¿Qué visión del hombre se esconde detrás de la ética luterana? ¿Por qué Lutero reduce la antropología a la fe, despreciando la razón y la universalidad de la naturaleza humana? ¿Qué consecuencias trae el subjetivismo y el individualismo que derivan de su pensamiento? ¿Cómo se pasa de la conciencia personal de Lutero al idealismo alemán y, finalmente, al materialismo ateo? En esta primera parte de su artículo, el padre Giovanni Cavalcoli analiza las raíces antropológicas del "reformador" y muestra cómo su visión del hombre, marcada por el fideísmo, el pragmatismo existencial y el subjetivismo consciencialista, desemboca en una ética fragmentada y peligrosa para la comunión y la justicia. Un texto que invita a reflexionar sobre las bases filosóficas y espirituales de la modernidad nacida del protestantismo. [En la imagen: fragmento de "Retrato de Martín Lutero", óleo sobre lienzo, 1529, obra de Lucas Cranach El Viejo, conservado en la iglesia parroquial evangélica luterana de Santa Ana, en Augsburgo, Alemania].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 10 de agosto de 2026
La ética luterana (1/2)
La ética luterana
Primera Parte
(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 21 de abril de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/letica-luterana-lantropologia-di-lutero/)
La antropología de Lutero
El año 2017 marcará el quinto aniversario del inicio de la obra de Martín Lutero y ello constituirá la ocasión para una intensificación del diálogo ecuménico en vista de una recomposición de los contrastes que todavía dividen a los fieles de la Iglesia Romana de los hermanos separados que cobran vida de su pensamiento. En este breve ensayo me propongo poner en evidencia las raíces espirituales del teólogo alemán.
Antes de entrar en el tema ético es bueno exponer las premisas antropológicas. La antropología luterana tiene tres características.
Primera. Es una antropología fideísta, que considera al hombre sólo sobre la base de la Revelación bíblica, rechazando cualquier mediación o presupuesto racional, científico o filosófico considerado como relativo, vano o engañoso. Sólo la fe, para Lutero, es verdad; la razón es apariencia ¹. Pero esto es precisamente el fideísmo, que es falso, porque también la razón tiene una verdad que le es propia, una verdad que hace de presupuesto para la verdad revelada de la fe (praeambula fidei) ². Debido a esto Lutero, al considerar la concepción bíblica del hombre, se considera iluminado directamente por Dios, a tal punto de sentirse capaz de acusar de falsa la tradicional concepción católica que se vale también de la filosofía.
Para Lutero es impensable una visión del hombre puramente racional, que no descienda de la Revelación. Para él, el hombre es el cristiano. No está del todo equivocado en esto, de hecho se nota una fuerte instancia religiosa, que sin embargo no está bien enfocada, porque resuelve lo natural en lo sobrenatural, con eso mismo naturalizando lo sobrenatural. Para Lutero o el hombre está en gracia o el hombre no es hombre. Habría que preguntarse cómo haría hoy Lutero para enfocar el diálogo con aquellos que, no teniendo la fe, se sitúan sólo desde el punto de vista de la razón.
Segunda. Es una antropología pragmático-existencialista. Considera al hombre sólo en su situación factual o histórico-existencial y no tiene ningún interés por la naturaleza humana como tal, y por consiguiente no se preocupa por definirla en su esencia. Para usar el lenguaje heideggeriano, se podría decir que para Lutero el hombre no es o no tiene una naturaleza, sino que es un "acontecimiento" (Ereignis). El hombre se resuelve en su actuar.
Lutero, por lo tanto, se hace un concepto del hombre no en base a una consideración filosófica, que defina la naturaleza en sí abstractamente en su universalidad, sino en base a la propia experiencia y sucesos de la vida personal y eleva a universalidad las características de tal experiencia. Mi yo, para Lutero, es el hombre. El hombre soy yo. El hombre es mi conciencia de ser hombre, aquí y ahora.
Tercera. Es una antropología subjetivista-consciencialista. A Lutero no le interesa tanto el hombre en sí, sino mi yo, mi conciencia, mi libertad, mi salvación, mi relación personal e íntima con Dios, como si existiéramos sólo yo y Él. En esta visual intimista y egocéntrica, inspirada en un infantil soteriologismo todo concentrado sobre sí mismo, de algún modo los demás, el bien común, la sociedad, se esfuman, palidecen, devienen un simple apéndice de mi yo.
Para Lutero, por tanto, el hombre no es la naturaleza humana en su objetiva universalidad, sino que es este hombre, soy yo, es Lutero. Es, como dirán los idealistas alemanes, el "sujeto". Es, ésta una huella evidente del ockhamismo -por otra parte abiertamente profesado por Lutero: ¡aparte de la Biblia!-, que no sabe captar lo universal sin reconducirlo a lo concreto o absorberlo en lo concreto.
No sabe captarlo por sí mismo o en sí mismo, independientemente del espacio-tiempo. La consecuencia es que desaparece la universalidad propia de la moral y la ética cae en el subjetivismo o en el individualismo, y por lo tanto, en último análisis, en la apología del egoísmo y de la opresión del hombre por el hombre, con la excusa de la libertad o de la "conciencia".
Pero yendo más al monte, aguas arriba, en Lutero falta el sentido de la universalidad de la razón y de la cultura, y esto también es un signo del individualismo ockhamista. Para él no se da la cultura sino sólo las culturas. Sólo la fe es universal, es para todos. Pero sin el presupuesto racional, incluso la fe pierde la propia universalidad porque ella es expresada en conceptos y si el concepto no es universal, también la fe se relativiza y se anula.
Este enfoque de Lutero, aparentemente liberal, podría dar la impresión del respeto en él por el pluralismo y por la diversidad de las culturas, pero en realidad, precisamente porque falta este sentido de lo universal, que es lo único que puede hacer de soporte y fundamento a lo particular y a lo múltiple, la individual cultura o la individual conciencia personal devienen los absolutos en contraste unos con otros. La cultura deviene ideología, entendiendo con este término lo particular que pretende ser universal: la parte que pretende ser el todo, lo subjetivo que quiere sustituir a lo objetivo.
Es una visión peligrosa, que a la larga conducirá a ese individualismo a veces trágico, como en Nietzsche, o a un terrible sentimiento de soledad, como por ejemplo en Kierkegaard, típico del protestantismo, individualismo que se multiplicará en una infinidad de sectas, bien recordadas por Bossuet, donde por una absolutización de la propia particularidad, falta el sentido de la universalidad ("catolicismo"), de la comunión, de la solidaridad con los demás, de la misericordia y de la justicia social.
Cuando en el siglo XIX con Hegel el luteranismo intentará recuperar el sentido de la comunidad, lo hará en una visión monista y totalitaria sobre base panteísta, en la cual esta vez el individuo, en lugar de emerger como Yo absoluto, sobre el modelo fichteano, desaparece en el Todo como su "momento" accidental y pasajero. De tal modo se plantearán los presupuestos que conducirán al comunismo marxiano, salvo que con Marx la dialéctica, para usar una expresión suya famosa, viene puesta patas arriba. De tal modo el espiritualismo panteísta, manteniendo intacta la dialéctica, se transforma en materialismo ateo, y el juego está hecho. Pero veamos ahora detalladamente estos diversos momentos en su nexo lógico y desarrollo histórico.
I. Los desarrollos modernos
En primer lugar, es necesario decir, para honrar la verdad y hacer justicia al mismo Lutero, que él se esforzó en sacar su concepción del hombre de la Escritura, por lo tanto de su fe, pero interpretada en el ya mencionado sentido subjetivista. Es decir, Lutero no se preocupa por recabar de la Escritura una concepción racional y objetiva de la naturaleza humana, válida universalmente, incluso para un no-creyente, concepción que sin embargo existe en la Biblia ³ y que la Iglesia, gracias a la obra de santo Tomás de Aquino, ha conectado con el pensamiento de Aristóteles, sino que concentra su mirada, de modo unilateral y por tanto falso, sólo en aquellas que son, según la Escritura, las situaciones o estados de la naturaleza humana, desde aquel de la inocencia, hasta el de la naturaleza decaída rebelde, al de la redimida o "justificada", al de la naturaleza gloriosa.
Estos temas son indudablemente importantísimos o fundamentales para la ética cristiana, precisamente en su característica de cristiana, y agradecemos a Dios que ellos hayan sido salvados en la visión luterana, para así poder ser objeto de diálogo ecuménico; sin embargo, a causa del desprecio de Lutero por la antropología filosófica, estos temas se han vuelto rígidos y han sido llevados al extremo, a tal punto que, fallando el nexo entre ellos, que habría sido asegurada por el hilo rojo de la antropología natural, por otra parte enseñada por la Biblia, si Lutero le hubiera prestado atención, han entrado en colisión entre sí.
La más famosa contradicción que surge es la doctrina del simul iustus et peccator, donde no se comprende cómo ello sea posible, dado que, si existe la gracia, no existe el pecado, precisamente porque la gracia quita el pecado, y si existe el pecado -se entiende el mortal-, no existe la gracia, así como si existe el aire, el hombre vive, y si falta el aire, muere; pero no puede estar vivo en ausencia de aire.
Estos datos bíblicos sobre los estados del hombre son, por tanto, ciertamente verdades prácticas y concretas, decisivas para nuestra salvación, pero ellas lamentablemente, como se ha dicho, son entendidas por Lutero al margen de una referencia con la naturaleza humana, prescindiendo de sus leyes y de sus fines. Por eso todo se distorsiona, todo viene falsificado, y lo que podría haber sido una legítima y debida necesidad de salvación personal en el Dios de la fe, se convierte, al final, en sus desarrollos en los siglos siguientes, un horrible egocentrismo gnóstico, irracional, libertario e idealista, despreciador de Dios y del prójimo. Deviene el yo nietzschiano prepotente, apegado a los bienes de esta tierra y opresor y explotador de los pobres y de los débiles.
Nace ese concepto moderno de la persona, hoy tan difundido en la psicología, para el cual la persona ya no es, como dice Boecio, la individua substantia rationalis naturae, sino que es simplemente el "yo", por lo demás muchas veces absolutizado como sucederá en Fichte, a tal punto que, como es bien sabido, Fichte plantea como principio de su filosofía no el ser, sino el yo autoconsciente, sobre el modelo de Descartes. Por eso, Descartes, mediado por Kant (el "yo pienso sobre todo", el Ich denke überhaupt), ha hecho tanta fortuna en el mundo protestante alemán, como para convertirse en la base de su filosofía, en lugar de la filosofía realista de santo Tomás de Aquino, verdaderamente conforme a la imagen bíblica del hombre.
Ciertamente, Hegel vendrá después de Fichte para repristinar el ser como principio de la filosofía, pero ahora este "ser" (seyn) no será otro que el ser-pensado (esse est percipi) de origen berkeleyano o, como dirá Heidegger, el "ser-que-soy-yo". Y aquí estamos como al principio. Pero ha sido más bien Kant, antes que Fichte, quien redescubrió el gran tema de la razón práctica olvidado por Lutero; pero lamentablemente también la razón práctica kantiana, principio de la ley moral y del deber, aunque dotada de universalidad y necesidad, no hace referencia a una visión realista deducida de la naturaleza humana, sino que no es más que el "Yo pienso" cartesiano y estamos de nuevo con la bola y la cadena del idealismo subjetivista, proveniente de la "conciencia" luterana con la adición del idealismo cartesiano.
Lutero, por lo tanto, no se preocupa por definir al hombre como animal racional dotado de libre albedrío. Esto implica también el desprecio por las facultades y las inclinaciones naturales que vienen actuadas en los hábitos de las virtudes, las cuales hacen al hombre capaz de observar la ley natural, expresada en los divinos mandamientos, en vista de la consecución del último fin natural, que es Dios conocido por la razón per ea quae facta sunt (Rom 1,20).
Para Lutero, creer en una naturaleza humana racional, que haya conservado después del pecado una cierta fuerza o bondad, como para poder observar aunque sea imperfectamente la ley, evitando el pecado, es ilusión, soberbia, hipocresía y falta de fe en el poder salvador de la cruz de Cristo. El fin del cristianismo no es la visión de un Deus tremendae maiestatis, sino la experiencia consoladora de la salvación que viene de un Dios-para-mí, no obstante mis pecados, que, sin embargo, sea como sea, son perdonados.
Lutero no niega que el hombre sea una criatura personal compuesta de alma y cuerpo, dotada de conciencia y de voluntad, creado varón y fémina ⁴, inocente, inmortal y en gracia en el Edén, a imagen y semejanza de Dios, y llamado a la libertad espiritual e interior de los hijos de Dios, destinado a vida eterna después de la muerte. Lutero también reconoce que con el pecado original el hombre, Adán y Eva ⁵, han caído en un estado de miseria, de concupiscencia, de muerte y de pecado, y sólo Cristo lo puede justificar y salvar con su gracia y su misericordia obtenidas mediante la fe.
II. Las orientaciones éticas de Lutero
Lutero absorbe el saber moral en la concreta vida o acción moral. Él sabe que actiones sunt suppositorum, que la acción está siempre en lo concreto; sin embargo olvida el hecho de que la acción debe ser la aplicación de una norma universal, sea ella natural o evangélica, interior o exterior, basada en la universalidad de la naturaleza humana y del dato de fe.
Lutero, como se sabe, ha partido de un sentido trágico, exagerado e insoportable del pecado. Pero su insistencia en el hecho de que el pecado es inevitable y en el deber de confiar en el perdón divino ha terminado por inducir hoy a muchos protestantes -los así llamados "protestantes liberales"- a no dar ningún peso al pecado y a considerarse inocentes, tanto más desde que el sentimiento de culpa es considerado una simple perturbación psíquica, que debe ser eliminada no con la confesión, sino con el psicoanálisis ⁶, y esto también en relación con un extendido relativismo y subjetivismo moral, según los cuales ya no se cree en una ley moral universal y objetiva, sino que cada uno se regula como mejor cree en la seguridad que de todos modos se salva, también porque hoy ya no existe la idea luterana de la predestinación a la condenación, sino que se piensa que todos se salvan.
Con el pecado original el hombre, según Lutero, lo ha perdido todo y se ha convertido en esclavo de la concupiscencia y de Satanás. La naturaleza está totalmente corrompida, de hecho está muerta ⁷: la razón es rebelde y sofista, el libre albedrío está destruido y esclavizado. Sólo queda el hombre interior, la conciencia y la voluntad entendida no como facultad de elección entre el bien y el mal, sino como impulso del corazón sediento de libertad ⁸, que, mediante la fe, obtiene la justificación y la gracia de la salvación.
En el estado presente, sin la gracia, esclavos de la concupiscencia, con la razón entenebrecida, es imposible para Lutero observar los mandamientos y la ley. Cualquier cosa que haga, el hombre está siempre en estado de pecado mortal, hasta que, por impulso de la misma gracia, y no por precedentes razonamientos, no abraza la fe en Cristo, que nos pone bajo la guía del Espíritu, y nos hace libres, aunque continuemos pecando ("justificación forense").
Sea como sea, para Lutero el hombre resucita de entre los muertos, obtiene la vida eterna y la resurrección en el mundo futuro. Las obras, sin embargo, como se sabe, no son necesarias para la salvación, no es necesario obedecer la ley, porque todo ello es imposible; basta la fe en que Dios es misericordioso y que me salva gratuitamente sin méritos.
No importa hacer penitencia, sería también ésta una vana presunción de salvarse con las obras. Dios nos toma como somos. Por esto Lutero suprime el sacramento de la penitencia. Para él basta el Bautismo. La penitencia es un auto-tormento, un inútil intento de corregirnos de los pecados, lo que según él es un esfuerzo de Sísifo, que no conduce a nada, sino a la desesperación y a sentir con terror y angustia ⁹ el cernirse sobre nosotros de su ira divina, porque los pecados siempre se repiten los mismos. El esfuerzo ascético no sirve para nada: es mejor gozar de un buen pecado confiando en el perdón divino. Lutero decía que él cometía un pecado bueno para fastidiar al diablo ¹⁰. No sé en verdad si el diablo precisamente se fastidiara de ello.
La fe como conocimiento para Lutero es una fe falsa. Esta idea será condenada por el Concilio de Trento, el cual dirá en cambio que la fe en sí misma es un saber y es ya virtud, aun cuando ciertamente para salvarse es necesaria también la caridad. Este principio será reafirmado por el Concilio Vaticano I y por el Concilio Vaticano II, al tratar de la divina Revelación ¹¹.
Lutero ni siquiera ve bien la caridad, en cuanto que también ella es para él una "obra", de la cual nos podemos jactar. Esto no quiere decir que él desprecie la acción o la práctica, todo lo contrario; solo que para él se sigue sólo de la fe y coincide con la fe, que para él no es acto de conocimiento o adhesión a dogmas, sino que es confianza de salvarse en virtud del encuentro con Cristo.
Los llamados "santos" de la Iglesia Romana para Lutero son hipócritas, personajes fabricados o construidos sobre lo fantástico y sobre lo legendario. Son fariseos o, como se diría hoy con términos modernos, perfeccionistas o masoquistas. Es vano buscar una santidad irrealizable como hace la Iglesia de Roma. El hombre es eso que es: un pecador. El ideal no es el santo, sino el justo, es decir el hombre pecador justificado por la fe y no por las obras. Somos sí pecadores, pero no es para preocuparse: Dios es bueno y tiene piedad de nosotros. El infierno existe solo para los católicos romanos que no quieren creer en el valor de la fe y en la misericordia de Dios, contando con sus propios méritos.
Lutero insiste mucho sobre la humildad, pero él no la entiende como obediencia a los mandamientos, mucho menos como obediencia a la Iglesia Romana, gobernada según él por el Anticristo (el Papa) ¹², sinagoga de Satanás, sino como convicción del propio ser pecadores incorregibles, que sin embargo confían en la misericordia divina. Me parece evidente que se trata de una falsa humildad sugerida por el demonio.
Para Lutero no se debe actuar en vista del premio, sino sólo para corresponder a la llamada (Beruf) de Dios, que me ha predestinado a la salvación. De ello debo estar segurísimo precisamente para salvarme. Sin embargo, también debemos ser indiferentes al paraíso del cielo y al infierno y atender solo a la voluntad de Dios, aún cuando ella nos hubiera destinado al infierno.
No debemos buscar un Dios en sí, que es un impenetrable misterio, y no nos debe interesar; no es esta la tarea de la teología, sino que debemos buscar un Dios-para-mí, un Dios crucificado, por lo cual el verdadero teólogo es un crucificado. Debo disfrutar de la voluntad divina hacia mí más que si fuera al paraíso del cielo. Así algunos están predestinados a la salvación, otros a la condenación, sin ningún supuesto de libre albedrío, que no existe, y por tanto prescindiendo de cualquier mérito, que no tiene nada que ver en la adquisición de la salvación, sino sólo para las obras de este mundo. En efecto, es Dios quien mueve al hombre, haga lo que haga y no es el hombre quien se mueve a sí mismo con su razón.
Entonces en la oración no debo pedirle nada a Dios: eso sería egoísmo. Tenemos ya aquí al Dios "tapa-agujeros", con el que se la agarra Bonhöffer. No debo pedirle que me libere de los pecados: sería inútil. Dios me soporta como soy. Simplemente debo agradecerle por su misericordia, por la cual me salvo no obstante mis pecados. Por lo demás, debo conformarme con la fuerza que Dios me da.
Lutero, como he dicho, con su polémica contra las obras, no niega que el cristiano deba darse a hacer: simplemente entiende decir que las obras no sirven para el más allá, pero para el más acá son necesarias. Por ello vemos cómo en la tradición protestante existe un gran activismo, a veces frenético, a la altura de los sistemas industriales y capitalistas y la carrera a veces loca por el enriquecimiento.
El quietismo se podría derivar de Lutero, pero en realidad es una falsa interpretación de él. De hecho, los protestantes nos acusan a los católicos de ser los indolentes y los perezosos, que descuidan el progreso de la ciencia, de la industria y de la técnica y carecen de iniciativa económica. Véase, por ejemplo, el aire de suficiencia con la cual los países protestantes del norte de Europa consideran la actividad económica y empresarial de Italia, de España o de América Latina, de tradición católica.
Como se sabe, para Lutero el libre albedrío no existe, por lo cual no tiene ningún poder en el dinamismo de la salvación o de la condenación. Lo esencial es creer ser salvados y se es salvados. Quién confía en las obras, no se salva, aunque al final sólo Dios sepa quién se salva y quién no se salva. Esta fe es el único acto salvífico que se requiere de nosotros, la "opción fundamental", diría Rahner, la única "obra" que Dios nos pide. Todo lo demás lo da Él.
Y no importa en absoluto aquello que hagamos y que nos parezca bueno o malo. Son todos "me parece", todos actos relativos, miserables e inciertos ("relativismo moral"). Y por lo demás, no existe ni siquiera una ley natural objetiva y universal, sino sólo la concreta e imprevisible voluntad divina, momento a momento, (por encima de la ley, véase el sacrificio de Abraham), captada en la fe paradojal y "escandalosa", una voluntad sin fundamento racional y despótica, sin ley fija, sino que cambia según las circunstancias y las situaciones ("ética de la situación"). Así la "voluntad de Dios" puede ser aducida en cada caso, sin necesidad de dar explicaciones ni justificaciones, un cómodo instrumento en las manos de los prepotentes y de los astutos.
Fin de la Primera Parte (1/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 19 de abril de 2015
Notas
¹ El Concilio Vaticano I enseña que existe también una verdad natural junto con la verdad de fe. De hecho, el luteranismo es débil en la apologética. El luteranismo se impone no mediante argumentaciones, sino sólo en modo emotivo y por sugestión. No se propaga por medio de la teoresis especulativa, sino por imitación de una experiencia subjetiva, aquella precisamente del luterano. Se trata de una "fe" que ante la prueba de la razón se derrumba fácilmente, porque no propone valores universales, sino la propia subjetividad. Estos defectos de la apologética protestante no le han impedido desarrollar durante siglos una obra misionera en todo el mundo.
² Materia de la apologética.
³ Véase por ejemplo en los libros sapienciales o incluso en el mismo Nuevo Testamento.
⁴ Ya es algo, si pensamos en la confusión que crea hoy la teoría de género.
⁵ También sobre este punto Lutero ha mantenido la verdad católica, contra las herejías que se difunden hoy entre católicos, las cuales niegan la historicidad de la pareja primitiva.
⁶ La así llamada “depresión”.
⁷ Cf. Col 3, 3.
⁸ Aquella que luego los moralistas existencialistas y Rahner en el
siglo pasado llamarán "opción fundamental", criticada por
el Beato Juan Pablo II en la encíclica Veritatis splendor.
⁹ Concepto fundamental de la espiritualidad protestante desde Lutero hasta Kierkegaard y Heidegger.
¹⁰ Lo refiere Maritain en su ensayo sobre Lutero en Tres Reformadores.
¹¹ Constitución dogmática Dei Verbum, nn. 1-5.
¹² Existen también hoy en día sedicentes católicos los cuales, aunque no considerándose protestantes sino guardianes de la ortodoxia, sin embargo faltan de respeto al Papa de modo similar.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum anthropologia Lutheri possit esse fundamentum validum pro ethica christiana
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod anthropologia Lutheri possit esse fundamentum validum pro ethica christiana.
1. Quia Lutherus nititur derivare suam conceptionem hominis directe ex Sacra Scriptura, quod videtur veritatem et auctoritatem eius garantire. Hoc videtur validum, quia Biblia est fons revelationis et doctrinae de homine, et qui in ea innititur videtur securitatem habere se in veritate esse.
2. Praeterea, dicitur quod visio Lutheri subjectiva et conscientialis respicit libertatem personalem et relationem intimam cum Deo. Hoc videtur probabile, quia salus est occursus personalis cum Christo, et conscientia singularis videtur esse locus praecipuus huius occursus.
3. Item, asseritur quod contemptus Lutheri erga philosophiam et rationem puritatem fidei servat, vitando contaminationes rationalisticas vel naturalisticas. Hoc videtur firmum, quia fides rationem superat et ab ea non dependet, et sic ab erroribus humanis servatur.
4. Denique dicitur quod approchus existentialis Lutheri, in experientia concreta peccati et gratiae fundatus, est magis realis et vitae proximus quam abstractiones philosophicae. Hoc videtur rationabile, quia ethica debet ex vita concreta proficisci et non ex definitionibus universalibus quae a vita remotae videntur.
Sed contra est quod Scriptura dicit: “A creatura mundi, invisibilia Dei per ea quae facta sunt intellecta conspiciuntur” (Rom 1,20). Et sanctus Thomas definit hominem ut individua substantia rationalis naturae. Ergo ratio et universalitas necessariae sunt ad hominem comprehendendum et ethicam fundandam.
Respondeo dicendum quod anthropologia Lutheri fundamentum validum pro ethica christiana non constituit, quia cum sit fideistica, pragmatica et subjectivistica, destruit universalitatem rationis et naturae humanae. Nam Lutherus hominem non considerat ut animal rationale libero arbitrio praeditum, sed solum ut ego concretum in relatione cum Deo. Sic evanescit universalitas moralis, et ethica cadit in subjectivismum et individualismum. Consequens est apologia egoismi et oppressionis hominis ab homine, sub praetextu libertatis vel conscientiae. Praeterea, contemnendo culturam universalem et eam ad culturas particulares redigendo, visio Lutheri culturam in ideologiam convertit, ubi particulare se pro universali gerit. Hoc ducit ad fragmentationem, solitudinem et multiplicationem sectarum, sicut in historia protestantismi manifestatur. Cum lutheranismus sensum communitatis recuperare conatus est apud Hegelium, id fecit in visione monistica et totalitaria, quae in communismum marxianum desiit. Ergo, quamvis Lutherus ex Scriptura proficiscatur et quaedam themata fundamentalia, sicut status hominis secundum Bibliam, conservet, tamen, cum anthropologiam philosophicam et universalitatem rationis praetermittat, eius visio fit unilateralis et falsa, et in gnosticum irrationalem egocentrismum desinit, qui Deum et proximum contemnit.
Ad primum dicendum quod ex Scriptura conceptionem hominis haurire validum est, sed id fieri debet in continuitate cum ratione et philosophia, sicut Ecclesia docet; aliter subjectivitas absolutizatur et veritas biblica falsificatur.
Ad secundum dicendum quod relatio personalis cum Deo essentialis est, sed non potest excludere dimensionem communitariam et universalem hominis; reducere hominem ad ego est error qui communionem et iustitiam socialem destruit.
Ad tertium dicendum quod fides praeambula fidei requirit; rationem contemnere non purificat fidem, sed eam relativizat et destruit, quia fides in conceptibus exprimitur qui universalitatem postulant.
Ad quartum dicendum quod experientia concreta necessaria est, sed illuminari debet per universalitatem naturae humanae; aliter ethica fit mera situatio subjectiva et in relativismum moralem labitur.
JG
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