domingo, 12 de julio de 2026

Luigino luchando con el Dios de Job

Este artículo, publicado por el padre Giovanni Cavalcoli en 2021 durante la pandemia, analiza críticamente la interpretación de Luigino Bruni sobre el Dios de Job, mostrando cómo su lectura termina por deformar el sentido bíblico y teológico del relato. ¿Puede Dios ser reducido a una figura impotente y frustrada, necesitada de corrección por parte del hombre? ¿No es más bien Job quien, al reconocer sus límites y confiar en la sabiduría divina, nos enseña el camino de la humildad y la fe? ¿Qué significa que Bruni presente a Job como juez de Dios, cuando la Escritura lo muestra como siervo que se somete y recibe recompensa? ¿No es peligrosa la idea de un Dios que aprueba todo y no castiga a nadie, convirtiéndose en un mero espectador de nuestras acciones? Este texto del docto teólogo dominico nos invita a redescubrir el verdadero Dios bíblico, justo y misericordioso, que premia a los buenos y corrige a los malos, y a comprender en Cristo el sentido último del sufrimiento inocente. [En la imagen: fragmento de "Job restaurado a la prosperidad", óleo sobre lienzo, 1648, obra de Laurent de La Hyre, conservado en el Museo Chrysler, Norfolk, Virginia, USA].

Luigino luchando con el Dios de Job

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog, el 8 de junio de 2021. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/luigino-alle-prese-col-dio-di-giobbe.html)

En Avvenire del 29 de mayo pasado ha aparecido un artículo de Luigino Bruni titulado Il Dio di Giobbe. Ferita e benedizione (El Dios de Job. Herida y bendición), que, en el torpe intento de volver aceptable, confiable y amable a Dios en algunos de sus extraños comportamientos, en realidad termina por hacerle tomar una pésima figura, y volverlo odioso o cuanto menos difícilmente soportable, por lo cual al final uno se pregunta por qué motivo seguir dándole confianza.
Lo único por lo cual vale la pena soportar a un Dios de este tipo, sigue diciendo Luigino, es que nos deje hacer lo que queramos, sin fastidiarnos ni atormentarnos con amenazas de castigos, porque ha prometido en Cristo salvarnos a todos.
Por el contrario, para Luigino, Job emerge como un personaje gigantesco, un razonador impecable que expresa argumentos decisivos e irrefutables, que ponen a Dios en aprietos sin que Él sepa qué responder. A la inversa, Dios, después de toda la requisitoria de Job y de su dura protesta, pillado con las manos en la masa, aparece al final muy irritado por esta impertinencia de Job.
Por tanto, en ese momento, Dios reacciona con indignación reprochando y acusando a Job de ser un gran presuntuoso, como si quisiera demandar a Dios en juicio, o con la pretensión de erigirse en juez de las obras divinas.
Ante esta divina reacción, Job se impresiona y se asusta, se da cuenta de haber traspasado los límites, humildemente pide perdón y cierra la boca aceptando las palabras de Dios, sin embargo sin entenderlas. De hecho, Dios no le da explicaciones, sino que simplemente le ordena que confíe en lo que ha hecho en nombre de su divina sabiduría y poder. Job, por su parte, con un súbito movimiento de arrepentimiento, confía, porque en todo caso comprende y se da cuenta de que Dios sabe lo que hace y que es justo y bueno aunque no lo parezca.
¿Si no, qué Dios sería? No es que Dios juzgue injustamente como si fuera un prepotente, sino simplemente que nosotros, con nuestra limitada razón, no podemos sondear las razones profundas y últimas de sus decisiones, que en cualquier caso, al menos al final, aparecen siempre beneficiosas y aún más beneficiosas de cuanto nos habríamos esperado al principio.
Ante la sumisión de Job, Dios queda satisfecho y más que satisfecho con este acto de humildad confiada y sincera de Job y lo premia poniéndolo en un extraordinario nivel de bienestar muy superior al ya tan alto que Job tenía precedentemente. Pero Luigino en este punto, con un enorme tropezón y caída, demuestra haber entendido muy poco el desenlace final del enfrentamiento de Job con Dios, quien en cambio da la clave para comprender todo el sentido teológico, parenético y educativo de la historia de Job con Dios.
Según Luigino, en efecto, al final Job, consciente de haber vencido contra Dios, tiene piedad de un Dios tan inexperto e impreparado, dictador mezquino e hipócrita, pero lo mantiene lo mismo, es más, lo bendice porque, al fin de cuentas le conviene, porque no es un Dios como los demás, que exigen cuenta de la observancia o no observancia de las leyes por ellos impuestas.
Es asombrosa la desenvoltura y facilidad de Luigino para inventar su Dios frustrado y blandengue, en total contraste con el Dios bíblico y propio de todas las religiones, que inspira respeto, confianza y temor, premiando a los buenos y castigando a los malos.
Y todavía más asombrosa es la motivación que Luigino intenta aportar para dar una apariencia de legitimidad a su incomprensión de la Palabra de Dios: el Dios remunerador estaría en la base nada menos que del moderno principio de la meritocracia, por lo cual en las sociedades capitalistas-liberales avanzan los más ricos, poderosos, afortunados y cultos, desafiando el principio de la igualdad, que debe asegurar a todos los ciudadanos parejas oportunidades para ascender a los niveles más altos de la escala social, independientemente de su nacimiento, de sus dotes personales, de la cultura, de la riqueza, de los respaldos políticos, de la suerte y cosas similares.
Lo cual, sin embargo, naturalmente no debe querer decir -objetamos a Luigino, que parece olvidarlo-, ignorar el valor del real mérito moral y civil de cada uno, cuando ese mérito está fundado y motivado, como factor y efecto indispensable de justicia social y progreso humano, moral y civil de la sociedad democrática.
Job, en la visión de Luigino, hace la figura del hombre superior y magnánimo, dispuesto a perdonar a Dios, hace la figura del hombre justo que, exigiendo un Dios compasivo al que sufre, se encuentra en cambio ante un Dios celoso de su poder, prepotente y despiadado, que lo hace sufrir siendo inocente sin responder a sus preguntas y a sus protestas.
La conclusión a la cual llega Luigino es que Dios, sea como sea, es misericordioso. ¿Pero en qué sentido? No en el sentido de que, en su omnipotencia, nos alivie de nuestro sufrimiento, porque es evidente que esto no lo hace, sino en el sentido de que sufre con nosotros sin saber por qué existe el sufrimiento y sin saber cómo remediarlo y, por tanto, sin ser capaz quitarlo. Nosotros debemos estar satisfechos con tal Dios, porque Dios no puede hacer más que eso.
Además, la misericordia divina en Luigino supone no un Dios que establece para nosotros la ley del bien y del mal, por lo cual nosotros, en base a esta ley, debamos rendir cuenta a Él de nuestras obras, para recibir el premio por las buenas y el castigo por las malas.
Nosotros no tenemos ningún mérito en nuestro obrar. Creerlo así favorecería la meritocracia. Debemos trabajar y basta. No es justo ni correcto que quien más trabaja y rinde más sea considerado más merecedor. No. Merece como los otros, de lo contrario no habría igualdad.
Por otra parte, según Luigino, somos nosotros los que decidimos libremente lo que está bien y lo que está mal y nos comportamos en consecuencia. Dios simplemente toma nota de lo que hacemos y aprueba todo, porque el presupuesto es que en el fondo todos, incluso los malvados, están en buena fe y, por lo tanto, todos en el fondo son buenos y se salvan.
Incluso aquellos que maltratan u oprimen al prójimo pueden, a lo sumo, estar sujetos a la justicia humana, pero Dios también tiene misericordia de ellos y no castiga a nadie, porque no es un Dios remunerador o, como dice Luigino, un comerciante. No hay ningún precio a pagar para salvarnos. La salvación es gratis. Se viaja de garrón.
Más bien y en todo caso, según Luigino, debemos ser nosotros los hombres quienes trabajemos para remediar los defectos de Dios, para suplir su debilidad e impotencia, para llenar sus insuficiencias, para practicar la justicia donde Él deja impunes a los malvados y deja sufrir a los inocentes.
Nos corresponde a nosotros socorrer a los pobres, consolar a los afligidos, liberar a los oprimidos. Pero también podríamos preguntarnos: ¿qué hacemos con un Dios así? ¿Es verdaderamente Dios? ¿O tal vez Dios seamos nosotros? ¿Qué se puede obtener de un Dios así? Si Dios no nos puede ayudar, si es un Dios que no hace su trabajo, da lo mismo que nos las arreglemos solos, como sea.
¿Un Dios cuya obra debe ser corregida por nosotros? ¿Cómo hace un Dios así para seguir siendo Dios? Evidentemente Luigino no tiene el concepto correcto de Dios. Lo concibe en modo mágico o pagano, similar a Pachamama, Juno, Ceres o Baco, como si fuera un dios que no obra sobre nosotros, sino sobre el cual, a la inversa, somos nosotros los que obramos para modificarlo o mejorar su comportamiento y corregirlo de sus defectos, a fin de que se ajuste a nuestras exigencias lo más que sea posible.
La confianza que podemos depositar en este Dios es similar a la que un tendero puede depositar en su chico de los mandados, en su che-pibe, que cada tanto le causa alguna molestia o hecha a perder alguna mercadería; lo hace rabiar, pero, en definitiva, le es de utilidad. Por supuesto, no es del todo satisfactorio para él. Lo tiene que soportar tal como es. Sin embargo, si lo regaña llamándolo a cumplir con su deber, al final le obedece.
Dos cosas sorprenden en la historia de Job. La primera. Sorprende su insistencia en el proclamar su inocencia. No parece considerarse para nada un pecador como todos los hijos de Adán. Sus amigos no se equivocan del todo al recordarle que es un pecador. Pero Job no quiere escuchar razones. Sólo Cristo será el perfecto inocente. ¿Pero, quién hubiera podido pensar en un hombre así entonces?
Job parece ignorar por completo las consecuencias del pecado original. ¿Ello no sabe un poco a fariseísmo? La segunda: ¿no había leído nunca el capítulo 53 de Isaías, la profecía del Siervo de Dios, que ofrece la propia vida en rescate por los pecadores? Job no menciona en absoluto la eventualidad del sacrificio de un inocente para obtener el perdón divino. Sin embargo, existía el principio de que la víctima debe ser pura.
Y por otra parte, maravilla que incluso Dios, al responderle, no le recuerde estas dos cosas, aunque le reproche por su presunción. Es evidente que aún no había claridad de ideas sobre estas cosas. La idea del Mesías sufriente aún no había sido aclarada. Sin embargo, Job, al remitirse con confianza al juicio divino, da espacio a estas aclaraciones que serán reveladas con la venida de Cristo.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 30 de mayo de 2021

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Deus libri Iob sit intelligendus ut debilis et impotens, indiget correctione ab homine,
vel ut Deus iustus et sapiens qui praemiat humilitatem et fiduciam

Ad hoc sic procediturVidetur quod Deus libri Iob sit intelligendus ut debilis et impotens.
1. Quia Iob, rationibus suis, Deum in angustiis ponit nec ille scit quid respondeat, et tandem videtur quod Iob vincat et Deum ignoscat. Hoc ostenderet hominem posse esse iudicem Dei.
2. Praeterea, quia Deus Iob non reddit explicationes, sed simpliciter iubet confidere, quod videtur proprium tyranni vilis qui nescit actus suos iustificare et qui indignatur contra protestationem innocentis.
3. Item, quia si Deus permittit innocentem pati sine rationibus reddendis, videtur iniustus et immitis, nec potest reputari remunerator nec verus iudex. Misericordia, in hoc casu, esset impotentia.
4. Denique, quia misericordia divina reduceretur ad hoc quod nobiscum patitur sine remedio mali, quod ostendit Deum infirmum qui indiget correctione ab hominibus, qui debent supplere eius defectus et exercere iustitiam ubi ille deficit.

Sed contra est quod Scriptura dicit: Dominus dedit, Dominus abstulit, sit nomen Domini benedictum (Iob 1,21). Apostolus Paulus docet quod Deus reddet unicuique secundum opera sua (Rom 2,6). Thomas Aquinas affirmat sapientiam divinam excedere rationem humanam et providentiam omnia ordinare ad bonum. Magisterium commemorat Deum esse remuneratorem, praemiando bonos et puniendo malos.

Respondeo dicendum quod Deus libri Iob non est impotens nec ab homine corrigendus, sed est Deus iustus et sapiens qui, etsi non dat explicationes immediatas, omnia ad bonum dirigit et praemiat humilem fiduciam. Iob, insistentia sua in innocentia, nondum cognoscit mysterium peccati originalis et sacrificii innocentis, sed tandem se submittit cum fiducia iudicio divino, praenuntians plenam revelationem in Christo.
Error est concipere Deum ut tyrannum vilem aut ut frustratum qui indiget remissione ab homine. Vera doctrina est quod ratio humana non potest penetrare rationes ultimas decisionum divinarum, sed quod illae tandem semper apparent beneficae et etiam meliores quam initio sperabatur. Deus non est spectator passivus nec mercator qui merita computat, sed Dominus qui praemiat bonos et corrigit malos, et cuius misericordia manifestatur in iustitia et in salute.
Narratio ostendit quod Iob, fiducialiter se submittendo iudicio divino, aperit spatium ad elucidationes quae revelabuntur in adventu Christi, praesertim mysterium Servi patientis praenuntiati ab Isaia. Conclusio est quod misericordia divina non est impotentia, sed virtus quae comitatur et salvat, nec indiget correctione ab hominibus, sed recipienda est cum fide et obedientia.

Ad primum dicendum quod Iob non vincit Deum, sed agnoscit limites suos et se submittit, recipiens praemium pro humilitate sua.
Ad secundum dicendum quod Deus non est tyrannus, sed sapiens, et silentium eius est paedagogia quae invitat ad fiduciam ultra rationem limitatam.
Ad tertium dicendum quod passio innocentis praenuntiat mysterium Servi Dei et Christi, nec implicat iniustitiam divinam, sed redemptionem.
Ad quartum dicendum quod misericordia divina non est impotentia, sed virtus quae comitatur et salvat, nec indiget correctione ab hominibus, sed recipienda est cum fide et obedientia.
   
JG

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