viernes, 24 de julio de 2026

El infierno existe y nunca ha sido abolido (1/2)

En tiempos de confusión doctrinal y de rumores que intentan oscurecer la enseñanza de la Iglesia, este artículo del padre Giovanni Cavalcoli recuerda con firmeza que el infierno existe y nunca ha sido abolido. ¿Qué significa negar la inmortalidad del alma y la existencia de los condenados? ¿Puede la misericordia divina anular la libertad humana y sus consecuencias? ¿Cómo se entiende el infierno como advertencia salvífica y como fruto definitivo del pecado? ¿Qué relación hay entre justicia divina, libre albedrío y responsabilidad personal? Esta reflexión del docto teólogo dominico invita a tomar en serio nuestras elecciones y a redescubrir el sentido profundo de la doctrina del infierno. [En la imagen: fragmento de "El Infierno" en su mitad superior, óleo sobre tabla, 1570, obra de Peeter Huys, conservado en el Museo Nacional del Prado, Madrid].

El infierno existe y nunca ha sido abolido, porque ni siquiera modernistas
y buenistas pueden abolir el libre albedrío dado por Dios al hombre

Primera Parte

(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 2 de abril de 2018 en L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/linferno-esiste-e-non-e-mai-stato-abolito-perche-neppure-modernisti-e-buonisti-possono-abolire-il-libero-arbitrio-donato-da-dio-alluomo/)

Eugenio Scalfari, según el cual el papa Francisco le habría dicho que el castigo infernal no existe y que los malvados son aniquilados por Dios, ha sido desmentido por la Sala de Prensa de la Santa Sede que ha precisado que se trataba de una reconstrucción de la conversación con el Santo Padre. Si en efecto éste hubiera realmente pronunciado esas palabras, habría caído en una doble herejía: la negación de la existencia de los condenados y de la inmortalidad del alma. Y tales tesis heréticas son de Edward Schillebeeckx, como indicaré más adelante.
Sobre el nivel de prudencia del hombre Jorge Mario Bergoglio y la consecuente oportunidad de continuar dialogando con este tipo de interlocutores, ya ha escrito el padre Ariel S. Levi di Gualdo, refiriéndose tanto al fundamental concepto doctrinal de la prudencia como, siempre en tal sentido, a la teología de Santo Tomás de Aquino. Por tanto, además de no repetir ciertos análisis ya hechos por mi hermano sacerdote, me limitaré por mi parte a un discurso improntado sobre otro ángulo, dado que desde hace años, para llevar a cabo de la mejor manera posible nuestro servicio apostólico a través de nuestra Isola di Patmos, hemos buscado muchas veces ofrecer a los lectores diferentes análisis sobre un mismo tema.
No es pensable que un Romano Pontífice caiga en herejía formal, en modo voluntario y consciente, porque a él y sólo a él Cristo le ha conferido el mandato de supremo anunciador, definidor, esclarecedor, custodio y defensor de la verdad del Evangelio, garantizándole la asistencia del Espíritu Santo, que lo hace infalible en su magisterio. He pensado entonces que este desagradable episodio, en el que una vez más las fuerzas de las tinieblas intentan pérfidamente usar al Sucesor de Pedro, podría ofrecernos la ocasión de repensar el dogma del Infierno para comprender mejor su valor salvífico, en cuanto elemento disuasorio, que estimula por contraste a cumplir las obras de la salvación, como dice sabiamente a Abraham el rico epulón en el infierno: "que los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento" (Lc 16,28).
Punto central para entender qué es el Infierno y el por qué de su existencia es, como veremos, el vínculo que existe entre Infierno y pecado. El infierno no es otra cosa sino la maduración final y definitiva del pecado como acto del querer humano perverso, irrevocablemente rebelde a Dios. Es un no dicho para siempre a Dios, a ese Dios de misericordia que quiere a todos salvos, pero que al mismo tiempo, no se impone a nadie, no fuerza a nadie, por lo que deja que cada uno haga su elección, además sin poder justamente impedir las eventuales consecuencias desagradables en caso de rechazo. En efecto, característica del no a Dios es precisamente el privarse de la felicidad. Y por lo tanto es absurdo creer que uno pueda pecar y obtener aún así la felicidad. Ciertamente puede tener la perversa satisfacción de haber hecho la propia voluntad, pero tal satisfacción, si es que la tiene, no se la deseamos a nadie.
La doctrina del Infierno nos muestra en toda su entidad y sus terribles consecuencias, la existencia y la naturaleza de la maldad humana y lo grave que es el daño que el hombre se hace a sí mismo con la mala voluntad rebelde a Dios; por lo cual tal doctrina, por contraste, estimula al hombre pecador, bajo el impulso de la gracia, en su propio interés eterno, a convertirse, es decir, a cambiar en buena la mala voluntad mediante el arrepentimiento, la reparación y pidiendo perdón a Dios.

El fundamento natural de la creencia en el Infierno

El problema de la existencia de condenados en el infierno vuelve hoy a plantearse con el libro recientemente publicado del monje benedictino francés Guy Pagès, titulado "¿Está Judas en el infierno? Respuestas a Hans Urs von Balthasar" ¹. En su libro el autor sostiene que Judas está en el Infierno, se refiere a las ideas de von Balthasar sobre el Infierno ² confrontando con ellas, y formula el voto de que el Papa quiera definir la doctrina del Infierno como dogma de fe.
La palabra Infierno corresponde al latín infernum, conectado con la idea de algo que está abajo, que está en lo bajo, que es inferior, eventualmente subterráneo. Está claro el significado simbólico de esta imagen, por lo cual basta sola la estrechez de mente de un Rudolf Bultmann para creer que se trate de una tosca cosmología o incluso de una metafísica antigua y no comprender que esta metáfora universalmente presente en las concepciones religiosas y morales de la humanidad, representa la abyección, el abatimiento y la máxima degradación moral, en contraste con la imagen de lo que es grande, majestuoso, sublime, alto, celestial, para representar en cambio la elevación de la virtud moral y de la santidad, el "reino de los cielos, donde mora el Padre que está en los cielos [...], el Dios Altísimo" del que habla el Antiguo Testamento.
Esta metafísica de los planos ontológicos de la realidad está presupuesta en uno de los célebres himnos cristológicos paulinos (Flp 2,10), donde el Apóstol dice que el Padre ha dado al Hijo "el nombre que está por encima de cualquier otro nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, sobre la tierra y en los abismos bajo la tierra". Lo que significa que la providencia divina no alcanza sólo el cielo y la tierra, sino también el Infierno. Y por lo demás, el Cristo del Apocalipsis dice: "tengo la llave de la Muerte y del Abismo" (Ap 1,18).
No es el caso recordar aquí la doctrina católica sobre el Infierno. Toquemos en cambio algunas cuestiones de actualidad sobre el tema. En torno a la cuestión del Infierno se suman todavía hoy varios interrogantes, que empujan a negar su existencia. Se nos pregunta qué sentido y utilidad puede tener tal hecho en el contexto de la divina providencia y de la historia de la salvación. ¿Para qué sirve una doctrina de tal género a los fines de nuestra salvación? ¿Favorece u obstaculiza nuestra confianza en Dios? ¿Evoca la imagen de un Dios atrayente o la de un Dios aterrador? Pero entonces, ¿por qué razón creer en una pena tan severa, una pena eterna?
La fe bíblica en el Infierno supone tres certezas fundamentales e indiscutibles de la conciencia moral natural: la primera, es la exigencia de conocer aquello que hace bien y por qué, y aquello que hace mal y por qué; conocer en definitiva las acciones que procuran bienestar y aquellas que causan daño.
La segunda es la convicción basilar de la recta conciencia moral natural, que el querer humano, en la vida presente, inclinado por naturaleza a buscar el bien y a rechazar el mal, de hecho alterna la acción buena y la acción mala. Es decir, en virtud del libre albedrío, el hombre a veces hace el bien, a veces hace el mal. La voluntad, a veces es buena, a veces es mala, según como quiera. Si hace el bien, tiene beneficio, merece alabanza y premio; si hace el mal, se procura daño, merece desaprobación y el castigo.
La acción buena es la justicia, la mala es el pecado. Cada uno de nosotros, cualquiera que sea su concepción del bien y del mal, en cada caso, promueve lo que juzga ser bueno y se opone a lo que juzga ser malo. Es inevitable. Lo que varía son los criterios para juzgar lo que está bien y lo que está mal. Sin embargo, pueden existir criterios correctos y criterios incorrectos. De ahí la necesidad de conocer lo que está verdaderamente bien hacer y lo que está verdaderamente mal, para evitarlo.
La acción buena hace bien al agente, la acción mala le hace mal. El concepto de Infierno nace de este presupuesto. El sentido innato de justicia que todos nosotros tenemos nos dice que es justo que el bueno sean premiado y que es justo que el malvado sea castigado. El infierno, como se sabe, es el eterno castigo de los malvados.
La tercera convicción de religión natural, antes que bíblica, es la noción natural de la justicia divina, como dice la Carta a los Hebreos: "aquel que se acerca a Dios debe creer que él existe y es el justo remunerador de los que lo buscan" (Heb 11,6).
La justicia divina implica que Dios premie a los buenos y castigue a los malos. Implica la convicción de que Dios tiene en cuenta las obras y los méritos de cada uno de nosotros y retribuya con perfecta justicia. Es sabiduría, es nuestro deber actuar teniendo en cuenta las consecuencias buenas o malas, del premio o del castigo. Es sabiduría actuar para ganar el premio y evitar el castigo. Por lo tanto, es sabiduría práctica saber cuál es el premio y cuál es el castigo.
Ciertamente, es necesario actuar ante todo en vista de la consecución de nuestro fin último y supremo Bien, que es Dios, actividad que debe ir de la mano con la adquisición de las virtudes y con el amor por el deber, que son los medios para llegar a Dios. En efecto, Él es el Bien infinito, para el cual estamos hechos y que es inmensamente superior a nuestro bien personal finito y, por lo tanto, al ejercicio de la virtud y al cumplimiento del deber. El Infierno es perder o rechazar este Bien, aun cuando hubieramos alcanzado altos niveles de virtud personal.
El perfeccionamiento de sí como fin en sí mismo, a la manera estoica, puede parecer virtud, pero en realidad es soberbia y egoísmo, que finalmente hace fracasar nuestra vida. Este es el sutil riesgo de la ética kantiana, aun así tan noble y desinteresada para el absoluto respeto de la ley moral, que hacer avergonzar a nuestros modernistas sin columna vertebral ni carácter.
La justicia humana debe ser respetada y debemos tener confianza en ella, pero ella, a causa de las consecuencias del pecado original, es lacunosa, incompleta y defectuosa. Ocurre que los criminales quedan impunes y vienen a ser castigados los inocentes. Por tanto, es necesario en estos casos recurrir a la justicia divina. El justo experimenta así satisfacción al ver el castigo del impío, no tanto porque el impío sufra -y sería crueldad-, sino en cuanto en el impío se realiza la justicia divina. Según santo Tomás de Aquino, la visión que los bienaventurados tienen de las penas de los condenados entra en el objeto mismo de la bienaventuranza celestial ³. Por otra parte, no hay que confundir la noble y serena satisfacción del justo que contempla la realización de la divina justicia y es recompensado por los sufrimientos que los impíos le han hecho padecer injustamente, con la satisfacción maligna y colmada de rencor de aquel que goza de la desgracia del adversario porque lo odia.
¿Es justa una pena eterna? Respondemos que el hombre, teniendo un alma inmortal, está hecho para vivir eternamente, para siempre. Por eso él, en sus elecciones de vida, elige un bien que él considera eterno o absoluto. Sin embargo, al juzgar este bien, su voluntad puede errar y juzgar como absoluto lo que no lo es. Sólo Dios es el verdadero absoluto. Ahora bien, la elección de una criatura en lugar de Dios es el principio que conduce al hombre al Infierno. Pero el hombre, pecando, tiene la posibilidad de elegir para siempre, sin arrepentimiento, como si fuera absoluto un bien (a sí mismo o a una criatura), que no es verdaderamente absoluto, es decir, que no es Dios, que es su verdadero bien supremo y fin último. Esta elección pecaminosa definitiva, que tiene lugar al final de la vida presente, conlleva necesariamente una pena eterna, porque es la pérdida definitiva e irreparable de un bien eterno.
Lo que la voluntad elige es un acto o un bien que le da satisfacción, de lo contrario no lo elegiría. Ahora bien, el hombre tiene una natural, innata y necesaria tendencia o inclinación a un bien absoluto y eterno, puesta en él por Dios mismo. Pero Dios deja al libre albedrío del hombre determinar el contenido preciso y concreto de este bien absoluto, a fin de que este pueda ser efectivamente objeto de elección.
Ahora bien, Dios deja al hombre la facultad de elegir definitivamente y para siempre, o el verdadero absoluto, que es Dios, o bien un falso absoluto, que puede ser sí mismo o una criatura. Si el hombre elige un falso absoluto, pierde su propia verdadera felicidad, que sólo puede estar en Dios. Le queda la perversa satisfacción de haber hecho su propia voluntad, aunque desobedeciendo a Dios. Este acto malvado le procura la pena del Infierno. Pero así como él mismo ha encontrado su satisfacción en el hacer este acto, él, en su irremovible obstinación, no se arrepiente en absoluto de encontrarse en las llamas del Infierno, porque allí ha obtenido lo que esencialmente le interesaba: hacer su voluntad. Allí en el Infierno, él ha obtenido lo que quería y lo que quiere. Por lo tanto, él razona así: es mejor estar en el Infierno, lejos de Dios, que estar en el Paraíso del Cielo en compañía de Dios. Así se explica cómo sea posible que uno opte por ir al Infierno, donde sabe que le espera una pena eterna. Ciertamente no es la pena, lo que él quiere, sino que es hacer su voluntad. Si ello implica una pena eterna, está dispuesto a aceptarla, sólo para hacer su voluntad.
Con el acontecimiento de la muerte, la voluntad queda fija para siempre en la propia relación con Dios que tiene al momento de la muerte: si está en comunión con Dios, se salva; si, en cambio, se encuentra en ruptura con Él, es decir, privada de la gracia por la culpa mortal, está perdida. Esta fijación de la voluntad depende del hecho de que con la muerte, ella entra en contacto directo e inmediato con el absoluto que ha elegido -por Dios o contra Dios- en modo tal que ya no puede elegir de modo diferente, es decir, deja de producirse la oscilación del libre albedrío, que estaba justificada por el hecho de que durante la vida lo absoluto puede, precisamente en virtud de la elección del libre albedrío, asumir diferentes determinaciones.
En esta vida nosotros tenemos un espacio de movimiento para nuestras elecciones. Aquí los límites de este espacio trascienden las individuales elecciones, mientras que lo absoluto -Dios o no Dios- aparece como un bien entre los otros. Al momento de la muerte, la voluntad ya no puede mover, porque el absoluto que habíamos elegido ocupa todo el espacio. O bien es como en el escalar una montaña. Durante la escalada, se pueden seguir diferentes senderos. Pero cuando llegamos a la cima, nos detenemos allí. El momento de la muerte es una cosa similar: el hombre llega al término de este movimiento o de este camino.

Enseñanzas de la Iglesia sobre el Infierno

He expuesto las enseñanzas bíblicas, pero sobre todo de Cristo sobre el Infierno, en mi libro ya citado L’Inferno esiste. La verità negata. Según la Escritura, como consecuencia del pecado original, la humanidad ha sido castigada con diversas penas en la vida presente y, después de la muerte, con la pena del inframundo, que es un lugar ultraterreno, oscuro y triste, alejado de Dios y, sin embargo, custodiado por Él, similar al Hades pagano, que reúne justos e injustos.
Un aspecto de la obra salvífica de Cristo, según el Símbolo de los Apóstoles, ha sido el de descender a los infiernos después de su muerte para liberar las almas de los justos que esperaban el cumplimiento de la justicia divina (cf. Denz. 369, 485, 587), para conducirlos al Paraíso del Cielo. En cambio, la pena de los malvados que no han aceptado a Cristo, fue conmutada por Dios por la más grave pena del Infierno, porque, como explica la Carta a los Hebreos, si ya merecía una pena eterna la desobediencia a la Ley de Moisés, mucho más grave pena merece la desobediencia a la Ley de Cristo (Heb 10,26-29). De esto podemos ver la falsedad de la opinión de aquellos que sostienen que el Dios del Antiguo Testamento es más severo que el Dios del Nuevo o incluso que el Dios cristiano sería solo misericordia y no castigaría a nadie. En cambio, la mayor severidad del Dios cristiano se deduce precisamente del hecho de que es más misericordioso. En efecto, es justo que sea castigado más severamente quien rechaza un mayor don y desobedece a una ley más fácil de cumplir, como es la Ley evangélica aligerada por la gracia: "Mi yugo es suave, mi peso es ligero" (Mt 11,30), aunque las obras sean más arduas y se requieran sacrificios mayores. Pero el amor vuelve ligero el sacrificio.
La existencia de los condenados está implícitamente pero claramente afirmada en el artículo del Símbolo de la Fe en el cual recitamos: "Et iterum venturus est cum gloria iudicare vivos et mortuos". De las palabras del Señor está claro que a su Venida (Mt 3,12; 25,32; Ap 20,11-15) no toda la humanidad entrará en el reino de Dios, como creen von Balthasar, Rahner y Teilhard de Chardin, sino sólo los elegidos o predestinados, es decir, aquellos que hayan obedecido los santos mandamientos de Dios.
El Magisterio de la Iglesia, en perfecta línea con la enseñanza bíblica, afirma que no todos se salvan (Denz. 623, 624, 1523) sino que de la entera humanidad caída a causa del pecado original, Dios elige un cierto "número" de "elegidos" (Canon Romano de la Santa Misa) o "predestinados" (Denz. 621, 1540).
La verdad aquí a tener presente es que la salvación es obra divina. Dios da a todos los medios suficientes para salvarse, pero no todos hacen uso de ellos por su propia culpa. Por esto vienen justamente castigados con el Infierno. Que uno haga uso de los medios de la salvación es un acto sobrenatural causado por la gracia. Este acto es acto del libre albedrío en gracia, por lo tanto meritorio del Paraíso del Cielo. Por consecuencia, como dice el Concilio de Trento (Denz. 1548), nuestros mismos méritos sobrenaturales, con los cuales -con todo respeto a Lutero- nos ganamos el Paraíso, son dones de su gracia.
El caso es que a Dios, más que el hecho de que todos lo elijan a Él, le interesa que todos hagamos nuestra elección, aunque debiera ser también en contra de Él. Él quiere que Lo elijamos libremente, no que nos dirijamos hacia Él determinísticamente, por ley física, como los animales, las plantas y las piedras. Por lo tanto, para respetar nuestra elección, Él incluso acepta ponerse en juego a Sí mismo, aceptando también ser rechazado. Pero aquello que Él de todos modos quiere es que cada uno haga su propia elección. Si uno Lo rechaza, no lo constriñe a aceptarLo, sin embargo debe esperarse las inevitables consecuencias lógicas, que ni siquiera Dios puede evitar, porque implicaría contradicción, dado que hay contradicción entre la vida y la muerte. En efecto, no puede seguir viviendo quien elige la muerte. Pero las mencionadas consecuencias son precisamente el Infierno. Ahora bien, el Infierno, como dice el Apocalipsis, es la "segunda muerte" (Ap 20,14). Y muerte y vida no pueden coexistir simultáneamente en el mismo sujeto, porque se excluyen recíprocamente. Naturalmente, la vida que fracasa en el condenado, no es su vida natural, sino la vida de la gracia, la cual por lo demás, ya estaba ausente al momento de la muerte. Los condenados no son aniquilados, como erróneamente cree Schillebeeckx. Sus almas, siendo por esencia inmortales, continúan viviendo eternamente, para siempre, y ellos también retomarán su propio cuerpo en el momento de la resurrección final. El artículo del Símbolo de la Fe que recita: "credo resurrectionem mortuorum" se refiere evidentemente no sólo a las almas bienaventuradas, sino también a las condenadas (Jn 5,29).
Un hecho de tal género es digno de mucha atención, en cuanto manifiesta claramente la bondad de Dios. En efecto, con el pecado, la humanidad ha conocido la muerte, la cual consiste en el hecho de que el alma queda sola sin su cuerpo. Excepto que, a este propósito, es necesario decir que también para los condenados han intervenido la misericordia y la justicia divinas: la primera, la cual ha tenido piedad del alma separada, por la cual le devuelve su cuerpo, y la justicia, por la cual Dios, por justicia rinde homenaje a la obra redentora de Cristo, la cual ha merecido la resurrección del cuerpo también para los condenados.
La idea de la destrucción de los condenados podría estar sugerida por la imagen de la Gehenna, utilizada por Cristo para aludir al Infierno. En efecto, como es bien sabido, se trataba de un lugar cercano a Jerusalén, donde se quemaban los desechos. Hoy diríamos una incineradora, como la que tenemos en nuestras ciudades. Era un lugar maldito, que recordaba los horribles sacrificios humanos idolátricos hechos practica en su tiempo por los reyes Acaz y Manasés. Ciertamente Cristo, con la imagen de la Gehenna, no pretende en absoluto aludir a una destrucción de los condenados, sino a la pena del fuego.
Según la Escritura, el Infierno es de hecho una parte esencial de lo creado, pero no lo es necesariamente, como, por lo demás, Dios, habría también podido no crear nada. Dios, si hubiera querido, habría podido crear un universo feliz sin Infierno. Él hubiera podido crear ángeles y hombres perfectamente buenos y santos, como sostienen los buenistas y los masones. El mal habría estado ausente del mundo o, si hubiera estado, habría podido ser complemente aniquilado.
Surge entonces la pregunta: ¿por qué Dios ha permitido la existencia del mal y por lo tanto de los condenados? No era mejor si creaba un mundo inmediatamente y para siempre feliz, más bien que hacer que solo algunos alcanzaran la felicidad y tras una serie de desventuras y riesgosas peripecias, sufrimientos, tragedias, percances y caídas, a lo largo de milenios y milenios de una historia signada por fracasos, catástrofes, injusticias, guerras y horrores de todo tipo?
Podríamos hacernos una contra-pregunta: ¿creemos acaso ser más sabios que Dios para aconsejarLe, para corregir o mejorar sus obras? Si pues Dios, que es sabiduría, bondad, providencia, justicia, omnipotencia y misericordia infinitas, ha permitido y permite todo esto, debe haber un óptimo y sabio motivo que a nosotros se nos escapa, por lo cual es sabio aceptar serenamente y confiadamente lo que Él dispone y permite, ciertamente, o para corregirnos o para hacernos expiar y en todo caso siempre para nuestro bien, aunque esto no siempre nos quede claro, poniendo en práctica lo que Él nos manda hacer para librarnos del mal, teniendo en todo caso presente que de la malicia son los únicos responsables los hombres y los demonios, y mostrándonos dónde acaban aquellos que le desobedecen.
Por lo tanto, como narra la Escritura, las cosas no han salido tan bien como algunos hubieran preferido que salieran. De hecho, la humanidad, creada buena por Dios, ha pecado deliberadamente y ha sido castigada. Pero Dios ha tenido piedad y ha enviado a su Hijo como Salvador. Si todos hubieran obedecido a Cristo, toda la humanidad habría sido salvada. Ahora sucede en cambio que algunos obedecen el Evangelio, mientras que otros no obedecen. Estos son los condenados del Infierno.
Esto significa entonces que Dios ha planificado la historia del mundo, en modo tal que una parte del mal del mundo permanece eternamente -y esto es el Infierno-, mientras que una parte es quitada en la humanidad se salva -y esto es la Paraíso del Cielo-. Podríamos preguntarnos por qué Dios no ha eliminado el mal de todo el universo y en cambio lo deja subsistir en el Infierno. Respondemos diciendo ante todo que la malicia de los condenados -hombres y demonios- si puede constituir una tentación para los vivientes, no perjudica a los bienaventurados en el Paraíso del Cielo ni a las almas del Purgatorio. En segundo lugar, la malicia de los condenados no agrava sus culpas, porque ya no pueden merecer, sino que el mal que hacen es simple efecto de los pecados cometidos en vida. En tercer lugar, Dios, al permitir que continúen existiendo sujetos malvados en el Infierno, muestra que Él los ha vencido encerrándolos en la prisión infernal, donde ellos se odian y se hacen guerra entre sí. En cuarto lugar, se realiza la voluntad de Dios de dejar libre la criatura espiritual para oponerse también a Él. En quinto lugar, Dios, en su providencia y magnanimidad, quiere gobernar también la ciudad infernal, no obstante la ingratitud y el odio que sus habitantes muestran contra Él. Y aquí Dios , como dice santo Tomás de Aquino, ejerce una cierta misericordia, porque no los castiga tanto como merecerían.
Respecto a las penas del Infierno, aquella de la cual Cristo nos da certeza es la pena del fuego. Podemos, ciertamente, pensar en los tormentos infligidos por los demonios y por los demás condenados. Sin embargo, también es necesario no exagerar, como quizás sucede en algunas revelaciones privadas. Dios es severo, pero no cruel. Ciertamente, el Infierno, en sí mismo, es espantoso. Pero el pensamiento del significado del Infierno no debe aterrorizar; en cambio es saludable, así como no causa espanto un precipicio, en sí espantoso, en el cual, precisamente por ser espantoso, no queremos caer y no queremos hacer nada que pueda arrastrarnos a él. De hecho, es útil saber que, si no nos mantenemos alejados, podemos caer en él. Mientras que sería una locura creer que si nos lanzamos en él no sucederá nada, como quien cree poder pecar impunemente.
La Iglesia, en el Concilio Lateranense IV de 1215 ha definido la existencia del Infierno para los ángeles rebeldes (Denz. 800), basándose en algunos pasajes bíblicos (Jud 6 y Ap 20,10) y en las mismas palabras del Señor, donde dice que el Infierno (el "fuego eterno") está "preparado para el Diablo y sus Ángeles" (Mt ​​25,41). Por lo tanto, es necesario distinguir bien, el Inframundo del Infierno. El Inframundo, como hemos visto, es el lugar de pena ultraterrena de las almas antes de la obra redentora de Cristo. El Infierno, en cambio, como morada de los Demonios, existe desde el momento de su caída, al inicio de la creación, antes entonces de la creación del hombre, por lo cual la serpiente que tienta a nuestros progenitores, es evidentemente Satanás (Ap 20,2), ascendido desde el Infierno y por tanto, con el permiso divino, que ha entrado incluso en el Edén.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 2 de abril de 2018


Notas

¹ Judas est en enfer, Paris, Éditions François-Xavier de Guibert, 2007.
² Cf. mi libro L’Inferno esiste. La verità negata, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2010, Cap.VII.
³ Summa Theologiae, Suppl., q.94, a.3.
 Cf. Umanità. La storia di Dio, Queriniana, Brescia 1992, pp.180, 181, 183.

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