jueves, 9 de julio de 2026

La desobediencia de los superiores

La cuestión de la desobediencia de los superiores en la Iglesia es grave, y si reflexionamos sobre el tema, advertiremos cómo quienes ayer se rebelaban contra la autoridad hoy ejercen un poder autoritario para imponer el modernismo. ¿No es paradójico que los antiguos contestatarios del ’68 se hayan convertido en nuevos inquisidores sin razón jurídica? ¿No es escandaloso que se castigue más al fiel que obedece al Magisterio que al que lo desobedece? ¿No es alarmante que la connivencia y el silencio de muchos superiores hayan permitido que el error se difunda como una inmundicia que contamina toda la vida eclesial? ¿No es urgente que los responsables recuperen la conciencia de su misión y teman el castigo divino? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a reflexionar sobre la necesidad de un auténtico espíritu de servicio a la verdad y al bien de las almas frente al avance del modernismo y la desobediencia institucionalizada. [En la imagen: el papa León XIV durante una de las reuniones del reciente Consistorio extraordinario de Cardenales].

La desobediencia de los superiores

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 24 de agosto de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-disobbedienza-dei-superiori-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Los ancianos como yo recuerdan bien el agitado, ruidoso y desordenado período de la así llamada "protesta", sobre todo entre los jóvenes de los ambientes universitarios civiles pero también eclesiásticos hacia fines de la década de 1960, que vagamente y confusamente se remitía al Concilio Vaticano II, confundido por una especie de Revolución Francesa o palingenesia universal de la humanidad, pero también con vínculos con otros pensadores sedicentes innovadores, como por ejemplo el teólogo Harvey Cox o los "teólogos de la muerte de Dios" para los creyentes o el famoso sociólogo Herbert Marcuse para los no-creyentes y los católicos sedicentes "abiertos", mientras que los comunistas más o menos descubiertamente atizaban las llamas o percutían con los habituales pretextos de la liberación de los trabajadores oprimidos por la opresión capitalista.
Es aquel fenómeno difundido en el mundo occidental, que ha pasado a la historia con el nombre del '68, iniciado en los Estados Unidos en la Universidad de Berkeley y luego trasplantado a París con el aún más famoso "mayo del 68", donde se vio a los estudiantes asaltar tras las barricadas la Universidad como los jacobinos asaltaron la Bastilla.
He vivido en pleno aquel período porque en ese entonces estaba estudiando filosofía en la Universidad de Bologna. Lo que entonces mayormente se notaba, que perturbaba y preocupaba al ambiente civil y eclesial ligado en su inmensa mayoría a un cierto respeto por las autoridades, habituado a un comportamiento social tranquilo y ordenado, eran los frecuentes e impresionantes episodios de audaz y arrogante desobediencia y rebelión contra las instituciones de la Iglesia y del Estado, como eran por ejemplo en ámbito civil las manifestaciones de estudiantes en la Universidad que impedían el normal desarrollo de las clases, cortes y marchas de protesta en las calles gritando el odio de clase bajo la presión del extremismo comunista.
De allí a poco habrían de iniciarse los así llamados "años de plomo" por la acción sediciosa y criminal de las Brigadas Rojas, mientras que en el ámbito eclesiástico, aunque naturalmente no con tal violencia, análogas manifestaciones de rebelión contra docentes y superiores, sacerdotes que declaraban en la homilía de la Misa querer casarse, teólogos pillados desnudos en la playa como fue el caso del famoso Edward Schillebeecxk, teólogos como Karl Rahner, apoyados por la tácita o velada complicidad de algunos Episcopados nacionales, los cuales rechazaban como equivocada la enseñanza de Paulo VI en la encíclica Humanae Vitae.
Todo ello sucedía en nombre de la renovación de la cultura y de la autonomía de los estudiantes frente a aquellos que entonces eran llamados los "barones", a fin de cuentas y simplemente los profesores, sobre la base de una concepción de la cultura -he vivido en primera persona estos sucesos-, para la cual el estudiante está perfectamente a la par del profesor, es decir, no tiene nada que aprender de él, sobre todo si se trata de contenidos tradicionales, sino que la relación alumno-profesor debía limitarse a un "diálogo" en el cual, si el estudiante podía también aprender del docente, también el docente tenía que aceptar lo que decía el alumno.
Así nació el hábito de interrumpir al docente durante la lección para manifestar críticas y disenso. En los lugares más educados y corteses, en cambio, la intervención del alumno, como ya ocurría en la antigua tradición de la escolástica medieval (las quaestiones quodlibetales), servía también para aclarar cuestiones y dudas en bien de la clase. Se introdujo la práctica de los así llamados "seminarios de estudio", en los cuales el estudiante tenía una parte organizativa haciendo ya prácticas de iniciación de enseñanza hacia los demás alumnos, aunque siempre asistido por el profesor, algo similar como el medieval baccalaureus, un estudiante intermedio entre el docente y el resto de la clase. ¡La gran revolución del '68 recuperaba antiguas tradiciones medievales!
Sin embargo, en un clima de relativismo cultural, como el de la época y típico de la modernidad, no eran generalmente admitidas verdades objetivas comunes, sino que los contenidos de la cultura debían emerger de la "confrontación dialéctica" en continua evolución, donde todo resultado, nunca completamente descontado o dado por hecho, cierto y definitivo, siempre podría ser puesto en discusión por lo subsecuente.
Naturalmente los estudiantes en esta revolución no tenían todos los errores y no estaban ausentes auténticos maestros y formadores, y tampoco el '68 estuvo privado de aspectos positivos al subrayar la responsabilidad y la iniciativa personal del estudiante en su propia formación, mientras que ciertamente ideas nuevas penetraban en el mundo de la Universidad, más favorable a una comunicación entre estudiantes y docentes.
Ahora ya no se debía estar sometido al maestro como a un dios en la tierra, sino que era admitido proponer o incluso imponer a los docentes algunas alternativas o limitaciones de poder acordadas a través de negociaciones y en el recíproco respeto. Al estudiante también se le permitían facultades para cambiar los programas por razonables motivos. El docente debía tener más en cuenta la consideración en la cual era tenido por los estudiantes. Y los profesores más sabios y actualizados renunciaban a ciertos privilegios que les permitían tener un excesivo poder sobre los alumnos.
En todo caso, en la Universidad se sucedían agitadísimos y multitudinarias reuniones o mitines de cinco o seis horas, hasta las así llamadas "ocupaciones" o "tomas", que duraban incluso días, al término de las cuales, después de una sucesión de martilleantes y estridentes eslóganes marxistas, o consignas anarquistas, maoístas y revolucionarias, no se concluía absolutamente en nada y quien pretendía una conclusión cierta y clara aparentaba ser un reaccionario, un siervo de los amos y patrones.
En cuanto a la situación eclesial, aprendí mucho del libro de Maritain Le Paysan de la Garonne, en el cual él, con profusión de documentos y fino humorismo, denunciaba el retorno de un modernismo mucho peor que el de los tiempos de san Pío X, por una pretextuosa o engañosa interpretación del Concilio Vaticano II, que los neo-modernistas hacían a su ventaja. Casi nadie escuchó el grito de alarma del gran pensador francés (¡que no fue el único!) y por eso hoy nos encontramos en la desastrosa situación actual. ¡Y ciertamente, Maritain no era un conservador!
En medio de esta confusión y de estos desórdenes, encontré mucha luz y consuelo en la tradición y en la doctrina de la Iglesia, comprendida la conciliar y postconciliar. Era yo un gran admirador del papa Juan y de Paulo VI. Precisamente en aquellos años en los cuales los subversivos que se declaraban víctimas de los barones, preconizaban una nueva sociedad libre de cualquier autoritarismo, donde habrían de ser ellos los protagonistas y servidores del pueblo (los varios Capannas, Cohn-Bendit, Margherita Cagol, Toni Negri, etc.), yo estudiaba a Maritain, Gilson, Garrigou-Lagrange, san Agustín, san Bernardo, san Buenaventura y santo Tomás de Aquino, junto con los documentos de la Iglesia con inmensa alegría y fruto espiritual. Sentía en mi alma una perfecta consonancia y resonancia de aquellas sublimes enseñanzas y por tanto la lealtad y la honestidad, la persuasividad y lo fundado de sus motivaciones y exposiciones.
Así maduró en mí la vocación dominicana y entré en el convento de Bologna en 1971. Fue entonces cuando me di cuenta de cuánto el modernismo y la subversión, bajo el falso pretexto del "progreso", habían perturbado y aún estaban perturbando a la Iglesia, donde sucedían episodios de rebelión similares a aquellos que se estaban dando en la sociedad civil, aunque ciertamente no con la misma violencia. Pero había una violencia más sutil: la del engaño en el campo de la fe y de la teología.
Al mismo tiempo constataba con consternación el proliferar de errores entre teólogos de renombre sin que los obispos intervinieran. Raras e ineficaces eran las intervenciones de Roma. Sólo se capturaban peces pequeños. Y yo me preguntaba: ¿por qué? ¿Pero qué están haciendo los superiores? De tal modo, los errores se esparcían a manos llenas en todos los ambientes eclesiales: desde la familia, a la escuela, en los ambientes del trabajo, en la cultura, en las parroquias, en los movimientos, en las instituciones académicas, como un aluvión fangoso que al principio de bajo nivel, luego crece y crece hasta subir a los planos superiores de las casas. O a la inversa, como una seducción fascinante que envuelve siempre cada vez más hasta hacer perder la cabeza y la objetividad de la mirada.
O dicho de otro modo: una "inmundicia", como habría de decir Benedicto XVI treinta años después, que llegaba a contaminar a obispos, superiores, docentes y educadores, los cuales o no se daban cuenta de lo que estaba sucediendo o lo consideraban con una sonrisa de compasión o no hacían nada, sin mencionar que algunos eran conniventes, conspirando ya sea encubiertamente o abiertamente.
Ciertamente, Roma continuaba siendo siempre el faro y el centro del mando. Pero a medida que el faro continuaba iluminando (¿y cómo podría no ser así?) por el contrario, el mando se convertía siempre cada vez más débil y desatendido o despreciado por aquellos mismos colaboradores, pastores y superiores, que habrían debido transmitir las órdenes a la base. Y sólo bajo este título podían exigir ser obedecidos a su vez por sus súbditos o por los inferiores.
El advenimiento de Juan Pablo II puso término a los años de plomo, a la expansión del comunismo y a las manifestaciones intraeclesiales, burdas, flagrantes y violentas contra la jerarquía, la Iglesia, el Papa y el Magisterio. Pero no detuvo un trabajo o subterráneo o incluso abierto por parte de los teólogos y moralistas modernistas para llevar adelante su programa de secularización de la Iglesia y sus ideas subversivas en la formación de los jóvenes.
Aquí lamentablemente el Pontificado de este gran Papa no pudo hacer nada. Juan Pablo II se dedicó con gran empeño y prodigiosa energía, sin escatimar fuerzas, a una obra mundial y espectacular de evangelización con sus numerosísimos viajes y contactos con una infinidad de personas, pero dedicó muy poco tiempo a un estudio atento y profundo, cómo sólo el Papa hubiera podido y debido hacer, para abordar los principales problemas doctrinales y morales de la Iglesia, para proporcionar aquellos remedios que sólo el Papa hubiera podido ofrecer, y para dotar a la Santa Sede de colaboradores competentes, valientes y desinteresados, sobre todo en el campo de la custodia de la recta fe, de modo que el modernismo comenzó a penetrar sigilosamente hasta en las trastiendas.
El Papa tenía siempre en los labios el problema de los jóvenes, y tenía con ellos una gran capacidad de contacto humano, pero lamentablemente la formación seminarística y académica, así como la de los estudiantes religiosos, quedaba en gran parte en las manos de los modernistas, por ejemplo los rahnerianos. ¿Qué sacerdotes y qué obispos, qué educadores de jóvenes podrían surgir de estos formadores? ¿Qué concepto de la obediencia podían dar estos formadores, aquellos que habían sido antes desobedientes a la Iglesia? Lo vemos hoy.
Y en efecto, ¿qué sucedió sobre todo hacia el final del pontificado de Juan Pablo II? Que la debilidad de gobierno que se había empezado a notar con Paulo VI, que hablaba de un "magisterio paralelo", aumentó aún más y hubo un verdadero salto de cualidad.
¿Cual? Que hasta entonces, por una parte, la difusión del modernismo, no reprimida como habría debido hacerse, se había limitado a la sola contaminación de las inteligencias, y por tanto había permanecido en una etapa solamente teórica, sin consecuencias en el gobierno de la Iglesia, mientras que por otra los fieles súbditos de la Iglesia, teólogos y buenos pastores, en definitiva gozaban de la libertad de refutar a los modernistas y de difundir la sana doctrina en obediencia al Magisterio, dando ellos mismos ejemplo de obediencia.
En cambio, a fines de la década de 1990 y principios del 2000, los modernistas comenzaron a alcanzar puestos de poder cada vez más numerosos y elevados, desde los cuales podían imponer por la fuerza y las amenazas aquellas ideas modernistas que habían libremente absorbido de sus maestros en los años o del seminario o de la formación religiosa o de la Universidad, entorpeciendo y frenando al mismo tiempo la obra de los fieles obedientes al Magisterio y al Papa, los cuales cada vez más comenzaron a aparecer como "desobedientes", pero desobedientes obviamente no al Magisterio sino a los superiores modernistas.
Así, los rebeldes del '68 convertidos en obispos o superiores se están mostrando mucho más duros y autoritarios que los viejos "barones", a los que ellos tal vez con sinceridad habían contestado y protestado cuando eran jóvenes, mientras que los obispos del preconcilio podrían ser, sí, severos, pero al menos lo hacían en nombre de la recta fe y de la obediencia a la Iglesia. En cambio, estos nuevos superiores, contrarios a la inquisición medieval (con razón después de todo), luego han instituido clandestinamente una nueva inquisición, sin ninguna razón jurídica, sino basada solo en su prepotencia, para imponer con la fuerza la línea del modernismo.
Así sucede hoy que aquellos mismos que hace treinta o cuarenta años con arrogancia y desparpajo, desde los pupitres del seminario o de la Universidad se rebelaban contra los docentes acusados de autoritarismo reaccionario, presentándose como paladines de la libertad del estudio, precursores del progreso de la cultura y del futuro de la Iglesia, así como profetas de las "comunidades de base", ahora que han llegado al poder después de infinitas y vergonzosas adulaciones y "obediencias" a los maestros modernistas, consideran sus propios mandatos como preceptos divinos, desobedeciendo a los cuales hacen llover los castigos más rigurosos sobre el rebelde por haber ofendido la presencia de Cristo en el superior, cuando ellos mismos son los primeros en ser indiferentes respecto de los Papas, de los Santos y del Magisterio, seguros de la impunidad y de hecho mimados por toda la ideología laicista, masónica o modernista como hombres del diálogo, de la tolerancia y del respeto por lo diverso.
Sus protegidos son personajes intocables, por lo cual quien se atreve a criticarlos escandaliza a sus devotos, mejor dicho fanáticos, más que si un creyente viera profanada la Eucaristía. A la inversa, los buenos católicos son tratados como trapos de piso con el mayor desprecio, como dementes e indignos de cualquier respuesta, también porque tales superiores, al no tener argumentos serios, son incapaces de contrarrestar a sus objeciones.
Por mucho que un sujeto haga presente con respeto, lealtad y competencia dificultades u objeciones a las directivas de estos superiores con referencia a la doctrina de la Iglesia o al Magisterio del Papa, estos superiores no escuchan razones, como si su palabra fuera la verdad absoluta y la vía necesaria para la salvación, castigando a estos súbditos que en realidad no desean otra cosa más que obedecer a un superior decente y obediente. Así sucede que a quien desobedece a la Iglesia no le pasa nada, pero a quien desobedece al superior modernista, sálvese quien pueda.
¿Cómo salir de esta situación gravísima, de este mal aterrador? A estas alturas las fuerzas de la desobediencia autolegalizada son tales que la Santa Sede y los buenos obispos no son en absoluto capaces de gobernar la situación.
Sólo queda esperar en una recuperación de los responsables, que al fin de cuentas casi siempre están investidos de una autoridad legítima (no estamos para verificar) y deberían saber cuál es su deber. Que estén ellos prontos y dispuestos a escuchar a su conciencia y, renunciando a toda ambición y ansia de poder, quieran, con la inspiración del Espíritu Santo y la intercesión de la Santísima Virgen María, temer el inminente castigo divino y, movidos por un sincero espíritu de arrepentimiento, ejercitar su sagrada misión con auténtico espíritu de servicio a la verdad y al bien de las almas.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 24 de agosto de 2013

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum inoboedientia superiorum sit conformis spiritui Ecclesiae

Ad hoc sic procediturVidetur quod inoboedientia superiorum sit conformis spiritui Ecclesiae.
1. Quia superiores in clima anni sexagesimi octavi formati tenent protestationem contra auctoritatem necessariam fuisse ad aperiendum viam dialogo et libertati. Sic modus eorum gubernandi, licet Romae inoboediens, videretur servitium progressui et renovationi culturali atque ecclesiali.
2. Praeterea, quia impositio novarum directivarum modernistarum a talibus superioribus unitatem et disciplinam in communitatibus praestare videtur, rigores praeteriti vitando et Ecclesiam ostendendo magis apertam et tolerantem.
3. Item, quia diffusio idearum modernistarum in seminariis et universitatibus clericos et theologos cum sensibilitate contemporanea formasse videtur, quod bonum esse videtur pro Ecclesia in sua adaptatione ad tempora.

Sed contra est quod Apostolus dicit: Oportet obedire Deo magis quam hominibus (Act 5,29). Sanctus Pius X modernismum tamquam synopsim omnium haeresum damnavit. Benedictus XVI locutus est de immunditia quae Ecclesiam contaminat cum superiores errorem tolerant vel promovent. Traditio docet veram auctoritatem exerceri in oboedientia Magisterio et Papae, non contra eos.

Respondeo dicendum quod inoboedientia superiorum non est conformis spiritui Ecclesiae. Nam qui olim contra legitimam auctoritatem rebellabant, hodie episcopi vel superiores facti, potestatem auctoritatariam exercent ad modernismum imponendum, fideles Magisterio obsequentes puniendo et eos qui inoboediunt fovendo. Phenomenon ex anno sexagesimo octavo ortum, sub praetextu libertatis et progressus, in novam inquisitionem sine fundamento iuridico transformatum est, quae in sola praepotentia et conniventia cum ideologiis laicisticis et masonici consistit.
Error doctrinalis diffusus est velut diluvium contaminans familias, paroecias, scholas et universitates, dum Roma manebat velut pharus, sed cum imperio debilitato et a suis ipsis collaborantibus contemptu affecto. Consequentia est quod oboedientia versa est: fideles Papae et Magisterio obsequentes tamquam inoboedientes tractantur, dum superiores modernistae intangibiles se reputant et oboedientiam absolutam suis mandatis exigunt, traditioni et veritati indifferentes.
Haec condicio gravissimam in Ecclesia crisi produxit, ubi auctoritas legitima a custodibus suis subvertitur. Exitum solum dari potest per sinceram conversionem responsabilium, qui ambitioni et cupiditati potestatis renuntient, et Spiritu Sancto moti ac intercessione Virginis Mariae adiuti, missionem suam exerceant cum vero spiritu servitii veritati et bono animarum.

Ad primum dicendum quod vera libertas non consistit in rebellionem contra veritatem, sed in oboedientia Deo et Ecclesiae. Dialogus a superioribus modernistis invocatus est revera indifferentia erga errorem.
Ad secundum dicendum quod disciplina ab his superioribus imposita unitatem non praestat, sed iniusta violentia est quae fidelitatem Magisterio suffocat et fideles confundit.
Ad tertium dicendum quod formatio modernistica bonum non est, quia errores doctrinales tradit et fidelitatem veritati revelatae debilitans. Vera adaptatio Ecclesiae ad tempora fit in continuatione cum traditione et sub ductu Magisterii.
   
JG

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