lunes, 21 de septiembre de 2026

Hay quienes quieren salvarse sin mérito

En las homilías de hoy (también en sacerdotes de nuestras parroquias) suele escucharse con insistencia que la salvación es un don de Dios. Y nadie puede negar tal cosa. Sin embargo, tal predicación viene frecuentemente acompañada por la negación de nuestros méritos para alcanzar la salvación, lo cual es una herejía, y no es inusual escucharla también los domingos en nuestras parroquias. ¿Puede el hombre salvarse sin méritos, confiando solo en una gracia que no exige colaboración? ¿No se derrumba toda la estructura de la fe cristiana si se niega el valor del mérito y de las obras? ¿Qué sentido tiene la conciencia, el arrepentimiento y la obediencia a los mandamientos, si la salvación fuera incondicional y automática? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli (en diálogo con Luigino Bruni) examina la ilusión de una salvación sin mérito, mostrando cómo la doctrina luterana del "sola gratia" conduce a la negación de la justicia, del premio y del castigo, y debe ser denunciada como pecado contra el Espíritu Santo. He aquí una reflexión que interpela sobre la verdadera humildad, la dignidad de las obras humanas y la necesidad de agradecer a Dios no solo por la gracia recibida, sino también por la posibilidad de merecer la vida eterna en Cristo.

Luigino quiere salvarse sin mérito

(Traducción del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 4 de septiembre de 2020. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/luigino-vuol-salvarsi-senza-merito.html)

Luigino es agradecido con Dios, pero no le agradece por merecer

Esta vez Luigino Bruni en el artículo del Avvenire del 30 de agosto titulado "La civiltà della cicogna" (La civilización de la cigüeña), después de una introducción bien hecha sobre la gratitud a Dios, nos presenta el habitual solfeo luterano de la salvación por la sola gracia sin méritos. Evidentemente, esta herejía, ya condenada por el Concilio de Trento precisamente contra Lutero y considerada por el Catecismo de San Pío X como "pecado contra el Espíritu Santo", sigue seduciendo a ciertos católicos. Nos hacemos entonces dos preguntas: ¿por qué una herejía condenada hace cinco siglos sigue teniendo éxito? ¿Por qué el Catecismo de San Pío X es tan severo contra esta herejía?
Respondamos a la primera pregunta. No es fácil conciliar la idea de mérito con la de gracia, porque mérito quiere decir compensación por un trabajo hecho, comprar, exigir por justicia, mientras que gracia quiere decir recibir gratuitamente. Ahora bien, se objeta, una de dos: un bien o me lo procuro como compensación por mi trabajo o lo consigo porque lo compro o bien lo recibo porque me viene dado gratis. No son posibles las dos cosas contemporáneamente.
A primera vista parecería perfectamente cristiana la idea de salvarse sin mérito: el debido homenaje a la obra gratuita de la gracia, que parecería ser el único y exclusivo factor de la salvación sin ninguna colaboración por parte del hombre, porque al fin de cuentas es Dios quien salva y de otra manera parecería que el hombre quiera merecer un bien superior a sus fuerzas, que no puede ser ni pagado ni merecido. De lo contrario, ¿a dónde va a terminar su gratuidad? He aquí el problema en toda su claridad.
Algunos citan el dicho de san Pablo, el cual parecería excluir el mérito en nombre de la gracia. De hecho, hablando de la elección divina para la salvación, afirma que es "una elección por gracia. Y si lo es por gracia, no lo es por las obras; de otro modo la gracia ya no sería gracia" (Rom 11,5-6). Lo que se paga ya no es gratuito. Es evidente. Entonces, ¿cómo lo debemos entender?
Sin embargo, el secreto para comprender la relación del hombre con Dios en la dinámica de la salvación, es el saber ver la conjunción del mérito con la gracia o, si se quiere, del libre albedrío o de las obras con la gracia. La salvación, para el cristianismo, surge de un libre encuentro del hombre con el libre encontrarse de Dios con él. El hombre asciende hacia Dios y Dios desciende hacia él.
Este encuentro es representado repetidamente en las Escrituras por Moisés o Cristo subiendo a la montaña, donde Dios se manifiesta desde el cielo. Mérito humano es escalar la montaña; gracia divina es el descenso de Dios sobre el hombre, donde aparece clarísimo que para no encontrar un contraste entre el mérito y la gratuidad basta distinguir la parte de Dios y la parte del hombre.
En todo caso, aparece una dificultad cuando queremos comprender cómo concretamente estas dos voluntades actúan juntas y en qué relación se encuentran. Dios actúa sobre el hombre, pero el hombre no actúa sobre Dios. Aquí en un episodio anterior hemos visto como Luigino muestra tener una concepción mágico-cabalística de la reciprocidad Dios-hombre. En este artículo parecería querer remediar este pelagianismo prometeico, pero cae en el exceso opuesto de negar incluso el mérito.

La solución de Lutero

Sabemos la solución adoptada por Lutero. Él, con su idea de la naturaleza humana totalmente corrompida, no tiene dudas: la salvación depende solamente de la gracia. Es el famoso principio luterano "sola gratia". La voluntad humana, irremediablemente malvada, no tiene ninguna parte en la salvación. Y no es que con la gracia se haga buena, no: sigue siendo malvada. De ahí el famoso iustus et peccator.
Además, como se sabe, Lutero desaprueba las obras de penitencia, porque según él entran entre aquellas obras de las cuales el hombre puede jactarse como méritos delante de Dios, obras que el hombre pretende añadir a la obra de la gracia, como si ésta no bastara, llegando, como es bien sabido, a poner entre estas obras hasta el mismo sacrificio de la Misa.
Pero Lutero no se detuvo aquí. Su acción maléfica hiere el espíritu todavía más en profundidad y llega a considerar como "obra" el mismo remordimiento de conciencia consecuente al pecado y el arrepentimiento como dolor por haber pecado. Lutero trató estos saludables aunque dolorosos reclamos de la conciencia como simples perturbaciones psíquicas a eliminar psicológicamente con diversiones, es decir, sustituyéndolas con emociones placenteras, como haríamos cuando, para deshacernos del dolor de muelas, tomamos un analgésico.
Lutero no entendió que cuando la conciencia remuerde, o sea cuando somos interiormente castigados por nuestro pecado, el problema que se plantea no es el puro y simple de dejar pasar el dolor del remordimiento, sino que es necesario escuchar el reproche de la conciencia, renegar y odiar el pecado cometido y abrazar la justicia; el problema es por tanto el de quitar la culpa con el arrepentimiento y con la remisión del pecado. Es decir, no se trata de quitar un simple mal de pena, sino que es necesario un cambio en el movimiento de la voluntad, bajo la moción de la gracia de Dios, por la cual la voluntad de mala deviene buena.
En cambio, Lutero no se preocupa en arrepentirse de sus propios pecados sacando de esto el propósito de un sincero arrepentimiento, sino que permanece enredado en sus pecados con la convicción de salvarse lo mismo, a condición de tener fe de salvarse. Son estas las ideas de Luigino como de los buenistas de hoy, los cuales, como ya he apuntado en un artículo precedente, piensan calmar el tormentoso remordimiento de la conciencia no con la confesión, sino con los psicofármacos.
Ahora bien, la voluntad humana juega en el principio fundamental del derecho natural, según el cual el justo merece el premio, y el injusto merece el castigo. Pero si el actuar moral está determinado sólo por la voluntad divina, es decir, por la gracia, es claro que ese principio colapsa. De ahí la supresión luterana del principio del mérito y con ello del concepto de castigo y de premio.
Pero si la voluntad humana no tiene parte en la adquisición de la salvación, entonces quiere decir que la obediencia a los mandamientos, es decir, a la ley natural, ya no es obligatoria y el contenido mismo de la ley natural, que debería ser objeto de la razón práctica, estando esta corrompida por el pecado, se vuelve cosa incierta y subjetiva.
¿Qué le queda entonces a Lutero como juez del bien y del mal en las acciones? La conciencia subjetiva iluminada por la Palabra de Dios. Pero comprendemos cuán incierto y aleatorio es confiar el conocimiento de la voluntad de Dios al puro juicio subjetivo, sin que exista la obligación de someterse a una ley objetiva.
Ahora bien, el cristiano luterano ya no se siente ni premiado ni castigado por Dios, sino sólo beneficiado por la gracia y objeto de su misericordia. No tiene obligaciones hacia los mandamientos, que son inciertos y facultativos. Su único deber es el de creer estar predestinado a la salvación. Lutero mantiene la distinción entre elegidos y réprobos. Sin embargo, para los buenistas, como sabemos, todos son buenos y se salvan. ¿Pero qué pasa entonces con el pecado? El luterano siente el remordimiento del pecado, que es lo esencial de su castigo. De hecho, está convencido de pecar contínuamente. Pero no le da ningún peso al remordimiento. Lo considera simplemente una emoción desagradable que hay que eliminar.
También ésta es la praxis del buenista, con la diferencia, sin embargo, de que no se siente en absoluto en un continuo angustiado estado de culpa, sino siempre gozoso objeto de la misericordia divina que lo pone a salvo de ahora en adelante. Por tanto, si para Lutero el pecado con sus tormentos permanecía también para el perdonado, para el buenista no existe el pecado, porque no existe el castigo.

¿Por qué el Catecismo de San Pío X es aquí tan severo?

Intentemos ahora responder a la segunda pregunta. ¿Por qué tanta severidad en el Catecismo de San Pío X? Porque la negación del mérito conlleva el derrumbe de todo el edificio de la dogmática cristiana. No es que esto suceda necesariamente en todos los luteranos, porque de hecho existen muchos luteranos que viven con fervor su cristianismo. Sin embargo, si extendieran las consecuencias de la ausencia del mérito a otras verdades cristianas, se darían cuenta de que todo el sistema colapsa y, si fueran coherentes, tendrían que caer en la apostasía.
Se derrumba el concepto del mérito, en efecto, conectado con el de libre albedrío, que es su sujeto; el concepto de mérito está conectado con el de la justicia, que es su criterio de evaluación; está conectado con el del premio y del castigo, que son las dos posibilidades del mérito; está conectado con el de la gracia, que es el factor de la salvación junto con el mérito; está conectado con la ley moral, en relación con la ejecución o no ejecución de la cual surge el mérito; está en relación con la divina misericordia, porque el mérito es su efecto; está en relación con la Redención, que se actúa gracias a los méritos de Cristo; está en relación con el poder de las llaves de la Iglesia, que funda la práctica de las indulgencias sobre el uso del tesoro de los méritos de Cristo y de los Santos; está en relación con la vida ascética, que vuelve posible el aumento de los méritos; condiciona la existencia de los premios y de los castigos divinos en esta vida y en la existencia después de la muerte, es decir, del cielo y del infierno.
¿Por qué entonces el Catecismo habla de "pecado contra el Espíritu Santo"? El pecado contra el Espíritu Santo es eminentemente pecado contra la verdad y la caridad, dado que el Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad y del Amor. Contra la verdad de fe, la cual enseña, de modo particularmente claro en el Concilio de Trento, la necesidad del mérito sobrenatural para la salvación; pecado contra la caridad, porque la razón radical del merecer no es tanto, como pudiera parecer a primera vista, una exigencia o una obligación de justicia, sino más bien el deber de la caridad hacia Dios y hacia el prójimo, caridad que nos pide corresponder con el amor al Amor que nos previene, según las palabras de santa Teresa del Niño Jesús, la aparente negadora del mérito: "amor con amor se paga".
Es un infantilismo insoportable el de quien pretende ser amado sin intercambiar el amor. Aquí, en el fondo, nos reunimos con Luigino que habla de gratitud. Excepto que él olvida que una gratitud, que no se expresa y no se concretiza en la práctica del mérito hacia el amado, es una hipocresía y es una pura palabra vacía.

Pero en suma, ¿qué es el mérito?

Preguntémonos ahora qué es el mérito. En general es un estado de la voluntad humana consecuente al cumplimiento de un acto, un estado que dispone la voluntad a la recepción de un bien, llamado "compensación" o "recompensa" -el premio- o a la sujeción a una pena castigo -según un principio de justicia, en proporción a la entidad del acto cometido.
El mérito puede ser puesto o en los hombres o en Dios. En el primer caso tenemos el mérito humano o natural; en el segundo, el mérito religioso. El mérito religioso puede ser natural, si entra en la práctica de la religión natural, sobrenatural, y mérito delante de Dios en el sentido cristiano. Es de esta especie de mérito del que estamos hablando aquí.
El mérito sobrenatural puede ser digno (de condigno) o bien congruo (de congruo). En el primer caso, que es el de Cristo, el merecedor merece plenamente, perfectamente, dignamente, adecuadamente e infinitamente ante el Remunerador, que es el Padre celestial.
O bien puede ser congruo o conveniente. No se trata de un merecer en sentido estricto, adecuado y proporcionado, sino por benévola concesión o condescendencia del Remunerador, como haría un buen maestro que, recibiendo la tarea en clase de un alumno poco dotado, pero voluntarioso, lo premiara poco menos de cómo lo ha hecho con el primero de la clase. Pues bien, este es el modo con el cual podemos merecer el aumento de la gracia y el paraíso del cielo.
Cristo nos ha merecido la salvación mereciendo con su santísima pasión en modo digno y adecuado porque gracias al poder de su divinidad sus méritos son infinitos. Pero al mismo tiempo Él es el modelo de la obra que debemos cumplir también nosotros por nuestra salvación.
Cristo tiene el mérito de haber reparado con su cruz la ofensa por nosotros hecha al Padre con el pecado original y con nuestros pecados personales, satisfaciendo al Padre en nuestro lugar. Pero también nosotros, viviendo y sufriendo en Él, transformando los castigos divinos en medios de expiación y aprovechando de cada ocasión de bien, podemos participar de su acción y pasión meritorias y en tal modo en Él y gracias a Él podemos redimirnos y merecer nosotros mismos, con las obras de penitencia, el paraíso cielo, aunque no podamos merecer en modo perfecto como Él, sino sólo en modo congruo, beneficiándonos del descuento del precio a pagar, precio que Él ha pagado con su sangre, pero que para nosotros sería demasiado alto, por lo cual el Padre se contenta con lo poco que podemos dar, aunque para nosotros este poco sea el todo de nosotros mismos y pueden ser las obras más grandes y los sufrimientos más terribles.
Lutero entendió el valor de los méritos de Cristo, pero no entendió el valor de los nuestros, porque él entendió más bien que Jesús por sí solo había hecho lo suficiente para obtener el perdón del Padre y que por tanto no había nada que añadir. Pero no entendió que la colaboración que Cristo nos pide no añade nada, sino que es una participación gratuita en sus sufrimientos redentores. Y en cuanto tales sufrimientos han sido meritorios por la benevolencia del Padre, he aquí que por la misericordia del Padre, por medio de Cristo, se nos concede también a nosotros la posibilidad y se nos impone el deber de contribuir a nuestra redención y salvación.
Dios no se ofende para nada si nosotros estamos sanamente seguros de nuestros méritos tanto en campo natural como en campo sobrenatural. La satisfacción de haber hecho el bien, de haber hecho méritos, de haber podido pagar las propias deudas, de haber sido justamente recompensados, de haber hecho el propio deber, de haber cumplido un buen trabajo, en suma, de haber bien merecido tanto ante los hombres como ante Dios, es una de las mayores y más honrosas manifestaciones de nuestra dignidad humana, enteramente agradable a Dios, a condición de que reconozcamos que el bien que hemos hecho tiene en Dios su causa primera, por lo cual todo se convierte en alabanza y gloria de Dios y es un agradecimiento a Dios. Luigino quiere ser agradecido a Dios y hace bien en eso; pero se olvida de agradecerle por la posibilidad de obtener de él los méritos.
Dios quiere que merezcamos en Cristo y con Cristo en nuestra propia obra de redención. Quiere que después de haber sido humillados bajo el peso de nuestros pecados y de nuestras miserias, bajo el dominio del diablo, recuperemos en Cristo y gracias a Cristo la seguridad de ser sus criaturas capaces de merecer la vida eterna.
Por lo demás, es obvio que Dios da más allá del mérito. Y aquí Él no tiene que corresponder a ninguno de sus compromisos de justicia, a ningún derecho, a ninguna finalidad natural, a ninguna exigencia, a ninguna inclinación, a ninguna necesidad, a ninguna petición en el sujeto beneficiado.
Por eso, aquí Dios no hace referencia en el sujeto a un pacto precedentemente establecido con él o a algo que ponga un término o una medida al don, como sucede en la justicia: si por ley un reo merece diez años de prisión, sería injusto darle tres, cómo darle veinte.
Pero en el caso del hacer gracia o misericordia, Dios es libre de dar más allá del mérito a quien quiere y cuanto quiere, sin explicar a quien sea el motivo de su gesto, sino que en cambio hace entender al premiado por qué ha sido premiado y al castigado por qué ha sido castigado. En tal sentido se dice que la misericordia de Dios es de por sí infinita, mientras que la justicia es mesurada, si bien también la misericordia accidentalmente puede cesar porque el pecador se hace indigno de ella.

La humildad no debe ser excusa para no darse a las buenas obras

Lutero estaba muy preocupado por la actitud de algunos presuntuosos que reclamaban ante Dios sus propios méritos y casi exigían el premio celestial como compensación por sus obras, como lo haría un operario con quien le ha dado el trabajo. Esta era una actitud de pelagiano. Pero Lutero no se daba cuenta de que también es presunción, por no decir descaro, pretender ser objeto de la gracia divina sin cuidarse de adquirir méritos ante Dios.
Nadie, dice justamente la Escritura, deberá presentarse ante mí con las manos vacías. Al contrario, debemos entregar a Dios el fruto de nuestro trabajo, como siervos fieles que han hecho valer los talentos recibidos. El siervo que no ha hecho fructificar el talento recibido, es justamente castigado.
Sorprende el hecho de que santa Teresita del Niño Jesús, ignorando, por cuanto parece, el precepto de la Escritura, afirme tranquilamente que ella se presentará a Dios con las manos vacías y en verdad lo dice con alegría y casi con orgullo. ¿Qué cosa quiere decir? Ella quiere subrayar la parte que Dios ha tenido en su vida, recordar los dones extraordinarios recibidos, reconocer su nada y sus miserias ante Dios y la inmensidad de su misericordia. Quiere ser una profesión de humildad, aquella humildad que nos lleva a decir con la Escritura: "no a nosotros, Señor, da la gloria, sino a tu santo nombre". Es un modo enfático de expresar todo esto. Pero no es recomendable, porque es contrario al lenguaje bíblico.
La humildad es reconocer que hemos sido sacados por Dios de la nada, pero no afirmar que somos nada y que nuestras obras son nada. Esto es ingratitud hacia Dios nuestro Creador. Denigrar el efecto quiere decir denigrar la causa. Reconocer la dignidad y la grandeza del efecto, quiere dec ir reconocer la superior dignidad y grandeza de su causa divina.
Humildad es ciertamente reconocimiento de los propios límites, debilidades y pecados y experimentar vergüenza y dolor. Pero ella no puede llegar, como hizo Lutero, a considerar pecado toda acción del hombre, incluso en gracia. Humildad no es, por lo tanto, como hacía Lutero, desconfianza total de las propias obras en vista de la salvación. A Dios podemos y debemos dar algo de nosotros, es más, debemos dar todo de nosotros mismos.
Después del pecado original, todavía quedan algunas fuerzas, aunque debilitadas e ineficaces para salvarnos. Pues bien, Dios nos pide que se las dediquemos. Aquello que falta lo añade Él. Sería desvengonzados hipócritas ser llevados como pesos muertos o viajeros cómodos por Dios con la excusa de que Él tiene piedad de nosotros pecadores, desobedeciéndole arrogantemente en la cara y pensando así aprovechar de su bondad. Si creemos que sea este el modo para obtener su misericordia, estaríamos muy equivocados. En cambio, sería el modo para aumentar su ira, como es justo y haríamos también nosotros con alguien que nos tratara de esta manera. Cristo inocente ha dado toda su sangre para liberarnos del pecado y descpntar en nuestro lugar la pena que nos corresponde a nosotros, y nosotros, culpables y deudores insolventes, ¿pensaremos en salirnos con la nuestra apelando al hecho de que Dios quiere salvar a todos y que la gracia es gratuita?
Desgraciadamente Lutero concibió la humildad de la forma equivocada antes mencionada al exagerar falsamente la miseria consecuente al pecado y la debilidad y fragilidad del pecador, pero esto fue solo un pretexto para sustraerse al deber de utilizar las fuerzas sanas remanentes después del pecado para contribuir a la propia redención y colaborar con la obra de la gracia.

La salvación está condicionada por las buenas obras

Luigino comete un gravísimo error y cae víctima de una terrible ilusión al afirmar que la salvación está asegurada y es incondicional, hagamos lo que hagamos: no es verdad en absoluto, pues como dice y repite clarísimamente Cristo, ella está condicionada por la observancia de los mandamientos, si bien es cierto que para poderlos observar dignamente es necesario estar en gracia.
Aquellos que creen exaltar a Dios degradando o despreciando el normal obrar humanoa de la razón y del libre albedrío, cometen un gravísimo pecado de ingratitud a Dios, que ha dotado al hombre de razón y de libre albedrío, a fin de que colabore con la gracia en la obra de su salvación.
Estos tales no se dan cuenta de que Dios es el creador, la causa y el motor de la libertad humana, que Él crea y causa los mismos actos sobrenaturales del libre albedrío, por los cuales el hombre, obedeciendo a Dios bajo el impulso de la gracia, obra el bien y acumula méritos para el paraíso del cielo.
Rebajar la dignidad humana exagerando sus defectos o considerar vanos sus esfuerzos dirigidos a hacer el bien, aun en la condición de naturaleza caída, quiere decir ofender al Creador. Por el contrario, la verdadera humildad, como reconocía la misma Santa, es la verdad, y la verdad dice que es altísima la dignidad de la persona humana y de las obras que ella, al menos en principio, produce o es capaz de cumplir, incluso si está herida por el pecado. Y después de todo, ¿Santa Teresa acaso no ha dado prueba de haber hecho fructificar sus talentos haciéndose santa? Por eso ella no se presentó ante Dios "con las manos vacías", sino riquísimas en méritos, frutos de la misericordia divina.

Debemos estar agradecidos a Dios
que nos vuelve capaces de merecer el paraíso del cielo

La gratitud a Dios debe ser, ciertamente, ante todo gratitud por las gracias recibidas, por lo que Él nos ha dado sin ningún mérito de nuestra parte, por el amor preveniente que ha tenido por nosotros cuando aún éramos pecadores y rebeldes, por la fuerza del amor con la cual ha convertido nuestros corazones.
Pero también debemos estar agradecidos a Dios por habernos creado a su imagen, por habernos dotado de una inteligencia y una voluntad con las cuales podemos conocer la verdad y obrar el bien, escuchar y poner en práctica su Palabra, adquirir las virtudes y obrar para alcanzarlo a Él nuestro fin último y sumo bien, para corresponder con gratitud y celo a su amor por nosotros, para hacer fructificar los talentos recibidos, para convertirnos de nuestros pecados, para corregirnos de nuestros vicios, para buscarlo a Él con todas nuestras fuerzas, para dedicarnos a Él completamente, para colaborar en la obra de la gracia en la observancia de sus mandamientos, darle prueba de nuestro amor por Él, entregándole todo de nosotros mismos hasta el don supremo de la vida y finalmente agradeciéndole la posibilidad misma que nos ha dado para hacernos en Cristo merecedores ante Él.
Ciertamente, no debemos presumir de nuestros méritos, como si vinieran exclusivamente de nosotros. El orgullo del cristiano, nos dice san Pablo, es la cruz de Cristo. Ciertamente, es padecer con Cristo, pero también es actuar con Cristo, poder ejercitar las buenas obras y sobre todo la caridad.
Hoy en un clima de buenismo, con el cual se ha llegado a negar alegremente la existencia misma del pecado, parecería que somos las antípodas de un Lutero que proclama angustiado que toda acción del justo es pecado. Y sin embargo, si prestamos atención, veremos que tanto Lutero como los buenistas tienen la misma concepción de Dios, que es también la de Luigino. Un Dios que solo está para mirar lo que hacemos y basta, como en los pueblos del campo en la plaza del pueblo los ancianos sentados en el café miran a los niños jugar.
El Dios de Luigino, en efecto, como hemos visto en los episodios anteriores, no es el verdadero Dios de la razón y de la fe, sino una fantasiosa construcción suya mental, un Dios con el cual se pone "en reciprocidad", a la par de él de un modo tal que como Luigino acepta su divinidad, sin embargo Dios también debe dejarse "convertir" o "corregir", un Dios que no pide "sacrificios", no pide "perfección", alaba la "sed", acepta la "infidelidad" de un Luigino perdido, desorientado y marchito, que siente el remordimiento por la traición de su "primer pacto" de la infancia.

¿Pero, qué es la salvación?

Esta vez, sin embargo, Luigino se siente salvado y quiere agradecer a Dios. Salvado pero sin méritos. No convence. Se dice dispuesto a amar a quien no lo merece, porque según él Dios lo hace así. ¿Pero entonces, existe el mérito? Aquí, evidentemente, no se trata de alguien privado de mérito, sino de alguien que demerita, es decir, que merece un castigo. ¿Entonces, se puede merecer un castigo? ¿Luigino ama a los malvados? ¿Y cómo? No lo dice. Trataré de decirlo yo.
En verdad, decir que Dios ama a quien no lo merece no quiere decir, como cree Luigino, que Dios acaricia a quien le escupe en la cara. Esta no es la bondad verdadera. Quien toca los cables de alto voltaje queda fulminado, incluso si el alto voltaje procura muchos beneficios a la vida cotidiana. Así Dios, al castigar al malvado, no deja de querer el bien para él. ¿Pero, cuál es este bien? Precisamente el castigo, porque es bueno que el malvado sea castigado: le hace bien, porque le empuja a ser bueno. Veamos el ejemplo del hijo pródigo.
Que Dios ama también a los ingratos quiere decir, por lo tanto, que ama también a los condenados del infierno, aunque ciertamente su bien ya no podrá ser un llamado a la conversión, sino que ha sido el satisfacerlos en lo que han querido: su propia voluntad en lugar de la de Dios.
Dios, por lo tanto, ciertamente ama también a los ingratos, pero los ama castigándolos. El premio, en cambio, lo concede solo a los agradecidos. Y es justo. Por consiguiente, no es cierto, como dice Luigino, que "Dios nos salvaría aún si fuéramos ingratos". El ingrato es por definición el que no es salvado sino que es castigado por su ingratitud. El creer que el ingrato sea salvado es la típica contradicción luterana del simul iustus et peccator, culpable e inocente al mismo tiempo.
Aquello que más bien Dios puede y quiere hacer es transformar al ingrato en agradecido. Entonces sí que el hombre se salva. Pero el hecho es que no todos aceptan ser transformados de este modo. Por lo tanto, si queremos dar un sentido aceptable a las palabras de Luigino, debemos decir esto: Dios está dispuesto a salvarnos si nosotros estamos dispuestos a abandonar nuestra ingratitud y dejarnos convertir en agradecidos por la obra de su gracia. Si, en cambio, rechazamos esta propuesta y resistimos a la gracia, no somos salvados en absoluto, sino que vamos al infierno. Luigino en cambio se siente en cualquier caso salvado incondicionadamente. Pretende demasiado. Pero entonces, ¿qué entiende Luigino por salvación?
Como todos los buenistas, Luigino tiene siempre en sus labios la palabra "salvación", pero, como hemos visto en su artículo Come una farfalla effimera (Como una mariposa efímera) en Avvenire del pasado 8 de agosto, que he comentado, la salvación para Luigino no tiene nada de celestial y de trascendente, sino que no es otra cosa que el banal pagano instalarse en el mundo sin esperanza en el más allá, es el mundo del "trabajo", el mundo efímero del "un día" -la mariposa- donde no existe mérito sobrenatural, que haga ganar el paraíso del cielo, sino sólo el mérito en el más prosaico salario de fin de mes.
Conclusión repentina e inesperada del artículo: la imagen de la cigüeña, que según el cuento de cuando yo era niño era el gracioso y noble pájaro blanco que traía nuevos hermanos a la familia, colgados en una bolsa sostenida por un largo pico.
El tema de la cigüeña da título al artículo, pero no es para nada desarrollado en su transcurso. Retorna el tema de la infancia. Es evocado el deber de la gratitud hacia los ancianos. ¿Todavía la nostalgia de la inocencia? ¿Del "primer pacto"? Es posible. Pero el cuadro que Luigino ha delineado en los artículos anteriores es ahora sombrío y descorazonador. Es un "desierto". Luigino está "polvoriento" por su largo deambular. Mientras tanto, sin embargo, recordemos lo que es la salvación en el sentido cristiano.
La salvación cristiana es la liberación, por obra de Cristo, de la esclavitud del pecado y del castigo eterno, que tal esclavitud trae consigo. Esta liberación permite al hombre recuperar gradualmente hasta la plenitud definitiva y final el ejercicio del libre albedrío, debilitado, limitado y frenado por las consecuencias del pecado original y de los pecados personales individuales. Esta liberación será plena sólo en el paraíso del cielo y en la resurrección de la carne. Pero inicia ya aquí abajo con el ejercicio metódico y ascético, sostenido por la gracia, de las fuerzas del libre albedrío que quedan después del desastre del pecado. Con este ejercicio sostenido por la gracia, el hombre, dedicándose a las buenas obras, con camino penitencial, creciendo en virtudes humanas y teologales, bajo el impulso del Espíritu Santo, adquiere contínuos méritos, que hacen aumentar día a día el tesoro inmarcesible, que se va acumulando en el cielo, donde el ladrón no se mete, ni la polilla consume (Mt 6,19).

Perorata final

Estimado Doctor Tarquinio, creo que a estas alturas ya se habrá enterado de mis comentarios en mi blog que estoy haciendo a los artículos de Luigino Bruni que usted publica en Avvenire desde hace varios meses.
Me llama la atención y me interesa mucho la perseverancia meticulosa con la cual Luigino cada vez, con excepcional creatividad teológica y con ricas sugestivas imágenes poéticas, extraídas del mundo animal, en el cual evidentemente se encuentra a gusto, sin dar ningún signo en absoluto de sentirse afectado por las notas que le vengo haciendo desde hace cuatro meses, demuele uno a uno todos los valores del cristianismo bajo falsos pretextos cristianos, sin que ninguno de nuestros amados Obispos, de 250 que son, que yo sepa, parpadee un ojo o se haga oír de algún modo frente a sus tonterías, para usar un eufemismo.
Entonces, como reconocimiento de esta extraordinaria empresa de éxito, que pasará a la historia como Summa popular del modernismo buenista actual, le sugeriría, cuando Luigino haya terminado este fatigoso esfuerzo, este trabajo creativo de demolición sistemática, recopilar en un volumen todas estas interesantísimas meditaciones con el título Cómo demoler el cristianismo desde dentro sin perturbar a los obispos. Y en pequeño, abajo: "a cargo del diario de inspiración católica Avvenire".
Mientras tanto, sigo acompañando a Luigino en esta extraordinaria empresa teológico-creativa como lo haría con un perrito que saco a pasear. De vez en cuando hace su cacatina. Yo entonces me agacho y limpio el piso con papel higiénico. Aquí, sin embargo, hay una diferencia, que en el caso del perrito es el suelo el que se ensucia. Pero en el caso de Luigino son la Iglesia y las almas las que quedan contaminadas, si todavía Usted cree en la inmortalidad del alma y por lo tanto en la salvación eterna de las almas.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 2 de septiembre de 2020

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum homo possit salvari sine merito
vel salus requirat liberam cooperationem meriti humani cum gratia divina

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod homo possit salvari sine merito.
1. Quia salus est opus gratuitum gratiae, et quod gratis recipitur mereri non potest. Si meritum importat compensationem pro opere facto, videtur quod contradicat gratuitatem doni divini.
2. Praeterea, Apostolus docet electionem esse per gratiam et non per opera, alioquin gratia iam non esset gratia. Ergo opera humana inutilia videntur ad salutem.
3. Item, si natura humana est corrupta per peccatum, sicut Lutherus docuit, homo non potest bonum operari nec quidquam mereri apud Deum. Voluntas humana, mala existens, cooperari gratiae non potest.
4. Denique, humilitas requirit agnoscere propriam miseriam et nihilum coram Deo. Ergo velle mereri aliquid esset superbia et negatio gratuitatis divinae.

Sed contra est quod dicit Dominus: “Nullus apparebit coram me vacuus” (Ex 23,15). Et Concilium Tridentinum docet hominem, gratia iustificatum, libere cum ea cooperari in bonis operibus et posse mereri vitam aeternam. Item Apostolus dicit: “Unusquisque mercedem accipiet secundum suum laborem” (1 Cor 3,8).

Respondeo dicendum quod homo salvari sine merito non potest, quia salus christiana est fructus liberae cooperationis hominis cum gratia Dei. Gratia est causa prima et gratuita salutis, meritum autem est eius effectus et responsio. Deus vult ut homo active participet in opere redemptionis, offerens sua opera, passiones et virtutes in unione cum Christo. Gratia meritum non excludit, sed efficit. Meritum non est exigentia iustitiae, sed expressio amoris et gratitudinis erga Deum. Negare meritum est negare libertatem, iustitiam, legem moralem, redemptionem et dignitatem humanam. Ideo Catechismus peccatum contra Spiritum Sanctum appellat negationem meriti, quia destruit veritatem et caritatem. Humilitas vera non consistit in contemptu operum, sed in agnitione quod omne bonum a Deo procedit et quod nostra merita sunt participatio meritorum Christi. Salus non est automatica nec incondicionalis: condicionatur observantia mandatorum et cooperatione liberi arbitrii cum gratia. Deus dat ultra meritum, sed non sine merito. Homo debet se sistere Deo cum manibus plenis bonorum operum, fructu libertatis gratia motae.

Ad primum ergo dicendum quod gratuitatem gratiae meritum non excludit, sed fundat. Meritium humanum salutem non emit, sed respondet dono recepto. Gratia est gratuita, sed requirit correspondentiam.
Ad secundum dicendum quod verba Apostoli referuntur ad opera sine gratia, non ad opera in gratia facta. Opera iusti sunt fructus gratiae et ideo meritoria. Meritium non pugnat cum gratia, sed est eius fructus.
Ad tertium dicendum quod natura humana vulnerata est, non tamen deleta. Manent vires sanae quae, gratia motae, possunt cooperari ad salutem. Negare hoc esset offendere Creatorem, qui hominem ratione et libertate donavit ad cooperandum cum Ipso.
Ad quartum dicendum quod humilitas non est excusatio ad pigritiam spiritualem. Agnoscere proprium nihilum non significat negare opus Dei in nobis. Humilitas vera est agnoscere quod Deus nos fecit capaces mereri caelum et quod nostra cooperatio glorificat eius misericordiam.
   
JG

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