viernes, 17 de julio de 2026

La luz del sufrimiento. Job y Jesucristo (2/2)

Esta segunda parte del artículo profundiza en la respuesta definitiva de Cristo al misterio del sufrimiento, iluminando lo que Job sólo intuía. ¿Por qué Dios permite que el inocente sufra y cómo ese sufrimiento puede ser redentor para toda la humanidad? ¿No es acaso la cruz el lugar donde el mal es vencido por medio del mismo sufrimiento? ¿Qué significa que el cristiano, lejos de ser masoquista, pueda considerar el dolor como camino de purificación y salvación eterna? ¿Cómo anunciar este misterio sin que parezca necedad para unos y escándalo para otros? Este texto del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a contemplar la fuerza del sacrificio de Cristo, a asumir nuestra propia cruz y a descubrir en la consolación de los afligidos una obra difícil pero bellísima, que transforma la desesperación en esperanza y la muerte en vida. [En la imagen: fragmento de "La oración de Job", Litografía, 1960, obra de Marc Chagall, Verve art magazine].

La luz del sufrimiento. Job y Jesucristo
Segunda Parte (2/2)

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli cuya segunda parte fue publicada en su blog el 22 de abril de 2024. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-luce-nella-sofferenza-giobbe-e-gesu_21.html)

La respuesta de Cristo

Nuestro Señor Jesucristo supone cuanto Job sabe acerca de la relación de Dios con el sufrimiento y nos enseña muchas cosas sobre el sufrimiento. Nos aclara su origen en el pecado original, nos esclarece por qué el sufrimiento puede ser bueno y querido por Dios, nos aclara su función salvífica, nos esclarece acerca de cómo liberarnos definitivamente del sufrimiento. Nos deja claro que Dios recaba del pecado de Adán una felicidad (la filiación divina) superior a la felicidad humana que habría existido si Adán no hubiera pecado.
Sin embargo, podemos observar que, si Dios hubiera querido, habría podido crear una humanidad gloriosa de hijos de Dios exactamente como aquella que resulta del actual plan de salvación, incluso si no hubiera permitido al pecado entrar en el mundo y, por tanto, incluso si no hubiera sido necesaria la redención de Cristo para alcanzar el actual objetivo final de la historia de la salvación. ¿Por qué Dios no ha querido impedir el pecado? No lo sabemos, ni Cristo nos lo ha revelado, porque este misterio es de tal manera íntimo a la voluntad divina y para nosotros impenetrable, que sólo puede ser conocido por Dios.
La respuesta de Cristo al por qué del sufrimiento no se limita, como la de Job, a decirnos que es grato a Dios y por tanto, no obstante la apariencia en contrario, que el sufrimiento es bueno porque es querido por Dios incluso para el inocente. Al mismo tiempo, Cristo confirma el principio de Job de que el sufrimiento es un mal que debe ser eliminado y confirma que Dios premia a los justos y castiga a los malvados. Sin embargo, Job dice que Dios, por motivos a nosotros ignotos, puede hacer sufrir también al inocente. En cambio, Cristo explica diciendo que este inocente, que se ofrece a Dios para la salvación de la humanidad, es Él mismo.
Jesús resuelve así la aparente contradicción de un Dios que parece al mismo tiempo bueno y malo, coligándose también con la profecía del Siervo de Dios isaiano inocente y sufriente, que se ofrece en sacrificio de expiación por la salvación de la humanidad, por lo cual el sufrimiento del inocente se encuadra en el tema mosaico del sacrificio del cordero pascual.
El Antiguo Testamento presenta con claridad, por tanto, dos conceptos referentes a la relación de Dios con el hombre, conceptos que corresponden a los datos de la razón y de la teología naturales, útiles por tanto para el diálogo interreligioso: el concepto de que Dios castiga al malvado y recompensa al justo y el concepto de que el hombre, sintiéndose en débito de culpa hacia Dios, le ofrece sacrificios para obtener gracia y perdón.
El mismo Antiguo Testamento, así, aunque manteniendo firmes estos principios, suscita con Job la grave pregunta: si es cierto que Dios es bueno y justo, ¿por qué de hecho en la vida presente hay inocentes que sufren como merecería sufrir un malhechor, y malhechores que viven tranquilos y sin desventuras?
Job se mantiene firme en los principios antes mencionados y responde comprendiendo que Dios, sin faltar a su bondad y a su justicia, puede enviar al justo el sufrimiento por motivos suyos que a nosotros nos resultan incomprensibles, pero ciertamente válidos. Job sin embargo no va más allá. Será Cristo con su doctrina y con su ejemplo quien nos revelará aquello que a Job le era desconocido: el sufrimiento del inocente Hijo de Dios es redentor de la humanidad.
Por otra parte, el profeta Isaías (c.53), considerando el significado expiatorio del sacrificio cultual mosaico, intuye la posibilidad de que el perdón de los pecados pueda ser obtenido no tanto del sacrificio de animales sino ante todo de un misterioso Siervo de Dios que, inocente, se ofrece a sí mismo tomando sobre sí el castigo del pecado, pagando en nuestro lugar y reconciliándonos así con Dios.
Jesucristo se vincula a la intuición de Job del Dios bueno que envía el sufrimiento al inocente y a la profecía de Isaías del Siervo de Dios inocente, que salva a la humanidad con su sufrimiento ofreciéndose en sacrificio expiatorio. Excepto que Isaías parece decir algo imposible: ¿cómo hace un hombre, por inocente que sea, para salvar a toda la humanidad del pecado con la simple ofrenda de sí mismo?
Jesucristo mantiene el principio de que Dios recompensa a los justos y castiga a los malvados, pero aclara lo que Job no había entendido en el actuar de Dios hacia él. Job había entendido que Dios, aunque le enviaba la desventura, no por eso era injusto, sino que lo hacía por un motivo misterioso, ciertamente válido, pero que para Job seguía siendo oscuro. Job, aunque no comprenda cuál es ese motivo, acepta de todos modos la voluntad de Dios y Dios lo libera de su desgracia haciéndolo mucho más feliz que antes.
Jesucristo, por una parte, confirma lo que Job había entendido, es decir, el deber del justo sufriente de resignarse a la voluntad de Dios. Y por otra parte, añade lo que Job no sabía y que Cristo mismo revela. Jesús, en efecto, revela la posibilidad de un rito religioso sacrificial expiatorio, revelando el significado de la profecía isaiana sobre el Siervo de Dios sufriente como referida a Él mismo. Él es, por tanto, el Job que acepta serenamente el sufrimiento por amor nuestro de las manos de Dios, pero es un Job que sabe por qué Dios le ha enviado el sufrimiento: para rescatar a la humanidad con el ofrecimiento sacerdotal de sí mismo en expiación de nuestros pecados en nuestro lugar.
Pero esto no quiere decir que en esta obra de salvación Cristo lo haga todo Él y a nosotros sólo nos queda gozar de los frutos de su sacrificio. Si queremos salvarnos, también nosotros debemos tomar nuestra cruz cada día y subir a la cruz con Cristo.
Después de todo, los culpables que debemos pagar somos nosotros y no Cristo inocente. Por eso estamos llamados a hacer nuestra parte con la ofrenda de eso poco que podemos ofrecer (que sin embargo para nosotros es mucho), aunque está claro que la mayor parte del rescate lo paga Cristo que, siendo Dios, tiene el suficiente "dinero" para rescatarnos del pecado.
Por tanto el motivo por el cual Dios hace sufrir al inocente nos lo fue revelado por Jesucristo con su sacrificio expiatorio, redentor, reparador y satisfactorio. Si Job sabe que el sufrimiento del inocente es cosa buena y es querida por Dios por un buen motivo, Jesús nos dice cuál es este motivo: obtener del Padre el perdón de los pecados, llevar el peso de nuestras culpas, pagar la deuda del pecado, líberarnos de todo mal, vencer al demonio, obtenernos la vida eterna.
Cristo, a través de la enseñanza de san Pablo, quien retoma la enseñanza del libro del Génesis, nos enseña que las penas de la vida presente son consecuencia del pecado original, de modo que ninguno de nosotros es tan inocente como para que esas penas sean inmerecidos y que en cualquier caso el sufrimiento del inocente, a ejemplo del Cordero inocente que quita los pecados del mundo, nos hace entender por qué el sufrimiento vivido en Él es cosa buena y, por tanto, nos hace entender por qué el Padre nos envía el sufrimiento.
Cristo confirma el deber de luchar contra el sufrimiento en nosotros y en los demás, pero, dado que de todos modos el hombre en la vida presente nunca es capaz de liberarse completamente del sufrimiento y, de hecho, debe aceptar el destino de la muerte, he aquí que Cristo valoriza también esta impotencia humana para transformarla con la fuerza de su sacrificio en principio de redención y de salvación eterna.
Para el cristiano, que es un ser humano normal y no un masoquista, el sufrimiento sigue siendo siempre un mal a combatir y a eliminar, sigue siendo siempre repugnante desde el punto de vista natural, pero, a la luz de la fe, cuando es inevitable y ineliminable, deviene bueno, amable, precioso, útil y deseable como medio de purificación del pecado y camino de eterna salvación.
No sólo eso, sino que también puede ser positivamente e intencionalmente querido y elegido con la debida moderación y sin excluir el bienestar personal, buscado y querido como ejercicio de penitencia, ejercicio ascético para la adquisición de las virtudes y como precio a pagar por el servicio al prójimo o para testimoniar la propia fidelidad a Cristo.
Es necesario disipar una idea hoy corriente entre los buenistas y que ya sostenía Marción en el siglo III, según la cual el Dios del Nuevo Testamento sería menos severo que el del Antiguo o incluso, como cree Kasper ¹, el Dios del Nuevo habría dejado de castigar. Eso no es en absoluto cierto; el Dios del Nuevo Testamento castiga aún más severamente que el Dios de lo Antiguo Testamento, que también aparece muy aterrador. Pero esto es totalmente cierto. En efecto, esto depende del hecho que, como bien explica la Carta a los Hebreos ², puesto que habiéndonos el Padre mostrado con Cristo mayor misericordia, rechazar a Cristo es mucho más grave que rechazar a Moisés. Y si por rechazar a Moisés se iba a los abismos, ahora los que rechazan a Cristo van al infierno, que es una pena mucho mayor. Lo mismo es por cuanto respecta al premio celestial: si Job espera ver el rostro de Dios, el cristiano espera contemplar la Santísima Trinidad.
El hecho de que con la Encarnación Dios en Jesús ya no sólo está escondido en el cielo como Padre, en su tremenda majestad, sino que se ha revelado en Cristo y en Jesús niño, el hecho de que haya estado presente entre nosotros y está en nosotros, no nos autoriza a tomar a Dios a la ligera como si fuera Papá Noel o el buen abuelo un poco senil y gagá. Todo lo contrario: debe hacernos aún más atentos y cuidadosos de no pecar, sabiendo que ahora, si no nos arrepentimos y nos convertimos, seremos castigados más severamente.
Por otra parte, aunque Dios hablara con truenos y relámpagos en el monte Sinaí y enviara el fuego del cielo sobre Sodoma y Gomorra, en realidad era entonces un Padre tiernísimo incluso antes de encarnarse a su Hijo. Y por otra parte, ¿Dios no envía ya ahora los terremotos y las pandemias? ¿Y quién es capaz de entender el lenguaje de Dios? ¿Quién es capaz de aprender estas lecciones? ³
Por lo demás, tampoco el Padre será ahora menos severo si rechazamos al Hijo que nos ha mostrado tanta mayor piedad, tanto mayor amor y tanta mayor ternura hacia nosotros pecadores. Tanta increíble condescendencia, tanto abajamiento, tanto loco amor -quaerens me sedisti lassus- deben hacernos temer aún más, no menos, incluso en una mayor ilimitada confianza.

Consolar a los afligidos no es un arte fácil

Consolar a los afligidos en el cuerpo y en el espíritu es una gran obra de misericordia, a la cual todo cristiano está obligado, pero sobre todo el sacerdote, alter Christus, custodio de los misterios de la fe y de la salvación, aunque también sea un pobre pecador, ministro de ese Cristo que se ha dado a sí mismo por nosotros como sacerdote y víctima en el altar de la cruz en rescate por nuestros pecados y nos invita a recorrer también nosotros nuestro via crucis para ascender con Él al cielo y resucitar con Él a la vida gloriosa e inmortal desde las tinieblas y desde el oprobio de la muerte.
Se trata de una obra difícil pero bellísima. Difícil porque, para ser persuasivos, es necesario saber ilustrar y explicar al que sufre, siempre que sea lo bastante lucido para poder seguir nuestro argumentar, un misterio sobrenatural y paradójico de valorización del sufrimiento, de cómo nos liberamos del pecado y del sufrimiento precisamente mediante el sufrimiento, el misterio de una muerte que mata a la muerte.
Obra difícil, que requiere fe iluminada y pura y perfecta adhesión al Magisterio de la Iglesia, porque se trata de comunicar con persuasión y credibilidad una verdad supremamente consoladora, además de con gran caridad, porque la Cruz es fruto del amor, con gran prudencia y discernimiento, porque es necesario aplicar principios universales a casos individuales casi siempre uno diferente del otro.
Por tanto, antes de hablar, es necesario comprender la situación particular del que sufre, para darle esa cualidad y dosis de medicina de la cual tiene necesidad y de la cual es capaz, porque un suministro excesivo puede provocar una reacción de rechazo y un suministro demasiado escaso no valoriza todos los recursos del paciente.
Sabemos que el misterio de la cruz, el "discurso", la "razón" (logos) de la cruz, como dice san Pablo, aunque signo, fruto y efecto de la sabiduría y del poder divinos, es aparentemente contrario a la razón: parece insensato, absurdo, irracional y escandaloso. Por tanto, es necesario presentarlo no todo de una vez, sino lentamente, con cautela y delicadeza, gradualmente, en pequeñas dosis, observando en cada paso cómo reacciona el paciente. Si vemos que rechaza, es mejor no insistir y detenernos porque no está dicho que esta resistencia nazca de incredulidad, sino que muy bien podría surgir de una momentánea incapacidad de asimilación.
El misterio de la cruz es de por sí verdad salvífica y consoladora que debe ser anunciada a todos. No es verdad facultativa u opcional reservada al pluralismo religioso, sino que es verdad, es imperativo moral obligatorio para todos aquellos que atienden a su propia eterna salvación. Debe ser anunciada no sólo a los creyentes en Dios, a los cristianos, sino también a los paganos, a los judíos y a los musulmanes.
No debemos dejarlos en la ignorancia o en el equívoco con el pretexto del pluralismo religioso o de la libertad religiosa o de la diferente sensibilidad, sino que debemos persuadirlos de que se equivocan al rechazar el misterio de la cruz. El pluralismo religioso es un valor sólo allí donde no socava ni relativiza las obligaciones universales impuestas por Cristo a todo hombre para salvarse, cualquiera que sea su religión.
Relativizar o hacer optativas estas obligaciones no es respeto de la conciencia del otro, sino que es defraudarlo del derecho a conocer la verdad. Tomar a pretexto el hecho de que uno se puede salvar también errando en buena fe no es motivo suficiente para evitar anunciar la verdad y corregir a quienes se equivocan. Sigue siendo cierto, en todo caso, que no se debe tomar a pretexto el deber de todos de aceptar el Evangelio para rechazar aquello que puede ser un sano pluralismo religioso.
Por tanto, es siempre cierto que si se corre el riesgo de anunciar este misterio a quien no está en grado de entenderlo y apreciarlo, o de anunciarlo de modo equivocado, es mejor no anunciarlo, porque, en lugar de consolar, puede parecer, como dice san Pablo, necedad para los paganos y escándalo para los judíos ⁴. ¿Qué hacer entonces?
El caso es que, si bien en principio se trata de una verdad que debe ser anunciada a todos, en realidad no a todos (al menos por el momento) puede y debe ser anunciada, porque de hecho no todos están dispuestos o preparados para entenderla y acogerla. En algunos casos es mejor mantenerla oculta. El no hablar de ello no es reticencia ni falta de valentía o infidelidad al mandato misionero, sino que es prudencia y caridad. No se puede dar una medicina que en sí es buena a un enfermo que no está en grado de sacar beneficio de ella. Se la debe entregar a quien pueda beneficiarse de ella.
Consolar a los afligidos es obra bellísima, porque elevamos al hermano desde las tinieblas a la luz, desde la angustia a la felicidad, desde la desesperación a la esperanza; lo liberamos de los lazos de la muerte, de los engaños, de los tormentos y de las amenazas de Satanás.
Es necesario, ante todo, que el que sufre se sienta tal, se reconozca afligido, esté en busca de consuelo, tenga necesidad de ser consolado y pida consuelo de quien espera obtenerlo. Ahora bien, no todos nosotros, incluso si somos duramente probados, incluso si estamos sujetos a terribles desventuras o amenazas de muerte o cosas similares, sentimos la necesidad de ser consolados y nos desahogarnos con Dios como Job, tal vez protestando y preguntándoLe por qué los trata así.
Es necesario corregir a aquellos que se la agarran con Dios. Es necesario consolar con la enseñanza de Job a quienes sufren y creen en Dios, pero no están preparados, por ejemplo los cristianos tibios, los masones, los judíos o los musulmanes, para comprender y para apreciar el modo cristiano de consolar.
Por tanto, la predicación consoladora debe dirigirse a los creyentes en Dios, ya que sólo ellos tienen la humildad de reconocer su miseria y el peso de la desgracia que les aflige. Sólo éstos, por tanto, piden consuelo, sabiendo ciertamente que Dios existe, pero sintiéndose en cualquier caso desorientados y abandonados de Él.
Para encontrar las palabras adecuadas no basta con verificar si estamos ante un creyente o un no creyente. Incluso cuando sabemos que estamos ante un creyente, debemos ir despacio. Es necesario saber valorar el grado de su disponibilidad a escuchar y de su capacidad de entender las palabras del Señor.
Es necesario ofrecerles aquello que pueda comprender, apreciar y asimilar, no más, para no provocar una reacción de rechazo, no menos, a fin de que pueda sacar todo el fruto posible de nuestras palabras. Es necesario colmar su mente de toda la palabra de Dios de la cual sea capaz.
San Pablo distingue a los cristianos frágiles de carácter, poco instruidos, débiles en la fe, necesitados de leche, de aquellos cristianos robustos, expertos, capaces de comida sólida (Rm 3,1-2). También podríamos hablar de creyentes tibios y creyentes fervorosos o bien de cristianos inmaduros y cristianos adultos. Existen los principiantes y los avanzados. Existen diferentes grados en las virtudes. Quien es menos perfecto no es capaz de cumplir el acto de quien es más perfecto y no se les puede pedir que lo haga.
La doctrina y el ejemplo de Job pueden ser adecuados para los primeros, menos generosos, menos capaces y menos valientes. En cambio, la propuesta explícita y motivada de llevar la cruz con Cristo es para los más iluminados en la fe, para los más generosos y dóciles a las divinas disposiciones, para los más fervorosos en la caridad, para los más dispuestos al sacrificio.
La predicación consoladora tiene su razón de ser y tiene la esperanza de llegar a ser eficaz, si la persona aflicta que pide ser consolada o tiene necesidad de ser consolada cree, al menos como Job, en la justicia, bondad y misericordia de Dios y se reconoce como pecadora, hija de Adán, necesitada de expiar y hacer penitencia por los propios pecados.
Sobre este punto, sin embargo, el ejemplo de Job que se siente inocente y no piensa en expiar los pecados propios ni los de los demás, puede ser también de escasa ayuda, aun cuando efectivamente hay casos de personas buenas a las cuales les sucede una serie de desgracias, tanto es así que comprensiblemente se preguntan angustiadas y turbadas por qué les sucede precisamente a ellos, por qué ese Dios al que habían servido con tanto celo, los abandona en tanta desgracia, por lo cual se sienten tentados a protestar y reprochar a Dios su crueldad o al menos su ingratitud. Ellos no entienden que, como dice Cristo, somos siervos inútiles. Por eso es necesario consolarlos con una gran cercanía afectiva, exhortándoles a la paciencia, a la esperanza y a la oración.
Por el contrario, un ateo o un panteísta o un gnóstico, no se advierten como afligidos abatidos por el mal, porque arrogantemente se sienten en el Todo, que son el Todo y que son uno con el Todo. Miran al cielo no en tono de súplica, sino de desafío. No tienen necesidad de ningún consuelo, porque se bastan a sí mismos, ven la verdad absoluta, poseen la ciencia absoluta, por la cual su yo empírico se identifica con el Yo absoluto. No es necesario, pues, una verdad consoladora, porque a ellos les basta el simple Absoluto para contemplar y para gozar, como en la visión de Spinoza, quien dice que el sabio, al ver la Sustancia, no llora ni ríe, sino sólo sabe y ve.
De hecho, está claro que el ateo, que no cree en la existencia de Dios, no puede pedir consuelo a Dios. Igualmente el panteísta no tiene necesidad de consuelos divinos, dado que se considera a la par de Dios. Y Dios evidentemente no tiene necesidad de ser consolado.
O bien hay quien siente el peso de la culpa por haber pecado y por tanto siente el remordimiento y el reproche de su conciencia por haber desobedecido a Dios, siente la ira divina que se cierne sobre él. Pero no le viene en mente ir a confesarse para no tener que reconocer que la perturbación que siente es el castigo de su pecado, para no mostrarse arrepentido y dolorido por haber pecado y haber merecido los castigos divinos, para no tener que repetir su buen propósito de no pecar más, ya que el pecado le atrae.
En cambio, el buenista acude al sacerdote modernista, el cual le recomienda mantenerse tranquilo, y le dice que Dios sigue amándolo con infinita ternura, que Dios tiene piedad de su fragilidad y ahuyenta la imagen pagana del Dios airado, vengativo y castigador; un Dios que quiere ser retribuido o que quiere que se le pagen las deudas. Le dice que Dios no pide nada, excepto amor y confianza. Que Dios está siempre con él y puede seguir adelante confiando en la divina misericordia que perdona a todos y perdona siempre. Pero un Dios así no existe.
O bien acude al psicoanalista, quien le suministra un ansiolítico, considerando el sentido de culpa del paciente no como estado de pecado (prejuicio clerical), sino como un trastorno psicoemotivo debido a la represión-remoción sexual: tenga sexo tranquilamente (hetero u homosexual ) porque es el modo de liberar la tensión el impedir al superyo oprimir al yo con vanos fantasmas medievales reasumidos por la ética sexual, causa de neurosis, propia de la Iglesia Católica.
En conclusión, no es malo hacer presente con tacto al afligido que sus penas pueden ser debidas a pecados aunque solo sean veniales, cometidos incluso en un lejano pasado, cuentas pendientes, a las cuales es debida una pena o reparación temporal que, si no es descontada aquí, es necesario cumplirla en el purgatorio. El purgatorio es mejor hacerlo aquí y ahora porque sus penas son más severas que las que podemos pagar ahora y pueden durar siglos y milenios, aunque es verdad que en el purgatorio existe el consuelo de la certeza de estar salvados.

Fin de la Segunda Parte (2/2)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 9 de marzo de 2024


Notas

¹ Misericordia. Concetto fondamentale del Vangelo. Chiave della vita cristiana, Editrice Queriniana, Brescia 2015. Versión española: La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana, Editorial Sal Terrae, Santander 2012. 
² Heb 10,26-31.
³ Véase mi libro Perché peccando ho meritato i tuoi castighi. Un teologo davanti al coronavirus, Edizioni Chora Books, Hong Kong 2020.
 Un ejemplo de esta prudencia que puede parecer reticencia, pero que en realidad es caridad, nos lo da el Papa Francisco mismo en un reciente discurso pronunciado el 2 de marzo ante la Asociación Talitá kum de Vicenza, asociación que reúne a padres que han perdido a un hijo: 

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum passio innocentis possit a Deo velle ut sit redemptiva humani generis

Ad hoc sic procediturVidetur quod passio innocentis non possit a Deo velle.
1. Quia iniustum esset ut innocens portet poenas quae reorum sunt. Iustitia divina exigit ut unusquisque recipiat secundum opera sua; ergo si innocens patitur pro peccatoribus, videretur quod Deus iniuste operetur.
2. Praeterea, passio est malum quod eliminari debet. Si Deus eam mittit innocenti, videretur quod contradicit suae bonitati et misericordiae, cum Deus bonus non possit velle malum filiorum suorum.
3. Item, observatur quod passio innocentis potest scandalizare credentes, inducens eos ad putandum Deum crudelem vel inconstantem. Si Deus eam vellet, esset causa desperationis et protestationis contra Ipsum, debilitans fidem.
4. Denique, quidam tenent passionem nullum sensum habere et omni modo esse expugnandam. Si Deus eam vellet, esset absurda et contraria rationi, cum videretur quod Deus sibi contradiceret permittens id quod est inutile et nocivum.

Sed contra est quod Scriptura docet: Servus Domini portavit iniquitates nostras et peccata nostra (Is 53). Apostolus Paulus affirmat Christum, innocentem, pro nobis obtulisse se sacrificium expiatorium. Sanctus Augustinus docet Deum permittere malum ut ex eo maius bonum educat. Sanctus Thomas affirmat Deum non velle malum culpae, sed posse permittere malum poenae ad correctionem et salutem hominis.

Respondeo dicendum quod passio innocentis potest a Deo velle ut sit medium redemptionis. Iob intellexit Deum posse mittere passionem iusto propter causas nobis occultas, sed non intellexit quae esset illa causa. Christus revelat quod passio Filii Dei innocentis est expiatoria et redemptiva, quia Ipse voluntarie se offert in sacrificium pro salute humani generis. Sic solvitur apparens contradictio Dei qui simul bonus et crudelis videretur: passio innocentis a Deo vult ut obtineatur remissio peccatorum, vincatur diabolus et detur nobis vita aeterna.
Christus confirmat officium pugnandi contra passionem, sed etiam impotentiam humanam in principium redemptionis convertit. Pro christiano, passio manet malum naturale, sed in lumine fidei fit bonum, amabile et pretiosum, ut medium purificationis et via salutis. Praeterea, potest moderate eligi ut poenitentia, exercitium asceticum et servitium proximi. Consolare afflictos est opus difficile sed pulcherrimum, quod requirit prudentiam, caritatem et adhaesionem Magisterio, quia agitur de communicatione mysterii crucis, quod est stultitia quibusdam et scandalum aliis, sed virtus et sapientia Dei credentibus.
Ergo passio innocentis potest a Deo velle ut sit redemptiva humani generis, et constituit fundamentum vitae christianae et operis consolandi afflictos.  

Ad primum dicendum quod iustitia divina impletur quia Christus, cum sit Deus, potest redimere humanitatem suo sacrificio, et nos cooperamur nostra propria cruce.
Ad secundum dicendum quod passio est malum naturale, sed a Deo vult ut sit medium salutis et expiationis.
Ad tertium dicendum quod scandalum tollitur cum intellegitur passionem innocentis esse fructum amoris et misericordiae divinae.
Ad quartum dicendum quod passio non est absurda, sed sensum habet in Christo, qui eam in victoriam super peccatum et mortem convertit.
   
JG

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