Hay que examinar con rigor la cuestión de la verdadera y de la falsa profecía en la Iglesia, para mostrar cómo el Magisterio es la instancia definitiva para discernir y juzgar. ¿Qué ocurre cuando un supuesto profeta pretende corregir al Magisterio apelando a la Biblia o a la Tradición? ¿No es acaso el falso profetismo una de las formas más sutiles tanto del neo-modernismo como del lefebvrismo, disfrazados de lenguaje espiritual? ¿Qué riesgos se esconden en un ecumenismo que, en lugar de acercar a los protestantes a Roma, convierte a muchos católicos en protestantes de hecho? ¿Puede el profeta tener razón contra la autoridad eclesiástica en el plano pastoral, aunque nunca en el doctrinal? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a reconocer la infalibilidad del Magisterio en la enseñanza de la fe, a desconfiar de las apariencias engañosas y a esperar del Papa la luz que traiga concordia en medio de tensiones que dividen a la Iglesia. [En la imagen: fragmento de "Apártate de mí, Satanás", acuarela opaca sobre grafito en papel de lana gris, pintada entre 1886-1896, obra de James Tissot, conservada en el Museo de Brooklyn].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 16 de julio de 2026
La falsa profecía
La falsa profecía
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscosa Cristiana el 14 de Agosto de 2014. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-falsa-profezia-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Sabemos lo importante que es la profecía en el anuncio cristiano. Desarrolla aquella profecía veterotestamentaria, que aun cuando su función sea diferente, ya que mientras la profecía del Antiguo Testamento anuncia la venida del Mesías y por tanto un nuevo sacerdocio ministro del Mesías y pastor y maestro de la Iglesia por Él fundada, la profecía neotestamentaria es un don del Espíritu Santo en colaboración con el ministerio de los apóstoles y sometido a él para la difusión del Evangelio, con particular referencia a la interpretación de los signos de los tiempos, a la aplicación del Evangelio en la práctica y a la previsión de los planes futuros del Señor.
El ministerio magisterial de los apóstoles, bajo la guía de Pedro, es, por expresa declaración de Cristo, infaliblemente asistido por el Espíritu de la Verdad, que atribuye al Magisterio de la Iglesia la instancia última y definitiva en la interpretación auténtica y autorizada de la Palabra de Dios y en su explicitación a lo largo de los siglos, a fin de hacer llegar al pueblo de Dios la "plenitud de la verdad" (Jn 14,26), hasta el fin del mundo.
El Magisterio de la Iglesia, como es sabido, interpreta y comunica a los hombres el contenido de la divina Revelación, cuyas fuentes son la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura. Por ello, no es lícito juzgar o censurar la enseñanza del sumo Magisterio, cualquiera que sea o en cualquier nivel de autoridad, apelando directamente a la Tradición ¹ o a la Escritura ² como si pudiera suceder que la Iglesia viniera a menos en su fidelidad a la Palabra de Cristo.
Como ya se desprende del Antiguo Testamento y como es confirmado por Cristo, la profecía no siempre es auténtica. No siempre el Espíritu Santo sopla e inspira la verdadera profecía; sino que puede suceder y sucede que ella sea solo profecía aparente y que en realidad ella esté inspirada por el espíritu de la mentira. Por lo tanto, es necesario un prudente discernimiento para distinguir la verdadera de la falsa profecía.
En el Nuevo Testamento, el discernimiento seguro y definitivo de la verdad evangélica proviene del Magisterio de la Iglesia. Una supuesta profecía que no sea conforme a la doctrina de la Iglesia es falsa. Y viceversa, es imposible que la profecía acuse a la doctrina de la Iglesia de falsedad.
Diferente es el lenguaje profético del lenguaje del Magisterio. Diferentes, como hemos mencionado, pueden ser también los contenidos: más prácticos, los de la profecía; más doctrinales, los del Magisterio, se trate de dogma o de moral. En cambio, los contenidos de la fe obviamente son los mismos, bajo la vigilancia, supervisión o episkopé (de ahí episcopus) suprema del Magisterio.
Y así también, tanto la profecía como el Magisterio pueden tener contenidos pastorales, es decir, ordenados a enseñar a los pastores cómo guiar el rebaño o a enseñar cosas prácticas para la conducta santa del rebaño. Mientras en el enseñar la doctrina de la fe el Magisterio no puede equivocarse, el error puede insinuarse en las directivas o disposiciones o elecciones u orientaciones pastorales.
Sobre este plano, el profeta podría tener razón contra la autoridad eclesiástica. Y esta, al menos por un cierto tiempo, podría equivocarse en la conducta a tener con un profeta, por verdadero o falso que sea. Podría tratar mal lo verdadero y ser benévola hacia lo falso.
En cuanto a la cuestión del lenguaje, el lenguaje dogmático del Magisterio es el lenguaje más propio y autorizado para expresar los misterios de la fe, porque está garantizado por la asistencia del Espíritu Santo; apunta a la precisión de los conceptos, a fin de evitar los equívocos, aunque no rechaza del todo el uso de la metáfora, de la imagen y del símbolo, sobre todo si se encuentran en la Escritura.
Hace uso de nociones naturales universales, propias de la razón como tal, independientes de las diversas culturas, de manera de poder así comunicar el mensaje universal del Evangelio a todos los hombres. Para ello, propone fórmulas fijas e invariables, como aquellas que encontramos en el Credo, en los dogmas y en los cánones de los Concilios Ecuménicos.
Ciertamente también el Magisterio de la Iglesia a lo largo de los siglos nos ha guiado y nos guía para progresar en el conocimiento del misterio de Cristo, pero conservando siempre en los dogmas aquel sentido y aquel significado que la Iglesia misma ha establecido inmutablemente en el momento de su definición. Así el modo con el cual la Iglesia expresa los contenidos de la fe puede ser mejorado, pero no está jamás equivocado. Y tanto menos se puede tomar como pretexto la exigencia de una expresión moderna para cambiar los conceptos de fe en nombre de indiscriminadas referencias al pensamiento moderno o de improbables experiencias inmediatas y atemáticas del misterio de Cristo.
El lenguaje de la Iglesia es un lenguaje canónico, obligatorio para todos. En cambio, el lenguaje profético, que es variable y multiforme, es objeto de las libres y subjetivas preferencias de cada uno. Y aquí es siempre posible inventar un nuevo lenguaje.
En cambio, el lenguaje profético refleja el genio personal del profeta o las características de su particular temperamento o cultura o entorno histórico, sobre todo si el profeta está dotado de dones poéticos y habilidad oratoria. Indudablemente, como se ha dicho, también la profecía es don del Espíritu Santo, pero como el Espíritu Santo actúa en el orden y no por azar, los dones de los profetas son tamizados, verificados, autenticados, canonizados, gobernados y ordenados por los dones jerárquicos de los apóstoles, o bien por el Magisterio episcopal y pontificio.
El Magisterio, por lo tanto, cuando lo considere oportuno o conforme al bien de la Iglesia, puede corregir o incluso negar la predicación de un supuesto profeta, el cual, por consiguiente, en esta circunstancia, revela ser un falso profeta. Y viceversa, ningún profeta puede tener jamás la presunción de corregir o rechazar el Magisterio, ni siquiera apelando a la Biblia o a la Tradición. Se revelaría con eso mismo como un falso profeta.
Sin embargo, si el Magisterio nos ayuda a discernir los verdaderos de los falsos profetas desde el punto de vista doctrinal, esto no impide que se de en el Magisterio, en ciertas circunstancias, un enfoque pastoral imprudente o equivocado, tolerando o dando algún reconocimiento a personajes de éxito, que pasan por profetas o poseen algunas dotes que concurren a la vocación profética.
En este caso le corresponde al fiel común o bien a otra autoridad eclesiástica iluminada o a algún buen teólogo vigilar y comportarse en consecuencia, lo que no significa asumir un criterio de juicio doctrinal independiente respecto de aquel del Magisterio, cosa que le haría automáticamente caer en el error del falso profeta, sino que significa valerse del mismo criterio de valoración doctrinal, que por hipótesis no ha sido utilizado por la autoridad eclesiástica, la cual, con imprudente conducta pastoral, ha dado crédito o ha concedido espacio al falso profeta.
Sin embargo, estos casos dolorosos son raros. Tarde o temprano el falso profeta es desenmascarado y castigado, como siempre ha ocurrido con los herejes, los cuales casi siempre al principio, debido a su diabólica astucia, engañan a la misma autoridad de la Iglesia.
Sigue siendo famoso el caso del sacerdote español Miguel Molinos en el siglo XVII. Parecía un gran místico y se atrajo la admiración de media Europa y luego se descubrió que era un impostor. El discernimiento de la verdadera profecía a menudo no es fácil y requiere tiempo. Sucede que algunos buenos teólogos señalan el peligro, pero durante mucho tiempo no se les escucha, porque la Santa Sede es presionada por los numerosos partidarios del astutísimo e influyente hereje. Por eso se dice que "Roma avanza con los pies de plomo"; aunque, si estuviera más despierta, no sería malo.
Hoy en día, el falso profetismo es un aspecto del modernismo y por él está siendo financiado ³. Más específicamente, se refiere al protestantismo, quizás con el pretexto del ecumenismo. Este profetismo, por lo tanto, de buena gana se refiere directamente a la Biblia para confundir y engañar al Magisterio, valiéndose eventualmente de exégetas modernistas y filo-protestantes exitosos.
De esta manera, lamentablemente, prospera un ecumenismo, que no refleja el auténtico promovido por el Concilio Vaticano II, el cual auspicia que los hermanos separados, corrigiendo sus errores, entraran en la Iglesia católica. En cambio el falso ecumenismo, en boga desde hace cincuenta años, favorecido por estos falsos profetas, se cuidan bien de corregir a los protestantes, por lo cual en realidad sucede que en lugar de ser ellos los que se acercan a Roma, son muchos los católicos que, aún conservando el nombre de católicos, son de hecho protestantes.
Por otro lado, la solución no es ni siquiera la de querer corregir el Magisterio doctrinal en base a una apelación directa a la Tradición con la acusación de que el Magisterio habría roto con la Tradición, cosa que para un católico es impensable. Así, por un lado tenemos a los profetas modernistas que critican el Magisterio en nombre de Lutero, mientras que por el otro tenemos a ciertos tradicionalistas poco iluminados, que pretenderían reclamar al Magisterio que cumpla su deber de maestro de la fe.
En cambio, nuestra esperanza, y para ello invocamos al Espíritu Santo, es que el Santo Padre, con una actitud verdaderamente imparcial, "sin inclinarse ni a la derecha ni a la izquierda" (Dt 5,32), valiéndose de su supremo oficio de Maestro de la fe y Pastor universal de la Iglesia, pueda arrojar luz sobre esta intrincada situación y traer paz y concordia en este clima sobreexcitado de tensión entre estas dos facciones que dividen a la Iglesia, recordando a todos que la Escritura y la Tradición son, sí, las fuentes de la Revelación, pero en cuánto unidas ⁴, mediadas, interpretadas y enseñadas por el supremo Magisterio de la Iglesia.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 14 de agosto de 2014
Notas
¹ Como pretendió Marcel Lefebvre y pretenden los lefebvrianos. J.G.
² Como pretendió Martín Lutero y pretenden los luteranos. J.G.
³ Aquí el padre Cavalcoli subraya el protagonismo del neo-modernismo en el actual falso profetismo, pero, como es sabido, a la par existe (como igualmente el padre Cavalcoli frecuentemente lo ha señalado) el protagonismo del pasadismo o lefebvrismo también en el actual falso profetismo, que de igual modo es financiado por poderosos sectores. J.G.
⁴ In unum coalescunt, dice el Concilio.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum prophetia possit corrigere Magisterium Ecclesiae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod prophetia possit corrigere Magisterium.
1. Dicitur enim Spiritum Sanctum spirare ubi vult et posse inspirare prophetam contra auctoritatem ecclesiasticam, praesertim in plano pastorali. Sic videretur quod propheta, motus extraordinariis charismatibus, possit errores auctoritatis indicare et corrigere.
2. Praeterea, tenetur quod propheta, directe ad Scripturam vel Traditionem appellans, possit errores doctrinales Magisterii detegere et infidelitatem eius ad Verbum Christi denuntiare. Sic videretur quod prophetia habeat potestatem superiorem Magisterio, quia innititur ipsis fontibus Revelationis.
3. Item, observatur quod Magisterium, imprudentia pastorali, potest dare fidem falsis prophetis vel tolerare personas celebres quae se inspiratas ostendunt. Hoc videtur ostendere quod propheta verus possit habere rationem contra Magisterium, saltem in praxi.
4. Denique, recordatur quod in historia quidam suppositi prophetae magno honore fruebantur et ab auctoritate tolerabantur, sicut casus Michaelis Molinos. Hoc videtur indicare quod discernimentum ultimum non pertineat ad Magisterium, sed ad inspirationem propheticam.
Sed contra est quod Christus docet: Spiritus veritatis deducet apostolos in omnem veritatem (Io 14,26). Sanctus Ignatius Antiochenus commemorat Verbum divinum procedere de silentio Patris et ad silentium Patris reducere. Sanctus Thomas docet Magisterium Ecclesiae non posse errare in doctrina fidei. Concilium Vaticanum II affirmat Scripturam et Traditionem esse fontes Revelationis quatenus unitas, mediatae et interpretatae per Magisterium.
Respondeo dicendum quod prophetia est quidem donum Spiritus Sancti, sed semper subiecta est discernimento et authentificationi Magisterii. Lingua prophetica est variabilis et ingenium personale prophetae manifestat, dum lingua Magisterii est canonica, universalis et omnibus obligatoria. Prophetia potest habere contenta practica vel pastoralia, sed numquam potest accusare doctrinam Ecclesiae falsitatis. Supposita prophetia quae non est conformis doctrinae Ecclesiae est falsa. Magisterium potest corrigere vel negare praedicationem suppositi prophetae, revelando sic eius falsitatem. Contra, nullus propheta potest unquam praesumere corrigere vel reicere Magisterium, nec Scripturam nec Traditionem appellans.
Certum est quod Magisterium potest errare in dispositionibus pastoralibus vel in agendis circa prophetam, sed numquam in doctrina fidei. In talibus casibus pertinet ad fidelem communem, ad aliam auctoritatem ecclesiasticam vel ad aliquem bonum theologum vigilare et se gerere consequenter, non cum criterio independente, sed utentes eodem criterio doctrinali Magisterii. Falsum prophetismus modernus, a protestantismo sub praetextu oecumenismi fultus et fovitus, intendit confundere et decipere Magisterium. Falsum oecumenismus, vigens ab quinquaginta annis, effecit ut multi catholici de facto protestantes fierent. Ex altera parte, quidam traditionalistae parum illuminati volunt accusare Magisterium de ruptura cum Traditione, quod est impensabile catholico. Spes est ut Papa, cum impartialitate et Spiritu Sancto adiutus, lumen super hanc condicionem effundat et concordiam in Ecclesia afferat.
Ergo prophetia non potest corrigere Magisterium, quia hoc est instans definitivum Spiritu Sancto adiutum ad discernendum veritatem revelatam.
Ad primum dicendum quod Spiritus Sanctus inspirat prophetam, sed numquam contra Magisterium, quia Ipse Magisterium assistit.
Ad secundum dicendum quod Scriptura et Traditio sunt fontes Revelationis, sed tantum quatenus interpretatae per Magisterium.
Ad tertium dicendum quod Magisterium potest errare in pastorali, sed numquam in doctrinali, et propheta verus doctrinam non contradicit.
Ad quartum dicendum quod casus historici falsorum prophetarum ostendunt necessitatem temporis et prudentiae in discernimento, sed numquam auctoritatem dant prophetiae ad corrigendum doctrinam Magisterii.
JG
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