domingo, 22 de marzo de 2026

La unidad litúrgica como expresión de comunión eclesial

En ámbito de liturgia existen preguntas que no pueden ser eludidas. ¿Puede la Iglesia vivir de formas rituales paralelas sin que su comunión se resienta? ¿Es posible recomponer la unidad litúrgica sin caer en artificios editoriales o negociaciones subjetivas? ¿Qué significa realmente que la liturgia sea acción de Cristo y no producto humano? ¿Son las síntesis híbridas un camino pastoral o una ilusión peligrosa? ¿Dónde se juega hoy la fidelidad a la lex orandi como expresión de la lex credendi? Intentemos una reflexión serena y firme sobre la naturaleza de la liturgia, la fractura que atraviesa a la Iglesia latina, y el camino auténtico hacia la unidad. [En la imagen: Abadía de Saint Pierre de Solesmes].

"En el acto del libre albedrío puede haber pecado de dos maneras.
Una, porque elija lo malo [...] Otra, consiste en hacer algo
que en sí mismo es bueno, pero no con arreglo a la debida medida,
de suerte que el defecto causante del pecado no viene por parte de lo elegido,
sino de la elección, que no guarda el orden debido. Ejemplo:
Quien determina orar desentendiéndose de lo prescrito por la Iglesia..."
(Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q.63, a.1, ad 4m).

Ha podido conocerse recién en estos últimos días que en noviembre de 2025, el Abad de Solesmes, Dom Geoffroy Kemlin, dirigió al papa León XIV una carta en la que proponía una solución singular -si queremos decir lo menos- para superar la fractura litúrgica: insertar en el Missale Romanum el antiguo Ordo Missae, junto al reformado por san Pablo VI, de modo que ambos convivieran en un único libro. La carta buscaba ofrecer un camino de unidad que acogiera a los fieles vinculados al Vetus Ordo.
Pocos meses después, el mismo Abad expuso públicamente sus ideas en una entrevista concedida al sitio Silere non possum, conocido por su tono polémico y su cercanía a ambientes filolefebvrianos. Allí reiteró la propuesta de una “síntesis litúrgica” y la ilustró con ejemplos concretos, como la posibilidad de integrar elementos del antiguo misal en la celebración actual.
Estas dos intervenciones suscitaron reacciones inmediatas. Al menos dos de ellas son de mi conocimiento. El teólogo Andrea Grillo respondió directamente a la carta del Abad, subrayando que la unidad litúrgica no puede lograrse por vía tipográfica, sino teológica. Por su parte, el padre Ariel S. Levi di Gualdo reaccionó a la entrevista, denunciando el riesgo de subjetivismo y confusión doctrinal en la idea de una liturgia “componible”.
Ciertamente no es mi propósito entrar en polémica con unos u otros. De hecho, más bien estoy muy cercano tanto con las expresiones de Grillo y de Levi di Gualdo, las cuales, con matices y acentos diferentes, son perfectamente compartibles. Mi intención es simplemente señalar, como contexto inicial de un debate que podríamos prolongar en otros artículos en este blog, que la propuesta del Abad Kemlin ha reabierto un debate que toca el corazón mismo de la vida de la Iglesia. A partir de aquí, lo que sigue debe ser tomado sencillamente como una reflexión personal, pero elaborada en fidelidad al Magisterio, sobre la verdadera naturaleza de la unidad litúrgica.
Ahora bien, individuemos ante todo la cuestión de fondo. Y para ello reconozcamos que la Iglesia latina vive desde hace décadas una fractura litúrgica que no puede ser ignorada. La coexistencia (hoy no legítima, sino existente sólo a modo de indulto o permiso especial) de dos ordines —el reformado tras el Concilio Vaticano II y el anterior, vinculado al misal tridentino— ha generado tensiones, divisiones y, en no pocos casos, verdaderas oposiciones doctrinales e ideológicas. Lo que en principio se presentó como una posibilidad de coexistencia pastoral en 2007, en la práctica se ha convertido en un factor de desunión. Esta situación evidente fue claramente explicitada y denunciada por el papa Francisco en 2021, indicando a la vez los principios no negociables que aseguraran la unidad de culto en la Iglesia latina: la vigencia de una única lex orandi.
El deseo de unidad es legítimo y necesario. La liturgia no es un accesorio ni un ámbito secundario: es el corazón de la vida de la Iglesia, el lugar donde la fe se hace oración y la oración se convierte en vida. Por eso, la fractura litúrgica no es un problema meramente disciplinar, sino teológico y eclesial. Allí donde la lex orandi se divide, la lex credendi corre el riesgo de fragmentarse o, para decirlo en términos precisos, corre el riesgo de ser abandonada por aquellos que no obedecen a la única lex orandi.
Ante esta situación, surgen propuestas que buscan recomponer la comunión mediante soluciones prácticas o editoriales (tipográficas, las llama Grillo): un único misal con dos ordines, la posibilidad de integrar elementos de uno en el otro, o la creación de síntesis híbridas. Sin embargo, tales intentos, aunque nacen de la buena voluntad, no alcanzan a tocar la raíz del problema. La unidad litúrgica no puede lograrse por compromisos externos, sino por la adhesión común a una única forma ritual que exprese la fe de la Iglesia.
El verdadero desafío, entonces, no es encontrar fórmulas de convivencia, sino redescubrir la naturaleza de la liturgia como don recibido, normativo y vinculante para todos. Solo desde esta perspectiva puede plantearse un camino auténtico hacia la unidad.
Por lo tanto es fundamental que recordemos siempre la naturaleza de la liturgia. La liturgia no es un producto humano ni un campo de negociación entre sensibilidades diversas. Es, ante todo, acción de Cristo, Sumo Sacerdote, que actúa en su Iglesia a través de los signos sacramentales. Así lo recuerda el Concilio Vaticano II: «Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en las acciones litúrgicas» (Sacrosanctum Concilium, n.7).
Por eso, la liturgia no pertenece a la iniciativa de los fieles ni de los ministros, sino que es un don recibido, custodiado y transmitido por la Iglesia. La lex orandi expresa objetivamente la lex credendi: en la oración común se manifiesta la fe de la Iglesia, y en la unidad de la celebración se sostiene la unidad de la doctrina.
La normatividad litúrgica es, en consecuencia, esencial. Nadie puede añadir, quitar o modificar elementos por iniciativa propia (Sacrosanctum Concilium, n.22; Redemptionis Sacramentum, n.18). La liturgia no es propiedad privada de comunidades o celebrantes, sino patrimonio de toda la Iglesia, que la regula con autoridad para garantizar su autenticidad y su comunión.
Cuando se olvida esta naturaleza, la liturgia corre el riesgo de ser reducida a un espacio de creatividad subjetiva o de síntesis híbridas. Pero en realidad, su fuerza no proviene de la inventiva humana, sino de su carácter instituyente: es Cristo quien, en la liturgia, edifica a su Iglesia y la conduce a la unidad.
Ahora bien, habiendo dicho algo tan fundamental, pasemos a tratar el problema de las síntesis híbridas. Ante la fractura litúrgica, puede parecer tentador buscar soluciones de compromiso: unir en un mismo libro dos ordines distintos, permitir que los celebrantes integren elementos de uno en el otro, o crear fórmulas de “síntesis” que intenten conciliar sensibilidades diversas. Sin embargo, estas propuestas, aunque bien intencionadas, generan más ambigüedad que unidad.
La liturgia no es un mosaico componible ni un espacio de creatividad subjetiva. Cuando se convierte en objeto de integración selectiva, se corre el riesgo de vaciarla de su fuerza instituyente y de reducirla a un producto humano. La unidad aparente que se obtiene mediante artificios editoriales o negociaciones prácticas no es verdadera unidad, sino una ilusión que encubre la persistencia de la división.
La historia ofrece un ejemplo claro: Dom Prosper Guéranger, fundador de la restauración litúrgica en Solesmes, comprendió que la pluralidad desordenada de ritos diocesanos en Francia debilitaba la comunión eclesial. Su respuesta no fue crear síntesis híbridas, sino reconducir todo a la unidad del rito romano. La fuerza de la liturgia reside precisamente en su carácter recibido y normativo, no en la capacidad de adaptarse a sensibilidades particulares.
Por eso, las soluciones híbridas no solo son insuficientes, sino peligrosas: introducen subjetivismo, confusión doctrinal y una falsa percepción de unidad. La verdadera comunión no se alcanza mezclando elementos diversos, sino adhiriéndose juntos a la misma forma ritual que expresa la fe de la Iglesia. 
La pregunta concluyente es, entonces ésta: ¿cuál es el camino de la verdadera unidad litúrgica? La unidad litúrgica no puede nacer de compromisos externos ni de artificios editoriales o tipográficos. Se funda en la adhesión común a un único ordo que exprese la fe de la Iglesia en su integridad. La coexistencia de dos formas paralelas, con antropologías y teologías subyacentes diversas, no genera comunión, sino división.
El Magisterio ha sido claro en este punto. La Constitución Sacrosanctum Concilium recuerda que «la regulación de la sagrada liturgia depende únicamente de la autoridad de la Iglesia» (n. 22). El Motu proprio Traditionis custodes reafirma que la unidad de la Iglesia exige una única lex orandi, vinculada al rito reformado tras el Concilio Vaticano II. Y ya Pío XII, en Mediator Dei, advertía contra la audacia de quienes introducen arbitrariamente nuevas costumbres o reviven ritos caídos en desuso.
La verdadera unidad, entonces, no se alcanza mezclando elementos ni creando síntesis híbridas, sino redescubriendo la fuerza instituyente de la liturgia como don recibido. Esto implica dos exigencias complementarias: 1. Fidelidad al Magisterio: aceptar con obediencia la forma ritual que la Iglesia ha discernido y promulgado para expresar su fe. 2. Formación litúrgica: educar a los fieles en el sentido profundo de la liturgia, para que puedan experimentar en ella la riqueza espiritual que buscan, sin necesidad de recurrir a nostalgias o a construcciones subjetivas.
Solo así la liturgia puede volver a ser lo que siempre ha sido: fuente y culmen de la vida de la Iglesia, lugar de comunión y de unidad, expresión objetiva de la fe que nos une.
Por lo tanto, y concluyendo ya estos breves pensamientos, la unidad de la Iglesia (fundada y expresada en la unidad de culto) no puede basarse en artificios editoriales ni en negociaciones subjetivas. La liturgia no es un terreno de compromisos humanos, sino el lugar donde Cristo mismo actúa en su Iglesia y la conduce a la comunión. Allí donde se multiplican las formas paralelas o se buscan síntesis híbridas, la unidad se debilita y la fe corre el riesgo de fragmentarse.
El camino verdadero pasa por redescubrir la fuerza instituyente de la liturgia como don recibido, obedecer con fidelidad al Magisterio y educar a los fieles en el sentido profundo de la celebración. Solo así la lex orandi podrá sostener la lex credendi y la Iglesia podrá vivir de una única voz orante, que es también la única voz de su fe.
La pregunta que se impone, entonces, es inevitable: ¿puede la Iglesia vivir de formas rituales paralelas que expresan acentos teológicos diversos, o está llamada a reencontrar en la unidad de la liturgia la expresión más pura y más fuerte de su comunión en Cristo?
   
Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 22 de marzo de 2026

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