¿Es la Iglesia una improvisación caótica semejante a una jam session de jazz, como pretende Spadaro, o es más bien una obra concebida, fundada y guiada por Cristo según un plan sapientísimo? ¿Puede la verdad nacer de la mentira, la luz de las tinieblas, la gracia de la desesperación? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli denuncia la lógica hegeliana y el buenismo ingenuo que confunden la identidad de la Iglesia con un pluralismo desordenado, olvidando que ella es una y santa, edificada en la caridad y en la obediencia a Cristo. ¿No es escandaloso que se tolere dentro de la Iglesia a quienes trabajan por su demolición, bajo el pretexto de diversidad y progreso? ¿No necesitamos hoy más que nunca paz y concordia, en lugar de inquietud y confusión? El texto del docto teólogo dominico nos invita a redescubrir la verdadera identidad de la Iglesia como luz de las naciones, comunidad ordenada y santa, capaz de resistir al dragón y de anunciar con firmeza el reino de Dios. [En la imagen: fragmento de "L’église d’Auvers-sur-Oise, vue du chevet", óleo sobre lienzo, junio de 1890, obra de Vincent van Gogh, conservada en el Musée d’Orsay, París].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 25 de septiembre de 2026
La Iglesia que nace del caos
La Iglesia que nace del caos
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 19 de enero de 2023. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-chiesa-che-nasce-dal-caos.html)
¿Quién edifica la Iglesia? ¿Somos nosotros o es Cristo?
El padre Antonio Spadaro en un artículo en La Civiltà Cattolica ¹ del 17 de diciembre de 2022 y del 7 de enero de 2023 titulado Crisis y futuro de la Iglesia afirma que:
"El ritmo de la Iglesia no es el de la sinfonía, sino el que evocábamos al principio como ritmo del razonamiento que estamos desarrollando: el de la jam session de un concierto de jazz. Este género reúne tradiciones musicales dispares y se caracteriza por la improvisación y la polirritmia. Sus expresiones más características son las performances de músicos que tocan sin nada preestablecido, improvisando en redes de acordes y temas conocidos. Son situaciones 'geniales', en las que el reto consiste precisamente en dar una forma imprevista a partir de un caos de sonidos" (p.532).
De estas palabras se comprende que Spadaro no tiene una idea correcta de lo que es la Iglesia, la cual no surge del confluir casual de iniciativas contrastantes deseosas de exteriorizarse para formar un agregado conflictual e inarmónico sobre la marcha, vaya como vaya, dado que cada uno sea libre de expresarse sin preocuparse de armonizar con los otros, en la común confianza de que de este confluir casual, azaroso y desordenado surge por impulso una forma genial, no preordenada, no originariamente concebida, ideada y querida, sino espontánea y preterintencional, que sería la Iglesia.
Por el contrario, la Iglesia es una sociedad de personas fraternalmente unidas en la caridad de Cristo, aunque en la diversidad de los oficios, de las cualidades y de los méritos, ideada, querida, fundada, organizada y guiada por Cristo, por el trámite de su vicario, el Papa, supremo garante de la unidad de la Iglesia, según un plan sapientísimo, con medios idóneos para la ejecución de este plan, comunidad de los discípulos de Cristo, hijos de Dios, edificada y resultante del confluir armonioso y sinérgico de una pluralidad de oficios, dones y carismas del Espíritu Santo, jerárquicamente ordenados a fin de hacerla santa, y fuerte en el combate contra las fuerzas de Satanás, con miras a convertir el mundo a Cristo, salvándolo de los pecados con la sangre de Cristo, comenzando ya desde aquí abajo a instaurar ese reino de Dios, que tendrá su plenitud final sólo en la futura Jerusalén celestial.
Que existe una crisis hoy en la Iglesia no hay duda, y es también muy grave, porque parecería que esté en acto aquella apostasía final de la cual habla san Pablo en la Segunda Carta a los Tesalonicenses. Ahora bien, ciertamente Spadaro enumera un cierto número de males existentes hoy en la Iglesia: rigidez, pelagianismo, pasadismo, secularismo, clericalismo, especulación y negociados, tranquilo vivir, idealismo. Se nota el punto de vista de una persona desequilibrada hacia la tendencia modernista, y por lo tanto de quien ve el origen de todos los males de la Iglesia en los tradicionalistas y en los conservadores, mientras de las herejías y de la corrupción moral causadas por los modernistas ni una sola palabra. Ninguna atención a los lados buenos de los conservadores y las correctas críticas que ellos hacen a los modernistas.
Spadaro, para significar la experiencia de lo eterno, de la beatitud y de la gracia que caracteriza la pertenencia a la Iglesia, cita las palabras de un escritor sueco, un tal Stig Dagerman, quien sostiene que la experiencia de la beatitud y la visión de lo eterno supondrían la experiencia de una "ceguera" y de una "quemadura", buscadas expresamente de manera similar a cómo el niño que se ha quemado con el fuego, según él, "se siente atraído por el fuego como una polilla por la luz. Sabe que si se acerca volverá a quemarse. Y, sin embargo, se acerca". Y Dagerman confirma esta su tesis aberrante afirmando que "debemos bendecir a los volcanes, agradecerles su luz y su fuego. Debemos darles las gracias por habernos cegado, porque sólo los que han sido cegados pueden ver de verdad".
Y Spadaro, completamente desorientado por este fenómeno patológico, comenta: "en la experiencia de la quemadura hay también una fuerza purificadora de la verdad. La visión es ceguera, quemadura, no generación"; y "la experiencia de Dagerman es el grito de una desesperación que ha probado la experiencia de la gracia y de la maravilla, pero sin creer que ella sea posible como historia, como futuro abierto" (p.523).
Spadaro no se da cuenta de que en el fondo del pensamiento de Dagerman está el paradigma hegeliano de lo positivo que proviene de lo negativo, la luz de las tinieblas, lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, la felicidad de la desesperación, la calidez del amor de la quemadura del odio, la gracia de la desgracia, la salvación del pecado, como por lo demás también pensaba Lutero. La lógica hegeliana no es más que la lógica de Lutero puesta en forma filosófica.
En cambio, debemos decir que el precio que Dios quiere que paguemos para salvarnos sea la aceptación de las tinieblas para llegar a la luz, que debemos soportar la inquietud para llegar a la paz, que debemos soportar el fuego purificador para experimentar el fuego del amor, que la experiencia del pecado pueda ser la condición para poder liberarse de él, es cierto, pero que la luz venga de quien nos ciega, que la verdad venga de la mentira, que el calor del amor venga de quien nos quema, que la paz nos venga de quien nos perturba, que obtengamos la salvación pecando, estos son principios perversos y malvados, que no vienen de una mente divina, sino de una mente maldita y diabólica, y conducen a la perdición.
Una Iglesia que no fuera lumen gentium, fuente de verdad, de amor, de unidad, de gracia, de concordia y de beatitud, sino que nos oscureciera la vista, nos arrojara humo a los ojos, nos confundiera, nos pusiera en contradicción con nosotros mismos y con los demás, nos dividiera y contrapusiera entre hermanos con la excusa de la diversidad y del pluralismo, que nos creara perturbación en lugar de darnos paz, que condescendiera a nuestro deseo de astucia, que nos dejara en la duda y hasta lo juzgara necesario como hizo Descartes, una Iglesia que nos arrojara en la confusión y en el desconcierto, en vez de distinguir lo verdadero de lo falso, y el bien del mal, en vez de robustecernos y hacernos firmes y seguros en la justicia haciéndonos creer que la mentira y la hipocresía son el camino hacia la verdad y la felicidad, no es la verdadera Iglesia de Cristo, sino que es la sinagoga de Satanás.
Spadaro es víctima del más grosero buenismo que ignora completamente la temática apocalíptica de la lucha de la Mujer contra el Dragón, de los hijos de Dios contra los hijos del diablo (1 Jn 3,10) y concibe a la Iglesia no como una y santa, sino como reunión caótica de una multiplicidad cacofónica de sonidos entre sí contrastantes y discordantes, como los sonidos de los músicos de la orquesta antes de que comience el concierto y llegue el director de la orquesta.
Con el pretexto de que la Iglesia está hecha para todos y que acoge a todos, Spadaro olvida que para pertenecer a la Iglesia se necesitan precisas condiciones de buena voluntad, honestidad y lealtad, sin excluir en absoluto la situación del pecador. Pero Spadaro no se da cuenta de que hay pecado y pecado, y que si a la Iglesia puede pertenecer el que peca pero no contra la Iglesia, debería ser evidente que no puede pertenecer a la Iglesia quien peca contra la Iglesia o quien quiere construirse una Iglesia por cuenta propia, tal vez bajo el pretexto de la reforma o del progreso o de la tradición, sin tener en cuenta lo que ha querido hacer y ha instituido Jesucristo.
Como en cualquier sociedad normal, también para la Iglesia, la pertenencia a la Iglesia supone el respeto de bien precisas normas y condiciones, faltando las cuales está claro que uno está fuera de la Iglesia o contra la Iglesia. Si así no fuera, ¿qué sentido tendrían las excomuniones? Don Minutella ha sido correctamente excomulgado porque no acepta la autoridad del Papa. ¿Pero acaso el rahneriano que concibe a la Iglesia como cristianismo atemático trascendental y humanidad igualada a la vida divina, normada o regulada por el relativismo dogmático sobre la base de la gnoseología idealista, el así llamado "cristianismo anónimo", no merecería ser excomulgado?
Debería ser evidente que no puede pertenecer a la Iglesia quien tiene una concepción falsa de ella, sea cual sea esta concepción, ya sea tanto la del lefebvriano, como la del rahneriano. Lo que es escandaloso hoy en la Iglesia, lo que genera equívocos y conflictos sin fin, es la presencia activa, estimada e influyente, de sujetos que, aunque considerados católicos, de hecho trabajan por la demolición de la Iglesia y se ven desde hace décadas los resultados de una tal miserable acción en una Iglesia, que en lugar de expandirse se restringe, en lugar de aumentar en vitalidad, se está secando y deviniendo árida, en lugar de crecer en santidad, permite difundirse la corrupción moral bajo el pretexto de lo "diverso", en lugar de convertir las almas a Cristo, se convierte al mundo, en lugar de conservar el depósito, lo está dilapidando, en lugar de renovar distorsiona, en lugar de difundir la luz, propaga el error, en lugar de obrar por la paz, crea discordias, en lugar de oponerse a los poderosos de este mundo, se deja intimidar y silenciar por ellos, en lugar de defender a los débiles y a los oprimidos, colabora con los opresores.
Está claro que con esto no pretendemos en absoluto desconocer los méritos del pontificado del papa Francisco y de los anteriores Pontífices, así como de todas las fuerzas sanas de la Iglesia, muchas veces operantes en el silencio y en el ocultamiento, tal vez incomprendidas, tomadas como objeto de burla, y marginadas por el clamor de los trombones pasadistas y modernistas, y sin embargo fuerzas sanas, sobre las cuales la Iglesia puede contar y gracias a las cuales puede esperar en un futuro, que no es el futurológico de Spadaro, sino el que nos es enseñado por Cristo, por el Apocalipsis, por san Pablo y por el Concilio Vaticano II.
Es claro que con esto no se pretende en absoluto excluir la posibilidad de la pertenencia inconsciente a la Iglesia de aquellos que, viviendo honestamente según su conciencia y sin culpa propia, no saben que la pertenencia a la Iglesia es necesaria para la salvación.
Por otra parte, una grave laguna en el análisis de Spadaro es la total ausencia de un siquiera mínimo debate sobre el enorme tema de la problemática ligada con la reforma conciliar, cuando en cambio toda la crisis de la Iglesia de hoy se resume en el problema de aclarar de una buena vez y por todas qué es lo que ha querido hacer verdaderamente el Concilio, refutando las falsas interpretaciones operadas por los modernistas, falsas interpretaciones que los lefebvrianos creen verdaderas, con la consecuencia de rechazar las doctrinas del Concilio, que ellos confunden como si se tratara de doctrinas modernistas, cuando en realidad son el verdadero remedio al modernismo.
Spadaro hace entonces una extraña apología de la "inquietud" como factor de crecimiento y de progreso de la Iglesia, un discurso que huele mucho a dialéctica hegeliana y bastante poco a espíritu evangélico, que llama bienaventurados a los pacíficos. En realidad, hoy en día hay demasiada inquietud en la Iglesia, y tenemos una gran necesidad de paz y de concordia, sobre todo teniendo en cuenta que está en acto una terrible guerra entre Rusia y Ucrania. ¿Y cómo puede la Iglesia predicar y enseñar eficazmente la paz, si es una Iglesia dividida desde hace sesenta años entre rahnerianos y lefebvrianos?
Por otra parte, Spadaro, en su polémica contra los indietristas, se olvida de señalar cómo otro error de los lefebvrianos es el de tomar como modernistas las novedades doctrinales del Concilio y de no haber entendido que la Misa del novus ordo no es en absoluto filo-protestante, sino perfectamente católica y en línea con la Tradición.
La cuestión de la identidad
Spadaro se da cuenta de que su concepción confusionaria de la Iglesia suscita reacciones, pero las considera "tentaciones". Dice Spadaro: "hoy sentimos la fuerte tentación -a veces incluso en la Iglesia- de 'cerrar filas'. Existe la tentación de oponer al caos percibido la respuesta de un catolicismo intransigente e identitario" (p.528).
Observo el hecho de que hoy se ha difundido el pésimo vicio de jugar sobre el equívoco. Son frecuentísimas las afirmaciones improntadas por la ambigüedad o el doble sentido, en modo tal que, si el impostor viene descubierto, niega la acusación y tiene siempre la posibilidad de refugiarse en la afirmación contraria.
Es la lógica de decir y no decir, decir y desmentir, decir pero negar y cosas similares. Es la lógica de la doblez, de la hipocresía y del fariseísmo, desvelada y condenada por Cristo, quien llama "serpientes" a estos sujetos y "raza de víboras". Es la lógica de la contradicción y, digámoslo también, de la estafa y del fraude, lógica de la cual Hegel es el fundador y maestro insuperable. ¿Pero podría ser alguna vez la lógica del discípulo de Cristo? ¿De aquel que dijo: sea vuestro hablar sí, sí, no, no?
Es cosa necia ironizar sobre el hecho de que la Iglesia tenga y deba tener una identidad propia, un rostro propio y preciso, identificable y reconocible. Todo tiene su propia identidad, incluso Dios, que es El Que Es y no es El Que No Es. Una cosa es o no es. El resto, dice Cristo, pertenece al diablo.
La Iglesia tiene una identidad propia muy precisa, una fisonomía precisa e inconfundible, que le prohíbe desviarse a derecha o a izquierda. El doble juego es cosa odiosa y extraña a la persona honesta y sincera. ¿Entonces, cómo es posible considerar una "tentación" a la necesidad de honestidad intelectual, a la necesidad de mantener la propia identidad de católicos? ¿Spadaro no se da cuenta de que es él mismo quien cae en los lazos del diablo, de aquel a quien Cristo llama el "mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8,44)?
En cuanto al problema de la confusión, de la cual escuchamos hablar a menudo como presente en la Iglesia y difundida por pastores confusionarios, observamos que el estado mental de confusión no es necesariamente efecto de una culpa, sino que es un estado inevitable en ciertas circunstancias, eventualmente inducido por discursos confusos, un estado consecuente al pecado original, por el cual nuestro intelecto ha perdido aquella agudeza de vista por la cual sabía captar con seguridad, aunque a veces en modo solo analógico, la identidad de cada cosa, comprendido Dios mismo.
Sin embargo un cierto estado mental de confusión era natural también en el paraíso terrenal, en relación al conocimiento de Dios por el hecho de que la identidad divina trasciende la capacidad de comprensión de nuestro intelecto, por lo cual el concepto de Dios que podemos formar no puede ser preciso y unívoco, sino que es confuso, indistinto y analógico.
Se dice, con otra expresión usual, que la esencia divina para nosotros es misteriosa o incomprensible. Lo mismo dígase de la esencia de la Iglesia. Para nosotros la Iglesia es un misterio, ciertamente inteligible, un algo dotado de una identidad propia, pero tal por la cual ante ella, aunque el intelecto la capte y por tanto sepa distinguir lo que es la Iglesia y lo que no es la Iglesia, se encuentra en una cierta confusión, del todo normal e involuntaria, por lo tanto privada de culpa, como es en cambio culpable la confusión provocada astutamente para fines deshonestos.
Por lo tanto, mientras existe un confundirse involuntario, causado por la limitación de nuestro intelecto frente al misterio, se da también un confundir y un confundirse que es pecaminoso, en cuanto la mente, aunque captando la identidad de una cosa, no da a tal identidad su simple adhesión, sino que asume una posición doble, oscilatoria, entre el asentimiento y el disenso sin fijar la posición del intelecto en la verdad, sino abriéndose también a lo falso. ¿Por qué y de qué depende esta doblez? ¿Por qué esta duplicidad? Es la huella en nosotros del pecado original, por el cual, habiéndonos sometido al espíritu de la mentira, no sabemos o no queremos decidirnos con simplicidad por la verdad, sino que nos atrae la mentira.
Sin embargo, si no podemos pretender siempre para nuestra razón una decisión firme donde no es posible por la inevidencia de la realidad, no debemos tampoco resignarnos a nuestra tendencia a la duplicidad y convertirla en una ley. Este es el defecto de la dialéctica hegeliana. En cambio, Aristóteles tuvo la sabiduría de inventar una dialéctica, la cual da una reglamentación de emergencia a la oscilación de nuestra razón, para así impedirle caer por una parte en el escepticismo, pero por otra parte para asegurarle al menos una apariencia de verdad, aún cuando de hecho no logre alcanzar la certeza de la ciencia.
Así, la lógica cristiana no es la lógica de la negación que comporta la doblez del afirmar y negar simultáneamente, sino que es la lógica, por la cual ella, siguiendo el ejemplo de Cristo, ha pronunciado un sí absoluto a Dios (cf. 2 Cor 1,17-20). En la lógica cristiana lo negativo por sí no produce nada, sino que produce sólo si es utilizado por lo positivo: la muerte de Cristo es salvífica no en cuanto muerte, sino en cuanto asumida por lo Positivo absoluto que es Dios. El principio de la lógica y de la ética cristiana no es el principio diabólico de la desobediencia, sino de la obediencia. No es la disaequatio, sino la adaequatio intellectus et rei.
Ciertamente la Iglesia no es un equipo de fútbol o una figura geométrica o un dispositivo mecánico que pueden ser definidos con precisión y univocidad, sin la experiencia del misterio. Pretender captar así la identidad de este modo la identidad de la Iglesia ciertamente seria presunción, que caería bajo la justa crítica de Spadaro.
Pero esto no autoriza a Spadaro a considerar una tentación la conciencia que la Iglesia tiene de su propia identidad y, por lo tanto, la necesidad de identificar la identidad de la Iglesia. Tentación en cambio es aquella en la cual cae Spadaro, que se deja atrapar por la duplicidad de la lógica hegeliana de la síntesis de la afirmación de la negación.
¿Hacia dónde va la Iglesia?
Por cuanto respecta a la cuestión del futuro de la Iglesia, Spadaro navega en las abstracciones y no sabe decir nada mejor que el futuro de la Iglesia atrae hacia sí el presente y el pasado, que no debemos aferrarnos a un pasado muerto, que el presente proviene del pasado y que se proyecta hacia el futuro y que el futuro nos reserva sorpresas, sin mencionar en lo más mínimo un solo contenido del futuro de la Iglesia, el cual, como es sabido, es objeto de una entera disciplina teológica, que es la Escatología, que recaba su fundamento bíblico de las profecías escatológicas de los profetas veterotestamentarios, de Cristo y de san Pablo, así como del libro del Apocalipsis.
Pero aparte de este futuro escatológico trascendente, ¿qué futuro inmediato podemos esperar para la Iglesia de hoy? También aquí Spadaro no sabe ir más allá de los auspicios genéricamente optimistas del más banal progresismo, sin darnos un cuadro histórico concreto que aventure algunas hipótesis que puedan ir más allá de la buena esperanza.
Los analistas más serios de la actual situación vienen constatando desde hace décadas un proceso de decadencia y de deterioro, no obstante la llegada de un Concilio como el Vaticano II, que contenía y contiene poderosos factores de conciliación, de paz y de progreso para la Iglesia y para la sociedad de nuestro tiempo. ¿Qué es lo que no ha funcionado? No ha funcionado el mecanismo de la profecía. La famosa frase, no demasiado feliz, de san Juan XXIII contra los "profetas de desventuras" ha sido de tal manera inflada que se ha convertido en un cuco o espantapájaros, que se ha acabado por no entender ya qué es la profecía y cuál es su función.
Ciertamente aquellos profetas de desventura contra los cuales se la agarraba el Santo Pontífice han continuado existiendo, pero se los ha rechazado junto a aquellos que, en la plena aceptación del Concilio y precisamente porque habían aceptado el Concilio, advertían acerca de los daños y los castigos divinos que habrían de venir por el no aplicarlo o por el aplicarlo mal. La negativa a escuchar a estos profetas no ha hecho más que agravar aquellos males que ellos denunciaban y no ha dejado de hacer caer sobre los hombres impíos y rebeldes los castigos divinos preanunciados, a los cuales lamentablemente muchos han estado sordos, por lo cual no se han convertido. La ira divina no parece asustar a muchos, para así hacerlos retroceder de sus pecados, sino que parece que su preocupación sea la de no desagradar a los hombres y no perder su favor.
Basta que leamos a cualquier profeta bíblico y nos daremos cuenta de que, junto a anuncios gozosos, también pronuncia infaltablemente severas advertencias y amonestaciones de parte del Señor, amenazas de castigos y de desgracias en caso de falta de conversión y de obstinación en los propios pecados. Aquellos que anuncian solo cosas bellas y agradables son en cambio exactamente los aduladores y los falsos profetas. Esto ciertamente no quita que sea reprobable ese catastrofismo de los lefebvrianos que ven en el Concilio Vaticano II el origen de todos los males de la Iglesia de hoy.
Pero también las tranquilizadoras y consoladoras inquietudes utópicas propuestas por Spadaro como prenda y primicia de la plenitud final, tienen todo el sabor de una tomada de pelo y de una intolerable ligereza o frivolidad al confundir la seriedad del drama que estamos viviendo con la simpática creatividad bizarra de una jam session de jazz.
Las palabras del Cardenal Hollerich, relator general del Sínodo sobre la sinodalidad, que declara no tener idea de lo que escribirá y que confía a los participantes en el sínodo la tarea de decirle lo que deberá escribir, no parecen las palabras de un próvido y sabio pastor del rebaño, pleno de propósitos formativos y estimulantes, sino de la celosa dactilógrafa que se declara disponible para escribir lo que el contable le dictará.
El comentario de Spadaro a las palabras de Hollerich: "¡Cuánto futuro hay en estas palabras! No es indeterminación, sino expectación, tensión, escucha, conciencia del futuro. Es necesario soportar la suspensión, evitando que nuestra planificación para el futuro se convierta en un activismo pelagiano chismoso o en una operación pastoral marcada por el carisma del frenesí. ¿Esa suspensión es la forma de la Iglesia del futuro? Ciertamente que lo es, al menos escatológicamente, así. Una suspensión inquieta" (p.529).
¿Qué nos dicen estas palabras de Spadaro? Muy poco. ¿De qué sirve entonces hablar del futuro de la Iglesia? El tema es interesantísimo. ¿Cómo nos movemos si no sabemos hacia dónde está yendo la Iglesia? ¿Cómo nos preparamos si no sabemos lo que está por suceder? ¿Cómo nos mantenemos a seguro si no sabemos los riesgos que estamos corriendo? ¿Cuáles metas nos ha indicado el papa Francisco? ¿Cuál es el camino a recorrer?
¿Es posible prever para la Iglesia acontecimientos a corto plazo? ¿Hacia dónde está yendo ella? ¿Cuáles son las prospectivas inmediatas de su camino? ¿Cuál es su futuro próximo? ¿Qué le está viniendo al encuentro? ¿Qué cosa está naciendo?
Son todas preguntas que podemos y debemos hacernos, si queremos vivir bien nuestra vida de fe, si queremos cumplir la voluntad de Dios, si queremos avanzar en el camino del reino de Dios, si queremos conducir a término la obra reformadora del Concilio Vaticano II.
No es posible responder aquí a todas estas preguntas. Las dejo al Lector. Aquí me limito a decir que aquello que yo veo es el redescubrimiento de la existencia de Dios, el rencuentro de los valores humanos universales, el convergir de los pueblos y de las naciones bajo la guía de un gobierno político mundial, la valorización de la reciprocidad entre Oriente y Occidente, la reconstitución de la unidad cristiana de Europa y de la unidad fecunda del hombre y de la mujer, la conversión de los espíritus hacia la religión católica, la expansión del área geográfica de la Iglesia católica y el anuncio del Evangelio hasta los extremos confines de la tierra, un paso ulterior de la humanidad en el progreso científico, técnico, civil y moral, un paso adelante de la Iglesia en el conocimiento de la Verdad, en el crecimiento de su santidad, en la pregustación de las primicias del reino de los cielos, un paso adelante en la batalla contra Satanás y sus acólitos, el acercamiento de Israel al encuentro con Cristo.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 8 de enero de 2023
Notas
¹ Véase el artículo en edición italiana: https://www.laciviltacattolica.it/articolo/crisi-e-futuro-della-chiesa/, versión en español: https://www.laciviltacattolica.es/2022/12/16/crisis-y-futuro-de-la-iglesia/
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Ecclesia nascatur ex caoso vel ex voluntate Christi
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Ecclesia nascatur ex caoso.
1. Quia dicitur Ecclesiam esse similem sessioni iaculatoriae musicae, ubi unusquisque libere improvisat et ex diversitate oritur forma spontanea et ingeniosa. Arguitur quod pluralitas et inordinatio sunt fons creativitatis et quod Ecclesia hanc logicam accipere debet, quia diversitas esset signum vitalitatis.
2. Praeterea, affirmatur quod experientia gratiae similis est ustioni et caecitati, ita ut veritas proveniat ex mendacio et lux ex tenebris. Dicitur quod desperatio potest esse via ad salutem, quia ex negativo oritur positivum.
3. Item, ponitur quod identitas Ecclesiae non debet esse rigida nec precisa, sed aperta, multiplex et mutabilis, et quod tentatio “cohortandi” circa identitatem claram est intransigentia. Dicitur quod Ecclesia debet confusionem accipere tamquam partem sui mysterii.
4. Denique affirmatur quod futurum Ecclesiae est indeterminatum, suspensum, apertum ad miras res, et quod non debet definiri planum certum, sed se committere inquietudini et improvisationi, quia incertitudo esset signum spei.
Sed contra est quod dicit Christus: “Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam” (Mt 16,18). Apostolus Paulus commemorat quod Deus non est auctor confusionis, sed pacis (1 Cor 14,33). Concilium Vaticanum II docet Ecclesiam esse lumen gentium, a Christo fundatam et Spiritu Sancto gubernatam. Sanctus Ioannes affirmat quod qui veritatem non custodit, pertinet ad patrem mendacii (Io 8,44).
Respondeo dicendum quod Ecclesia non nascitur ex caoso, sed ex voluntate Christi, qui eam sapientissimo consilio ideavit, fundavit et ordinavit. Ipsa est communitas discipulorum, in caritate aedificata et hierarchice ordinata per Spiritum Sanctum, cum identitate propria et certa, destinata ad sanctitatem et ad pugnam contra vires Satanae. Articulus commemorat quod Ecclesia quae obscuraret visum, confundere veritatem cum mendacio et se trahere permitteret a logica hegeliana contradictionis, non esset vera Ecclesia Christi, sed synagoga Satanae. Vera misericordia non consistit in tolerantia confusionis, sed in illuminatione veritatis et in exigendis condicionibus necessariis ad Ecclesiae pertinere. Crisis hodierna non solvitur improvisationibus caoticis, sed fidelitate ad identitatem catholicam et authentica reformatione Concilii Vaticani II.
Ad primum ergo dicendum quod pluralitas donorum et charismatum non est chaos, sed harmonia ordinata a Spiritu Sancto. Improvisatio sine regula non aedificat Ecclesiam, sed eam dividit.
Ad secundum dicendum quod gratia potest purificare per probationes et passiones, sed numquam provenit ex mendacio nec ex peccato. Logica quae vult derivare positivum ex negativo est perversa et diabolica, quia salus non venit ex peccato, sed ex Christo qui peccatum vincit.
Ad tertium dicendum quod identitas Ecclesiae est clara et certa, licet mysteriosa. Non est tentatio identitatem catholicam servare, sed necessitas fidelitatis. Duplicitas et ambiguitas sunt vestigia peccati originalis, non virtutes. Ecclesia debet esse recognoscibilis et distincta, non confusa nec contradictoria.
Ad quartum dicendum quod futurum Ecclesiae non est indeterminatum nec caoticum, sed escatologicum, a Christo et prophetis revelatum. Spes christiana non fundatur in improvisationibus, sed in promissione divina Ierusalem caelestis. Inquietudo non est signum progressus, sed inordinationis; pax et concordia sunt verus iter Ecclesiae.
JG
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