Un segundo artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado años atrás, nos ayuda a profundizar en el tema del que trató la entrada anterior: la necesidad de los méritos para conseguir el paraíso del cielo. No faltan los sacerdotes que, en sus homilías domingueras -hay que suponer que con la mejor intención y amor por su feligresía- insisten en la gratuidad de la gracia, pero en sus fervorines llegan incluso a negar la necesidad del mérito, vale decir, de nuestras obras. Y eso les pasa a no pocos sacerdotes que incluso muestran querer ser celosos de la Tradición y apologetas de la Fe tradicional contra las desviaciones de la actualidad, pero que, negando la necesidad del mérito, no hacen más que caer en la misma herejía del "sola gratia" de Lutero o del buenismo de los actuales modernistas. Quizás distraídos, desatentos, o a causa tal vez de una mala formación teológica, no llegan a darse cuenta que niegan la explícita enseñanza de nuestro Señor Jesucristo en varias de sus famosas parábolas. [En la imagen: fragmento de "La parábola de los talentos", óleo sobre panel, siglo XVII, obra de Willem de Poorter, conservado en la Galería Nacional de Praga].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 21 de septiembre de 2026
La salvación es gratuita y se necesitan también los méritos
La salvación es gratuita, pero se necesitan también los méritos
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 18 de enero de 2021. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-salvezza-e-gratuita-ma-occorrono.html)
¿Cómo resolver esta antinomia?
Hoy a menudo se insiste sobre la gratuidad de la salvación, pero ya no se habla de los méritos. Se dice que el paraíso del cielo no puede ser merecido, porque es un don de la gracia, que Dios da a todos. Ahora bien, está claro que el merecer no comporta un recibir, sino un adquirir; quien merece no acoge un favor, sino que exige por justicia.
Además, el merecer se opone al estado de quien recibe gracia. Este no supone ninguna obra; el mérito, en cambio, es efecto de la práctica de los divinos mandamientos, de la ley moral, del cumplimiento de las obras buenas. Por lo tanto, parece que si los méritos no son necesarios para salvarse, no es necesario que nos esforcemos en cumplir obras y en poner en práctica leyes. Algunos van más allá y dudan de la existencia misma de leyes morales universales, objetivas e inmutables.
Ahora bien, en la Sagrada Escritura existe tanto una doctrina de la gracia como una doctrina del mérito. ¿Cómo ponerlas de acuerdo? Lutero pensó que era necesario abandonar la doctrina del mérito, para mantener solo la de la gracia. Es el famoso sola gratia de Lutero. Pero el Concilio de Trento lo reprendió por esta falsa solución y reafirmó la doctrina del mérito junto con la de la gracia. La exigencia de evitar la contradicción es una exigencia fundamental e irrenunciable del pensamiento. Pero precisamente por esto, si nos parece encontrar contradicciones en la Escritura, es impensable que en ellas Dios se contradiga.
Debemos más bien decir que somos nosotros los que no entendemos y debemos por tanto resolver la aparente contradicción. Suprimir, como hizo Lutero, el mérito para salvar la gracia, es una pésima solución, que falsifica la misma gracia, porque en la Escritura los términos que parecen excluirse recíprocamente, en realidad no pueden prescindir uno del otro.
Sobre este punto cardinal del cristianismo, parece en particular que haya un contraste entre la enseñanza de Jesucristo y la de San Pablo. Cristo advierte al joven rico que si quiere entrar en la vida, debe observar los mandamientos. Pablo en cambio nos asegura que la salvación no depende de las obras y de la obediencia a la ley, sino de la sola gracia y del creer que Cristo nos ha salvado.
Así, de modo semejante, Jesús nos advierte que para ser admitidos al banquete de bodas, es necesario que tengamos el vestido nupcial. En cambio San Pablo dice: «nosotros consideramos que el hombre es justificado por la fe independientemente de las obras» (Rm 1,28). Pablo afirma ser «esclavo del pecado», hasta llegar a decir: «hago no lo que yo quiero, sino lo que detesto» (Rm 7,15). Al mismo tiempo parece disculparse: «ya no soy yo quien hace el mal, sino el pecado que habita en mí» (v.20).
Por lo tanto, se concluye que si hacer el bien es imposible, y por otra parte Cristo nos ofrece la salvación, querrá decir que para salvarse no son necesarias las obras, sino que basta la gracia. Y de hecho, Pablo, al término de estas consideraciones, planteándose el problema de la salvación, dado que se considera esclavo del pecado e incapaz de hacer el bien, ni siquiera examina la posibilidad de conquistar la libertad con la buena voluntad y con las obras.
No se trata en efecto de salvarse, sino solo de ser salvado a semejanza de un prisionero que no es capaz de liberarse por sí mismo, por lo cual alcanza la libertad solo si es liberado por alguien. Por esto Pablo se pregunta: «¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» (v.24), y responde: «la gracia de Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo» (v.25). Por lo tanto parece decir que para salvarse no son necesarias las obras buenas, cosa imposible, sino que es suficiente la gracia.
Ahora bien, para resolver esta antinomia, está claro que debemos interpretar la doctrina de Pablo a la luz de la enseñanza de Cristo, que de varios modos y en repetidas ocasiones nos aclara que si obedecemos y ponemos en práctica los mandamientos, nos salvamos, de lo contrario nos perdemos.
Ahora no cabe duda de que la salvación es don gratuito de la gracia. Pero ¿cómo se debe entender este dogma fundamental del cristianismo? Se debe entender de modo que se salve el libre albedrío, la necesidad de las obras buenas y por tanto el mérito, verdades de fe enseñadas por el Concilio de Trento, además de por la misma Sagrada Escritura.
La obra de Cristo no ha sido solo la de salvarnos del pecado,
sino también la de donarnos la gloria de ser hijos de Dios
¿Qué es en efecto la salvación? ¿Salvación de qué cosa? Salvación de la pena o muerte eterna, merecida por todos los hombres, excepto por Jesús y María, del pecado original. Y cómo el hombre, después del pecado original, caído en una miseria espantosa, incapaz por sí mismo de levantarse y de restablecer la comunión con Dios, aplastado por la ira divina, habría podido, con las solas míseras fuerzas que le quedaban, esclavo de Satanás, reparar el mal hecho, reconstruir lo que había destruido, recuperar lo que había perdido, reconciliarse con Dios, ser liberado del castigo, si Dios mismo, compadeciéndose de su mísera e irreparable condición, no le hubiera salido al encuentro levantándolo de su miseria, dándole nuevas fuerzas, ofreciendo gracia, misericordia y perdón y consintiéndole reparar el pecado en Cristo?
No solo, sino que el Padre, en su infinita bondad, no se ha contentado con sanar con la gracia la naturaleza humana herida por el pecado, sino que ha querido en Cristo elevarla al estado sobrenatural de hijo de Dios, heredero de la vida eterna y destinado a la visión beatífica en el cielo de la Santísima Trinidad.
Por esto, si queremos expresar en plenitud lo que ha sido la obra de Cristo, no basta citar la salvación del pecado, sino que es necesario añadir la glorificación celestial del hombre, efecto de la gracia elevante. Ahora bien, todo esto es don gratuito de la gracia, sí, pero ¿en qué sentido?
Que sea la gracia misma, por iniciativa divina, la que nos mueva al arrepentimiento, a la penitencia, a la conversión, al cumplimiento de las buenas obras y a la santidad, Cristo nos lo hace entender claramente, cuando nos muestra cómo es Él quien llama al mundo a la esperanza de ser salvado, cómo es Él quien toma la iniciativa de la fundación de la Iglesia, Comunidad de la salvación, cómo es Él quien exhorta a la conversión diciendo que el reino de Dios está ya cercano, o cuando habla de la misión de los apóstoles y de los discípulos en el mundo o incita a los discípulos al testimonio.
¿Quién es en efecto el que mueve su acción, si no la gracia del Espíritu Santo? ¿Quién es el Mediador de la gracia del Padre si no Cristo? ¿Quién es el que justifica si no Cristo? (cf I Cor 1,2; 6,11; Heb 2,11; 10,10). ¿Cómo llegarán los hombres a la «verdad toda entera» (Jn 16,13), si no porque guiados y movidos por el Espíritu Santo?
Pero permanece siempre al mismo tiempo el hecho de que si nosotros, una vez en gracia, no nos esforzamos en hacer el bien y en corregirnos de nuestros vicios, si no negociamos industriosamente los talentos recibidos, si no trabajamos asiduamente en la viña del Señor, si no nos procuramos ganancias en el cielo, es decir, si no nos hacemos cuantos más méritos posibles, si como perezosos y comodinos nos presentaremos al dador de trabajo con las manos vacías, ¿qué le diremos? ¿Y Él qué hará?
Si hay alguien que insiste en el hecho de que la salvación es don de la gracia y de la misericordia del Padre, este es precisamente Jesucristo; pero con igual claridad Él nos hace saber que el salvarnos o no salvarnos depende de nosotros, de nuestras obras buenas o malas, porque de parte de Dios no hay otra cosa que gracia y misericordia para todos; por lo cual, si uno se condena, es solo culpa suya, es solo porque ha elegido el mal, y no debe sacar la excusa de que es esclavo del pecado, porque, si hubiera puesto la buena voluntad, con el socorro de la gracia, podía liberarse y lo habría logrado.
¿Cómo es posible que la salvación sea al mismo tiempo gratuita y merecida?
De todos modos el problema existe: ¿cómo es posible que la salvación sea gratuita, si es merecida? Porque es pecado de presunción y falsa confianza en Dios el pretender salvarse sin méritos. Por otra parte, ¿por qué motivo negar, como hacen algunos, tener méritos o poderlos tener, si esto es desmentido por la existencia de nuestro libre albedrío y por la conciencia que tenemos de ser dueños de nuestras acciones? ¿No es esta una falsa humildad, una indolencia y una hipocresía? Porque, si queremos una cosa de esta tierra sabemos cómo procurárnosla, y si en cambio pensamos en la salvación esperamos que nos sea regalada desde el cielo.
De todos modos la pregunta permanece: ¿puedo yo recibir una cosa gratuitamente y al mismo tiempo comprarla o pagarla o merecerla? Si Cristo compara la vida eterna a una perla preciosa que un mercader adquiere vendiendo todos sus bienes, ¿cómo puede luego esta vida eterna ser un don gratuito? (Mt 13,45).
Si el reino de los cielos es un tesoro que se trata de acumular desde ahora con las obras buenas, ¿podría luego este tesoro ser regalado? (Mt 6,19). Si el reino de Dios lo conquistan los luchadores (cf Mt 11,12), ¿cómo podríamos luego acceder a él gratuitamente y sin esfuerzo? ¿Se trata de escalar arriesgadamente una montaña o de hacer un alegre paseo en el valle? ¿Cuesta sacrificio o es como recibir un regalo de Papá Noel?
Si en el cielo nos espera un «premio» (Lc 6,35), ¿la felicidad del cielo puede al mismo tiempo sernos donada gratis? Si el castigo es infligido a quien no cumple una cierta obra para ganar un cierto premio, pero la vida eterna es simplemente don de la gracia, ¿por qué motivo Dios debería castigar a quienes no trabajan y no se sacrifican para obtener la vida eterna?
En efecto, pensando en cómo van las cosas de la vida presente, nos viene espontáneo hacer consideraciones como las presentes: si un obrero hace un buen trabajo, el salario que le da el patrón no es una gracia o un favor, sino que es preciso deber del patrón dárselo y es preciso derecho del trabajador recibirlo.
Todavía. En esta vida hay espectáculos para ver los cuales la entrada es gratuita, mientras que para otros es necesario pagar el billete. O la una o la otra cosa: no pueden valer ambas cosas simultáneamente «per la contradizion che no’l consente», diría Dante.
Para resolver la antinomia se podría decir que en el caso del reino de los cielos la entrada permanece gratuita, porque Dios mismo nos provee el dinero de Cristo para pagar la entrada. Y esta es la solución propuesta por la Iglesia en el Concilio de Trento: el mismo merecer sobrenatural es don de la gracia. Por lo tanto es verdad que «todo es gracia»; pero porque la gracia crea los méritos.
Sin embargo algunos insatisfechos insisten diciendo que la salvación, siendo gratuita, es «incondicionada». En efecto, así muchos hoy razonan: si fuera condicionada por el cumplimiento de las obras y por tanto por nuestros méritos, ¿dónde terminaría la gracia? Una gracia condicionada no sería gratuita: y entonces, ¿qué gracia sería?
El incrédulo o el marxista o el masón, por su parte, está convencido de que para alcanzar la felicidad son suficientes sus méritos sin necesidad de la gracia. Esta es la preocupación de San Pablo, el cual en muchos otros pasajes de su pensamiento no niega en absoluto, en perfecta línea con Cristo, que para alcanzar el reino de los cielos son absolutamente necesarias las obras buenas y la observancia fiel de los mandamientos.
¿Pero qué es la gracia?
La gracia, para la Escritura, es un don o favor sobrenatural de la bondad divina, que no surge en Dios por razones de su justicia retributiva, sino porque Dios se compadece o tiene piedad del hombre frágil pecador, aunque rebelde a Él, porque quiere convertirlo, o bien porque quiere dar desahogo a su infinita bondad, dando, más allá del mérito, a uno un tanto de gracia y a otro un tanto superior, como a Él le place.
El concepto bíblico de la gracia, como todos los conceptos de la revelación bíblica, hacen referencia a nuestras cosas humanas, pero estas son utilizadas por la Palabra de Dios como analogados inferiores, comparaciones, imágenes o símbolos del concepto o misterio revelado correspondiente, que la Biblia nos quiere enseñar como objeto de fe. Así la idea bíblica de la gracia divina parte de cómo entendemos nosotros la gracia en nuestras relaciones humanas: la gracia o el favor de un soberano o de un benefactor o de un padre o de una madre o de un amigo.
Solo que el concepto bíblico de la gracia divina añade algo que no está ni puede estar en el acto humano de hacer gracia. Comporta, es decir, el hecho de que Dios no dona, como sucede en las cosas humanas, algo extrínseco a Él –un beneficio, una propiedad, una renta vitalicia, una condecoración, un premio, una suma de dinero, un trofeo, etc.– sino que comunica al hombre algo de Sí mismo, dona al hombre un don finito en su modo finito de existir en el alma del hombre, pero de esencia infinita, porque es la misma esencia divina.
No se trata, como cree Rahner, de una auto-comunicación de la esencia divina al hombre, porque la gracia es un don creado, anulable por el pecado. Dios no puede comunicar su propia esencia a la criatura, porque la esencia divina, en su simplicidad y singularidad, es incomunicable. Ella puede comunicar de sí misma como Padre solo al Hijo, porque idéntica es la esencia divina del Padre y del Hijo.
Como es sabido, San Pedro habla de la gracia como «consorcio» (koinonós, II Pe 1,4) en la naturaleza divina. La Vulgata traduce con «consortes». Pero koinonós puede querer decir también «partícipe». Y esta traducción, avalada por Santo Tomás, ha terminado por prevalecer en el lenguaje de la teología y de la Iglesia ¹.
Así en efecto habla Santo Tomás, distinguiendo una felicidad natural de la bienaventuranza sobrenatural procurada por la gracia: «Existe una doble felicidad o bienaventuranza del hombre: una, proporcionada a la naturaleza humana, a la cual el hombre puede llegar en virtud de los principios de su naturaleza. La otra, en cambio, es la bienaventuranza que excede la naturaleza humana, a la cual el hombre puede llegar solo por virtud divina, según una cierta participación de la divinidad, como está dicho en II Pe 1,4, que por medio de Cristo somos hechos partícipes de la naturaleza divina» ².
Es necesario sin embargo tener cuidado en entender bien este «participar», que los Padres han puesto en relación con la méthexis platónica, que significa un «tener-con». Participatio en cambio es un partem-capio, tomo-en-parte, una parte de un todo. Entonces está claro que este «tomar-en-parte» debe entenderse solo en sentido analógico, dado que, siendo la esencia divina simplicísima e indivisible, no se puede tomar una parte: o toda o nada. Por esto es necesario decir francamente que la gracia es de esencia divina, sin temer el panteísmo, con tal de que se tenga la advertencia de Santo Tomás de distinguir en la gracia su esencia de su modo de existir en el alma. Dice en efecto el Aquinate:
«Puesto que la gracia está por encima de la naturaleza humana, no puede ser que ella sea una sustancia o forma sustancial, sino que es una forma accidental del mismo alma. Aquello en efecto que existe sustancialmente en Dios, se convierte en accidental en el alma que participa de la bondad divina. … Según, por tanto, el hecho de que el alma participa imperfectamente de la bondad divina, la misma participación de la bondad divina que es la gracia, tiene en el alma un modo imperfecto de existir respecto a cómo el alma subsiste en sí misma; la gracia es sin embargo más noble que la naturaleza del alma en cuanto es una expresión o una participación de la bondad divina; pero no por el modo de ser» ³.
En suma, la gracia es la esencia divina que existe accidentalmente en el alma. Por lo cual aquí, aunque el existir sustancial valga más que el existir accidental, se da que la gracia vale más que el alma no desde el punto de vista del existir, sino de la esencia, en cuanto la esencia del alma está infinitamente por debajo de la esencia divina. He aquí explicado el dicho de San Pablo: «tenemos este tesoro en vasos de barro» (II Cor 4,7).
De tal modo, ¿qué sucede en el hombre en gracia? Que supera su propio ser natural para participar de la misma vida divina de aquel Dios que le dona la gracia. Naturalmente no es que el hombre devenga Dios o igual a Dios, cosa imposible. Y sin embargo en su alma viene a existir accidentalmente y por tanto finitamente una cualidad, precisamente la gracia, de esencia divina.
Por lo tanto se puede decir bajo el aspecto de la esencia que la gracia es Dios en un existir accidental, es decir, no según su ser sustancial y subsistente. Pero bajo el aspecto del existir se debe decir que la gracia no es Dios, sino un don creado de Dios, porque toca lo accidental y no lo sustancial. Y lo accidental no puede ser Dios.
La gracia en la vida presente está asimismo destinada por Dios a aumentar continuamente a causa de las buenas obras, hasta que, si el hombre es perseverante, la gracia en el momento de la muerte alcanza el culmen, que con la muerte permanece para siempre como tal, como condición gloriosa del premio eterno.
La gracia, por lo tanto, en el plan divino, lejos de actuar sola como efecto del obrar divino, actúa de concierto con la acción humana del libre albedrío por ella movido al acto de las virtudes. Si en cambio el hombre en gracia peca, como se sabe, pierde la gracia, que bajo el perfil de su existir en el alma, es destruida. En cambio su esencia divina se retrae en Dios, que la ha dado. Para poderla recuperar, es necesario que el pecador la pida nuevamente, bajo el impulso de la misma gracia, que Dios no cesa de enviar a cada pecador, salvo que no sea él mismo quien la rechace.
¿Y qué es el mérito?
El concepto de mérito es un concepto intuitivo y comunísimo, que aprendemos y usamos con facilidad desde niños. Todos saben instintivamente qué quiere decir merecer, aunque no sea fácil dar una definición del concepto. ¿Cuál es aquel muchacho que no tiene ocasión de decir, por ejemplo: «Francisco se ha merecido un siete en conducta a causa de su desobediencia a la maestra», o bien: «Juan se ha merecido el premio en la competencia deportiva por su excepcional destreza»? O bien sucede escuchar el comentario de la gente sobre la encarcelación de un asesino: «¡Se lo ha merecido! ¡Con todos los delitos que ha cometido!». O bien: «Ha sido nombrado Caballero del Trabajo por los méritos que se ha adquirido con su benéfica actividad empresarial».
¿Por qué entonces, como sostienen los buenistas, con el pretexto de la gratuidad de la salvación y de la divina misericordia ofrecida a todos, Dios debería mandar a todos al paraíso? ¿Los asesinos y sus víctimas, los arrepentidos y los impenitentes, los oprimidos y los opresores, los soberbios y los humildes, los violentos y los mansos, las vírgenes y las prostitutas, los mártires y sus verdugos, los ortodoxos y los herejes, los piadosos y los blasfemos? Tanto vale entonces hacer lo que nos plazca, actuar sin ley y sin reglas y hacer todo lo que se nos ocurra.
La pérdida o el desprecio de la noción del mérito, difundida por buenistas y luteranos, precisamente en el campo de la dinámica de la salvación, que es el más precioso, bajo pretexto de humillar la vanagloria humana y la meritocracia, es una desgracia gravísima para el equilibrio de la conciencia moral, la práctica de la justicia y la verdadera comprensión de la misericordia y de la igualdad humana.
Veamos entonces con atención qué cosa es en general el mérito. Este es un estado de la voluntad consecuente a un acto del libre albedrío del que merece, relativo al cumplimiento o no cumplimiento de una obra previamente pactada con el remunerador y por él sancionada con premio, si el que merece ha cumplido el pacto, o castigo, si en cambio no lo ha honrado. En la Sagrada Escritura este pacto está representado con la imagen de la Alianza entre Dios e Israel. En el ámbito de las relaciones humanas, el modelo más simple del pacto es o el contrato social, con el cual el ciudadano se compromete frente al Estado, o bien el contrato de trabajo entre el trabajador y el patrón, comparación usada varias veces por el mismo Cristo.
El mérito comporta un derecho al premio o una sujeción al castigo. Retribuir según los méritos es deber de justicia. Hacer gracia es don de la misericordia. Los méritos que adquirimos delante de los hombres son efecto de nuestras obras. En tal caso, la compensación que se nos retribuye iguala el valor de la obra cumplida, porque el mérito puede ser digno de la compensación y esta puede ser adecuada al mérito. Por una prestación finita recibimos una compensación finita.
Pero en el caso de nuestros méritos delante de Dios el discurso es muy diferente, porque, aun estando en gracia, nuestras obras finitas no pueden ser estrictamente dignas del premio que se nos concede, por lo cual Dios, al conferírnoslo, une la justicia a la misericordia. Él, infinitamente bueno y generoso, compensa mucho más allá de nuestros méritos, porque estos, finitos como son, no son adecuados, dignos o proporcionados al premio infinito de la vida eterna.
Solamente Cristo, en cuanto Hijo, merece ante el Padre en estricto rigor de justicia. Pero nuestros méritos, por más unidos a los de Cristo, son tan limitados, que el Padre nos hace un gran descuento, nos sale al encuentro benévolamente dándonos mucho más de lo que podríamos merecer; por lo cual nuestro mérito no es de condigno, como el de Cristo, sino simplemente congruo o conveniente. Para merecer entonces el paraíso nos valemos de los méritos de Cristo, de la Virgen y de los Santos, uniendo a los suyos nuestros méritos en gracia.
El merecer es actividad propia de la criatura humana que actúa en el tiempo en sucesión de actos libres hacia la muerte, momento en el cual el hombre elige definitivamente su fin último y con ello mismo cesa de merecer ante los hombres y ante Dios: si este fin es Dios, consigue el premio eterno; si el fin es el rechazo de Dios, le es infligida por Dios la pena eterna.
Por esto los ángeles no merecen, porque ya han hecho su elección definitiva, unos por Dios, otros contra Dios. Tampoco Dios merece, porque su obrar no tiene un fin extrínseco a Él, de modo que deba cumplir actos para alcanzarlo, sino que su obrar es su mismo Ser, de modo que Él realiza su querer solo gobernando la creación, lo cual le da el derecho de retribuidor de las acciones de los hombres según sus méritos. Además de esto, Dios gobierna con inmensa bondad, donando su gracia para la conversión de los pecadores.
Lutero, para salvar la gracia, ha querido excluir el mérito
Lutero distingue en el campo ético una opción fundamental por Cristo en la fe de la multiplicidad de las opciones categoriales relativas a las actividades de este mundo. La primera es la elección salvífica de Cristo: «aferrar a Cristo», como él dice, agarrarse a Él como el náufrago se agarra al socorrista. Y este es ciertamente un pensamiento bueno. Es necesario así recordar que Lutero no niega en línea de principio el ejercicio del libre albedrío. Para él es ineficaz e inexistente a los fines de la salvación, pero no en los asuntos de este mundo, es decir, en lo que respecta a los actos categoriales.
Pero luego Lutero, por desgracia, malinterpreta a Pablo cuando habla del hombre esclavo del pecado, incapaz de hacer el bien. Se le escapa que Pablo usa aquí, como a veces le sucede o polemiza, un lenguaje enfático y no debe ser tomado al pie de la letra o en sentido absoluto, porque, considerando otros pasajes del Apóstol, donde habla formalmente, más allá de la retórica, en realidad notaremos cómo él admite la posibilidad y la necesidad del ejercicio del libre albedrío sostenido por la gracia y la necesidad de las buenas obras en orden a la salvación.
En cambio Lutero, interpretando mal a San Pablo, para el cual el hombre usa del libre albedrío tanto en orden a la salvación como para los asuntos de este mundo, considera extinguido el libre albedrío a los fines de la salvación y admite su ejercicio y utilidad solo para la opción fundamental, es decir, la elección de fe en Cristo que nos obtiene la salvación, mientras admite la utilidad de los actos categoriales solo para los asuntos de este mundo.
Para él la observancia de los mandamientos o es imposible o es facultativa, dada la concupiscencia irresistible a consecuencia del pecado original. Las obras buenas siguen sin embargo a la gracia, pero no merecen la vida eterna, que depende de la sola gracia sin que sean necesarios méritos, que, para Lutero, en el plano de la vida cristiana, son imposibles, porque él exagera la desproporción entre la obra del hombre y el premio celestial. No entiende que el merecer cristiano es participación en los méritos infinitos de Cristo.
Conclusión
Es necesario reencontrar el concepto y la justa consideración del papel del mérito en la vida moral y en la vida cristiana. Por un malentendido ecumenismo hay demasiada aquiescencia en los católicos hacia los protestantes respecto a su posición errada sobre la importancia esencial del mérito en la vida cristiana.
De tal modo, en vez de iluminar a los protestantes, a la luz del Concilio de Trento y del actual Magisterio de la Iglesia, en particular el Catecismo de la Iglesia Católica, sucede que sean los católicos quienes descuiden esta noción y su práctica, con la consecuencia de crear un desequilibrio en el organismo de las virtudes cristianas, que, llevado a las últimas consecuencias, haría derrumbar enteramente el edificio de la moral cristiana y de la misma moral natural.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 17 de enero de 2021
Notas
¹ Cf. C. Fabro, La nozione metafisica di partecipazione secondo San Tommaso d’Aquino, SEI, Torino 1950, pp.299-314.
² Sum. Theol., II-II, q.62, a.1.
³ Ibid., I-II, q.110, a.2, ad 2m.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum salus sit sola gratuita vel etiam requirat merita
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod salus sit sola gratuita et non requirat merita.
1. Quia salus est donum gratiae, et quod gratis recipitur mereri non potest. Si meritum importat compensationem pro opere, videtur quod contradicat gratuitatem doni divini.
2. Praeterea, Apostolus affirmat hominem iustificari per fidem sine operibus. Ergo opera humana inutilia videntur ad salutem.
3. Item, homo est servus peccati et incapax faciendi bonum. Cum voluntas humana sit corrupta, non potest cooperari gratiae nec quidquam mereri apud Deum.
4. Denique, humilitas requirit agnoscere propriam miseriam et nihilum coram Deo. Velle merita esset superbia et falsa fiducia in seipso.
Sed contra est quod dicit Dominus: “Si vis ad vitam ingredi, serva mandata” (Mt 19,17). Et Concilium Tridentinum docet hominem, gratia iustificatum, cooperari cum ea in bonis operibus et posse mereri vitam aeternam. Apostolus ipse dicit: “Unusquisque mercedem accipiet secundum suum laborem” (1 Cor 3,8). Et Petrus loquitur de participatione naturae divinae (II Pe 1,4).
Respondeo dicendum quod salus est simul gratuita et meritoria. Est gratuita quia habet causam primam in misericordia Dei, qui dat gratiam sine ulla exigentia hominis. Est autem meritoria quia Deus, dando gratiam, movet liberum arbitrium ad operandum bonum et ad acquirendum merita. Gratia meritum non excludit, sed efficit. Negare meritum est negare libertatem, iustitiam, legem moralem et dignitatem humanam. Ideo Scriptura loquitur de gratia et merito tamquam de rebus inseparabilibus: gratia est fundamentum, meritum est responsio. Salus non est automatica nec incondicionalis, sed pendet ex cooperatione hominis cum gratia in observantia mandatorum et in exercitio bonorum operum. Gratia est de essentia divina, sed accidentaliter existit in anima, destinata crescere per bona opera usque ad mortem, ubi attingit culmen gloriosum praemii aeterni. Meritium humanum, quamvis limitatum, participat merita infinita Christi et ideo est efficax ad salutem.
Ad primum ergo dicendum quod gratuitatem gratiae meritum non excludit, sed fundat. Meritium salutem non emit, sed respondet dono recepto. Gratia est gratuita, sed requirit correspondentiam.
Ad secundum dicendum quod verba Apostoli referuntur ad opera sine gratia, non ad opera in gratia facta. Opera iusti sunt fructus gratiae et ideo meritoria. Meritium non pugnat cum gratia, sed est eius fructus.
Ad tertium dicendum quod homo vulneratus est peccato, non tamen deletus. Auxilio gratiae potest uti libero arbitrio ad operandum bonum et merendum vitam aeternam. Negare hoc esset offendere Creatorem, qui hominem ratione et libertate donavit ad cooperandum cum Ipso.
Ad quartum dicendum quod humilitas non est excusatio ad pigritiam spiritualem. Agnoscere propriam miseriam non significat negare opus Dei in nobis. Humilitas vera est agnoscere quod nostra merita sunt participatio meritorum infinitarum Christi et quod nostra cooperatio glorificat eius misericordiam.
JG
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