martes, 3 de febrero de 2026

Lo que verdaderamente importa en la liturgia

¿La misa depende de cómo los fieles la sienten, o de lo que realmente acontece en ella? ¿Pero puede, a la vez, reducirse toda la vida de la Iglesia a una estética ritual congelada en el pasado? No faltan hoy quienes denuncian el subjetivismo moderno trasvasado a la liturgia, pero paradójicamente terminan reproduciéndolo en su propia fijación litúrgica. ¿No será que el verdadero remedio a los errores de la modernidad está en la plena aplicación del Concilio Vaticano II, más que en el rechazo global del Novus Ordo Missae? Esta reflexión busca mostrar lo que verdaderamente importa en la liturgia: la acción viva de Cristo en su Iglesia. [En la imagen: fragmento de "La Misa de parida", óleo sobre lienzo, ca. 1808-1812, obra de Francisco de Goya, conservada en el Musée des Beaux-Arts d'Agen, Agen, Francia].

“Quien determina orar desentendiéndose
de lo prescrito por la Iglesia, peca
no por el objeto elegido, sino
por la elección que no guarda el orden debido”
Santo Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, I, q.63, a.1, ad 4m

El profesor Rubén Peretó Rivas no necesita presentación para quien siga el devenir de las corrientes pasadistas filolefebvrianas. Docente mendocino, sin embargo, su título académico en filosofía prácticamente es irreconocible si se tienen en cuenta los artículos periodísticos que desde hace décadas publica contra enemigos que él mismo se ha creado: el Romano Pontífice, el Concilio Vaticano II, la Misa católica actual de rito romano, etc., panfletos sólo consumibles por el grupo minoritario de sus seguidores.
Conozco sus textos desde hace casi dos décadas, que publica en su blog con empeño digno de mejor causa. Ayer, 2 de febrero, ha publicado una entrada titulada Lo que verdaderamente importa”, en donde una vez más repite eslóganes que son los mismos desde el inicio de su blog. Claro que no todo lo que dice son disparates, pues no faltan los aspectos positivos en su planteo. Comienzo por señalar algunos:
Ante todo hay que decir que su diagnóstico inicial es acertado, pues el artículo parte de una intuición válida: “lo importante no es lo que nosotros (el ‘sujeto’, dirían los modernos) pensemos de las cosas (el ‘objeto’), sino las cosas mismas”. Esto es profundamente realista y coincide con la metafísica tomista, que afirma que la verdad es adaequatio rei et intellectus (adecuación de la cosa y del entendimiento), no mera construcción subjetiva. El papa Francisco lo ha recordado con su principio del primado de la realidad sobre la idea. Claro que esto no lo dice el Autor del artículo, pues su siempre odiado Bergoglio sigue siendo un enemigo para él permanentemente presente entre sus blancos de ataque.
Otro aspecto positivo es su crítica al subjetivismo nacido en la modernidad. Señala con acierto: “Las cosas no nos interesan por lo que son sino por la emoción o el efecto sentimental que nos provocan”. Esto conecta con la crítica tomista al nominalismo y al cartesianismo.
Finalmente, aplica a la liturgia esta crítica general al subjetivismo de la modernidad, y ciertamente es valedera su denuncia de que en grandes sectores del actual catolicismo la misa se suele reducir a “cómo la gente la siente”. Él mismo escribe: “La misa, en el fondo, no importa. Lo que importa es cómo la gente recibe esa misa”. No podemos sino estar de acuerdo en que la liturgia no es un espectáculo ni un recurso pedagógico, sino culto objetivo a Dios, vale decir, acción de Cristo en su Iglesia, que actualiza el misterio pascual en los sacramentos, y no depende de cómo la gente sienta la Misa, sino de lo que realmente acontece: el sacrificio de Cristo hecho presente. La celebración litúrgica tiene valor en sí misma, porque es obra de Cristo y de la Iglesia, independientemente de la emoción del fiel.
Pero estos lados positivos quedan empañados por una maraña de errores doctrinales, que una vez más revelan la postura indudablemente cismática de su Autor.
Por lo pronto su exceso polémico y su tono ideológico saltan a la vista. El texto mezcla observaciones filosóficas con ataques personales y caricaturas: “las trasnochadas razones setentosas del parlanchín cardenal Blaise Cupich” o “la nariz de payaso que el P. Tucho Fernández lucía en la misa de 11”. Esto debilita la fuerza argumentativa y acerca el texto más a un panfleto que a un análisis teológico serio.
Otro aspecto problematico en el artículo es la permanente confusión entre crítica legítima y rechazo global. El Autor identifica la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II con el subjetivismo cartesiano: “Esto es puro y duro cartesianismo; esta es la modernidad asentada con todos sus reales en medio de la Iglesia”. Pero esto es impensable para un católico de recta fe, que está cierto de la infalibilidad del Romano Pontífice y del Colegio Episcopal a él unido cuando expresa doctrina. De hecho, la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la reforma de la liturgia no se funda en el subjetivismo modernista (ni podría fundarse), sino en principios teológicos: participación activa (n.14: “La madre Iglesia desea ardientemente que todos los fieles sean conducidos a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas”), inteligibilidad (n.21: “Los ritos deben resplandecer por noble sencillez, ser breves y claros, evitando repeticiones inútiles”), fidelidad a la tradición (n.23: “No se introduzcan innovaciones si no lo exige una verdadera y cierta utilidad de la Iglesia”). Reducir todo a “cartesianismo” es una simplificación engañosa, destinada a crear confusión.
Otro problema es la ausencia de toda distinción escolástica, al escribir cosas como: “Las misas se adaptarán entonces si se trata de festejar los quince años de una señorita, o el aniversario de la muerte de Mengano…”. Con ello toma ejemplos de abusos para descalificar todo el Novus Ordo Missae. La crítica justa y necesaria a los abusos se convierte en rechazo global, lo cual no es fiel ni a la realidad ni, sobre todo, al Magisterio.
Resalta también una parcial genealogía del problema, al afirmar: “A partir de Descartes, el hombre comenzó a ubicarse en el centro del universo…”. Es cierto que el giro antropocéntrico moderno tiene en Descartes un punto de partida decisivo. Sin embargo, la exposición del bloguero resulta incompleta, pues omite que la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, ha sabido discernir lo válido en la modernidad —como la afirmación de la dignidad de la persona y la libertad religiosa— sin caer en subjetivismo.
Por otra parte, hay que mencionar el uso de ejemplos lingüísticos (Pearsall Smith). El análisis de verbos/adjetivos como “interesante” o “aburrir” es sugestivo, pero insuficiente para explicar la crisis litúrgica. El cambio lingüístico refleja tendencias culturales, pero no basta para condenar en bloque la modernidad.
Como no podía faltar en un texto de este publicista filolefebvriano, está también presente la descalificación del Magisterio actual de la Iglesia. Al mencionar al cardenal Roche y al papa Francisco (indirectamente, por las misas para niños en Buenos Aires), el Autor sugiere que todo lo que proviene de la autoridad legítima es fruto de subjetivismo. Esto es una actitud cismática incompatible con la fe católica. Lo cual en el Autor no sorprende, pero es necesario señalarlo (quien se tome el trabajo de buscar en su blog sentencias de rechazo al Papa, al Concilio Vaticano II y a la Misa de san Pablo VI, las encontrará por cientos).
Finalmente, menciono su conclusión apocalíptica, pues en su artículo termina diciendo: “Mientras no seamos capaces de escaparnos del veneno del mundo moderno… las soluciones que encontremos serán sólo pasajeras”. Ahora bien, si por “escapar del mundo moderno” se entiende rechazar sus errores, entonces estoy de acuerdo. Pero si se entiende que todo lo moderno es venenoso, se incurre en un rechazo de la modernidad como un todo, lo cual es inaceptable. Precisamente, la plena aplicación del Concilio Vaticano II constituye el remedio a los errores y venenos del mundo moderno, pues la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, ha sabido discernir lo que es conforme a la fe —como la dignidad de la persona y la libertad religiosa— y purificar lo que es contrario al Evangelio.
No debemos pasar por alto que si bien el artículo sub examine comienza con un discurso sobre el giro subjetivista de la modernidad, con referencias a Descartes y al lenguaje emotivo contemporáneo, sin embargo, ese preámbulo filosófico no constituye un análisis autónomo, sino que funciona como mero recurso retórico para desembocar en su único y exclusivo interés: la liturgia. Todo el planteo inicial está orientado a sostener la tesis de que la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II se funda en el subjetivismo moderno.
Este modo de proceder revela lo que puede llamarse hiperliturgismo: la tendencia a reducir toda la vida de la Iglesia a la liturgia, como si la crisis eclesial se explicara únicamente por la reforma del rito romano. En esta visión, la liturgia se convierte en el campo de batalla absoluto, eclipsando otros aspectos esenciales de la vida cristiana —la doctrina, la misión, la caridad, la pastoral— y convirtiéndose en el criterio único de ortodoxia.
Pues bien, la respuesta que corresponde dar es reconocer la centralidad de la liturgia, pero sin absolutizarla ni reducir la vida de la Iglesia a ella. La liturgia es ciertamente el culmen y la fuente de la vida cristiana (como dice la Sacrosanctum Concilium, n.10), pero no puede ser aislada de la totalidad de la misión eclesial. Por eso, frente al hiperliturgismo una vez más puesto de manifiesto en el Autor, es necesario recordar que los abusos litúrgicos deben ser corregidos, pero que la reforma conciliar se funda en principios dogmáticos legítimos —participación activa, inteligibilidad, fidelidad a la Tradición— y que la vida de la Iglesia no se agota en la liturgia, sino que se despliega en la evangelización, la enseñanza y la caridad.
Paradójicamente, el subjetivismo que el Autor denuncia en la modernidad ha sido íntegramente asimilado por él mismo. Pues centra su fe en su necesidad subjetiva de celebrar la Misa como se celebraba cinco siglos atrás, y convierte esa subjetiva preferencia suya en criterio absoluto, aunque eso le cueste mantenerse en desobediencia a la actual ley de la Iglesia. Todo parece ser un problema subjetivo que ha sido dogmatizado a su favor: lo que en otros es “modernismo” se convierte en él en fijismo litúrgico, igualmente subjetivo y parcial.
Este planteo revela además su típico color lefebvriano. El lefebvrismo nació de una fijación patológica de Marcel Lefebvre a la estética de los signos rituales del rito de 1570. Tras esa fijación sentimental-estética, Lefebvre desarrolló todo un “sistema doctrinal” autojustificante de su decisión de romper cismáticamente con Roma por el solo hecho de que ya no le permitían celebrar la Misa en la cual había sido ordenado. El Autor del artículo reproduce exactamente la misma fijación psicológica: a partir de ella ha construido toda su ideología pasadista, anti-Romano Pontífice, anti-Concilio Vaticano II y anti-Novus Ordo Missae.
De este modo, queda claro que el discurso del publicista al que me estoy refiriendo no es sólo una crítica al subjetivismo moderno, sino que es él mismo un subjetivismo dogmatizado con sello lefebvriano, que reduce la vida de la Iglesia a una estética litúrgica fijada en el pasado y la convierte en bandera ideológica contra el Magisterio, lo cual es un buen ejemplo de lo denunciado por el Papa Francisco en su Carta a los Obispos, que daba las razones de su motu proprio Traditionis custodes, de 2021.
Una preliminar conclusión a la que llego con certeza tras reflexionar sobre este artículo, puedo expresarla aquí con claridad: el artículo bajo examen tiene un núcleo verdadero al afirmar que la liturgia no depende de la emoción subjetiva. Sin embargo, su formulación es parcial y polémica, con un sesgo filolefebvriano que lo lleva a descalificar en bloque la reforma litúrgica, sin matices ni fidelidad plena al Magisterio.
Si quisiéramos visualizar de modo resumido y esquemático lo que se ha dicho, podríamos hacerlo al modo de Santo Tomás de Aquino, del modo siguiente:

Articulus unicus
Utrum instauratio liturgica Concilii Vaticani II
nitatur in moderni temporis subiectivismo

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod instauratio liturgica Concilii Vaticani II nitatur in moderni temporis subiectivismo.
1. Dicunt enim quidam quod hodie fideles credere coeperunt missam, in fundo, non multum valere; sed id quod valet est quomodo populus illam missam recipiat. Ergo instauratio liturgica Concilii Vaticani II inniteretur subiectivismo fidelium, non cultui divino.
2. Dicunt etiam quidam quod talis modus cogitandi est purum et rigidum cartesianismus; hoc est, modernitas cum omnibus suis realibus in medio Ecclesiae collocata. Ergo instauratio liturgica esset fructus cogitationis modernae, circa subiectum versantis.
3. Praeterea, quidam asserunt quod hodie missae aptantur ad celebrandos quintos decimos annos puellae, vel ad anniversarium mortis alicuius. Sic liturgia reduceretur ad celebrationes arbitrarias secundum sensus communitatis.

Sed contra est quod dicit Concilium Vaticanum II in Sacrosanctum Concilium 14: “Mater Ecclesia ardenter cupit ut omnes fideles ad illam plenam, consciam atque actuosam participationem celebrationibus liturgicis ducantur.” Et in eodem documento, n. 23: “Innovationes ne fiant nisi vera et certa Ecclesiae utilitas id exigat.” Ergo instauratio liturgica nititur principiis dogmaticis et pastoralibus, non subiectivismo.

Respondeo dicendum quod instauratio liturgica Concilii Vaticani II non nititur subiectivismo moderno neque cartesianismo, sed traditioni vivae Ecclesiae et principiis dogmaticis legitimis. Liturgia enim est ante omnia cultus divinus, praesentia Christi in Ecclesia (SC 7), nec pendet ab affectu fidelium.
Verum est quod in praxi emerserunt abusus et deformationes, quibus missa reducta est ad spectaculum vel ad instrumentum paedagogicum. Sed tales abusus non oriuntur ex Constitutione conciliaris, sed ex interpretationibus arbitrariis posterioribus. Confundere abusum cum usu legitimo est error gravis scholasticus.
Praeterea genealogia cartesianismi quam quidam proponunt est partialis: constat quidem quod conversio anthropocentrica moderna in Descartes initium habet, sed Ecclesia, Spiritu Sancto adiuta, scivit discernere quod in modernitate est validum —ut dignitas personae et libertas religiosa— sine lapsu in subiectivismum. Ideo, contra visiones apocalypticas, Ecclesia virtutem spei proclamat et in plena applicatione Concilii Vaticani II remedium praebet erroribus ac venenis mundi moderni.
Denique tales positiones incidunt in hyperliturgismum, quia totam vitam Ecclesiae ad liturgiam reducunt, obscurantes missionem, doctrinam et caritatem. Liturgia quidem est culmen et fons vitae christianae (SC 10), sed non potest separari a totali missione Ecclesiae.

Ad primum dicendum quod sententia relata exprimit abusum concretum, non intentionem Concilii Vaticani II. Missa valet ut sacrificium et cultus divinus, independenter a modo quo populus illam recipiat.
Ad secundum dicendum quod verum est Descartes initium anthropocentrismi moderni signare, sed Ecclesia scivit discernere et assumere quod in modernitate est validum, sine lapsu in subiectivismum et relativismum.
Ad tertium dicendum quod exempla missarum arbitrario modo adaptatarum ostendunt abusum, non normas neque spiritum legis Novus Ordo Missae. Norma conciliaris requirit fidelitatem traditioni et veram utilitatem Ecclesiae (SC 23).
   
Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 3 de febrero de 2026

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