Continuamos con nuestros aportes en preparación al encuentro convocado por el papa León en el Vaticano, los días 7 al 14 de octubre de 2026. En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli reflexiona sobre el pensamiento de san Pablo sobre la concupiscencia y el matrimonio, examinándolo con mirada crítica y a la luz de la exégesis bíblica. ¿Hasta qué punto las ideas del Apóstol reflejan la Palabra de Dios y hasta qué punto responden a condicionamientos culturales de su tiempo? ¿Es válido seguir hablando del matrimonio como simple remedio de la concupiscencia? ¿Cómo se relaciona la dignidad de la mujer con la visión paulina y con la enseñanza posterior de la Iglesia? El texto del docto teólogo dominico muestra que la doctrina revelada permanece, mientras que ciertas opiniones humanas pueden ser superadas, y que el verdadero sentido del matrimonio cristiano se encuentra en la mutua donación de amor, en la igualdad de dignidad y en la alegría del amor que florece en la comunión con Cristo. [En la imagen: fragmento de "La boda del pueblo", 1883, óleo sobre lienzo, obra de Samuel Luke Fildes].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Amoris laetitia. Concupiscencia y matrimonio. El pensamiento del apóstol Pablo
Amoris laetitia. Concupiscencia y matrimonio.
El pensamiento del apóstol Pablo
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 11 de mayo de 2016. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/amoris-laetitia-concupiscenza-e-matrimonio-il-pensiero-dellapostolo-paolo/)
Partamos desde el método de la exégesis bíblica, ya que habiéndome permitido haber notado que en san Pablo hay algunas ideas discutibles sobre la concupiscencia sexual, ligadas a su anti-feminismo, he sido atacado desde varios lados con acusaciones de modernismo y rahnerismo. Considero que es bueno responder a mis opositores, porque esto me da la oportunidad de explicarme aún más.
Ante todo, les recuerdo a mis oponentes que he escrito un libro de crítica a Rahner, fruto de treinta años de estudios. Los invito a leerlo ¹. Y en lugar de perder el tiempo conmigo, ¡que intenten escribir una crítica de Rahner como la que he hecho yo!
Comienzo entonces con un discurso sobre el método. En la exégesis de la Sagrada Escritura es necesario distinguir lo que es verdaderamente Palabra de Dios de las ideas propias del hagiógrafo o de la cultura propia de su tiempo. La inerrancia de la Escritura se refiere evidentemente a aquellos pasajes, en los cuales el hagiógrafo, inspirado por Dios, enuncia las verdades reveladas por Dios, o sea, verdades de fe.
Salvo que, sin embargo, es inevitable que el hagiógrafo, ser humano limitado y falible, como todos, deje manifestar también sus propias opiniones o las de su tiempo, que no son Palabra de Dios, sino que pueden ser o ideas muy atrasadas o incluso ideas equivocadas, obviamente sin ninguna intención de engañar, sino simplemente o bien por ignorancia o bien por los límites de su saber.
En tal modo, el progreso del conocimiento de las enseñanzas bíblicas conlleva el hecho de que, mientras lo que pertenece a la Revelación siempre permanece inmutable e inalterado, siendo Palabra de Dios, las ideas del hagiógrafo pueden ser aceptadas incluso por largo tiempo; pero es posible que en cierto momento la Iglesia se dé cuenta, a la luz de la misma Palabra de Dios, que ellas están superadas o deban corregirse.
Al fin de cuentas, se trataba de opiniones humanas, que la Iglesia acepta no en el sentido de dogmatizarlas -cosa que no podría hacer nunca- sino en el sentido de que por un cierto tiempo, incluso durante muchos siglos, no las desaprueba y las deja circular. Sin embargo, cuando, con el progreso de la exégesis y de la vida misma de la Iglesia, aparece claro y se hace evidente que estas ideas están superadas o son erróneas, la Iglesia interviene adoptando la nueva y mejor interpretación, que mejor refleja la verdad de la Palabra de Dios.
La antigüedad, incluso milenaria, de una doctrina bíblica, no depone o atestigua siempre a favor de su inmutabilidad; es necesario verificar en los casos individuales si se trata de un dato de fe o de una opinión del hagiógrafo. Si la Iglesia se da cuenta y cuando se da cuenta de que se trataba de una simple idea del hagiógrafo o de su ambiente cultural, no duda en abandonarla o incluso en excluirla explícitamente, aunque lo haga con toda precaución, para no faltarle el respeto al hagiógrafo.
Los defectos de los modernistas y de su llamada exégesis modernista, en este sentido, no están dados por este principio de la distinción entre dato revelado e ideas del hagiógrafo, sino por dos cosas:
Primera cosa. Los modernistas son historicistas o evolucionistas, vale decir que no admiten verdades universales e inmutables, ni siquiera aquellas de fe. Para ellos todo cambia, incluso Dios. Por lo tanto, no sólo cambian las ideas del hagiógrafo, sino también el dato revelado, en el sentido de que hoy ya no creemos las mismas verdades de fe, en las cuales creía san Pablo, porque incluso la verdad de fe cambia con el paso del tiempo y varía según las diversas culturas, por lo cual para los modernistas no se da una única fe, sino una pluralidad de "fes" o "creencias". Según ellos, no existen verdades eternas y super-temporales, sino que veritas est filia temporis. Aquello que era cierto ayer, es falso hoy y viceversa. Por lo tanto, la Iglesia se equivoca al repetir siempre las mismas doctrinas o los mismos dogmas, porque así se queda atrás del progreso histórico.
Según los modernistas, por ejemplo Schillebeeckx, la identidad del contenido de fe en el curso del tiempo no está asegurada por conceptos dogmáticos, que no son fijos, sino que cambian y deben cambiar, dependiendo de las circunstancias y de las situaciones histórico-culturales. De hecho, para Schillebeeckx, el concepto no capta lo real en sí mismo, sino que solo tiende a lo real sin alcanzarlo. En cambio, lo real es capturado por una "experiencia atemática preconceptual", concreta, global y existencial, que sin embargo en sí misma es inexpresable. Debemos expresarla; pero, por la naturaleza misma de nuestro conocer, en el momento en que lo hacemos, nos vemos obligados a utilizar simples, inciertos y precarios "modelos interpretativos", que son solo imágenes o metáforas o comparaciones, sustancialmente subjetivas, al menos en relación a un tiempo determinado o a una cultura determinada.
Quien pretende poseer, en materia de fe, verdades universales, absolutas y eternas, es una persona rígida e intolerante, no sabe apreciar el pluralismo, no tiene sentido histórico, es un atrasado, no comprende su propio tiempo, es un presuntuoso, es un fundamentalista y de esta gnoseología relativista y evolucionista se sigue, en el campo del conocimiento de fe, que el contacto cognoscitivo con Cristo no está asegurado, como en los dogmas, por ideas abstractas, sino por la antes mencionada experiencia atemática, que implica la praxis, experiencia que sería la misma fe, por la cual alcanzamos el misterio de Cristo. Salvo que, sin embargo, para Schillebeeckx, en el momento en el cual lo interpretamos, expresamos y comunicamos en conceptos, estos conceptos no son y no deben ser siempre los mismos, sino que son cambiantes y deben cambiar y ser diferentes, es decir, adecuados al misterio que intentamos captar y expresar, en función de los tiempos, de las circunstancias y de las personas a las cuales nos dirigimos. Si uno permanece apegado a un concepto superado o del pasado, vive fuera de su propio tiempo y usa un lenguaje incomprensible para sus contemporáneos.
Por ejemplo, para expresar hoy el misterio de Cristo, Schillebeeckx propone dejar de decir que "Jesús es Dios", porque esta expresión, según él, sería un vestigio de la antigua mitología pagana del "hombre divino" (theiòs anèr), sería mejor en cambio designar a Cristo como "profeta escatológico". Y de manera similar, en lugar de hablar, como hace el Concilio de Calcedonia, de "una persona en dos naturalezas", sería mejor hablar de "una naturaleza en dos personas". Y así sucesivamente.
Segunda cosa. Al interpretar la Escritura, los modernistas, como los protestantes, no toman en cuenta aquellos pasajes que la Iglesia ya ha interpretado o incluso sirven como justificación, prueba o fundamento escriturístico de una enseñanza dogmática, y por lo tanto ellos no respetan la interpretación hecha por la Iglesia, sino que interpretan esos pasajes a su modo, cayendo fácilmente en la herejía.
Pongamos un ejemplo. La Iglesia, fundándose en aquellos pasajes de la Escritura, donde se habla del alma humana, enseña: 1) la distinción entre alma y cuerpo (Concilio Lateranense IV de 1215); 2) que el alma es una forma sustancial del cuerpo (Concilio de Viennes de 1312); 3) que el alma es inmortal (Concilio Lateranense V de 1513). Pues bien, Rahner, negando explícitamente estos dogmas de la Iglesia, sostiene que cuando la Biblia habla del alma, siempre se refiere al hombre entero.
En la cuestión que estamos examinando, el caso de san Pablo es, por cierto, particularmente delicado, ya que no se trata de un simple hagiógrafo como otros, sino de un eminente Apóstol. Pero la Iglesia, que sólo presta atención a la verdad, no tiene problemas en superar y corregir incluso las ideas humanas, históricamente condicionadas, de un san Pablo. Este hecho es atestiguado con extrema claridad precisamente con respecto a nuestro tema de la concupiscencia sexual, estrechamente conectado con el de la dignidad de la mujer y del matrimonio, tanto que es bueno tratarlos juntos.
La doctrina paulina del matrimonio como "remedio para la concupiscencia", efectivamente ha sido enseñada por los moralistas hasta el Concilio Vaticano II, el cual, por el contrario, al tratar del matrimonio, no habla en absoluto de esto. Y desde entonces, los grandes documentos pontificios, como la Humanae Vitae del Beato Pablo VI, la Familiaris consortio de san Juan Pablo II, e incluso la exhortación post-sinodal Amoris laetitia del Pontífice reinante, están en esta misma línea. Lo que demuestra claramente que aquella idea de san Pablo está superada, y si está superada, evidentemente allí Pablo de hecho no está hablando en nombre de Dios, sino en su propio nombre, o quizás confunde de buena fe su idea con la revelación divina.
No se trata aquí evidentemente de poner en duda o de negar la existencia de la concupiscencia sexual, o la posibilidad de anularla en la vida presente. Ella, por el contrario, es un legado del pecado original presente en todos, y que consiste en un impulso irracional hacia el placer sexual y el acto que le corresponde. La búsqueda del placer es un impulso natural en el hombre y en el animal. El problema, para el hombre, es que esta búsqueda debe estar racionalmente motivada; y si no lo es así, es pecaminosa. Pues bien, la concupiscencia hace, sí, que la persona del otro sexo nos atraiga hacia ella con una tal fuerza que en ciertos casos es muy difícil de frenar.
San Pablo dice: "si no pueden contenerse, que se casen" (1 Cor 7,9). Si, por el contrario, pueden contenerse, es mejor que sigan siendo vírgenes. Hoy, como decía en mi artículo anterior, y ahora repito, desde después del Concilio, la Iglesia habla de otra manera: todos, con una buena disciplina, el ejercicio y la ayuda de la gracia, debemos estar en grado y ser capaces de dominarnos, de regularnos, de controlarnos y de frenarnos, lo cual entonces no se trata de nada más que de la virtud cardinal de la templanza, obligatoria para todos, sea que estemos llamados al matrimonio, sea que estemos llamados a la vida religiosa. Incluso Pablo, en otros lugares, admite esto sin problemas. Y esta es ciertamente Palabra de Dios.
La elección de la propia vocación, en la espiritualidad de hoy, se trate de matrimonio o de vida consagrada o de sacerdocio, ya no debe ser entendida respondiendo a la pregunta de si puedo o no puedo detener el sexo. Sino que, en el presupuesto de que yo haya alcanzado ese grado de templanza, que me hace dueño y señor de mi instinto, esta elección debe hacerse por motivos mucho más elevados: es decir, la respuesta al don de Dios, lo que por lo demás el mismo san Pablo reconoce: "cada uno recibe del Señor su don particular: unos este, otros aquel" (1 Cor 7,7).
Esto quiere decir que el acto conyugal no debe ser visto como consecuencia de la apertura de las cataratas matrimoniales, por la cual el torrente de la pasión estalla tumultuoso, pero legalizado, en la vida conyugal. No debe ser visto como una satisfacción, un desfogue y al mismo tiempo una compuerta legítima y tolerada de la concupiscencia, que de otro modo se extendería irrefrenable, por lo cual su represión sería insoportable o imposible, como creía Lutero.
El acto sexual, en cambio, debe ser expresión del don de sí, voluntad de hacer feliz al otro y aceptación agradecida del don que el otro hace de sí mismo. Acto, que, como he dicho en mi artículo anterior, expresa el amor y acrecienta el amor. El cumplimiento mismo del debito conyugal, que es deber de justicia y servicio al otro, más frecuente en los ancianos, en los cuales está debilitado el impulso del eros, debe seguir siendo más que nunca expresión del amor. Incluso se podría decir, pensando en el sacramento del matrimonio, que el acto conyugal es signo e incentivo de santidad.
El cambio en la concepción del matrimonio iniciado por el Concilio consiste en una visión más optimista y más noble, más fiel al Génesis y al Evangelio: mientras que antes del Concilio el matrimonio era planteado acentuadamente en el horizonte de la naturaleza caída con el pecado original y de la inferioridad de la mujer respecto al hombre, la visión nueva se sitúa decididamente en el horizonte de la resurrección y de la igualdad de naturaleza específica entre los dos y de mutua complementariedad.
La dignidad de la mujer hoy viene mejor a la luz, sus cualidades morales son mejor puestas en evidencia, sus aptitudes espirituales mas exaltadas, mientras que a la inversa disminuyen las razones, los motivos o los prejuicios, que en el pasado, como en el mismo Antiguo Testamento, hacían ver en la mujer casi un minus habens, un menor, con limitada responsabilidad. Ella era vista como una criatura frágil, impulsiva, emocional, fácil a las ilusiones, sugestionable, poco confiable, para guiar, educar, controlar, corregir y mantener a raya; o bien un peligro: una seductora, casi una bruja, de la cual es necesario cuidarse. En sustancia, la mujer era vista a la luz de Eva pecadora y no a la luz de Nuestra Señora.
En san Pablo es evidente que para él la relación varón-mujer corresponde a la relación superior-inferior (1 Cor 11,7-9; 14,34; 1 Tim 2,11-14). Pero estas son ideas suyas. En cambio, la doctrina del marido "cabeza de la mujer" (Ef 5,22-33) es otra cosa. En efecto, mientras que sobre el tema general "varón-mujer" escuchamos a Pablo con su misoginismo rabínico, en la doctrina de la relación marido-esposa resplandece ciertamente la belleza de la Palabra de Dios, que no pasa y que ha sido confirmada y profundizado por el Concilio, que ha llegado a afirmar que "su unión constituye la primera forma de comunión de las personas" (Gaudium et Spes, n. 12).
Estos límites que encontramos en la concepción paulina de la mujer no impiden que el Apóstol enuncie algunos principios fundamentales de la concepción cristiana de la mujer, principios que ciertamente son objeto de la Revelación: el principio de reciprocidad: "Por supuesto que para el Señor, la mujer no existe sin el hombre ni el hombre sin la mujer" (1 Cor 11,11); y la perspectiva de la unión escatológica, en la cual está implícita la resurrección de los sexos, de la cual ha hablado ampliamente san Juan Pablo II en sus Catequesis sobre la teología del cuerpo: "Por lo tanto, ya no hay varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús" (Gál 3,28). Esta es la clara recuperación de Génesis 1-2, donde se enseña la igualdad de dignidad y naturaleza específicas.
Con el Concilio, de todos modos, se ha producido una mejora en la visión de la mujer, por la cual ella, sin que por esto caigamos en fáciles optimismos, es vista más en la luz de Nuestra Señora que de Eva. El Concilio ha confirmado la sustancia de la sublime doctrina paulina sobre el matrimonio como imagen mística ("¡mysterium magnum!") y signo sacramental nada menos que de la unión de Cristo con la Iglesia. En esta doctrina -y aquí estamos verdaderamente en la Palabra de Dios-, donde no se transparenta nada de la desestima de Pablo por la mujer y de su doctrina sobre la concupiscencia sexual, no parece que encontremos ni siquiera al mismo autor. Por otra parte, una nota discordante del propio Pablo parece encontrarse en el cap. 7 de la Primera Carta a los Corintios, donde es difícil poner de acuerdo la mencionada sublime comparación mística con la nota quizás demasiado humana, según la cual "la mujer casada se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su marido" (v.34). Pero si el esposo es la imagen de Cristo, ¿qué pasa con esta imagen? ¿Estamos entonces de nuevo con el remedium concupiscentiae?
Es evidente el vínculo entre el varón y la mujer vista bajo esta luz y el problema del control sexual. El progreso en el conocimiento de la dignidad femenina a lo largo de los siglos ha ido de la mano con una perspectiva más elevada del matrimonio y de la sexualidad. También es evidente que cuanto más el varón abandona su complejo de superioridad y ve en la mujer no tanto la tentadora o la minus habens, sino la compañera de viaje hacia el cielo, la unión conyugal se convertirá cada vez menos en la válvula de escape y el desfogue legitimado y tolerado del instinto y siempre más don desinteresado del amor: ¡amoris laetitia!
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 10 de mayo de 2016
Notas
¹ Karl Rahner. Il Concilio tradito, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2009.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum matrimonium intelligendum sit ut remedium concupiscentiae
vel ut unio amoris secundum divinum consilium
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod matrimonium intelligendum sit ut remedium concupiscentiae.
1. Quia Apostolus docet: si non se continent, nubant; melius est nubere quam uri. Hoc videtur indicare finem matrimonii esse frenandum instinctum sexualem et passioni legitimum cursum praebendum.
2. Praeterea, per saecula moralistae hanc doctrinam ut constantem traditionem transmiserunt, quod videtur confirmare eam esse partem revelationis divinae et Ecclesiam eam ut normam practicam accepisse.
3. Item, experientia ostendit desiderium sexuale difficile esse moderari, et matrimonium praebere cursum legitimum ad vitanda peccata luxuriae. Ergo videtur quod eius principalis functio sit esse remedium concupiscentiae.
4. Denique, mulier fragilis et facile sugestionabilis habita est, quasi causa tentationis. Ergo videtur quod matrimonium necessarium sit ad periculum quod ipsa repraesentat continendum et vitam viri ordinandam.
Sed contra est quod Concilium Vaticanum II docet: actus quibus coniuges intime et caste inter se uniuntur honesti sunt et digni, et significat ac fovet donum reciproci. Praeterea, sanctus Ioannes Paulus II affirmat corporeitatem sexualem habere facultatem exprimendi amorem in quo persona fit donum.
Respondeo dicendum quod matrimonium non est simpliciter intelligendum ut remedium concupiscentiae, sed ut unio amoris secundum divinum consilium. Doctrina Pauli de remedio magis exprimit opinionem tempore suo condicionatam, notatam quadam diffidentia erga mulierem et visione pessimistica sexualitatis. Revelatio divina docet matrimonium esse communionem personarum, imaginem unionis Christi cum Ecclesia, fundatam in aequalitate dignitatis inter virum et mulierem. Actus coniugalis non est effusio passionis, sed expressio donationis sui, voluntas alterum felicem reddendi et grata acceptatio doni recepti. Concupiscentia quidem ex peccato originali provenit, sed virtute temperantiae, omnibus statibus vitae communi, domari debet. Matrimonium, gratia corroboratum, est signum et incitamentum sanctitatis, et eius indissolubilitas innititur fidelitati ad amorem aeternum a Deo volitum. Progressus in comprehensione dignitatis feminae et vocationis coniugalis ostendit unionem non esse inferioritatem nec subiectionem, sed reciprocitatem et complementarietatem.
Ad primum ergo dicendum quod doctrina Pauli de remedio concupiscentiae non est proprie Verbum Dei, sed opinio tempore suo condicionata. Ecclesia, progressu exegeseos, ostendit finem matrimonii esse altiorem: amorem et communionem, a Concilio et documentis pontificiis confirmatos.
Ad secundum dicendum quod traditio hanc doctrinam per saecula transmisit, sed non dogmatizavit, sed toleravit. Concilium Vaticanum II et documenta recentiora hanc visionem correxerunt, ostendentes matrimonium esse unionem amoris et non simpliciter remedium.
Ad tertium dicendum quod, quamvis desiderium sexuale difficile sit moderari, remedium non est matrimonium ut effusio passionis legitima, sed educatio in temperantia. Matrimonium debet esse liber actus amoris, non servitus instinctus. Virtus cardinalis temperantiae omnibus est necessaria, sive in matrimonio sive in vita consecrata.
Ad quartum dicendum quod visio negativa mulieris ut tentatricis est opinio culturalis superata. Revelatio docet aequalitatem dignitatis et complementarietatem inter virum et mulierem. Matrimonium est communio personarum, non defensio contra periculum. Mulier spectanda est sub lumine Beatae Virginis et non sub imagine Evae peccatricis, et matrimonium est magnum mysterium, signum sacramentale unionis Christi cum Ecclesia.
JG
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.