¿Puede una Orden religiosa definirse por una sola palabra? ¿Qué relación existe entre verdad, herejía y predicación en la vocación dominicana? ¿Por qué Santo Domingo prefirió afrontar el odio de los herejes antes que buscar la aprobación fácil de los hombres? En esta tercera parte de su estudio, el padre Giovanni Cavalcoli explora la identidad profunda de la Orden de Predicadores, nacida para servir a la verdad y combatir el error, pero llamada al mismo tiempo a ejercer una misión medicinal y caritativa. ¿Ha conservado la predicación dominicana contemporánea toda la riqueza de su herencia doctrinal? Desde Santo Domingo y Santo Tomás hasta los debates surgidos después del Concilio Vaticano II, Cavalcoli reflexiona sobre la gracia de la palabra, el amor a la verdad, el drama de la herejía y el testimonio llevado, si es necesario, hasta el martirio. [En la imagen: fragmento de "Santo Tomás de Aquino", óleo sobre tabla de abeto, siglo XVII, autor desconocido, conservado en los Museos Cívicos de Como, Palazzo Volpi].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 11 de octubre de 2026
Predicar hoy (3/5)
Predicar hoy
Tercera Parte (3/5)
(Traducción al español de la tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicada en su propio blog el 4 de octubre de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/predicare-oggi-terza-parte-35.html)
Así como ninguna Orden en la Iglesia ha vinculado tanto su fin, sus intereses, sus competencias, su suerte y su destino, sus triunfos y sus derrotas, sus alegrías y sus sufrimientos a los valores antes mencionados, así tampoco ninguna Orden ha vinculado tanto sus vicisitudes, sus intereses, sus dolores y sus alegrías, sus victorias y sus derrotas, su competencia y sus insuficiencias, su fama y su marginación, su suerte y su destino a la cuestión, a la temática, a la problemática, a los dramas y a las tragedias de la herejía. No se puede pensar en el ideal dominicano sin pensar en dos palabras: verdad y herejía.
Santo Domingo, por expresa declaración suya, prefería recibir los insultos de los herejes antes que recibir las alabanzas de los católicos. Con su manera de ser sociable, afable y amable, con su buen humor no exento de bromas, se ganaba -según cuentan los biógrafos- el afecto, la estima y la simpatía de todos; pero obviamente entendiendo este «todos» como todos los buenos y todos los creyentes, mientras que, comprensiblemente, era objeto de odio por parte de los herejes, aunque en ciertos casos sabía atraerse también la estima de ellos, lo cual le permitía acercarlos a Cristo mediante su incansable predicación y extraordinaria caridad. Y así se explican muy bien las palabras que el Papa Gregorio IX pronunció admirado acerca de él con una feliz expresión: inexplicabile gaudium concipiens de zelo animarum.
La predicación dominicana queda bien representada por el símbolo de la luz. He aquí entonces la estrella sobre la cabeza de Santo Domingo y el sol en el pecho de Santo Tomás. En el himno dedicado desde hace siglos a Santo Domingo, el Santo Patriarca es invocado con el título de Lumen Ecclesiae, Doctor veritatis.
Nada es más ajeno a la espiritualidad dominicana que el fariseísmo, el engaño, la duplicidad, la ambigüedad o la astucia; por el contrario, toda su virtud es una alabanza a la sinceridad de alma, a la mirada cristalina, a la limpidez, a la transparencia moral, a la recta conciencia, a la pureza y honestidad de intención, a la sencillez de corazón, que evita la ingenuidad y la simpleza, como dice Cristo, gracias a la prudencia de la serpiente.
El buen predicador dominicano debe saber unir, en ciertas circunstancias que así lo exigen, la humildad con una ira moderada animada por la caridad. La práctica de la mansedumbre en toda situación no es conveniente. Cristo mismo nos da ejemplo de que es necesario saber alternar la mansedumbre con la justa ira. Él no es sólo Cordero, sino también León. Él no es sólo aquel que cabalga una asna (Mt 21,5), sino también el Jinete del Apocalipsis (19,11).
La predicación contra la herejía es esencial para la predicación dominicana. Sólo que hoy, después del Vaticano II, el paradigma del predicador ya no es el inquisidor, sino el médico. El paradigma del hereje ya no es el criminal, sino el enfermo. Sucedió, sin embargo, desgraciadamente, contra las intenciones del Concilio, que cuando la Iglesia, mediante el Concilio Vaticano II, decidió promover una predicación orientada a apreciar los valores presentes también en los herejes, muchos Dominicos creyeron que la Orden había perdido ya su razón de ser y abandonaron la Orden. Así, en lugar de abrir nuevos conventos, a causa del escepticismo que se apoderó de ellos, cerraron muchos conventos y el número de Dominicos, en vez de aumentar, como quería el Concilio, disminuyó.
Pero también hay que decir que se desencadenó más que nunca el odio de los herejes y de los modernistas contra la misión doctrinal de la Orden, mediante una terrible e injuriosa campaña de desprestigio destinada a presentar al Dominico como el agresivo cazador de brujas, el detestado inquisidor, el intolerante e infalible doctor escolástico, el rígido censor de costumbres, el obstinado y presuntuoso dogmático, el anticuado tomista y el incorregible fundamentalista, el cruel profeta de los castigos divinos.
Otros, como Congar ¹, comprendieron que, si bien Lutero había sido un hereje, sin embargo era necesario reconocer las verdades cristianas que había conservado, y sobre esta base común a él y a nosotros, los católicos, era necesario replantear la predicación dominicana en sentido ecuménico.
No se trataba de abandonar la refutación de las herejías, sino de poner en primer plano, como ya había ordenado San Juan XXIII, aquello que nos une, precisamente con vistas a afrontar juntos aquello que nos divide, y así asegurar la fuerza persuasiva necesaria y suficiente para conducir al hermano separado a la plena comunión con la Iglesia; lo cual no hizo otra cosa que hacer el mismo Santo Domingo, anticipándose así proféticamente a los tiempos del Vaticano II.
Domingo, Padre y Fundador de la Familia dominicana
Cristo envió a los Apóstoles a anunciar la Buena Nueva bajo la presidencia y vigilancia de Pedro, pero incluso antes de la institución de los Doce, Lucas narra (Lc 10,2) que Cristo envió a 72 discípulos a predicar, dándoles precisas instrucciones.
Ahora bien, estos evidentemente no eran Obispos, sino simples laicos. Esto significa que el anuncio cristiano está ciertamente presidido y controlado por los Apóstoles y sus Sucesores, los Obispos, pero existe también una predicación o un hablar cristiano laical inspirado directamente por el Espíritu, aunque necesite una autenticación por parte de la autoridad.
Ahora recordemos que la Familia dominicana está formada por diversos estados de fieles, no sólo sacerdotes, sino también hermanos cooperadores, religiosas, monjas y laicos. ¿Cuál es entonces el elemento o factor aglutinante y unificador de una Familia tan diversificada? ¿Qué es lo que hace que un fiel católico pertenezca a la Familia dominicana? ¿Cuál es el elemento necesario y suficiente? Evidentemente no puede ser la predicación apostólica reservada al sacerdote. Se trata, sin embargo, siempre de un hablar de fe, de un decir delante, por o antes (pro-feta), la Palabra de Dios. Es lo que podría llamarse el hablar cristiano o la gracia de la palabra, como se expresa Santo Tomás (gratia sermonis).
Por eso los apasionados llamamientos de Santa Catalina de Siena, los cálidos consejos espirituales de Santa Catalina de Ricci, las exhortaciones de Santa Rosa de Lima, los testimonios de San Martín de Porres, los discursos políticos de Giorgio La Pira o de Aldo Moro, o las fervorosas expresiones de San Jorge Frassati, son siempre hablar cristiano, son siempre la gracia de la palabra que caracteriza el carisma dominicano, sin que por ello se quite nada a gracias semejantes presentes en otras Familias religiosas.
Pero siempre volvemos al mismo punto: a diferencia de otras Familias religiosas, el miembro de la Familia dominicana participa en todo caso, en cuanto tal, de la predicación apostólica del sacerdote dominico. Por eso debe considerarse muy feliz la idea que tuvo Guy Bedouelle al escribir una biografía de Santo Domingo, al poner como subtítulo del libro «la gracia de la palabra» ².
El Papa aprueba el proyecto de Santo Domingo
La Bula de Honorio III del 21 de enero de 1217
El Papa Honorio III, después de las favorables referencias de Inocencio III, que encontró la idea de Domingo perfectamente conforme con cuanto él y el Concilio Lateranense deseaban, aprobó la Orden mediante la Bula del 22 de diciembre de 1216. Pero posteriormente escribió otras que ilustran cuánto agradaba al Papa el proyecto de Santo Domingo y cuánto esperaba de los Dominicos.
Transcribo el texto de la Bula del 21 de enero de 1217, donde aparece evidente la función terapéutica y combativa de la predicación dominicana. Está presente la lucha y la refutación de la herejía, pero el predicador es presentado en la función de médico, animado por una ardiente caridad, bajo la imagen de la mandrágora, que entonces era considerada una hierba medicinal:
«Dirigimos dignas acciones de gracias al Dador de todas las gracias por la gracia de Dios que os ha sido dada, en la cual permanecéis firmes y, como esperamos, permaneceréis hasta el fin; porque interiormente ardéis con la llama de la caridad y exteriormente exhaláis una fragancia de buen olor, que lleva deleite y alivio a las mentes enfermas; para que estas no permanezcan estériles, suministrándoles como médicos espirituales celosas mandrágoras, las fecundáis con vuestra saludable elocuencia mediante la semilla del Verbo divino; así, como invictos atletas de Cristo, armados con el escudo de la fe y la coraza de la salvación, sin temer a aquellos que pueden matar el cuerpo, os empeñáis con magnanimidad contra los enemigos de la fe; y así, odiando vuestras almas de este modo, empleáis el Verbo divino, que penetra más que una espada de doble filo, para conservarlas para la vida eterna» ³.
Se advierte un tono menos severo y más caritativo que el empleado por Inocencio III al hablar del deber del predicador. Estas directrices serán las que inspirarán la predicación dominicana hasta la reforma del Concilio Vaticano II. Observaremos con este Concilio un cambio de acento, que no deja de suscitar en nosotros ciertas perplejidades.
¿Cómo disiparlas? Es necesario que volvamos directamente, más allá del planteamiento dado a la predicación dominicana por los mismos Papas, a la enseñanza neotestamentaria y en particular a la paulina. Se dice, en efecto, que Santo Domingo llevaba siempre consigo las Cartas de San Pablo junto con el Evangelio de Mateo. Aquí encontramos la roca firme sobre la cual está fundada la Orden, criterio y guía para determinar el modo actual de la predicación dominicana.
La predicación dominicana según las Constituciones de la Orden dominicana
Pocos años después de la finalización del Concilio, en 1968, en River Forest, Estados Unidos, se reunió un Capítulo General de los Dominicos para promulgar las Nuevas Constituciones, a la luz de las directrices conciliares sobre la renovación de la predicación. Estas reflejan el estilo propuesto por el Concilio, orientado a la valorización de los aspectos positivos del mundo moderno y a la promoción de una predicación basada en la conversación serena y cordial; pero, como podía imaginarse, acusan también la influencia de aquel buenismo, de aquella falta de parresia y de actitud terapéutica que hemos observado en el Concilio. Cito los artículos que se refieren a la predicación.
"N. 68 - A ejemplo de Santo Domingo, que tuvo una ardentísima sed de la salvación de todos los hombres y pueblos, sepan los frailes que son enviados a todos los hombres, clases y pueblos, creyentes y no creyentes, y especialmente a los pobres, a fin de orientar su ánimo a la evangelización y a la difusión de la Iglesia entre las gentes, y a la ilustración y confirmación de la fe en el pueblo cristiano.
99 - §1 - El ministerio de la palabra es participación en el oficio profético ⁴ del Cuerpo episcopal; y por tanto es necesario ante todo que los predicadores acojan plenamente el Evangelio y busquen una viva inteligencia del misterio de la salvación, tal como es transmitido y explicado por la Iglesia. La predicación dominicana esté siempre marcada por este espíritu evangélico y por una sólida doctrina.
§2 - Pero, para que su acción salvífica llegue a todos, es necesario atender no sólo a las situaciones y aspiraciones de los hombres a quienes hablamos, sino también establecer con ellos un vivo intercambio, a fin de que una adecuada predicación de la palabra revelada permanezca como ley de toda evangelización, especialmente para aquellos que están alejados de la fe.
Por ello, sepan los frailes reconocer al Espíritu que obra en medio del pueblo de Dios y discernir los tesoros ocultos en las diversas culturas, mediante los cuales se manifiesta mejor la naturaleza misma del hombre y se abren nuevos caminos hacia la verdad."
Podemos observar que se guarda completo silencio sobre el aspecto refutativo, admonitorio, terapéutico y correctivo de la predicación, el cual, sin embargo, como hemos visto, ocupa un lugar importante y esencial en las enseñanzas neotestamentarias, sobre todo en las de San Pablo, relativas a la predicación en general y a la episcopal en particular. Parece que toda la tarea de la predicación consistiera en apreciar y promover valores, satisfacer y secundar aspiraciones y deseos, responder a interrogantes y perfeccionar virtudes ya existentes.
Ni una palabra sobre el modo de afrontar y resolver conflictos, corregir las costumbres, desengañar a los fieles desviados por las herejías, sobre la manera de combatirlas o sobre cómo advertirles acerca de sus insidias. Se percibe un eco del Decreto Christus Dominus del Concilio Vaticano II sobre el oficio de los Obispos, igualmente inerte en este punto.
Caracteres de la predicación dominicana
Confrontados con otras formas de predicación
La predicación dominicana posee todos aquellos caracteres que derivan de su fundamental orientación doctrinal o que la acompañan. Está especializada en enseñar e interpretar la doctrina de la Iglesia. Es teológica, por tanto competente para demostrar la existencia de Dios, definir su esencia, sus atributos, las prerrogativas del Dios Uno y Trino, su distinción respecto del mundo y del hombre, sus actividades en el mundo y en la historia, y la relación del hombre con Dios.
Es una predicación apologética, que prepara e introduce al acto de fe mediante la presentación de oportunos signos y pruebas de credibilidad, eliminando los obstáculos que impiden el acceso a la fe. Es una predicación anagógica, que nos conduce y eleva al punto de vista de Dios, a ver el mundo como Él lo ve, con el ojo de la fe y la posesión del pensamiento de Cristo. Es una predicación mistagógica, que nos conduce a la contemplación mística. Es una predicación didáctica, es decir, posee un aspecto catequético.
El predicador es un instructor, un maestro de escuela, un enseñante, un doctor. El teólogo dominicano, en la persona de Santo Tomás, es el fundador de la teología escolástica, aborrecida por los protestantes y por los modernistas, pero recomendada por los Papas de la reforma tridentina y, sobre todo, por los Papas que van desde el Beato Pío IX hasta Pío XII.
Santo Tomás define la contemplación dominicana, que es además el fin de la Orden, con la célebre expresión «contemplata aliis tradere»: comunicar a los demás el fruto de la contemplación. La predicación carmelitana es semejante: contemplationem aliis tradere; enseñar a los demás a contemplar. La predicación franciscana es de tipo moral: predicar las virtudes morales, especialmente la humildad y la fraternidad, y condenar los vicios, en particular la soberbia y el egoísmo. La predicación ignaciana es iniciática y progresiva: ad maiorem Dei gloriam. La predicación benedictina es constructora de la paz y de la concordia: su lema es Pax. La predicación agustiniana es eclesiológica: la unidad de la Iglesia.
El martirio dominicano
Como sabemos, la fórmula canónica del motivo formal del martirio, y por tanto aquello que el Postulador debe demostrar en las causas de beatificación por martirio, es que el sujeto ha sido muerto in odium fidei. Ahora bien, hemos visto que toda la vida del Dominico gira en torno a la virtud teologal de la fe como verdad divina conocida, investigada, profundizada, amada, practicada, vivida, experimentada, compartida, explicada, enseñada y predicada con la palabra y con el ejemplo, hasta el derramamiento de la sangre, si Dios así lo quiere.
La testificación dominicana, por tanto, es eminentemente semejante a la del divino Maestro, que murió para «dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). Se sitúa en la línea de los grandes Santos testigos de la verdad, muertos porque habían dado testimonio del Verbo de la verdad, como San Juan Bautista y Santo Esteban.
Indudablemente, muchos pueden ser proclamados mártires por testimonios relativos a otras virtudes, como Santa María Goretti por la castidad, San Maximiliano Kolbe por el amor al prójimo, San Juan Nepomuceno por el sigilo de la Confesión o Santa Teresa Benedicta de la Cruz por no haber querido traicionar a su Pueblo. En estos casos, el testimonio puede reconducirse al odium fidei. Pero en el caso del Dominico, por regla general, el motivo del martirio resplandece en toda su luz y pureza, porque el mártir ha dado la vida por la verdad.
Quiero observar además que cuando el espíritu está fuertemente aferrado a una concepción que considera importante, sea verdadera o falsa, no renuncia a ella ni siquiera bajo amenaza de muerte. He aquí por qué, por más que esto pueda sorprender o parecer inoportuno, coloqué a Giordano Bruno en mi ya citado libro Teólogos en blanco y negro en la nota 3.
La historia de Giordano Bruno es la historia de un espíritu de fuerza extraordinaria, de tal modo que se comprende perfectamente que a los quince años haya querido hacerse Dominico. Pero después, ¿qué le sucedió? ¿Se dejó seducir por la soberbia? ¿Por una malsana conciencia de su propia genialidad? ¿Frecuentó malas compañías? Es lamentable que sepamos tan poco acerca de los años decisivos de su formación religiosa, pero parece que se entregó a lecturas desordenadas y peligrosas en la gran biblioteca del convento de Nápoles, sin permiso del Superior. Quizás tuvo contactos con algún cabalista o con algún mago.
En efecto, también está presente en él el típico amor dominicano por el estudio incansable de los grandes pensadores que nos arrojan hacia lo infinito, que nos abren las puertas del heroico furor, del absoluto como origen y fin de las cosas, que nos hacen emprender el vuelo en el pensamiento puro y en la totalidad del ser. Bruno hizo suya, aunque de manera deforme, la gran cuestión dominicana de la verdad y de la predicación de la verdad a costa de la propia vida.
Nos encontramos en un período efervescente y exaltado, en el cual se difunden por Europa doctrinas de la antigüedad pagana, que seducen con la perspectiva de la autoafirmación, del panteísmo y de la magia. Así, Bruno se convirtió en un ferviente predicador, pero no del Evangelio, sino de doctrinas antropocéntricas. Confundió al Dios de los cielos con el dios de este mundo. Fue un mártir del demonio. Sin embargo, ¡cuánto daño hizo a la Iglesia aquella pena de la hoguera! Bruno se convirtió en una bandera de la masonería y del idealismo alemán.
Fin de la Tercera Parte (3/5)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 20 de septiembre de 2026
Notas
¹ Maritain se encontraba en la misma línea. Como es sabido, nunca quiso entrar oficialmente a formar parte de la Familia dominicana, ni siquiera en el Laicado dominicano. Sin embargo, gracias a la excelente formación teológica recibida de doctos Dominicos y gracias a su celosa iniciativa, Maritain fue dominico en espíritu, aunque no jurídicamente. Por ello he hablado de él en mi libro Teologi in bianco e nero. Il contributo della scuola domenicana alla storia della teologia, Ediciones Piemme, Asti 2000.
² Ediciones Borla, Roma 1994.
³ Véase Humbert Vicaire, Storia di San Domenico, Edizioni Paoline Ediciones Paulinas, Alba 1960, p. 332.
⁴ Es extraña esta asimilación de la predicación episcopal a la profecía. Se debería haber dicho: oficio apostólico.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum praedicatio dominicana
principaliter consistat in communicatione et defensione veritatis divinae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod praedicatio dominicana principaliter non consistat in communicatione et defensione veritatis divinae.
1. Omnis enim praedicatio christiana eundem finem essentialem habet; ergo non existit propria missio quae Ordinem Praedicatorum ab aliis Ordinibus religiosis distinguat.
2. Praeterea, praedicatio dominicana principaliter ad contemplationem et vitam interiorem ordinari debet. Ergo doctrinae traditio et defensio veritatis non videntur eius praecipuam finalitatem constituere.
3. Praeterea, post Concilium Vaticanum II praedicatio maxime insistere debet in dialogo, in investigatione valorum in mundo praesentium atque in mutua comprehensione. Ergo pugna contra haeresim non videtur essentialiter ad missionem dominicanam pertinere.
4. Praeterea, veritas a quolibet fideli, sive sacerdote sive laico, praedicari potest. Ergo non videtur exsistere propria et specifica participatio Familiae dominicanae in praedicatione apostolica.
Sed contra est quod de Sancto Dominico per saecula canitur: Lumen Ecclesiae, Doctor veritatis. Praeterea, Ordo Praedicatorum ab Ecclesia approbatus est ut participatio praedicationis hierarchicae; ex eo autem procedunt omnes illi valores cum veritate, sapientia, fide, ratione, intellectu, scientia et theologia coniuncti.
Respondeo dicendum quod praedicatio dominicana propriam in Ecclesia functionem habet, quae principaliter consistit in communicanda, explicanda, defendenda atque diffundenda veritate divina ad salutem animarum.
Unde Ordo Praedicatorum ab Ecclesia volitus et approbatus est tamquam participatio praedicationis apostolicae et hierarchicae. Sicut enim praedicatio episcopalis missionem habet doctrinam revelatam custodiendi et tradendi, ita praedicatio dominicana eandem missionem participat per doctrinam tradendam, per investigationem theologicam, per fidei defensionem atque per fidelium formationem doctrinalem.
Propter hoc veritas centrum obtinet spiritualitatis dominicanae. Praedicatio dominicana est doctrinalis, theologica, apologetica, anagogica, mystagogica et catechetica. Eius finis consistit in fructu contemplationis aliis communicando, secundum principium: contemplata aliis tradere.
Et quia veritas divina oppositionem invenit in errore et haeresi, defensio fidei necessario ad vocationem dominicanam pertinet. Praedicator tamen non debet agere sicut simplex accusator, sed sicut medicus spiritualis, caritate animatus et ad sanationem eorum ordinatus qui a via veritatis sunt aberrantes.
Unde tota historia Ordinis, certamina, passiones, victoriae atque etiam martyres eius cum veritate coniunguntur, ita ut martyrium dominicanum regulariter tamquam supremum testimonium veritati revelatae exhibitum fulgeat.
Ad primum ergo dicendum quod omnis praedicatio christiana eundem quidem finem ultimum habet, qui est animarum salus; praedicatio tamen dominicana hanc propriam notam possidet, quod specifice studio, doctrinae et defensioni veritatis revelatae dedicatur.
Ad secundum dicendum quod contemplatio dominicana non constituit finem in seipso clausum, sed ordinatur ad fructum contemplationis aliis per praedicationem communicandum.
Ad tertium dicendum quod dialogus et agnitio valorum in aliis praesentium utilia sunt media ad evangelizationem; non tamen tollunt officium veritatem custodiendi nec necessitatem errores impugnandi qui eidem adversantur.
Ad quartum dicendum quod omnes fideles aliquo modo participare possunt in annuntiatione Verbi Dei; charisma tamen dominicanum proprie consistit in institutionali participatione praedicationis apostolicae per gratiam sermonis et servitium veritatis.
JG
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