viernes, 25 de septiembre de 2026

Las preguntas al Santo Padre sobre Amoris laetitia

La serie de artículos referentes a la temática del matrimonio y la familia que venimos publicando desde semanas atrás tiene una justificada motivación. El papa León XIV ha convocado un gran encuentro en el Vaticano del 7 al 14 de octubre de 2026, centrado en la familia y en la exhortación Amoris laetitia. Se trata de una reunión sinodal con presidentes de Conferencias Episcopales y jefes de Iglesias orientales para profundizar en la recepción de este documento del Papa Francisco. Los temas principales serán: la realidad y belleza de las familias actuales, los jóvenes y la vocación matrimonial, los primeros años de matrimonio como etapa decisiva, el acompañamiento en las dificultades de la vida, las familias cristianas como sujetos de misión. Como aporte de este blog a la reflexión preparatoria de este magno encuentro estamos publicando varios artículos del padre Giovanni Cavalcoli durante los años 2014 a 2017, referentes a los dos Sínodos sobre la Familia y a la exhortación Amoris laetitia.

Las preguntas al Santo Padre sobre Amoris laetitia y el drama
de sus "manos atadas", en una Iglesia ¿gobernada por quién?

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 17 de octubre de 2017 en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/le-domande-al-santo-padre-su-amoris-laetitia-e-il-dramma-delle-sue-mani-legate-in-una-chiesa-governata-da-chi/)

Esta breve nota se originó a partir de la siguiente carta de lector: Estimados padres de L'Isola di Patmos, los he seguido desde hace tiempo con asiduidad y provecho, porque veo en vuestras posiciones esa vía media que siempre ha caracterizado a la Iglesia Católica y que hoy parece casi desaparecida, abrumada por los dos opuestos extremos del tradicionalismo y del progresismo. Sin embargo, quisiera pedirles una opinión sobre este pasaje de Amoris laetitia n.303 […] ¿Cómo debería ser bien entendida esta parte de Amoris laetitia? Es decir, ¿en qué sentido no se cae aquí en la moral de la situación? Desde hace tiempo he estado en crisis sobre este punto, porque no alcanzo a aceptar este pasaje de manera convincente. ¡Les doy las gracias y que Jesús y María los bendigan y acompañen siempre!

La exhortación apostólica Amoris Laetitia expresa en el n. 303: "A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. Ciertamente, que hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia. Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena".
Las repetidas preguntas que muchos lectores han hecho, incluidos nuestros Hermanos Sacerdotes, son más o menos las siguientes: ¿de cuál situación se trata? Claramente se trata de la situación en la cual la pareja se une sexualmente en modo ilícito. Y por eso la situación no corresponde objetivamente a la propuesta general del Evangelio, el cual prohíbe el adulterio, siempre y en todo caso. Tanto es así que muchos, incluidos nuestros Hermanos Sacerdotes, se preguntan: ¿no existe tal vez el riesgo de caer en la "moral de la situación"?
Ahora bien, ¿la conciencia de ciertas parejas en estado de irregularidad, puede reconocer "con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora" esta situación "es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando"? ¿Puede existir un caso en el cual Dios considera una unión adulterina como "entrega o donación que Él mismo está reclamando"?
Por otra parte: una unión adulterina, ¿se puede considerar en ciertos casos una situación que "no es todavía plenamente el ideal objetivo", es decir, una situación en sí honesta -de hecho incluso un "don de Dios"-, pero solo imperfecta, "que tiene necesidad de madurar para alcanzar la situación ideal"? ¿Y cuál sería, en tal caso, esta "situación ideal"? ¿El matrimonio y la legítima unión que se consigue?
Otros entonces se preguntan: ¿Entonces, una unión adulterina, en ciertos casos, no es una unión ilícita, sino que podría ser simplemente una unión imperfecta, necesitada de madurar para alcanzar el ideal del matrimonio? Pero entonces el matrimonio, que es la cúspide de la unión entre varón y mujer, ¿puede, en ciertos casos, conllevar como estadio inferior e imperfecto, una unión adulterina o no es, más bien, la unión adulterina en todo caso siempre ilícita? La unión adulterina, por tanto ilícita, ¿no está acaso siempre prohibida por el Evangelio?
En las líneas precedentes he reportado toda una serie de preguntas que muchos se hacen y que otros tantos nos hacen cada vez con más frecuencia. Por no hablar de las situaciones frente a las cuales, no pocos de nuestros Hermanos Sacerdotes que ejercen el ministerio de confesores, se declaran cada vez más en estado de confusión, o peor, en la condición de no poder dar adecuadas respuestas.
Habiendo dicho eso, me pregunto: quizás podríamos, de hecho quizás deberíamos, expresarnos de otra manera. Por ejemplo, debería haberse dicho que la pareja, cuando se encuentran en una situación irregular por hipótesis no eliminable, moralmente muy peligrosa, donde la tentación es casi irresistible, se encuentra de por sí en una situación en la cual fácilmente, o casi inevitablemente, es inducida por el impulso erótico a cometer el pecado de adulterio. Sin embargo, la misericordia divina no está ausente incluso en estas situaciones. El pecado, aunque objetivamente involucre materia grave, puede tener atenuantes subjetivos tales que, si los dos pierden la gracia, la pueden recuperar con un sincero arrepentimiento, con obras de penitencia y pidiendo perdón a Dios que, en tal caso, restituye la gracia perdida. De hecho, como he expresado reiteradamente en numerosos artículos de explicación y aclaración sobre el tema, desde el fin del Sínodo de la Familia, es que nadie puede presumir, mucho menos establecer, que una persona, o un par de personas, estén de por sí, siempre y en todo caso, fuera de la gracia de Dios en modo permanente. Solo Dios, en efecto, puede leer y sobre todo juzgar la profunda conciencia del hombre. Elemento éste que no debe, ciertamente, llevarnos a una cómoda des-responsabilización, a renunciar a llamar al pecado por lo que el pecado es, vale decir, pecado, y mucho menos a convertir el pecado en bien. En efecto, si por gracia de Dios y con la gracia de Dios, también del pecado puede surgir el bien, esto no quiere decir que el pecado sea bien. No es esto lo que se entiende cuando, en el elogio del Cirio, en las palabras de un sermón de san Agustín se canta lo siguiente en el Pregón Pascual: "O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem" (¡Felíz culpa, que nos hizo merecer un Redentor tan grande!).
Está claro que estas consideraciones y estas normas, como en general las de la Amoris Laetitia, que se refieren a la cuestión de la práctica de los Sacramentos (cf. nota n.351), son ​​válidas solo para las parejas católicas, y no interfieren en absoluto, y de ninguna manera, en la autonomía de la Ley civil del Estado por cuanto respecta a las llamadas uniones civiles de personas no interesadas en la vida cristiana, a menudo ni siquiera pertenecientes o vinculados a la Iglesia Católica.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 17 de octubre de 2017

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