Iglesia utiliza en el ámbito ecuménico con los Hermanos separados, plano en el cual la Iglesia, junto con ellos, pone de relieve los puntos en común.
En lo que respecta a los tres grados de adhesión a las doctrinas, el católico normal no tiene dificultad en aceptarlos. En cambio, esos tres grados son rechazados por los lefebvrianos, que reconocen la infalibilidad únicamente al primer grado y toman de ello pretexto para rechazar las doctrinas del Concilio, por el hecho de que en ellas no se encuentran doctrinas de primer grado.
Por eso la propuesta que Fernández había hecho de discutir sobre esos tres grados era buena, y es una pena que don Pagliarani no la haya aceptado.
En cuanto a la unidad y al pluralismo, la primera está asegurada por la obediencia de todos al Novus Ordo. El pluralismo, bajo la forma de pluralidad tolerada, está garantizado por la práctica de la sustitución inclusiva.
Comprendo la dificultad que usted encuentra en mis comparaciones con la técnica y con los museos. Pero recuerde que existe una analogía entre la naturaleza y la gracia, y por eso hay una analogía entre la vida humana y la vida sobrenatural, que se expresa en la Liturgia. De ahí que hacer comparaciones pueda ser iluminante, porque comprendemos las cosas de la gracia refiriéndonos a las de la naturaleza. Es el mismo método que Cristo utilizó en el Evangelio.
Respecto al punto 1) observo que estoy de acuerdo con su propuesta de utilizar el elemento de lo sagrado y de lo bello para aumentar la dignidad del Novus Ordo, permaneciendo vigente el actual indulto respecto al Vetus Ordo concedido actualmente por el Papa.
Ciertamente, un estímulo, incluso normativo, para alcanzar una mejor celebración del Novus Ordo y una mayor valoración de sus aspectos doctrinales y cultuales, facilitará la aceptación del Novus Ordo por parte de todos los católicos.
En el punto 2). El hecho de que el Novus Ordo refleje la Tradición mejor que el Vetus Ordo no debe hacernos olvidar el principio de la sustitución inclusiva. La referencia a los museos debe entenderse, como ya le he dicho, en el marco de la analogía entre las cosas humanas y las sobrenaturales.
En cuanto a la tesis del cardenal Müller, según la cual el Concilio debería ser aceptado en su totalidad, le recuerdo la enseñanza distinta de Benedicto XVI, quien precisamente hablando a los lefebvrianos les dijo que, para estar en plena comunión con la Iglesia, deben aceptar las nuevas doctrinas del Concilio, mientras que la pastoral puede ser discutida.
Por desgracia, el lenguaje del Concilio no se presta a hacer sencillo el claro reconocimiento de las nuevas doctrinas conciliares. Sin embargo, el Catecismo de la Iglesia Católica, junto con los Papas del posconcilio, ofrecen una amplia y autorizada interpretación de estas doctrinas.
Una síntesis de las verdades de fe, modestamente la he realizado yo en mi libro Le verità di fede, ed. Fede&Cultura, 2021.
Sería deseable que la propia Iglesia proveyera una publicación oficial, sintética y completa, de las nuevas doctrinas del Concilio.
Respecto al punto 3). Yo diría que el Papa y todos los obispos deberían ser más vigilantes y más celosos en corregir los abusos de tendencia modernista. Esta intervención providencial serviría mucho para impedir la reacción de tipo “pasatista” y para promover una liturgia sana, tal como la quiso la reforma conciliar.

JG: Estimado Padre Giovanni, respecto a su primera intervención, le agradezco mucho su respuesta y las precisiones que ha introducido sobre la obligación de fe y la noción de sustitución inclusiva.
Yo, como simple laico, informado pero no titulado en teología, me siento limitado para discutir con usted en el plano estrictamente teológico sistemático. Por eso me permito más bien plantear algunas dudas y pedirle que nos ayude a profundizar.
1. Sobre los grados de adhesión de fe. Usted recuerda que las doctrinas nuevas del Concilio obligan en segundo o tercer grado. Comprendo la distinción y reconozco que puede ser útil para la teología sistemática. Sin embargo, me pregunto si, en la práctica, esos grados no relativizan la obligatoriedad. El cardenal Müller, en la entrevista que le cité, afirma que el Concilio debe ser aceptado en su totalidad, y entiendo que se refiere sin ninguna duda a lo doctrinal, no a lo pastoral. En esto, Müller está muy de acuerdo con Benedicto XVI, aunque usted haya señalado una diferencia.
2. Sobre la sustitución inclusiva. Usted subraya que el Papa concede todavía el permiso para celebrar con el Misal de 1962 bajo ciertas condiciones, y que esto constituye una sustitución inclusiva. Yo, como laico, no tengo la competencia para juzgar esta categoría, pero me pregunto si no sería más claro hablar de una concesión pastoral transitoria, más que de una modalidad normativa paralela (y sé que usted no ha usado esta expresión, sólo señalo la impresión que se nota a nivel de simple laico).
3. Sobre la propuesta de Fernández y los “mínimos”. Usted interpreta que el cardenal Fernández quiso situarse en un plano semejante al ecumenismo. Yo, en cambio, me siento confundido: ¿cómo puede hablarse de “mínimos” doctrinales dentro de la Iglesia? En la doctrina, según entiendo, no existen mínimos, porque todos los grados de enseñanza participan de la Tradición viva. A menos que la Iglesia aclare de una vez por todas que la FSSPX debe ser tratada en un plano ecuménico, tal cual se trata a los protestantes o a los ortodoxos orientales.
Conclusión y petición: Padre Giovanni, reconozco mis límites y la posibilidad de estar equivocado en mis planteos. Por eso me atrevo a pedirle algo que sería de suma utilidad: que usted, con su competencia como teólogo dogmático, nos ofrezca una reflexión más desarrollada acerca de las doctrinas nuevas presentes en la constitución Sacrosanctum Concilium. Creo que solo así podremos fundamentar bien la obligatoriedad del Novus Ordo Missae para todos los católicos.
Respecto a su segunda intervención le agradezco mucho la claridad con que ha respondido a mis observaciones.
Le reitero que yo, como simple laico, informado pero no titulado en teología, me siento limitado para discutir con usted en el plano teológico sistemático. Por eso me permito más bien plantear algunas dudas y pedirle que nos ayude a profundizar.
1. Sobre la sacralidad y la belleza. Concuerdo con usted en que es necesario potenciar lo sagrado y lo bello en la celebración del Novus Ordo. Estoy convencido de que un estímulo normativo en esa dirección favorecería su aceptación por parte de todos los católicos. Sin embargo, me pregunto si este esfuerzo no debería orientarse a consolidar el Novus Ordo como único rito común, más que a mantener indefinidamente el indulto del Vetus Ordo. Esto me parece sumamente contraproducente, a nivel pastoral.
2. Sobre la Tradición y la enseñanza del Concilio. Usted recuerda la distinción que hizo Benedicto XVI entre aceptar las doctrinas nuevas del Concilio y discutir la pastoral. Es cierto que el lenguaje conciliar no siempre facilita la identificación inmediata de las novedades doctrinales. Pero, como señala el cardenal Müller, el Concilio debe ser aceptado en su totalidad en lo doctrinal, sin posibilidad de aceptación graduada. En esto, Müller está muy de acuerdo con Benedicto. Por eso me parece que sería de gran utilidad que usted, con su competencia como teólogo dogmático, nos ofreciera una reflexión más desarrollada acerca de cuáles son esas doctrinas nuevas en la Sacrosanctum Concilium, para fundamentar bien la obligatoriedad del Novus Ordo Missae.
3. Sobre los abusos litúrgicos. Concuerdo en que los abusos postconciliares fueron un factor de rechazo y escándalo, y que el Papa y los obispos deben ser más vigilantes en corregirlos. Pero me pregunto si la respuesta adecuada no es precisamente celebrar el Novus Ordo con la dignidad y sacralidad queridas por el Concilio, más que mantener dos modalidades normativas del mismo rito romano.
Conclusión y petición: Padre Giovanni, reconozco mis límites y la posibilidad de estar equivocado en mis planteos. Por eso me atrevo a pedirle que nos ayude a identificar y comprender mejor las doctrinas nuevas de la Sacrosanctum Concilium. Estoy convencido de que solo así podremos fundamentar sólidamente la obligatoriedad del Novus Ordo Missae para todos los católicos, y al mismo tiempo promover una celebración digna y sacra que evite abusos y favorezca la comunión eclesial.
P. Cavalcoli: Estimado Julio, en lo que respecta a los tres grados de autoridad de las doctrinas, usted puede comprender sus razones leyendo la Nota ilustrativa de la CDF en apéndice a la Carta Apostólica Ad Tuendam Fidem de 1998
Si desea un profundización de los tres grados de autoridad, le propongo estos dos estudios que he publicado en mi blog:
En lo que respecta a un profundización de las nuevas doctrinas de la Sacrosanctum Concilium, lo que yo he entendido ya se lo he dicho. Aquí sería necesario el trabajo de un buen liturgista, que hiciera la comparación entre los textos del Novus Ordo y los del Vetus Ordo.
El Concilio contiene un concepto de Misa más rico que el del preconcilio, teniendo presente que sustancialmente la Misa es siempre la misma. La exposición de esta diferencia requiere una competencia que no es la mía, dado que, como usted sabe bien, mi campo de competencia teológica es distinto.
Solamente manteniendo la doctrina precedente sobre la transustanciación, sobre el concepto del Sacrificio de Cristo, del sacerdocio y de toda la riqueza dogmática anterior al Concilio, es posible tomar conciencia del desarrollo doctrinal evitando las derivas rahnerianas.
De este modo se ponen de relieve aquellos valores mínimos a los que se ha referido el cardenal Fernández y que pueden constituir la base del diálogo con los lefebvrianos.
Tenga además presente que el Cardenal ha hablado de valores mínimos porque el diálogo con los lefebvrianos, por desgracia, no es un diálogo intraeclesial. Solo en este caso se debe pedir el máximo y no el mínimo. Pero dado que los lefebvrianos no están en plena comunión con la Iglesia, entonces el Cardenal oportunamente ha propuesto a los lefebvrianos los valores “mínimos”, por debajo de los cuales no se es siquiera cristiano o católico.
Un primer paso, para obtener la plenitud de su pertenencia a la Iglesia, es hacer comprender a los lefebvrianos que el Novus Ordo no solo no rechaza, sino que celebra todos los valores de la doctrina católica anterior al Concilio, aunque de modo diverso.
En lo que respecta a la conducta del Papa sobre la promoción de la unidad litúrgica en la Iglesia, el Papa se mueve en base a dos principios. Él, como Maestro de la fe, enseña al mundo las verdades de fe.
En el caso de los lefebvrianos y de los católicos normales que aman el Vetus Ordo, está claro que el Papa Francisco, aunque no lo diga explícitamente, deja entender su voluntad de que, por medio de una debida formación, se llegue gradualmente a la cesación de la celebración del Vetus Ordo.
En esto el Papa pone en práctica el primer principio, que se refiere a la formación doctrinal. De hecho, como he dicho, la Sacrosanctum Concilium contiene una concepción de la Misa más avanzada que la que existía en el preconcilio.
El segundo principio, también enseñado por el Concilio, es el de la libertad de conciencia, que el Papa respeta respecto de todos aquellos cristianos e incluso de aquellos católicos que eventualmente, de buena fe, no acogen algunos puntos de doctrina.
En lo que respecta a los tradicionalistas, los Papas del posconcilio han recurrido a un indulto sobre la celebración del Vetus Ordo (1962) para no turbar su conciencia. En este sentido yo he hablado de sustitución inclusiva. ¿Cuánto durará esta actitud de los Pontífices? No lo sabemos. Una cosa es cierta: que hoy por hoy existe un permiso.
Querido Julio, la actitud actual del Papa hacia los amantes del Vetus Ordo, como sabemos, prevé un permiso de celebración muy restringido, que manifiesta claramente el carácter de indulto. Creo también yo que el Papa piensa en una futura cesación de esta celebración. Se ve claramente que el actual indulto se mueve en esta dirección. Pero ¿quién podrá prever el momento en el cual el movimiento pro Vetus Ordo se extinguirá? Yo creo que un Papa misericordioso tolerará a estos fieles mientras los haya.

JG: Estimado Padre Giovanni, le agradezco profundamente sus tres mensajes, que me han resultado de gran claridad y utilidad.
Dadas mis personales limitaciones para este diálogo (aunque he cumplido el cursus humanista, filosófico y teológico escolástico completo), lejos de mi intención está replicar sus posturas, sino que más bien quiero manifestarle mi acuerdo con lo que usted ha señalado y agradecerle las referencias que me ha ofrecido.
1. Sobre los grados de autoridad de las doctrinas, he leído con atención lo que usted indica acerca de la Ad Tuendam Fidem y la Nota ilustrativa de la CDF, así como los estudios que ha publicado en su blog. Me parece muy esclarecedor y estoy de acuerdo en que esta distinción ayuda a comprender mejor la naturaleza de la obligación de fe en sus diversos grados.
2. Sobre las nuevas doctrinas de la Sacrosanctum Concilium, concuerdo con usted en que aquí sería necesario el trabajo de un buen liturgista, capaz de comparar los textos del Novus Ordo y del Vetus Ordo. Usted ha señalado con razón que el Concilio contiene un concepto de Misa más rico que el preconciliar, y que esta diferencia requiere una competencia específica. Estoy de acuerdo también en que solo manteniendo la doctrina precedente sobre la transustanciación, el sacrificio de Cristo y el sacerdocio, se puede tomar conciencia del desarrollo doctrinal evitando desviaciones.
3. En lo que respecta los valores mínimos y el diálogo con los lefebvrianos, acepto plenamente su explicación de por qué el cardenal Fernández habló de valores mínimos: porque el diálogo con los lefebvrianos, al no ser intraeclesial, requiere comenzar por lo esencial, aquello sin lo cual no se es cristiano ni católico. Me parece muy acertado que el primer paso sea mostrarles que el Novus Ordo no rechaza, sino que celebra todos los valores de la doctrina católica anterior al Concilio, aunque de modo diverso. Por otra parte, su postura, con la que concuerdo, confirma mi intuición inicial, que la cuestión lefebvriana debe ser tratada no en el ámbito de la Doctrina de la Fe, sino en el ámbito ecuménico.
4. Acerca de la conducta del Papa y la unidad litúrgica: Estoy de acuerdo con usted en que el Papa se mueve en base a dos principios: la formación doctrinal y el respeto a la libertad de conciencia. También comparto su lectura de que el indulto actual apunta hacia una futura cesación del Vetus Ordo, aunque no podamos prever el momento.
5. Por último, acerca del indulto actual, concuerdo con usted en que el permiso de celebrar con el Vetus Ordo es muy restringido y manifiesta claramente el carácter de indulto. También comparto la idea de que un Papa misericordioso tolerará a estos fieles mientras existan, pero que la dirección general apunta a la consolidación del Novus Ordo como único rito común.
Dando concluído, por mi parte, este maravilloso diálogo con usted, Padre Giovanni, me siento plenamente de acuerdo con sus observaciones y agradezco la luz que nos ofrece. Sus explicaciones me ayudan a comprender mejor la situación y a valorar la pedagogía con que la Iglesia conduce este proceso.
P. Cavalcoli: Estimado Julio, estoy muy contento de este pleno acuerdo suyo, que aumenta nuestra amistad y comunión de ideas, las cuales favorecen ulteriores discusiones. Por tanto, cada uno por su parte, continuemos en nuestra búsqueda y en nuestro testimonio de hijos de la Iglesia.

Fin de la primera parte (1/4)
   
Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 4 de abril de 2026

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