viernes, 24 de julio de 2026

El infierno existe y nunca ha sido abolido (2/2)

Entre el buenismo y el cruelismo se esconde una peligrosa distorsión de la justicia divina: dos caras de un mismo error que terminan negando o falsificando la doctrina del infierno. ¿Qué significa creer en un Dios simplón que todo lo perdona y que nunca castiga? ¿O en un Dios despótico que condena arbitrariamente sin tener en cuenta las obras? ¿Cómo se relacionan estas dos visiones con las herejías antiguas y con las teorías modernas que diluyen la verdad revelada? ¿Es necesario que la Iglesia defina dogmáticamente lo que Cristo ya enseñó con claridad sobre los condenados? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a desenmascarar las falsas misericordias y las falsas justicias, para redescubrir la verdad del Evangelio sobre el juicio y la salvación. [En la imagen: fragmento de "El Infierno" en su mitad inferior, óleo sobre tabla, 1570, obra de Peeter Huys, conservado en el Museo Nacional del Prado, Madrid].

El infierno existe y nunca ha sido abolido, porque ni siquiera modernistas
y buenistas pueden abolir el libre albedrío dado por Dios al hombre

Segunda Parte

(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 2 de abril de 2018 en L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/linferno-esiste-e-non-e-mai-stato-abolito-perche-neppure-modernisti-e-buonisti-possono-abolire-il-libero-arbitrio-donato-da-dio-alluomo/)

El cruelismo es la otra cara del buenismo

Sobre el tema del Infierno, es necesario tener presentes dos concepciones erróneas y opuestas de la acción moral, las cuales conducen a una falsificación de la justicia divina y por tanto a la falsificación o a la negación de la doctrina del Infierno. La primera, hoy abiertamente difundida y pregonada como "caridad" y perfección cristiana; la segunda, ocultada bajo la primera: el buenismo y el cruelismo. Ellas conducen a dos concepciones opuestas del Infierno que son igualmente erróneas.
La primera supone la fe en un Dios simplón, bonachón y chitrulo, que no se da cuenta de la existencia de los malvados, por lo cual tal concepción niega la existencia del Infierno, en nombre de un falso concepto de bondad divina, sosteniendo que todos, en el fondo, son buenos, por lo cual todos se salvan.
La segunda, en cambio, en nombre de un falso concepto de la libertad, del poder y de la soberanía divinas, concibe a un Dios enloquecido, despótico y malvado, que condena a los inocentes por capricho, y por tanto a una doble predestinación: a algunos al Paraíso, a otros al Infierno, cualesquiera que sean sus obras. Es una concepción horrible de origen maniqueo, un verdadero engaño del Diablo; esta concepción, presente en Lutero y Calvino, retoma la concepción ya condenada de Godescalco, monje del siglo IX (Denz. 621).
Según esta teoría, los individuales hombres no poseen una verdadera facultad de elección de su propio destino, es decir, o por Dios o contra Dios, por lo cual no conocen el motivo de su eterna destinación, que no está condicionado por sus obras, como en cambio claramente enseña la Escritura (Dt 11,26; Mt 19,17), sino que depende exclusivamente de un beneplácito divino, que se reserva el premiar a quien obra el mal y el castigar a quien obra el bien. Obviamente, aquí se debe evitar el pelagianismo, que considera que el inicio de la salvación viene de nosotros, mientras que la gracia sería una ayuda y un premio adicional posterior para completar la obra. Está claro que no es así: es la gracia la que nos previene y mueve nuestro corazón para la conversión; y sin embargo, una vez que hemos recibido la gracia, no somos salvos si no cumplimos las obras buenas, evidentemente cumplidas en gracia.
También es necesario precisar que lo que el hombre considera bueno o malo (y esto también aparecerá en Lutero) en el cruelismo no coincide en absoluto con el juicio divino, porque Dios no juzga al hombre sobre la base de una ley natural, establecida por Él y cognoscible por el hombre, de cuya observancia el hombre debe responder ante Dios, sino que juzga en contraste con este conocimiento. Bajo el pretexto de la "fe", los mandatos divinos no son razonables, sino irracionales. Por lo tanto un Dios contrario a la razón. En tal modo, un Dios inhumano, si es verdad que la razón constituye la dignidad del hombre.
Para el buenismo, que no reconoce las consecuencias del pecado original, el hombre es bueno y actúa siempre bien; para la segunda concepción, que exagera estas consecuencias, el hombre es radicalmente malvado y actúa siempre mal. Cabe señalar por otra parte que, aunque esto pueda parecer extraño o imposible, dada la radical oposición entre las dos concepciones, en realidad se reclaman la una a la otra y son la una la imagen especular de la otra. Son las dos caras de un mismo mecanismo perverso, no obstante la leve apariencia contraria.
En el buenismo o molicie (mollities) ¹, en efecto, que es una falsa y jactanciosa misericordia, se exagera en el dejar correr, en el conceder o en el permitir, por lo cual no se hace justicia; en la crueldad o dureza (saevitia), en cambio, que es una falsa justicia, se exagera en la severidad y se hace acepción de personas, con la excusa de los "casos especiales". Pero el falso manso, es decir el blando o fláccido, pasa fácilmente a ser duro y viceversa, porque no se funda en la verdad, sino en su bizarra y voluble voluntad; no tiene por lo tanto una medida firme ni un criterio objetivo ni en uno ni en otro caso, por lo cual actúa por capricho según le dicte el humor, el interés, el capricho o la pasión.
Así, cuando el blando quiere ser severo y combatir el mal, se vuelve duro; cuando quiere ser misericordioso, deviene blando. Ataca al débil y cede ante el fuerte. Cede y es flexible, cuando debería ser firme e inamovible; es duro cuando debería ser suave. Y esto porque no está firme sobre el principio objetivo de la justicia y de la misericordia, que es el mismo: el derecho y el error del otro. Si permite el error, cae en la molicie y estamos en el buenismo; si conculca el derecho, cae en la crueldad. Así beneficia a quien no tiene necesidad y castiga a quien no lo merece. En tal modo, los buenistas niegan la existencia del Infierno; pero luego, cuando les salta la garrapata o la llamada mosca en la nariz, si es que alguno les hace sombra o porque son reprendidos por el justo o quieren prevalecer sobre alguno en todos los sentidos o le tienen envidia, he aquí que, contra toda misericordia, se vuelven feroces como bestias.
En la visión buenista, por otra parte, viene a menos o está ausente el aspecto agonístico y ascético de la vida cristiana. Si todos son buenos, no debemos combatir ni juzgar a nadie, sino que debemos acoger a todos, encontrarnos con todos y dar razón a todos. Ya no hay que combatir contra el mundo, sino sólo dialogar con el mundo. Y así, la Iglesia misma, deviene un mero instrumento de colaboración con el mundo.
Para el buenista, la visión apocalíptica de una Iglesia combativa, asediada por el mundo, es un fábula fundamentalista y medieval que hay que descartar. Pero la hipocresía de estas bellas palabras del buenismo, se revela en la feroz reacción con la cual el mismo buenista, que en realidad es un prepotente, arremete contra quien desenmascara la hipocresía de su discurso y denuncia la incoherencia de su conducta. Para el buenista, el Infierno no existe porque él se cree a salvo y promete la salvación a quien piensa como él, pero sería capaz de crear un Infierno sobre esta tierra para encerrar en él a quien le advierte que Dios lo castigará por su falsa misericordia que en realidad es crueldad.
El buenismo es en el fondo una concepción hipócrita que, dando a entender que quiere cantar la misericordia divina y proclamar el deber de la misericordia hacia el prójimo, tiene la recóndita finalidad oculta, sórdida y mezquina, de encubrir bajo esa falsa bondad o una concepción minimalista, teilhardiana, del pecado, o una concepción relativista, rahneriana o kasperiana, con el deseo de poder pecar libremente sin ser castigado, ya que, como dice el padre Raniero Cantalamessa, "Dios no castiga". O para decirlo en otras palabras: el buenista siempre piensa que puede salirse con la suya.
Está claro que con estos disparatados discursos todas las penas de la vida se vuelven inexplicables e insensatas o "naturales", a menos que las atribuyamos a un Dios "malo" o a una naturaleza "mala". De ahí la consecuencia que se pierde de vista el valor expiatorio del sufrimiento y, en consecuencia, ya no se comprende el valor del sacrificio de la Misa. En la práctica, se pierde de vista la Cruz de Cristo como medio de salvación. ¿Y qué queda? Queda una visión buenista de la historia sagrada, aquella que, en la antigüedad, como se sabe, ha sido la de Orígenes, quien no comprendió el sentido de una pena eterna y permutó la condición del espíritu creado humano y angélico en el mundo ultra-terreno de la eternidad con el devenir de este mundo, donde la voluntad creada oscila entre el sí y el no. Y esto porque, no habiendo comprendido que en el más allá la elección del libre albedrío respecto a Dios está fijada para siempre, tanto en la bienaventuranza como en la condenación, no comprendió o no quiso aceptar (probablemente seducido por un monismo gnóstico) nada más que una pena temporaria, que se concluye con la remisión de la culpa, como él la imaginaba para los Demonios y las almas condenadas, sin darse cuenta de que, si una pena temporal es concebible para el camino terreno del hombre en proceso de conversión, es completamente imposible, según la Escritura, para los Demonios y para las almas condenadas. Orígenes, aunque gran estudioso de la Escritura, tal vez bajo la influencia del gnosticismo pagano, se hizo una idea de la historia sagrada que no se corresponde con la bíblica. De hecho, él creía que el plan salvífico divino implicara la aniquilación de todo mal, por lo cual, aun aceptando la existencia de los condenados, hombres y ángeles, creía que la "recapitulación de todas las cosas" (Ef 1,10), de la cual habla san Pablo, implicara la perfecta reconstitución de todas las cosas en armonía con Dios, sin conflictos con Él, consecuencia del pecado y, en consecuencia, después de un cierto proceso de reconciliación, la recomposición en pacífica y armoniosa unidad de todas las cosas en Dios, lo que evidentemente excluía la realidad del Infierno.
Sin embargo, es necesario tener presente el caso del Purgatorio, que implica una pena ultraterrena temporal. Sin embargo, esta pena no depende de la elección definitiva del alma en relación a Dios, como en el caso del Infierno, en el cual el alma ha elegido definitivamente contra Dios y esto conlleva necesariamente una pena eterna. Por el contrario, en el caso del Purgatorio el alma ha elegido definitivamente a Dios y, esto no obstante, está afligida con una pena, aunque sea temporal. ¿Por qué? Porque la Iglesia nos enseña que el alma, aunque perdonada por Dios y por tanto en gracia, debe purificarse de las reliquias de los pecados veniales cometidos en vida y no suficientemente expiados.

Una concepción errónea de Dios

Estas concepciones tienen un trasfondo panteísta por el cual no es que Dios, distinto del mundo donde existe el mal, sea en sí mismo absolutamente inocente del mal del mundo; no es que ame el bien y odie el mal; o haga sólo el bien y evite el pecado, no. En cambio, puesto que Dios se identifica con el mundo, entonces en Dios existe el bien y el mal, el acto bueno y el acto malo, el amor y el odio. Dios es causa tanto del bien como del mal, tanto de la justicia como del pecado del hombre. Como decía Lutero: "Dios ha sido la causa tanto del pecado de David, como de la conversión de Pablo".
Ciertamente, el Dios de Lutero, sigue siendo el Dios bíblico trascendente al mundo que Él ha creado; sin embargo es un Dios ligado al mundo, porque actúa de modo mundano, despótico. Él, caprichosamente, quiere tanto la salvación como la perdición, porque, como es sabido, Lutero niega el libre albedrío y el mérito, por lo cual el hombre no alcanza libremente un destino o fin último por él elegido y merecido con las obras (el Paraíso del Cielo o el Infierno), sino que es movido irracionalmente y necesariamente, "predestinado" por Dios hacia ese destino, de salvación o de perdición que Él, en su inescrutable injusto querer, ha fijado para cada uno desde la eternidad, independientemente de las obras del hombre, las cuales por lo demás, según Lutero, después del pecado original son todas malas. Pero Dios, en virtud de su misericordia, las considera buenas para quien tiene fe. En tal modo, el creyente es iustus et peccator. Pero entonces quiere decir que en la raíz de esto, Dios mismo es iustus et peccator.
Lutero, de todos modos, todavía admite la existencia de los condenados. Según él, los Papas van al Infierno. Pero sus seguidores del siglo XIX comenzarán a acentuar el inmanentismo luterano, hasta el punto de transformarlo en panteísmo, con el resultado de que, en espera de la identificación de la humanidad con Dios, es claro que ya no tendrá sentido hablar de condenados en un mundo fuera de Dios, o sea el Infierno; sino que toda la humanidad es buena y está salvada precisamente en cuanto identificada con Dios, bondad infinita. Pero por otra parte, siempre por el hecho de que el mundo está identificado con Dios y en el mundo existen los malos, he aquí que el Infierno reaparece esta vez no fuera de Dios, sino en la misma Esencia divina.
La concepción del Infierno de Von Balthasar parece estar en esta línea ². El Paraíso del Cielo y el Infierno se encuentran en Dios anulándose recíprocamente: el Infierno es vaciado por el Paraíso del Cielo, pero a la inversa el Paraíso del Cielo convive en Dios con el Infierno. Es la oposición dialéctica del bien y mal en Dios, que ya había aparecido con Jakob Böhme en el siglo XVII ³. Es la absolutización enfática en Dios de la paradoja luterana del simul iustus et peccator.
Todos en Dios son salvos y todos son pecadores. Es lo que reaparece en Rahner en su teoría de los cristianos anónimos, según la cual todos, conscientemente o inconscientemente, están en gracia y todos se salvan. En el Paraíso del Cielo, san José y la Virgen Santísima, san Pedro y san Pablo, los santos Francisco y Domingo están en buena y dulce compañía junto a Nerón, Calígula, Nietzsche, Hitler, Lenin y Stalin, sinceramente arrepentidos, en cuanto… ¡cristianos anónimos!
En cuanto a Judas, no hay duda de que las palabras de Cristo sobre él hacen pensar que Judas se haya perdido; a menos que Jesús con esas palabras pretendiera darnos una severa advertencia para que no siguiéramos su ejemplo, mientras que no podemos excluir que, independientemente del insano acto de suicidarse, él haya cumplido un supremo gesto -basta un momento- de arrepentimiento y petición de perdón in articulo mortis.

No es necesaria una definición dogmática sobre el Infierno

Respecto a la propuesta de pedir al Papa el dogmatizar la existencia de los condenados, no me parece necesario ni oportuno. La Iglesia dogmatiza cuando la Palabra de Cristo es impugnada por los herejes o no es clara y cierta, pero se trata de dar certeza para contrastar negaciones de enseñanzas de magisterios precedentes o de aprobar y confirmar piadosas tradiciones o interpretaciones, deducciones o explicitaciones de contenidos de fe, o bien para confirmar o rechazar opiniones teológicas discutidas, o para aclarar si una determinada tesis o proposición es o no es de fe.
Recordemos por ejemplo las definiciones dogmáticas del pecado original, o de los Siete Sacramentos o de la Inmaculada Concepción de María o de su Asunción al cielo o de la dualidad de las naturalezas y de las voluntades en Cristo, en la unidad de la Persona divina o del misterio de la transubstanciación eucarística o de la infalibilidad pontificia. Pero si hay palabras del Señor, repetidas en varios tonos, modos y ocasiones, y que brillan por la claridad, ellas son precisamente las que se refieren a los condenados del Infierno. De ellas vemos cuánto le importaba a Cristo aquellas palabras, aquellas predicciones y aquellas advertencias. Por esto no es necesario que el Papa dogmatice. Si nunca hay suficiente para refutar a los ciegos, deshonestos e insensatos que, después de 2000 años de pacífica y saludable aceptación de aquellas divinas palabras, ahora, con inaudita audacia e insolencia, se atreven a expurgarlas del Evangelio, con el método propio de los herejes que, en lugar de asumir fielmente todo lo que Cristo ha dicho, toman de sus dichos solo lo que les place.
Ahora bien, debemos tener presente que el dogma es una proposición formulada infaliblemente por la Iglesia como interpretación o explicitación de palabras del Señor que no se encuentran como tales y cuales en el Evangelio. Por eso el dogma no es propiamente doctrina de Cristo, sino que es doctrina de la Iglesia, aunque refleja fielmente el pensamiento del Señor. Pero su autoridad, aunque compromete la fe divina, está muy por debajo de la autoridad de las palabras explícitas de Cristo, aunque el Evangelio no siempre reporte las ipsississima verba. Por eso, con plena razón, el cardenal Walter Kasper tituló un libro suyo Dogma unter dem Wort Gottes (El dogma bajo la Palabra de Dios), si bien tanto el dogma como la Palabra de Dios son inmutable verdad de fe, cosa muy distinta de la falsa concepción evolucionista e historicista, que en cambio tienen los modernistas de ayer y de hoy.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 2 de abril de 2018


Notas

¹ Son aquellos a los que Pablo llama malakói, que también se podría traducir como "afeminados", si esto no fuera ofensivo para la mujer. Es un vicio muy extendido hoy, incluso entre los obispos, que asumen el aire de ser mansos, dulces, caritativos y comprensivos, pero en realidad son veletas, cobardes, oportunistas y como don Abundio, que esconden el puñal en el bolsillo. El malakós es también vulgarmente llamado "calabraghe" (JG: de no fácil traducción a nuestro idioma: “arrastrado”, “servil”, “cobarde”, “pelota”, “calzonazos”).
² Véase mi análisis en L’Inferno esiste. La verità negata, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2010, pp.54-70.
³ Cf. Flavio Cuniberto, Boehme, Morcelliana, Brescia 2000; Franz Hartmann, Il mondo magico di Jakob Boehme, Edizioni Mediterranee, Roma 2005.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum infernus exsistat ut consequentia liberi arbitrii et iustitiae divinae

Ad hoc sic procediturVidetur quod infernus non exsistat.
1. Quia bonismus tenet Deum esse puram bonitatem et omnes salvari, negans existentiam inferni sub nomine misericordiae falsae. Secundum hanc conceptionem peccatum nullas haberet consequentes definitivas, et iustitia divina tolleretur per bonitatem indiscretam.
2. Praeterea, crudelisismus affirmat Deum damnare arbitrario modo sine respectu ad opera, quod convertit infernum in poenam irrationalem et tyrannicam. Si hoc verum esset, libertas humana esset illusoria et iustitia divina in tyrannidem transformaretur.
3. Item, quidam theologi antiqui et moderni tenent infernum esse solum poenam temporalem, sicut opinatus est Origenes, aut damnatos annihilari, sicut credidit Schillebeeckx. In hoc casu doctrina de inferno careret sensu et utilitate salutifera.
4. Denique, arguitur non esse necessarium dogmatice definire existentiam damnatorum, quia sufficeret misericordia Dei ad omnes salvandos, sicut tenent Rahner et von Balthasar.

Sed contra est quod Christus docet in Evangelio: “Discedite a me, maledicti, in ignem aeternum, qui paratus est diabolo et angelis eius” (Mt 25,41). Concilium Lateranense IV definivit existentiam inferni pro angelis rebellibus. Paulus affirmat: “Oportet credere quod Deus sit et sit remunerator iustus quaerentium eum” (Heb 11,6). Sanctus Thomas docet visionem poenarum damnatorum ingredi in obiectum ipsius beatitudinis caelestis.

Respondeo dicendum quod infernus exsistit necessario ut consequentia liberi arbitrii et iustitiae divinae. Homo, creatus ad eligendum libere, potest optare pro Deo vel contra Deum. Si eligit falsum absolutum loco Dei, amittit veram felicitatem et damnatur. Infernus est fixatio definitiva voluntatis in reiectione Dei, et ideo est aeternus. Bonismus negat infernum quia vult peccare sine poena, sed amittit sensum expiatorium doloris et Crucis Christi. Crudelisismus falsificat infernum quia attribuit Deo damnationem irrationalem, negans legem naturalem et dignitatem rationis. Utraque conceptio est erronea et se invicem reclamat, quia falsus mollis facile fit durus et e converso. Doctrina catholica docet Deum omnibus dare media sufficientia ad salutem, sed libertatem cuiusque respicere, etiam si contra eum adhibeatur. Ideo infernus est altera facies libertatis et iustitiae divinae, et eius existentia non indiget dogmatizatione, quia clare affirmata est verbis Christi.

Ad primum dicendum quod misericordia Dei non tollit iustitiam nec consequentes peccati; negare infernum est negare gravitatem liberi arbitrii et valoris salutiferi Crucis.
Ad secundum dicendum quod Deus non damnat arbitrario modo, sed in iustitia, secundum opera uniuscuiusque; crudelisismus est caricatura manichaea quae rationem et libertatem negat.
Ad tertium dicendum quod poena temporalis pertinet ad purgatorium, non ad infernum; damnatio aeterna est consequentia electionis definitivae contra Deum, fixa in momento mortis.
Ad quartum dicendum quod non est necessarium dogmatice definire quod Christus iam clare docuit; auctoritas verborum eius est superior omni definitioni, et Magisterium iterum atque iterum veritatem confirmavit.
   
JG

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