jueves, 23 de julio de 2026

Todo lo que es moderno no es modernismo

Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli analiza con agudeza la confusión que reina en la Iglesia entre modernidad legítima y modernismo herético. ¿Por qué los modernistas llaman “tradicionalistas” a todos los que no piensan como ellos? ¿Es verdad que todo lo moderno es sospechoso de error? ¿Cómo distinguir entre un tradicionalismo vivo y fecundo y un tradicionalismo fosilizado y estéril? ¿Qué consecuencias tiene reducir la fe a un supermercado de opiniones y gustos personales? Este texto del docto teólogo dominico invita a un diálogo intraeclesial urgente, que supere las caricaturas y los extremos, y que vuelva a situar la comunión en torno al Papa como centro de unidad y reconciliación. [En la imagen: fragmento de "La Fuente de la Gracia" o "La Fuente de la Vida", óleo sobre tabla de roble, c. 1430–1450, obra del taller de Jan van Eyck, conservada en el Museo del Prado, Madrid].

Todo lo que es moderno no es modernismo
Reflexiones sobre el tradicionalismo: modernistas y tradicionalistas

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 2 de abril de 2017 en L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/tutto-cio-che-e-moderno-non-e-modernismo-riflessioni-sul-modernismo-modernisti-e-tradizionalisti/)

Desde hace cincuenta años los modernistas se siguen autodenominando "progresistas" y llamando despreciativamente "tradicionalistas" a todos aquellos que no piensan como ellos, considerándolos atrasados, reliquias del pasado, minus habentes o pesos muertos en la Iglesia. En su concepto de "tradicionalista", ellos confunden el grano con la paja, como veremos más adelante, haciendo un manojo de todas las hierbas, y por lo tanto atribuyendo el título para ellos despectivo de "tradicionalista" tanto al católico normal, e incluso progresista y conciliar, como al lefebvriano o al sedevacantista.
Naturalmente, los modernistas se cuidan bien de no reconocerse a sí mismos como tales, hasta llegando a negar o a fingir ignorar la existencia hoy de un renacido modernismo. No quieren reconocer su parentela con el modernismo condenado por san Pío X, aunque uno de ellos como Rahner, con evidente rencor, sintiéndose picado, haya definido a la Pascendi Dominici gregis como una "ensalada a la italiana para cerebros incapaces de pensar". Algunos, entonces, no desdeñan elogiar a los modernistas con descaro y acusan a Pío X de ánimo anclado al pasado y de no haberlos comprendido.
Ni siquiera el Magisterio de hoy habla, salvo rarísimas excepciones ¹, del renacido modernismo. Probablemente la Santa Sede teme el resurgir de la actitud severa que caracterizó a la Pascendi Domici gregis de san Pío X, la cual, condenando acertadamente el error, ignoró por completo, sin embargo, las instancias válidas que estaban presentes en el modernismo, y que han sido purificadas y aceptadas por el Concilio Vaticano II. Por otra parte, existe probablemente el temor de que, nombrándose el modernismo, se puedan reabrir viejos rencores y viejas heridas.
En cualquier caso, el Magisterio postconciliar ha utilizado términos equivalentes como: secularismo, laicismo, subjetivismo, inmanentismo, cientificismo, racionalismo, fideísmo, relativismo, evolucionismo. Por otra parte, es útil notar que en todos los documentos pontificios post-conciliares y de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es evidente la condena de los renacidos errores modernistas.
Los únicos que hablan de modernismo son los lefebvrianos. Pero lo hacen a menudo a despropósito. Aparte de la acertada acusación de modernismo hecha a Rahner y a otros teólogos del postconcilio infieles al Magisterio, ellos acusan de modernismo también a las doctrinas del Concilio, a san Juan XXIII, al Beato Paulo VI, y a algunos teólogos progresistas, como Maritain. No hablemos de lo que dicen del Papa actual. Para los lefebvrianos, todo lo que es moderno, es modernismo.
Bastante diferente es la posición de algunos ambientes católicos en plena comunión con la Iglesia, como por ejemplo nuestra Isola di Patmos, es bastante diferente. Nosotros, los padres de L’Isola di Patmos, en efecto, distinguimos, con el Magisterio, una sana modernidad de una malsana modernidad. Reconocemos que la primera ha sido asumida por el Concilio. La segunda, en cambio, caracteriza al modernismo.
Para los lefebvrianos, todos los que no están con ellos son modernistas, y de manera similar, para los modernistas, todos los que no están de su parte son lefebvrianos. Nosotros, en cambio -y ya lo hemos dicho en el programa fundacional de esta revista online- no tomamos partido ni por los unos ni por los otros, sino que nos mantenemos escrupulosamente en el horizonte del pensamiento católico, en armonía con el Magisterio de la Iglesia, ejerciendo, en los ámbitos permitidos, también respecto a la autoridad, la legítima libertad de pensamiento de los hijos de Dios ².

Los modernistas de hoy

Los modernistas no conocen una verdadera tradición divina y apostólica, que mantenga inalterado un conjunto ordenado de contenidos conceptuales entendidos como Palabra de Dios, porque están bloqueados por el falso presupuesto gnoseológico, que niega que la verdad atingente al sentido de la vida humana o al destino del hombre, admitido que pueda ser descubierta y definida, ya sea un dato de razón o un dato de fe, puede ser conservada y transmitida para siempre, inalterada y bien comprendida a las generaciones futuras, para que nosotros hoy podamos alcanzar con seguridad la verdad que nos viene consignada por los antiguos, como un patrimonio o una herencia perenne, inmutable, incorruptible y siempre válida y útil. Es evidente que, con un tal concepto general de tradición, los modernistas no pueden comprender qué es la sagrada Tradición.
Los modernistas, de hecho, son historicistas, víctimas de un sentido exagerado de la evolución y de la caducidad de las ideas, por lo cual creen que ningún tipo de tradición estable y continuativa sea posible por dos motivos: tanto porque no creen en la posibilidad de conocer con certeza una verdad inmutable, como porque piensan que hoy no podemos entender o interpretar correcta y objetivamente el sentido auténtico de las doctrinas de quienes nos han precedido.
Ellos han asumido esa mentalidad subversiva y revolucionaria, de la cual tenemos ejemplos en Lutero y Descartes o, si se quiere, en la misma Revolución Francesa, fruto, por lo demás, tanto de Lutero como de Descartes. Ellos, con insana presunción, roban a Cristo las palabras: "todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes" (Jn 10,8).
Palabras que Cristo tenía pleno derecho a pronunciar, siendo el Mesías Hijo de Dios. Pero los señores antes mencionados, ¿cómo y de dónde han podido arrogarse tal autoridad absoluta, y en base a qué credibilidad? Pero lo peor es que Cristo mismo, aunque innovador, se ha ubicado en línea con las verdades fundamentales y perennes de la razón por Él mismo creada, y en la estela de la tradición mosaica y profética por Él mismo inspirada, mientras que nuestros bravos "revolucionarios" o "reformadores" han subvertido las bases de la razón y de la fe sin instaurar ningún "hombre nuevo", sino, por el contrario, haciéndonos retornar al viejo Adán.
Ahora bien, debemos observar que el pensar y el actuar humanos poseen, tanto a nivel de la razón como de la fe, una esencia indestructible, creada y conservada por Dios, que se mantiene constante, inalterada e idéntica a sí misma en el tiempo. Y en base a ella y a sus leyes, la persona despliega su actividad teorética y moral y progresa en el saber y en la virtud, valiéndose de las tradiciones adquiridas.
La fundación última, la renovación o la refundación más radicales del pensar y del actuar, que ciertamente puede ser útil, requieren que se tengan en cuenta no solo las evidencias originarias y los principios de la razón, así como las certezas elementales de la fe, sino también del saber tradicional, o sea del saber adquirido, que nos viene de la tradición, saber que custodia y conserva las conquistas definitivas e irrenunciables del pasado.
Esta sabia advertencia, impulsora de civilización y progreso, nos pone a salvo de rehacer el trabajo ya realizado por generaciones precedentes y por tanto nos permite avanzar partiendo desde el punto al que se ha arribado. Esto es lo que nos dice el buen sentido común. La pretensión de Descartes de rehacer todo desde el principio, como si nadie hubiera pensado antes que nosotros, ha sido increíblemente presuntuosa y podemos ver los resultados.
Si la metafísica ya está fundada, no es necesario volver a fundarla, sino que se avanza partiendo de la metafísica moderna. Si la fe nos es entregada por la tradición, no se debe dejar de lado la tradición, para enseñar a la humanidad cual es la verdadera fe. A lo sumo, se tratará de distinguir la verdadera tradición de la falsa tradición.
Todo verdadero progreso se construye sobre la base de los principios primeros racionales y tradicionales, de razón o de fe. Estos principios, por lo tanto, no pueden ser dejados de lado, rehacer o reconstruir o cambiar, ni es posible deducirlos de principios precedentes, ni encontrar otros más radicales, precisamente porque son los primeros. Pueden ser verificados solo reflexionando sobre ellos y haciendo uso de ellos.
No existe una metafísica más radical que la de Aristóteles, como tampoco existe fe más auténtica que la que nos es enseñada por la tradición apostólica. Es en cambio sobre su base que es necesario rehacer y construir.
Si estos principios son negados o puestos en duda, si se intenta sustituirlos por otros, no se da progreso, sino error, regreso y decadencia o incluso suspensión o destrucción del pensamiento o de la moral o de la fe. Se debe construir sobre estos a priori, sobre lo que ya existe, sobre lo que ya ha sido pensado, sobre lo que ya está dado por la razón o la tradición. "El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro..." (1 Cor 3,11ss). Querer cambiar, aquí, significa querer destruir.
Nadie, ni siquiera Descartes, puede arrogarse el derecho de hacer partir el pensamiento humano desde cero. Ciertamente, el pensamiento humano, al inicio, está privado de contenidos ("tabula rasa"), porque está simplemente en potencia. Pero como entra en acto, he aquí que tiene inmediatamente su contenido, recabado de la experiencia de las cosas, contenido u objeto, que es el ente, ese ente que existe antes que él e independientemente de él, porque es creado por Dios y no por él.
Por lo tanto, es falso creer, con Bontadini, que el pensamiento no debería tener presupuestos. Sólo el pensamiento divino parte de sí mismo. El cogito es el principio del pensamiento divino, no del pensamiento humano. Esto aparecerá clarísimo con el Yo absoluto de Fichte, que no es otro que el desarrollo último del cogito cartesiano.
El pensamiento humano presupone su objeto, es decir, lo real. Sin el objeto, no existe el pensamiento. Sólo el Pensamiento divino es independiente del ser creado, porque es el creador del ser. Las verdades primeras de lo real deben para nosotros ser presupuestas y dadas por descontadas, de lo contrario no se avanza, sino que se retrocede y más bien se sueña, se fantasea y solo se hace daño.
Cuando el hombre realiza una conquista en el campo del saber y de la virtud, se ve inducido a conservar el resultado obtenido para transmitirlo a las generaciones futuras en la obra educativa. Estas generaciones asumirán estos resultados para hacer avanzar ulteriormente el saber y la virtud. Pero si se desprecia la tradición, por mucho que con Descartes se exalte la razón y con Lutero se exalte la fe, se destruye con una mano lo que se construye con la otra.
Igualmente, Lutero olvida el hecho de que la Escritura no es más que la puesta por escrito de la Tradición y la misma Escritura recomienda el respeto por la Tradición (cf. 2 Tes 2,15; 1 Tm 6,3; 2 Tm 1,14; Heb 2,3; 1 Co 11,2.23; 2 Pe 1,15; Jd 3). Lutero reduce toda tradición a aquellas tradiciones humanas, farisaicas, con las cuales polemiza Jesús (cf. Mc 7, 8-9.13; Col 2,8).
Con todo esto, es necesario decir que en Lutero está el núcleo fundamental del concepto de tradición apostólica -piénsese sólo en san Pablo- entendida como predicación de la Palabra de Dios o anuncio del Evangelio; el que, entonces, es el principio esencial de la tradición, aunque, para completar el concepto, es necesario agregar la transmisión apostólica del mensaje o de la doctrina revelada.
Y, lamentablemente, este completamiento, que también implica el primado petrino, en Lutero falta. Lutero, por lo tanto, cae en esta contradicción: por una parte, sabe que la tradición es predicación, conservación y transmisión oral del Evangelio; pero, por otra, rechaza esta misma tradición en su esencia completa y genuina, es decir, en su forma apostólica bajo la guía de Pedro.
Lutero se queda con la Escritura, es cierto, en la cual él ve ciertamente la Palabra de Dios y la tradición puesta por escrito. Pero pasa por alto el hecho de que lo escrito no contiene todo cuanto está contenido en la Palabra, es decir, en la tradición oral apostólica. El espíritu del hombre que comunica la verdad, se manifiesta más inmediatamente con la palabra que con lo escrito. Es la palabra del autor o de quien por él y en su nombre interprete sus escritos.
Cristo ha dicho a los apóstoles: "El que a vosotros escucha, a mí me escucha" (Lc 10,16). La lectura no es fin en sí misma, sino que está ordenada a la escucha. No basta el libro. Es necesaria la persona viva ³, a la cual el libro está confiada, o que representa a quien ha escrito el libro. Contra Lutero se debe decir que la Biblia no es suficiente para conocer todo aquello que Cristo enseña. Es necesario escuchar también a los apóstoles y a sus sucesores. Se necesita el encuentro interpersonal, el diálogo, la conversación. He aquí la autoridad de la tradición. Es aquí que Lutero ha fallado. Y es aquí donde fallan los modernistas con su desobediencia al Magisterio de la Iglesia, viva voz de la sagrada Tradición.

Las ilusiones y los engaños de los modernistas

Los modernistas creen que el Papa está de su parte, por eso se consideran los favoritos del Papa, manifiestan por él una admiración inconmensurable, lo consideran un "progresista" y un revolucionario, se sienten los verdaderos intérpretes de todo lo que el Papa hace y dice, se sienten, en definitiva, la línea de avanzada de la Iglesia, la vanguardia, los grandes realizadores del Concilio Vaticano II, incluso se consideran más avanzados que el Concilio.
Se consideran como los miembros y actores, por no decir los protagonistas y los guías, junto con muchos obispos y profetas o pseudo-profetas, de la nueva Iglesia, que, según ellos, habría nacido del Concilio, es decir, una Iglesia "ecuménica", "abierta", ya no formada sólo por católicos, no "cerrada en su propia identidad", sino abierta también a los protestantes, ortodoxos, judíos, musulmanes, masones, liberales, idealistas, comunistas, budistas, hinduistas, agnósticos y ateos.
Todo hombre, en efecto, según la teoría de Rahner, que los modernistas han hecho suya, es constitutivamente y existencialmente, oyente de Palabra y receptor o experimentador de la revelación divina (experiencia trascendental) a nivel inconsciente (cristiano anónimo).
Según esta visual, la gracia de la revelación es una modalidad de ser del hombre (existencial sobrenatural). Los textos sagrados de las diversas religiones y las mismas filosofías, incluso ateas, son una interpretación o expresión temática, categorial y conceptual particular de esta revelación apriorica y trascendental preconceptual (Vorgriff).
El hombre en la vida presente no es creado en el pecado, sino que es creado en gracia. El pecado es sólo un acto subsiguiente y categorial, "aposteriorico", del libre albedrío, que no quita la gracia. El pecado original no es una culpa heredada o transmitida por generación desde una pareja primitiva, realmente existida en el pasado, sino que es una imagen etiológica de la culpa propia de cada uno de nosotros.
La categoría fundamental que hace de coágulo entre tanta diversidad de hombres y de religiones, evidentemente, para los modernistas, no podría ser el Evangelio expresado en los dogmas, dado que no es compartido por todos. Sino que es la modernidad, o mejor dicho: el hombre moderno. En efecto, para ellos, Dios está en la modernidad, no en el pasado. De todas maneras, se supone que todos están orientados hacia Dios, y por tanto se salvan, en modo temático o atemático.
Esta unidad atemática y trascendental en la tensión hacia Dios se expresa temáticamente en los textos sagrados de las diversas religiones, culturas y filosofías, cada una de las cuales representa su propia imagen de Dios. El ateo niega a Dios temáticamente y conscientemente, pero en realidad él también es teísta atemáticamente e inconscientemente.
Otra categoría fundamental de la nueva Iglesia no es la unidad, que implica una identidad precisa, fija y exclusiva. Esto, según los modernistas, es el error de la vieja Iglesia preconciliar de los tradicionalistas. La unidad de la Iglesia es la simple convergencia ecuménica y pluralista de las diversas confesiones y de las diversas Iglesias cristianas. Y así tampoco la universalidad de la fe debe ser entendida como la adhesión de todos a una misma e inmutable proposición dogmática.
Según los modernistas, se trata de un error de los tradicionalistas, que se quedaron estancados en el viejo concepto griego objetivista de la verdad, por lo cual todavía no han recibido el giro al sujeto producido con el Yo de Lutero y con el cogito de Descartes. En virtud del descubrimiento de Descartes, perfeccionado por Kant, no es el sujeto el que debe adaptarse al objeto, sino el objeto el que se adapta al sujeto.
De ahí el principio por el cual lo que es falso para mí puede ser verdadero para ti. Lo que es falso para Roma puede ser verdadero para los luteranos. Por consiguiente, no debo decir: estás equivocado, sino simplemente: tú no piensas como yo; por eso respeto tu idea. La herejía no es un error, sino solo un modo diferente de creer.

La concepción modernista del tradicionalismo

Los tradicionalistas, en cambio, según los modernistas, son nostálgicos de la Inquisición, defensores intransigentes de un pensamiento único, rígido y monolítico, fuera de la historia, incapaces de apreciar el pluralismo y la libertad de elección. Quisieran hacer desaparecer la singularidad de la persona en las abstracciones de la doctrina.
Después de todo, Hegel, nos dicen los modernistas, desarrollando a Kant y a Fichte, nos ha enseñado que no existe un real en sí, objetivo y universal; sino que lo real es lo racional, es decir, lo que yo, con mi razón o mi conciencia, considero o pienso que es real. El ser es lo pensado-por-mí.
Y, por lo tanto, cada uno es libre de interpretar la moral o la Biblia como le parece, sin tener que esperar el apunte o la guía de Roma. Los tradicionalistas, en cambio, son cabezas incapaces de pensar libremente, y no saben cómo salir de la jaula del dogma o del Denzinger.
Hegel, por lo demás, siempre según los modernistas, nos ha enseñado que la verdad no es fija e inmutable, definida de una vez y para siempre, sino que siempre evoluciona. Lo que hoy parece herejía, mañana puede ser verdad. Los modernistas no entienden el progreso como mejor conocimiento o aplicación de valores o de verdades que son en sí mismos inmutables, sino como cambio del mismo valor y de la misma verdad.
Para ellos, no existen valores no negociables o irrenunciables. Nada se debe dar por descontado y todo puede ser puesto en discusión, excepto el sujeto, el cogito, del cual todo parte y al cual todo llega y que es la única certeza. Cualquier valor, incluso el alma, Dios y la fe, puede ser cambiado o permutado, puede ser objeto de tratativa, si esto me conviene, para afirmar el cogito o para salvar el pellejo o en obsequio a la modernidad. ¿Acaso no es cierto que Dios deviene, que el alma es una invención de Aristóteles y que los dogmas cambian? Es necesario entonces hoy pensar en las propuestas que nos pueden llegar de los teólogos del ISIS.
De ahí ciertas convicciones de los modernistas en el campo moral, como, por ejemplo, que la homosexualidad sea una opción legítima, tanto como la heterosexualidad, que el divorcio sea una opción normal como la fidelidad conyugal, o que el aborto sea igualmente tan lícito como el procrear, o que la explotación del trabajador sea cosa tan normal como el respeto del contrato de trabajo, o que la vendetta mafiosa sea un modo como cualquier otro de hacer justicia, que la destrucción de la naturaleza valga tanto como el cultivo de los jardines a la italiana y así sucesivamente.
Ciertamente podemos seguir a los modernistas, cuando atacan o se mofan de ese tradicionalismo, que viene dado por la mentalidad de aquellos católicos que están aferrados a la tradición como un conjunto de doctrinas, leyes, usanzas y costumbres que son supervivencias del pasado, superadas por el Concilio, las cuales crean una situación de estancamiento y, en última instancia, una situación injusta, que hace de freno al progreso y a las necesarias reformas.
Esto implica en estos tradicionalistas el rechazo del progresar y la cerrazón a lo nuevo y a lo moderno, solo porque es moderno, cosa que no es conforme a la voluntad del Espíritu Santo, que quiere guiarnos a la plenitud de la verdad y del bien. Hasta aquí, el rechazo de este tradicionalismo es ciertamente aceptable, compartible y necesario, obligatorio.
Excepto, sin embargo, que los modernistas van más allá, donde ya no podemos seguirlos. En efecto, para ellos, la convicción católica tradicionalista de conocer, respetar y poner en práctica la Palabra de Dios trascendente, inmutable, invariable, perenne, supratemporal y eterna, con el relacionado deber de conservarla y transmitirla íntegra e inalterada, por los modernistas es juzgada infundada, por lo cual es despreciada y rechazada. Lo inmutable, para ellos, es una abstracción sin fundamento ni confirmación en la realidad, que es siempre concreta y cambiante.
Lo eterno, para ellos, o no existe o, si existe, no existe sino en el tiempo. Con la excusa de la Encarnación, lo Eterno separado del tiempo, a ellos les resulta inconcebible. El alma separada del cuerpo, con la excusa de la resurrección, a ellos les resulta inconcebible. Una verdad universal no puede ser captada en sí misma abstrayendo de sus aplicaciones o de las modalidades de sus realizaciones concretas.
Todo cambia y nada permanece. La realidad es un continuo devenir e historia. Los conceptos cambian, incluidos los dogmas. Según los modernistas, admitir una verdad inmutable y definitiva, como sería el dogma, quiere decir bloquear el progreso y la renovación del pensamiento y de la acción.
De este modo, el concepto modernista de tradicionalismo confunde bajo una única denominación dos realidades muy diferentes que de hecho son dos realidades en contraste: el tradicionalismo de los católicos que aceptan las doctrinas del Vaticano II y el tradicionalismo de los lefebvrianos, que las rechazan.
Ahora bien, el tradicionalismo no es necesariamente un atributo infamante o deshonroso o despreciable. Al contrario, en cuanto atención privilegiada y preferencial dada a la Sagrada Tradición, en cuanto relectura o reflexión de valores olvidados, siempre que se sepa componerse en armonía con el respeto por la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, el tradicionalismo no es un simple y aburrido dejà vu, sino que es, en cambio, una elección completamente legítima y laudable, encomiable.
Por lo tanto, es necesario distinguir un tradicionalismo viviente, sano, dinámico y provechoso, de un tradicionalismo exagerado, fosilizado, muerto y atrasado, que puede conducir también a salir de la ortodoxia. Una cosa es el tradicionalismo del Siervo de Dios Tomás Tyn, que celebraba con igual devoción tanto la Misa novus ordo como la vetus ordo, y el tradicionalismo de los lefebvrianos, que no quieren saber nada de la Misa novus ordo.
De hecho, el primer tipo de tradicionalismo, que al fin de cuentas no caracteriza sino al católico en cuanto tal, que también puede optar por una opción progresista, es legítimamente profesado y practicado por una tendencia eclesial perfectamente católica, como por ejemplo aquella a la que pertenecía el mencionado Siervo de Dios.
Este tradicionalismo ama recordar, invocar y profundizar los valores de la tradición, sin por ello menoscabar, descuidar, rechazar o despreciar ese "progreso" de la tradición misma, del cual habla el Concilio Vaticano II (Dei Verbum n.8), y que el mismo Concilio ha promovido.
La verdadera oposición o verdadero contraste intra-eclesial no es entonces entre tradicionalistas y progresistas, sino entre lefebvrianos y modernistas. Por lo tanto, es necesario distinguir, en el campo del tradicionalismo, a los tradicionalistas moderados, que son católicos normales, de esos otros tradicionalistas lefebvrianos, que son tradicionalistas exagerados, doctrinalmente defectuosos, en cuanto que no aceptan las doctrinas del Concilio Vaticano II.
Asimismo, de modo similar, en el campo del progresismo, es necesario distinguir los progresistas moderados, como Ratzinger, Maritain, Guitton, Guardini, Gilson, A. Galli, Journet, Piolanti, Parente, Congar, Daniélou y de Lubac, que son perfectamente católicos, de aquellos otros progresistas modernistas, relativistas o historicistas, como Rahner, Schillebeeckx, Forte, Dupuis, Bordoni, Melloni, Kasper o Küng; quienes se declaran intérpretes del Concilio, pero deforman  en diversos modos y medidas el significado en sentido modernista.

¿Qué hacer?

El diálogo más urgente e importante que hoy es necesario promover no es el diálogo con los protestantes, con los ortodoxos, con los judíos, con los musulmanes o con los no creyentes, todas cosas útiles y que se deben hacer; lo que urge es el diálogo intra-eclesial, el diálogo entre nosotros los católicos, porque hay en nosotros y entre nosotros divisiones doctrinales y morales gravísimas e intolerables.
No se sabe ya qué cosa quiere decir ser católico, porque cada uno pone bajo este título lo que le parece y le gusta, y por lo tanto las ideas más extrañas, extravagantes y contradictorias. Se va al supermercado de las religiones, se elige lo que se prefiere, se pasa del obispo, y a la caja a pagar, y luego en casa, con los productos adquiridos, se organiza el menú de la semana y se invita a los amigos.
Es urgente, por lo tanto, que nos reunamos todos en torno al Papa, Maestro de la Fe y supremo custodio y promotor en la tierra de la unidad, de la reconciliación y de la paz en la Iglesia, todos atentos y fieles a las líneas fundamentales de su servicio pastoral, sin plantarse a litigar por algunas de sus elecciones contingentes, ocasionales, que son y que siguen siendo discutibles con filial libertad de pensamiento, pero renunciando al mismo tiempo a toda necia adulación y a toda crítica malévola.
Me alegraré el día en que vea al cardenal Raymond Leonard Burke hacer las paces con el cardenal Walter Kasper, Antonio Socci con Alberto Melloni, Roberto de Mattei con Raniero Cantalamessa, Enzo Bianchi con Antonio Livi, Bernard Fellay con el Sumo Pontífice…

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 2 de abril de 2017


Notas

¹ Se encuentra el término modernismo en Paulo VI. Benedicto XVI ha delineado con mucha claridad los dos partidos adversos de los lefebvrianos y de los modernistas, usando otros términos. 
² Sobre la base de estas premisas, los padres de L’Isola di Patmos acogemos con gusto las contribuciones tanto de orientación tradicionalista como progresista, siempre que se mantengan escrupulosamente en el marco de la sana doctrina.
³ En este sentido vale el latiguillo del Papa "la persona vale más que la doctrina". La doctrina sirve para contactar a la persona. La persona ciertamente debe aceptar la doctrina y ponerla en práctica; pero la doctrina, a su vez, está al servicio de la persona y es un medio, por el cual la persona expresa en el pensamiento su propia dignidad. Por otra parte, la doctrina es la persona pensada. Pero lo real es más que el pensamiento. Por lo tanto, la persona real es más que la doctrina sobre la persona.

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum omne quod est modernum identificandum sit cum modernismo,
vel etiam exstet modernitas legitima ab eo distincta

Ad hoc sic procediturVidetur quod omne quod est modernum identificandum sit cum modernismo.
1. Quia modernistae vocant traditionalistas omnes qui non sentiunt sicut ipsi, existimantes omnem oppositionem esse retardationem et resistentiam modernitati. Sic modernum fit criterium absolutum veritatis, et qui illud recusat statim suspectus est erroris.
2. Praeterea, lefebvriani tenent omne quod est modernum esse modernismum, et ideo doctrinas Concilii Vaticani II respuunt, Papas et theologos Magisterio fideles modernismi accusantes. Si hoc verum esset, Concilium in haeresim incidisset et omnis innovatio esset suspecta.
3. Item, modernismus exhibetur tamquam fructus inevitabilis modernitatis, in continuatione cum Luthero, Descartesio et Revolutione Gallica, quae traditionem subvertunt et cogitationem ex nihilo reficere conantur. Ergo accipere modernum esset accipere rupturam cum traditione.
4. Denique, modernistae censent veritatem evolvere et mutari, dogmata posse modificari, et unitatem Ecclesiae esse pluralisticam et convergentem. Si ita est, omnis modernitas secum fert relativismum et dissolutionem fidei.

Sed contra est quod docet Paulus: fundamentum iam positum est, aliud autem nemo potest ponere (1 Cor 3,11). Concilium Vaticanum II, in Dei Verbum, affirmat traditionem in Ecclesia progredi sub assistentia Spiritus Sancti. Sanctus Pius X modernismum ut haeresim damnavit, sed idem Magisterium agnoscit elementa valida modernitatis quae purificanda et assumenda sunt.

Respondeo dicendum quod non omne quod est modernum est modernismus. Exstat modernitas sana, a Concilio Vaticano II assumpta, quae componitur in harmonia cum Sacra Scriptura et Magisterio Ecclesiae, et quae constituit verum progressum in comprehensione et applicatione veritatis immutabilis. Exstat etiam modernitas insana, quae est modernismus, relativismo, historicismo et negatione traditionis apostolicae signata. Confusio inter utramque ad graves errores ducit: modernistae traditionem despiciunt et putant omnia mutari, lefebvriani vero omnem novitatem tamquam modernismum respuunt. Vera oppositio intra Ecclesiam non est inter traditionalistas et progressistas, sed inter lefebvrianos et modernistas. Catholicus normalis autem distinguit inter traditionalismum vivum et legitimum, qui memorat et profundat valores traditionis, et traditionalismum fossile et sterile, qui omnem progressum recusat. Similiter distinguit inter progressismum moderatum et catholicum, et progressismum modernisticum, qui sensum Concilii deformat.

Ad primum dicendum quod oppositio modernistarum confundit categorias diversas, quia non omnis recusatio modernismi est recusatio modernitatis.
Ad secundum dicendum quod lefebvriani errant cum omnem modernitatem cum modernismo identificant, cum Concilium modernitatem sanam et legitimam assumpserit.
Ad tertium dicendum quod modernitas non implicat cogitationem ex nihilo reficere, sed super principia prima rationis et fidei, iam traditione statuta, aedificare.
Ad quartum dicendum quod veritas non mutatur in sua essentia, etsi progredi possit in sua comprehensione et applicatione; ideo progressus authenticus dogma non destruit, sed illud illuminat et evolvit.
   
JG

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.