lunes, 17 de agosto de 2026

La función del capellán militar

¿Puede la paz sostenerse sin el uso justo de las fuerzas armadas? En este nuevo artículo, el padre Giovanni Cavalcoli desmonta el pacifismo ingenuo que, lejos de frenar la violencia, termina por fortalecer a los prepotentes y dejar indefensos a los pueblos. La figura del capellán militar aparece entonces como providencial: no está para bendecir la guerra, sino para acompañar espiritualmente a quienes arriesgan su vida en defensa de la justicia. ¿Qué significa distinguir entre un uso legítimo y uno ilegítimo de la fuerza? ¿Cómo evitar que el militarismo y el imperialismo corrompan la conciencia de los soldados? ¿No es acaso más peligroso un pacifismo que paraliza y desmoraliza que una defensa justa que protege a los débiles? Este texto invita a pensar la paz no como mera ausencia de armas, sino como fruto de la justicia iluminada por la fe y sostenida en el corazón mismo de los ejércitos. [En la imagen: militares argentinos durante un desfile patrio].

La función del capellán militar

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 14 de agosto de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-funzione-del-cappellano-militare.html)

Una de las consecuencias del pecado original es la inclinación en cada uno de nosotros a la hostilidad hacia el prójimo y a la opresión contra el prójimo, la voluntad de sobresalir, de imponerse sobre los demás y de someterlos a sí, el ansia de mandar, el gusto de imponer a los otros la propia voluntad o de obligarlos a hacer lo que queremos nosotros, el gusto del enfrentamiento, el llevar la contraria, la tendencia al odio, a la envidia, a la rivalidad, a la agresividad, a la prepotencia, a la violencia, al dominio, digamos, en una palabra, la tendencia a la guerra.
Por desgracia, en la vida presente, consecuencia del pecado de Adán que dio oído a la mentira, la posesión de la verdad ya no es una posesión común y pacífica, ya no hay entre nosotros acuerdo y consenso sobre los intereses, los valores y los fines fundamentales de la existencia y de la vida.
Nuestra razón, rebelde, orgullosa, engañosa, deshonesta, ofuscada por la pasión e hinchada por la soberbia, en vez de proceder con linealidad y simplicidad, regularmente y lealmente según las leyes de la lógica y las exigencias de la verdad, recurre a las tortuosidades, a las astucias, a las ficciones, a los vanos pretextos, a los subterfugios, a las vías transversas y a los sofismas para obtener lo que es deseado por nuestra concupiscencia y por nuestro egoísmo.
Ahora bien, el creer, como sucede en la mentalidad iluminista, racionalista, pelagiana, roussoniana y masónica, que toda controversia que surge entre nosotros y sobre todo entre pueblos y naciones pueda ser resuelta con la simple negociación y con el simple razonamiento, sin el recurso a las armas (naturalmente no las atómicas sino las armas de fuego), parece una sugerencia sublime, resolutiva y evangélica, pero en realidad esconde y supone una visión de la situación actual de la humanidad y de sus fuerzas o capacidades morales y prácticas, que no corresponde a la realidad de hecho, sino que era aquella condición feliz del estado edénico, que por desgracia hemos perdido con el pecado y, por más que la vida cristiana nos ayude a recuperarla, no lo logramos nunca del todo. Esta meta es alcanzada por las almas bienaventuradas del paraíso del cielo y sobre todo podrá ser plenamente alcanzada por los bienaventurados en la futura Parusía de Cristo.
Siendo así las cosas, en esta tierra aparece la necesidad, en ciertos casos, precisamente con el fin de obtener la paz y el respeto del derecho, la necesidad –digo– del empleo moderado y razonable, por parte de los Estados, de las fuerzas armadas, cosa que no era necesaria en el Edén y no será ya necesaria en la futura tierra de la resurrección gloriosa por el hecho de que todos los bienaventurados, resueltos ya todos los conflictos y eliminado todo motivo de división y de discordia, vivirán en la paz y en la concordia perfectas.
En cambio, a causa de las consecuencias del pecado original sucede aquí abajo inevitablemente tarde o temprano que, aunque en nosotros hubiera la mejor intención de seguir los caminos de la recta razón, aunque hubiera en nosotros toda la lealtad y honestidad de reconocer la verdad y la buena voluntad de cuidar nuestros legítimos intereses y de obrar el bien del prójimo, en la atención a sus necesidades, en el respeto de sus derechos y exigencias, si el prójimo es hacia nosotros malintencionado, pendenciero, obstinado, litigioso, impaciente, envidioso, intolerante, susceptible, vengativo, prepotente y agresivo, no hay ningún modo de resolver la cuestión y de obtener justicia pacíficamente por medio del razonamiento y de un leal intercambio de ideas.
Si de hecho el adversario en el caso de una controversia no escucha razón, si no quiere razonar, si puesto delante de sus errores no los quiere reconocer, sino que pretende tener razón él y quizá nos acusa con malicia, y si pretende de nosotros lo que no podemos conceder, si pone en peligro nuestros intereses vitales, nuestros bienes y nuestra misma vida y la de nuestros seres queridos o conciudadanos, amenazándonos con las armas o con medidas injustas que nos oprimen, ¿qué debemos hacer?
Algunos, creyendo interpretar el Evangelio, dicen que no debemos resistir, sino que debemos ofrecer la otra mejilla o soportar. Sin embargo, Cristo en otro pasaje dice de no haber venido a traer la paz, sino una espada, y además en el Apocalipsis Cristo aparece como un terrible Caballero que derrota con la espada a todos sus enemigos.
Se trata, pues, de expresiones enfáticas y paradójicas de Cristo y de la Escritura, que deben ser armonizadas e interpretadas según la interpretación tradicional de la Iglesia, la cual siempre ha teorizado y practicado el justo uso de las fuerzas armadas. Que se lo llame o no se lo llame «guerra justa», tiene poca importancia.
Lo importante es que se comprenda el concepto que he expuesto, se lo denomine como se quiera. No se trata de disolver las fuerzas armadas o de inculcar en las conciencias de los militares absurdos sentimientos de culpa, sino que, al contrario, se trata de animarlos a desempeñar generosamente su precioso servicio para la edificación de la paz en la justicia. Aquí el capellán militar desempeña un papel esencial.
Añadamos que si la agresión del enemigo ocurre no en el plano privado y personal, sino a nivel público y colectivo, por parte de un pueblo entero, de un Estado o de una nación, pues bien, ese pueblo, ese Estado o esa nación que son agredidos, ¿qué deben hacer? Si el empleo razonable de la fuerza militar se perfila como única vía para hacer valer o reivindicar o restablecer el propio o el ajeno derecho, ¿por qué no usarla?
En este punto comprendemos la función providencial del capellán militar, precisamente en orden al logro de la paz. Él está presente en nuestras fuerzas armadas no ciertamente para bendecir la guerra, sino para bendecir a aquellos militares que cumplen con su deber a riesgo de la vida para la conquista y la defensa de la paz.
Ciertamente, si por «guerra» entendemos el desahogo bestial y horrible de dos ejércitos que se ensañan y se odian recíprocamente, todos los que están en su sano juicio y ajenos al sadismo rechazan la guerra así entendida. Se puede ciertamente llegar a decir, como también hace la Biblia, que la guerra es una cosa fea y que en el paraíso no habrá guerras.
Pero si no queremos distinguir una guerra justa de una guerra injusta como hacían nuestros moralistas del pasado ¹, no olvidemos sin embargo la exigencia imprescindible y permanente en la vida presente de distinguir un uso justo y un uso injusto de las fuerzas armadas –se entiende armada con las armas tradicionales y no las atómicas–, y por tanto de reconocer la voluntad de aquel Dios, que abate a los soberbios y eleva a los humildes y con mano poderosa liberó a Israel del ejército del faraón.
Una condena indiscriminada de cualquier uso de las fuerzas armadas no es en absoluto tal que promueva la paz y haga cesar las guerras, sino que obtendría el efecto contrario de favorecer a los prepotentes, los cuales se sentirían libres de continuar impunemente en su prepotencia, y aumentarían sus maltratos contra los pueblos por ellos oprimidos.
La misión preciosísima del capellán militar es, por tanto, la de asegurar a los militares un adecuado servicio religioso, tal que les haga comprender, por una parte, la inaceptabilidad del militarismo y del imperialismo, y por otra parte que las fuerzas armadas no se sientan desmotivadas en su precioso servicio al bien común y a la patria por un necio pacifismo que termina favoreciendo la guerra.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 28 de junio de 2026

Notas

¹ Sin embargo, también el actual Catecismo de la Iglesia Católica admite la guerra justa. 

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum usus armorum contradicat Evangelio vel possit esse iustus ad pacem

Ad hoc sic procediturVidetur quod usus armorum contradicat Evangelio.
1. Christus enim dixit quod oportet alteram maxillam praebere et non resistere malo. Si hoc ita est, omnis resistentia armata esset contraria mansuetudini christianae.
2. Praeterea, bellum semper est malum, sicut ostendit Scriptura annuntians quod in paradiso bella non erunt. Ergo omnis forma belli est repudianda, quia omne bellum est contra divinum consilium.
3. Item, pacifismus absolutus videtur magis conformis caritati christianae, quia vitat omnem sanguinis effusionem et omnem periculi violentiae. Si milites ad pugnam excitantur, eis incuterentur sensus culpae et Evangelium contradiceretur.
4. Denique, cappellanus militaris, si milites comitatur, videtur bellum benedicere et violentiam legitimare, quod esset contra missionem Ecclesiae, quae pacem annuntiare debet et non gladium.

Sed contra est quod dicit Scriptura: Deus superbos deicit et humiles exaltat, et manu forti liberavit Israel de exercitu Pharaonis. Christus ipse apparet in Apocalypsi ut eques terribilis qui gladio inimicos suos prosternit. Et traditio Ecclesiae semper theoriam et praxim iusti usus armorum tenuit.

Respondeo dicendum quod usus armorum Evangelio non contradicit, quando iuste, moderate et rationabiliter adhibetur, in defensionem pacis et iuris. Verba Christi de mansuetudine sunt locutiones emphaticae et paradossicae, quae interpretandae sunt in concordia cum aliis locis ubi ipse gladium et pugnam contra malum annuntiat. Bellum, prout est odium et crudelitas, est quidem malum; sed usus legitimus virium potest esse necessarius ad oppressionem impediendam et innocentes protegendos. Condemnatio indiscriminata cuiuslibet usus armorum pacem non promovet, sed potius pravorum audaciam fovet, qui liberi sentirentur impune in sua violentia perseverare. Ideo cappellanus militaris missionem providentialem implet: non bellum benedicit, sed milites qui officium suum expleant cum vitae periculo pro pacis et iustitiae defensione. Ipsius praeciosissima missio est religiosum ministerium praestare, quo milites intellegant et militarismum atque imperialismum inacceptabilia esse, et simul ne armatae vires in suo servitio ad bonum commune et patriam desanimari possint propter stultum pacifismum qui bellum fovere terminat.

Ad primum dicendum quod verba Christi de praebenda altera maxilla sunt locutiones emphaticae, quae interpretandae sunt secundum traditionem Ecclesiae, quae semper iustum usum armorum in defensione iustitiae agnovit.
Ad secundum dicendum prolixius quod bellum, prout est odium et crudelitas, est quidem malum; sed usus iustus virium est aliud et potest esse necessarius ad ius restituendum. Scriptura ipsa ostendit quod Deus populum suum manu forti liberavit contra exercitum Pharaonis.
Ad tertium dicendum prolixius quod pacifismus absolutus pacem non promovet, sed violentos fovet. Vera caritas christiana legitimae defensioni non repugnat, et cappellanus militaris milites adiuvat ad intellegendum quod eorum servitium non est militarismus, sed defensio boni communis.
Ad quartum dicendum quod cappellanus militaris bellum non benedicit, sed milites spiritualiter comitatur, ut eorum servitium sit conforme iustitiae et paci. Ipsius praesentia efficit ut armatae vires non cadant in imperialismum nec in violentiam iniustam, sed fideles maneant missioni protegendorum infirmorum et concordiam sustinendorum.
   
JG

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