martes, 15 de septiembre de 2026

Amoris Laetitia. El fundamento de la indisolubilidad del matrimonio

Continuamos con nuestros aportes en preparación al encuentro convocado por el papa León en el Vaticano, los días 7 al 14 de octubre de 2026. En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli presenta el fundamento de la indisolubilidad del matrimonio como una verdad que hunde sus raíces en el plan originario de Dios, repristinado por Cristo y elevado a sacramento. ¿Qué significa que la unión hombre‑mujer sea querida por Dios como vínculo único y exclusivo? ¿Por qué el divorcio es siempre pecado grave contra la justicia y la caridad? ¿Cómo distinguir entre nulidad, disolución y divorcio sin confundirlos? El texto muestra que la fidelidad conyugal no es mera utopía, sino exigencia de la gracia y camino de salvación, y que la crisis actual del matrimonio refleja en el fondo una crisis de fe. ¿Podrá la Iglesia, en medio de tantas rupturas y decepciones, volver a anunciar la grandeza de un amor llamado a ser eterno? [En la imagen: fragmento de "Les Amants", óleo sobre lienzo, 1928, obra de René Magritte, de la colección del Museum of Modern Art, New York City].

Amoris Laetitia
El fundamento de la indisolubilidad del matrimonio

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 4 de mayo de 2016, en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/amoris-laetitia-il-fondamento-della-indissolubilita-del-matrimonio/)

Uno de los propósitos que se propuso nuestro Señor Jesucristo en su enseñanza y en su obra fue el de presentar, repristinar y promover el plan originario divino sobre el hombre, descrito en el Génesis, indicándolo como modelo de la conducta humana, compatiblemente con la condición de naturaleza caída después del pecado original.
No se ha tratado de un repristinar o un restaurar pleno y total del estado de inocencia, sino sólo de algunos elementos, que Cristo ha señalado como realizables, con el socorro de su gracia y mediante una oportuna disciplina, en esta vida mortal, debilitada por el pecado, algunos elementos de esa feliz condición originaria.
"Indisolubilidad del matrimonio" no quiere decir que, de hecho, el vínculo no pueda ser disuelto, de lo contrario no existiría el divorcio. Indisolubilidad quiere decir que no debe ser disuelto, o sea, que no existe un derecho a disolver el vínculo. Por consiguiente, este acto no puede jamás ser un bien. En efecto, es voluntad de Dios que el varón se una a su mujer, en modo tal que los dos no son ya dos, sino una sola carne. Sin embargo, no se crea una unión que de hecho no pueda ser disuelta, como es en cambio la unión irrompible que existe por ejemplo entre el color de un jarrón y el jarrón mismo, o bien la unión que existe entre el alma y sus facultades. Varón y mujer están hechos para unirse entre sí, pero depende de su voluntad actuar y mantener esta unión. Dios quiere que estén unidos para siempre; pero a ellos les es posible desobedecer esta voluntad y dividirse. No deben nunca jamás disolver el vínculo; pero depende de ellos respetarlo, conservarlo, mantenerlo; o bien romperlo, violarlo o disolverlo, es decir, dividirlo. Está claro que, si permanecen unidos, hacen la voluntad de Dios; si se dividen, pecan.
¿Cuál es el motivo por el cual marido y mujer deben permanecer unidos para siempre en un amor único, exclusivo, incomunicable a otros o no participable o compartible por otros? Dios no dice "se unirá a una mujer cualquiera o a más mujeres", sino "a su mujer".
¿Por qué Dios no permite el amor grupal o la poligamia o el amor ocasional o part-time o la alternancia de mujeres? La voluntad de Dios, en cambio, deja entender que a cada varón debe corresponder aquella determinada mujer y no otras, y viceversa. Es un poco como el hecho de que cada cerradura necesita determinada llave y no otras, o a quien tiene defectos en la vista, le sean necesarios determinados anteojos y no otros.
Con el pecado original este plan divino se ha ofuscado en la mente de los hombres, su voluntad ha comenzado a tender al pecado, mientras que sus fuerzas han comenzado a ser insuficientes para realizar este alto ideal.
En el Antiguo Testamento, Dios, con la ley de Moisés, muestra una cierta tolerancia, permitiendo la poligamia y el divorcio, sobre todo en algunos personajes importantes, patriarcas y soberanos. Pero con la Nueva Alianza, estipulada por Cristo, Dios quiere que, en Cristo y con la gracia de Cristo, venga restablecido el proyecto primitivo, al menos en sus líneas fundamentales, necesarias para una conveniente reproducción de la especie humana.
Cristo, en tal modo, instituye el matrimonio como sacramento de salvación y de santificación. Se trata siempre del mismo vínculo conyugal natural, ya revelado en el Génesis, en su unidad, indisolubilidad, exclusividad y fecundidad, pero purificado, enriquecido, elevado y fortalecido por la gracia sobrenatural, en modo tal que los esposos, no obstante sus debilidades y su pecaminosidad, puedan ser capaces, con la ayuda de Dios, de ser fieles a su amor para toda la vida y superar pruebas, dificultades y tentaciones, cumpliendo con las obligaciones del matrimonio y de la familia.
Con la institución de Cristo, la fidelidad y la indisolubilidad del vínculo para toda la vida vuelve a ser de nuevo una obligación para todos. Sin embargo, ahora Dios permite algunas condiciones de vida que hacen imposible la plena repristinación del matrimonio edénico. La primera de estas condiciones es la existencia de la muerte.
Esto permite la licitud de las segundas nupcias. Este hecho está conectado a su vez con la segunda condición, a saber, que en la vida presente esta perfecta reciprocidad es muy rara. Sucede entonces que las segundas nupcias se vuelven posibles y se justifican con la antes mencionada posibilidad muy rara de la existencia de las llamadas "almas gemelas", es decir, de una perfecta correspondencia o reciprocidad, insustituible y exclusiva entre ese determinado varón y esa determinada mujer.
En la vida presente, la expresión "su mujer" sigue siendo válida, pero pierde su rigor y determinación. La exacta correspondencia edénica sigue siendo sólo un sueño o una ilusión para muchos, los cuales, sin embargo, están llamados a contentarse con algo menos, lo que no vuelve en cualquier caso imposible la fidelidad hasta la muerte.
Muchos, en cambio, hoy en día, lamentablemente, conciben tomar mujer como la adquisición de un automóvil o de una computadora, por lo cual, si encuentran un producto mejor, se sienten inclinados a dejar el viejo por el nuevo. Esta dificultad para encontrar la pareja adecuada puede llegar al punto de que el sujeto se mantenga solo. Por otra parte, Cristo introduce también el ideal de la vida religiosa, que implica la renuncia al matrimonio. Esto no quiere decir que en el régimen de la Nueva Alianza no continúe valiendo y aplicándose el principio de la reciprocidad entre varón-mujer y el de la "su mujer". Es de notar, en efecto, que, en el Génesis, Dios no dice "se unirá a su esposa", sino "a su mujer". En efecto, el término usado aquí es ishá, que significa precisamente "mujer", mientras que para decir "esposa", el hebreo tiene baláh.
Estas palabras del Génesis, como es sabido, son retomadas por Cristo en el Evangelio de Mateo (cf. 19,5). Pero aquí, dado que el griego tiene gyné, tanto para decir mujer como para decir esposa, el texto griego no traduce exactamente el hebreo. Sin embargo, dado que en el pasaje de Mateo Cristo habla del matrimonio, es correcto traducir gyné con "esposa". Sea como sea, del Génesis se desprende que la reciprocidad o unión o comunión varón-mujer, como queramos llamarla, no se reduce a la relación marido-esposa, sino que es un valor más amplio, que se refiere al ser humano como tal, y puede y debe referirse a todo ser humano, varón o mujer, por laico o religioso que sea.
La indisolubilidad del matrimonio supone que Dios crea cada varón y cada mujer con su propia, precisa, inconfundible e inmutable identidad, que permanece inalterada e inmutable en el tiempo hasta la eternidad. Sin embargo, si en el estado edénico la individuación y el reconocimiento de esta identidad no tenía ninguna dificultad, en el estado presente de naturaleza caída, este discernimiento se vuelve difícil, y requiere una especial capacidad intuitiva o introspectiva, que la fenomenología husserliana llama Einfühlung ¹ que puede traducirse por "empatía" o "entropatía". En la gnoseología del beato Duns Escoto se admite de manera similar la posibilidad de captar la haecceitas de esa determinada persona individual.
Está claro que bien pocos pueden valerse de similares métodos filosóficos, mientras que la vocación al matrimonio es la vocación de la absoluta mayoría de la población. Por lo tanto, se debe admitir un método más simple, que permita que dos jóvenes que se quieren, puedan entender si están hechos el uno al otro para unirse en matrimonio. Para saber esto, es necesario que ambos se den cuenta de la mencionada reciprocidad, es decir, deben comprender objetivamente y gustar en lo íntimo la identidad sustancial el uno del otro, el valor de su persona, las dotes o cualidades del carácter, sin ignorar los defectos, yendo más allá de las apariencias, además de otros aspectos fugaces, superficiales y aquellos que pueden o podrían ser hechos accidentales, para captar la sustancia de su personalidad. Esta es la base sobre la cual fundar un pacto y estrechar un vínculo indisoluble.
Acerca de esta cuestión de la identidad inmutable de la persona, desde hace más de tres siglos, tenemos que enfrentarnos a la objeción, que viene del empirismo inglés, sobre todo de Locke, seguido más tarde por Hume, el cual, exagerando la parte de la experiencia en el conocimiento humano, y descuidando cultivar la actividad intelectual, pierde de vista este núcleo sustancial inmutable de la persona, que está como fundamento y razón de ser de toda forma de contrato o acuerdo humano, que se pretende establecer para siempre.
En estas visiones de la realidad y, por lo tanto, también de la persona humana, no se dan verdades definitivas y absolutamente ciertas, sino que toda teoría o ley puede siempre ser cambiada al surgir de nuevas experiencias. Las mutaciones accidentales invaden todo el campo del conocimiento, por lo cual una cosa o una persona no viene definida con la pretensión de captar su identidad, su esencia, su sustancia o su haecceitas, como si ella se encontrara escondida detrás de los accidentes o de los fenómenos sensibles.
La sustancia, según los empiristas, no es más que la colección unitaria de los accidentes, que no se refieren a nada más que a sí mismos, los unos a los otros, en modo recíproco. La persona es como una nube del cielo o una gota de agua o una llama: no se puede distinguir una sustancia inmutable de los accidentes mudables, cambiantes, sino que todo cambia y evoluciona, incluso si la nube o la gota o la llama pueden ser los mismos. A partir de lo cual se comprende bien que, con esta concepción de la persona, se hace cualquier promesa o se hace cualquier compromiso, y aquí obviamente cae la promesa de fidelidad conyugal, todo lo cual implica siempre la reserva de mantener los pactos, mientras no suceda algo sea previsto o imprevisto, que motive su disolución o anulación.
Por el contrario, una vez que los dos se dan cuenta de que están hechos el uno para el otro, de cara a la fundación de una familia, surge espontánea en su corazón la voluntad de permanecer juntos para toda la vida, precisamente con la intención de realizar este propósito ². Esta voluntad funda y condiciona la verdad o validez del pacto o vínculo conyugal, y por lo tanto, si se casa por motivos diversos o contrarios a esta voluntad, que funda, justifica, garantiza y constituye la esencia del pacto matrimonial, tal pacto no existe, es inválido, es nulo. De modo similar, sería nula una ordenación sacerdotal basada en un concepto falso del sacerdocio, como por ejemplo el de Rahner.
La nulidad del matrimonio casi siempre emerge en modo dramático después de un cierto tiempo, más o menos largo, pueden pasar también años y puede haber hijos involucrados, aun cuando se hayan casado por la Iglesia, y haya sido un matrimonio celebrado con gran solemnidad: alfombra roja desde la entrada del templo hasta el altar ricamente decorado, ramos de flores exóticas, a lo largo de todos los bancos de la iglesia, fotógrafos y camarógrafos, multitud entusiasta y conmovida, compuesta de gente de la buena sociedad, abundantes ofrenda al párroco. Y sin embargo se ha tratado de una simple puesta en escena. No obstante la solemne Misa cantada y la solemne bendición, la gracia pudo haber descendido, pero no ciertamente la gracia del matrimonio, dado que faltaba la materia adecuada. El pobre párroco, rodeado de concelebrantes, se dará cuenta, ya muy tarde, haber vivido una estafa.
No se excluye que la pareja, al darse cuenta de la nulidad del matrimonio, pueda, después de todo, seguir adelante, sobre todo por amor de los hijos. Está bien que así se haga. Otra cosa bien distinta es el divorcio. Se trata de una grave desobediencia a la voluntad de Dios, voluntad que permanece intacta e inmutable, aunque sea ignorada por los dos. En tal sentido, el matrimonio es indisoluble. Los dos pueden ser infieles, pero Dios permanece fiel y les da a ellos el modo de arrepentirse y de volver a estar juntos. El divorcio es, por tanto, el dividir lo que Dios ha unido y que quiere que esté unido. El divorcio es un pecado grave contra la justicia y la caridad en quien, uno de los dos o ambos, a pesar de haber contraído un matrimonio válido, es infiel al pacto sagrado celebrado ante Dios y la Iglesia. Ciertamente, si los dos casados según las reglas, ya no pueden vivir juntos, está bien que se separen. Sin embargo, sigue siendo válido el vínculo ante Dios y la Iglesia, y no pueden contraer un nuevo matrimonio. Por el contrario, si dos se gustan, esto no es motivo suficiente para vivir juntos, especialmente si están vinculados a un matrimonio válido precedente. Es posible que este sea nulo y que ahora hayan encontrado el verdadero amor. Pero para ponerse en regla ante Dios, ante la Iglesia y ante su conciencia como católicos, primero deben obtener la declaración de nulidad, y luego podrán contraer un nuevo matrimonio bendecido por Dios.
En cuanto a los matrimonios mixtos, es necesario prestar atención. Están los casos, por ejemplo, de uniones entre un cristiano y un musulmán, que no dan preocupaciones. Sin embargo, se están dando otros casos, al parecer más numerosos, que la parte musulmana quiere obligar a la parte cristiana a hacerse musulmana. En este caso, si la parte cristiana advierte que está puesta en peligro su fe, puede considerarse libre del vínculo conyugal. Este caso ya fue contemplado por san Pablo (cf. 1 Co 7,12-15), por lo que se lo denomina "privilegio paulino" y se ha incorporado al Derecho Canónico (canon 1143, §1).
Por tanto, la Iglesia distingue cuatro casos, en los cuales los dos pueden separarse: tres lícitos y obligantes y uno ilícito. Casos en los cuales deben separarse: 1. Concubinato (convivencia more uxorio entre dos no casados); 2. privilegio paulino; 3. matrimonio nulo. Caso parte, que sería el cuarto, es en cambio el caso del divorcio.
Se debe tener cuidado de no confundir: anulación, disolución y divorcio. La anulación o declaración de nulidad es la sentencia del tribunal eclesiástico, que declara que nunca ha habido un verdadero vínculo, no obstante la existente convivencia y la eventual presencia de hijos. La disolución es el efecto de la misericordia divina, la cual busca proteger al fiel o a la fiel, aunque el vínculo fuera válido. El divorcio, por otro lado, es la ruptura de un vínculo válido. Siendo así las cosas, en el matrimonio válido y verdadero, los dos se prometen recíprocamente ser fieles para toda la vida a este pacto de amor, que es el pacto conyugal, en virtud del cual ellos se convierten en marido y mujer. En el momento de esta decisión, Dios los une para siempre y los bendice con su gracia. Ellos se unen consciente, voluntaria y libremente. Pero este mismo acto de su voluntad es cumplimiento de la voluntad de Dios, que ha querido unirlos desde la eternidad y para la eternidad ha proyectado su matrimonio. Lamentablemente hoy, con la mentalidad historicista y evolucionista que se ha insinuado también en los ambientes católicos, pocos reflexionan sobre la grandeza de este amor, llamado a ser un amor eterno e incluso, como sacramento, un amor salvífico, una vía de salvación.
Muchos ironizan sobre esto y lo creen una hermosa utopía, si no un engaño, mirando el espectáculo desolador de tantas separaciones, de tantas traiciones, de tantas decepciones, de tantos divorcios, de tantos amores extintos, de tantas uniones fallidas, de tantas familias destruidas. Pero incluso superado este obstáculo y refutado el empirismo, mostrando cómo el intelecto no puede prescindir de la idea de sustancia ³, surgen otros problemas. De hecho, todo esto todavía no es suficiente para mirar con seguridad, confianza y serenidad al futuro, sin temer desilusiones o desagradables sorpresas, debido a que, aunque se admita la posibilidad de captar la esencia del otro, la indisolubilidad del matrimonio no es la simple fidelidad a un dato fijo e inmutable, que puede ser la esencia de mi persona y de la del otro, sino la fidelidad al compromiso cotidiano de entrambos, que se supone continuado, coherente y perseverante en el tiempo para toda la vida.
Ahora bien, todos sabemos cuántos cambios se producen en nuestra conducta. ¿Cómo se puede uno comprometer para toda la vida con una persona que quizás ahora puede ser buena, pero luego se vuelve mala? ¿Y si me traiciona? ¿Y si me hubiera ocultado ciertas cosas malas? ¿Y si hubiera tenido un mal pasado al que puede retornar? Preguntas angustiantes, cuando se ama a una persona.
La tercera de las condiciones, propia de la naturaleza caída, es la concupiscencia, es decir, el hecho de que el deseo o impulso sexual ya no es consecuencia del amor e incentivo al amor, ya no es donación de sí y disponibilidad hacia el otro, ya no es más un alegrar al otro y un regocijo por el don que el otro hace de sí, sino que en la juventud es anhelo incontrolado y goce y disfrute egoísta del otro, mientras que en la ancianidad y en la enfermedad el deseo languidece en la frigidez e incluso en la repugnancia. En la juventud debe ser frenado; en la ancianidad debe ser potenciado.
San Pablo, con su famosa teoría del matrimonio como remedium concupiscentiae (cf. 1 Cor 7,9) tiene evidentemente bajo su vista sólo los hervores de la juventud y no la debilidad de la ancianidad. Se tiene la impresión de que él no considere cosa buena el acto sexual, por lo cual deviene excusable y tolerable en el matrimonio: "es bueno que permanezcan como yo; pero si no pueden contenerse, que se casen; es preferible casarse que arder en malos deseos" (vv. 8-9). Pero todo esto parece implicar en Pablo una disociación, por no decir una contraposición entre amor y unión sexual. Lamentablemente, no se ha comprendido durante muchos siglos que Pablo aquí no refleja auténticamente la visión del Génesis y ni siquiera la visión evangélica, donde el ser "una sola carne" es visto como algo bueno, tanto en sí mismo (Gén 2) como en relación con la procreación (Gén 1).
Sólo en el siglo pasado el Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, ha suprimido este dualismo, enseñando en cambio el nexo entre el amor conyugal y la unión sexual con estas palabras: "Este amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud" (n.49).
El beato Pablo VI ha retomado esta enseñanza en la encíclica Humanae vitae (n.11), y san Juan Pablo II la ha desarrollado ulteriormente, como recuerda el actual Pontífice en la exhortación Amoris laetitia, cuando afirma que "En sus catequesis sobre la teología del cuerpo humano, san Juan Pablo II enseñó que la corporeidad sexuada 'es no sólo fuente de fecundidad y procreación', sino que posee 'la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don' " (n.151).
Si el hombre no logra dominar el instinto sexual antes o fuera o después del matrimonio, tampoco lo logrará en el matrimonio. El remedio para la concupiscencia no es el matrimonio, sino la educación en el autocontrol. Si se busca el matrimonio para satisfacer la concupiscencia, se mantiene esclavo del instinto, se carece de lucidez mental, de fuerza de voluntad y de sentido de responsabilidad, que son necesarios para mantener la fidelidad conyugal y se pone en peligro el mantenimiento del vínculo matrimonial. O bien, no se está satisfecho con la propia esposa, sino que se buscan otras ocasiones para satisfacerse, sobre todo cuando el atractivo de la esposa se desvanece con el avanzar de la edad. El acto sexual en el matrimonio debe ser libre acto de amor y no el desfogue de una pasión, que no se llega a contener. Este es el modo correcto de conservar la fidelidad. Pero la indisolubilidad del matrimonio se justifica también por el hecho de que la educación de la prole requiere una presencia premurosa y solidaria de los padres, que nunca tiene término, y normalmente resulta de la colaboración recíproca de los progenitores. Es sabido cómo el pensar en los hijos es un fuerte incentivo para la fidelidad conyugal. Por lo demás, la ancianidad vivida juntos en la recíproca ayuda es también un poderoso factor de fidelidad a un único amor.
En este punto, entonces, vemos cómo una fidelidad conyugal seriamente pensada y verdaderamente vivida no puede prescindir de una relación con Dios. Por eso, en todos los pueblos, el rito del matrimonio es siempre un rito sagrado. Debíamos arribar a nuestra sociedad secularizada, para reducir el rito del matrimonio o el contrato matrimonial a una profana ceremonia en el Municipio, como si se tratara de estipular un contrato de arrendamiento o de registrar un cambio de propiedad. Pero, lamentablemente, vemos con qué frecuencia también los matrimonios religiosos entran en crisis. Se están multiplicando los matrimonios nulos.
La crisis de los matrimonios depende, fundamentalmente, a mi juicio, de una crisis de la fe entre los creyentes. No se advierte ya la importancia, la altura y lo arduo de los valores y de los elementos que he expuesto anteriormente. Se considera el matrimonio no como una realidad trascendente, que depende, sí, de nosotros, pero sobre todo de la gracia divina. Se ve el matrimonio como cualquier contrato terreno, en poder de nuestras decisiones, como pensó erróneamente Lutero, cuando negó la sacramentalidad del matrimonio.
Si se medita seriamente sobre el valor de la indisolubilidad del matrimonio, como he intentado proponer en este artículo, inmediatamente nos damos cuenta de que no es posible afrontar la empresa sin confiarse en Dios y contar con su gracia.
Un fenómeno que hoy nos hace reflexionar es el de los divorciados vueltos a casar, quienes quisieran recibir la Comunión y, manteniéndonos también según lo expresado en la exhortación Amoris Laetitia, no tienen el permiso ⁴. Algunos quisieran confesarse. Y ante estos hechos uno se pregunta: ¿pero en la condición irregular y escandalosa en la cual se encuentran, qué les impulsa a desear los sacramentos? Pueden estar arrepentidos o al menos uno de los dos, pero no tienen modo de romper su relación. Y por otra parte, es posible que no puedan vivir como hermano y hermana. El Santo Padre ha dicho que pueden estar en gracia. Por tanto, no están olvidados de Dios y de la Iglesia. Y Dios y la Iglesia no están olvidados de ellos.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 4 de mayo de 2016

Notas

¹ Véase el estudio de Edth Stein, Il problema dell’empatia, pp. 157-158, Edizioni Studium, Roma, 1985.
² Hablando del matrimonio entre san José y Nuestra Señora, santo Tomás de Aquino da esta notable definición: "la forma del matrimonio consiste en una cierta indivisible conjunción de las almas, por la cual los conyugues deben permanecer indivisiblemente fieles el uno al otro", Summa Theologiae, III, q.29, a.2.
³ Cf. M. D.Philippe, Essai de Philosophie – L’etre – Recherche d’une philosophie première – I, Téqui, Paris 1972, chap.III; T.Tyn, Metafisica della sostanza. Partecipazione e analogia entis, a cargo de Giovanni Cavalcoli, Edizioni Fede&Cultura, Verona, 2009.
⁴ Ya se ha aclarado que esto no es así. Note el lector la fecha en que ha sido publicado este artículo del padre Cavalcoli. Con posterioridad, el mismo papa Francisco, y también su Dicasterio para la Doctrina de la Fe han explicado en qué condiciones los divorciados vueltos a casar pueden recibir la sagrada Comunión. JG

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum matrimonium dissolvi possit vel indissolubile permanere debeat

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod matrimonium dissolvi possit.
1. Quia in Veteri Testamento Deus permisit polygamiam et divortium, praesertim in patriarchis et regibus, quod videtur indicare dissolutionem vinculi esse possibilem et licitam. Praeterea haec tolerantia videtur ostendere indissolubilitatem non esse absolutam exigentiam legis divinae.
2. Praeterea, experientia ostendit multas coniunctiones deficere, coniuges se prodere aut separari, et convictum fieri impossibilem. Ergo videtur quod divortium sit remedium necessarium ad vitanda maiora mala, sicut violentiam aut desertionem.
3. Item, empirismus modernus tenet personam non habere identitatem substantialem immutabilem, sed omnia tempore mutari. Ergo videtur quod perpetuum pactum esse non possit, et vinculum matrimoniale dissolvi debeat cum circumstantiae mutantur.
4. Denique, concupiscentia et infirmitas humana faciunt ut appetitus sexualis in iuventute sit inordinatus et in senectute languescat. Ergo videtur quod perpetua fidelitas sit impossibilis et matrimonium rumpi possit.

Sed contra est quod Evangelium dicit: Quod Deus coniunxit, homo non separet (Mt 19,6). Et Magisterium affirmat matrimonium christianum, reflexum unionis inter Christum et Ecclesiam, natura sua esse indissolubile.

Respondeo dicendum quod matrimonium, secundum divinum consilium originarium, est indissolubile, et Christus illud repristinavit atque ad sacramenti dignitatem elevavit. Indissolubilitas non significat quod vinculum de facto rumpi non possit, sed quod rumpi non debeat, quia nullum ius est ad dissolvendum. Divortium est semper grave peccatum contra iustitiam et caritatem, quia dividit quod Deus coniunxit. Quamvis natura lapsa introducat mortem, concupiscentiam et difficultatem reperiendi perfectam reciprocitatem, gratia Christi coniuges roborat ut fideles usque ad mortem permaneant. Fidelitas coniugalis innititur voluntati deliberatae manendi simul, gratia sustentatae et ad bonum prolis ac societatis ordinatae. Crises matrimonii hodiernae fidem ipsam reflectunt, cum matrimonium tamquam contractus humanus et non tamquam sacramentum concipiatur. Ideo solum Deo fidendo et gratiae eius innitendo indissolubilitas ut via salutis vivere potest.

Ad primum ergo dicendum quod tolerantia Veteris Testamenti fuit temporalis, sed Christus consilium primitivum restituit, matrimonium ut sacramentum indissolubile instituens. Polygamia et divortium fuerunt concessiones propter duritiam cordis, non expressio voluntatis definitivae Dei.
Ad secundum dicendum quod difficultas convictus divortium non legitimat. Potest esse separatio corporalis ex necessitate, sed vinculum manet validum coram Deo et Ecclesia, nec dissolvi potest. Misericordia divina vias conversionis et reconciliationis praebet etiam in condicionibus dolorosis.
Ad tertium dicendum quod visio empiristica negans substantiam personae destruit fundamentum omnis pacti. Philosophia realistica et fides docent quod unaquaeque persona identitatem immutabilem possidet, fundamentum promissionis coniugalis. Ergo vinculum perpetuum est possibile et necessarium, et fidelitas innititur gratiae voluntatem sustentanti.
Ad quartum dicendum quod concupiscentia educanda est et moderanda per virtutem temperantiae. Matrimonium non est remedium mechanicum concupiscentiae, sed unio amoris gratia corroborata. Fidelitas sustentatur vero amore, educatione prolis et mutua adiutorio in senectute. Indissolubilitas etiam iustificatur necessitate praesentiae constantis parentum in formatione prolis et vocatione ad amorem aeternum, qui est via salutis.
   
JG

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