No hay duda que el pontificado del papa Francisco ha mostrado características singulares, muchas veces distintas a las particularidades de pontificados anteriores. El pontificado del papa Bergoglio ha mostrado rasgos característicos que, como no podía ser de otro modo, han significado avances en la marcha de la Iglesia hacia la plenitud de la verdad y la gracia, por obra de la acción del Espíritu Santo; y a la vez, fruto de la siempre limitada condición humana, han significado dificultades y errores a corregir. El presente artículo del padre Giovanni Cavalcoli, escrito a principios de 2015, en los inicios del pontificado anterior, nos ayuda a entender la figura, la misión y la obra de todo Vicario de Cristo y Sucesor de San Pedro, infalible siempre en su misión de enseñar la verdad y la vida cristiana a todo el Pueblo de Dios, eventualmente falible en su acción pastoral, gubernativa y disciplinar.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 17 de septiembre de 2026
Savonarola, Borgia, Lutero y... "La Banda del Buco"
Savonarola, Borgia, Lutero y... "La Banda del Buco" ¹
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 27 de marzo de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/savonarola-lutero-il-borgia-e-la-banda-del-buco/)
En el complejo debate actual relativo al significado que se debe dar a la variedad y multiplicidad tan diversificada de los gestos, de los comportamientos y de las enseñanzas del Sumo Pontífice, puede ser útil intentar arrojar luz sobre los principios que nos deben guiar para valorar, en la medida de cuanto es posible, un pontificado que, junto a estilos completamente tradicionales, muestra exploits que a primera vista parecen desconcertantes por su inusualidad respecto al comportamiento de los Papas precedentes, incluso retrocediendo en el tiempo. No es necesario dar ejemplos, que están a la vista de todos, sino que vamos a entrar de inmediato in medias res. Para ello, he pensado en proponer al lector el caso de dos personajes gigantescos y famosísimos de la historia del cristianismo, los cuales, si bien vivieron hace muchos siglos, pueden aportarnos elementos de reflexión y válidas enseñanzas acerca de la cuestión que nos proponemos, vale decir, cómo juzgar el comportamiento de un Pontífice: cuáles son los límites y el alcance de su autoridad, dónde el buen católico debe obedecer tranquilamente y dónde en cambio le es permitido plantear críticas y reservas.
Tanto Savonarola como Lutero han sido reformadores de la Iglesia: ¡pero qué diferencia! Mientras Savonarola parte de la idea que la Iglesia tiene de sí misma, tal como es concebida por el Magisterio, considerándola conforme al Evangelio, Lutero se hace la convicción de que la esencia de la Iglesia que es presentada por el papado, falsifica el ideal evangélico y por tanto pretende corregir el Papa sobre el concepto de Iglesia. De ahí las lógicas consecuencias: mientras que para Savonarola la reforma, en la línea de la enseñanza de santa Catalina de Siena, es una cuestión de caridad, es decir, de puesta en práctica de la verdad en la obediencia al Papa Maestro de la fe, sin escatimar al Papa filiales y sentidos llamados al cumplimiento del deber, para Lutero es una cuestión de verdad, en el sentido que se trata de hacer que la Iglesia redescubra su esencia evangélica desfigurada por las enseñanzas del papado.
Naturalmente, no es que a Savonarola no le importara la verdad, porque, como buen Dominico, hizo de la verdad la estrella guía y la pasión de toda su vida y la causa de su martirio, sino la caridad en cuanto precisamente realización de la verdad, íntegralemente y lealmente por él aceptada del Magisterio de la Iglesia. Lutero también, ciertamente, se presentó como sostenedor de la verdad; pero ¿cuánto debemos creerle en su declaración, cuando vemos la obstinación y la deslealtad con las cuales la rechaza? Así, Savonarola, aunque justamente severo contra las costumbres morales de Alejandro VI, ni siquiera sueña con hacerle reproches en campo doctrinal, donde respeta plenamente al Sucesor de Pedro, y aun cuando en un cierto momento propugna la convocatoria de un Concilio, lo hace siempre sobreentendiendo que el Concilio debe reformar la Iglesia bajo la guía del Papa, lo cual es completamente ajeno a la inicial apelación al Concilio hecha por Lutero; llamamiento que, influido inicialmente por el conciliarismo husita, abandonará posteriormente, sabiendo que para la Iglesia es inconcebible un Concilio no presidido por el Papa, ese Papa al que Lutero impugnaba no sólo en su conducta moral, sino precisamente en su derecho a ser Papa, algo que a Savonarola nunca jamás absolutamente le vino en mente. No hagamos de Savonarola un husita. Un Papa puede ser depuesto, pero no el Papado.
El profetismo savonaroliano se atenía rigurosamente a los ejemplos de los profetas bíblicos, para los cuales, si por una parte era un llamado a la fidelidad a Dios, por la otra propugnaba con fuerza y sin compromisos ni concesiones la aplicación de la Palabra de Dios en la vida eclesial y en la misma vida política.
No debemos sorprendernos al respecto, nosotros, hijos de la mansedumbre y del diálogo promovidos por el Concilio Vaticano II, de la severidad de los castigos divinos y humanos amenazados por Savonarola, quien entraba en el perfil de los usos y costumbres de su tiempo, con la misma pena de muerte tanto para los criminales como para los herejes. Incluso la reforma savonaroliana del Estado florentino de inspiración evangélica, en neto contraste con el fariseísmo pagano de Maquiavelo, debemos verla en su tiempo. Aunque Florencia fuera corrupta, seguía siendo una sociedad cristiana, muy diferente de las modernas sociedades laicistas ideológicamente pluralistas, por no decir ateas, para gobernar las cuales no sería en absoluto oportuno ni posible un Estado cristiano y es ya desde hace mucho tiempo que han sido aceptados los derechos fundamentales del hombre.
Algunos, como Von Pastor ², han querido ver en esta conducta de Savonarola una excesiva severidad e intransigencia; pero con ello han descuidado la necesidad de ubicarse en la mentalidad de la época, que no hacía excepción ni siquiera a los Santos, como se pueden mostrar tantos ejemplos de la historia.
En cambio, el profetismo luterano es diferente, basado ciertamente también él en la Biblia, pero una Biblia adulterada e interpretada en contraste con el Magisterio de la Iglesia, por lo cual el proyecto eclesial y político luterano no podía no falsificar las verdaderas exigencias y perspectivas del Evangelio. También es interesante la diferencia concerniente a la excomunión que fue irrogada tanto a Savonarola como a Lutero, conectada con cuanto he dicho. Entrambos suscitaron la indignación del Papa por su actitud crítica frente a él. Pero muy diferente fue la crítica al Papa en Savonarola y en Lutero. Savonarola reprendió la conducta inmoral de Alejandro VI y se opuso a sus injusticias sobre la base de excelentes principios éticos y doctrinales, distinguiendo la falibilidad del hombre de la infalibilidad del Vicario de Cristo.
Por el contrario, Lutero, agredió desconsideradamnte y descriteriadamente al Papa precisamente como Vicario de Cristo acusándolo de herejía, sobre la base de principios heréticos y dejándose llevar por un odio furioso y blasfemo.
Savonarola fue excomulgado injustamente y por envidia por el papa Alejandro VI, circundado de falsas informaciones, sin ninguna motivación válida ni doctrinal, dada la pureza de la doctrina savonaroliana, ni moral, dada la nobleza de sus virtudes, y más allá de que la excomunión fue inválida por vicio de forma y porque contenía falsas acusaciones, y por tanto nula y jurídicamente inconsecuente. Savonarola, entonces, fue asesinado después de un proceso injusto e irregular, en odio a la fe. En efecto, el odio a la fe (odium fidei) no es sólo el del impío y del hereje, sino que también puede ser el del creyente, que, por envidia, odia al creyente acusándolo falsamente de herejía, exactamente lo que hizo Alejandro VI. Por eso es lícito, a propósito de Savonarola, hablar de martirio ³.
Es desconcertante que Savonarola haya sido enviado a la muerte como si fuera un criminal precisamente por quien debería haberlo alabado y apoyado en su heroica batalla por Cristo, es decir, por el mismo Vicario de Cristo, papa Alejandro VI, cegado por el odio y engañado por las calumnias de los enemigos del fraile. En la tragedia de Savonarola tenemos el episodio terrible del padre que asesina a su hijo.
El caso de Savonarola es más único que raro en toda la historia del papado y del martirologio: ese mismo Papa que tiene de Dios la tarea de canonizar a los mártires, deviene verdugo de un mártir. Es de notar que Alejandro VI celebró correctamente las canonizaciones. Savonarola en cambio martirizado por Alejandro VI. Increíble.
De donde vemos la delicadeza, aunque de extrema oportunidad, por las razones que diremos, de una eventual Causa de Beatificación de Savonarola, Causa que, siguiendo una devoción secular por el Mártir, ha sido propugnada recientemente por los Capítulos Generales de la Orden Dominicana en base a estudios esclarecedores ya definitivos, como los de Scaltriti.
En la Orden Dominica y también en otros lugares, después de la muerte de Savonarola, surgieron dos corrientes de opinión frente a él: una, demasiado leal a las censuras de Alejandro VI, encabezada por el mismo Maestro de la Orden Gioacchino Turriani, corriente que difundió la fama como de "desobediente", cuando el mismo Papa se arrepintió de lo que le había hecho a Savonarola, mientras que el sucesor, Julio II, dijo que de buen grado lo habría hecho Santo; y otra, sabia y perspicaz, en la cual figuran algunos Santos como santa Catalina de Ricci, san Felipe Neri y, en tiempos recientes, el beato Giorgio Frassati, los cuales lo veneraban como Santo y como Mártir.
Muy diferente el destino póstumo del luteranismo, que se ha configurado y se configura hasta nuestros días como factor de una trágica división en la Iglesia, que ni siquiera el ecumenismo iniciado por el Concilio Vaticano II ha logrado remediar y que, de hecho, fomenta otras herejías, como la del modernismo. Ningún católico de buen sentido común piensa en hacer santo a Lutero, quien por otra parte ha despreciado el culto de los Santos, a diferencia de Savonarola, devotísimo de los Santos, comenzando por la Santísima Virgen, y objeto de veneración a lo largo de los siglos hasta hoy. Savonarola, en efecto, es un modelo perfecto y actual de predicador dominicano franco, valiente, ardiente, observante, generoso, amante de la sana doctrina, de la Iglesia y de las almas. Por tanto, sirve de modo excelente para hacer comprender a la gente la diferencia entre el Papa como Maestro de la fe y el Papa como supremo magistrado y pastor universal de la Iglesia.
El Papa es infalible en la potestas docendi, no en la potestas iurisdictionis sive gubernandi Ecclesiam, ni es impecable en su conducta moral. En estos campos puede cometer graves culpas, por lo cual se entiende cómo Dante, que lo entendía, pudo haber mandado a Bonifacio VIII al infierno. No hay duda que los Santos son modelo de obediencia; pero es necesario terminarla de una vez por todas por exaltar un género de obediencia supina y temerosa, una falsa obediencia, que viene a ser en la práctica una connivencia con el pecado y una sumisión al prepotente. Se obedece al bien y no al mal. Quien obedece al mal con la excusa de la obediencia no es un santo, sino un hipócrita o un falso. Esta sacrosanta verdad es necesario "gritarla sobre los tejados", decirla finalmente en voz alta contra todos los fanáticos y los siervos de los poderosos. Santo es también el que rechaza la falsa obediencia. Lo cual, por lo tanto, no nos exige tomar las vestes de los contestatarios del sesenta y ocho o la arrogancia de los Rahner o de los Mancuso, como tantas figuras de hipocresía, sino obedecer a Dios antes que a los hombres. Los verdaderos desobedientes, en cambio, como Lutero y todos los herejes, deberían ser golpeados con fuerza, en lugar de convertirlos en campeones de la libertad y de la reforma.
Alejandro VI, por otra parte, reconoció, viviendo todavía el fraile, que la doctrina de Savonarola era ortodoxa, y él mismo, después de haberlo hecho condenar a muerte con una vana acusación de desobediencia, se arrepintió del gravísimo acto, alegando como excusa que había sido mal informado y que lo había excomulgado fuera de su intención (praeter suam mentem). Scaltriti, de hecho, demuestra que las órdenes dadas a Savonarola por el papa Alejandro VI fueron injustas e ilegítimas y, por lo tanto, inválidas. De ahí la consecuencia de la invalidez de la excomunión motivada por el Papa con el hecho de que Savonarola habría desobedecido. Savonarola, en cambio, sintió de inmediato la injusticia y por tanto la nulidad jurídica de los mandatos papales, en cuanto que, como él mismo lo mostró claramente, eran "contra la caridad", es decir, contra la voluntad de Dios y, como decía santo Tomás, la orden injusta de un superior, es decir, contraria a la ley divina o de la Iglesia, no merece ser obedecida, porque en este caso "talis oboedientia esset illicita" ⁴. De modo similar, para el Aquinate una excomunión, incluso pontificia, puede ser injusta o ilegítima y, por eso mismo inválida y nula, y por consiguiente sin efecto. En este caso, la persona afectada queda completamente libre de la injusta e infamante disposición y de sus consecuencias, por lo cual la persona conserva intacto su honor y su buena fama entre los buenos fieles y permanece en comunión con la Iglesia y con el Papa, no en cuanto ha errado, sino en cuanto Papa, Vicario de Cristo. La mala figura la hace el prelado que le ha excomulgado, incluso si fuera el Papa, el cual está obligado a reparar y a restituir a la persona inocente afectada su honor y su buena reputación. Dice el Aquinate: "si sit talis error ex parte sententiae, qui sententiam nullam esse faciat, non habet effectum, quia non esset excommunicatio" ⁵. Con esto mismo vienen a caer las disposiciones disciplinarias o punitivas vinculadas a la excomunión.
Lutero, en cambio, como es bien sabido, fue justamente excomulgado por León X con óptimas razones basadas en sus herejías y en la arrogancia y obstinación de su conducta. De lo cual se ve la diferencia abismal que separa la conducta de Savonarola de la de Lutero hacia el Papa. Savonarola sabía muy bien dónde es necesario obedecer al Papa y dónde está permitido resistirle. Por eso, en el caso de Lutero, fue gravísima la culpa de aquellos que, con desprecio de la excomunión, en vez de llamarlo a la obediencia al Papa y a retractarse de sus herejías, condescendieron a su furia herética y antipapal sin tomar en ninguna cuenta el valor y los efectos de la excomunión.
Savonarola, excomulgado injustamente, ha sido ajusticiado; Lutero, excomulgado correctamente, ha salvado su pellejo. Una cierta responsabilidad en estas horrendas injusticias tiene ciertamente la familia Medici, una poderosísima dinastía florentina, que dio a luz durante dos siglos, precisamente durante el neopaganismo renacentista, a muchos obispos y cardenales e incluso a dos Papas, León X y Clemente VII, los cuales marcan una parte tristemente destacada en la historia del luteranismo, después de que los Medici de finales del siglo XV contribuyeran a la desgracia de Savonarola, conduciendo al libertinaje, el lujo, la codicia y el poder desmedido de la clase política florentina, tan despreciada por las vehementes prédicas del Profeta dominico, y también favorecida por el Papa. Lutero en cambio hizo una enorme confusión entre el Papa como hombre y el Papa como Papa, haciendo objeto de su impío e implacable odio herético la figura del Papa no solo en su aspecto humano, sino también en su misión divina.
Tanto Savonarola como Lutero sitúan en el centro de su interés la salvación mediante la cruz de Cristo, y se proponen una reforma de la Iglesia a la luz del Evangelio. Sin embargo, profundas son las diferencias. Savonarola, haciéndose religioso, pretende hacerse santo dejando el mundo corrupto. Ama la observancia regular y siente la necesidad de luchar contra los pecados en la sociedad y en la Iglesia, corrigiendo las costumbres corruptas, a la luz de una fe perfectamente ortodoxa y cristalina. Lutero, en cambio, temiendo fuertemente y casi con espanto de no salvarse, se hace religioso para tener mayor seguridad de salvarse, pero, infectado de una concepción occkamista de la relación del hombre con Dios, según la cual Dios es bueno pero aparece como un déspota hostil al hombre, mientras que el hombre se salva obedeciendo irracionalmente a Dios, no se sitúa en la correcta relación con Dios, porque no puede conciliar en Dios la sabiduría con la bondad, la misericordia con la severidad, el temor con el amor, la confianza con la reverencia. Habiendo llegado a un punto de insoportable exasperación, como se sabe, Lutero, creyendo recibir la iluminación divina que, a su decir, le "abría las puertas del paraíso", se convenció de modo entusiasta, fanático y obstinadísimo de esta idea suya, casi como si estuviera en juego su eterna salvación y la de toda la humanidad, de modo que permaneció apegado por el resto de su vida a la idea de que Dios de todos modos lo perdonaba, aun si quedaba atado al pecado y vencido por el pecado, haciéndose la idea de que la gracia podía coexistir con el pecado.
Así se explica el empeño frenético, prodigioso e incansable que Lutero puso a lo largo de toda su vida en difundir su idea por todas partes, considerándose mensajero del verdadero Evangelio contaminado por el Papa, y por tanto nutriendo cada vez más en los años siguientes hasta su muerte un odio feroz contra el Papa, que había condenado su idea, reafirmando la doctrina tradicional de la justificación. De nada valieron todos los intentos hechos para disuadir a Lutero de esta herejía. No había nada que hacer, y de hecho esta herejía terminó difundiéndose en Europa y en el mundo en los siglos siguientes hasta nuestros días. Lutero consideró incluso este principio, por el cual abusaba del concepto paulino de la justificación, como la piedra angular misma de la fe cristiana, "articulus stantis et cadentis Ecclesiae", y como es bien sabido, logró atraer a sí a un número sinfín de seguidores, precisamente los llamados "protestantes", sin que ni siquiera la reforma tridentina haya podido frenar este fenómeno.
Nada de todo esto en Savonarola, que conocía y aceptaba la verdadera doctrina de la justificación y la hacía el eje de su vida espiritual y de su predicación, anticipándose a las decisiones del Concilio de Trento. Savonarola, siguiendo a santo Tomás y la doctrina de la Iglesia y de los Santos, no tiene problemas en ver en Dios un Padre sabio y misericordioso y un Juez justo y clemente. Sabe vivir esta verdad y sabe transmitirla a los demás. De tal modo Savonarola hace experiencia de la misericordia divina sin tomar a esta, como hace Lutero, en pretexto para evitar el ascetismo moral, el ejercicio de las buenas obras y la enmienda de sí mismo. Por eso Savonarola no siente nunca la tentación de abandonar la austeridad de la vida religiosa, con la excusa aducida por Lutero de que las buenas obras, los sacrificios y las penitencias no bastan para la salvación, porque sabe muy bien que la observancia regular de los religiosos y de los monjes, bien moderada y regulada, es un factor esencial, aun cuando secundario, en el camino de santificación, al contrario de Lutero, que, bajo el manto de la falsa idea de que Dios perdona siempre, aunque no esté arrepentido, vuelve a la vida secular renunciando a disciplinar las propias pasiones y a tener a freno la tendencia a la falsedad, propia de la razón humana oscurecida por el pecado.
Es esta falta de disciplina de la razón, contagiada de ockhamismo, la que combinada con la soberbia y la embriaguez del éxito obtenido, conduce a Lutero a la herejía, cosa absolutamente ajena al camino espiritual de Savonarola, el cual en cambio sabe que al pecador arrepentido el pecado le es verdaderamente cancelado, aun cuando luego, dada la inclinación al mal de los hijos de Adán, el pecado siempre reaparece una y otra vez. Pero cada vez el pecado puede ser cancelado por la gracia. En cambio Lutero, con el pretexto de que la condición de pecador es invencible, no se esfuerza por vencer el pecado, sino que se acomoda a él, gozando en el pecar, con la excusa de que aún así Dios perdona, y considerándose perdonado sea como sea.
Tanto Savonarola como Lutero son devotos del Crucifijo, como salvación y expiación divina de los pecados, pero entendiendo tal devoción en modo opuesto: mientras que Savonarola ve en el Crucifijo un Dios que está en armonía con la razón, que pide las buenas obras y que por consiguiente es amigo del hombre, Lutero, malinterpretando el concepto paulino de la Cruz como "escándalo" (1 Cor 1,23) de los Judíos, y confundiendo mal de pena y mal de culpa, imagina padecer con Cristo sin enmendarse del pecado, sin el ejercicio recto de la razón y el de las virtudes naturales, por él despreciadas como jactancia pelagiana y farisaica ante Dios de las propias obras y de los propios méritos.
Por cuanto respecta a la relación de la Iglesia con el Estado, diferente es la actitud de Savonarola y de Lutero. Savonarola se siente fuertemente atraído por el deber de proponer públicamente a Florencia el modo con el cual el Evangelio debe servir al bien común político con referencia al bien espiritual y moral de las personas y de la sociedad, en relación al pecado y a la justicia. Lutero también concibe que el príncipe cristiano debe esforzarse, en la medida de su competencia y de su poder, para ayudar a la Iglesia a encarnar el Evangelio en la historia y en la sociedad civil. Tanto el uno como el otro dan directivas a los príncipes y a los ciudadanos inspiradas en el Evangelio.
Sin embargo, mientras que para Savonarola el Papa, valiéndose de su ministerio de Vicario de Cristo y soberano temporal de los Estados de la Iglesia, tiene la tarea, a la luz del Evangelio, de supremo juez, regulador y promotor de la acción de los príncipes cristianos, Lutero, no le da al Papa ninguna autoridad de tal género, sino que el Papa es a lo máximo un soberano temporal como todos los demás, con el agregado de la pretensión infundada de representar a Cristo por encima de todos los demás. Por tanto, para Lutero, la Iglesia tiene más bien necesidad de ser ordenada y organizada según el Evangelio, también para la realización de su misión tanto política como espiritual; sin embargo la Iglesia en la tierra no tiene necesidad de un único centro visible de unidad, de una única dirección central, como sería el Papa en Roma, sino que es una colectividad o una colegialidad de cristianos guiados por grupos, principados o naciones por sus respectivos pastores bajo la única guía celestial de Cristo y del Espíritu Santo.
Para Lutero no hay un Papa, supremo soberano espiritual y terreno, por encima de los príncipes, sino que cada príncipe bajo la guía del Emperador de los Romanos, es cabeza de la Iglesia para su territorio, ya se trate del propio principado o del conjunto del Sacro Romano Imperio. Savonarola, por su parte, se esforzó intensamente por el bien público de Florencia, promoviendo una república popular, que hacía poner bajo la realeza de Cristo. Savonarola tenía estima por el proyecto del rey de Francia Carlos VIII, quien estaba convencido, siguiendo la predicación inflamada de santa Juana de Arco, de que Francia hubiera sido elegida por Dios para derrotar a los Turcos y liberar a Jerusalén del dominio musulmán. Por ello Savonarola se esforzó para que Florencia, bloqueados a la luz del Evangelio los proyectos de señorío de la familia Medici, enemiga del rey, se aliara con él. Salvo que, sin embargo, Carlos VIII también consideraba a Alejandro VI un Papa simoníaco y por tanto ilegítimo, por lo cual también pensó en derrocarlo y hacer de Italia un territorio de pasaje que permitiera a sus tropas llegar a Tierra Santa. Por ese motivo el Papa odiaba a Carlos VIII, también por el hecho de que el Pontífice, con el único pretexto de ser el Vicario de aquel Cristo, a quien "se ha dado todo poder en el cielo y en la tierra", olvidando la otra frase, en cual el Señor delante de Pilato declara que su reino "no es de este mundo", pretendía expandir mediante su familia Borgia su dominio en Italia. Por eso el Papa ordenó a los Florentinos que se unieran a la Liga, que el Papa había constituido contra Francia, obteniendo incluso el apoyo del emperador Maximiliano. Pero los Florentinos, celosos de su libertad, a instancias de Savonarola, se negaron a obedecer al Papa, lo que hizo aumentar su indignación contra Savonarola, y llevó al Papa a añadir un nuevo motivo para acusar al fraile de desobediencia, cuando éste no socavaba en nada los intereses de la Iglesia y del reino de Dios, sino sólo las miras expansionistas del papa Borgia.
Por el contrario, el luteranismo, desde sus orígenes, mostró cuán falsa fuera su reforma de la Iglesia y cuánto su evangelismo exaltador de la interioridad y de la conciencia encubría en realidad miras temporalistas, de las cuales inmediatamente se aprovecharon los príncipes alemanes para saquear las propiedades de los católicos, para fortalecer su poder, su independencia y su rebelión contra el emperador Carlos V, quien con celo ejemplar les exigía a ellos la aceptación de las justas medidas pontificias contra Lutero y sus seguidores. Un grave vicio del príncipe renacentista, al cual ni siquiera los Papas, incluido por tanto Alejandro VI, llegaron a sustraerse, fue la sed de dominio personal -hoy diríamos "dictadura"- sobre los más amplios ámbitos posibles de la sociedad, una sed muy acentuada y exaltada en el famoso Príncipe de Maquiavelo. Extender los propios dominios era considerado un objetivo normal, codiciado y admirado por el hombre fuerte y una señal de heroísmo, aun al precio de eliminar deslealmente, ya sea haciéndose "zorro", ya sea haciéndose "león", para usar las expresiones del Secretario florentino, los opositores o los pretendientes al mismo territorio. Así se explican tantos delitos de los siglos XV/XVI, incluida la muerte de Savonarola. Es triste tener que decir esto, pero es cierto. Pequeñas y grandes familias o clanes, con sólo que estuvieran dotados de cierto prestigio o poder económico o político, desde los Medici hasta los Borgia, aspiraban, como entonces se decía, al "señorío". Savonarola, por el contrario, atento a la ética política de santo Tomás, según la cual el príncipe no es el artista que plasma al pueblo, como si fuera la materia de una obra de arte, sino que es vicem gerens multitudinis, anticipando así la moderna democracia, elaboró para Florencia un estatuto político, en el fondo realización del ideal evangélico de la fraternidad y de la autoridad como servicio, que al principio tuvo gran éxito, pero que pronto fue frustrado por la envidia conjunta de los Medici y de los Borgia y de los mismas franjas populares -los llamados "compagnacci"-, que prefirieron el régimen laxista, sensual y paganizante de los Medici a la austeridad evangélica y al rigor moral del profeta dominico.
Ambos educados en la pobreza religiosa, Savonarola y Lutero son completamente ajenos a cualquier mira de poder terrenal. Su única aspiración es la predicación del Evangelio para la edificación del reino espiritual de Cristo, pero con la fuerte diferencia de que mientras Savonarola predica el Evangelio en su pureza en comunión con el Magisterio de la Iglesia, Lutero predica un Evangelio contaminado por la herejía en rebelión contra la Iglesia. Savonarola, quedó solo como Cristo, permaneció fiel al Papa Maestro de la fe, no obstante los golpes recibidos; Lutero, defendido por los impíos, se rebela contra el Papa que quiere corregirlo de sus errores.
Savonarola y Lutero: dos reformadores, dos rebeldes excomulgados. El primero promueve una verdadera reforma, el segundo promueve una falsa; el primero se rebela contra el pecado; el segundo se rebela contra el Papa; el primero, excomulgado y asesinado siendo inocente, el segundo excomulgado y libre, aunque siendo culpable. El primero muestra cuándo el Papa puede estar equivocado. El segundo muestra cuando el Papa sabe condenar. Una lección para nuestros días, en los cuales todos tienen algo que decir sobre el Papa, a propósito y a despropósito: están los astutos que quisieran instrumentalizarlo para fines de poder haciéndose pasar por católicos; y están los otros, en cambio, para quienes lo que hace el Papa nunca está bien, lloriqueando anacrónicamente y con nostalgia a los Papas del preconcilio.
Las dos grandes figuras de Savonarola y de Lutero se destacan a lo largo de los siglos para enseñarnos que se puede morir inocentes asesinado por hermanos de fe, mientras que se puede sobrevivir en el pecado con éxito, dando la apariencia de ser los católicos del futuro.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 2 de febrero de 2015
Notas
¹ La banda del buco (la banda del agujero) es una comedia italiana de 1960 dirigida por Mario Amendola. JG
² L.Von Pastor, Storia dei Papi, Desclée&C.ie, Roma 1912, vol.III, pp.146-153.
³ Todos estos datos se encuentran en el libro "L’ultimo Savonarola", Edizioni Paoline, Roma 1976, estudio documentadísimo del padre Giacinto Scaltriti, quien durante cincuenta años cultivó el interés por Savonarola. Cf. también A. D'Amato, Savonarola martire della verità, Faenza 1998. Una buena defensa de Savonarola puede encontrarse en la entrada Savonarola, de Roberto Ridolfi, en la Enciclopedia Católica, vol. X.
⁴ Summa Theologiae, II-II, q.104, a.5, 3m.
⁵ Summa Theologiae, Suppl., q.21, a.4.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum liceat Papae resistere in quibusdam casibus
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod numquam liceat Papae resistere.
1. Quia Papa est Vicarius Christi et Magister universalis Ecclesiae, et ideo videtur quod omnis resistentia ei sit resistentia ipsi Christo. Cum sit caput visibile Ecclesiae, videtur quod omnis oppositio destruat unitatem a Deo volitam.
2. Praeterea, Sancti sunt exempla obedientiae, nec quisquam eorum contra Papam rebellavit. Ergo videtur quod obedientia semper sit absoluta, etiam cum Papa praecipit dura vel incomprehensibilia.
3. Item, unitas Ecclesiae fundatur in obedientia Papae; si resistentia admittatur, aperitur ianua divisionis et haeresis, sicut accidit cum Luthero, cuius protestatio contra Papam in schisma et multiplicationem sectarum derivavit.
4. Denique, conscientia humana potest errare, sed Papa, Spiritu Sancto assistente, non potest errare in suis mandatis. Ergo videtur quod numquam debeat resisti, quia eius auctoritas est suprema et universalis.
Sed contra est quod Sacra Scriptura dicit: obedire oportet Deo magis quam hominibus (Act 5,29). Item, sanctus Thomas docet quod praeceptum iniustum superioris non est obediendum, quia talis obedientia esset illicita. Historia etiam ostendit quod Savonarola, licet fidelis Papae ut Magistro fidei, iniustis mandatis restitit, dum Lutherus, contra Papam ut Vicarium Christi rebellans, in haeresim cecidit.
Respondeo dicendum quod Papa est infallibilis in potestate docendi, non autem in potestate gubernandi nec in sua morum honestate. Potest igitur errare in mandatis disciplinaribus vel in actibus regiminis, immo etiam graves culpas committere. In talibus casibus non est obediendum, quia obedire malo non est virtus, sed hypocrisis. Vera obedientia ordinatur ad bonum et ad veritatem, et cum Papa contra caritatem vel contra iustitiam praecipit, licitum est ei resistere, manendo tamen semper in communione cum eo ut Vicario Christi. Savonarola ostendit quod fieri potest fidelitatem servare Papae Magistro fidei et simul iniustis mandatis resistere, usque ad martyrium. Lutherus autem ostendit falsam resistentiam, quae non distinguit inter Papam ut hominem fallibilem et Papam ut Vicarium Christi, et quae in divisionem et odium desinit. Unde sequitur quod vera reformatio nascitur ex sanctitate et fidelitate Magisterio, falsa autem ex superbia et rebellione.
Ad primum ergo dicendum quod resistere Papae in mandatis iniustis non est resistere Christo, quia Christus malum non praecipit. Resistitur errori humano, non Vicario Christi ut tali. Savonarola, doctrinae fidelis, veram ab falsa obedientiam distinxit.
Ad secundum dicendum quod Sancti semper obediunt Papae ut Magistro fidei, sed aliqui iniustis mandatis restiterunt. Savonarola exemplum est, qui falsam obedientiam, quae peccato connivebat, reiecit. Lutherus autem obedientiam cum servilitate et resistentiam cum rebellione confundens in errorem lapsus est.
Ad tertium dicendum quod divisio et haeresis nascuntur ex resistentia haeretica, sicut Lutheri, qui Papam ut Vicarium Christi impugnavit. Resistenta autem iusta, sicut Savonarolae, unitatem non rumpit, sed defendit, quia communionem in veritate servat et ostendit quod obedientia non est complicitas cum malo
Ad quartum dicendum quod Papa Spiritu Sancto assistitur in fidei doctrina, non autem in omnibus actibus regiminis vel morum honestate. Potest igitur in his errare, et tunc non est obediendum. Obedientia supina et timida est falsa obedientia; vera obedientia est Deo magis quam hominibus obedire. Ideo Savonarola fuit martyr caritatis et veritatis, Lutherus autem haeresiarcha ex superbia et inobedientia. JG
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