jueves, 30 de abril de 2026

Curso de Escatología. Capítulo 2: Inmortalidad y Resurrección

Resulta decisivo que nos preguntemos si la esperanza cristiana se funda en la inmortalidad del alma y en la futura resurrección del cuerpo. ¿Qué sentido tendría reducir la parusía a un acontecimiento ya cumplido o meramente interior, como sostienen algunos teólogos modernos? ¿No es más razonable reconocer que toda la Iglesia, del cielo y de la tierra, espera unida la venida de Cristo, como esposa que aguarda al esposo? ¿Qué consecuencias trae negar la duración espiritual de las almas separadas, que viven en la eviternidad, y confundirla con la temporalidad pesada de nuestra vida terrena? Este segundo capítulo del breve curso de escatología brindado por el padre Giovanni Cavalcoli nos invita a redescubrir la verdad del dogma de la resurrección, mostrando que la muerte no es el fin, sino la espera confiada de la Iglesia entera que clama con amor: “¡Vengo pronto!” [En la imagen: fragmento inferior de "El Juicio Final", témpera y hoja de oro en panel, obra de Georgios Klontzas, de finales del siglo XVI, perteneciente a la colección del Instituto Helénico de Estudios Bizantinos y Posbizantinos de Venecia].

Curso de Escatología
Capítulo 2: Inmortalidad y Resurrección

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 6 de septiembre de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/corso-di-escatologia-di-p-giovanni-cavalcoli-op-secondo-capitolo-immortalita-e-resurrezione/)

Continuando con nuestro pequeño curso de escatología, detengámonos ahora esta vez sobre el tema de la inmortalidad del alma, pero ya no en relación con el problema de la muerte, sino en relación con la resurrección del cuerpo, según la visión católica.
En estos últimos decenios la discusión sobre el dogma cristiano de la resurrección -la resurrección de Cristo y nuestra resurrección- ha sido muy rica, con un fuerte empeño ecuménico, con el surgimiento de visiones más profundas, pero también con el surgimiento de concepciones erróneas. Naturalmente no es posible, en el espacio de este breve artículo, mencionar ni siquiera brevemente todos estos datos, que sin embargo son muy interesantes.
Detengámonos ante todo en las expresiones lingüísticas. Se habla, tradicionalmente, de resurrección de la carne, resurrección de los muertos o de entre los muertos o incluso se habla simplemente de resurrección. La expresión más exacta y más clara me parece que es la que yo he usado al principio: resurrección del cuerpo. El beato papa Juan Pablo II, en las catequesis que ofreció en los años 1980s, recordó el hecho preciso de la resurrección: en el fin del mundo y en el advenimiento final de Cristo (parusía), las almas, actualmente separadas de su cuerpo, reasumirán su cuerpo, masculino en lo que respecta a varones, femenino por cuanto respecta a mujeres.
Un nuevo atisbo de luz sobre la condición de los cuerpos resucitados nos ha sido dado a través de las enseñanzas del beato papa Juan Pablo II acerca del hecho de que no solo el cuerpo masculino sino también el cuerpo femenino estará presente en la resurrección. Esto puede parecer obvio para muchos hoy en día, tanto como para suscitar sonrisas, pero en realidad esta clarificación ha debido vencer el arraigado y bien conocido prejuicio, presente durante muchos siglos incluso en la teología católica, según el cual la mujer es un ser inferior, defectuoso, tentador e incompleto con respecto al varón, de ahí la dificultad de admitir el cuerpo femenino en la resurrección donde todo evidentemente debe ser perfecto.
Es cierto que esta conciencia en el fondo ha estado siempre implícita en la Iglesia desde los comienzos -basta con que pensemos en el dogma de la Asunción de María-; sin embargo en el pasado existía una especie de diástasis entre la Virgen en su celestial sublimidad y la mujer en las bajas condiciones de este mundo, por lo cual no era fácil vincular esta feminidad a la feminidad de María, que parecía de algún modo trascender las condiciones de la feminidad, siempre vista como un defecto, mientras que claramente María, siendo vista como criatura perfectísima, con dificultad era vista también como mujer.
Otros quizás, atraídos por una fuerte instancia espiritualista, podrían quedar perplejos al imaginar la presencia de los sexos en la resurrección y quizás se sentirían inducidos a ironizar sobre el paraíso de Mahoma. En efecto -tal vez podrían preguntarse- ¿qué sentido tienen los sexos en una condición de vida celestial donde ya no habrá generación? La respuesta -que merecería ser profundizada- nos la ha dado el mismo Pontífice, explicándonos, en su comentario al capítulo 2 del Génesis, que la unión del hombre con la mujer no sirve solo a la generación sino a la realización de la plenitud de lo humano como tal. Se refiere, como dice Wojtyla, "al orden de la existencia" ¹.
El IV Concilio Lateranense enseña que resucitaremos con el cuerpo que tenemos ahora, es decir, es este cuerpo nuestro, este cuerpo que ha creado Dios, el que resucitará; como ha sucedido para Cristo: su cuerpo resurgió de la tumba. Obviamente se trata de nuestro cuerpo en sí mismo, tal como ha sido querido y creado por Dios, sin embargo no nuestro cuerpo en las actuales condiciones de mortalidad, porque esto significaría morir otra vez, como ha sucedido con la resurrección de Lázaro. Por el contrario, el cuerpo resucitado es un cuerpo glorioso e inmortal, cuyos rasgos son difícilmente imaginables en la vida de aquí abajo.
Debe notarse bien que la perspectiva de recuperar nuestro cuerpo excluye la doctrina de la reencarnación, que ignora aquella que es la unidad psicofísica del individuo humano, para la cual a aquel determinado cuerpo no puede sino corresponder aquella determinada alma y viceversa.
Cabe señalar por otra parte, que según la Revelación cristiana, todos resucitarán así, de ese modo, tanto los bienaventurados como los condenados: los primeros aumentarán su bienaventuranza, que de alguna manera se extenderá al cuerpo; los segundos, su pena que también se extenderá al cuerpo. Este acontecimiento es anunciado por Cristo mismo: "Llegará la hora en la cual todos los que están en los sepulcros oirán la voz del hijo del hombre y surgirán: cuantos hicieron el bien para una resurrección de vida y cuantos hicieron el mal para una resurrección de condenación" (Jn 5,28-29).
En la visión cristiana existe, sin embargo, una concepción más amplia y más profunda de la resurrección, que no excluye a la primera, sino que la superpone: la resurrección del alma del pecado gracias al bautismo. Evidentemente, el alma en sí misma, ontológicamente, es inmortal, como hemos visto en la lección precedente. El alma resurge espiritualmente desde el pecado mortal, se libera de la condenación resultante del pecado original, para recuperar la vida divina perdida por el pecado.
Es esta la concepción de san Pablo. En este sentido, el cristiano puede y debe comenzar a resucitar a partir de ahora, con el ejercicio de las buenas obras en gracia. Desde este punto de vista, la resurrección del cristiano, en cierto sentido, al menos espiritualmente, ya ha ocurrido. En este sentido, el Apóstol puede decir: "Hermanos, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra del Padre" (Col 3,1). Sin embargo, Pablo se esmera en refutar a quienes creen que la resurrección ya ha ocurrido, en la falsa convicción de que la vida nueva predicada por el Evangelio no se refiere a un futuro en la ultratumba, sino a un futuro o un presente (cf. 2 Tm 2,18) de este mundo.
Sin embargo, hay que pensar, y la historia de los santos es testimonio de ello, que la vida de gracia concede de alguna manera también al cuerpo de algunos privilegiados, desde aquí abajo, un nuevo vigor, una nueva belleza, una nueva juventud, prefiguración y pregustación anticipada de la bienaventurada resurrección del cielo. La espiritualidad oriental es particularmente sensible a este aspecto de la vida física cristiana, hablando de la llamada "luz tabórica", pensemos en san Serafín de Sarov, una luz de algún modo física, que brilla en plenitud en el momento de la Transfiguración de Cristo, pero presente a veces por participación también en el cuerpo de los santos desde esta vida, casi preludio y prenda de la vida futura.
Así lo atestiguan también las increíbles empresas, fatigas, privaciones y sufrimientos, a los que se sobreponen ciertos santos, signo evidente esto, de la prodigiosa fuerza y vitalidad física de un cuerpo que es capaz de resistir en condiciones absolutamente prohibitivas para otro cuerpo no dotado de esta anticipada resurrección. Piénsese también en los cadáveres incorruptos de ciertos santos, incluso después de siglos y que emanan perfume a poca distancia de la muerte.
Algunos teólogos recientemente, siguiendo una orientación protestante, han sostenido que la Escritura no enseña la inmortalidad del alma sino la resurrección. ¿Qué podemos decir de esta interpretación? Es necesario que esto sea aclarado. Hay quienes han intentado decir que el ideal cristiano no es el platónico de un alma de por sí inmortal, preexistente al cuerpo, pura y divina, que aspira a abandonar el cuerpo, fuente de ilusión y de malas acciones, obstáculo para la libertad espiritual y para la visión de la verdad divina: el ideal cristiano es, en cambio, el de la visión de la divina verdad después de la separación del cuerpo consecuente a la muerte, pero con la ulterior perspectiva y esperanza del retorno a la vida del propio cuerpo en el momento de la parusía.
En este sentido, no podemos sino estar de acuerdo con esta tesis. Pero también hay quienes, incrédulos acerca de la inmortalidad del alma, y por lo tanto de la separabilidad del alma del cuerpo con la muerte, han pensado que la Escritura enseña o una resurrección del alma y del cuerpo juntos inmediatamente después de la muerte o "en la muerte misma" (Rahner), o bien que la "resurrección" no sea un hecho ultraterreno, en un otro mundo, sino un hecho de este mundo, de un futuro meramente inmanente, histórico y mundano y que, por lo tanto, es simplemente un vida humana digna que disfruta de los bienes de la justicia y de la paz (Gustavo Gutiérrez, Albert Nolan), aunque sea en el signo de la vida de gracia.
La verdad del dogma de la resurrección supone, en cambio, la inmortalidad del alma, definida por el V Concilio Lateranense de 1513 y la permanencia de las almas separadas en un estado de expectativa de la parusía, similar a aquella espera que vivimos en esta tierra, con la diferencia de que la espera de las almas bienaventuradas debe entenderse algo más fácil de cuanto es para nosotros, inmersos como estamos en las perturbaciones, en las dilaciones y en las tergiversaciones de la vida presente. Esta expectativa de las almas es claramente enseñada en el dogma de la visión beatífica definido por el papa Benedicto XII en 1336 y por nuestra propia profesión de fe: et iterum venturus est, expecto resurrectionem mortuorum, hechos evidentemente situados en el futuro.
De hecho, la Iglesia, esposa de Cristo, no está dividida en dos direcciones de marcha hacia la parusía: una marcha veloz ("tren de alta velocidad"), más bien encuentro inmediato con el Resucitado para las almas salvadas; larga espera ("tren regional") para nosotros los de aquí abajo. No, según la enseñanza de la Iglesia, claramente insinuada por la Escritura, es toda la Iglesia, del cielo y de la tierra, la que aguarda la futura resurrección de los muertos, y que está en camino al Reino, a igual "velocidad", porque la Iglesia es una única persona mística, es el cuerpo de Cristo.
La diferencia radica únicamente en el hecho de que mientras la duración de las almas separadas, duración meramente espiritual, llamada "eviternidad" (aeviternitas), es una pura sucesión de actos espirituales (por ejemplo, las oraciones de los santos o la purificación de las almas en el purgatorio) y es ciertamente dulce porque se inserta en la bienaventuranza o en la preparación para la bienaventuranza, la duración de nuestro vivir terreno, ligado a los acontecimientos y tempestades de la materia, es la duración temporal, y es ciertamente pesada, porque se resiente de las miserias del pecado.
Esto quiere decir que Cristo debe realmente venir y no es cierto, como algunos creen, que la parusía ya se haya producido: restaría solo tomar conciencia de ella, y este sería precisamente el acto de las almas de los difuntos. Está claro que en Dios todo está en acto y que Cristo es Dios, pero es también hombre, y en la parusía tenemos el último acto concreto e histórico de su humanidad, humanidad no abstracta sino inmersa en la historia y señora de la historia. Si pensáramos diversamente, caeríamos en una forma de docetismo o monofisismo ya condenado varias veces como herético por la Iglesia desde los primeros siglos.
Esta idea, por lo tanto, no está para nada conforme a cuanto enseña la Iglesia sobre la base de la Escritura. Cristo debe venir para la entera Iglesia, la Iglesia conoce en cierto modo un devenir histórico también en su dimensión celestial y ultraterrena. Por eso la entera Iglesia lo espera, como una enamorada espera al enamorado -pensemos en la simbología del Cantar de los Cantares- el cual, como dice al término de la Escritura, le asegura con solicitud y amor: "¡Vengo pronto!".

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 5 de septiembre de 2011

Notas

¹ Para profundizar estos temas, me permito señalar mi libro: La coppia consacrata, Edizioni Vivere In, Monopoli (BA), 2008.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum spes christiana consistat in immortalitate animae et futura resurrectione corporis

Ad hoc sic procediturVidetur quod spes christiana solummodo consistat in vita honesta huius mundi.
1. Quia quidam theologi tenent Scripturam non docere immortalitatem animae, sed solummodo resurrectionem, et quod idealis christianus non est Platonicus animae immortalis, sed visio veritatis divinae in historia. Hoc videtur validum, quia vitat dualismum Graecum et in iustitia ac pace terrena consistit.
2. Praeterea alii affirmant resurrectionem statim in morte fieri vel etiam in ipsa morte, sine necessitate exspectandi parusiam. Hoc videtur fundatum, quia escatologiam simplicat et vitat difficultatem explicandi durationem intermediam et existentiam animarum separatarum.
3. Item quidam tenent parusiam iam factam esse et solummodo restare conscientiam eius. Hoc videtur convincens, quia in Deo omnia sunt in actu et Christus est Deus.
4. Denique quidam interpretantur resurrectionem ut factum mere spirituale, iam per baptismum et vitam gratiae completum, sine necessitate exspectandi eventum futurum. Hoc videtur solidum, quia Apostolus dicit christianum iam cum Christo resurrexisse.

Sed contra est quod Concilium Lateranense Quintum definivit dogma immortalitatis animae. Papa Benedictus XII definivit dogma visionis beatificae immediatae. Concilium Lateranense Quartum docuit nos resurrecturos esse cum eodem corpore. Apostolus dicit: “Si consurrexistis cum Christo, quae sursum sunt quaerite” (Col 3,1), sed etiam annuntiat futuram resurrectionem mortuorum. Christus ipse promittit: “Veniet hora, in qua omnes qui in monumentis sunt audient vocem Filii hominis et procedent: qui bona fecerunt in resurrectionem vitae, qui mala egerunt in resurrectionem iudicii” (Io 5,28‑29).

Respondeo dicendum quod spes christiana consistit in immortalitate animae et futura resurrectione corporis. Anima, a Deo creata, separata a corpore in morte subsistit, in statu exspectationis parusiae, iam beatificam visionem participans. Corpus, gloriosum et immortale transformatum, in resurrectione finali reassumetur, sicut factum est in Christo. Ecclesia universa, caelestis et terrena, adventum Domini una exspectat, quia est unum corpus mysticum. Duratio animarum separatarum, quae vocatur aeviternitas, est successio actuum spiritualium, dum nostra duratio terrena est temporalis et gravis. Parusia nondum facta est, sed erit ultimus actus historicus Christi in sua humanitate, et tota Ecclesia eum exspectat sicut sponsa sponsum. Vita gratiae iam nunc praebet anticipationem resurrectionis, sed plenitudo solummodo in Regno definitivo attingitur. Sic vitatur error reducendi spem christianam ad futurum mere historicum vel ad resurrectionem immediatam in morte, et affirmatur veritas dogmatis: immortalitas animae et resurrectio corporis in parusia.
In summa, spes christiana consistit in immortalitate animae et futura resurrectione corporis, utrumque inseparabile, et in communi exspectatione totius Ecclesiae adventus Christi.  

Ad primum dicendum quod Scriptura docet immortalitatem animae et resurrectionem, et utrumque inseparabile est secundum traditionem et Magisterium.
Ad secundum dicendum quod resurrectio non statim in morte fit, sed animae parusiam exspectant in statu aeviternitatis, sicut Ecclesia docet.
Ad tertium dicendum quod parusia nondum facta est, quia est actus historicus futurus Christi in sua humanitate, et tota Ecclesia eam exspectat.
Ad quartum dicendum quod resurrectio spiritualis iam incoepit in baptismo et vita gratiae, sed plenitudo solummodo in resurrectione finali corporis in parusia attingitur.
   
JG

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