El ateísmo no es mera negación intelectual, sino culpa moral que rechaza voluntariamente a Dios aun sabiendo que existe. ¿Puede el hombre bastarse a sí mismo sin causa trascendente? ¿Es la libertad auténtica cuando se niega la inmortalidad del alma y se reduce todo a la historia y a la técnica? ¿Qué consecuencias tiene para la convivencia social el considerar la fe como ilusión y la muerte como simple hecho natural? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, cuya primera parte publicamos hoy, analiza los caracteres del ateísmo moderno, su raíz en el orgullo de la razón y su expansión cultural, mostrando cómo la Biblia lo denuncia como insensatez y cómo la Iglesia lo combate como plaga espiritual. Una reflexión que interpela sobre el sentido último de la vida y la responsabilidad de la razón frente a la verdad. [En la imagen: fragmento de "La incredulidad de Santo Tomás", óleo sobre lienzo, 1602, obra de Caravaggio, conservada en el Palacio de Sanssouci, Potsdam, Alemania].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 18 de septiembre de 2026
Observaciones sobre el ateísmo (1/3)
Observaciones sobre el ateísmo ¹
Primera Parte
(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 20 de diciembre de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/alle-porte-del-natale-le-osservazioni-sullateismo-di-giovanni-cavalcoli/)
"Me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras" (Sal 95,9)
El ateísmo no es la simple negación de la existencia de Dios, sino una culpa moral; como de hecho se desprende claramente de la Biblia, es el rechazo voluntario a reconocer la existencia de Dios, aun sabiendo que Dios existe y que, por lo tanto, le son debidos honor y obediencia.
El ateo considera que el hombre, como individuo o como sociedad, sea suficiente para sí mismo, el hombre se basta a sí mismo; no es necesario establecer una causa o un creador del ser humano. La razón no remite a una causa trascendente de la razón misma y, en general, de las cosas y del mundo. Por eso, el ateo no tiene un interlocutor divino en el cielo, a quien pueda acudir para pedirle ayuda o para ordenarle lo que debe hacer.
Para el ateo, el hombre debe resolver por sí mismo sus problemas, mientras pueda. Y donde no pueda, no debe afligirse demasiado, porque la naturaleza está hecha de tal modo, que prevé la existencia de problemas insolubles. Es necio e irrazonable querer resolver problemas insolubles o aspirar a cosas imposibles como por ejemplo la inmortalidad o una vida absolutamente feliz.
Para el ateo debemos, por supuesto, corregirnos de nuestros defectos, pero en base a criterios que no nos son dados por ningún Dios, ni por razonamiento ni por revelación, sino que nosotros mismos establecemos. No tenemos más deberes fuera de aquellos, por otra parte siempre cambiantes, que establecemos o personalmente o colectivamente como sociedad, como clase o como Estado.
Como se sabe, no parece que en toda la historia de la humanidad el ateísmo haya estado tan extendido como lo está en las sociedades modernas. Hay quienes dicen que el ateísmo se ha aprovechado o ha tomado ocasión del propio cristianismo, aunque esto pueda parecer paradojal. Y de hecho, ninguna religión como el cristianismo diviniza al hombre de modo tan sublime.
Se deja de lado la persona histórica de Cristo y se capta la idea del Dios-hombre y el juego ya está hecho. Ciertamente, Cristo para el ateo no sería otro que el hombre que desde el principio, y a través de toda la historia de la humanidad, ha tomado conciencia de su divinidad, quien luego prácticamente, en la visión atea, no sería más que el vértice del ser hombre.
En tal modo, Cristo, para el ateo, indica a la humanidad el camino para alcanzar la plenitud de su dignidad. Dios deviene o se muta en hombre. Dios "desciende del cielo" de la abstracción para concretizarse en el hombre. El hombre "sube al cielo" dándose cuenta de su propia divinidad.
Esto explica la simpatía condescendiente que el hinduismo tiene por el cristianismo, habiendo tenido muchos siglos antes de Cristo una idea similar, que sin embargo desde un punto de vista cristiano sería cualificada como monofisismo y docetismo, herejías cristológicas de los primeros siglos.
Esto explica que aún después de dos mil años los indios, en su abrumadora mayoría, sigan siendo todavía tan reacios a convertirse a Cristo, visto por ellos simplemente como uno de los muchos símbolos o imágenes de su religión, cerrados como están en su orgullo gnóstico al considerarse en un nivel de divinidad, el brahmánico, superior al de Cristo mismo, quien, según ellos, no posee dos naturalezas entre sí distintas, como creemos nosotros los cristianos, sino que es una teofanía, una aparición de Brahman en una forma sensible (avatár), por lo cual, para el sabio hindú, el devoto no recibe de Dios una gracia que le haga partícipe de la naturaleza divina, sino que es el mismo Brahman, que aparece en las semejanzas de un ser humano.
La actual convivencia entre creyentes y no-creyentes
En el siglo pasado, el ateísmo ha sido particularmente agresivo y persecutorio, y sobre todo en los años Setenta, logró una impresionante expansión, a tal punto que parecía que iba a conquistar el mundo. La cultura marxista conquistó un enorme prestigio en todo el mundo. Sin embargo, a partir de la repentina e inesperada disolución de la URSS en 1989-1990, el marxismo ha disminuído y atenuado algo su seducción y virulencia, así como su polémica contra la religión, al menos a nivel de instituciones públicas o estatales.
Ser ateo hoy es una elección frecuente, permitida ya desde los tiempos del Iluminismo por todas las constituciones de los Estados civiles, que admiten como derecho no sólo la libertad de religión, sino también la de irreligión. Frente al Estado democrático, los ateos y los creyentes gozan, al menos en línea de principio, de los mismos derechos y están sujetos a los mismos deberes.
El Concilio Vaticano II, sin embargo, por su parte, reconoce e incluso promueve, en los ordenamientos civiles de los Estados, pero no obviamente dentro de la Iglesia, el derecho a la libertad religiosa, pero no el de irreligión, aunque la Santa Sede haya instituido un dicasterio para el diálogo con los no-creyentes.
En efecto, como es bien sabido, el Concilio ha deplorado de la manera más fuerte la doctrina y la práctica del ateísmo, y exhorta encarecidamente a los fieles a poner en marcha todos los medios posibles para encontrar una solución capaz de iluminar las mentes y para curar esta plaga social y espiritual con una oportuna y paciente obra de persuasión hecha no sólo de palabras, sino también de ejemplos.
El Beato Paulo VI asignó a la Compañía de Jesús como tarea especial la lucha contra el ateísmo; pero la Compañía lamentablemente no sólo no ha producido nada significativo en este campo, sino que ha sido connivente con las guerrillas comunistas en América Latina y ha concedido plena libertad de acción a un teólogo como Karl Rahner, el cual sostiene la posibilidad de un ateo en buena fe, que por lo tanto no es culpable. Volveremos sobre este punto más adelante. En cambio, la excomunión contra el comunismo lanzada en 1949 por Pío XII está todavía en vigor.
Los creyentes, debido al hecho de que el ateísmo en el ámbito civil ya no es un delito como lo fue en otros tiempos, deben estar atentos a no subestimar el fenómeno, como si se tratara de una elección como cualquier otra, sino que deben recordar su deber, en la medida que les sea posible, de refutar el ateísmo, respetando al mismo tiempo a las personas.
Caracteres del ateísmo
El saber o indagar de dónde tiene origen el universo, no parece ofrecer un especial interés a muchos de nuestros contemporáneos, sino que parece ante todo ser una cuestión exclusivamente reservada a los astrónomos o a los paleontólogos, por lo cual no la ven conectada con la regulación de su conducta moral, cuyos principios ellos consideran que competa establecer exclusivamente a ellos o a la sociedad en última instancia.
El ateo, por lo tanto, bloquea el camino de la razón hacia las causas segundas y le impide llegar al término de su proceso fundamental, que es el de afirmar la causa primera, de modo similar a un sediento que, en lugar de saciar totalmente su sed, bebiera solo a la mitad de su necesidad. Ciertamente, nadie es tan insensato como para hacer tal cosa en circunstancias normales.
Y en cambio, el pecado original ha cegado o debilitado tanto la razón y promovido el orgullo o, por el contrario, una falsa humildad, que esta frustración, esta especie de onanismo espiritual, que en condiciones normales y adecuadas no se da en el saciar la sed, puede darse en el satisfacer la sed de verdad de la razón, la cual, considerándose autosuficiente o por el contrario impotente, juzga insensato o imposible ir más allá, se detiene antes de haber alcanzado la meta o erige como causa primera aquello que es sólo una causa segunda.
Negando la causa primera de las cosas, el ateo niega lógicamente el carácter personal de la divinidad. Y aquí el ateísmo se asemeja al panteísmo. Tanto en uno como en otro caso, el yo no tiene ante sí un Tú divino, un interlocutor divino, un "Señor" o un Padre, concebido por analogía con un señor humano, con el cual hablar y a quien le habla, un Dios a quien invocar y a quien escuchar: el panteísta, en cuanto que Dios es él mismo, por eso no puede invocarse a sí mismo en caso de necesidad. En cuanto al ateo, no puede invocar a una persona que no existe. Por eso, para el ateo el creyente es un demente o un delirante que habla con los fantasmas.
La razón del ateo no llega a comprender o no quiere comprender que ella tiene frente a sí invisiblemente y de un modo puramente inteligible, a otra Persona, enteramente espiritual, otra Razón, y esta eterna, infinita, inmutable y subsistente, superior a ella, por la cual ha sido creada y de la cual depende y que se propone como supremo bien y fin último y con la cual entrar en diálogo de modo similar a la relación que mantiene con los sujetos humanos.
Para el ateo, todo deviene y proviene de la materia, todo es historia, no existen valores eternos y verdades absolutas. El espíritu existe, pero es efecto de una autotrascendencia de la materia, única verdadera realidad. El espíritu no puede subsistir sin materia. Nosotros vivimos en la finitud y en el devenir, donde las cosas se generan y se corrompen, se trate de la naturaleza o de nuestras acciones. No tiene sentido para el ateo hipotetizar la existencia de un ser absoluto, personal, eterno, infinito, más allá del mundo. Toda la realidad se resume en nosotros los hombres y en el mundo que nos circunda. No existen otras realidades. Debemos atenernos a estas cosas con la ciencia, y dominar el mundo con la técnica.
Para los ateos, la muerte es un hecho natural: no hay necesidad de convertirla en una tragedia. De resurrección, ni siquiera pensar en ello. Pero ni siquiera es admitida la inmortalidad del alma. Nuestro destino personal se juega y se resuelve en esta tierra.
Si nos hemos hecho de los méritos, trabajando por la humanidad del futuro, podremos dejar nuestro nombre en la historia, en el recuerdo agradecido de la posteridad, pero no hay ninguna inmortalidad personal en el más allá. La inmortalidad del alma y más aún la resurrección del cuerpo en un paraíso celestial son fantasías pueriles y esperanzas ilusorias de individuos temerosos y egoístas que no tienen el coraje de aceptar la muerte. La única realidad es la historia de la humanidad en la naturaleza. Haber trabajado para la historia debe ser suficiente.
Sin embargo, así como el ateo está convencido de que le corresponde a él establecer la ley moral, puede suceder que, si no está dotado de un fuerte sentido del deber, por motivos de conveniencia o de oportunismo o por otros motivos reprobables o incluso por simple debilidad humana, no siendo sostenido por la gracia, decline de la línea de la honestidad. Si esto les sucede a los creyentes, con mayor razón les sucede a los ateos, quienes, como se supone, no hacen caso ni prestan atención a la voluntad de Dios.
Además, el ateo no cree en la inmortalidad del alma. No cree que deba rendir cuenta en el momento de la muerte ante un Dios remunerador. Los premios y los castigos conciernen sólo a la vida presente. No hay ningún premio ni castigo más allá de la muerte, porque no hay ningún Dios que premie o castigue.
El ateísmo es de por sí una convicción teórica, pero grávida de consecuencias morales. En efecto, el ateo, que no cree en un Dios legislador, se considera dispensado de obedecer las leyes divinas y regula su conducta exclusivamente sobre su voluntad. Pero la misma idea de que Dios no existe es para la Biblia una insensatez y signo de un razonar incorrecto y malévolo, que merece un severo reproche.
Esto significa para la Biblia que es imposible probar que Dios no existe, mientras que es posible, debido y necesario probar que existe, si el hombre quiere obtener la salvación, que sólo le viene de Dios. Por lo tanto, la idea de que Dios existe no es una simple opinión, igualmente admisible y lícita como la tesis contraria, sino que es una verdad cierta y demostrable, vinculante para todos.
De aquí se deduce que, nadie, habiendo llegado a la edad de la razón o que no sea enfermo mental, y esté abierto a la verdad, ignora en buena fe y por lo tanto sin culpa, que Dios existe, como puede no saber de la existencia de cosas contingentes y empíricas o incluso de ciertos deberes morales o leyes civiles, tal vez por haber recibido una educación insuficiente o por haber sido engañado por falsas ideas o por haber descuidado involuntariamente el informarse o por haber caído en un equívoco o por falta de memoria o porque la cosa no sea de su competencia.
De hecho, la razón humana, si tan pronto como comienza a funcionar, partiendo de sus evidencias primarias, se la satisface en su necesidad de verdad y de progresar en el saber; si se la deja proceder libremente hacia sus extremas consecuencias, hasta donde ella puede llegar, y si se la satisface sin ponerle obstáculos en sus necesidades radicales, es conducida espontáneamente a interrogarse sobre el por qué de las cosas, por lo cual se pone a seguir o vislumbra, sin llegar a recorrerla, una cadena causal o finalística de fenómenos, que parece no tener nunca fin ni hacia atrás ni hacia delante.
Al final de sus exigencias y necesidades cotidianas, el ateo parece sentirse satisfecho, aunque no vea el final ni el principio, admitido que ellos existan, de esa cadena causal. Nos vemos llevados a aplicar el principio de causalidad sólo al nivel de los fenómenos, es decir, de las cosas visibles o a lo sumo de los hechos y de los actos humanos.
El ateísmo marxista
El ateísmo, que se ha extendido en el mundo durante el siglo pasado, ha sido el ateísmo marxista en la versión leninista-staliniana. Marx, como es sabido, ha hecho suya la crítica a la religión de Feuerbach, para el cual Dios es un ente imaginario celestial de tipo personal, el "Señor" (Elohím), que es la proyección de los atributos humanos llevados al infinito, en el cual Señor, el hombre infeliz y oprimido, aplacado por sus opresores, los ricos y los sacerdotes, ve esa dignidad y esa libertad de las cuales ha sido expropiado, y que espera recuperar precisamente apelando a esta entidad inexistente e imaginaria.
Mientras tanto, es exhortado por su amo a aceptar las propias condiciones y a ser paciente, sin rebelarse, a la espera de ser salvado y liberado después de la muerte por este Señor y conducido al paraíso del cielo. Probablemente, comento yo, el rico epulón del Evangelio ha dicho algo parecido al pobre Lázaro.
Es bien conocido que Marx consideraba a la religión "opio de los pueblos". Sin embargo, él no prospecta una persecución, sino sólo una propaganda doctrinal contra los creyentes, considerando que la religión se extinguirá por sí sola, una vez realizada la revolución, que pondrá en las manos de todos los instrumentos de producción y creará un trabajo libre.
Marx creía que la religión se habría de disolver de por sí, una vez instaurada la justicia económica, suprimida la propiedad privada y abatida la clase de los señores o amos. Esto, según Marx, habría sido la mejor refutación del teísmo, porque, no existiendo ya los amos, sino siendo todos libres e iguales, ya no habría que ser esclavos de las promesas y de las amenazas ilusorias de la religión de los hombres libres, pues se habría comprendido que el "Señor" celestial no era más que una sublimación ficticia del amo terreno deseoso de mantener su poder sobre los trabajadores.
Marx, por otra parte, había asumido de Hegel la dialéctica del "amo-esclavos" ², que Hegel, en su Fenomenología del espíritu ³, había presentado como interpretación de la concepción católica del Dios Señor trascendente, Dios más allá de la conciencia, la cual, no llegando a elevarse al nivel de la libertad, por ser esclava de este Dios, era llamada por Hegel "conciencia infeliz" ⁴, mientras que el favor de Hegel iba expresamente hacia la concepción luterana de Dios inmanente a la conciencia y, por tanto, principio de libertad.
Pero precisamente en este momento, en el cual la conciencia parece perdida, he aquí su reconquista, según el esquema de la dialéctica hegeliana del ser, que surge de la negación del no-ser. La conciencia se recupera, porque "le ha surgido la representación de la razón, es decir, la representación de la certeza de la conciencia de ser, en su singularidad, absolutamente en sí o de ser toda realidad" ⁵. La conciencia supera dialécticamente su propia escisión interior, deviniendo conciencia de la razón, que es el Espíritu Absoluto, Dios ⁶.
Marx acepta la autoliberación dialéctica de la autoconciencia. Pero para él no se trata de una toma de conciencia de ser Dios, sino de afirmar al hombre en su libertad contra la opresión religiosa y capitalista. Que luego el hombre para Marx tome de hecho el puesto de Dios, esto es cierto, como el mismo Marx lo reconoce con su famosa expresión: "El hombre es Dios para el hombre".
El verdadero Dios para Marx es por tanto el hombre. De todos modos, queda el hecho de que para Marx la afirmación del hombre requiere la negación de Dios. Pero este Dios negado es el de la conciencia infeliz, no el de Hegel, vértice del hombre.
Por consiguiente, al fin de cuentas, Marx no niega el concepto o esencia de Dios, que él conoce muy bien como identidad de la esencia con la existencia. Este concepto, además, corresponde a la concepción hegeliana del ser. Es la misma noción de Dios que encontramos en santo Tomás. Excepto que Marx le niega la existencia, con la diferencia de que él sostiene que esta esencia pertenece por derecho al hombre y no a Dios.
Por tanto, para Marx Dios no existe, no porque no exista la identidad de esencia y de existencia, sino porque la identidad de esencia y existencia define la naturaleza del hombre, verdadero existente, mientras que no existe un sujeto llamado "Dios", distinto del hombre, por encima del hombre y creador del hombre, cuya esencia se identifica con la existencia.
Según Marx, nadie ha creado al hombre, precisamente porque el hombre existe por esencia. En todo caso, son los patrones, los sacerdotes y los capitalistas, quienes han creado a Dios para mantener sometida a la clase trabajadora y robarle su esencia humana, la cual, según Marx, es efecto del trabajo. Excepto que en la sociedad capitalista, el trabajador está privado de su esencia en el momento en el cual el capitalista lo priva del fruto de su trabajo.
Por eso, el ateísmo marxista es la forma más pura, completa, refinada y grave de ateísmo, y al mismo tiempo es un cripto-panteísmo de origen idealista, porque no hace más que desenmascarar el ateísmo ya implícito en Hegel, cuando éste concibe el pensamiento idéntico al ser ("lo real es lo racional"), identificando la razón humana con la razón divina. Hegel tiene un buen hablar de Dios; pero su Dios no trasciende al hombre, porque no es otro que el hombre que con su razón se hace Dios.
Se debería llamar paradójicamente, al de Marx, un ateísmo "teológico" y en todo caso ciertamente antropológico. Marx sabe quién es Dios; pero asigna al hombre la esencia divina en su estructura metafísica. Es la extrema consecuencia del antropocentrismo renacentista y de la concepción cartesiana idealista de Dios, que llega hasta Hegel a través de Kant. El ateísmo marxista no es ignorancia o negación de los atributos divinos, sino que es la voluntad del hombre de apropiarse de ellos o, como decía santa Catalina de Siena, de "robárselos a Dios".
El hombre marxista no es, por tanto, el hombre del existencialismo, pobre desgraciado y angustiado, que vive al día, todo replegado en su propio yo asocial, quejumbroso y doloroso, pendiendo entre el ser y la nada, condenado a ser libre, sin futuro y sin sentido, "una pasión inútil", como dice Sartre.
Por el contrario, el hombre marxista es un hombre extremadamente orgulloso de sí mismo, hombre colectivo, el "Gattungswesen", que sabe lo que quiere, como clase obrera en lucha por el dominio de la naturaleza ⁷ y por la libertad, que mira con seguridad gozosa al "sol del futuro", porque con poder titánico, mediante la revolución, se recupera la propia esencia y el propio trabajo robados por los curas y los capitalistas.
El ateo marxista no es, en suma, el hombre de la finitud y de la precariedad, sólo en el universo sin Dios, como en Demócrito, en Lucrecio, en los materialistas franceses del siglo XVIII, en Leopardi, en Haeckel, en Darwin, en Comte, en Freud, en Sartre, en el Círculo de Viena, o en Nietzsche. Se asemeja a Heidegger, el último de los idealistas, angustiado pastor y casa del ser, tan individualista como Marx, que aniquila a la persona en la colectividad.
El hombre en Marx es visto como el de por sí existente (Tomás diría el ipsum Esse), que dialécticamente en la lucha de clases se reapropia de esa esencia, de la cual, como esclavo y alienado, estaba privado en la situación descrita por Feuerbach. La existencia humana recupera la propia esencia alienada o bien la esencia retorna a la existencia, no porque la recobre de un Dios trascendente, sino en virtud del movimiento dialéctico de la misma existencia.
Fin de la Primera Parte (1/3)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 20 de septiembre de 2015
Notas
¹ Entre los muchos estudios que se podrían citar, me limito a los tres siguientes: el libro de un gran filósofo dominico del siglo pasado, fallecido prematuramente, el padre Angelo Zacchi: Dio. La negazione, Editore Francesco Ferrari, Roma 1946. Siempre actual es la obra de H. De Lubac, que muestra mediante un agudo análisis histórico el camino desde Feuerbach a Nietzsche: Il dramma dell’umanesimo ateo, Morcellina, Brescia 1979 (en español: El drama del humanismo ateo, EPESA, Madrid 1967). En cambio, de más amplia envergadura histórica y mayor perspicacia especulativa es el poderoso tratado en dos volúmenes del padre Cornelio Fabro, que, por su parte, capta las raíces del ateísmo moderno en el teísmo idealista de Descartes: Introduzione all'ateismo moderno, Studium, Roma, 1964.
² El padre Georges Cottier OP, ha mostrado en su interesantísimo libro L’athéisme du jeune Marx et ses origines hégéliennes, Vrin, París 1959, como la teoría marxista de la lucha de clases, que conduce a instaurar el ateísmo comunista, es un desarrollo de la dialéctica hegeliana de la antítesis "esclavo-amo", como símbolo de sumisión al Dios trascendente, que se invierte en la identificación del hombre con Dios, como síntesis final del proceso dialéctico.
³ Cf. el comentario de J. Hyppolite, Genesi e struttura della "Fenomenologia dello Spirito" di Hegel, La Nuova Italia, Florencia 1977.
⁴ Fenomenologia dello Spirito, La Nuova Italia, Firenze 1988, vol.I, pp.174-176.
⁵ Ibid., p.190.
⁶ Sobre la concepción hegeliana de Dios sigue siendo fundamental el estudio de Maritain "Il Dio di Hegel", en La filosofia morale, Morcelliana, Brescia 1971, c.IX.
⁷ "Humanización de la naturaleza y naturalización del hombre", como dice el propio Marx.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum atheismus sit mera opinio vel potius culpa moralis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod atheismus sit mera opinio et non culpa moralis.
1. Quia unusquisque homo habet ius libere cogitandi et proprios criterios morales statuendi, nec propter hoc culpandus est. Atheus igitur exerceret legitimum ius conscientiae, et negatio Dei esset optio respectabilis.
2. Praeterea, multi atheistae tenent rationem non posse probare existentiam Dei, et ideo negare Deum est conclusio rationalis. Sicut astronomus vel palaeontologus causas universi investigat, homo communis potest legitime ab eis discedere sine culpa.
3. Item, atheismus proponitur ut fructus modernitatis et libertatis conscientiae, a Statibus democraticis agnitae. Si Status concedit aequalitatem iurium credentibus et non credentibus, videtur quod atheismus non possit reputari peccatum, sed exercitium iuris civilis.
4. Denique, quidam theologi tenent posse esse atheos bonae fidei, qui non sunt culpabiles quia veritatem sine malitia ignorant. Ergo videtur quod atheismus non sit necessario culpa moralis, sed potest esse status inculpabilis.
Sed contra est quod dicitur in Scriptura: dixit insipiens in corde suo, non est Deus (Ps 13,1). Biblia insipientiam et culpam reputat negare Deum, et fideles hortatur ut hanc plagam verbis et exemplis oppugnent. Concilium Vaticanum II vehementer deplorat doctrinam et praxim atheismi, et fideles hortatur ut omnibus mediis hanc plagam socialem et spiritualem curent.
Respondeo dicendum quod atheismus non est mera opinio, sed culpa moralis, quia importat voluntarium Dei reiectum, etiam sciente homine Deum existere. Ratio humana, si libere procedere permittatur, sponte tendit ad causam primam et ad agnitionem Dei personalis. Negare hanc evidentiam est rationem frustrare et in insipientiam cadere. Atheus seipsum sufficiens reputat, immortalitatem animae negat et omnia ad materiam et historiam reducit, privans rationem fine ultimo. Ideo atheismus est plaga spiritualis et socialis, quae patienti persuasione refutanda est. Biblia docet impossibile esse probare Deum non existere, possibile autem et necessarium probare quod existit. Ergo existentia Dei non est mera opinio, sed veritas omnibus obligatoria.
Ad primum ergo dicendum quod libertas cogitandi non excusat a culpa, quia ratio ordinatur ad veritatem. Qui Deum negat, veritatem supremam negat et culpabilis fit. Libertas civilis non tollit responsabilitatem moralem.
Ad secundum dicendum quod ratio potest probare existentiam Dei, sicut viae classicae ostendunt. Atheus, in causis secundis detentus, rationem frustrare seipsumque voluntarie decipit, sicut sitiens qui dimidiam tantum aquam bibit nec sitim explet.
Ad tertium dicendum quod agnitio civilis libertatis irreligionis non significat atheismum moraliter licitum. Status potest permittere, sed Ecclesia eum deplorat ut plagam spiritualem. Aequalitas iuridica non implicat aequalitatem moralem.
Ad quartum dicendum quod ignorantia inculpabilis in quibusdam casibus esse potest, sed atheismus ut systema semper est culpa, quia veritatem evidentem Dei negat. Idea atheistae bonae fidei fallax est, quia ratio humana, si sincere quaerit, ad Deum pervenit. Ideo atheismus non est solum convictio theoretica, sed reiectio culpabilis veritatis, et meretur reprehensionem.
JG
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.