¿Es la razón humana capaz de alcanzar la verdad objetiva, o todo conocimiento es mera opinión cambiante? ¿Puede la filosofía moderna sustituir las categorías clásicas que la Iglesia ha asumido en sus dogmas? ¿Qué significa que santo Tomás de Aquino sea todavía hoy el Doctor común de la Iglesia? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli examina la relación entre razón, fe y teología, mostrando cómo la Iglesia se sirve de nociones universales e inmutables de la razón para expresar la verdad revelada, y cómo el tomismo sigue siendo criterio seguro frente a los excesos del fideísmo y del relativismo contemporáneo. Un texto que invita a redescubrir la fuerza de la filosofía como fundamento de la teología y a valorar la actualidad del pensamiento de santo Tomás en el diálogo con el mundo moderno. [En la imagen: fragmento de "Santo Tomás de Aquino", óleo sobre lienzo, 1650, obra de Bartolomé Esteban Murillo, colección privada].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 4 de agosto de 2026
La Iglesia y la filosofía. La razón es capaz de verdad
La Iglesia y la filosofía. La razón es capaz de verdad
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 5 de diciembre de 2015 en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/la-chiesa-e-la-filosofia-la-ragione-e-capace-di-verita/)
La razón humana, partiendo de la experiencia y constituyendo la ciencia experimental, se eleva al conocimiento filosófico y de aquí, iluminada por la gracia, se eleva ulteriormente a la fe, sobre la cual se basa entonces la teología, que es el esclarecimiento y la profundización de la verdad de la fe, interpretada por la Iglesia en el dogma, mediante el uso de la filosofía (philosophia ancilla theologiae) ¹.
El conocimiento humano, tanto de la razón como de la fe, así como los objetos de estos dos niveles del saber, prestan un aspecto evolutivo y un aspecto, más importante, de estabilidad y de inmutabilidad, sobre todo en el campo de la fe: "Christus heri, hodie et semper".
Por ello las nociones fundamentales de razón, y por tanto de las ciencias y de la filosofía, por una parte, y de la fe, por lo tanto de la religión y de la teología, por la otra, son inmutables ². Por eso Cristo dice: "Cielo y tierra pasarán; mis palabras no pasarán".
El objeto de la ciencia racional y de la fe puede por lo tanto y debe ser siempre mejor conocido, y esto constituye el aspecto evolutivo y progresivo del acto del saber; pero este saber, en cuanto a su contenido, permanece inmutable y mantiene siempre el mismo significado, aunque formalmente pueda y deba siempre ser acrecentado (san Vicente de Lerins).
La Iglesia, en la formulación de los dogmas, utiliza ciertos principios y nociones fundamentales de la razón, universales e inmutables, objeto espontáneo del sentido común y de la sana razón natural como tal. En efecto, la Revelación divina, al enseñarnos verdades supra-racionales y sobrenaturales, las ha mediado a través de los conceptos naturales de la razón, de modo que desde estos conceptos, por analogía y por medio de símbolos y parangones, nos es permitido captar algo de los contenidos divinos y sobrenaturales.
Por tanto, gracias a la fe, la verdad racional natural inmutable y universal sobre el hombre, sobre el mundo y sobre Dios, se purifica, se amplía, se enriquece y va más allá de sí misma para captar la verdad suprema de la Palabra de Dios.
La razón humana, en la posesión común y normal de sus propias fuerzas, no tiene necesidad de aprender o formar estas nociones fundamentales desde una particular filosofía, sino que las forma espontáneamente y necesariamente por sí misma, aunque siempre solicitada o movida por un mínimo de educación recibida.
Pero no hay necesidad de Aristóteles para formar la noción del ente, de la esencia, del ser, de la verdad, de la realidad, de la materia, de la forma, de la sustancia, de los accidentes, del fin, de los medios, etc., ni hay necesidad de aprender de Descartes que yo existo o de Platón que existen las ideas o de Kant que existe la cosa en sí y así sucesivamente.
Ciertamente, la educación filosófica, para quien puede recibirla y sea capaz de ella, es algo óptimo. Pero no es absolutamente necesaria para el uso común de la razón y para captar la verdad de fe formulada en el Evangelio o en el dogma eclesial.
Las nociones racionales, de las cuales por lo tanto la Iglesia se sirve para formar los conceptos dogmáticos, interpretaciones infalibles de la Palabra de Dios, no deben ser entendidas necesariamente en cuanto refinadas o profundizadas por la filosofía, sino en su sentido común, originario, proporcionado a la razón de cualquier hombre sano de mente, por docto o indocto que sea.
Por qué la Iglesia toma cuidado de la razón
Y esto porque el Evangelio, y por tanto el dogma, debe poder ser captado por cualquier hombre razonable. Si para comprender el Evangelio se debiera estar laureado en teología en Bolonia o en París, estaríamos frescos, admitido y no concedido que quien ha estudiado aquí pueda estar seguro de salvarse.
La Iglesia ha utilizado en los Concilios y en ciertas formulaciones dogmáticas conceptos rastreables en la filosofía de Aristóteles, adaptada y purificada por santo Tomás. Pero, en base a cuanto se ha dicho, la Iglesia no ha esperado a santo Tomás para la utilización de aquellas nociones fundamentales, así como la razón humana desde la creación del hombre no ha esperado a Aristóteles o a Descartes para saber si existe la certeza o para saber qué es la verdad y qué vale el conocimiento humano, o qué es el hombre y si existe Dios et similia.
Si la Iglesia ha utilizado estos conceptos filosóficos, que han entrado en la formulación del dogma -por ejemplo, el de la transubstanciación- conceptos presentes en Aristóteles, es evidentemente porque los considera verdaderos y perennemente verdaderos. Esa certísima verdad que es la verdad de fe, no se edifica sobre lo falso, ni sobre lo incierto, ni sobre lo opinable. Y no se expresa en lo falso, en lo incierto o en lo opinable. Si la razón no captara la verdad, no podría servir de medio o trámite para la fe, que es suprema verdad. Quien ofende la razón, ofende la fe.
Por eso, cuando la Iglesia asume un concepto filosófico como expresión del dogma, no puede por ello mismo no canonizar implícitamente la verdad de ese mismo concepto, de modo que no pueda ser sustituido por otros en la formulación del dogma, sin falsificar o alterar el sentido del mismo dogma.
Para dar un ejemplo, si al definir la esencia del alma, nosotros usamos otra categoría, distinta de la usada por el Concilio de Viennes, "forma sustancial", y ponemos en su lugar "autoconciencia" o "centro de la persona”, creyendo tal vez expresar mejor el dogma con una categoría de la modernidad, nosotros en realidad no sólo alteramos el sentido del dogma, sino que mostramos un irrazonable desprecio por la categoría de "forma sustancial", indirectamente dogmatizada en aquella ocasión por la Iglesia. La verdadera filosofía moderna no es más que un desarrollo coherente de la filosofía antigua. Los hombres no han tenido que esperar a Descartes para saber que existe la verdad.
Es verdad que la tarea primordial del Magisterio de la Iglesia es la de enseñar las verdades sobrenaturales de la fe; pero esto no quiere en absoluto decir que la Iglesia, "experta en humanidad", como dijo Paulo VI, no tenga un ojo particularmente premuroso, atento y vigilante por la salud, la robustez y el progreso de la razón humana y de sus fundamentales contenidos filosóficos, de los cuales precisamente ella se sirve para expresar la verdad de fe y promover la actividad de la teología.
Por qué Santo Tomás
Aun cuando la Iglesia asume en el dogma categorías aristotélicas mediadas por santo Tomás, no se aparta de sus tareas o de sus intereses, al contrario los cuida más que nunca, porque, si es cierto que su tarea específica e insustituible es la de enseñar la Palabra de Dios, sin embargo, ella es enviada por Cristo al hombre y a su razón para iluminarla, confortarla, corregirla y elevarla, a fin de que ella esté bien dispuesta para acoger la verdad de fe. La Iglesia no se interesa de establecer si Aristóteles ha dicho la verdad; y sin embargo asume las verdades de Aristóteles, como por otra parte de cualquier otro filósofo que pueda servir para arrojar luz sobre la Palabra de Dios.
De aquí vemos lo necio que es el fideísmo luterano, que con el pretexto de exaltar la verdad de la Palabra de Dios, reduce a mera opinión, por no decir a sofismas y errores aquella filosofía de Aristóteles, de la cual durante siglos la Iglesia se ha servido, con la mediación de santo Tomás, para la interpretación del dato de fe.
Si la razón es opinión o apariencia o parecer, y sólo la fe es verdad y certeza, entonces la fe o bien se vuelve fanatismo o bien se convierte en una opinión descabellada, sin el necesario presupuesto o soporte racional. La razón prepara la fe como el Bautista prepara a Cristo, como la gracia supone la naturaleza.
Sin embargo, santo Tomás ha tenido el mérito de mostrar con irrefutable claridad el fundamento incontrovertible de aquellas nociones primarias y preciosísimas, de modo que, si antes ya se tenía la certeza de su universalidad e inmutabilidad (por ejemplo Platón y san Agustín), con santo Tomás la razón humana, como enseña León XIII en la encíclica Aeterni Patris, ha adquirido una conciencia indestructible y nunca antes tan bien fundada, de su valor universal y perenne, incluso como base natural de las nociones de la fe.
Muchos todavía hoy reconocen a santo Tomás el mérito de haber utilizado a Aristóteles para la interpretación de las verdades de fe; pero hoy parece insinuarse la idea de que con la filosofía y la ciencia actuales se podría y se debería rehacer, y quizás mejor, lo que hizo Tomás en el siglo XIII, como si la filosofía de santo Tomás hubiera tenido ya su tiempo, su momento, y se necesitara utilizar nuevas y modernas categorías para interpretar el dato revelado. Evidentemente, esto va en contra de cuanto acerca de santo Tomás ha enseñado el Concilio Vaticano II y otros documentos del Magisterio siguiente, como por ejemplo la Carta de Paulo VI Lumen Ecclesiae de 1974.
La secuela o seguimiento tomista prescrito por el Concilio propone los principios, el método y las nociones fundamentales del Aquinate como guía y criterio para una confrontación constructiva con el pensamiento moderno, a fin de asumir los valores a concebir como desarrollo de las premisas tomistas o en todo caso en armonía con ellas.
Ningún autor, después de la Sagrada Escritura y del Magisterio, debe estar por encima de Tomás en el animar el trabajo del teólogo, y es necesario evitar con cuidado la pretensión de algunos de haber descubierto la "verdadera alma" de Tomás disfrazándolo de idealista o de existencialista.
No hay duda de que la Iglesia no se desposa con ninguna filosofía particular, mientras que a todas las protege y las promueve. Si hasta ahora la Iglesia ha mostrado una preferencia por la filosofía aristotélico-tomista, no quiere decir que en un futuro no pueda surgir un genio filosófico universal superior al Aquinate. Algunos piensan que ya ha surgido e incluso mencionan el nombre…
Pero no es este el parecer de la Iglesia, la cual continúa viendo en el Aquinate al Doctor communis Ecclesiae ³, por el hecho de que el Aquinate, entre todos los teólogos, se distingue por su capacidad de captar y de expresar la verdad objetiva en campo filosófico y teológico, virtud, esta, que fue ya de Aristóteles y debería ser la de todo verdadero filósofo: decir y mostrar con honestidad y desinterés la cosas como son, dejando de lado cualquier preconcepto, pasionalidad, partidismo o interés, que no sea sólo el de la verdad, presentando argumentos probatorios de lo que se afirma.
Lo que produce un saber cierto y motivado, es decir científico: cognitio certa per causas, un saber apto para volver a despertar un consenso universal por parte de todos aquellos que razonan rectamente. Y teniendo precisamente la Iglesia que anunciar al mundo un mensaje de salvación universal, se comprende cuánto le interesa a la Iglesia una teología de este tipo.
Naturalmente, no siempre el teólogo, como en todas las ciencias, llega a establecer doctrinas ciertas y objetivas. Y en todo caso ellas estarán siempre lejos de alcanzar la certeza de la fe o del dogma. Sino que sucede que el teólogo tiene que contentarse con meras hipótesis u opiniones legítimamente discutibles por colegas de opinión contraria.
Este fenómeno, moderado con las debidas cautelas y las precauciones del caso, para no salirse de los rieles de la ortodoxia y del recíproco respeto, muy lejos de crear dificultades a la unidad de fe y al progreso de la teología, es la condición normal, dada la natural falibilidad de la razón humana y la inevitable existencia de diferentes puntos de vista, que sin embargo están hechos para integrarse recíprocamente en una superior síntesis.
Naturalmente Tomás no está exento de estos límites, sin caer nunca en graves errores, si se prescinde de los condicionamientos de su época, y aunque teniendo su propio inconfundible enfoque teórico -el famoso "intelectualismo" tomista-, muestra una extraordinaria capacidad para recoger y sintetizar entre sí las visiones más diversas en una inmensa riqueza de puntos de vista, que a todos abraza instaurando entre ellos un fecundo diálogo, ejemplar también para la teología moderna. Sin embargo, acerca de los puntos esenciales de la razón y de la fe, Tomás es inflexible y, precisamente en nombre del pluralismo y de la libertad de pensamiento, se opone correctamente a quien quisiera traspasar las fronteras.
Es en este punto que Tomás no encuentra el favor de muchos teólogos contemporáneos, seducidos por un "pluralismo" indisciplinado, que al fin de cuentas es contrario a la seriedad y a la unidad de la ciencia teológica y a la rectitud de la fe. Estos teólogos, por lo demás, ni siquiera perciben el carácter científico de la teología, en cuanto que a ellos no les interesa tanto saber cómo son las cosas en sí mismas, algo que ellos consideran imposible, sino que más bien les interesa abrirse camino en el mundo académico.
De ahí la elección de un maestro de éxito, que ciertamente no es Tomás, sino que es uno de los personajes que más han influido y posiblemente satisfecho su deseo de auto-afirmación. Lo cual no excluye que se engañen ilusoriamente pensando haber encontrado al gran vate de los tiempos modernos.
No están haciendo un atento discernimiento en base a sanos principios, los cuales precisamente podrían ser los principios tomistas, sino que se dejan guiar por la emoción, por la imaginación, por la fantasía, o por los gustos personales u otras pasiones. Los más dotados aspiran a adquirir la fama de creadores o innovadores, para lo cual elaboran teorías originales, pero por fuera de la realidad.
Muchos no rechazan del todo a santo Tomás, también para no estar demasiado en el ojo, y sin embargo lo vacían desde dentro animándolo con otro espíritu, el cual puede ser Heidegger, Hegel, Kant, Schelling, Severino, Descartes, Bontadini, Barth, Lutero, Spinoza, Eckhart, y así sucesivamente.
Ponen el propio yo por encima de la verdad de fe enseñada por el dogma eclesiástico. Aquello que entonces podría ser en ellos una visión u opinión personal digna de interés para ellos, si estuviera inserta en un contexto católico, se convierte en una idea fija, que impregna y malogra todo el sistema haciéndolo inutilizable. El ejemplo del Aquinate se presenta, por tanto, siempre actual para aquellos teólogos que verdaderamente quieren servir a las almas, a la Iglesia y a la verdad.
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 5 de diciembre de 2015
Notas
¹ Cf. A. Gardeil, Le donné révélé et la théologie, Les Editions du Cerf, Paris 1932; J. Maritain, Les degrés du savoir, Desclée de Brouwer, Bruges 1959; Y. Congar, La foi et la théologie, Desclée&Co., Tournai, Belgio 1962; C. Journet, Introduzione alla teologia, Edizioni Paoline 1956; B. Mondin, Scienze umane e teologia, Pontificia Università Urbaniana, Roma 1988; A. Livi, Filosofia e teologia, Edizioni Studio Domenicano, Bologna 2009; Vera e falsa teologia. Come distinguere l'autentica scienza della fede da un'equivoca filosofia religiosa, Roma, Casa Editrice Leonardo da Vinci, 2012.
² Pio XII encíclica Humani generis; Paulo VI, encíclica Mysterium fidei.
³ Véase la enciclica de san Juan Pablo II Fides et ratio. Y además: J.Maritain, Le Docteur Angélique, Desclée de Brouwer, Paris 1930; R.Garrigou-Lagrange, La synthèse thomiste, Desclée de Brouwer, Paris 1947; A. Livi, Tommaso d'Aquino. Il futuro del pensiero cristiano, Arnoldo Mondadori Editore, Milano 1997; J.P.Torrell, Tommaso d'Aquino maestro spirituale, Città Nuova, Roma 1998.
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum ratio humana sit capax veritatis obiectivae et universalis,
et utrum Ecclesia ea uti possit ad dogmata formanda
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod ratio humana non sit capax veritatis obiectivae et universalis.
1. Quia multi tenent rationem esse solam opinionem vel apparentiam, et solam fidem esse veritatem et certitudinem. Hoc videtur validum, cum ratio humana sit fallibilis, mutabilis et condicionibus historicis subiecta, fides autem donum divinum et securum.
2. Praeterea, dicitur categorias philosophicas esse relativas et proprias cuiusque temporis, ita ut non possint stabiliter fundamentum dogmatum praebere. Hoc videtur probabile, quia lingua et conceptus philosophici evolvuntur et transformantur, et quod olim valebat hodie forte non valet.
3. Item, asseritur Ecclesiam non debere inniti philosophiae, sed solum Verbo Dei, quia philosophia introducit sophismata et errores. Hoc videtur firmum, quia Revelatio est superior omni scientiae humanae et non indiget mediis humanis ad veritatem suam.
4. Denique, dicitur sanctum Thomam ad aetatem praeteritam pertinere, et hodie categorias modernas adhibendas esse ad datum revelatum interpretandum. Hoc videtur rationabile, quia theologia debet colloqui cum cogitatione hodierna et non claudi in schematibus mediaevalibus.
Sed contra est quod docet Concilium Vaticanum II, quod commendat sequendum sanctum Thomam tamquam ducem tutum pro theologia. Leo XIII in encyclica Aeterni Patris affirmat philosophiam thomisticam praebere fundamentum indestructibile notionibus fidei. Sanctus Vincentius Lirinensis docet contentum fidei manere immutabile, licet in sua formulatione crescere possit. Scriptura ipsa dicit: “Caelum et terra transibunt, verba autem mea non transibunt.”
Respondeo dicendum quod ratio humana est capax veritatis obiectivae et universalis, et ideo Ecclesia utitur notionibus fundamentalibus eius ad dogmata formanda. Revelatio divina, dum nobis tradit veritates supernaturales, eas mediatur per conceptus naturales rationis, ita ut per analogiam et symbola aliquid capere possimus de divinis contentis. Ecclesia, dum dogmata definit, utitur notionibus universalibus sicut substantia, accidens, forma, finis, causa, quae sunt veritates perennes quas ratio sponte capit. Non opus est Aristotele ad cognoscendum veritatem, sed sanctus Thomas claritate et rigore fundamentum inconcussum harum notionum ostendit, dando rationi humanae conscientiam indestructibilem de valore universali et perenni. Ecclesia, dum categorias philosophicas in dogmate assumit, implicite canonizat veritatem earum, ita ut non possint substitui sine sensum dogmatis falsificando. Ideo categoria formae substantialis, ad animam definendam in Concilio Viennensi adhibita, non potest reponi per modernas notiones sicut autoconscientia sine falsificatione dogmatis. Ratio praeparat fidem sicut natura praeparat gratiam, et qui offendit rationem offendit fidem. Sanctus Thomas, Doctor communis Ecclesiae, excellit in capacitate veritatem obiectivam capiendi et exprimendi, varias visiones in fecundam synthesen integrandi, et methodum tutam praebendi pro dialogo cum cogitatione moderna. Ecclesia, experta in humanitate, curat sanitatem et progressum rationis, quia ex ea pendet recta fidei comprehensio.
Ad primum dicendum quod fallibilitas rationis non impedit quin veritates universales et immutabiles capiat; si ratio esset mera opinio, fides careret fundamento rationali et in fanatismum verteretur. Ratio, licet limitata, possidet notiones fundamentales sicut ens, veritas, bonum, causa, quae sunt universales et necessariae. Hae notiones non pendent ab aliquo philosopho particulari, sed a structura ipsius intellectus humani. Ideo fides in eis inniti potest sine timore.
Ad secundum dicendum quod categorias philosophicas, licet in linguis historicis expressae, ad notiones universales referuntur quae semper valent. Ecclesia non exspectat Aristotelem aut Descartem ad cognoscendum quid sit veritas, sed agnoscit rationem humanam ab initio has notiones capere. Ideo eas in dogmatibus uti potest sine periculo caducitatis.
Ad tertium dicendum quod philosophia Revelationem non substituit, sed instrumentum est ad Verbum Dei melius exprimendum et intellegendum. Ex falso veritas non oritur, sed ex sana ratione lumen pro fide oritur. Ecclesia, dum categorias philosophicas assumit, non a sua missione recedit, sed eam melius implet, quia rationem illuminat ut apta sit ad fidem recipiendam.
Ad quartum dicendum quod sanctus Thomas non est cogitator obsoletus, sed criterium tutum ad cogitationem modernam conferendam. Concilium Vaticanum II praescribit eius sequela, non ad formulas mediaevales repetendas, sed ad valores hodiernos assumendos in harmonia cum principiis thomisticis. Conari eum substituere per categorias modernas sine discretione ducit ad vacuandam theologiam ab intus et ad amittendum eius indolem scientificam et rectitudinem fidei. Multi theologi hodierni, seducti pluralismo indisciplinato, obliviscuntur theologiam esse scientiam et veritatem obiectivam quaerere debere. Sanctus Thomas ostendit quomodo varias visiones integrare sine unitatem fidei amittendo, et eius exemplum adhuc valet pro iis qui volunt Ecclesiae et veritati servire.
JG
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