¿Qué significa realmente el modernismo y por qué sigue siendo hoy una amenaza tan poderosa para la Iglesia? ¿Cómo distinguir entre la legítima apertura a la cultura moderna y la idolatría del tiempo presente? ¿Por qué algunos acusan al Concilio Vaticano II de modernista, mientras otros lo instrumentalizan como si fuera una revolución absoluta? ¿Qué papel juegan los teólogos y las corrientes filosóficas en esta confusión? En este artículo, el padre Cavalcoli ofrece una reflexión amplia y documentada sobre el modernismo antiguo y el moderno, sus raíces, sus mutaciones y sus peligros, mostrando cómo la fidelidad al Magisterio y la intercesión de la Virgen María son las claves para vencer este “plan malvado” que amenaza la fe. [En la imagen: Karl Rahner].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 10 de agosto de 2026
Una reflexión sobre el modernismo, en nuestros tiempos de vacas flacas
Una reflexión sobre el modernismo,
en nuestros tiempos de vacas flacas
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 13 de diciembre de 2016 en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/una-riflessione-sul-modernismo-nei-nostri-tempi-di-vacche-magre/)
La polémica contra el modernismo y su receptáculo de herejías se encuentra hoy casi exclusivamente en los ambientes tradicionalistas, los cuales denuncian con agudeza el retorno de este fenómeno, por ejemplo en el rahnerismo; pero luego se nos caen nuestros brazos cuando algunos de estos tradicionalistas acusan de modernismo al Concilio Vaticano II y a todos los Papas posteriores.
Es evidente entonces que es necesario con urgencia aclarar qué se debe entender por esta palabra: modernismo. Ella tiene una referencia histórica muy clara: la famosa encíclica Pascendi Dominici gregis del papa san Pío X. Allí se da una definición muy clara y articulada de lo que el Papa entiende por "modernismo". Es un pequeño tratado sobre la materia, en el cual, sin embargo, se evidencian casi exclusivamente los errores, sin reconocer ninguna instancia positiva, como sucedía a menudo en el Magisterio de la Iglesia del pasado. La Iglesia, en efecto, salvo excepciones, aparecía más que Mater et Magistra, una vigilante concienzuda siempre dispuesta a señalar las multas.
Sin embargo, es bueno notar que, como en muchos fenómenos de la historia del espíritu, por "modernismo" se pueden entender dos cosas: primero, el modernismo en sentido histórico, ya ahora encerrado en los tiempos de san Pío X y aquí la historia no se repite; este modernismo está bien descrito por el Papa, por lo cual me remito a la encíclica y no hay ni siquiera necesidad de resumir aquí su naturaleza ¹.
En segundo lugar, una cierta tendencia perenne y por tanto todavía actual del espíritu, la cual tiene su origen o inspiración en la descripción hecha por la encíclica, pero en el fondo es independiente de ella, y trasciende esas contingencias históricas; por lo cual de algún modo existía ya antes, un modernismo en un sentido más amplio, como idolatría de la modernidad o del tiempo presente, como modo falso de ser modernos, en cuanto efecto no de un escrutinio o cribado crítico de la modernidad a la luz del Evangelio, sino como examen crítico -un cierto "método histórico-crítico" en exégesis- del Evangelio a la luz de una verdadera o supuesta modernidad.
El modernista es un fenomenista historicista, un evolucionista relativista al cual no le interesa una verdad objetiva, universal, absoluta y eterna, en la cual no cree y que juzga con desprecio "abstracta", ilusoria, nociva o cuanto menos inútil. Para él, la verdad es hija del tiempo y relativa al tiempo. No existe la verdad, sino solo variadas verdades concretas y mutables según las variadas y diversas culturas, según los puntos de vista y según las diferentes épocas.
El modernismo, hoy más que nunca, se combina con el más confusionario sincretismo que, pregonado por hábiles impostores, que saben hacerlo venerable a la vista de la multitud de los ingenuos y desprevenidos, va a ensamblar y a terminar en filosofía y teología, en el más absoluto desprecio del principio de no-contradicción, tal vez con la excusa de la dialéctica, las más bizarras y absurdas teorías ², que incluso un seminarista de la primera mitad del siglo pasado, formado en santo Tomás de Aquino y en el Gredt, habría podido fácilmente refutar.
Así, si el modernismo de la época de san Pío X surgía de influencias sobre todo europeas, empiristas, positivistas, vitalistas, inmanentistas, kantianas y protestantes, el de hoy se enriquece con las influencias occidentales desde Hegel a Marx, a Freud, a Husserl y a Heidegger, extendiéndose a todo el conjunto del pensamiento mundial, antiguo y moderno, incluidos los errores de otras religiones, concepciones sectarias, bizarras y supersticiosas como la creencia en los extraterrestres, la astrología, la ufología, la adivinación y el espiritismo, por no hablar del satanismo, e incluso antiguas cosmovisiones paganas como el gnosticismo, el hermetismo, la magia, el esoterismo, los presocráticos, el hinduismo, el taoísmo y el budismo. Todavía hay poca simpatía por Mahoma, pero pronto podemos esperar una síntesis del Evangelio con el Corán.
La operación más importante y engañosa de los modernistas desde hace cincuenta años a esta parte, como es sabido y como lo he mostrado durante muchos años en mis publicaciones, operación conducida con extrema habilidad, con el empleo de doctos pero deshonestos teólogos y una gran cantidad de medios también económicos, no sin la connivencia de ciertos ambientes de la jerarquía eclesiástica, es la de presentarse al público con el innocuo título de "progresistas", como intérpretes y fautores o defensores auténticos, seguros y avanzados, de las doctrinas nuevas del Concilio, incluso contra la interpretación oficial de los Papas y de la Iglesia, la cual, hecha creer por ellos como retrógrada, reaccionaria y conservadora, ha quedado casi siempre como una vox clamantis in deserto.
De hecho, los modernistas tienen la audacia de sostener que las doctrinas nuevas del Concilio, interpretadas por ellos ad usum delphini, no son lo suficientemente avanzadas, y que el Concilio conservaría puntos de vista superados, de los cuales ellos, que se consideran ser los así llamados "protagonistas" ³ del Concilio, se sienten en el deber de liberarlo para un verdadero encuentro con el mundo moderno. Por eso ellos se toman la libertad de hacer valer sus ideas incluso contra el mismo Concilio, al que entienden como si fuera la palingenesis de la Iglesia y el descubrimiento del verdadero Evangelio después de dos mil años de falsedades y leyendas contadas por la Iglesia preconciliar.
Maritain, por su parte, ya afirmaba en 1966 en una famosa declaración suya, que el modernismo de hoy es una pulmonía en comparación a la gripe de estación del modernismo de la época de san Pío X ⁴. Por lo tanto, si ya san Pío X decía que el modernismo es la suma de todas las herejías, es para preguntarnos qué diría ese Santo Pontífice sobre el modernismo, si viviera hoy.
Hoy, de hecho, los modernistas, por los motivos antes mencionados, son mucho más numerosos, influyentes y peligrosos que los de la época de san Pío X. Han alcanzado muchos puestos de poder y, por lo tanto, a menudo son arrogantes y prepotentes. No sólo han afectado al bajo clero, a los laicos y a los teólogos, sino también a la propia jerarquía eclesiástica, a la Santa Sede y a los institutos y organismos dependientes de ella, incluida la Curia Romana y sobre todo las Universidades Pontificias.
Por eso, los Papas del postconcilio, fieles e infalibles maestros de la fe, se han encontrado aislados, frenados y a veces hostigados por parte de fuerzas oscuras presentes entre sus propios colaboradores, como bien se puede deducir de ciertas dilaciones, falta de informaciones, reticencias, silencios, vacilaciones, timidez en su acción pastoral y disciplinaria y en su propio magisterio doctrinal, en particular por cuanto se refiere a la condena de los errores y de los escándalos. Cualquiera que, como yo, haya trabajado durante años entre los colaboradores de san Juan Pablo II como teólogo consultor en la Secretaría de Estado, sabe algo de esto.
Con la llegada del papa Francisco, indudablemente abierto a la modernidad, los modernistas han cambiado de táctica: ya no acusan al Papa de atrasado o de conservadurismo, como habían hecho hasta Benedicto XVI, sino que hacen un esfuerzo extremo por apropiarse de la figura del Pontífice, interpretando e instrumentalizando ciertas opciones hechas por el Papa, ciertos gestos o palabras del Papa, que efectivamente, mal interpretadas o sacadas de contexto, parecerían jugar a su favor.
El Papa, por su parte, por ahora -salvo algún reclamo significativo ⁵- prefiere callar y tratarlos con mucha benevolencia, rescatando sus aspectos positivos, contando y apoyándose en su conciencia, a fin de que en un momento determinado se den cuenta ellos mismos, por las consecuencias negativas a las cuales conducen sus ideas, de haberse metido en un callejón sin salida.
Sin embargo, es necesario decir, por deber de honestidad y de justicia, que tanto el surgimiento del viejo modernismo como el modernismo de hoy no está exento de algunas instancias positivas, como ocurre en todos los fenómenos históricos, incluso en los más aberrantes. La intervención de san Pío X fue ciertamente una cura eficaz, pero no afrontó seriamente la instancia de los modernistas, que seguía más válida que nunca y al mismo tiempo irresuelta.
Hoy todos los historiadores de la Iglesia reconocen que, si por una parte fueron impulsados el renacimiento tomista promovido por León XIII a fines del siglo XIX, así como su rico humanismo y las aperturas de este gran Papa (piénsese sólo en la Rerum Novarum), por otra parte, la teología católica y el mismo Magisterio de la Iglesia tenían necesidad de una mayor atención, consideración y benevolencia hacia la cultura moderna de los últimos siglos, aunque nacida fuera y tal vez incluso contra la Iglesia, a fin de poder asumir en la sabiduría católica, cuanto de válido ella, a pesar de tantos errores, había generado.
Algunos espíritus sensibles a las necesidades de la Iglesia, pero indisciplinados, como Maurice Blondel ⁶, Lucien Laberthonnière ⁷, Eduard Le Roy ⁸, Alfred Loisy ⁹ y George Tyrrell ¹⁰, comenzaron a sentir el deber que tenía el pensamiento católico de utilizar los logros del pensamiento moderno. Salvo que, sin embargo, incapaces de comprender y de apreciar los valores ya adquiridos de la sabiduría cristiana, los consideraron superados y creyeron poder expresar o enriquecer la verdad cristiana en categorías derivadas de la modernidad, en contraste con esos valores. Había nacido el modernismo ¹¹.
Las medidas tomadas por san Pío X fueron muy enérgicas y en su momento parecían haber vencido a la corriente modernista. Junto a la acción sabia y benéfica del santo Pontífice funcionó, sin embargo, también un organismo de información y de represión, el Sodalitium Pianum, dirigido por mons. Umberto Benigni, el cual no siempre supo conducirse con la debida moderación, por lo cual fueron afectados incluso personajes inocentes, hoy venerados en la Iglesia, como el beato cardenal Andrea Carlo Ferrari, arzobispo de Milán, y dos doctos teólogos dominicos, el padre Juan González Arintero, teólogo de la espiritualidad, y el exégeta Joseph Lagrange, del cual está en curso la Causa de Beatificación. Quien intentó, como el gran teólogo dominico Antonin-Dalmace Sertillanges, un diálogo con los modernistas, fue sospechado de modernismo.
Sin embargo, cuando se dice "modernismo", es necesario advertir que debemos ser muy prudentes en el uso del término, partiendo de un concepto exacto de modernismo, sobre todo si nos estamos refiriendo a casos o personas particulares, para no perjudicar a nadie. En efecto, el modernismo, como todas las enfermedades del espíritu, que, de modo similar a las enfermedades del físico, están sujetas a grados de entidad, contempla fases agudas y formas mitigadas, por no decir que a veces, incluso a menudo, presenta sólo huellas o leves síntomas. De todos modos, es necesario evaluar en los casos individuales la entidad de esta afección morbosa y expresarse en consecuencia con los debidos matices y precisiones para el respeto debido a las personas afectadas por la enfermedad. Aquel que está afectado por un carcinoma en las tempranas etapas no está en las mismas condiciones que aquel que está afectado con metástasis.
Recordemos en tanto que en 1904, cerca de París, en Le Saulchoir, los dominicos, que advirtieron claramente la crisis que se avecinaba, fundaron una Escuela de Teología ¹², la cual comenzó con un buen programa de renovación de la teología, que combinaba la especulación en la escuela de santo Tomás (Gardeil, Roland-Gosselin, Congar) con la fundación histórica de la teología (Chenu, Mandonnet). Esta Escuela al inicio produjo óptimas publicaciones; sin embargo, en cierto momento, en la década de 1940, en ella se hizo sentir, sobre todo en Chenu, la tendencia historicista típica del modernismo, tanto que Chenu fue censurado por Roma en 1944. Surgió entonces la así llamada théologie nouvelle, que obtuvo éxito incluso fuera de la Orden Dominicana, como por ejemplo en De Lubac, entre los jesuitas, que ya desde hacía algún tiempo habían iniciado en Lovaina peligrosos e imprudentes experimentos de contactos con Kant en la obra de Joseph Maréchal.
El modernismo de los Jesuitas ¹³ se vio agravado por el hecho de que en De Lubac su tradicional voluntarismo, unido al repudio de las distinciones conceptuales, sobre el fondo de una visión dinámica del espíritu como auto-trascendencia, terminó por desdibujar la distinción entre lo natural y lo sobrenatural, en tal modo que la naturaleza parecía exigir lo sobrenatural para poder satisfacer en raíz sus aspiraciones y su tendencia a la trascendencia.
En suma, la naturaleza era privada de su propia autonomía y consistencia ontológica y esencial, y parecía no ser más que una vaga aspiración a la gracia, cuya función parecía agotarse en el actuar las potencialidades y satisfacer las necesidades de la naturaleza. El esquema potencia-acto, que vale solo en el ámbito de una misma esencia, era aplicado para expresar la relación de la naturaleza con la gracia, que en cambio son entre sí esencialmente diferentes. En estas condiciones, por otra parte, era fácil invertir la relación y caer en el naturalismo y en el activismo de una naturaleza superpoderosa y en el pelagianismo, que ha sido siempre el riesgo del voluntarismo jesuítico.
Viene a menos, de modo más general, bajo la influencia del evolucionismo dogmático modernista, la percepción de la distinción en los conceptos dogmáticos, entre el significado inmutable del dogma (la Palabra de Dios que no pasa) y la explicitación progresiva de dicho significado gracias a la investigación histórico-crítica y a la deducción lógica, es decir, el avance o progreso hacia la plenitud de la verdad. El perfeccionamiento y el desarrollo del conocimiento teológico fue confundido con un proceso de sustitución de un concepto por otro, juzgado superado y por tanto falso, en la ilusión de una imposible fidelidad al significado originario del dogma y a la Palabra de Dios.
La instancia progresista anulaba la instancia de la conservación: lo mismo que está sucediendo hoy entre los modernistas, los cuales no entienden que el rechazo a avanzar desde un punto de partida seguro y sin una base fija y sólida, sobre la cual elevarse, y creer que sea conocimiento más avanzado aquel que anula los resultados precedentes, y cuando se cancela el concepto que se quisiera entender mejor, quiere decir hacer desaparecer el suelo bajo los pies y terminar en el vacío de la charlatanería, cuando no precisamente en la herejía.
Por otra parte, la solución no estaba ni está ni siquiera tampoco hoy en permanecer cerrados en los propios conceptos adquiridos y limitarse a repetirlos, contemplarlos y comentarlos, rechazando como peligro o traición el plantearse las preguntas sobre lo que todavía se ignora, el afrontar nuevos problemas, para los cuales las soluciones no están ya dispuestas, el abandonar opiniones que se revelan erróneas, el plantearse nuevos objetivos de investigación o el tomar nota de los progresos realizados por otros o por la Iglesia: véanse las nuevas doctrinas del Concilio Vaticano II.
La aparición de la théologie nouvelle, que en el fondo era una renovada forma de modernismo, provocó, como es bien sabido, la intervención de Pío XII con la Humani generis, la cual reafirmaba el valor inmutable de los conceptos dogmáticos y la distinción entre lo natural y lo sobrenatural. Fue un severo llamado a la Escuela de Le Saulchoir. Algunos grandes teólogos dominicos, como Garrigou-Lagrange, Browne y Cordovani, intentaron disuadir a Chenu y a sus amigos de proseguir con la empresa, pero no había nada que hacer. San Juan XXIII, con su visión amplia, recuperó más tarde los aspectos sanos de la Escuela, pero ella ya había tomado un giro modernista, que la condujo a su clausura en los años del inmediato post-concilio. Triste e instructivo desenlace de una iniciativa que había partido tan bien, tan valiente, visionaria y prometedora, espléndido ejemplo de la perspicacia de la teología dominicana, si, ¡lástima grande!, no se hubiera colado el veneno modernista.
¿Pero cómo y por qué incluso hoy, después de la derrota que a ellos les infligiera san Pío X, los modernistas han vuelto a la vida, aunque a menudo disfrazados y en una forma diferente, incluso si rechazan desdeñosamente (se entiende) el apelativo de "modernistas"? ¿Cómo y con cuáles pretextos han podido retornar con tanta fuerza y capacidad de seducción? ¿De dónde sacan sus argumentos?
Su argumento más válido es una indudable verdad histórica acompañada de una auténtica instancia evangélica, a la cual ya he aludido: el hecho de que san Pío X no fue capaz o no pensó en atender e ir al encuentro de sus justas instancias o exigencias: modernizar sanamente la vida cristiana, hacer ciertamente que la Iglesia acoja los valores del mundo moderno, que esté en sintonía con los tiempos, que sepa hablar de Cristo en modo persuasivo al hombre de hoy, por lo tanto una nueva apologética y un nuevo impulso misionero, sin que la posesión de una verdad inmutable se convierta en ocasión de estancamiento, de rigidez, de clausura, de cerrazón, de atraso y de inmovilismo, sino por el contrario, en estímulo e incentivo para la apertura a lo nuevo, y continuo avance y progreso hacia la plenitud de la verdad y del reino de Dios.
Era necesario romper con ciertos viejos hábitos o ideas que ya no eran benéficos y, en continuidad y en la fidelidad al Evangelio, inventar nuevos métodos de evangelización y abrir nuevos caminos a la búsqueda de la verdad y al progreso de la santidad. Todas estas instancias fueron recibidas por san Juan XXIII, el cual las sintió de tal manera importantes, urgentes y no postergables, de tal modo ligadas al destino de la Iglesia, que decidió convocar expresamente un Concilio para resolverlas. Cierto, él no dijo esto explícitamente, pero, una vez hechas las cosas, sobre todo cincuenta años después del Concilio, la cosa se entiende ahora muy bien.
El Concilio Vaticano II tiene un indudable carácter progresista e innovador, que no se encuentra en otros Concilios. Lo que indujo a los lefebvrianos a juzgarlo un Concilio "anómalo", que traiciona la Tradición y que -según ellos- ha cambiado la esencia de la Iglesia, mientras que para los modernistas es un novum absoluto y revolucionario, una especie de reinterpretación del cristianismo. Están equivocados los unos y los otros, porque confunden lo que en un Concilio es sustancial o esencial con lo que es accidental, mutable o contingente. Se equivocan los lefebvrianos, que absolutizan ciertos accidentes, usos o modalidades de los pasados Concilios, accidentes que no se encuentran en el Vaticano II (por ejemplo los cánones), hasta el punto de no reconocer en el Vaticano II un legítimo y en regla Concilio como todos los otros, por lo cual rechazan o malinterpretan sus doctrinas. Se equivocan los modernistas, que reducen lo sustancial o sea lo permanente a lo accidental, es decir, a lo mutable, no ven la continuidad entre el último Concilio y los precedentes ¹⁴.
Un Concilio ecuménico, en su esencia o sustancia permanente, es una reunión de Obispos bajo el Papa, convocado con el consentimiento del Papa y aprobado por el Papa, en el cual se tratan los asuntos más importantes de la Iglesia, sea de orden disciplinario, sea pastoral y doctrinal. Los elementos accidentales, en cambio, que pueden cambiar, son por ejemplo el estilo del lenguaje, el sistema de votaciones, los modos de proceder, la calidad de las representaciones, la sede, la lengua utilizada, la división de la materia, y cosas del género. No es en base a estas cosas que se debe juzgar si un Concilio es un verdadero Concilio o está o no está en continuidad con los precedentes, sino considerando la esencia misma y la legitimidad del Concilio.
En cuanto a la autoridad de sus enseñanzas, son infalibles ante todo las definiciones dogmáticas (definitio ut talis) propuestas en modo definitorio (modus definiendi); así como aquellas que tratan directa o indirectamente temas de fe o conexos a la fe. Son en cambio falibles o mutables las enseñanzas pastorales, jurídicas o disciplinarias. Obviamente, no hay duda de que en el Concilio trabajaron cripto-modernistas, los cuales se quitaron la máscara, como Rahner ¹⁵, solo después que se sintieron seguros de la impunidad, habiendo obtenido un gran prestigio y presentándose como los intérpretes autorizados del Concilio. Sin embargo, ellos dieron al Concilio una contribución válida, pero mantuvieron oculto su modernismo, que salió a la luz solo después del Concilio. Los lefebvrianos, en cambio, no habiendo comprendido el valor de las novedades conciliares y su continuidad con la tradición, comenzaron a negar la infalibilidad de las doctrinas del Concilio y, de hecho, a acusarlas de falibilidad o de falsedad, confundiendo por modernistas las doctrinas del Concilio.
Mientras que el papa Juan XXIII le dio al Concilio la ya mencionada orientación pastoral, el beato Paulo VI tuvo la idea de aprovechar el Concilio para hacerle agregar un aspecto dogmático atinente a la eclesiología. Y así fue como el Concilio profundizó el misterio de la Iglesia con nuevos e importantes aportes dogmáticos, que tocaron todos sus componentes esenciales, desde el origen de la Iglesia a partir de la divina Revelación, a los diversos grupos, ministerios y oficios, a la relación de la Iglesia con el mundo, y con todos los hombres de buena voluntad, incluso los no-católicos, hasta los no-creyentes, para llegar al fin escatológico de la Iglesia, hasta la mariología, entendida como símbolo, figura, tipo, paradigma y el modelo de la eclesiología. Y aquí se debe decir que nunca, en toda la historia de los Concilios, un Concilio Ecuménico nos ha proporcionado una doctrina tan rica y autorizada sobre Nuestra Señora, después del Concilio de Éfeso.
El Vaticano II nos presenta a María como maternalmente solícita a favor de toda la humanidad, hacia la cual ella ejerce su misión como camino y guía para llegar a su Hijo en un camino de conversión y de penitencia por nuestros pecados. Un modo eminente con el cual la Virgen desarrolla esta actividad salvífica, como es sabido, son las apariciones y los mensajes marianos, entre los cuales los más famosos entre mil son Lourdes y Fátima, a los cuales podemos añadir Medjugorje, aunque su autenticidad y la actitud a tener están aún bajo examen de la Santa Sede, a diferencia de los dos primeros lugares, que en cambio han sido aprobados y recomendados desde hace tiempo por la Iglesia.
Sin embargo, este fenómeno extraordinario, completamente único en toda la historia de la Iglesia, desde 1981 en que nació, no ha dejado de dar señales de credibilidad y de producir frutos para millones de peregrinos, que desde entonces hasta hoy se suceden en ese lugar, donde se dan las más diversas y características manifestaciones de la piedad cristiana: desde las liturgias eucarísticas celebradas por numerosos sacerdotes y seguidas con ejemplar devoción y recogimiento por enormes multitudes, hasta la predicación de la Palabra de Dios, la adoración, la meditación, la plegaria personal y comunitaria, innumerables confesiones, duras prácticas penitenciales, gestos de caridad, de solidaridad humana, y de reconciliación, hasta diálogos ecuménicos, fenómenos de conversión y propósitos de mejoramiento de vida, hasta la generosa hospitalidad por parte de los habitantes del lugar. En cuanto a los mensajes cotidianos, que no se cuentan, ellos están improntados por la más perfecta ortodoxia y amor por Cristo, por la Iglesia, por el Papa, por los Obispos, por los sacerdotes, por los religiosos, por la salvación y la santificación de las almas, por la conversión de los pecadores. En cada uno de ellos se transparentan claramente el afecto, la ternura, la sabiduría, la solicitud, y a veces la justa severidad de la Madre.
Como es bien sabido, los mensajes nunca entran en temas, cuestiones o problemas concretos, sino que ofrecen siempre incentivos morales y espirituales, que pueden servir a todos, exhortando siempre a los deberes fundamentales del cristiano, ante todo a la oración confiada, humilde e insistente. Por eso, sorprende la advertencia contra el modernismo, que Nuestra Señora ha hecho, no por primera vez, precisamente en la reciente solemnidad de la Anunciación. He aquí las palabras:
"¡Queridos hijos! También hoy el Altísimo me ha permitido estar con vosotros y guiaros por el camino de la conversión. Muchos corazones se han cerrado a la gracia y no quieren escuchar mi llamada. Vosotros, hijitos, orad y luchad contra las tentaciones y contra todos los planes malvados que Satanás os ofrece a través del modernismo. Sed fuertes en la plegaria y con la cruz entre sus manos, orad para que el mal no os use y venza en vosotros. Yo estoy con vosotros y rezo por vosotros. Gracias por haber respondido a mi llamada".
Nótese la severidad con la cual María califica al modernismo: es un "plan malvado de Satanás". Tal es, en efecto, el modernismo, que ocultándose detrás de fascinantes apariencias incluso de piedad, es el principal enemigo de la Iglesia, al que debemos y podemos derrotar con la intercesión de la Santísima Virgen María.
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 31 de marzo de 2015
Notas
¹ El texto de la encíclica Pascendi Dominici gregis: https://www.vatican.va/content/pius-x/es/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_19070908_pascendi-dominici-gregis.html
² Un ejemplo entre mil: la mescolanza entre cristianismo y budismo que se puede encontrar en el libro de Raimundo Panikkar, con el seductor pero engañoso título: Il silenzio di Dio. La risposta del Budda, Borla, Turín 1992.
³ Famosa es la frase que se cita del padre Dossetti: "Il Concilio l’ho fatto io", y así similarmente la reputación que se ha hecho Rahner de ser el "icono del Concilio".
⁴ Le paysan de la Garonne, Desclée de Brouwer, Paris 1966, p.16.
⁵ Por ejemplo, la mención de los falsos progresistas que hace de contrapartida a la mención de los "tradicionalistas", en el discurso al final del Sínodo de los Obispos sobre la Familia.
⁶ Cf. L’Action. Essai d’une critique de la vie et d’une science de la pratique, 1893.
⁷ Cf. Il realismo cristiano e l’idealismo greco, Vallecchi Edtore, Firenze 1949.
⁸ Cf. Dogme et critique, 1907.
⁹ Cf. L’Évangile et l’Église, 2e édition, Bellevue, Alfred Loisy, 1903.
¹⁰ Cf. Il Cristianesimo al bivio, Enrico Voghera, Roma 1910.
¹¹ Cf. C.Tresmontant, La crise moderniste, Editions du Seuil, Paris 1979.
¹² Cf. M.-D.Chenu, Le Saulchoir. Una scuola di teologia, Marietti, Casale Monferrato (AL) 1982.
¹³ Cf. M. Martin, I Gesuiti, Sugar Edizioni, Milano 1988; A. Caruso, Tra grandezze e squallori, Edizioni Viverein, Monopoli (BA) 1988.
¹⁴ Véase mi libro Progresso nella continuità, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2011.
¹⁵ Véase mi libro Karl Rahner. Il Concilio tradito, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2009.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum modernismus sit hodie praecipuus Ecclesiae inimicus
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod modernismus non sit hodie praecipuus Ecclesiae inimicus.
1. Quia modernismus historicus iam a sancto Pio X in encyclica Pascendi damnatus et victus est, et ideo hodie non haberet actualitatem. Hoc videtur validum, quia mensurae tunc adhibitae efficaces apparuerunt et creditum est fluxum modernistarum eliminatum esse.
2. Praeterea, dicitur modernismus hodiernus nihil aliud esse nisi legitimam aperturam ad culturam modernam, necessariam ut Ecclesia cum mundo colloquatur. Hoc videtur probabile, quia evangelizatio novos modos et categorias requirit, et error esset manere clausos in conceptibus acquisitis sine novis quaestionibus agendis.
3. Item, asseritur Concilium Vaticanum II, introducendo novitates, assumpsisse positivas instantias modernismi, et ideo non posse reputari inimicum, sed potius socium. Hoc videtur firmum, quia Concilium se praebet progressivum et innovativum, et quidam credunt eius doctrinas cum modernismo identificari.
4. Denique dicitur accusare theologos vel fluxus hodiernos de modernismo esse exaggeratum et nocivum, quia saepe tantum leves symptomata vel conatus renovationis apparent. Hoc videtur rationabile, quia modernismus, sicut morbus animi, variis gradibus se ostendere potest et non semper eadem gravitate.
Sed contra est quod sanctus Pius X docet modernismum esse summam omnium haeresum. Maritain affirmat modernismum hodiernum pulmoniam esse respectu febris foeni modernismi praeteriti. Virgo Maria in suis nuntiis admonet modernismum esse consilium malignum Satanae.
Respondeo dicendum quod modernismus, sive in forma historica sive in mutationibus hodiernis, est praecipuus Ecclesiae inimicus, quia veritatem obiectivam, universalem et aeternam negat, eam ad relativum et mutabile redigens. Hodie modernismus sub titulo innoxio progressismi se praebet, Concilium Vaticanum II instrumentalizans et Ecclesiam liberare praetendens a praesumptis opinionibus obsoletis. In theologiam, in exegesim et in pastoralem se insinuat, essentiale cum accidentali confundit, et dogmata sub specie evolutionis relativizat. Potestates in hierarchia et in universitatibus adeptus est, et ideo periculosior est quam tempore sancti Pii X. Attamen, sicut omnis phaenomenon historicum, quasdam instantias positivas continet, ut desiderium sanam modernizationem vitae christianae et novos modos evangelizationis aperiendi. Hae instantiae a sancto Ioanne XXIII susceptae sunt, qui Concilium convocavit, quod in traditione continuitatem servans legitimas novitates pastorales et dogmaticas introduxit. Concilium essentiam Ecclesiae non prodidit, sed mysterium ecclesiale profundavit, etiam cum novis doctrinis de mariologia tamquam paradigma ecclesiologiae. Solutio non est omnem progressum recusare nec accidentia absolutizare, sed fidelitatem Magisterio servare et verum a falso discernere. Modernismus sub specie progressus pugnandus est doctrinae claritate, veritatis vi et intercessione Virginis Mariae, quae eum denuntiat ut consilium malignum Satanae.
Ad primum dicendum quod condemnatio sancti Pii X efficax fuit, sed non sustulit permanentem animi inclinationem ad modernitatem idolatrandam; ideo modernismus sub novis formis redit.
Ad secundum dicendum quod apertura ad culturam modernam legitima est solum si ad lumen Evangelii fiat; modernismus autem Evangelium ad lumen modernitatis iudicat, quod est error.
Ad tertium dicendum quod Concilium Vaticanum II modernismum non assumpsit, sed essentiale ab accidentali distinxit, novitates introducens in traditione continua; hoc cum modernismo confundere est error lefebvrianorum et progressistarum.
Ad quartum dicendum quod prudentia necessaria est in termino modernismi applicando, gradus et symptomata distinguendo; sed eius existentiam negare vel periculum minuere imprudentia est, quia hodie numerosior et potentior est quam umquam.
JG
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.