¿Ha olvidado la Iglesia que la predicación no sólo debe consolar, sino también defender la verdad y combatir el error? ¿Puede reducirse la evangelización al diálogo cuando Cristo mandó enseñar a todas las naciones? En esta segunda parte de su estudio, el padre Giovanni Cavalcoli examina la evolución de la predicación eclesial desde Inocencio III hasta el Concilio Vaticano II, confrontando la tradicional predicación antiherética con las nuevas orientaciones pastorales de la época contemporánea. ¿Por qué la Iglesia experimentó, después del Concilio, frutos tan notables y, al mismo tiempo, un preocupante descenso de la práctica religiosa? ¿Qué relación existe entre verdad, predicación, herejía y misión apostólica? A la luz de San Pablo VI, de la tradición dominicana y de la historia de la Iglesia, Cavalcoli propone una reflexión provocadora sobre la identidad misma del predicador cristiano y sobre el deber de anunciar íntegramente el Evangelio en tiempos de confusión doctrinal. [En la imagen: fragmento del retrato de Fray Bartolomé de las Casas, óleo sobre lienzo, siglo XVI, autor anónimo, Archivo de Indias, España].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 10 de octubre de 2026
Predicar hoy (2/5)
Predicar hoy
Segunda Parte (2/5)
(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada en su propio blog el 1° de octubre de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/predicare-oggi-seconda-parte-24.html)
La cuestión de la herejía y de la predicación antiherética
desde Inocencio III hasta San Pablo VI
o bien
desde el Concilio Lateranense IV de 1215 hasta el Concilio Vaticano II
Es necesario distinguir en la predicación la catequesis de la predicación apostólica. La primera es oficio de los laicos, de los padres, de los misioneros, de los párrocos y de la escuela. La segunda está reservada a los Obispos. En la primera, el laico, movido por el Espíritu, toma la iniciativa de hablar. En la segunda, el predicador, Obispo o presbítero o diácono, predica por mandato del Obispo o del Papa. Santo Tomás llama missio a Deo al mandato dado al laico, el cual fundamenta la palabra cristiana del laico, y missio a Praelato al mandato que la predicación recibe del Obispo.
Sucedió, sin embargo, a finales del siglo XII, que nació en Francia un movimiento herético, el de los cátaros, simples laicos, quienes, rechazando la predicación episcopal y los dogmas cristianos, empleaban a varones y mujeres en la predicación de un culto teo-satánico y de una conducta moral rigorista y, al mismo tiempo, disoluta, bajo pretexto de libertad espiritual.
Este preocupante fenómeno dio ocasión a Inocencio III para precisar en qué consiste la predicación cristiana y a quién corresponde, sin negar obviamente la previa función de la catequesis laical familiar, escolar y parroquial. Él, sin embargo, exhortaba al mismo tiempo a los Obispos, considerando la gravísima emergencia provocada por el fenómeno cátaro, a hacerse ayudar en la predicación por clérigos de su confianza.
He aquí sus palabras: «Profesamos que la predicación es muy necesaria y laudable, y sin embargo profesamos que debe ejercerse con autorización y licencia del Sumo Pontífice o con permiso de los Obispos. En todos aquellos lugares donde residen manifiestamente herejes y rechazan y blasfeman contra Dios y contra la fe de la Santa Iglesia Romana, profesamos que, disputando y exhortando de todos los modos según Dios, debemos refutarlos (confundere) y combatirlos, como adversarios de Cristo y de la Iglesia, con rostro libre hasta la muerte», Carta al Arzobispo de Tarragona del 18 de diciembre de 1208 (Denz. 796).
Este proyecto del Papa se convirtió en la Décima Constitución del Concilio Lateranense IV de 1215: «Entre las demás cosas que atañen a la salvación del pueblo cristiano, se sabe que el alimento de la Palabra de Dios se encuentra entre los más necesarios, puesto que, así como el cuerpo se alimenta de la comida material, así el alma se alimenta de la espiritual. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4; cf. Dt 8,3; Lc 4,4).
Sucede frecuentemente que los Obispos, a causa de las múltiples ocupaciones, de la mala salud, de los ataques de los enemigos o por otros motivos -por no hablar de la ignorancia, cosa absolutamente reprochable en ellos y que ya no debe tolerarse de ningún modo-, no consiguen por sí mismos predicar al pueblo la Palabra de Dios, especialmente cuando las diócesis son amplias y extensas; establecemos, por tanto, que los Obispos elijan personas idóneas para dedicarse provechosamente a la santa predicación, poderosas en la palabra y en las obras, las cuales visiten, en lugar de ellos, a los pueblos que les han sido confiados y los edifiquen con la palabra y con el ejemplo. Si tienen necesidad, provéanles de cuanto sea necesario para que las privaciones no los obliguen a abandonar la empresa.
Mandamos, por tanto, que tanto en las catedrales como en las demás iglesias colegiatas sean elegidas personas capaces, de las que los Obispos puedan servirse como coadjutores y cooperadores, no sólo para la predicación, sino también para escuchar las confesiones e imponer las penitencias y para los demás asuntos que conciernen a la salvación de las almas. Quienquiera que falte al cumplimiento de este deber, será castigado severamente» ¹.
Confrontando las disposiciones del Concilio Lateranense IV con las del Vaticano II relativas a la refutación de las herejías, encontramos una diferencia muy notable: mientras el Lateranense dedica un capítulo entero, el tercero ², de sus Constituciones, a la figura del «hereje», dando disposiciones sobre cómo predicar a los herejes y sobre la necesidad de «exterminar a los herejes», el Vaticano II no utiliza ni una sola vez el término «herejía» y, sobre este tema, es evasivo, impreciso, genérico, falto de mordiente, descuidando casi todos los pasajes neo-testamentarios que yo he procurado citar, porque son esenciales para tener una visión completa de la naturaleza, las formas, los actores, los ministros, las finalidades, los modos, los métodos, los medios y los destinatarios de la predicación cristiana en todos los niveles.
Parece que, para el Concilio, la humanidad de hoy estuviera compuesta solamente por hombres sufrientes, infelices, pero de buena voluntad, que no esperan otra cosa que conocer la verdad y llegar a la salvación; una humanidad rica en valores, necesitada únicamente de ser apreciada, comprendida, compadecida, socorrida en su deseo de bondad, de justicia y de amor, abierta a la esperanza, pronta para el diálogo, la colaboración y para escuchar la voz iluminadora, fiable y resolutiva del Evangelio y de la Iglesia.
Muy pronto la Iglesia habría de darse cuenta de que aquella «nueva Pentecostés», que San Juan XXIII deseó al inicio del Concilio como efecto de las decisiones conciliares, aquella rica y exuberante expansión, aquella maravillosa refloración, aquel rápido crecimiento, aquel aumento del número de creyentes, aquel fortalecimiento de las instituciones católicas, aquella arrolladora predicación que el Concilio preveía, nada de ello se verificó en absoluto. Tanto es así que ya diez años después de la conclusión del Concilio, San Pablo VI, amargado, decepcionado, sorprendido y casi incrédulo, pronunció aquellas famosas expresiones: «se esperaba una primavera y ha venido una tempestad» y «por alguna rendija el humo de Satanás ha penetrado en la Iglesia».
Pero entonces, ¿en qué consistía el humo de Satanás? ¿Quién lo había introducido? ¿Cuáles eran las causas, los caracteres, las dimensiones y las amenazas de esta tempestad? San Pablo VI no nos dio un cuadro ni un diagnóstico precisos, porque habría debido denunciar el retorno del modernismo disfrazado de progresismo; habría debido señalar el auge de los rahnerianos, que se habían granjeado fama de heraldos del Concilio, cuando en realidad eran sus sepultureros. Entretanto estaban ocupando posiciones de poder, por lo que el Papa se dio cuenta de que nombrarlos habría aumentado la tempestad, desencadenando su reacción, dado que astutamente se habían creado fama de protagonistas del Concilio, cuando en realidad, si el Concilio no producía aquella primavera y aquel pentecostés que dos santos pontífices esperaban, la culpa era precisamente de aquellos impostores que habían presentado al pueblo de Dios una imagen del Concilio adaptada a su propia conveniencia.
Indudablemente el Concilio produjo muchos de los frutos que había prometido, injustamente incomprendidos y despreciados por los tradicionalistas lefebvrianos, como por ejemplo el nacimiento de los Focolares por obra de Chiara Lubich, la fundación del Opus Dei por obra de Escrivá de Balaguer, la fundación de Comunión y Liberación por obra de Don Giussani. Los mismos entusiastas viajes apostólicos de los Papas por el mundo, comenzando por los de San Pablo VI, son ciertamente maravillosos frutos del Concilio. El extraordinario y milagroso fenómeno de Medjugorje se encuadra ciertamente en la espiritualidad mariana promovida por el Concilio. El Novus Ordo Missae, con su actitud ecuménica, la valorización de los laicos y su orientación evangelizadora, es un fruto del Concilio. La inculturación del mensaje evangélico en la obra de la predicación es un fruto del Concilio.
El diálogo entre las culturas, las religiones y las filosofías es un fruto del Concilio. La rica actividad ecuménica, el diálogo interreligioso y el diálogo con los no creyentes son frutos del Concilio. La mejorada presencia de la mujer en la sociedad y en la Iglesia es fruto del Concilio. El mayor compromiso de los laicos en la política en favor de la justicia social es un fruto del Concilio.
Con todo ello, es impresionante y desalentador el descenso de los números en todas las prácticas externas, institucionales y sacramentales de la Iglesia. Se tiene de algún modo la impresión de que estamos a las puertas de aquella apostasía final prevista por San Pablo y de que está apareciendo la inquietante figura del «hombre inicuo» (II Tes 2,2-3) y del anticristo. ¿Se está acercando la batalla final apocalíptica de Cristo contra las potencias del mal? Los Papas, de quienes esperamos una aclaración sobre estas cosas, no nos dicen nada. ¿Cómo interpretar este silencio? Yo creo que es un mensaje tácito que nos dice que aún no ha llegado el momento y que el deber de la hora presente es aplicar rectamente la reforma conciliar.
La predicación episcopal según el Concilio Vaticano II
El Decreto conciliar Christus Dominus sobre el Oficio pastoral de los Obispos, en el n. 13, dedicado a cómo hoy los Obispos deben predicar, después de una fugaz y genérica referencia a su deber de «custodiar la doctrina estimulando a los mismos fieles a defenderla y a propagarla», no alude en absoluto a su deber de ser ellos mismos, en primer lugar, los defensores de la sana doctrina contra las insidias y los engaños de los herejes y del demonio.
Por el contrario, partiendo del falso presupuesto de que la humanidad de hoy está solamente afligida por angustias y problemas y únicamente espera la salvación, deseosa y necesitada de verdad y de justicia, se detiene en recomendar cuatro veces en cinco líneas el «diálogo», junto con la mansedumbre, el amor, la caridad, la humildad, la confianza, la comprensión y la amistad.
Lamentablemente, en cambio, el Decreto ignora totalmente que también hoy existen malvados, impíos, mentirosos, soberbios, entregados a todo vicio, hipócritas, violentos, prepotentes, licenciosos, enemigos de Cristo y de la Iglesia, y por ello peligrosos, seductores e insidiosos. Por consiguiente, si el diálogo, la misericordia, la comprensión y la compasión son deberes respecto de los pobres, los pequeños, los oprimidos, los que sufren y las víctimas de engaños e impostores, con los enemigos encubiertos o manifiestos de la Iglesia, de Dios, de la verdad y de la justicia, el Obispo, como Maestro de la fe y vigilante Pastor del rebaño de Cristo, si no quiere ser un cobarde y un oportunista que huye ante el lobo o finge no verlo, debe proceder con discernimiento, prontitud, prudencia, caridad, decisión, energía, parresia y valentía, dispuesto a soportar insultos y ataques por parte de los adversarios, sin temer la impopularidad, las humillaciones o los sufrimientos por amor a Cristo y a la Iglesia.
La predicación evangélica según San Pablo VI
La primera Encíclica de San Pablo VI fue Ecclesiam suam de 1964, en la cual el Papa trata acerca de cómo hoy la Iglesia debe evangelizar al mundo. Todo el mensaje del Pontífice podría resumirse en esta frase: hoy «la Iglesia se hace diálogo». Desde entonces hasta hoy esta palabra se ha convertido en una especie de mantra; ha comenzado a ser pronunciada un día sí y otro también en una serie infinita de manifestaciones o publicaciones católicas de todo género, tanto entre los laicos como entre los Pastores, en todos los niveles y en todos los ambientes de la Iglesia.
Continuamente se hacen elogios del diálogo; se cree que todo se resuelve mediante el diálogo, mientras que, si hoy existe en la Iglesia y en la sociedad un defecto, es precisamente la falta de diálogo o la difusión de un diálogo evasivo, sofístico, adulador, ambiguo, astuto y engañoso.
Al término dialogo en el Nuevo Testamento corresponden la disputa, la discusión, la controversia y el coloquio. Pero el Nuevo Testamento, para significar la evangelización o la predicación, nunca usa el término dialogo. Habla, en cambio, de enseñar, exhortar, demostrar, instruir, anunciar, iluminar, advertir, explicar, interpretar, amenazar, corregir, amonestar, refutar y reprender.
Ahora bien, la palabra diálogo es ciertamente muy bella e importante. El diálogo es ciertamente necesario en los primeros acercamientos y contactos con el prójimo; es importante en la apologética. Pero ¿sabemos siempre practicarlo en su correcto sentido? San Pablo VI ofrece excelentes aclaraciones sobre la naturaleza, el método y la finalidad del diálogo cristiano. Pero ¿es realmente cierto que toda la actividad predicadora de la Iglesia se reduce al diálogo? El diálogo es un intercambio de ideas o de opiniones en el cual los dos interlocutores pueden permanecer incluso en desacuerdo entre sí respecto de sus propias ideas. ¿No necesita acaso la Iglesia algo más que el diálogo?
El diálogo es un intercambio entre iguales sin llegar a una conclusión cierta y compartida por los dos dialogantes. En efecto, está relacionado con la dialéctica, que es el arte de argumentar mediante razones probables. El diálogo es una confrontación en la cual uno se limita a saber cómo piensa el otro, pero sin aceptar necesariamente sus convicciones.
El diálogo no es un fin en sí mismo, sino un proceso en devenir, una búsqueda de la verdad, que sin embargo se detiene en la apariencia, que no llega a la verdad y, por tanto, a la certeza, sino que permanece en lo probable y en lo opinable. Por esto es evidente que no es posible confiar la predicación del Evangelio únicamente al diálogo. El Señor, como decía agudamente el cardenal Biffi, no dijo a los Apóstoles: «dialogad», sino: «enseñad».
Un texto muy significativo sobre el tema de la predicación según San Pablo VI, quizá el más importante al respecto, es la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi del 8 de diciembre de 1975. De ella extraigo estos pasajes:
«68. Unidos al Sucesor de Pedro, los Obispos, sucesores de los Apóstoles, reciben, en virtud de la ordenación episcopal, la autoridad para enseñar en la Iglesia la verdad revelada. Son los maestros de la fe.
A los Obispos están asociados en el ministerio de la evangelización, como responsables con un título especial, aquellos que mediante la ordenación sacerdotal “actúan en la persona de Cristo”, en cuanto educadores del Pueblo de Dios en la fe, predicadores, desempeñando al mismo tiempo el ministerio de la Eucaristía y de los demás Sacramentos.
Por consiguiente, todos nosotros, Pastores, estamos invitados, más que cualquier otro miembro de la Iglesia, a tomar conciencia de este deber. Lo que constituye la singularidad de nuestro servicio sacerdotal, lo que da una profunda unidad a las mil ocupaciones que nos solicitan durante todo el curso de nuestra vida, lo que confiere a nuestras actividades una nota específica, es esta finalidad presente en cada una de nuestras acciones: “Anunciar el Evangelio de Dios”.
He aquí un rasgo de nuestra identidad que ninguna duda debería jamás quebrantar, ninguna objeción jamás oscurecer: como Pastores, hemos sido escogidos por la misericordia del soberano Pastor, a pesar de nuestra insuficiencia, para proclamar con autoridad la Palabra de Dios, para reunir al Pueblo de Dios que estaba disperso, para alimentar a este pueblo con los signos de la acción de Cristo, que son los Sacramentos, para conducirlo por el camino de la salvación, para conservarlo en aquella unidad de la cual nosotros mismos somos, en diversos grados, instrumentos activos y vitales, para animar incesantemente esta comunidad reunida en torno a Cristo según su vocación más íntima.
Y cuando, en la medida de nuestros límites humanos y según la gracia de Dios, cumplimos todo esto, realizamos una obra de evangelización: nosotros, como Pastor de la Iglesia universal; nuestros Hermanos en el episcopado, al frente de las Iglesias particulares; los sacerdotes y los diáconos unidos a sus propios Obispos, de quienes son colaboradores, mediante una comunión que tiene su fuente en el Sacramento del Orden sagrado y en la caridad de la Iglesia.
78. El Evangelio que nos ha sido confiado es también palabra de verdad. Una verdad que hace libres y que sólo ella puede dar la paz del corazón: esto es lo que buscan los hombres cuando les anunciamos la Buena Nueva. Verdad sobre Dios, verdad sobre el hombre y sobre su misterioso destino, verdad sobre el mundo. Verdad difícil, que buscamos en la Palabra de Dios, y de la cual no somos, lo repetimos, ni dueños ni árbitros, sino depositarios, heraldos y servidores.
De todo evangelizador se espera que tenga culto a la verdad, tanto más cuanto que la verdad por él profundizada y comunicada es la verdad revelada y, por tanto, más que cualquier otra, participa de la verdad primordial, que es Dios mismo. El predicador del Evangelio será, pues, aquel que, incluso al precio de la renuncia personal y del sufrimiento, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás.
Él nunca traiciona ni disimula la verdad para agradar a los hombres, para sorprender o deslumbrar, ni por originalidad o deseo de exhibirse. No rechaza la verdad; no oscurece la verdad revelada por pereza en investigarla, por comodidad o por miedo. No descuida estudiarla; la sirve generosamente sin esclavizarla. En cuanto pastores del pueblo fiel, nuestro servicio pastoral nos impulsa a custodiar, defender y comunicar la verdad sin reparar en sacrificios.
Numerosos pastores eminentes y santos nos han dejado el ejemplo de este amor a la verdad, en muchos casos heroico. El Dios de la verdad espera que seamos sus vigilantes defensores y sus devotos predicadores. Vosotros que sois doctores, teólogos, exégetas e historiadores: la obra de la evangelización tiene necesidad de vuestro infatigable trabajo de investigación, así como de vuestra atención y delicadeza en la transmisión de la verdad a la que vuestros estudios os acercan, pero que siempre es más grande que el corazón del hombre, porque es la misma verdad de Dios.
Padres y maestros, vuestra tarea, que los múltiples conflictos actuales ciertamente no hacen fácil, consiste en ayudar a vuestros hijos y alumnos en el descubrimiento de la verdad, incluida la verdad religiosa y espiritual».
Observo cómo el Papa, en consonancia con el Decreto conciliar sobre el oficio de los Obispos, no dice nada acerca del aspecto terapéutico, curativo y sanador de la predicación, sobre el cual, en cambio, tanto se detiene el Nuevo Testamento, y especialmente San Pablo, como hemos visto.
La predicación dominicana
Entre las diversas formas de predicación cristiana sobresale la dominicana por el hecho de que fue la primera forma de predicación que fue querida y aprobada por la Iglesia como participación en la predicación jerárquica. La predicación dominicana se convirtió así en el paradigma y el modelo para toda otra forma de predicación aprobada posteriormente por la Iglesia en la fundación de Institutos religiosos y laicales. Ciertamente hoy todos predican, pero el Dominico es el predicador por antonomasia. La predicación de las demás Órdenes, Institutos, Asociaciones o Movimientos está siempre unida a algún otro valor. La predicación dominicana es la predicación en estado puro.
Se oye decir a algunos: ¿qué sentido tiene hablar aún hoy de una Orden de Predicadores cuando hoy todos predican? Respondemos: sí, hoy todos predican y ciertamente es algo bueno, un progreso con respecto a la cristiandad medieval. Pero sigue siendo verdad que quien quiera saber qué es la predicación cristiana debe mirar lo que los Papas han dicho acerca del fin propio de la Orden dominicana, y allí encontrará la definición de la predicación cristiana.
Un aspecto notable de la espiritualidad de Santo Domingo es que tenía una viva percepción del valor del mandato apostólico, ligado de suyo al sacramento del Orden en su grado más alto, el episcopado. Por ello, dedujo su concepto de la predicación de la misión apostólica del Obispo. Incluso antes de concebir el proyecto de fundar una Orden de Predicadores, era canónigo de la Catedral de Osma, en España. Ciertamente, también habría podido considerar la predicación profética, propia asimismo de los laicos, varones y mujeres, dotada de ilustres raíces en el Antiguo Testamento y presente en la Iglesia desde sus mismos comienzos.
Ciertamente, la profecía cristiana ya no era reveladora como la veterotestamentaria, la cual quedó completada con la venida del Revelador supremo y definitivo, Jesucristo. La profecía cristiana, por tanto, no debe añadir nada a cuanto Cristo reveló a los Apóstoles; no tiene la tarea de interpretar o explicar las verdades de la fe, sino que, dándolas por supuestas, tiene la misión de hacer avanzar el camino de la Iglesia, de hacer poner en práctica los preceptos morales del Evangelio según las circunstancias y las necesidades históricas, señalando metas futuras, denunciando males e injusticias, llamando a los pastores a su deber, promoviendo reformas en las costumbres y en la Iglesia, animando a todos a la esperanza y a obedecer el Evangelio.
Obviamente, todo esto no está excluido de la predicación dominicana, como aparece evidente por la misma intuición profética de Domingo, es decir, la visión de la necesidad para la Iglesia de fundar una Orden de Predicadores, y como resultará evidente en los Santos de la Orden, entre los cuales sobresaldrá el elemento femenino -baste pensar solamente en Santa Catalina de Siena-, dado que el don de profecía puede ser concedido también a la mujer.
El fraile dominico es el primer religioso en la historia de la Iglesia que recibe la calificación de «predicador» como calificación que designa la finalidad del Instituto. Ciertamente, aun antes de que surgiese la Orden dominicana, existían otros Institutos o Familias religiosas que practicaban la predicación, pero ello sucedía sólo ocasionalmente, no en virtud de la finalidad propia e institucional del Instituto, que era otra.
Y también después de que la Iglesia aprobó, hasta hoy, otras Órdenes o Institutos religiosos en los cuales la predicación está institucionalmente presente, como los Franciscanos, los Carmelitas o los Jesuitas, los Dominicos siguen siendo la única Orden institucionalmente destinada a la predicación, hasta el punto de que quien quiera hacerse religioso en una Orden formalmente orientada a la predicación como participación en la predicación apostólica, no puede sino elegir la Orden dominicana.
De este vínculo con la predicación surgen todos aquellos valores morales y espirituales de importancia primordial que están esencialmente ligados a la predicación y en torno a los cuales gira la vida y la espiritualidad dominicanas, tales como la verdad, la sabiduría, el conocimiento, la fe, la razón, el entendimiento, la ciencia, la lógica y la teología. De aquí nace también el vínculo con la problemática y la temática de aquello que se opone a la verdad, a la fe y a la razón: la herejía.
Fin de la Segunda Parte (2/5)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 20 de septiembre de 2026
Notas
¹ Decisioni dei Concili ecumenici, a cargo de Giuseppe Alberigo, UTET 1978, pp.234-235.
² Véase la citada recopilación de los documentos, a cargo de Giuseppe Alberigo, pp. 226-229.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum praedicatio christiana debeat includere refutationem haeresum et errorum doctrinalium
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod praedicatio christiana non debeat includere refutationem haeresum et errorum doctrinalium.
1. Missio enim principalis Ecclesiae consistit in dialogo cum omnibus hominibus, promovendo mutuam comprehensionem, amicitiam et cooperationem.
2. Praeterea, praedicatio evangelica debet positive annuntiare veritatem et salutem. Ergo non pertinet ad praedicatorem de erroribus, haeresibus vel controversiis doctrinalibus tractare.
3. Praeterea, refutatio errorum videtur opponi misericordiae, mansuetudini et observantiae omni personae debitis.
4. Praeterea, dialogus permittit commutationem idearum et communem veritatis investigationem. Ergo ad evangelizationem sufficere videtur sine necessitate condemnandi vel impugnandi doctrinas erroneas.
Sed contra est quod Apostolus dicit: «Oportet Episcopum amplecti eum qui secundum doctrinam est fidelem sermonem, ut potens sit exhortari in doctrina sana et eos qui contradicunt arguere» (Tit 1,9). Ergo officium praedicatoris non consistit tantum in veritatem annuntiando, sed etiam in eam contra errores defendendo et contradicentes refutando.
Respondeo dicendum quod praedicatio christiana non consistit tantum in annuntiatione veritatis, sed etiam in eiusdem defensione adversus ea quae eam impugnant. Unde ad officium praedicatoris, ac praecipue Episcopi, pertinet doctrinam apostolicam custodire, contra errores defendere et haereses confutare.
Veritas enim revelata Ecclesiae commissa non est una inter multas opiniones, sed verbum veritatis quod homines liberos facit. Et ideo qui auctoritatem acceperunt docendi in Ecclesia sunt magistri fidei, depositarii, praecones et ministri veritatis revelatae.
Quamvis autem dialogus magnam utilitatem habeat in primis cum proximo contactibus atque in apologetica, praedicatio evangelica ad dialogum reduci non potest. Dialogus enim commutatio quaedam est idearum vel opinionum, in qua interlocutores etiam in dissensione permanere possunt; praedicatio vero ordinatur ad veritatem revelatam docendam, ad fidem inducendam atque ad populum christianum ab erroribus conservandum.
Unde, cum falsae doctrinae, deceptiones contra fidem vel impugnationes veritatis christianae exoriuntur, ad Episcopum pertinet agere cum discretione, prudentia, caritate, parresia et fortitudine, paratum etiam iniurias et passiones sustinere propter amorem Christi et Ecclesiae.
Et propter hoc pugna contra haeresim non constituit activitatem accidentalem praedicationis, sed necessariam consequentiam missionis custodiendi, defendendi atque tradendi veritatem revelatam.
Ad primum ergo dicendum quod dialogus habet valorem authenticum et necessarium, sed non exhaurit missionem evangelizatricem Ecclesiae, quae etiam doctrinalem et auctoritativam veritatis instructionem includit.
Ad secundum dicendum quod positiva veritatis annuntiatio et erroris refutatio sibi non opponuntur, sed se invicem complent, quia eadem caritas quae impellit ad veritatem docendam exigit etiam fideles a falsis doctrinis protegere.
Ad tertium dicendum quod misericordia christiana ad personas ordinatur; error autem doctrinalis corrigi potest et debet, quando fidem et animarum salutem in periculum adducit.
Ad quartum dicendum quod dialogus potest viam ad veritatem praeparare; per se autem manet in ambitu probabilis et opinabilis. Praedicatio vero christiana habet pro obiecto auctoritative tradere veritatem a Deo revelatam.
JG
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