Las campanillas, el incienso y los gestos ceremoniales que acompañan la celebración de la Santa Misa no son simples adornos ni rutinas heredadas: son signos que, en distintos momentos de la historia, han buscado ayudar a la comunidad a entrar en el misterio. Pero ¿qué sucede cuando acumulamos prácticas de siglos sin discernimiento? ¿Qué sentido tiene hoy tocar una campanilla en la consagración, o incensar las especies en la elevación, si la liturgia ya nos invita a participar plenamente en toda la plegaria eucarística? Sugiero hoy detenernos en este tema para pensar el valor de los signos, la necesidad de discernir su uso y el verdadero centro de la celebración: la comunión.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 27 de enero de 2026
¿Campanilla? ¿Incienso? Necesidad de discernimiento
“Este sacramento es memoria de la Pasión pasada,
anuncio de la gloria futura
y participación de la gracia presente”
Santo Tomás de Aquino
Summa Theologiae, III, q.73, a.4
Los signos litúrgicos
La liturgia cristiana, desde sus orígenes, ha sido comprendida por la Iglesia como un entramado de signos que median entre lo visible y lo invisible. No es un mero conjunto de palabras, gestos y movimientos; tampoco es un simple rito exterior, sino que es un lenguaje simbólico en el que cada palabra, cada gesto, cada movimiento, cada sonido y cada silencio participan de la revelación del misterio. La teología del signo nos recuerda que el ser humano, en cuanto criatura corpórea y espiritual, necesita expresarse y recibir la gracia a través de mediaciones sensibles. Por eso la liturgia cristiana está hecha de ceremonias: porque el misterio de Cristo no se comunica en abstracto, sino en formas concretas que involucran los sentidos y la corporeidad de la comunidad que da culto a Dios.
Por lo tanto, las ceremonias litúrgicas o prácticas cultuales o ritos a cumplir, aún cuando no constituyan la esencia inmutable del nuevo culto instituido por nuestro Señor Jesucristo, vale decir, aún en su carácter de accidentes y no substancia del culto, sin embargo no son meros accesorios ni adornos, sino parte constitutiva (no esencial) de la acción ritual. La procesión de entrada, por ejemplo, no es un simple desplazamiento funcional de ministros hacia el altar, sino un signo de la Iglesia que camina hacia el encuentro con su Señor. La incensación del Evangeliario no es un gesto estético, sino una proclamación visible de la veneración que se debe a la Palabra de Dios. La inclinación del cuerpo, la genuflexión, el beso al altar, son gestos de adoración que expresan con el lenguaje del cuerpo lo que la fe confiesa con la palabra. Cada ceremonia, por pequeña que parezca, tiene un sentido que se integra en el conjunto y que ayuda a la asamblea a entrar en el misterio.
Ahora bien, no debemos olvidar lo que la historia nos muestra: muchos de estos signos nacen en contextos concretos y responden a necesidades específicas. La procesión con cirios y cruz, por ejemplo, surgió en la antigüedad como modo de solemnizar la entrada del clero y de marcar la diferencia entre lo sagrado y lo profano. La incensación, heredada de prácticas orientales y judías, se convirtió en signo de purificación y de veneración, y con el tiempo se aplicó no solo al altar y a las ofrendas, sino también al Evangeliario y a la asamblea, como reconocimiento de la presencia de Cristo en cada uno de esos ámbitos. El gesto de la elevación de las especies, que hoy parece tan natural, fue introducido en la Edad Media para subrayar la fe en la presencia real y para ofrecer a los fieles un momento de adoración visible. Cada signo tiene una historia, y esa historia explica tanto su sentido como sus transformaciones, su evolución, sus idas y venidas en el curso de la historia de la liturgia.
Comparar estas prácticas (humanas y no divinas, contingentes y no permanentes, mutables y no inmutables) del culto eclesial en el Rito Romano con otras tradiciones litúrgicas puede ayudarnos a comprender mejor su valor. Así por ejemplo, en la liturgia bizantina, la procesión con el Evangeliario y la procesión con los dones tienen un carácter altamente simbólico: no son simples traslados de objetos, sino epifanías de Cristo que entra en medio de su pueblo y que se ofrece en sacrificio. El uso del incienso es mucho más abundante que en la tradición latina, y se aplica en múltiples momentos de la celebración, como signo de la oración que sube al cielo y de la santificación del espacio. En las liturgias orientales, además, los gestos corporales de la asamblea —las inclinaciones, las postraciones, las aclamaciones— tienen un peso mayor, y muestran cómo la corporeidad participa activamente en la celebración. Todo esto nos recuerda que los signos no son universales ni inmutables, sino que cada tradición los ha configurado según su sensibilidad teológica y cultural.
La teología del signo, por tanto, nos invita a mirar las ceremonias del culto cristiano no como piezas aisladas, sino como elementos de un lenguaje ritual que debe ser coherente y transparente al misterio. Un signo puede nacer como recurso práctico y convertirse en símbolo sacralizador; puede ser venerable por su antigüedad y, sin embargo, perder su pertinencia en un nuevo contexto. Lo decisivo es discernir si ayuda a la comunidad a participar en el misterio pascual de Cristo, que es el centro de toda liturgia. Sin esa mirada, los gestos corren el riesgo de convertirse en restos arqueológicos o en inventario de museo o en acumulaciones sin sentido, que distraen más que iluminan. La tradición viva no consiste en conservar todo lo que se ha hecho, sino en elegir con sabiduría lo que hoy conduce a la participación plena y consciente.
La campanilla y el incienso
Si pasamos ahora del horizonte general de los signos litúrgicos al caso concreto de la campanilla y del incienso ¹, encontramos un ejemplo paradigmático de cómo las ceremonias nacen en un determinado contexto de espacio-tiempo, se cargan de un también determinado sentido simbólico y, con el tiempo, pueden perder su pertinencia o transformarse en algo distinto. Este tema parece a primera vista constituir algo menor, alejado de todo peso teológico, pero tenga paciencia el lector, quedará clara su importancia.
El uso de campanillas en la Misa es anterior al Misal de 1570. Especialmente desde el siglo XIII, se documenta la práctica de tocar una campanilla en el momento de la elevación de las especies, precisamente porque la elevación misma fue introducida en ese período como gesto visible de adoración. En el medioevo el toque servía para avisar a los fieles que quizá no podían ver bien el altar o estaban rezando otras devociones paralelas. Es decir, el gesto nació en la práctica pastoral medieval y luego fue normativizado en el Misal de San Pío V, que lo fijó con precisión: tres toques o repique continuo en cada elevación. Por lo tanto tenía una función precisa: acompañar la elevación de las especies consagradas en un momento en que el Canon se recitaba en voz baja. El sonido rompía el silencio y avisaba a los fieles que quizá estaban distraídos o rezando otras oraciones que poco y nada tenían que ver con la Misa. Era, en su origen, un recurso práctico. Sin embargo, pronto adquirió un valor sacralizador: el repique se convirtió en un signo audible de adoración, un eco sonoro de la presencia real de Cristo. Así, lo que comenzó como aviso se transformó en símbolo, y durante siglos se consolidó en el imaginario devocional de los católicos. ²
La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II cambió radicalmente este paradigma. La plegaria eucarística pasó a proclamarse en voz alta, audible para toda la asamblea. La consagración dejó de ser un momento aislado y se integró en una acción comunitaria que culmina en la comunión. En este nuevo marco, la campanilla perdió su necesidad objetiva. Las normas posteriores lo redujeron a un gesto opcional, subordinado al discernimiento pastoral: se puede usar “si es oportuno”, pero ya no es obligatorio. El Misal de 2002 añadió además la posibilidad de incensar las especies en la elevación, también como gesto opcional, no prescrito de manera universal. Se abría así un nuevo horizonte, en el que los signos no se imponían por inercia, sino que se evaluaban en función de su capacidad de favorecer la participación consciente y plena de la asamblea.
Conviene recordar que históricamente la campanilla pertenecía a la que se llamaba misa “rezada”, mientras que el incienso era propio de la misa “solemne”, también llamada “misa cantada”. La campanilla subrayaba la elevación con tres toques o un repique continuo; el incienso acompañaba la solemnidad con tres incensaciones, signo de veneración ³. En la praxis actual, sin embargo, ambos gestos tienden a acumularse, generando redundancia y confusión. En algunos templos se toca la campanilla como aviso, como signo de sacralidad, se incensan las especies, se hacen sonar las campanas externas, incluso se introduce un gong. El resultado es una liturgia saturada de signos que pierden su fuerza porque no se integran en un sentido unitario. En lugar de una experiencia viva, se corre el riesgo de construir un monumento vacío, un museo de gestos acumulados sin criterio.
Este fenómeno de acumulación no es exclusivo de la campanilla y del incienso. La historia litúrgica está llena de ejemplos en los que signos de distintas épocas se suelen sumar sin discernimiento. Pensemos en la elevación de las especies, introducida en el medioevo para subrayar la fe en la presencia real, y que luego se convirtió en el momento de máxima devoción, casi eclipsando la comunión. Pensemos en la multiplicación de genuflexiones y de inclinaciones, que en algunos contextos se volvieron excesivas y oscurecieron la simplicidad del rito. Pensemos en el uso del incienso, que en la tradición oriental se aplica abundantemente y con gran coherencia simbólica, pero que en la tradición latina a veces se reduce a un gesto aislado, sin conexión con el conjunto. En todos estos casos, el problema no es el signo en sí, sino la falta de discernimiento que lo convierte en un gesto redundante o descontextualizado.
La campanilla y el incienso, en este sentido, son dos registros distintos que se han acumulado en la praxis contemporánea. La campanilla nació como aviso en la misa rezada; el incienso como signo de solemnidad en la misa cantada. Hoy se usan juntos, como si fueran complementarios, cuando en realidad pertenecen a lógicas diferentes. El resultado es una confusión simbólica: se subraya la consagración con múltiples signos, como si fuera el culmen de la celebración, y se oscurece la dinámica que conduce a la comunión. La reforma conciliar quiso superar precisamente esa visión fragmentada, integrando la consagración en la plegaria eucarística y la plegaria en el rito de comunión ⁴. Volver a multiplicar los signos en torno a la elevación es retroceder a una mentalidad preconciliar, aunque se haga con buena intención.
El discernimiento pastoral litúrgico
La cuestión de la campanilla y del incienso —aún siendo una cuestión menor de disciplina litúrgica— nos conduce, en última instancia, al tema decisivo del discernimiento pastoral en el ámbito de la liturgia. No se trata de conservar o suprimir gestos por una supuesta fidelidad a la tradición o por afán de innovación, sino de preguntarse qué signos ayudan hoy a la comunidad a celebrar con verdad el misterio pascual. La liturgia no puede convertirse en un museo de gestos acumulados, donde se suman prácticas de distintas épocas sin criterio, ni tampoco en un laboratorio de novedades arbitrarias. La clave está en la inteligencia ritual: en saber leer el sentido de cada signo, en integrarlo en la dinámica de la celebración, en evitar redundancias y en favorecer la participación consciente y plena de los fieles.
El riesgo de la acumulación acrítica es aquí cosa evidente, porque cuando en el culto cristiano se multiplican los signos en torno a la consagración —campanilla, incensación, campanas externas, gong— siempre se corre el peligro de oscurecer la lógica interna de la plegaria eucarística, que no se detiene en la elevación, sino que conduce a la comunión. La reforma conciliar quiso superar precisamente la fragmentación que aislaba la consagración del resto de la plegaria y de la comunión. Volver a subrayar ese momento con múltiples signos es retroceder a una mentalidad preconciliar, aunque se haga con buena intención. El resultado puede ser una liturgia saturada de gestos que distraen más que iluminan, y que convierten la celebración en un monumento vacío en lugar de una experiencia viva.
El verdadero vértice o culmen de la Santa Misa no es el rito aislado de la elevación, sino el rito de comunión de los fieles. Allí la asamblea se constituye como Cuerpo de Cristo, allí se realiza la participación plena en el sacramento, allí se expresa la adoración más alta. El gesto más significativo no es el repique de la campanilla ni la nube de incienso, sino el acto de recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor y de reconocerse miembros de un mismo cuerpo. La liturgia no busca espectadores que contemplen un momento sacro, sino una comunidad que celebra y se alimenta del mismo Misterio. Por eso, los signos deben ser transparentes al misterio, no opacos; deben conducir a la comunión, no eclipsarla.
Espero que el lector comprenda que el discernimiento pastoral, en este sentido, es más importante que nunca. No basta con repetir lo que se ha hecho durante siglos, ni con acumular gestos de distintas épocas. Es necesario preguntarse: ¿qué ayuda hoy a los fieles a participar? ¿qué signos favorecen la comprensión del misterio? ¿qué gestos iluminan la dinámica de la celebración y cuáles la oscurecen? La tradición nos ofrece un repertorio rico; la reforma nos recuerda que no todo debe conservarse; el discernimiento nos invita a elegir con sabiduría. La campanilla puede conservarse allí donde aún ayuda a la participación, pero no debe convertirse en un fetiche. El incienso puede subrayar la solemnidad, pero integrado en la lógica de la celebración, no como un añadido aislado. Lo esencial es que los signos conduzcan a la comunión y no distraigan hacia un momento parcial.
En definitiva, esta mi modesta reflexión sobre la campanilla y el incienso pretende tan sólo hacer al lector una invitación a mirar la liturgia con ojos nuevos. No se trata de discutir detalles marginales, sino de comprender cómo los signos expresan la fe de la Iglesia y cómo deben ser discernidos en cada época. La liturgia es un organismo vivo, no un museo de símbolos. El verdadero “aviso” no lo da una campanilla ni un gong, sino la voz de la Iglesia reunida que proclama y celebra el Misterio de Cristo. Solo así la celebración será realmente una experiencia viva de fe, y no un monumento vacío de gestos acumulados.
Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 27 de enero de 2026
Notas:
¹ Véase: Andrea Grillo, Nuove meditazioni di teologia eucaristica (/5). Campanello, incenso o rito di comunione? Risposta ad una lettera sul suono del gong, en Munera, blog Come se non, 25 de enero de 2026.
² Con referencia a la historia del uso de las campanillas en la Misa, puede consultarse por ejemplo a: José A. Jungmann, El sacrificio de la Misa. Tratado histórico litúrgico, Ediciones de la B.A.C., Madrid 1951, pp. 783, 884, 886, 889 y 957.
³ El Misal de 1570, posterior al Concilio de Trento, introdujo una serie de indicaciones al inicio del texto, que recibieron el título de Ritus servandus. Entre ellas se lee esta norma: “Así, mientras el celebrante eleva la Hostia, el ministro con la mano izquierda levanta la parte posterior de la casulla (para que no impida al Celebrante la elevación de los brazos), lo mismo hace también en la elevación del Cáliz; y con la mano derecha toca la campanilla tres veces en cada elevación o de manera continua hasta que el Sacerdote haya depositado la Hostia sobre el Corporal, y hace lo mismo después, en la elevación del Cáliz” (Ritus Servandus, VIII, 6). Esta normativa fue retomada íntegramente por la última versión del Misal Tridentino, aprobada en forma provisoria por San Juan XXIII en 1962, que ejerció su autoridad hasta el nuevo Misal Romano publicado en 1969.
⁴ El nuevo Misal, posterior al Concilio Vaticano II, propone una relectura de la celebración eucarística en la que emergen tres datos nuevos: 1. Toda la acción se concibe como “celebración de Cristo y de la Iglesia”, no como un acto del único celebrante. 2. Todo el Canon se pronuncia en voz alta y las palabras de la institución se conciben con una transformación de la “fórmula”, que comprende en sí el acto de “tomar” y de “comer/beber”. 3. La secuencia de la oración se conecta directamente con el rito de comunión, superando la separación anterior y la teoría que distinguía el sacramento de su uso. Por ello, de 1969 a 2002 las normas que acompañan la celebración cambian. Se supera el ritus servandus y se establece una Institutio Generalis Missalis Romani (IGMR), que guía la celebración de modo global, como acto de toda la asamblea y no del solo celebrante. En esta IGMR desaparece, obviamente, toda referencia normal a “campanillas que tocar”, al quedar superada la posición aislada y autosuficiente de la Consagración. No tiene sentido tocar la campanilla en una secuencia ritual que ofrece a la asamblea una participación activa en toda la secuencia, y no solo en un punto. No obstante, el Misal de 1973, que permanecerá en vigor hasta 2002, insertará en la IGMR una norma distinta, que dice así: “Poco antes de la consagración, el ministro avisa, si es el caso, a los fieles con un signo de campanilla. Así también toca la campanilla en la presentación al pueblo de la hostia consagrada y del cáliz según las costumbres locales.” (IGMR 109, cf. A.Grillo, artículo citado).
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.