viernes, 14 de agosto de 2026

La razón del dolor. Carta abierta al padre Inos Biffi

¿Puede la razón iluminar el misterio del dolor, o debemos resignarnos a verlo solo desde la fe? ¿No sería un error excluir la justicia divina y reducir todo a misericordia, como si el sufrimiento fuera puro amor de Dios? ¿Qué consecuencias trae olvidar que el dolor está ligado al pecado original y que exige expiación? ¿No se corre el riesgo de presentar un cristianismo edulcorado, incapaz de sostenerse frente a la crítica racional? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli dialoga con don Inos Biffi y recuerda que la verdadera comprensión del dolor surge de la conjunción entre razón y fe, justicia y misericordia, mostrando que solo en Cristo el sufrimiento se convierte en redención y esperanza. [En la imagen: fragmento de "Job en el estercolero", óleo sobre lienzo, 1881, obra de Gonzalo Carrasco, conservado en el Museo Nacional de Arte de México].

La razón del dolor. Carta abierta a don Inos Biffi

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 18 de mayo de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-ragione-del-dolore-lettera-aperta-a-don-inos-biffi-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Reverendo Don Inos Biffi,
He leído con gusto en L'Osservatore Romano del 14 de mayo pasado su interesante intervención sobre un tema muy delicado e importante, siempre actual, que en días recientes se ha vuelto aún más tras la animada discusión entre creyentes y no creyentes y dentro de los propios creyentes, suscitada por el hoy famoso discurso del profesor Roberto de Mattei en Radio María.
Como católico, no puedo sino compartir y apreciar cuanto Ud. dice, en base a los datos de la fe, sobre el origen lejano de los dolores de la humanidad desde el pecado original, sobre el vínculo entre dolor y pecado, sobre el propósito redentor de los sufrimientos de Cristo y sobre el valor de nuestra unión con el Crucificado, así como sobre la condenación eterna como justa consecuencia de la obstinación final en el pecado.
En cambio, me permito hacer algunas respetuosas observaciones sobre los siguientes puntos.
En primer lugar, diría que el misterio del dolor, si es decisivamente iluminado por los datos de la revelación cristiana, no es del todo oscuro para la indagación de la razón. La historia de la filosofía occidental y oriental lo atestigua de muchos modos, aptos para dar algo de luz y alguna consolación, que fortalecen virilmente el alma, enseñan la paciencia, incitan a la lucha contra el sufrimiento, insinúan la idea del sacrificio, abren el corazón a la esperanza y preparan el terreno al mensaje cristiano.
En tal sentido, no es cierto que "la razón no está en grado de encontrar una solución, que explique o justifique el dolor". Ciertamente no encuentra la insuperable solución ofrecida por la fe, pero ya pone premisas, humildes pero seguras, que son como un camino que conduce a la fe, así como el Bautista, con su sentido de justicia y amor por la penitencia, conduce a Cristo, infinita misericordia y gratuito perdón. Pero sin el Bautista no se va a Cristo.
En efecto, en primer lugar, ya Aristóteles es consciente del hecho que el dolor entra en la categoría del mal como stéresis, o sea "privación" o "falta", lo que los Escolásticos llamarán más tarde privatio boni debiti. Ahora bien, esta privación, esta indebida ausencia, puede ser activa o pasiva. En el primer caso tenemos la mala voluntad, el mal de culpa, aquella que ya Cicerón llamaba mala actio y el cristianismo "pecado". En el segundo caso tenemos el mal de pena, el padecimiento, el dolor, el sufrimiento. El dolor y el pecado están en contra de la naturaleza y, por lo tanto, deben eliminarse observando la ley de la naturaleza. Todo esto nos remite a las virtudes de la justicia y de la misericordia.
Por cuanto respecta a la sabiduría oriental, sabemos cuánto ha meditado el Budismo sobre el sentido del dolor y sobre cómo liberarse de él. Ciertamente, el Budismo no tiene la perspectiva cristiana de la resurrección y carece de la conciencia típicamente cristiana del valor redentor del dolor; y sin embargo, con la famosa doctrina del karma da prueba de esa conciencia espontánea de la razón que ve en el dolor la consecuencia de una vida mala y, si tal visión está desviada por la falsa idea de la reencarnación, sin embargo en sí misma no está privada de valor, se basa sobre la idea de la justicia y da la esperanza de una liberación final del dolor mediante el descuento de los pecados y el ejercicio de la virtud.
Por cuanto respecta al origen del mal, ya el pensamiento pagano, concibiendo a Dios como absoluta bondad, se niega a colocar en Dios el origen del mal y por tanto del dolor, por lo cual está obligado por lógica necesidad a situar tal origen en un ente personal finito capaz de elegir entre el bien y el mal y este es el hombre o eventualmente también el espíritu puro, es decir, el ángel.
Por otra parte, los historiadores de la filosofía saben cómo las mentes paganas más nobles, viendo claramente que Dios es bueno y feliz y que el hombre es pecador y desdichado, han imaginado que en el origen de la humanidad ha habido una caída, desde la cual la sabiduría filosófica tiene la tarea de hacer resurgir al hombre para reconducirlo a la primitiva felicidad. Y esto sucede con los sacrificios religiosos que tienen la finalidad de "aplacar a la divinidad ofendida y airada por el pecado". Y es de notar que este sacrificio, para nosotros los cristianos, es el sacrificio de Cristo. Por lo demás, este no es sólo el lenguaje "pagano", sino también el bíblico, cuyo reflejo se encuentra incluso en el Canon Romano de la Misa. Ciertamente, se trata de metáforas, tentativas vagas y a veces defectuosas, pero dignas de respeto, que testimonian que incluso la sana razón del pagano y del no creyente tiene algo que decir sobre el misterio del dolor.
Por otra parte, siempre sobre este tema, la misma sabiduría pagana capta múltiples significados que pueden ser racionalmente explicables, por lo cual también existe un remedio racional para el dolor, aunque no un remedio resolutivo, incluso antes de recurrir a la fe.
El dolor es ante todo el efecto natural de la pérdida o de la falta de un bien amado, sobre todo si es necesario o debido. Existen dolores naturales y dolores no naturales, dolores benéficos y dolores maléficos o malignos. No es natural sentir dolor por lo que debería producir placer. Beneficioso es el dolor del sacrificio y de la penitencia. Maléfico o maligno, es el dolor del envidioso y del airado. El dolor también puede ser concebido como justa pena por el delito (el "castigo"). El concepto de que Dios premia y castiga es fundamental en la religión y en la conciencia moral natural.
En este sentido, no me siento inclinado a compartir su afirmación según la cual "el dolor como puro castigo, destinado a compensar y a equiparar en cierto modo la culpa, no ha existido jamás y ni siquiera es pensable". En cambio, este es precisamente el concepto originario de la justa pena y, de hecho, esta pena existe en aquellos que no se arrepienten de su culpa y no la expían. Esto vale tanto para la justicia humana (sistema jurídico) como para la justicia divina (infierno). Es la así llamada "pena aflictiva", que no es satisfactio sino satispassio.
El dolor también es la natural consecuencia de la enfermedad o trauma o de una ofensa o lesión recibida. La expiación de la justa pena puede tener un valor reeducativo o redentor incluso sobre el plano de la simple justicia humana. El dolor puede ser justificado por el esfuerzo moral o por el sacrificio o por la renuncia (el así llamado "ascetismo"). Puede estar relacionado con la compasión por los dolores del prójimo o por la indignación por sus malas acciones.
Existe luego el dolor ligado al arrepentimiento (pensemos en el católico "acto de contrición" o de dolor que se recita en el confesionario). Las virtudes de la paciencia o de la tolerancia son un modo humano y razonable para dar sentido al dolor. La medicina es una solución, bien que imperfecta, al problema del dolor. El consuelo moral alivia el sufrimiento. Recordamos el famoso y sublime "De consolatione philosophiae" de Severino Boecio, escrito en la cárcel en espera de la muerte. Recordamos con Usted la muerte de Sócrates.
Por otra parte, ya una sana metafísica o la propia psiquiatría pueden explicar, refutar y corregir falsas concepciones del mal y distorsionadas visiones del dolor, como por ejemplo el error del maniqueísmo (los dos absolutos del Bien y del Mal), el concebir el dolor como bueno en sí mismo (dolorismo, masoquismo) o incluso divino (el Dios que "sufre") o el gusto y placer de hacer sufrir a los demás (crueldad, sadismo, nazismo), o el concebir el dolor como inevitable, lógico, necesario y racional (Hegel). O bien el concebir el dolor como simple apariencia subjetiva (panteísmo spinoziano). También es erróneo el ver el dolor como algo completamente irracional o absurdo (existencialismo), porque induce al fatalismo, a la desesperación y a la falsa resignación. Por el contrario, la actitud virilmente racional frente al dolor y la voluntad de explicar sus causas activan las energías positivas de ataque contra el dolor y defensa contra sus insultos.
Que después el dolor, debido a un misterioso plan del amor divino, pueda adquirir un significado salvífico elevando al hombre incluso a la vida divina es, como Usted bien dice, un concepto puramente de fe: sin embargo, este concepto, ligado a la misericordia, no excluye sino que presupone el primero, vinculado a la justicia. Y aquí debemos mencionar el pecado original. La razón sabe vincular el dolor a la justicia; la fe lo ve conectado a la misericordia.
Cabe señalar por otra parte que la utilización de este conocimiento racional acerca de la naturaleza y el origen del dolor, así como sus remedios, es un factor esencial de civilización y progreso humano y, para nosotros los católicos, es muy importante para el diálogo y la colaboración con los no creyentes, que quieren combatir racionalmente el dolor. Esta "buena batalla" en la que todos deben vernos en primera línea, como por lo demás también Usted reconoce, constituye una premisa indispensable (praeambulum fidei) para conducirlos, con la asistencia del Espíritu Santo, a la comprensión y a la apreciación de la concepción cristiana del dolor, que es ciertamente una visión de fe; pero nuestra fe no debe ser propuesta de modo pirotécnico o ex abrupto a los no creyentes, sin la mencionada introducción o anticipación, porque esto obtendría resultados contraproducentes; la fe católica, de hecho, concorde como es con las exigencias de la sana razón, debe ser propuesta a quienes todavía no creen sobre la base de un consenso común sobre verdades racionales concordantemente justificadas y compartidas. Sólo de este diálogo puede surgir en el no creyente una verdadera fe católica, sólida, serena, convencida, bien fundada e iluminada, que no sea fideísmo ni sugestión ni emoción ni "experiencia atemática" ni uno de esos ilusorios fenómenos compensatorios bien conocidos por el psicoanálisis, ni incluso fanatismo.
Por lo demás, Usted recuerda oportunamente la responsabilidad que nosotros los católicos tenemos de presentar de manera correcta el dato de fe, para volverlo en la medida de lo posible aceptable y, en este sentido, Usted observa que es importante mostrar solidaridad y misericordia frente a los que sufren, así como actuar para que puedan ser liberados de la injusticia y del dolor. Al mismo tiempo, y aquí sigo estando de acuerdo, Usted recuerda que nuestra predicación, en su absoluta franqueza, debe saber en ciertos casos aceptar la oposición que nos viene del mundo. El pobre De Mattei sabe algo al respecto.
Pero precisamente para que tal oposición sea vana, es extremadamente importante acompañar el anuncio cristiano del dolor como cruz que Dios nos manda por amor hacia nosotros, con la clara y previa explicación de la relación del dolor y del pecado con la justicia divina y con el hecho de que el Padre ciertamente en Cristo nos perdona, pero al mismo tiempo quiere que nosotros expiemos en Cristo las consecuencias penales de ese pecado original y también eventualmente de culpas personales, que son la justa consecuencia del mal cometido, tanto por nosotros personalmente, como por parte de nuestros Progenitores, culpa esta que, como dice nuestra fe y Usted justamente recuerda, se transmite de generación en generación y se elimina con el bautismo.
Pero, como subraya el Concilio de Trento, no desaparecen las consecuencias penales, que Dios nos deja para que hagamos penitencia, nos ejercitemos en la adquisición de las virtudes, superemos la oposición del mundo y nos liberemos de nuestras culpas. Porque si el sufrimiento de los inocentes no es consecuencia de culpas personales que ellos no tienen, sigue siendo siempre consecuencia del pecado original que, como Usted también reconoce citando a san Pablo, afecta indiscriminadamente y en los modos más diversos a toda la humanidad, justos y pecadores.
En fin, quisiera detenerme sobre algunas de sus afirmaciones que me parece tienen necesidad de ser aclaradas, porque podrían prestarse a ser interpretadas según esa visión rahneriana, -que no creo que esté en sus intenciones- por la cual todos están redimimos y en gracia, de modo que deviene impensable la existencia de una justicia divina punitiva y por lo tanto de la misma pena infernal, que en cambio veo que Usted admite con claridad.
De hecho, Usted dice que después del pecado de los Progenitores "el género humano nunca ha quedado desprovisto de la gracia de la redención; que nunca se ha encontrado en un puro estado de 'castigo' por el pecado original y, por lo tanto, en un estado de naturaleza caída irredenta, que algún iluminado teólogo considera con razón impensable". Y además, que "el dolor humano ha estado desde siempre arcanamente conectado los dolores del Crucificado; desde siempre en todo hombre que padece se refleja el Cristo, así como toda gracia de salvación, en cualquier momento de la historia, es una impronta de la gracia de Jesús salvador".
Ahora bien, hablando del "género humano que nunca ha quedado desprovisto de la gracia de la redención", considero que debemos distinguir entre "género humano" entendido como colectividad humana o naturaleza humana en sentido genérico y "género humano" entendido como conjunto de singulares individuos, todos pertenecientes al género humano. En el primer sentido, es indudable lo que Usted afirma. Y por eso se habla de naturaleza humana redimida y se afirma que una naturaleza humana irredenta nunca ha existido, aunque, en rigor de pura justicia divina, tal naturaleza irredenta sea concebible, como observa santo Tomás.
En efecto, si Dios nos hubiera castigado y nos hubiera dejado en nuestro castigo, del cual nos había advertido en nuestros Progenitores, observa el Aquinate, no habría faltado a su justicia; hubiéramos quedado, como dice san Agustín, una massa damnata; pero como Él es también bondad infinita, era extremadamente conveniente, aunque no fuera obligado, que tuviera piedad de nosotros y transformara, gracias a la cruz de Cristo, en redención lo que era un simple castigo. De hecho, el Padre ha tomado ocasión de esta felix culpa para elevarnos a un estado de gloria que, según el relato bíblico, ni siquiera los Progenitores hubieran conocido si no se hubiera dado el pecado: la filiación divina en Cristo.
Si, por el contrario, entendemos la expresión antes mencionada en el segundo sentido, es necesario decir que aunque la gracia de la redención sea ofrecida a todos, no todos de hecho son provistos de esta gracia a causa de su voluntario rechazo, por lo cual no son objeto de la misericordia sino de la justicia divina. Y, por lo tanto, en tal sentido, en relación con ellos, se puede hablar de una naturaleza irredenta, no porque no se les ofreciera también a ellos la redención, sino porque la han culpablemente rehusado.
Pero aun admitiendo, según una opinión teológica reciente, que la gracia de la redención llega a todos los hombres inmediatamente después de la concepción, liberándolos por lo tanto de la culpa original, incluso antes del eventual sacramento del bautismo, se debería siempre decir que incluso en este caso no todos están dotados de la gracia de la redención debido al hecho de que algunos, habiendo llegado a la edad de la razón, a pesar de encontrarse en gracia, la pierden con el pecado, de modo que su naturaleza queda caída, como dice la Escritura, en un estado aún peor a aquel resultante de la sola culpa original.
De hecho, mientras la pareja primitiva había caído en los inframundos, que fueron abolidos por Cristo cuando descendió a los infiernos y resucitó de entre los muertos, aquellos que rechazan la redención se precipitan en una situación mucho peor e irremediable que es el infierno.
Además, conviene observar que no es un cualquier o simple hecho material del padecer el que esté "conectado los dolores del Crucificado", ni en eso como tal "se refleja el Cristo", porque tal cosa sería una injustificada exaltación del sufrir como tal, sino solo en aquel padecer que de algún modo pone en juego la causa de Cristo, aunque sea de modo inconsciente, como en el caso de los Santos Inocentes.
Luego, es necesario en el adulto, que sea un voluntario -un cuando sea inconsciente- padecer por Cristo, cosa que no todos los hombres hacen. Por lo tanto, no es cierto que "en todo hombre que padece se refleja el Cristo", sino sólo en aquellos que, tal vez inconscientemente, gozan de la gracia de Cristo. En los que sufren blasfemando, no existe ningún reflejo de Cristo, sino sólo los padecimientos del demonio.
El defecto, lamentablemente hoy extendido, de una cierta edulcorada predicación de la Redención es la pretensión de poner en juego sólo la divina misericordia y no también la justicia. Existiría solo perdón y no existen castigos. Un Dios que castiga sería un "Dios maligno". Este ya fue el error de Lutero. Esto quiere decir falsear todo, incluido el verdadero concepto de la misericordia y presentar la "bondad" divina (el Dios que por amor envía el dolor) de una manera irrisoria que no despierta la fe sino la blasfemia y por buenas razones.
Si en esta vida existen las penas, quiere decir que estamos bajo la justicia y que la misericordia no entra aquí, al menos directamente. En cambio, ella entra propiamente en juego al perdonar el pecado y al aliviar el dolor. Y si al final incluso las penas que Dios permite entran en un plan de misericordia, esto es debido al hecho de que, como dice el Aquinate, es por misericordia que nosotros en Cristo podemos pagar las penas de nuestros pecados. Pero esto es directamente función de la justicia (satisfecit pro nobis, como dice el Concilio de Trento). Y, por lo tanto, la verdadera misericordia supone la justicia.
Entonces, no debemos confundir el ofrecimiento de salvación hecho a todos por el Padre en la cruz de Cristo con la idea absolutamente errónea de que de hecho todos viven la cruz de Cristo, quizás sin saberlo. Este no es el caso en absoluto, porque, según la fe católica, si a todos viene dada la posibilidad de padecer con Cristo, no todos, de hecho, por su culpa, actúan esta posibilidad y, por lo tanto, algunos se condenan, como enseña el Concilio de Trento (Denz.1523). Esta es la verdad católica, que también he recordado en mi reciente libro "L’Inferno esiste. La verità negata", Ediciones Fede & Cultura, Verona 2010.
La cuestión de la naturaleza y del por qué del dolor es uno de los grandes temas donde la razón se encuentra con la fe. Sostener, a tal respecto, la fe dejando fuera de juego la razón, es una victoria a lo Pirro y un proceder incorrecto, que acaba volviéndose en daño contra la fe. Una fe contraria a la razón es una grave culpa moral, es un pecado contra la verdad y por lo tanto es una fe falsa.
Nosotros los católicos debemos dejar a la razón plena libertad para alcanzar sus máximas alturas, sabiendo que en todo caso la fe va siempre más allá sosteniendo e iluminando desde lo alto del Misterio las conquistas de la razón. Como decimos del misterio eucarístico: Quantum potes, tantum aude, quia est maior omni laude. La grandeza de nuestra fe se muestra precisamente en el mejor de los modos aplicando este método, ya que es evidente que un valor es tanto más grande cuanto más grande es el valor que supera y trasciende.
Excluir la razón para dar espacio a la fe, cuando la razón puede decir una palabra, puede parecer un piadoso discurso y una exaltación de la fe, pero en realidad es un fideísmo irracional, que no responde a la verdadera tradición católica que llega a las enseñanzas actuales de la Iglesia, que en la persona del Papa recomienda más que nunca en la catequesis, en la pastoral, en la teología y en la cultura católica, esa sabia conjunción de razón y fe que es recomendada por el Concilio Vaticano II y que encuentra un ejemplo supremo en la sabiduría del Aquinate, del cual sé que Usted es un eximio discípulo y valiente sostenedor.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 17 de mayo de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum dolor sit purus amor Dei

Ad hoc sic procediturVidetur quod dolor sit purus amor Dei.
1. Quia dicitur quod genus humanum numquam privatum est gratia redemptionis, et ideo omnis dolor semper connectitur doloribus Crucifixi. Hoc videtur validum, quia fides docet Christum culpas nostras portasse et in Ipso omnem dolorem fieri gratiam.
2. Praeterea, dicitur quod dolor humanus semper Christum repraesentat, etiam cum inconscie patitur, et ideo debet videri ut signum amoris eius. Hoc videtur probabile, quia traditio christiana affirmat nullum esse maiorem amorem quam animam ponere pro amicis.
3. Item, asseritur quod misericordia divina omnem iustitiam superat, et ideo dolor non potest concipi ut poena, sed ut expressio amoris quod omnia ignoscit. Hoc videtur firmum, quia praedicatio christiana debet ostendere infinitam bonitatem Dei et vitare scandalum.
4. Denique dicitur quod insistere in indole poenali doloris esset scandalosum et misericordiae contrarium, et ideo melius est praesentare dolorem ut purum amorem Dei. Hoc videtur rationabile, quia multi fideles abhorrent ideam Dei qui punit.

Sed contra est quod docet Apostolus: “In Adam omnes peccaverunt”, ostendens dolorem esse consequentiam peccati originalis. Sanctus Thomas affirmat Deum, in pura iustitia, potuisse humanitatem in statu damnationis relinquere, et solum per misericordiam transformasse poenam in redemptionem. Sanctus Augustinus loquitur de massa damnata, memorans iustitiam divinam poenam exigere pro peccato. Concilium Tridentinum docet Christum pro nobis iustitiam divinam satisfecisse, et quod misericordia iustitiam praesupponit.

Respondeo dicendum quod dolor non est purus amor Dei, sed consequentia peccati et obiectum iustitiae divinae. Amor Dei non consistit in hoc quod nobis dolores mittat ut tales, sed in hoc quod nobis in Christo offert facultatem hos dolores in expiationem et salutem transformandi. Si dolor ut purus amor proponitur, periculum est concipiendi Deum qui delectatur nos pati facere, quod est blasphemum. Dolor intelligendus est in relatione ad iustitiam: peccatum poenam exigit, et Deus adversitates permittit ut consequentias peccati originalis. Sed in Christo, Innocente qui poenas pro nobis meritas portat, misericordia poenam in redemptionem convertit. Ergo solum coniuncta consideratione iustitiae et misericordiae mysterium doloris comprehenditur, vitando caricaturas Dei iniusti vel crudelis. Praeterea ratio humana potest hoc mysterium illuminare, ostendens dolorem esse privationem boni debiti, quod potest esse poena iusta, sacrificium, paenitentia vel consequentia morbi, et quod sola fides revelat sensum ultimum ut participationem crucis Christi.

Ad primum dicendum quod genus humanum, ut collectio, numquam privatum est gratia redemptionis, sed non omnes singuli eam participant, quia quidam eam voluntarie recusant et sub iustitia divina manent.
Ad secundum dicendum quod non omnis dolor Christum repraesentat, sed solum ille qui, conscie vel inconscie, cum Ipso unitur; in his qui in dolore blasphemant non est imago Christi, sed daemonis.
Ad tertium dicendum prolixius quod misericordia iustitiam non destruit, sed praesupponit: Christus iustitiam divinam satisfacit et ideo misericordia poenam in salutem transformare potest. Negare iustitiam est falsificare misericordiam et Deum irrisorium exhibere.
Ad quartum dicendum cum maiori subtilitate quod loqui de poena divina misericordiae non contradicit, sed eam intelligibilem reddit: sine iustitia misericordia esset ludibrium. Ideo praedicatio debet primo iustitiam et postea misericordiam proponere, ut homo rationalis mysterium crucis sine scandalo nec blasphemia accipere possit.
   
JG

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