miércoles, 22 de julio de 2026

La Misa válida y la Misa lícita

La cuestión de la Misa válida y de la Misa lícita atraviesa hoy tensiones profundas en la Iglesia: lefebvrianos y modernistas se enfrentan en torno a la Tradición y al progreso, mientras los católicos normales buscan caminar en comunión. ¿Qué significa celebrar la Misa en gracia y qué consecuencias tiene celebrarla en estado de pecado? ¿Cómo distinguir entre una Misa verdadera y otra falsa? ¿Qué relación existe entre la Misa y la caridad, entre la Misa y la obediencia al Papa? Este nuevo artículo del padre Giovanni Cavalcoli propone una reflexión incisiva sobre la validez y la licitud de la Misa, los riesgos del fariseísmo antiguo y moderno, y la necesidad de que el Magisterio ilumine el camino del Pueblo de Dios.

La Misa válida y la Misa lícita

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 22 de julio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-messa-valida-e-la-messa-lecita.html#_ftnref1)

La perenne cuestión del fariseísmo

En tiempos de Cristo el espectáculo del fariseo que reza de pie a la vista de todos suscitaba la admiración de la gente. Hoy el ver a un sacerdote que celebra la Misa interesa al 5% de la población. Pero el fariseísmo, si con este término entendemos el arte de hacerse admirar basado en la ficción, está hoy más que nunca floreciente, cosecha un enorme éxito, y tiene diversas formas. Estas son fundamentalmente dos: el lefebvrismo y el modernismo.
Permaneciendo en el campo de la liturgia, el modernista suscita admiración por las rarezas y la originalidad de sus invenciones; el lefebvriano suscita admiración por la ejecución exactísima de las rúbricas de la Misa de San Pío V, considerada por él como la «Misa de siempre» en el sentido de que la Misa nacida de la reforma promovida por el Concilio Vaticano II ya no es la Misa de siempre, sino una Misa cambiada, falsificada y corrompida por el luteranismo.
El lamento del Profeta, entonces, «este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí» sigue siendo válido. La acusación hecha a los sacerdotes por el Profeta de practicar un culto divino que es un simple «aprendizaje de usos humanos» sigue siendo válida. La acusación hecha por Cristo a los fariseos de practicar el culto divino descuidando la práctica de la justicia y de la misericordia sigue siendo válida. La advertencia que nos da el Señor de reconciliarnos con el hermano antes de ofrecer el sacrificio sobre el altar sigue siendo válida. Naturalmente, si es el hermano el que no quiere hacer la paz, estamos de todos modos libres de ofrecer el sacrificio. La advertencia de Cristo, según la cual no quien dice «Señor, Señor», va al paraíso, sino quien hace la voluntad del Padre, sigue siendo válida. Aquellos que sirven a Dios y a Mammona existen todavía. Aquellos que sirven a dos señores existen todavía.
Las palabras de Cristo: «misericordia quiero y no sacrificios» no significan que debamos sustituir la misericordia al sacrificio de la Misa, sino que debemos ir a Misa con vistas a ejercitar la misericordia, mientras que los «sacrificios» de los cuales habla aquí Cristo son evidentemente los sacrificios de la Antigua Alianza, que los fariseos consideraban suficientes para la salvación independientemente del ejercicio de la caridad fraterna.

El verdadero culto divino

Mientras los lefebvrianos tienen el correcto concepto de Dios como trascendente y por lo tanto distinto del hombre, en línea con la concepción bíblica de Dios, los modernistas son panteístas que identifican al hombre con Dios, error, éste, del todo desconocido para la Sagrada Escritura, la cual conoce el pecado de impiedad o de soberbia, por el cual el hombre quiere ponerse a la par de Dios, quiere sustituir la propia voluntad a la de Dios, sustituye a Dios con una creatura cayendo en la idolatría, conoce el politeísmo, pero ignora y tiene horror por una identificación de la naturaleza humana con la divina, o por la identificación de Dios con el mundo, es decir, por el panteísmo. Este es un error de origen oriental y, para ser precisos, ya presente en la literatura india de los Veda, para los cuales es necesario remontarse al siglo XV a.C. ¹.
La certeza que los fariseos tenían de la trascendencia divina está claramente presupuesta en la acusación que ellos hacen a Jesús de querer hacerse Dios. Ellos sabían bien que Dios trasciende al hombre. Lo que no comprendieron fue, como es sabido, que Jesús, además de la naturaleza humana, poseía en la unidad de su persona divina también una naturaleza divina.
El panteísmo, ausente en la filosofía griega, penetró en Occidente con Parménides. Así se entiende por qué Severino, que toma su concepción del ser de Parménides, dice que la verdad del ser viene de Oriente y no de Occidente, al cual él injustamente considera nihilista junto con el cristianismo por el solo hecho de que la concepción occidental del ser admite la realidad del devenir, que en cambio Severino considera inexistente porque, a su juicio, sería contradictorio.
Severino no comprende el universalismo del cristianismo, porque no comprende que la noción del ser es analógica, por lo cual ella no comprende solo lo inmutable, sino también lo deveniente, por lo cual no concluye en el panteísmo, sino en el teísmo. La verdad que no ha comprendido Severino es que el cristianismo sobrepasa en su universalidad a Occidente y a Oriente y al mismo tiempo los une, respetándolos en su diversidad y recíproca complementariedad, proponiendo la noción universal del ser y del devenir propias de la mente humana como tal, sea occidental o sea oriental.

La Misa celebrada en gracia y la Misa celebrada en estado de pecado

La discusión relativa a la reciente ordenación de los Obispos lefebvrianos ha puesto en particular relieve la cuestión de la distinción entre la celebración válida y la celebración lícita de la Misa, sea del Novus Ordo o del Vetus Ordo. La Iglesia ha considerado válidas las ordenaciones lefebvrianas, pero las ha considerado cismáticas y por lo tanto ilícitas.
Ilícito en la moral y en el derecho canónico significa de por sí «no consentido», «no permitido», «no concedido», «prohibido» por la autoridad competente o también por la ley, sea ésta natural o positiva o divina. La celebración lefebvriana de la Misa está prohibida. El lefebvriano que celebra la Misa peca contra la comunión eclesial. Puede estar en gracia solo si está en buena fe.
La licitud de la Misa, de la cual estoy hablando, se refiere al permiso de la Santa Sede regulado por el Derecho canónico. En el caso de los lefebvrianos la ilicitud de la celebración se configura como acto «cismático». ¿Qué significa? El acto cismático, según el derecho eclesial, es un acto de desobediencia al Papa en las cosas que conciernen a la vida de la Iglesia. Se trata de un pecado mortal, que priva de la gracia. Para que esto no suceda, sería necesario pensar que el lefebvriano no se da cuenta del mal que hace.
El Obispo que desobedece al Papa que le da una orden particular que concierne al bien de la diócesis o la conducta privada del mismo Obispo comete ciertamente un pecado de desobediencia y quizás de soberbia, no realiza un acto cismático porque no ofende el bien de la Iglesia y no rompe la comunión con la Iglesia dependiente aquí de la comunión con el Papa en cuanto Pastor universal de la Iglesia.
Pero el presbítero que se hace ordenar Obispo o el Obispo que ordena a un Obispo o a un presbítero sin la autorización o el permiso o sin la voluntad y más aún contra la voluntad del Papa, entonces en un estado de ánimo hostil hacia él, ¿cómo podría dar testimonio de aquella caridad eclesial o de aquel amor por la Iglesia o aquella comunión eclesial y con el Papa y por lo tanto de aquel amor por las almas, que son evidentemente requeridos no solo jurídicamente sino sustancialmente para que el ejercicio del Episcopado pueda gozar de su jurisdicción o ser testimonio de comunión con el Papa y con la Iglesia?
Recordemos además que el acto cismático es un pecado de soberbia y contra la caridad eclesial. Ahora bien, la caridad subsiste en el alma solo si ella está en gracia. Entonces, ¿qué ventaja espiritual aporta a sí mismo y a los fieles un sacerdote o un Obispo que celebra aunque sea válidamente la Misa pero albergando en sí mismo el odio y en un estado de pecado porque carece de la comunión con el Papa y con la Iglesia?
¿Qué mérito delante de Dios puede tener una Misa celebrada en alternativa a aquella celebrada por el Papa, considerada modernista, en la convicción de ser agradables a Dios, en la pretensión de corregir al Papa en el rendir culto a Dios y de conservar la verdadera Iglesia contra la Iglesia corrompida por el Concilio Vaticano II? ¿Qué ejemplo de comunión eclesial puede dar una Misa deliberadamente celebrada en alternativa y en sustitución de aquella querida por el Papa y por los fieles en comunión con él?
¿Es ésta una Misa inspirada por el Espíritu Santo o no más bien por el demonio? ¿Es una Misa que expresa y edifica la caridad o no más bien la destruye? ¿Está motivada por razones e intenciones sobrenaturales o por la soberbia o por motivos puramente humanos y además censurables? ¿Sirve para corregir las Misas modernistas o no más bien expresa la misma arrogancia e hipocresía de los modernistas?
Ciertamente una excomunión canónica no corresponde siempre necesariamente a una ausencia de comunión eclesial interior, que en el fondo es la que cuenta a los fines de la salvación, ya que no aprovecha en nada al modernista desde el punto de vista de la salvación ocupar puestos importantes en la Iglesia, ser reverenciado por masas de católicos borregos o vanidosos, escapar con astucia y apoyos desde lo alto a condenas y a excomuniones, ser tolerado por una autoridad débil o complaciente. Existen también excomuniones injustas como existen católicos que de hecho son cismáticos o herejes, falsos o fingidos católicos que según la norma del derecho merecerían ser excomulgados, pero que de hecho no lo son.
Pueden existir también católicos que de hecho o porque herejes o porque cismáticos o porque lefebvrianos o porque modernistas o por simpleza o por ignorancia y en buena fe, se han hecho una falsa imagen de la Iglesia ya sea lefebvriana o modernista, por lo cual no se dan cuenta de estar en realidad fuera de la Iglesia visible, sino que piensan estar en el centro de ella, y por lo tanto equivocan el tiro golpeando y condenando a los inocentes como Don Quijote y perdonando y alabando a los culpables como Don Abbondio. Estos deben ser tratados con paciencia y comprensión y soportados, acogiendo y valorizando lo positivo.

La Misa de los lefebvrianos y la Misa de los modernistas

Como sabemos, la Misa de los lefebvrianos es válida, pero no es lícita, no porque sea la Misa Vetus Ordo, la cual, en las debidas condiciones, es lícita, sino porque es celebrada en el contexto de una visión del catolicismo que rechaza las doctrinas del Concilio Vaticano II. Esto comporta la falta de una plena comunión con la Iglesia Católica. A causa de ello la Iglesia ha excomulgado a los lefebvrianos.
En concomitancia con ello la Santa Sede ha ilustrado justamente la necesidad de que la Misa sea lícita. ¿En qué consiste esta licitud? En el hecho de que la Misa sea celebrada con los permisos regulares, en un clima de caridad y comunión eclesial, con ánimo libre de culpas y con rectas intenciones.
Hoy, sin embargo, existe un mal aún más grave que toca a la Misa, es decir, el de la invalidez de la misma Misa: una Misa que es una falsa Misa. Hoy, entonces, a causa de los abusos y de los sacrilegios de los modernistas, existe también la cuestión aún más grave de qué hacer para verificar, asegurar o proteger la validez de la Misa, cuestión delicadísima, que espera todavía, según mi parecer, ser afrontada por la Santa Sede con la seriedad y el cuidado que merece.
Si una Misa es válida, puede no ser lícita. Es válida cuando es celebrada sobre la base de la recta fe acerca de la esencia de la Misa y cuando el celebrante pone en práctica lo que está ordenado por el rito de la Misa.
La Misa válida puede ser luego lícita o ilícita. Es lícita si el celebrante, libre de censuras eclesiásticas, tiene regular permiso de celebrar consecuente a su comunión con la Iglesia. Es en cambio ilícita si es celebrada válidamente, por ejemplo, por un sacerdote afectado por censuras eclesiásticas o perteneciente a una comunidad cismática o él mismo movido por malas intenciones, no conformes a la finalidad de la celebración, o porque se encuentra en estado de pecado mortal o porque conduce una vida indigna, que contrasta con la santidad de la celebración eucarística.
En tal caso la Misa comunica ciertamente la gracia a los fieles que participan en ella, pero el celebrante no recibe la gracia y la Misa queda privada de la necesaria motivación moral, que es la caridad eclesial, y de su contexto espiritual normal, que es la comunión eclesial.
La gracia que esta Misa produce y comunica es solo aquella que es efecto de la misma celebración, pero no es aquella que la Misa produciría si fuese celebrada legítimamente o lícitamente. Ella comunica ciertamente la gracia, que sin embargo no es efecto de la caridad del celebrante y no produce en él y en los fieles aquellos frutos de caridad que en cambio produce la Misa lícita, celebrada en gracia, en comunión con la Iglesia.
Un modernista puede gozar del permiso de celebrar la Misa, pero esto no hace que su Misa inválida se vuelva válida. Está claro que si el sacerdote no cree en la transustanciación, en la Misa como sacrificio satisfactorio, en el sacerdocio como facultad de ofrecer el sacrificio eucarístico, si considera que la Misa es una simple memoria de la Última Cena, si considera que no es celebrada por el sacerdote sino por la asamblea, si piensa que también un laico o una mujer puede celebrar la Misa, la Misa no es válida. Pero también su mismo sacerdocio no sería válido.
Los lefebvrianos dan la impresión de respetar la esencia inmutable de la Misa conforme a la Tradición, contra las novedades irreflexivas, los arbitrios litúrgicos, la falsa creatividad, las profanaciones, las negligencias, los exhibicionismos, el secularismo de los modernistas. En efecto, los lefebvrianos acogen la doctrina del Concilio de Trento sobre la Misa. Pero no se dan cuenta de que esto no basta para ser buenos católicos, verdaderamente fieles a la Tradición, porque no quieren reconocer el hecho de que el Concilio nos ha hecho comprender mejor qué es la Misa. No ha cambiado, como ellos creen, la esencia de la Misa cediendo a la herejía luterana, sino que nos ha hecho conocer mejor su misma esencia.
Ha progresado y en tal sentido ha cambiado, en el sentido de que ha mejorado, el conocimiento, no el objeto de este conocimiento. Es herético creer que un Concilio pueda caer en la herejía. Existe en nosotros un normal cambio subjetivo en el modo de conocer, que es necesario precisamente para permanecer fieles al objeto, necesario para el avance en el conocimiento de la misma inmutable verdad objetiva. El error es cuando en nombre de un falso progreso se pretende cambiar el contenido o el significado del objeto o de la realidad conocida. Esta es la mentira y la herejía del modernismo.
Los modernistas, por su parte, dan la impresión de ser progresistas, de aquellos que han hecho suyo el progreso doctrinal promovido por el Concilio, mientras que en realidad lo interpretan en sentido modernista y por lo tanto lo falsifican en sentido modernista, dando válida razón a los lefebvrianos de protestar, mientras que estos mismos se equivocan al considerar el Concilio como modernista. Es necesario que el Magisterio desenrede esta diabólica maraña, de lo contrario las cosas irán de mal en peor.
La reforma de la Misa promovida por el Concilio estaba de por sí destinada a promover un aumento de los fieles participantes en la Misa y de vocaciones al sacerdocio. Y en cambio, ¿cómo es que los fieles han disminuido y están disminuyendo? ¿Por qué ha habido tantas defecciones del sacerdocio y han disminuido de modo impresionante las vocaciones al sacerdocio? ¿Qué ha sucedido? Los modernistas han hecho creer a muchos con mucha astucia y gran despliegue de medios publicitarios que el Concilio enseña el modernismo.
De este modo se ha tenido la reacción lefebvriana, que ha rechazado los progresos doctrinales del Concilio en nombre de la inmutabilidad de los dogmas, mientras que los modernistas han tenido buen juego en presentar a los adversarios del modernismo, los católicos normales, fieles al Magisterio, los verdaderos intérpretes del Concilio, como despreciables «conservadores» y «tradicionalistas», enemigos del «progreso» y de la «renovación», detenidos en el pasado y cerrados a las necesidades y a los valores de la modernidad.
¿Qué hacer, entonces? Para limitarnos al tema de este artículo, es decir, la cuestión litúrgica, es necesario que el Magisterio, más allá y más en raíz respecto a la elección entre Novus Ordo y Vetus Ordo, nos ayude por una parte a tener más claro cuáles son las condiciones para la validez de la Misa, es decir, cuál es la verdadera Misa, de modo que se denuncien las falsas Misas de los modernistas; por otra parte necesitamos que nos haga comprender mejor, corrigiendo a los lefebvrianos, qué relación existe entre la Misa y la caridad, entre la Misa y el progreso eclesial, entre la Misa y la santidad, entre la Misa y la comunión eclesial, entre la Misa y la obediencia al Papa.
En este artículo he tratado de sugerir algunas ideas que he recogido de la Escritura, del Magisterio y de la Tradición, pero está claro que mi autoridad de teólogo no puede ser comparada con el peso que puede tener un esclarecimiento que provenga del Magisterio de la Iglesia.
En el caso de la Misa ilícita el sacerdote que la celebra peca contra la Iglesia o puede encontrarse en pecado, y sin embargo la Misa es canal de la gracia. El sacerdote al celebrarla falta a la caridad eclesial, pero la Misa rinde de todos modos culto a Dios y produce frutos de gracia en los fieles. Pero si una Misa es inválida, no produce objetivamente ningún efecto sobrenatural. El sacerdote realiza objetivamente un grave acto de superstición y un sacrilegio, aunque Dios en su bondad puede hacer llegar la gracia a los fieles que lo ignoran.

La Misa de los católicos normales tradicionalistas y progresistas

Una cosa importante que hay que tener presente es que en cualquier sociedad y por lo tanto también en la Iglesia es cosa del todo normal y fisiológica la existencia de dos tendencias en tensión entre sí, pero que son al mismo tiempo recíprocamente complementarias y tienen necesidad una de la otra para la subsistencia y la actividad del todo. Por esto ambas son necesarias al funcionamiento regular del todo, útiles la una y la otra y al bien común de la sociedad. Se trata de la tendencia conservadora, que mantiene y defiende la identidad del sujeto; y de la tendencia dinámica o progresista, que asegura el crecimiento y el desarrollo del sujeto. Cada miembro de la sociedad siente en sí espontáneamente el prevalecer de la una o de la otra tendencia.
Él tiene toda la libertad de seguirla y realizarla, pero con la condición de mantenerla bajo control para que no exagere su importancia y en vez de colaborar con la otra, de dejarse moderar por la otra y de moderar a la otra, se le oponga, excluya a la otra y crea poder actuar sola sin la otra, considerada incluso enemiga. Esto lleva como consecuencia la destrucción de sí misma y de la otra y por consecuencia la disolución del todo.
Ambas de estas tendencias de hecho tienen una patología, que debe conocerse a fin de poderlas curar. La conservación puede convertirse en conservadurismo, fundamentalismo, apego a un pasado superado. El amor a la tradición puede tomar la forma de un tradicionalismo retrógrado. La firmeza puede convertirse en rigidez. Y de modo semejante el progreso puede convertirse en modernismo. En la forma extrema puede convertirse en revolución subversiva.
Conservación y cambio son provechosos con la condición de que estén dentro del horizonte de los intereses del todo y el espacio de una libertad que no sobrepase los justos límites requeridos por el bien común. En la Iglesia tradicionalistas e innovadores son legítimos siempre que no se salgan del horizonte de la ortodoxia.

Les cuento una parábola

El camino de la Iglesia en la historia es semejante a una clase escolar que está haciendo, bajo la guía de la maestra, una excursión en un sendero de montaña no exento de peligros. Como siempre sucede, está el grueso de la clase que camina tranquilo, normalmente. Pero hay dos grupitos de muchachos: uno que va demasiado adelante con el riesgo de precipitarse por el barranco, y otro que se detiene a charlar, por lo cual se queda atrás.
La maestra, por lo tanto, está continuamente ocupada en gritar a los primeros: «¡Eh! ¿Adónde vais? ¡Atentos al precipicio! ¡Volved atrás!». Y a aquellos que se quedan atrás en cambio debe gritar: «¡Eh, vosotros, moveos! ¿Qué estáis haciendo ahí?». Pues bien, el grueso de la clase representa a los católicos normales. Los muchachos que van adelante son los modernistas. Los muchachos que se quedan atrás son los pasadistas y los lefebvrianos.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 21 de julio de 2026

Notas

¹ Véase: Radhakrishnan, La filosofia indiana, Edizioni Asram Vidya, Roma 1993, vol.I, p.53.

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Missa, praeterquam valida, etiam debet esse licita
ad plene producendos fructus gratiae in communione Ecclesiae

Ad hoc sic procediturVidetur quod Missa, dummodo sit valida, non indigeat esse licita ad plene producendos fructus gratiae in communione Ecclesiae.
1. Quia validitas pendet a recta fide circa essentiam Missae et exsecutione ritus, et hoc sufficit ut sacrificium eucharisticum sit verum et efficax. Si sacerdos verba consecrationis cum intentione minima requisita profert, Christus adest, et ideo Missa producit effectum suum sacramentalem.
2. Praeterea, gratia sacramentalis est effectus ipsius celebrationis, independenter ab intentione subiectiva celebrantis vel ab eius communione cum Ecclesia. Ergo, etsi sacerdos sit in statu peccati vel sub censuris, Missa valida semper communicat gratiam fidelibus.
3. Item, multi fideles participant Missis a sacerdotibus in irregulari condicione celebratis et fructus spirituales accipiunt. Ergo licitas non videtur esse necessarias ad efficaciam spiritualem Missae, cum sacramentum operetur ex opere operato.
4. Denique, fidelitas Traditioni et libertas evangelica sufficerent ad veritatem Missae garantire, etiamsi extra obedientiam Papae celebretur. Ergo licitas esset tantum requisitum iuridicum, non spirituale, nec afficeret gratiam communicatam.

Sed contra est quod Scriptura docet: Dominus praecipit reconciliari cum fratre antequam sacrificium offeratur super altare. Item dicit: misericordiam volo et non sacrificia. Paulus docet Eucharistiam celebrandam esse in communione cum corpore Christi, quod est Ecclesia. Thomas affirmat iudicium ecclesiasticum fieri debere secundum legem scriptam, quae declarat tam ius naturale quam positivum. Concilium Vaticanum II docet communionem cum Papa esse condicionem necessariam ad plenam communionem ecclesialem et ad validitatem exercitii ministerii.

Respondeo dicendum quod Missa, ut sit vera et plene fructuosa, debet esse valida et licita. Valida est cum celebratur secundum rectam fidem et ritum statutum, et tunc communicat gratiam sacramentalem. Sed licita est solum cum celebratur in communione cum Ecclesia, cum legitimo permissu, in statu gratiae et cum rectis intentionibus. Missa valida sed illicita communicat quidem gratiam fidelibus, sed non producit in celebrante nec in communitate fructus caritatis qui ex communione ecclesiali derivantur. Missa invalida autem nullum effectum supernaturalem producit et sacrilegium constituit.
Celebratio illicita, sicut illa lefevrianorum, est actus schismaticus, peccatum mortale contra caritatem ecclesialem, quod celebrantem gratia privat. Missa illicita caret necessaria motivatione morali, quae est caritas, et contextu spirituali normali, qui est communio ecclesialis. Missa valida sed illicita communicat gratiam tantum ut effectum celebrationis, non autem ut fructum caritatis celebrantis. Ideo affirmatur Missam debere esse non solum validam, sed etiam licitam, ut sit plene vera et aedificans.

Ad primum dicendum quod validitas quidem praestat praesentiam realem Christi, sed licitas praestat communionem cum Ecclesia et caritatem, sine quibus fructus spirituales minuuntur.
Ad secundum dicendum quod gratia sacramentalis communicatur, sed non in plenitudine, quia deficit caritas celebrantis et communio ecclesialis, et ideo Missa caret contextu spirituali normali.
Ad tertium dicendum quod fideles gratiam accipiunt, sed celebrans ea privatur, et Missa non producit fructus caritatis qui ex communione cum Papa et Ecclesia proveniunt.
Ad quartum dicendum quod libertas evangelica non opponitur obedientiae, sed cum ea coniungitur in synthesi vitae christianae, ubi gratia impellit et lex ordinat, et ideo Missa celebranda est in communione et obedientia ut sit plene vera.
   
JG

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.