¿Puede la Trinidad reducirse a la historia? ¿Es Dios un devenir cambiante o Acto puro eterno? ¿Qué significa que el Padre engendre al Hijo y que el Espíritu proceda del Padre y del Hijo? ¿No corre la teología el riesgo de confundir parábolas con mitología si olvida la trascendencia divina? En esta primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli se examina críticamente la tesis de Bruno Forte sobre la “Trinidad como historia”, mostrando sus errores y recuperando lo que hay de verdadero: la acción salvífica de las Personas divinas en momentos clave de la historia, sin que por ello la Trinidad se convierta en historia, pues permanece eternamente inmutable y perfecta.[En la imagen: fragmento de "La Santísima Trinidad", óleo sobre lienzo, obra de autor anónimo del siglo XVIII, conservado en el Museo del Prado, Madrid].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 2 de agosto de 2026
Un libro infeliz de Bruno Forte: "La Trinidad como historia" (1/2)
Un libro infeliz de Bruno Forte: "La Trinidad como historia"
Primera Parte
(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 10 de marzo de 2016 en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/un-libro-infelice-di-bruno-forte-trinita-come-storia/)
En 1986, las Ediciones Paulinas publicaron un libro con un título sumamente infelíz, "Trinidad como historia" ¹, un libro que, sin embargo, como siempre ocurre en las cosas humanas, no estaba privado de una instancia correcta, lamentablemente mal conceptualizada.
¿Dónde está el error? El error salta a los ojos de quien sabe que la divina Tríada es el Dios eterno e inmutable, suma perfección, Acto puro de ser, puro Actuar, completamente por encima del devenir, del cambio, del tiempo y de la historia. La historicidad concierne solo a las creaturas, que son cambiantes, móviles, generables y corruptibles, compuestas de potencia y acto, por lo cual, actuando, cumplen una sucesión de actos, que son cada uno la actuación o de una potencia o de una posibilidad.
Por otra parte, el acto cumplido es limitado, por lo cual, una vez terminado y pasado, existe la posibilidad de que el agente, que de por sí, siendo distinto de su acto, permanece, realice otro acto y así indefinidamente, sin detenerse nunca. Además, el agente, actuando, se perfecciona, por lo cual, si realiza el bien, deviene mejor, en modo tal que, al tiempo que conservando y de hecho confirmando su identidad, ella cambia accidentalmente o en su forma de ser.
Ahora bien, es impensable que estas cualidades, que son propias y exclusivas de la creatura, puedan encontrarse también en Dios y, por lo tanto, en las divinas Personas. En efecto, en Dios no hay distinción entre potencia y acto, sino que Él es puro Acto de ser; por lo que su actuar no actúa una potencia suya, sino que coincide con su mismo Ser: Dios es pura Acción.
Por eso Dios, en el actuar, no deviene otro distinto de Sí, no cambia, no mejora, sino que permanece Sí mismo, que por esencia es ya suma perfección. Por otra parte, su acción coincide con su infinita Esencia, no es finita como en nosotros, sino que es única, infinita, perfectísima y eterna. Por lo tanto, Dios no realiza un acto seguido de otro. No hay en Él sucesión de actos.
Ahora bien, la historia es la colección de una serie de sucesos o hechos, es decir, actos, o acciones sucesivas en el tiempo, actos cumplidos por un agente, que cambia en el tiempo. Ahora bien, Dios no actúa cumpliendo una sucesión de actos. No realiza un acto creador para cada creatura que crea en el curso de la historia, como haría un artista humano, que realiza un acto distinto para cada obra que produce. Dios no realiza un determinado y especial acto cada vez que otorga una gracia. Sino que con un único acto eterno, que coincide con su Ser, crea todos los entes de la naturaleza y los dones de la gracia en el tiempo y en el espacio.
Por lo tanto, Él no es una realidad histórica. No se resuelve en la historia. No tiene una historia. No tiene un modo de ser histórico ni una dimensión histórica. No es parte de la historia, no está inmerso en la historia, sino que la trasciende en la eternidad. La Trinidad, por lo tanto, no es y no tiene una historia, no puede ser vista como historia, sino que es sólo pura eternidad.
Lo que podemos recuperar en este libro
Dicho esto, preguntémonos cuál es la instancia correcta. Se trata de la cuestión de cómo Cristo, en el Evangelio de Juan, expresa su relación con el Padre y de la misión del Espíritu Santo, de parte del Padre y del Hijo (Qui ex Patre Filioque procedit), con las consecuencias que derivan para la vida cristiana.
Ahora bien, es necesario reconocer con franqueza y aquí ciertamente damos la razón a Bruno Forte, estando en juego la misma fe cristiana, que efectivamente las Personas divinas han tenido, tienen y tendrán en el futuro, una relación salvífica y divinizante con el tiempo, con el devenir y con la historia, sobre todo en algunos momentos-clave decisivos, como por ejemplo la multiplicación de las Alianzas en el Antiguo Testamento, la Encarnación, el envío del Espíritu Santo en Pentecostés y la Parusía de Cristo al fin de la historia.
Sin embargo, si hay un teólogo que insiste a tal punto en la Encarnación del Verbo, tanto como para denunciar la presencia, ya en su tiempo, de herejías gnósticas cristológicas, este es San Juan. Sin embargo, él es riguroso al subrayar al mismo tiempo la divina trascendencia de las Personas trinitarias.
El Padre celestial, en efecto, en la plenitud de los tiempos, ha enviado al Hijo al mundo y al término de la misión terrena del Hijo, junto con el Hijo, ha enviado al Espíritu Santo al mundo. Por lo tanto, el Hijo ha venido al mundo, después de haber asumido una naturaleza humana en el seno de la Santísima Virgen María. Habiendo cumplido su misión terrena, el Hijo ha retornado al Padre revestido de esta naturaleza. En cambio, el Espíritu Santo permanece en la Iglesia y la guía al Padre en nombre del Hijo.
"Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo" (Jn 5,17). En el curso de la historia, a las acciones del Padre siguen las del Hijo y, a éstas, las obras del Espíritu Santo. Las Personas divinas no cumplen las mismas obras, aunque estas obras se complementan entre sí en el perseguir nuestra salvación.
Sin embargo, en la historia, lo que recibimos del Padre no es lo que recibimos del Hijo y no es lo que recibimos del Espíritu. Por eso es importante saber distinguir las Personas, cuando recurrimos a ellas, para saber qué pedir a cada una.
Mediante la Encarnación del Hijo, la Trinidad indudablemente ha entrado en la historia, ha asumido la historia como contexto e instrumento temporal y espacial de la acción de la humanidad de Cristo, pero no se ha convertido en historia, no se ha mezclado y confundido con la historia: lo eterno ha permanecido eterno y lo temporal ha permanecido temporal, lo inmutable ha permanecido inmutable y lo mutable ha permanecido mutable, unidos en la distinción de las naturalezas y en la unidad de la Persona de Cristo.
El Hijo, salido del Padre, ha descendido del cielo, de junto al Padre, se ha encarnado y ha habitado entre nosotros para revelarnos el misterio trinitario. Como dice san Juan, "el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al que es Verdadero Dios" (1 Jn 5,20).
Por lo tanto, estamos llamados por Cristo a acoger una verdad divina que trasciende nuestra razón, pero que es también luz de nuestra razón. Cristo nos llama a trascender el plano del sentido y de la imaginación, a no ser obtusos (asynétoi, Mt 15,16). Es necesario abstraer con el intelecto de lo concreto material y contingente, para elevar y ampliar nuestra mente a la consideración de las cosas celestiales, porque el Padre habita en los cielos.
Cristo nos habla ciertamente en parábolas, pero para conducirnos a entender (syníein) y a conocer (ghighnóskein) con el intelecto los misterios del reino (Mt 13,10-17). Detenerse en las parábolas quiere decir reducir la teología a mitología o idolatría. San Pablo nos advierte que no es el hombre carnal, sino el hombre espiritual quien comprende el misterio de Cristo.
Cómo distinguir a las Personas entre sí
Las Personas se distinguen por el origen. Ahora bien, tanto el Hijo como el Espíritu tienen origen en el Padre. Por otra parte, el único criterio para distinguir las Personas entre sí, es el origen. Si el origen del Espíritu fuera el mismo del Hijo, o sea solo el Padre, no tendríamos modo de poder distinguir al Hijo del Espíritu. Si el Espíritu no procediera también del Hijo, el Hijo no se distinguiría del Espíritu.
Según santo Tomás, el Espíritu Santo es el "mutuo Amor entre el Padre y el Hijo", el "nexo entre Padre e Hijo" ². El Espíritu va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. El Padre ama al Hijo en el Espíritu y el Hijo ama al Padre en el Espíritu. El Padre envía al Hijo. El Hijo envía el Espíritu. En el Espíritu se llega al Hijo y en el Hijo se llega al Padre.
Decimos que el Hijo es distinto del Padre, diciendo que el Hijo no es el Padre o que es otro, otra Persona distinta del Padre. Pero no otra cosa, otra esencia o naturaleza, porque la naturaleza divina es una sola. No podemos decir ni que el Hijo es similar, ni que es diverso, ni que es diferente. En cuanto es Dios, debemos decir que es igual e idéntico: es el mismo Dios. Y mucho menos decimos con Hegel que el Padre niegue al Hijo, cuando en cambio Él es una cosa sola con Él ³.
En la Trinidad el Hijo procede del Padre, es engendrado por el Padre, pero permanece en el Padre, un solo Dios con el Padre, incluso cuando viene al mundo. Las procesiones divinas, del Hijo y del Espíritu, son en Dios y permanecen en Dios, idénticas a Dios. Son Dios. Por eso, el Credo dice Deum de Deo, Lumen de Lumine. El Padre es Dios, el Hijo es Dios, pero el Padre no es el Hijo. Una naturaleza, dos Personas.
El Hijo sale necesariamente del Padre en lo interno de la Trinidad. Pero la salida del Hijo de la Trinidad y su venida al mundo como Verbo encarnado, ha sido el efecto, en un cierto momento de la historia, de una libre decisión del Padre por nuestra salvación y, correspondientemente, en el Hijo, ha sido un acto de libre obediencia al Padre.
Por lo tanto, mientras que el nacimiento del Hijo del Padre entra necesariamente en la esencia del misterio trinitario, la Encarnación ha sido libremente deseada por la Trinidad para la salvación del hombre. En otras palabras, mientras Dios podría existir también sin haber creado el mundo y sin haber encarnado su Hijo, Dios no podría existir sin haber engendrado al Hijo.
La originalidad de la visión cristiana
Que hay Personas divinas en Dios que proceden de Dios, pero sin salir de Dios, e idénticas a Dios, es una verdad exclusivamente cristiana. Es lo que Cristo nos ha anunciado: "El Padre y yo somos una sola cosa" (Jn 10,30). En Dios, único Dios, Dios Padre genera a Dios Hijo, pero este Hijo permanece en el Padre, precisamente porque el uno y el otro son Dios, el mismo único Dios. El Padre es distinto del Hijo y, sin embargo, el Padre está en el Hijo y el Hijo está en el Padre (Jn 17,21). El Hijo se dirige al Padre y éste al Hijo, porque son dos Personas distintas; y sin embargo son un solo Dios.
El Dios bíblico es creador de un mundo finito externo a Dios, pero es también emanador o engendrador de un Hijo divino, que es interno a Él. Dios no tiene el mundo interno a Sí, sino en cuanto ideado por Él o por Él virtualmente contenido; sino que esencialmente tiene sólo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, que son Dios.
Dios crea el mundo de la nada. El mundo, en el momento en el cual es creado, pasa del no-ser al ser, o bien de la posibilidad a la actualidad, porque Dios produce el mundo en su totalidad, no de una presupuesta materia, como el artífice humano. El mundo no existe por esencia. El ser no le pertenece necesariamente, por esencia. El ser, por lo tanto, le es donado de fuera, es decir, de Dios.
El Hijo, en cambio, es Dios, por lo cual es increado, no es sacado de la nada. Sin embargo es originado, proviene de Dios, es decir, del Padre. El Hijo sale del Padre, como dice Cristo: "Yo he salido de Dios (Vulgata: processi, griego: exélthon) y vengo de él (mejor: "soy venido", Vulgata: Veni; eko, de íemi)" (Jn 8,42).
Como ya se dice de la divina Sabiduría en el Antiguo Testamento: "Antes de los siglos Él me creó" (Sir 24,9), el Hijo es engendrado por el Padre desde la eternidad y en la eternidad: "Tú eres mi hijo: yo hoy te he engendrado" (Sal 2,7). Por lo tanto, "antes de la creación del mundo" (pro tu ton kosmon einai, Jn 17,5; pro katabolés kosmu, Jn 17,24), porque es el Logos, la Idea a priori con la cual y a la Luz (Jn 1,9) de la cual Dios ha creado el mundo (Jn 1,2). Como dice san Pablo, "Cristo es engendrado antes de toda creatura" (Col 1,15).
El "antes" significa que el tiempo ha tenido un inicio ⁴ y que por lo tanto el mundo tiene una edad limitada, y que no es cierto, como creía Aristóteles, que el mundo existía desde la eternidad. Obviamente, no se trata de un "antes" temporal, sino trascendental. En tal sentido, Dios existía solo "antes" que el mundo fuera.
En cambio, en el panteísmo historicista, que identifica a Dios con la historia y con el devenir, como el de Hegel ⁵, retomado por Küng, Rahner, Kasper y Forte, también Dios existe siempre solo y, por lo tanto, se identifica con el mundo: Dios deviene mundo y el mundo deviene Dios.
El Padre engendra al Hijo y lo envía al mundo
El Padre origina, o bien emana, hace surgir, fluir, o proceder de Sí al Hijo. Genera al Hijo y expira o irradia el Espíritu. El efecto de este acto del Padre, es decir, el Hijo, no es inferior a la causa, como pensaban los arrianos y como creía todavía Schelling.
No hay descenso de un dios superior a un dios inferior, como creían los platónicos. Sino que el Hijo, aunque distinto del Padre, está a la par del Padre: Deum de Deo, similarmente a cuanto sucede en la generación humana, donde el hijo es de la misma naturaleza específica humana del padre. Solo que en Dios también tenemos identidad de naturaleza individual, es decir, la divina.
El Hijo sale del Padre, pero al mismo tiempo permanece en el Padre, idéntico como Dios, al Padre. El Hijo no es el Padre. Y sin embargo, como Dios, es un solo Dios con el Padre. Por lo tanto, tenemos una identidad y una negación. Pero prestemos atención: negación sólo lógico-predicamental y no real, como en cambio ocurre en la dialéctica hegeliana. La negación es aquí el único modo que tenemos para afirmar la distinción de las Personas.
Entonces, en la plenitud de los tiempos, el Hijo es "Aquel a quien el Padre ha consagrado y enviado al mundo" (Jn 10,36). El Hijo, por lo tanto, entra en la historia con la Encarnación, y viene al mundo para salvarlo. "La luz verdadera que ha venido a este mundo" (Jn 1,9). Él conoce el momento en el cual su misión tiene término: "Su hora de pasar de este mundo al Padre" (Jn 13,1). Por lo tanto, una vez completada la misión, retorna al Padre, que lo había enviado. "Jesús sabía que había venido de Dios y a Dios retornaba (Vulgata: vadit, griego: hypághei)" (Jn 13,3). Y por eso dice: "Ahora me voy al que me ha enviado" (Jn 16,5).
Por tanto, hay una salida del Hijo del Padre, un permanecer en el mundo y un retorno al Padre. En el plano de la creación, tenemos: primero, la causa eficiente divina, que produce el mundo; segundo, la consistencia del mundo en sí mismo, en su identidad y, tercero, la orientación del mundo hacia Dios como causa final. Por lo tanto, Dios está antes y al inicio del mundo y es el propósito final del mundo: aquí también tenemos, en cierto modo, una salida, un permanecer y un retorno.
El mismo proceso cumplido por el Hijo, a nivel trinitario, lo cumple el Espíritu Santo: enviado por el Padre y por el Hijo, viene al mundo y se detiene en el mundo para completar la obra del Hijo, con la diferencia que, mientras el Hijo retorna al Padre, el Espíritu permanece en el mundo y para ser precisos en la Iglesia, para terminar en la historia la obra del Hijo, hasta que se produzca el retorno escatológico del Hijo: "Volveré y os llevaré conmigo" (Jn 14,3).
El generar divino, la emanación o procesión del Hijo, no debe ser concebido como un producir, un hacer, un dar forma a la materia. No es un causar eficiente o transformador; no es un hacer ser, o hacer devenir, o un mover. No es un hacer pasar de la potencia al acto o de lo posible a lo actual.
Tampoco es un acto voluntario de libre elección, como creía Schelling ⁶, porque Dios mismo no ha decidido existir, sino que existe necesariamente. Ciertamente, Él quiere y ama su existir. Pero no puede no existir. No ha elegido su existir, aunque lo quiere y no puede no quererlo. En efecto, Él es el Ser absolutamente necesario, que no puede no ser.
Y esto se debe a que Dios es la causa de la existencia del ente contingente, que puede no ser. Él ha querido libremente crear el mundo, pero no ha elegido ser trinitario, porque lo es por esencia. El Hijo ha nacido necesariamente del Padre ante omnia saecula, no por una libre elección del Padre.
Generar al Hijo y espirar el Espíritu es para el Padre acto necesario, esencial, espontáneo, de naturaleza, similarmente al soplar del viento, el tronar del trueno, el chorrear o el balancear del agua, el arremolinarse de la nieve, el precipitar de la lluvia, el irradiar de la luz o el calentar del fuego.
Fin de la Primera Parte (1/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 10 de marzo de 2016
Notas
¹ El autor es Bruno Forte.
² Summa Theologiae, I, q.37, a.1, ad 3m.
³ Véase la horrible interpretación de la agonía de Jesús en el huerto o en la cruz, donde, según esta visión hegeliana, Cristo se habría puesto contra el Padre y el Padre habría estado contra Cristo, para así satisfacer el movimiento de la dialéctica.
⁴ "Ab initio temporis", dice el Concilio Lateranense IV de 1215 (Denz.800), comentando Gén 1,1: "En el principio creó Dios el cielo y la tierra".
⁵ Sin desconocer los méritos de Hegel, Maritain demuestra que el verdadero fundador de la filosofía cristiana de la historia es san Agustín: cf. Per una filosofía de la historia, Morcelliana, Brescia 1967.
⁶ Expone su doctrina trinitaria en su obra Filosofia della Rivelazione, Edizioni Bompiani, Milán 2002. Cf. W. Kasper, L’Assoluto nella storia nell’ultima filosofia di Schelling, Milán 1986.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Trinitas possit ut historia concipi
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Trinitas possit ut historia concipi.
1. Quia dicitur quod Pater mittit Filium et Filius mittit Spiritum, et hae missiones in tempore succedunt. Ergo videretur quod Trinitas manifestetur tamquam series actuum historicorum, et ipsum esse eius in historia resolvatur.
2. Praeterea, dicitur quod Personae divinae agunt in momentis clavis historiae, sicut Incarnatione, Pentecoste et Parusia. Si hae actiones sunt decisivae et temporales, videretur quod Trinitas sit historia et fieri.
3. Item, Evangelium affirmat: “Pater meus usque modo operatur, et ego operor” (Io 5,17). Hoc videtur indicare quod Personae divinae opera successive in tempore perficiant, quod proprium est rei historicae.
4. Denique, quidam theologi moderni tenent Deum fieri cum mundo et Trinitatem esse verticem spiritualem evolutionis historicae. Si Deus mutatur et patitur cum historia, tunc Trinitas esset historia.
Sed contra est quod fides docet: Deus est aeternus et immutabilis, Actus purus essendi, supra fieri, mutationem, tempus et historiam. Sanctus Ioannes transcendens divinum subicit dicens: “Filius Dei venit et dedit nobis intellectum ut cognoscamus verum Deum” (1 Io 5,20). Sanctus Paulus commemorat Christum genitum ante omnem creaturam (Col 1,15). Traditio patristica et scholastica docet quod in Deo non est successio actuum, sed unus actus aeternus.
Respondeo dicendum quod Trinitas ut historia concipi non potest, quia Deus non habet successionem actuum nec mutatur, sed est pura Actio coincidens cum ipso Esse infinito. Historia est collectio eventuum temporalium, propriorum creaturis compositis ex potentia et actu. In Deo non est potentia, sed solus Actus purus. Ergo ipse non fit, non melioratur, non mutatur, sed semper manet summa perfectio. Actio eius non est finita nec limitata, sed infinita et aeterna. Non facit actum creatorem distinctum pro qualibet creatura, nec actum specialem quoties gratiam largitur, sed uno actu aeterno creat omnia entia et dona in tempore et spatio. Ideo Trinitas non est historia nec habet historiam, sed transcendit historiam in aeternitate. Tamen Personae divinae in historiam intraverunt libera voluntate pro nostra salute: Pater misit Filium, Filius incarnatus est et ad Patrem rediit, et Spiritus in Ecclesia manet usque ad Parusiam. Aeternum mansit aeternum et temporale mansit temporale, coniuncta in missione salutifera sine confusionem naturarum.
Ad primum dicendum quod missio Filii et Spiritus non convertit Trinitatem in historiam, sed sunt missiones temporales quae ex processionibus aeternis oriuntur.
Ad secundum dicendum quod actio divina in historia est libera et salutifera, sed non mutat essentiam aeternam Dei, quae immutabilis manet.
Ad tertium dicendum quod verba Evangelii indicant opus continuum Dei in creatione et salute, sed non successionem actuum in Deo, sed unum actum aeternum qui in tempore manifestatur.
Ad quartum dicendum quod theoriae quae Deum cum fieri identificant sunt pantheisticae et historicisticae, nec respondent fidei christianae, quae confitetur Deum aeternum, immutabilem et transcendentem, licet praesentem in historia per actionem salutiferam.
JG
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.