¿De dónde surge el ideal de la virginidad y qué sentido le da Cristo al proponerlo “a algunos”? ¿Es la renuncia al matrimonio una negación de la sociabilidad, o más bien una nueva forma de fecundidad espiritual? El padre Cavalcoli muestra cómo la virginidad consagrada anticipa la vida eterna y revela la plenitud del amor según el Espíritu, mientras que el matrimonio, elevado a sacramento, simboliza la unión de Cristo con la Iglesia. En contraste, el concubinato aparece como una caricatura del amor, marcado por egoísmo y explotación, aunque pueda contener elementos de bien. Este artículo invita a discernir entre la verdad del amor humano y las falsas doctrinas que lo degradan, planteando la grave cuestión de si la Iglesia debe considerar hoy las formas imperfectas de unión, sin renunciar jamás a la claridad del “sí, sí; no, no” del Evangelio. [En la imagen: fragmento de una de las cinco pinturas sobre el "Cantar de los Cantares", obra de Marc Chagall].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 22 de agosto de 2026
Matrimonio, concubinato y virginidad (3/3)
Matrimonio, concubinato y virginidad
Tercera Parte (3/3)
(Traducción al español de la tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 14 de septiembre de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/matrimonio-concubinato-e-verginita/)
El porqué de la virginidad
En este punto, hagámonos algunas preguntas relativas al valor de la virginidad: ¿de dónde saca Jesús la idea de proponer "a algunos" el objetivo de la vida religiosa? ¿Qué sentido le da? No hay duda de que en la coyuntura de la naturaleza humana caída después del pecado original, Jesús representa la voluntad del Padre, pero una voluntad de emergencia, una especie de "presto rescate", no la originaria voluntad que de todos modos sigue siendo sustancialmente válida y algún día volverá en vigor.
Jesús, como se expresa Él mismo, viene a restaurar aquello que el Padre ha querido "al principio". Él, por mandato del Padre, viene a remediar los daños subsecuentes al pecado original y a elevar a la pareja humana a un estado de gracia, la filiación divina, estado desconocido en el estado de inocencia originaria.
Al fundar la vida religiosa, y en particular con la exaltación de la virginidad consagrada, Cristo se propone tres fines: primero, mostrar la nueva vida según el Espíritu; segundo, favorecer una mayor dedicación a la vida espiritual, con una mejor victoria sobre la concupiscencia; tercero, hacer ver al mundo cómo la virginidad es una precursora de la vida eterna.
Con la venida de Cristo, el mandato del Génesis de que el varón como tal, por lo tanto todo varón, está hecho para unirse a su mujer, viene en alguna manera condicionado y limitado. No todos parecen llamados a esta unión, pero algunos parecen estar llamados a estar "solos", es decir, el varón sin la mujer y viceversa. Por lo tanto, no la unión, sino la separación. Una separación cautelar -véase la tradicional "clausura"- en vista de una más profunda unión espiritual. Una separación que no dice hostilidad, sino amor.
En suma, existe la posibilidad para algunos, "a los cuales es dado a entender este discurso", de "dejar todo por Él" y por lo tanto practicar la abstinencia sexual, el llamado "voto de castidad" en vista de una mayor perfección: "si quieres ser perfecto".
En todo caso, está claro que para la reproducción de la especie, no es necesario ni sería posible que todos se dedicaran a la tarea reproductiva. Todos, sin embargo, en la medida de lo posible y según las circunstancias, deben poder vivir una sincera reciprocidad con el otro sexo, en vista de una fecundidad espiritual al servicio de la sociedad y de la Iglesia.
La relación varón-mujer constituye la forma más radical y originaria de la sociabilidad humana. Para saciar la soledad del hombre, Dios no crea otro varón, sino la mujer. Lo que quiere decir que el fin del ser mujer, incluso antes que la reproducción de la especie y por tanto el matrimonio, es el de garantizar al hombre su plena humanidad y la apertura a la relación social. No existe entre dos seres humanos una relación tan íntima y confidencial, tan estrecha y firme, como aquella que puede ser realizada entre el hombre y la mujer.
Dos varones juntos pueden realizar sobre el plano social, político y cultural grandes empresas, que permanecen en la historia; pero ninguna obra humana vale tanto como vale el amor, donde la mujer es maestra incomparable, como dice la esposa del Cantar de los Cantares: "las grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo" ¹.
Por eso, en todas las místicas de la humanidad, el amor entre el varón y la mujer es el símbolo de la unión del alma con Dios, la máxima obra que una criatura humana pueda hacer. La misma relación entre el Hijo y el Padre está mediada por el Espíritu Santo, que es el Espíritu del Amor.
¿Qué pide entonces Jesús con la renuncia al matrimonio? ¿Significa esto acaso una renuncia a la sociabilidad? Para nada en absoluto. Cristo, con la propuesta de la vida religiosa, no pretende en absoluto hacer retornar al hombre al estado de soledad precedente a la creación de la mujer, porque tal estado, por explícita voluntad del Padre, es malo. En cambio, Jesús propone una nueva y mejor relación varón-mujer, prefigurativa de la relación escatológica de la resurrección final, la cual, en la práctica de la virginidad, es fecunda de una generación espiritual, que edifica la Iglesia, inicio en la tierra del reino de Dios. Dejando todo por Cristo, varón y mujer, los consagrados reciben ya desde ahora el céntuplo, en medio de las tribulaciones, y el premio en la vida futura.
La vida nueva donada por Cristo
Dado que la relación varón-mujer, en el plan divino, es esencialmente una relación de amor ("una sola carne") y una relación de pareja ("su mujer”), y dado que el amor continuará en la futura resurrección, nos podemos preguntar si también en el paraíso del cielo, aunque haya cesado la obra de la generación, al menos para algunos, sobre todo para las parejas conyugales, estará presente el placer sexual, como expresión del amor.
La Escritura, indudablemente, nos presenta la alegría de la vida futura, que, dada la presencia del cuerpo, no puede dejar de tener aspectos físicos, no sólo como gozo espiritual, sino también con imágenes extraídas de los placeres terrenos. Isaías habla, por ejemplo, de un banquete con "suculentos manjares y excelentes vinos" (Is 25,6), cuando sabemos que en el paraíso del cielo la alimentación ya no será necesaria. Pero la unión varón-mujer, a parte de la procreación, también expresa el amor y el amor "no pasará jamás" (1 Cor 13,8). Así también la alegría del estar juntos en la mesa puede ser distinta del acto de nutrirse. También se puede comer solo. El banquete entonces quiere representar la alegría de la compañía y del amor recíproco.
No parece convincente la tesis de quien dice que, dado que gozaremos de un gozo espiritual supremo, no sentiremos la falta del gozo físico. Este es un discurso que huele a platonismo. Ya que entonces podríamos preguntarnos qué sentido tiene la resurrección del cuerpo y por qué Dios nos ha dado la facultad de gozar con los sentidos.
Es cierto que el placer físico vale mucho menos que el espiritual y sin embargo éste no puede reemplazar a aquel. En efecto, puedo decir: es cierto que experimento mucho más placer al leer a santo Tomás que al beber un vaso de coca-cola. Pero la lectura de Tomás, aunque calma mi sed de verdad, no puede sustituir a la coca-cola.
Por otra parte, es innegable el altísimo valor de la virginidad tal como es exaltado por el Evangelio. Pero se puede objetar que dado que Dios es creador del placer físico, en la visión beatífica y en la unión con Él el placer físico puede estar virtualmente contenido y presente en el espiritual.
Estamos ante un misterio, acerca del cual el Magisterio de la Iglesia no nos da aclaraciones. Lo que nos ha dicho recientemente con san Juan Pablo II es que existirá el amor entre hombre y mujer. Pero cómo será el aspecto físico y sensible de este amor, no lo sabemos.
Es un terreno abierto a las indagaciones y a las hipótesis teológicas. Lo importante es no ir más allá de lo que enseña la Iglesia, negando por ejemplo o poniendo en duda, a la manera gnóstica del platonismo o del hinduismo, la diferencia sexual o bien cayendo en el hedonismo islámico.
Incluso la teoría del gender, que admite otras formas sexuales además de aquellas naturales del varón y de la mujer, es evidentemente incompatible con una sana escatología, así como por supuesto con las normas de la ética sexual.
Por otra parte, para arrojar algo de luz sobre este misterio, podemos usar, con prudencia y sobriedad, imágenes, preferiblemente las bíblicas ², sacadas del amor como se vive aquí abajo, quitando aquello que hay de malo, inconveniente y caduco, y manteniendo lo bueno, lo conveniente y lo permanente.
Pero separar convenientemente y claramente estos dos aspectos contrarios es una cosa muy difícil; que, por lo demás, no nos debe sorprender, tratándose de una condición de vida trascendente, de tal sublimidad y carácter misterioso, que se comprenden las palabras del Apóstol: "aquellas cosas a las cuales ni ojo vió, ni oído oyó, ni entraron jamás en corazón de hombre, ésas ha preparado Dios para aquellos que le aman" (1 Cor 2,9).
En el Edén el Padre había querido la armonía y la complementariedad recíproca entre varón y mujer; a cada varón su mujer y viceversa, en la fidelidad y en el amor recíprocos, sobre un plano de igualdad y de mutuo respeto, en la apertura a la procreación. Pero si es misteriosa esta condición primitiva, aún más misteriosa y sublime es la condición escatológica.
Lo que ahora nos es claro, también porque de ello hacemos experiencia, es que el pecado original ha roto esta armonía y ha hecho al uno enemigo de la otra. El uno ahora quiere explotar a la otra, transformada en puro instrumento de placer. El uno se aísla de la otra y no se preocupa por la otra. El uno se cierra a la otra, le teme y desconfía de ella como de una tentación. Los dos se divierten y disfrutan engañándose y halagándose mutuamente. El uno se convierte en obstáculo para la otra en la búsqueda de Dios, o bien el uno pretende sustituir a Dios para la otra. Desaparecida la exclusividad del amor, los dos se traicionan recíprocamente.
Desaparecen la seriedad y la perseverancia del amor, que se convierte en superficial, una simple aventura, esclavo de la volubilidad, de los estados de ánimo y de los sentimientos del momento. El varón oprime y violenta a la mujer: esta lo seduce y lo engaña con su encanto, estimulando su concupiscencia, que a menudo es irresistible y lo lleva a buscar satisfacción incluso en el adulterio o en actos diferentes de los normales o en relaciones diferentes de aquella con la mujer.
Sin embargo, la inclinación y la necesidad del matrimonio permanecen, y Cristo viene a restaurar su belleza elevándolo a la dignidad de sacramento. El acto conyugal no está sólo abierto a la generación, no es sólo expresión de amor e incentivo al amor, sino que es también remedio a la concupiscencia para aquellos sujetos que son incapaces de controlarse. La unión de los esposos, según la enseñanza de san Pablo, viene a simbolizar, a representar y a participar de la unión misma entre Cristo y la Iglesia.
La reciprocidad varón-mujer no agota su significado en los límites de la vida presente, como pudiera parecer a algunos, considerando que la reproducción de la especie, a la cual apunta el matrimonio, termina con la vida presente.
En cambio, debemos decir y repetir que la futura resurrección de los cuerpos significa que cada uno de nosotros resucitará con su propio cuerpo determinado por su sexo. El que aquí abajo ha sido varón, resucitará varón; quién ha sido mujer, resucitará mujer.
Por tanto, el dicho de Jesús "serán como ángeles" referido a la pregunta acerca de la suerte del matrimonio en la resurrección, debe ser entendido en el sentido de que ya no habrá aumento numérico de la especie, pero no que no habrá alguna relación entre varón y mujer, en cuanto esta relación no está sólo dirigida o finalizada a la generación, sino que debe también expresar la perfección final de la persona y del amor recíproco, el cual evidentemente está destinado a durar eternamente.
Cristo dona a los cónyuges los recursos sobrenaturales que, vividos en la comunión eclesial, los sostienen y los fortalecen en el cumplimiento de sus deberes. Sin embargo, se mantiene que la práctica del matrimonio y la edificación de una familia se presentan hoy más que nunca, en una sociedad descristianizada como la nuestra, dificilísimas, frecuentemente realizables sólo parcialmente.
Hoy la cuestión es ésta: ¿la Iglesia debe continuar diciendo como antaño: o el matrimonio o ausencia de vínculo, o bien podrá legalizar en precisas condiciones y debidas garantías, ciertas uniones donde exista la buena voluntad, pero la incapacidad objetiva reconocida para cumplir con todos los deberes del matrimonio? He aquí la cuestión de la relación entre matrimonio y concubinato.
Concubinato y matrimonio
El discurso que hoy se hace de "parejas convivientes" es un eufemismo hipócrita, con el cual se pretende ocultar un estado o un acto pecaminoso bajo apariencias inocuas, como lamentablemente ocurre hoy en diferentes casos, como por ejemplo el hablar de "interrupción del embarazo" para evitar decir aborto, o por ejemplo de "gay" ³ para los homosexuales, de "pedófilos" (= "amantes de niños") para evitar la palabra pederastas, o de "eutanasia" (= buena muerte) para la supresión de los enfermos o de "eugenesia" o "limpieza étnica" por el genocidio.
En este punto yo digo en broma que también nosotros los frailes somos "convivientes" y además del mismo sexo. En moral es muy importante la lealtad del lenguaje y la atención al aspecto formal, es decir al motivo o a la razón del acto, más que al acto mismo tomado en su materialidad.
De lo contrario, no comprendemos por qué un mismo acto desde el punto de vista material deba ser lícito en un caso y pecaminoso en otro. Unirse a una prostituta puede ser un acto fisiológicamente normal como la unión entre el marido y su mujer. ¿Por qué en el primer caso la cosa no es lícita, mientras que lo es en el segundo?
Lo mismo dígase para la virginidad. No está en absoluto dicho que el simple no ejercicio de la facultad sexual sea una virtud. Puede ser causado por frigidez o por enfermedad mental o por prejuicios rigoristass o por impotentia coeundi. Es sólo un especial tipo de abstinencia sexual, dictado por aquellos nobilísimos motivos que hemos visto, el que merece nuestro elogio y nuestra admiración.
En cuanto al concubinato -llamado eufemísticamente "convivencia" o "cohabitación"- es algo que quisiera evidenciar o exaltar el amor prescindiendo de la generación. Por lo tanto, parecería a primera vista tener alguna semejanza con la unión escatológica. Sin embargo, hay un abismo.
En efecto, aparte del hecho de que esta pareja no está interesada en absoluto en la visión beatífica, tanto que también esa pareja podría quedarse en el infierno como los Paolo y Francesca de Dante, la visión beatífica en cambio es el supremo gozo común de la pareja escatológica, por lo cual en ella el amor es plenitud y purificación final del auténtico amor, sustancialmente espiritual, vivido aquí en la tierra.
Por el contrario, el amor concubinario es mísero egoísmo y explotación recíproca, quizás subsecuente al adulterio, sobre la base del hedonismo más descarado, a menos que se trate quizás a veces de unión sincera, pero que por diversos motivos, culturales, psicológicos, sociales, ambientales o económicos, la pareja, libre de vínculos precedentes, no se sienta o no esté objetivamente (y por tanto sin culpa) en grado de afrontar una verdadera y propia unión conyugal, con todos los pesos, las cargas, los deberes, los compromisos y las obligaciones que ella conlleva.
Sin embargo, el pecado o vicio del concubinato radica en suma en el hecho de que el concubinato no se funda ni se mantiene sobre una unión espiritual entre los dos orientada a Dios, ni se alimenta con una relación sincera y continua con Él, sino de la explotación del uno sobre el otro, sobre la base del placer o de intereses o propósitos deshonestos ⁴. Este modo lujurioso e impío de realizar la relación varón-mujer es contrario a la dignidad humana y la degrada al nivel de las bestias.
El concubinato puede, de todos modos, tener algún elemento del matrimonio, sin embargo, sin realizarlo en plenitud, y de hecho eventualmente dañándolo o desacreditándolo con falsas doctrinas, sobre todo en relación con la observancia de las normas éticas de la unión conyugal y de las finalidades de la verdadera unión varón-mujer.
Es bien sabido que aún hoy, y quizás más que nunca, están muy extendidas las ideas contra el matrimonio, la familia y la virginidad, en cuanto las leyes de la Iglesia en esta materia son consideradas opresivas. De ahí los movimientos así llamados "radicales", que se autodefinen así porque consideran ir a la "raíz" de la existencia humana, desde la cual sacar el criterio y la fuerza de su liberación de las cadenas medievales de la Iglesia.
La doctrina del gender se inserta en este cuadro. La idea de fondo es que no existe una naturaleza humana fija, determinada e igual para todos, sino que cada uno es libre de moldear su propia naturaleza individual con las cambiantes decisiones de su libre voluntad. Estas ideas están ahora muy extendidas entre los rahnerianos.
A esto se agrega un elemento de epicureísmo, para el cual no es lo agradable que se funda sobre lo honesto, sino que es lo honesto lo que depende de lo agradable. El efecto de esta concepción es que la regla del actuar ya no es lo honesto, sino el placer, no importa cual sea el contenido de la acción.
Como los cátaros, los radicales, no admiten una ley moral natural referente al sexo, sino que lo consideran como algo contingente, opinable y manipulable, a disposición de la voluntad del individuo, pero con la diferencia de que, mientras los cátaros relativizaban el sexo para gozar en el más allá -¡pobres chitrulos!-, Pannella y Bonino, mucho más sabios, lo relativizan para disfrutarlo de este lado, en el más acá.
Es evidente en estas ideas, el intento de sustituir el matrimonio por el concubinato, sin dejar de llamarlo "matrimonio", siempre con ese lenguaje hipócrita, que he señalado. Ahora bien, esto no quiere decir que ciertas formas de concubinato, bajo ciertas condiciones, no puedan ser legalizadas y toleradas. En tal caso, ciertamente ya no las llamaríamos así, con ese nombre, sino que se las podría llamar “uniones civiles”, de manera que el matrimonio será siempre una unión civil; pero una unión civil no será necesariamente matrimonio.
También el Estado debería hacer esta razonable distinción, por su propio bien; pero está claro que la Iglesia se reserva de todos modos el derecho de hacerla, incluso independientemente del lenguaje utilizado por el Estado. La Iglesia, en efecto, nunca podrá renunciar a su concepto del matrimonio, que no es más que el contrato natural elevado a sacramento, condenando al mismo tiempo el concubinato, al que seguirá llamando por su nombre, porque a la Iglesia no le gustan los equívocos y los recursos astutos e hipócritas, sino que usa el lenguaje de su Señor, que es el lenguaje del "sí, sí, no, no". Que el Estado haga, por su parte, lo que crea mejor en su concepto de matrimonio.
La ley civil puede, por lo demás, permitir convivencias que, por excusantes, atenuantes o motivos aceptables, no alcanzan a observar en plenitud todas las obligaciones esenciales del matrimonio, a condición de que ellas también puedan y quieran dar su contribución al bien común. La unión civil puede ser disoluble. El divorcio civil del matrimonio religioso para la Iglesia sigue siendo canónicamente nulo.
La grave cuestión que se plantea hoy es si la Iglesia considera tomar en consideración estas formas de matrimonios imperfectos o incompletos, en cuáles casos y bajo cuáles condiciones. Esperamos confiados una respuesta orientativa y eficaz de nuestros pastores bajo la guía del Santo Padre.
¿Por qué he insertado el discurso sobre la virginidad en un tema tan escabroso? Porque debemos tener confianza de que incluso las uniones más desdichadas siguen siendo siempre uniones de seres humanos, que de todos modos poseen esa conciencia moral, que no puede nunca extinguirse del todo, ni por tanto perder del todo esa estima por el amor entre varón y mujer, que en la vida consagrada se vive a la luz de la virginidad. La misericordia de Dios elimina la distancia infinita entre el pecado y la gracia. ⁵
Fin de la Tercera Parte (3/3)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 25 de Agosto de 2015
Notas
¹ Cant 8,7.
² Por ejemplo el Cantar de los Cantares. Una pista puede ser dada por el c.2 del Génesis, que se limita a hablar de la unión hombre-mujer, mientras que el c.1 es superado, en cuanto trata de la reproducción de la especie.
³ No puedo imaginarme lo alegres que son los homosexuales. El orgullo es una falsa alegría, que oculta el vacío interior.
⁴ Existen, por ejemplo, parejas que se dedican a la difusión de doctrinas heréticas, al terrorismo u otro tipo de actividades delictivas.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo (considerado el artículo completo, en sus tres partes), he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum virginitas consecrata sit matrimonio superior,
et utrum concubinatus sit contrarius vero amori humano
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod virginitas sit contra naturam.
1. In principio enim Deus statuit non esse bonum hominem solum, et creavit mulierem ut essent duo in carne una. Si sociabilitas humana fundatur in unione viri et mulieris, excludere eam esset negare ipsam essentiam naturae creatae.
2. Praeterea, actus sexualis videtur implicare maculam et corruptionem, unde perfectio esset in abstinentia. Si virginitas consistit in non exercere facultatem sexualem, tunc esset superior quia servat integritatem contra corruptionem actus.
3. Item, concubinatus videri posset similis unioni escatologicae, quia praetermittit generationem et in amore consistit. Si futura unio non habebit finem procreativum, tunc praesentis convictus sine filiis posset anticipare illam conditionem.
4. Denique, si omnis virtus debet esse pura, non apparet cur virginitas habeat superiorem dignitatem quam matrimonium, quod etiam potest esse via sanctitatis. Aequalitas baptizatorum coram Deo videretur excludere omnem hierarchiam inter status vitae.
Sed contra est quod Evangelium docet quosdam fieri eunuchos propter regnum caelorum, et Ecclesia definivit tamquam veritatem fidei virginitatem matrimonio esse superiorem, damnans negantes ut haereticos. Item Apostolus dicit: qui uxorem ducit bene facit, et qui non ducit melius facit.
Respondeo dicendum quod virginitas consecrata est matrimonio superior, non quia actus sexualis sit impurus, sed quia constituit altiorem manifestationem vitae secundum Spiritum et anticipat conditionem escatologicam. Christus, fundando vitam religiosam, voluit ostendere vitam novam, fovere maiorem dedicationem spiritualem et anticipare resurrectionem. Virginitas est signum futurae humanitatis, ubi amor permanebit etiam cessante generatione. Matrimonium tamen manet via authentica sanctitatis, elevatum ad sacramentum, remedium concupiscentiae et symbolum unionis Christi cum Ecclesia. Concubinatus vero est miser egoismus et mutua expropriatio, quia non fundatur in unione spirituali ad Deum directa, sed in voluptate et inhonestis commodis, dignitatem humanam depravans. Virginitas consecrata est matrimonio superior quia iam nunc manifestat vitam futuram, concubinatus autem reprobandus est quia obscurat veritatem amoris humani.
Ad primum ergo dicendum quod consilium originarium Genesis virginitatem non cognovit, sed Christus eam introduxit tamquam remedium et perfectionem contra peccatum originale, non negando bonitatem matrimonii. Sociabilitas humana non destruitur, sed elevatur ad novam formam fecunditatis spiritualis.
Ad secundum dicendum quod actus sexualis non est corruptio per se, sed solum cum contra naturam vel extra ordinem moralem exercetur. Voluptas est bonum a Deo creatum, et actus est perfectior quam potentia. Virginitas non est superior quia negat actum, sed quia libere renuntiat ei propter maius bonum, plenam dedicationem Regno.
Ad tertium dicendum quod concubinatus non est similis unioni escatologicae, quia caret orientatione ad Deum et in egoismo consistit. Unio escatologica est plenitudo et purificatio amoris, concubinatus autem est depravatio.
Ad quartum dicendum quod virginitas est superior non quia matrimonium careat puritate, sed quia anticipat vitam futuram et constituit signum altius vitae secundum Spiritum. Aequalitas baptizatorum non excludit diversitatem charismatum et statuum vitae, et Ecclesia affirmavit virginitatem consecratam esse donum excellentius, non minuens dignitatem matrimonii.
JG
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