domingo, 4 de octubre de 2026

La excomunión de Lutero y los luteranos de hoy (2/2)

¿Es la Iglesia una realidad que puede dividirse como una asociación humana, o es un cuerpo vivo e indivisible animado por el Espíritu Santo? ¿Qué significa que los cismas no rompen la unidad de la Iglesia, sino que son ramas que se desprenden de la vid? La segunda parte de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli profundiza en la naturaleza mística de la Iglesia y en la misión del ecumenismo, mostrando que no se trata de recomponer pedazos rotos, sino de reconducir a los cristianos separados hacia la comunión plena con Pedro. ¿No es acaso urgente distinguir entre pluralismo legítimo y conflicto destructivo? ¿No exige la verdadera caridad superar facciones, extremismos y falsas conciliaciones para caminar juntos hacia el reino de Dios? El texto del docto teólogo dominico invita a redescubrir la unidad indestructible de la Iglesia y la responsabilidad de los católicos en el diálogo con los luteranos. [En la imagen: fragmento de "León X y los cardenales Julio de Medici y Luis de Rossi, óleo sobre tabla, 1518-1519, obra de Rafael, colección Galería Uffizi, Florencia].

La excomunión de Lutero y los luteranos de hoy

Segunda Parte (2/2)

(Traducción al español de la segunda parte del artículo de Giovanni Cavalcoli publicada en su propio blog el 27 de junio de 2021. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-scomunica-di-lutero-e-i-luterani-di_27.html)

El programa conciliar a fin de que los cristianos
puedan llegar desde el conflicto a la comunión

El caso de Lutero es aquel al que alude el decreto Unitatis redintegratio con las siguientes palabras: "En los siglos pasados surgieron grandes disensos en la Iglesia, separándose de la plena comunión de la Iglesia no pocas comunidades, a veces no sin responsabilidad de ambas partes. Pero los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas comunidades no pueden ser tenidos como responsables del pecado de la separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y amor; puesto que quienes creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica" (n.3).
Está claro que los luteranos de hoy, educados en el luteranismo, no pueden tener la culpa por la separación que tuvieron Lutero con sus seguidores contemporáneos. Y esto, sin embargo, no quita que los luteranos de hoy sigan permaneciendo separados en la medida en que acepten los errores de Lutero. Sin embargo, una característica del luteranismo, a diferencia del catolicismo que, gracias a la unión con el Papa está unido en la plenitud de la misma verdad revelada custodiada por la Iglesia, es que la distancia con la Iglesia católica es diferente y más o menos grande según si las diversas corrientes luteranas se distancian más o menos de la doctrina católica y por tanto de la comunión con la Iglesia Romana.
El Concilio confirma que los luteranos, en la medida en que hacen suyos los errores de Lutero, están sujetos a "divergencias con la Iglesia católica" (ibíd.). Tales divergencias representan "no pocos obstáculos, a veces muy graves, que se interponen a la plena comunión eclesiástica, que el movimiento ecuménico trata de superar" (ibid.).
Lo que es como decir que los católicos, en cuanto pertenecientes a la "Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, y en la que puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos", esa Iglesia que se guía "por el colegio apostólico, a saber, el que preside Pedro", esa Iglesia a la que "el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza" (ib.), deben obrar para que "todos los que de alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios, se incorporen plenamente a ella" (ib.).
El Concilio también enseña que "aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen algunas carencias, no están en absoluto desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que ha sido confiada a la Iglesia católica" (ibid.).
He aquí, por tanto, el deber de los católicos de hacer todos los esfuerzos, ellos que pertenecen a esa Iglesia que posee la "plenitud de la gracia y de la verdad", para liberar a los hermanos separados de aquellas "carencias" que impiden la plena comunión con la Iglesia católica, desde el momento en que deben reconocer con franqueza a esas comunidades como "instrumentos de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que ha sido confiada a la Iglesia católica" (ib.).
Y concluye el Concilio: "Todo esto, realizado prudente y pacientemente por los fieles de la Iglesia católica, bajo la vigilancia de los pastores, conduce al bien de la equidad y de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del amor fraterno y de la unión; para que poco a poco por esta vía, superados todos los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los cristianos se congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia, a la unidad que Cristo dio a su Iglesia desde un principio, y que creemos subsiste, sin posibilidad de ser perdida, en la Iglesia católica y esperamos que crezca cada día más hasta el fin de los tiempos" (n.4).

La Iglesia es indivisible, pero los cristianos pueden estar divididos

Los movimientos heréticos y sectas no dividen a la Iglesia, no rompen su unidad, sino que son grupos que se separan de la Iglesia y que, por lo tanto, ya no se inspiran en el principio de la unidad y de la unión, garantizado por la guía del Romano Pontífice, mantienen en sí mismos un principio de división interna, como es testimoniado por el multiplicarse de las sectas heréticas. Por tanto, no se trata de reunir a la Iglesia, sino de reunir a todos los cristianos en la fidelidad al Papa.
Los herejes creen ser la verdadera Iglesia, mientras que aquella de la que se han alejado sería la Iglesia que se ha desviado de la verdad. En cambio, no es la Iglesia la que se ha desviado de la verdad, sino que son ellos los que han abandonado la verdad dejando la Iglesia y fundando otra, que es falsa o al menos incompleta. Los herejes de tipo conservador rechazan la "nueva Iglesia"; los modernistas, la "vieja Iglesia". En ambos casos son cismáticos enfrentados a la verdadera Iglesia guiada por el papa Francisco.
Pero al mismo tiempo, en la medida en que los herejes conservan algunos elementos de Iglesia, también conservan un principio de unidad y de comunión, lo que explica el hecho de que los luteranos hayan mantenido a lo largo de los siglos una cierta comunión basada entre ellos en su común referencia a Lutero, que consiente hoy la existencia de esa Federación Luterana Mundial, con la cual el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos trató para la formación de la Declaración Conjunta sobre la doctrina de la Justificación de 1999.
Por lo tanto, el propósito del movimiento ecuménico no es el de reunificar a la Iglesia, casi como si fuera una especie de ánfora, cuyos pedazos necesitaran ser recompuestos. La Iglesia no es un compuesto de partes puestas juntas y mantenidas juntas por un pegamento, como las piezas de una mesa de madera y ni siquiera es una simple asociación humana, que se erige y está unida gracias a la adhesión concorde de los miembros a un pacto común, de modo de poder ser disgregada, como puede desmoronarse en pedazos una mesa o disolverse una sociedad, sino que es una única sustancia viviente espiritual-corpórea, es una mística persona ¹, es una persona sobrenatural hecha de personas humanas ², es el cuerpo de Cristo y la esposa de Cristo, representada por la Virgen. La ilusión de todos los perseguidores de la Iglesia es el creer poderla destruir o disolver, como si fuera una simple sociedad humana corruptible. Pero Cristo le ha prometido: portae inferi non praevalebunt.
¿Qué ha querido decir el Señor? Que la Iglesia es inescindiblemente una, gracias a la acción del Espíritu Santo, y que como comunidad de fieles obtiene y mantiene la comunión fraterna gracias a la guía de Pedro. Así la Iglesia es una en cuanto persona animada por el Espíritu; gracias a la asistencia del Espíritu Santo es una comunión indestructible cum Petro y sub Petro en cuanto comunidad de fieles.
Los Ortodoxos orientales, que han rechazado la guía del Papa, conservan su ser Iglesia, porque han conservado la fe en la acción del Espíritu, alma de la Iglesia, pero, faltando la obediencia al Vicario de Cristo, que asegura la unidad doctrinal, el buen orden, la disciplina y la cohesión en la comunidad eclesial, no son capaces de asegurar esos valores a sus Iglesias, sino que viven desligados entre ellos, en un pluralismo desordenado, con autonomías exageradas, superponiéndose los unos a los otros, con celos recíprocos, en contrastes irresolubles, sin unidad organizativa y sin disciplina común.
En cuanto a la imagen del pueblo de Dios o de la asamblea de los convocados (hebreo: Qahál, de lo cual ekklesía), ella es ciertamente bíblica y define la esencia de la Iglesia, pero debe ser bien entendida, porque al fin de cuentas un pueblo es una simple colección de personas, las cuales pueden entrar en tal conflicto entre sí, como para romper la unidad de la sociedad y dividirla en sí misma en dos partes opuestas.
El problema entonces es, como se suele decir, "remendar el desgarro", similar al de una túnica desgarrada en dos partes ³. Pero precisamente estamos siempre aquí: la Iglesia no puede ser despedazada o lacerada o dividida en dos partes, una de este lado y otra del otro, "la una armada contra la otra", para citar a Dante. Este sería un concepto muy burdo de Iglesia, que ignoraría su unidad, que en cambio es una nota o cualidad esencial de la Iglesia.
La Iglesia, en efecto, es una entidad subsistente personal a dos niveles de existencia: un nivel fundante y un nivel fundado (Ef 5,24-29). Fundamentalmente es una unidad personal; pero una unidad que sostiene una multitud de personas; es una persona corporativa: fundamentalmente es una multitud de personas humanas, es una comunidad; es el "cuerpo de Cristo" (Ef 5,23). El alma de la Iglesia ⁴ es la unidad fundante, creada por el Espíritu Santo. El cuerpo es la multitud de los fieles, es el aspecto humano social.
Las personas que están definitivamente enraizadas en la unidad fundante, están conexas indisolublemente entre sí e inseparablemente entre ellas y por la unidad fundante. Esto sucede en el cielo. En cambio, los miembros de la Iglesia que viven en esta tierra, pueden separarse unos de otros y de la Iglesia. Estos son los herejes y los cismáticos.
Entonces, ¿qué es lo que ha sucedido con el cisma luterano? ¿Y qué es lo que sucede en todo cisma? Exactamente lo que dice el decreto Unitatis redintegratio: que "comunidades no pequeñas se han desprendido de la plena comunión con la Iglesia católica". Una cosa es la separación-entre y otra cosa distinta es la separación-de. El cisma es una separación de este segundo tipo.
Por lo tanto, es necesario usar no la comparación de la túnica o del ánfora o de la simple asociación humana, sino aquella comparación usada por Cristo mismo: la rama o sarmiento que se desprende de la vid. Si una sociedad o un ánfora se parten en dos, se acabó para ellas. Pero si la Iglesia pierde algunos de sus hijos, que se le rebelan o se van por su propio camino como el hijo pródigo, ella sigue viviendo lo mismo, aunque afligida. En todo caso, son estos hijos los que están en peligro como el sarmiento medio desprendido de la vid.
Si en cambio se trata de un litigio o de un conflicto entre dos partidos en lo interno de la Iglesia, esto no compromete absolutamente la unidad de la Iglesia, sino que los dos partidos, sobre la base de la común pertenencia a la Iglesia, deberán hacer todos los esfuerzos para reconocer los puntos de contacto y sus errores en un plano de paridad y de reciprocidad, a fin de volver a observar juntos el pacto traicionado por ambos y volver a colaborar juntos.
La unidad de la Iglesia está completamente al reparo de cualquier conflicto que socave o intente socavar o destruir su unidad, aunque las fuerzas del mal no se cansan de repetir la tentativa a lo largo de la historia, no obstante ciertas apariencias sobre todo al surgir de las herejías y de los cismas.
Cualquier pueblo puede dividirse en sí mismo, como lo demuestran las guerras civiles. En cambio, la Iglesia es un pueblo indivisible. Existen en la Iglesia, sí, contrastes internos, antagonismos, facciones opuestas, pero sólo se trata de conflictos entre hombres de Iglesia; no afectan nunca a la unidad de la Iglesia. O bien se trata de hombres que se rebelan a la Iglesia. He aquí entonces los cismáticos. Pero siempre estamos ahí: el hecho de la existencia de las oposiciones entre católicos y cismáticos no quiere decir que la Iglesia se divida en dos grupos, sino que los sarmientos se separan de la vid.
Sí, ciertamente san Pablo la presenta como un cuerpo orgánico, pero siempre estamos ahí: también el cuerpo orgánico, aunque compuesto de órganos, es un todo uno: no puede vivir si le falta un órgano vital. Así las iglesias de los herejes conservan elementos de Iglesia, pero son como cuerpos sin vida, porque están privados de algún elemento o algún órgano que es necesario para la vida: sirven a lo sumo para salas de anatomía. Si algún órgano ha permanecido sano, puede ser utilizado, por ejemplo en los trasplantes de órgano.
En otros casos, el organismo puede haber permanecido sustancialmente sano y carecer de algún miembro u órgano no vital. En este caso se puede hablar de verdaderas y propias Iglesias, como en el caso de las Ortodoxos o de los cismáticos no heréticos, a los cuales les falta la guía del Sumo Pontífice, lo que provoca la ausencia de una organización y de una disciplina jurídica unitaria y de una guía para el progreso dogmático.
La acción del Espíritu Santo está presente, pero no actúa por medio del Hijo, que guía a la Iglesia por medio de Pedro. De hecho, para los Ortodoxos orientales el Espíritu procede sólo del Padre y no del Hijo, lo que impide al Hijo hacer fluir el Espíritu en la tarea que compete al Hijo, expresada por el Sucesor de Pedro. El cisma Ortodoxo bloquea el flujo del Espíritu que proviene del Hijo.
También debemos precisar que así como Dios crea el alma de cada hombre, como forma sustancial de su cuerpo y principio de la unidad de su ser, así el Espíritu Santo vivificante crea el alma divina sobrenatural de la Iglesia como comunidad humana y con ello mismo crea la unidad de la Iglesia como persona mística, esposa de Cristo y Madre de las almas, de la cual, como enseña el Concilio Vaticano II, la Santísima Virgen María es el "tipo", es decir, el modelo, como virgen para Dios, madre de Dios y esposa de Dios. Además, el Espíritu Santo, que es Espíritu del amor recíproco y de la comunión fraterna, crea la comunión de caridad entre los hermanos, hijos de Dios y discípulos de Cristo, miembros del Cuerpo de Cristo, Cuerpo del cual Cristo es el Jefe por medio de Pedro.
Es necesario, entonces, que católicos y luteranos juntos, a la luz de la Palabra de Dios, atentos y dóciles a los impulsos y a las iniciativas del Espíritu Santo, en la común oración al Espíritu Santo, con espíritu de penitencia, intenciones honestas, constructivas y leales, animados por la bienaventurada esperanza, en la confianza recíproca, sin segundos fines, sino a la luz del sol, sin ficciones, vanas astucias o razonamientos torcidos, capciosos o sofistas, sino con argumentos sólidos y persuasivos, sin rivalidades ni antagonismos ni deseo de prevalecer sobre el otro, sin servilismos ni adulaciones, sin arrogancia ni vanidad, sin fáciles concordismos ni confusiones, sin instrumentalizaciones ni aprovechamientos, sin pereza ni cobardía, sin amiguismos ni paternalismos, sin tergiversaciones ni rodeos, sin espíritu de conquista sino con espíritu de servicio y sincero amor por la verdad y la justicia, el objetivo es el de eliminar toda facciosidad y partidismo, todo exclusivismo y extremismo, todo dogmatismo o imposición, dirimiendo disputas, rencillas, disidencias, y sofocando inútiles controversias, contrastes y conflictos en materia de relaciones recíprocas, de fe y de moral.
Se trata de volver a caminar juntos hacia el reino de Dios, de rencontrar los valores perdidos, la fraternidad, el respeto y la estima recíprocos, la comunión, la concordia y la paz en la justicia, en la caridad y en la misericordia, aunque en la legítima libertad de pensamiento, de opinión y de conducta.

Qué hacer concretamente

Y como hacer? Necesitamos, nos dice Unitatis redintegratio, dos cosas: primero, reconocer los errores recíprocos del pasado y del presente y perdonarnos recíprocamente, incluso si se tratara de la conducta de ciertos Papas. Y en segundo lugar, que los católicos soliciten con toda doctrina, sabiduría, humildad, caridad, prudencia y paciencia a los hermanos luteranos a llegar a la plena comunión con la Iglesia católica y con el Papa, reforzando la base cristiana que ha permanecido intacta en Lutero, colmando las "lagunas" y quitando los "obstáculos", vale decir, reconocer y corregir los errores de Lutero a la luz de la Escritura y de la Tradición en la interpretación del Magisterio actual de la Iglesia católica.
Es inevitable, nos advierte san Pablo, que existan herejías (1 Cor 11,19). Pero, una vez descubiertas después de serio examen, no debemos dejar que envenenen y contaminen la conciencia de los fieles, como si se tratara de simples opiniones diferentes, sino que debemos esforzarnos solícitamente y con todas nuestras fuerzas para extinguirlas, para sanar o aislar a quien estuviera infectado, para adoptar las medidas necesarias para que la epidemia no se propague y para evitar el contagio y para impedir la difusión de las prácticas inmorales, que derivan necesariamente de las ideas heréticas.
Esta es la grande, máxima obra de misericordia, a la cual hoy la Iglesia, bajo la guía del Papa, está llamada a cumplir. Esta es la verdadera implementación del Concilio. Se necesita justicia, y a vez también severidad, pero sobre todo iluminada y auténtica misericordia, que no ofenda a la justicia, como recordaba san Juan XXIII en el memorable discurso de apertura del Concilio Vaticano II, ofreciendo así a la asamblea conciliar el espíritu con el cual debía ser guiada y animada. Esto se entiende, cuando se habla del "espíritu del Concilio", y no de la teología de Rahner.
Por tanto, mantengamos los ojos bien abiertos, no nos dejemos llevar de las narices, luchemos contra Satanás y no contra los molinos de viento o, peor aún, contra Dios y su santa ley, en nombre de una falsa libertad. Ciertamente, es necesario evitar los juicios afectados y las sospechas infundadas. Pero esto no justifica las tergiversaciones y el andarse con rodeos por el temor a perder consensos. Amemos la verdad y no la astucia. Evitemos tanto la irreflexión inconsciente como el catastrofismo y afrontemos la situación con discernimiento, valentía y sentido de responsabilidad.
Por tanto, cuidémonos de no resignarnos a la existencia de las herejías, de los opuestos extremismos, de las sucias maniobras, de las divisiones y de las facciones y del legalizarlas como si fueran diferentes y normales expresiones del sentir cristiano, diversas maneras de ser cristianos, como los Franciscanos son diferentes de los Dominicos, o los Camilianos de los Salesianos.
Prestemos atención sólo a las críticas y oposiciones constructivas y fraternas, a las "oposiciones polares", a las complementariedades recíprocas, a los legítimos contrastes de opinión. Deshagámonos de toda presunción, litigiosidad, partidismo, ambigüedad, oportunismo, doblez, servicio a dos señores y duplicidad, y seamos lineales, leales, honestos y límpidos en la búsqueda del reino de Dios, unidos en la única fe en la realización de un sano pluralismo y de una legítima variedad.
El Concilio no propone en absoluto, como algunos creen, como modelo de la Iglesia ecuménica, con el pretexto de la sinodalidad, construir una especie de armada Brancaleone, un emporio de las religiones, un mercado de pulgas, un caravasar, una asamblea parlamentaria, o edificar una federación de Iglesias subjetivistas, todas en paridad de derechos, consideradas simplemente como diferentes entre sí, todas verdaderas y todas falsas según los puntos de vista, bajo la presidencia temporal electiva del líder religioso de turno, como si se tratara de un organismo internacional de tipo político o cultural o humanitario.
El Concilio, en cambio, como bien hemos visto, prescribe un diálogo y una recíproca colaboración entre católicos y luteranos sobre objetivos morales, religiosos y humanísticos, de modo que puedan consentir a los católicos llevar gradualmente a los luteranos a la plena comunión con la Iglesia católica, de modo que se obtenga, como ha querido y quiere Cristo, un único rebaño bajo un solo pastor: el Papa, Vicario de Cristo.
Los católicos deben persuadir a los luteranos de que ser plenamente cristianos quiere decir ser católicos. Lo cual es válido sin menospreciar en absoluto todas las riquezas de cultura y de espiritualidad que el protestantismo ha producido desde Lutero hasta hoy.
No debemos confundir el conflicto intraeclesial con el pluralismo eclesial. Los conflictos deben ser resueltos y no tapados con una unidad de fachada. Si no se puede resolverlos por el momento, deben ser soportados en espera de poderlos resolver. Pero no debemos resignarnos a ellos y sobre todo no deben ser legalizados con vanas acrobacias dialécticas.
La paz en la Iglesia no se obtiene dejando en pie los conflictos con la idea de superarlos o, como dicen, de llegar a una "síntesis" simplemente acercando una a la otra las dos partes adversas. Sería como creer que un buen comercio de setas se obtenga vendiendo tanto las sanas como las venenosas. Cada uno tiene sus propios gustos: respetémoslos.
No deben confundirse con la diversidad una doctrina falsa, una conducta perversa y el rechazo de la comunión. No existen las "fes", así como existe una pluralidad de productos agrícolas en el mercado o una pluralidad de opiniones políticas o periodísticas. Hablar de una pluralidad de fes quiere decir no haber entendido nada de la seriedad abisal de la fe en cualquier religión, para la cual la fe no es una opinión subjetiva, sino una verdad absoluta, salvífica y universal.
La fe religiosa, por lo tanto, es una sola. Hay muchas verdades de fe en el sentido de que hay muchas cosas verdaderas que afectan la religión. Pero la relación de verdad del pensamiento a una determinada cosa, es sólo una. La adecuación del intelecto a ese dato real o existe o no existe. O una cosa es así o no es así: tertium non datur. El tertium pertenece al diablo, diría Cristo. Lealtad y honestidad en el pensar y en el hablar. Es necesario evitar la duplicidad, la ambigüedad, la hipocresía y el oportunismo.
El ecumenismo no es más que la fase terminal de la evangelización y del ingreso en la Iglesia católica: anunciar al hermano ya en parcial comunión con nosotros aquello que todavía le falta para el pleno conocimiento del Evangelio y la plena comunión con la Iglesia católica, liberándolo de las lagunas, de las carencias y de los obstáculos que se interponen a la plena comunión, para que también él con nosotros sea invitado al banquete de bodas. Como dice el papa Francisco, no se trata tanto de excluir, cuanto sobre todo de integrar, añadiendo lo que falta.

Fin de la Segunda Parte (2/2)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 23 de mayo de 2021

Notas

¹ Heribert Mühlen, Una mystica persona. Una persona in molte persone, Città Nuova, Roma 1968.
² Cf. J.Maritain, L’Eglise du Christ. La personne de l’Eglise et son personnel, Desclée de Brouwer, Bruges 1970.
³ Este, lamentablemente, es el infelíz parangón usado por el papa León X para significar el cisma de Lutero, como si una mitad de la Iglesia haya permanecido con Roma y la otra mitad con Lutero. Pero las cosas no son así en absoluto: el luteranismo no añade nada a cuanto ya posee el catolicismo, como si fuera la mitad de un todo al que le faltara la otra mitad, que serían los luteranos, sino que más bien son los luteranos los que deben remediar la ausencia de algunos elementos esenciales -"carencias" y "lagunas", dice el Concilio-. Por consiguiente, la solución del problema luterano es que los luteranos recuperen aquellos elementos de Iglesia que han abandonado, manteniendo aquellos que han conservado.
⁴ Según Charles Journet (L’Eglise du Verbe Incarné, Desclée de Brouwer, Bruges 1962, vol. II, 472-708) el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, en el sentido de potencia y vida divina animadora trascendente. Pero la Iglesia es una persona creada espíritu-corpórea, que como tal tiene necesidad de un alma inmanente, una forma sustancial. Pues bien, esta forma es creada por el Espíritu, alma trascendente de la Iglesia. Según Journet, el alma de la Iglesia es la caridad. Pero así como la Iglesia es una entidad ontológica y no moral, creo que es mejor decir que el Espíritu crea el alma de la Iglesia en o por medio de la caridad. Pero la caridad presupone Iglesia ya existente y es acto de su persona.

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum schismata Ecclesiam dividant vel tantum christianos ab ea separent

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod dividant.
1. Quia haeretici affirmant veram Ecclesiam esse quam ipsi condiderunt, cum Ecclesia catholica a veritate deflexisse videatur. Hoc videtur implicare Ecclesiam in duas partes oppositas divisam esse.
2. Praeterea, conflictus inter catholicos et schismaticos exhibetur ut ruptura similis tunicae in duas partes discerptae, quod videtur indicare divisionem internam Ecclesiae.
3. Item, orthodoxi et lutherani elementa Ecclesiae et communionis servant, quod videtur ostendere Ecclesiam in plures communitates fractam esse, quae subsistunt quasi partes unius corporis.
4. Denique multiplicatio sectarum et communitatum christianarum videtur testari unitatem Ecclesiae fractam esse, cum iam non una societas visibilis exsistat, sed multae.

Sed contra est quod dicit Dominus: “Portae inferi non praevalebunt” (Mt 16,18). Et Paulus: “Unum corpus et unus Spiritus” (Ef 4,4). Et Concilium Vaticanum II: “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia catholica” (Lumen gentium, 8). Et sanctus Cyprianus: “Habere non potest Deum patrem qui Ecclesiam non habet matrem” (De unitate Ecclesiae).

Respondeo dicendum quod Ecclesia, ut corpus mysticum Christi et sponsa eius, est indivisibilis nec potest destrui aut frangi sicut societas humana. Schismata Ecclesiam non dividunt, sed christianos ab ea separant, sicut rami a vite separantur. Unitas Ecclesiae Spiritus Sancti actione et Petri ductu firmatur, et indestructibilis manet etiam inter conflictus et oppositiones. Haeretici et schismatici quaedam elementa Ecclesiae servant, sed plenitudine communionis carent, unde eorum communitates imperfectae et defectuosae sunt. Ecumenismus non est recompositio partium fractarum, sed reductio christianorum separatarum ad plenam communionem cum Ecclesia catholica, removendo impedimenta et carentias quae unitatem impediunt. Ecclesia non est amphora recomponenda nec societas dissolubilis, sed persona mystica vivens, cuius unitas semper subsistit. Ideo vera caritas requirit factiones, extremismos et falsas conciliationes superari, et simul ambulare ad regnum Dei in unica Ecclesia quam Christus fundavit.

Ad primum ergo dicendum quod accusatio haereticorum non probat divisionem Ecclesiae, sed proprium eorum a veritate recessum. Ecclesia in veritate manet, ipsi vero secedunt.
Ad secundum dicendum quod conflictus videri potest quasi discerptio, sed substantiam Ecclesiae non tangit, quae una et indivisibilis permanet. Partes adversae errores suos agnoscere debent et ad communionem redire.
Ad tertium dicendum quod servare elementa Ecclesiae non significat esse partem Ecclesiae plenae, sed communionem partialem habere. Ecclesia non frangitur, sed quidam ab ea secedunt, sicut sarmenta a vite separantur.
Ad quartum dicendum quod multiplicatio sectarum divisionem hominum ostendit, non Ecclesiae. Ecclesia una manet, dum coetus separati plenitudine unitatis et veritatis carent, et ideo in pluralismo inordinato vivunt.
   
JG

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