sábado, 3 de octubre de 2026

La excomunión de Lutero y los luteranos de hoy (1/2)

¿Fue justa la excomunión de Martín Lutero? ¿Fue desmedida? ¿No habría debido el papa León X alternar reproches con gestos de misericordia y reconocimiento de valores cristianos aún presentes en el reformador? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli (cuya primera parte publicamos) examina la severidad de la bula “Decet Romanum Pontificem” y la reacción violenta de Lutero, mostrando cómo la falta de moderación pudo agravar el conflicto. ¿No se perdió entonces la oportunidad de un diálogo pastoral más sereno? ¿Qué significa hoy estar excomulgado y cómo se interpreta la comunión y la ruptura en el contexto del ecumenismo actual? La reflexión invita a repensar la historia y a confrontar la dureza del pasado con el espíritu de reconciliación que hoy anima a católicos y luteranos. [En la imagen: fragmento de "Martín Lutero clava sus noventa y cinco tesis", óleo sobre lienzo, 1872, obra de Ferdinand Wilhelm Pauwels, de la colección Eisenach, Wartburg-Stiftung].

La excomunión de Lutero y los luteranos de hoy

Primera Parte (1/2)

(Traducción al español de la primera parte del artículo de Giovanni Cavalcoli publicada en su propio blog el 25 de junio de 2021. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-scomunica-di-lutero-e-i-luterani-di.html) 

La excomunión está bien, pero ¿no podría haberse hecho de otro modo?

Como es sabido, el 3 de enero de 1521 el papa León X con la bula "Decet Romanum Pontificem" ¹ excomulgó a Lutero y a sus seguidores acusándolos de obstinada desobediencia al Papa, de haber caído voluntariamente en la herejía y de distanciar deslealmente a los católicos de la recta fe.
El tono de la excomunión es severísimo; comienza subrayando el deber del Papa de denunciar y castigar a los herejes y a aquellos que crean divisiones en la Iglesia; se nota a un Papa fuertemente indignado, que repite varias veces la misma acusación de herejía; afirma haberle dado a Lutero el tiempo para arrepentirse y retractarse, pero que desafortunadamente él en lugar de arrepentirse, ha hecho peor.
En toda la historia de las condenas pontificias de un hereje, no existe, que yo sepa, un documento pontificio que con tanta severidad, tono airado y tan largamente se lance contra el réprobo. Impresiona el hecho de que el Papa no mencione en lo más mínimo ninguna parte de verdad que quedara en la doctrina de Lutero, ni siquiera parece considerarlo todavía cristiano, sino que parece considerarlo un apóstata; y el Papa no se limita a denunciar el error, sino que expresa sobre Lutero juicios morales negativos, reprochándole una grave culpabilidad, juzgándolo en estado de pecado mortal. También lo acusa de perfidia, obstinación en el mal, maldad y soberbia. Lo considera inspirado por el demonio y hasta parece preverle la pena del infierno.
El papa León X cita la precedente bula Exsurge Domine ² del mismo año, donde había condenado los errores de Lutero, aunque luego él añadió otros. El Papa recomienda a los fieles no tener contactos con Lutero y sus seguidores para no quedar infectados con el error y para no seguir su mal ejemplo. Alaba a aquellos que, después de haberse sentido atraídos por Lutero, se han arrepentido y han retornado a la verdadera fe, a la comunión eclesial y a la obediencia al Papa. Exhorta a los predicadores a anunciar la verdadera fe y a refutar los errores de Lutero. Lanza el interdicto sobre aquellas regiones y sobre aquellas ciudades que todavía apoyan o protegen a Lutero o que han abrazado los errores de Lutero. Manda quemar todos los libros de Lutero. El papa León habla de Lutero como si fuera irrecuperable y no hubiera esperanza en un futuro arrepentimiento suyo. Exhorta a los poderes eclesiásticos y civiles a tomar medidas contra Lutero y sus seguidores con adecuados castigos hasta la confiscación de bienes. Recomienda que el decreto de excomunión sea dado a conocer a todos los fieles y sobre todo allí donde estén presentes los luteranos.
En su juicio sobre Lutero, el papa León no reconoce a Lutero nada de bueno, ni siquiera el hecho de que, en definitiva, se había mantenido cristiano. No le reconoce la permanencia en él de algunos valores cristianos, en base a los cuales él puede recuperar los valores perdidos, sino que parece considerarlo un hijo perdido sin esperanza de retorno.
Es cierto que menciona el hecho de haberlo invitado a presentarse a él, pero por el tono general del discurso del Papa, esta invitación a presentarse no parece en absoluto implicar la disponibilidad a escuchar las razones de Lutero, sino que parece ante todo ser la orden de una autoridad judicial dada a un reo para escuchar los delitos que se le imputan y para enmendarse de sus propias culpas.
¿No hubiera sido más eficaz alternar los reproches y los comentarios negativos con el reconocimiento de sus aspectos buenos tanto doctrinales como morales? Con una recriminación tan dura, aunque correcta, ¿no ha dado sin embargo el papa León la impresión de estar movido por una cierta pasionalidad? ¿No da la impresión como del desfogue de alguien que ha perdido la paciencia? En lugar de un análisis sereno, ¿no parece verse el estallido de una furiosa ira?
¿Acaso no ha faltado el Papa, en definitiva, en la moderación, en la justicia, en la caridad y en la misericordia? ¿Era para sorprenderse si Lutero luego habría de reaccionar de una manera violentísima quemando la bula de excomunión? Si se reprocha así a un orgulloso, eso lo vuelve aún más orgulloso.
Ahora bien, Lutero había dado prueba de ser orgulloso. Y por tanto, un sentido pastoral ¿no requería acaso una cierta moderación, que no impedía poner a Lutero delante de sus responsabilidades? Quizás el papa León en un tono tan aterrador que no dejaba respiro pretendía atemorizar o intimidar a Lutero. Pero, lamentablemente, todavía no se había dado cuenta qué tipo de persona fuera Lutero y que tenía consigo a media Alemania.
Por lo demás, así como el Papa citaba al diablo inspirador de la herejía, ¿no habría podido citar con mayor razón, como motivo de confortación y consuelo en tanta angustia, e incentivo para la esperanza, al Espíritu Santo, del cual Lutero era muy devoto, aunque podemos preguntarnos con cuánta sinceridad?
En todo caso, ¿no habría sido conveniente en una situación tan dramática que amenazaba la unidad de la Iglesia, invocar el Principio divino de la unidad y de la santidad de la Iglesia, así como de la comunión fraterna de los cristianos entre sí y con el Romano Pontífice? ¿Cómo es que esto no se le ocurrió al Papa?
Por otra parte, junto a las acusaciones y a las amenazas y a la también justa punición, ¿no hubiera podido ser conveniente dirigir a Lutero, monje agustino y doctor en sagrada teología, una sentida súplica en nombre de Dios para que desistiera de su malsano propósito, exhortándole encarecidamente al arrepentimiento y a la conversión? Nada de todo esto, sino solo reproches y amenazas.
¿Qué hubiera hecho un san León Magno, un san Gregorio VII, una santa Catalina o un santo Domingo o un san Francisco o un san Bernardo? Parece que el papa León, en esta gravísima circunstancia, no sabe lo que es la misericordia, que un buen pastor nunca debe olvidar, ni siquiera en el cumplimiento de sus más graves deberes judiciales.
Además, una cosa notable de la excomunión, es el hecho de que el Papa la extiende a los seguidores de Lutero, presentes y futuros. Por lo cual, según la lógica de la excomunión, uno debería deducir que también los luteranos de hoy están excomulgados. Por otra parte, teniendo en cuenta el hecho de que también los luteranos de hoy se niegan a considerar al Papa como Vicario de Cristo, infalible en el enseñar la doctrina de la fe, por lo cual no aceptan los dogmas definidos por los Papas antes y después de Lutero, aún cuando es cierto que están muy lejos de manifestar por el papa Francisco aquel odio que Lutero sentía por León X, no creo precisamente que quieran estar en comunión de fe y de disciplina con nosotros los católicos, con la Iglesia y con el papa Francisco, por más que él exprese un espíritu acogedor e indulgente. Y por otra parte, si valorasen la comunión con nosotros los católicos, se harían católicos, cosa que sucede muy raramente.

De qué púlpito viene la prédica

El reclamo o la reprimenda o la amonestación o la medida disciplinaria de un Superior, es moralmente y psicológicamente estimulante, disuasoria, eficaz y persuasiva, aún cuando siga siendo legítima, solo si el Superior es estimable, creíble, y confiable. Lo cual, naturalmente, no quiere decir que nosotros aceptemos la herejía de Jan Hus de que se debe obedecer solamente a los pastores santos. Sin embargo, nadie querrá negar que el obedecer a un pastor que da pésimo ejemplo de conducta moral y de contravenir a sus deberes pastorales, es extremadamente difícil; hay que ser grandes santos y no todos están a esta altura.
Figurémonos con un sujeto como Lutero, exaltado, orgulloso, arrogante, centrado sobre sí mismo y prepotente. El papa León, con su excomunión similar a la ráfaga de una ametralladora, a un bombardeo de barrido total y con una estrepitosa secuencia de fulmíneos rayos y saetas, tanto como para arriesgarse al ridículo, después de acusar cinco veces a Lutero de herejía, no se da cuenta de haber encendido una chispa, que no habría hecho sino hacer arder aún más las violentas llamas del incendio. ¿Pero no podía imaginárselo?
El aspecto trágico del suceso luterano está dado por el hecho de que la Providencia permitió, en sus planes misteriosos, que surgiera un gigante prometeico como Lutero, que se encontró frente a un Papa como León X, absolutamente inadecuado para afrontar el desafío, de hecho más bien capaz, aunque involuntariamente, de cambiar el rumbo de la lucha a favor de Lutero, el cual, siendo joven monje, se hizo ardiente promotor de la reforma de la Iglesia, en particular del Papado, tronando contra el temporalismo político, el nepotismo y la mundanidad del Papa, contra la corrupción de la corte romana, su avidez de poder y de riquezas y en particular contra la codicia de Roma hacia la Iglesia alemana, muy descontenta por tal conducta escandalosa y reprobable.
En el fondo, Lutero no hizo en sus comienzos más que retomar los ataques de Savonarola contra Alejandro VI, ya que ya por entonces la corte romana estaba dando pésimo ejemplo de gobierno de la Iglesia. Savonarola había predicho que si el Papado no se reformaba, en breve tiempo habría sido severamente castigado por Dios. Y este castigo llegó precisamente por medio de la rebelión de Lutero, quien fue en este sentido y dentro de estos límites efectivamente instrumento de la divina justicia. Sólo con la reforma tridentina veremos un Papado que vuelve a cumplir con su deber evangélico, libre de temporalismos y mundanidades.
Lutero, por otra parte, no rechaza el concepto del Papa como Pastor universal de la Iglesia, ni tampoco rechaza que él pueda enseñar la verdad revelada. Al fin de cuentas, en efecto, él acepta los dogmas de la Trinidad, de la Encarnación y de la Redención, que fueron definidos en Concilios presididos por el Papa.
Lo que Lutero no admite es la infalibilidad doctrinal del Papa y que por tanto deba tener la última palabra en la interpretación de la Escritura. En cambio, a este respecto, Lutero, como es bien sabido, piensa que todo cristiano, en cuanto asistido por el Espíritu Santo, puede en ciertos casos interpretar la Palabra de Dios mejor que el Papa y precisamente fundándose sobre tal convicción él creía poder corregir al Papa en base a la Escritura.
En todo caso, según Lutero, no es el Papa quien debe controlar lo que piensa el pueblo de Dios, sino que es el pueblo de Dios que debe controlar lo que piensa el Papa. No es el Papa quien es infalible, sino que es el pueblo, en cuanto guiado por el Espíritu Santo. Por lo tanto, no es el pueblo quien debe escuchar al Papa, sino que es el Papa quien debe escuchar al pueblo. Si el Papa hace esto, Lutero está bien con el Papa.

Sería bueno comparar la bula de León con el actual clima de ecumenismo

El papa León define correctamente como "secta" al movimiento de Lutero, en cuanto está caracterizado por la actitud presuntuosa, absolutista y fanática de una asociación religiosa que se ha desprendido de la Iglesia o incluso surgido fuera de la Iglesia, que, sin ningún mandato divino, se considera detentadora, contra la Iglesia y por encima de la Iglesia, del conocimiento del camino que debe seguir la humanidad para obtener la salvación.
Ciertamente hoy la Iglesia ya no llama "secta" al movimiento protestante, aunque este movimiento mantenga algunos aspectos de la secta, y conserva este término para designar a ciertos movimientos minoritarios supersticiosos, catastrofistas, fundamentalistas, ocultistas, chamanistas, satánicos, ufológicos, fanatizantes y agresivos, a menudo desprovistos de equilibrio mental, de seriedad teorética, cultural y científica, pero gobernados por visiones apocalípticas, desproporcionadas, espiritistas, milagrosistas y fantásticas, que desmoronan la cohesión social y favorecen el individualismo más grave, la explotación de la credulidad popular y la ilegalidad.
Por el contrario, a diferencia del papa León, la Iglesia de hoy, siguiendo el ecumenismo, no tiene dificultad en llamar "iglesias" o "comunidades cristianas" a las comunidades protestantes, precisamente para distinguirlas de las sectas en el sentido antes mencionado, por el hecho de que mientras es posible hoy una seria colaboración entre católicos y protestantes en la edificación del cristianismo, las sectas generalmente, en su dogmatismo, están cerradas a cualquier corrección, son escasísimos sus aportes positivos y no aceptan el diálogo sino con vistas a conquistar adeptos.
El riesgo de la pastoral de hoy es, más bien, el de subestimar los elementos positivos contenidos en las sectas y olvidar que, al fin de cuentas, sus ideas son a menudo extremizaciones de doctrinas protestantes. Y además, el riesgo es el de dejarse seducir por falsas místicas, esoterismos, teosofías, gnosis y filosofías de origen luterano, como por ejemplo el idealismo hegeliano o el existencialismo de Heidegger, los cuales son la extremización irracionalista, atea, panteísta o nihilista del fideísmo luterano.
Sin embargo, como bien sabemos, hoy, detrás del estímulo del ecumenismo, tanto por parte de los católicos como por parte de los luteranos, asistimos a un recíproco pedirse perdón y perdonarse por los excesos polémicos del pasado. Ningún luterano imita hoy a Lutero en el odio que él cultivó contra el papa León hasta su muerte. Ningún católico hoy aprobaría la severidad del papa León en el juzgar a Lutero. Católicos y luteranos se comprenden mejor y mientras los católicos prestan atención a los aspectos positivos del luteranismo, los luteranos han recuperado algunos aspectos del catolicismo.
Hoy se está difundiendo el conocimiento de la bula del papa León, de la cual hasta ahora no habían hablado ni católicos ni luteranos, los primeros por un comprensible sentido de embarazo, los segundos por su total desprecio. Sin embargo, se trata de un documento pontificio necesario para comprender el por qué del terrible y escandalosísimo enfrentamiento que de allí en más se produciría entre hermanos que hacen referencia al nombre de Cristo y enfrentamiento que alcanzaría incluso a ser sangriento en las desdichadas guerras de religión de finales del siglo XVI.
El Concilio de Trento, ciertamente providencial por haber puesto en guardia contra los errores de Lutero, sin embargo está todavía bajo la sombra de la bula de León X al guardar absoluto silencio sobre los aspectos positivos de la teología luterana, que mientras tanto se estaba formando de todos modos en los países luteranos, para continuar floreciendo y produciendo enormemente hasta nuestros días. Basta pensar que hoy en Alemania existen unas cuarenta facultades teológicas reconocidas por el Estado y no ciertamente por la Iglesia Católica.
En este clima de providencial diálogo, franco y constructivo, en el cual, como se suele decir, "sacamos los esqueletos del armario", ¿no sería útil para la re-pacificación que el papa Francisco nos hablara abiertamente de esta bula, que en cambio hoy corre el riesgo de ser instrumentalizada por grupos contrarios al ecumenismo? ¿No sería bueno mostrar que no deja de ser un importante documento pontificio, que debe ser históricamente contextualizado y que, aparte de su excesiva severidad, sirvió para frenar la difusión de los errores de Lutero y que, por tanto, en tal sentido no se opone al ecumenismo, que no debe ser confundido con un ambiguo irenismo que evita poner las cartas sobre la mesa?

Qué significa hoy ser excomulgados

Es evidente, de cualquier modo, que también el papa Francisco, como el papa León, no puede sentir que los luteranos estén en plena comunión con él, más allá de toda la benevolencia que el papa Francisco tiene para con los luteranos. Sin embargo, hay que decir que desde los tiempos de León X el significado de ser excomulgado ha estado sujeto a una comprensión más evangélica y más abierta a la misericordia.
Se podría decir que hasta la publicación del decreto Unitatis redintegratio del Concilio Vaticano II, que ha dado paso a las actividades ecuménicas, ser excomulgados quería decir estar totalmente fuera de la Iglesia visible. Se concebía a la Iglesia sobre el modelo de una casa, respecto de la cual se está dentro o se está fuera. No hay términos medios, no se puede estar siempre en el umbral de entrada a la casa. Pues, ¿qué puede pasar? Que un padre pueda echar de casa a un hijo degenerado. Así, la excomunión era concebida como acto con el cual el prelado expulsa a un fiel rebelde de la Iglesia visible. En la excomunión emergía la decisión de la autoridad por encima del significado de la elección separatista del excomulgado. En cambio, en la concepción moderna de la excomunión el acento es puesto más en el hecho de que la autoridad toma nota de lo que el propio cismático ha decidido.
Pero, reflexionando mejor precisamente sobre cuanto había sucedido con los luteranos, la Iglesia se ha dado cuenta de que los seguidores de Lutero, con el transcurso del tiempo, no eran una simple pandilla de descriteriados e impíos subversivos, sino que se habían ido organizando entre ellos, siguieron profesándose cristianos, admitiendo el Símbolo de la Fe, considerándose Iglesia de Cristo, de hecho considerándose Iglesia reformada, según ellos más conforme al Evangelio que la Iglesia Romana, mientras que entre ellos, si había indudablemente elementos que se alejaban del cristianismo aún más que Lutero, existían también personajes dignos de estima y de respeto.
Ya en 1530 los luteranos se habían organizado en una Iglesia alternativa a la Católica y elaboraron, por obra de Felipe Melanchthon, un Credo, la Confesión Augustana, que según ellos reflejaba la verdadera fe cristiana y de los Apóstoles. Por lo demás, Lutero no había abandonado en absoluto los valores fundamentales del cristianismo, los dogmas de la Santísima Trinidad, la Encarnación, la Redención, la Comunidad cristiana, el ministerio en la Comunidad, la Sagrada Escritura, la doctrina de la Justificación, los Mandamientos, el Bautismo, la Cena del Señor, la oración del Padre Nuestro.
Al fin de cuentas, Lutero quería promover una reforma de la Iglesia y en los inicios de su vida religiosa también había hecho algunas buenas propuestas, tanto que el Concilio Vaticano II ha ido al encuentro de ellas. Y por eso los luteranos siguen llamándolo Reformador. ¿Por qué León no ha hecho ninguna mencion a estas cosas ni en el decreto de excomunión ni nunca? ¿Por qué no ha hecho un llamado a los Obispos alemanes? ¿Por qué no les ha dado indicaciones pastorales para la recuperación de los católicos seducidos por Lutero?
Además, la Iglesia, constatando el permanecer y el difundirse del luteranismo en el mundo, sea como rechazo de algunas verdades de la Iglesia católica, sea en el mantenimiento de valores fundamentales del cristianismo, poco a poco se dió cuenta que pertenecer a ella no debía concebirse simplemente como "o dentro o fuera", criterio que estaba en la base de la excomunión infligida por León X a Lutero, sino que existían grados de pertenencia parcial a la Iglesia.
Y a la inversa, la Iglesia se dio cuenta de que podían existir diferentes grados de alejamiento de la Iglesia, sancionados por las excomuniones de diferente nivel. En otras palabras, el dejar a la Iglesia o la rebelión contra la Iglesia o contra el Papa podía implicar diversos grados de alejamiento de la Iglesia misma, así como un sarmiento puede ser desprendido de la vid por la mitad, o por tres cuartos, por cuatro quintos o por cinco sextos hasta que se desprenda del todo.
Una cosa era la separación de Roma de los Ortodoxos Bizantinos otra cosa eran los jansenistas, otra cosa eran los anglicanos, otra cosa los luteranos, otra cosa los calvinistas, otra cosa los husitas, otra cosa eran los cátaros, otra cosa eran los arrianos, otra cosa eran los monofisitas, y así sucesivamente.
Así, el decreto Unitatis redintegratio distingue varios grados de pertenencia a la Iglesia católica. Existe, sin embargo, un nivel mínimo por debajo del cual no se da absolutamente ninguna pertenencia visible, y está siempre en ámbito monoteísta el encontrarse por debajo de la misma fe cristiana, como podrían estarlo, por ejemplo, los judíos o los musulmanes. Lo cual, por otra parte, como es sabido, no excluye que quien en buena fe ignora el Evangelio y sigue honestamente el dictamen de la recta conciencia, venga inconscientemente a pertenecer en modo invisible a la Iglesia católica y a salvarse.

Comunión y excomunión

La comunión eclesial es aquella convergencia y consenso de las inteligencias de los fieles en una misma verdad de fe, acompañados de una unión concorde de las voluntades en el compartir los mismos bienes sobrenaturales y en el perseguir las mismas finalidades salvíficas prospectadas por las verdades de fe, en la obediencia al Romano Pontífice.
La excomunión, en cambio, es la ratificación oficial y canónica por parte de la autoridad eclesiástica competente de que un fiel o un grupo de fieles han roto la comunión, con consecuente alejamiento o sustracción del cismático por parte de la autoridad de la participación visible de los bienes de la comunión eclesial, participación externa vuelta imposible por la falta de voluntad por parte del cismático para fruir de esos bienes.
No es tanto una expulsión, sino el reconocer que el fiel o el grupo ya se han puesto fuera por sí mismos, porque ellos mismos de hecho rechazan de hecho la comunión o las condiciones para su posibilidad, aun cuando de palabra lo nieguen.
Así, la excomunión es un acto público canónico de la autoridad eclesiástica competente, Papa u Obispo, con el cual la autoridad notifica a quien, a juicio de la misma autoridad, se ha hecho merecedor de tal procedimiento, que él ha roto la comunión con la Iglesia y por tanto viene a ser excluido de pertenecerle. La ruptura de la comunión con la Iglesia puede suceder o por parte de un individuo o por parte de un cierto número de seguidores.
La excomunión, en cuanto acto de la jurisdicción papal, no es siempre necesariamente justa y prudente, sino que puede ser injusta e imprudente. Un papa puede excomulgar a alguien que no lo merece y no excomulgar a quien podría y debería excomulgar.
Como se sabe, ella puede ser removida a discreción del Papa. Existen excomuniones más o menos graves según la entidad del delito cometido. Claramente excluyen de la Iglesia visible pero no necesariamente del paraíso del cielo, donde el Papa no tiene jurisdicción.
El excomulgado puede tener la convicción subjetiva, como le ha sucedido a Lutero, de no encontrarse en absoluto fuera de la Iglesia con sus ideas y su conducta, sino de hecho de pertenecer más que nunca a la verdadera Iglesia ³ y que, más bien fuera la Iglesia están los que lo han excomulgado. Y obviamente la misma convicción la tienen los seguidores del hereje o del cismático. El luterano cree seguir a Cristo y al Evangelio mejor que el católico y cree haber entendido mejor que él lo que es la Iglesia de Cristo.
Quien se ve afectado por una injusta excomunión, puede no tenerla en cuenta si esto trae una gran ventaja para las almas, pero en línea de principio es mejor adecuarse para dar ejemplo de obediencia. El excomulgado, sin embargo, siempre puede hacer el bien reservadamente.
Indudablemente Lutero dio un pésimo ejemplo de protervia y de soberbia con su flagrante desprecio por la excomunión. Pero, por otra parte, el Papa debía imaginar cuál habría sido la reacción de Lutero y de los luteranos y, en mi opinión, habría debido adoptar una forma menos severa, como la que he descripto anteriormente. En tal modo, el resultado en cambio lamentable ha sido que el Papa perdió su prestigio y Lutero sacó ventaja de ello.

Fin de la Primera Parte (1/2)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 23 de mayo de 2021

Notas

³ El padre Yves Congar, gran conocedor del luteranismo y precioso impulsor con sus sugerencias del documento conciliar sobre el ecumenismo, en una magistral obra suya sobre la cuestión de la reforma de la Iglesia (Vera e falsa riforma della Chiesa, Jaca Book, Milano 1972), señala esta convicción de Lutero y de sus seguidores en las pp. 296-297.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum excommunicatio Lutheri a Papa Leone X
fuerit cum debita moderatione et caritate pastorali exercita

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod sic fuerit.
1. Quia Papa, ut supremus fidei custos, habet officium denuntiare et punire haereticos et eos qui divisiones in Ecclesia faciunt, et ideo severitas bullae iustificatur in defensione veritatis. Arguitur quod duritia necessaria erat ad unitatem ecclesialem tuendam.
2. Praeterea, Lutherus ostendit obstinationem in errore, superbiam et inobedientiam, et ideo meruit exemplarem condemnationem quae esset fidelibus admonitio. Tenetur quod poena lenis interpretata fuisset ut infirmitas.
3. Item, bulla intendebat catholicos ab infectione erroris tueri, exhortando ne cum Luthero eiusque sectatoribus communicaretur, quod necessarium erat ad communionem ecclesialem servandam. Affirmatur quod exclusio radicalis sola via erat ad puritatem fidei conservandam.
4. Denique, duritia Papae poterat habere effectum dissuasivum, Lutherum eiusque asseclas terrendo, et sic propagationem haeresis frenando. Putatur quod severitas erat medium paedagogicum ad doctrinalem incendium continendum.

Sed contra est quod dicit Apostolus: “Si praeoccupatus fuerit homo in aliquo delicto, vos qui spirituales estis, huiusmodi instruite in spiritu lenitatis” (Gal 6,1). Et Dominus: “Non est voluntas Patris vestri qui in caelis est ut pereat unus de pusillis istis” (Mt 18,14). Et sanctus Gregorius: “Cum corrigimus, mansuetudinem misceamus, ne dum nimis severi esse volumus, perdamus quos corrigere debemus” (Homiliae in Evangelia).

Respondeo dicendum quod, quamvis excommunicatio Lutheri fuerit iusta quoad defensionem fidei, caruit moderatione et misericordia quae etiam gravissima iudicialia acta Ecclesiae comitari debent. Papa Leo X, in sua bulla, nullum in Luthero agnovit aspectum positivum nec valorem christianum qui conversionis fundamentum esse posset, sed eum tractavit ut apostatam irreparabilem, a daemone inspiratum et ad infernum destinatum. Haec severitas absoluta, sine mixtura supplicationis nec exhortationis pastoralis, impressionem dedit iracundiae potius quam iudicii sereni, et fuit contraria utilitati, quia magis accendit superbiam Lutheri eumque impulit ad violentam reactionem bullam comburendo. Bonus pastor numquam misericordiam oblivisci debet, etiam in exsecutione gravissimorum officiorum iudicialium, et efficacius fuisset alternare reprehensiones cum recognitione valorum, exhortando ad conversionem et communionem. Defectus moderationis debilitavit auctoritatem Papae et corroboravit Lutherum, qui se praebuit ut reformator contra pontificem mundanum et severum.

Ad primum ergo dicendum quod officium Papae defendendi fidem non negatur, sed hoc officium exercendum est cum caritate et prudentia. Severitas sine misericordia potest esse iusta in intentione, sed imprudens in effectu.
Ad secundum dicendum quod obstinatio Lutheri correctionem requirebat, sed nimia duritia solum eius superbiam auxit. Reprehensio sine spe conversionis non ducit ad humilitatem, sed ad indurationem.
Ad tertium dicendum quod tueri fideles ab errore est necessarium, sed etiam est praebere vias reconciliationis. Bulla nullam exhortationem pastoralem obtulit, et ideo efficaciam spiritualem amisit.
Ad quartum dicendum quod timor potest dissuadere, sed in superbo ut Lutherus solum eum reddidit magis superbum. Vera correctio pastoralis requirit discretionem circa indolem rei et exhortationem ad conversionem, non solas minas.
   
JG

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