¿El Concilio Vaticano II fue sólo pastoral o también doctrinal? ¿Es legítimo criticarlo o debe aceptarse íntegramente como infalible en todo lo que respecta a doctrina? ¿Cómo superar el enfrentamiento entre modernistas y lefebvrianos que se acusan mutuamente de traicionar la fe? En esta segunda parte de su artículo, el padre Giovanni Cavalcoli examina la raíz del conflicto, mostrando cómo ambos extremos absolutizan lo relativo y caen en ideología, mientras que la verdadera solución pasa por reconocer lo que une, aceptar la corrección fraterna y reunirse en torno al Papa como garante de la unidad. Un texto que interpela sobre la necesidad urgente de reconciliación, la recta interpretación del Concilio y la fidelidad al Magisterio como camino de paz para la Iglesia.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 6 de agosto de 2026
Por la paz en la Iglesia (2/2)
Por la paz en la Iglesia
Segunda Parte
(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 16 de febrero de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/per-la-pace-nella-chiesa/)
La gran discusión sobre el Vaticano II:
¿falible o infalible, dogmático o solo pastoral?
Ahora bien, en la raíz de estos contrastes acerca de la esencia del ser católico, está todavía, después de cincuenta años, la gravísima cuestión aún vigente, a saber, la del correcto juicio que debe expresarse sobre el Concilio Vaticano II y sobre sus efectos en la Iglesia y, en consecuencia, la de la recta aplicación del Concilio. ¿Es legítimo hacer críticas al Concilio o debe ser aceptado sin discusión desde la primera hasta la última palabra? Y si ciertas partes pueden ser criticadas, ¿cuáles son? ¿Y cómo distinguirlas de aquellas absolutamente válidas (es decir, "infalibles")? ¿O bien en el Concilio no hay nada infalible, ni siquiera entre sus doctrinas?
En efecto, el Concilio ha propuesto un entero y nuevo programa de vida cristiana y eclesial. De ahí la interrogación que ha surgido entre algunos, comprensible, pero no justificable, de si la Iglesia conciliar no hubiera cambiado por casualidad su propia esencia alejándose de la Tradición y, en consecuencia, cambiando la definición del ser católico.
El gran filósofo católico Romano Amerio planteó angustiosamente esta cuestión ya en los años ochenta, con su famoso libro Iota unum. Los modernistas, por su parte, con actitud arrogante y desdeñosa, considerándose los vencedores, han hecho muy poco por asegurar a los preocupados lefebvrianos que entre el Concilio y el pre-concilio hay continuidad.
A decir verdad, los modernistas, contagiados de evolucionismo, y por tanto poco interesados en la continuidad, plantearon contrastes que no existían. En cambio, los Papas del postconcilio siempre se han esforzado por mostrar esta sustancial continuidad, aunque en un cambio accidental. Pero no hubo nada que hacer, la brecha entre los unos y los otros ha continuado hasta el día de hoy.
Pero es evidente que no se puede ir al infinito. Parece que ha llegado el momento de que todas las fuerzas sanas de la Iglesia, empezando por el Papa, encuentren los caminos de la paz y hagan un esfuerzo supremo por conciliar a las dos partes en lucha. Cada una de ellas pretende que la otra venga al pie; y en cambio, dado que ambos son puntos de vista parciales y unilaterales (vale decir, solo progreso o solo tradición) debemos ayudarlos a comprender que deben encontrarse en el terreno común de la fe, que no está ni de una parte ni de la otra, sino simplemente de la fe.
El hecho es que, lamentablemente, si por una parte el gran acontecimiento del Concilio, rectamente interpretado bajo la guía del Magisterio post-conciliar, ha hecho avanzar a la Iglesia en su camino hacia el Reino, produciendo esos buenos frutos, que estaban en sus intenciones, por otra parte, las fuerzas del error que obstaculizan continuamente a la Iglesia en su camino, han encontrado ocasión en este mismo acontecimiento para confundir los espíritus y sembrar cizaña. En tal modo, han sido desatendidas completamente las intenciones del Concilio: se ha tomado ocasión de la asamblea que pretendía conciliar -"concilio"-, para extraer diabólicamente motivo de ella para un interminable y escandaloso litigio, al cual se le debe absolutamente poner término tan pronto como sea posible.
Este desacuerdo que ha estallado entre católicos, por tanto, proviene principalmente de una disputa ya de cincuenta años entre una corriente mayoritaria, llamada "progresista", que declarándose en línea con el Concilio, sólo para luego manipularlo a su antojo, está ahora en posesión de una gruesa porción de poder en la Iglesia; y un grupo pequeño pero feroz y aguerrido de nostálgicos del pre-concilio, pero que están ganando consensos, a menudo llamados "tradicionalistas", "conservadores" o "lefebvrianos", los cuales ven en las doctrinas del Concilio una tendencia modernista, o un claudicar ante los errores de la modernidad, en contraste con la tradición. Hoy esta corriente, en sus vértices extremos, ataca feroz e insensatamente al Papa de variados modos, con todo tipo de insultos, calumnias y malentendidos.
La gravedad del conflicto se esconde de algún modo detrás de las categorías que se utilizan para designar a las partes adversas, categorías que a decir verdad, por su significado inmediato, no deberían producir preocupación: en cualquier sociedad, y por tanto también en la Iglesia, es del todo legítimo, normal y diría obligatorio, que el cuerpo social, casi como por una división de competencias, abraza en sí mismo a quienes tienen especial cuidado por conservar las sanas tradiciones o por recuperar valores del pasado que aún son buenos, olvidados, incomprendidos, o han sido perdidos o están periclitantes.
Asimismo, es del todo normal y de hecho necesario que en una sociedad también haya quienes son más sensibles y abiertos a lo nuevo, quienes tienen una mirada particular por el futuro, quienes tienen más sentido de lo que cambia, quienes quieren deshacerse de lo que se revela inútil o superado y cambiarlo por algo mejor, quienes quieren mejorar lo que ya existe de buena calidad y los que sienten sabiamente la instancia del progreso y de la aplicación de los perennes principios a situaciones nuevas e imprevistas.
Es legítimo expresar opiniones diversas pero sin absolutizar lo relativo
Lo importante en todo esto es que las dos tendencias sean sabias y tengan sentido de sus límites y de las proporciones, sin absolutizar lo relativo: se equivoca el conservador, queriendo mantener lo que ya ha tenido su tiempo manteniéndose apegado a tradiciones puramente humanas y hace rato superadas, y cerrándose a lo nuevo y al progreso, vistos como infidelidad y traición; y se equivoca el progresista, absolutizando el presente y lo nuevo sólo porque es nuevo, y relativizando los sagrados valores del pasado.
Se obtiene un buen resultado, si el conservador y el progresista, apreciándose entre sí en sus lados buenos y manteniendo la propia libertad de elección, como buenos católicos, en primer lugar prestan atención a la sustancia del catolicismo, que de por sí no es ni conservadora ni progresista en virtud de su universalidad e independencia de cualquier particularismo.
Esta advertencia asegura que entrambos se mantengan dentro de los confines de la verdad católica custodiada por el Papa y por el Magisterio, poniendo las condiciones de la caridad y de la concordia, como dice el gran Hiponense: In necessariis, unitas; in dubiis, libertas; in omnibus, caritas. Tradición y progreso deben ir juntos, como la sístole con la diástole: aislarlos y contraponer lo uno a lo otro es suma necedad y la muerte del espíritu.
Sin embargo, muchos están hoy fijados en estas visiones unilaterales, casi como si tuvieran anteojeras y no hubiera forma de moverlos de su fijación ni un milímetro. En psiquiatría, estas se denominan "ideas fijas". La necesidad de certeza o de aferrarse a algo, que es impulso típico del ánimo humano, viene satisfecho por medio de ocurrencias o descubrimientos completamente insuficientes y parciales. O bien se trata de razones de conveniencia.
Rahnerismo y lefebvrismo, dos caras opuestas de la misma moneda.
El Concilio no es solo pastoral, es también doctrinal
El suceso doloroso y escandaloso, devenido actualmente insoportable, está así en el hecho de que, más allá de los límites de la sana doctrina, ha surgido un progresismo que en realidad es modernismo, como el rahnerismo, y un tradicionalismo como el lefebvrismo, que en realidad ha falsificado la tradición oponiéndola injustamente a las doctrinas del Concilio, juzgadas falsas o falibles (no "infalibles"), con el pretexto de que no han sido solemnemente definidas y acusando al Concilio de haber querido hacerlas pasar por "pastorales".
En realidad, como han dicho los Papas del post-concilio, el magisterio conciliar no es solo pastoral, sino también doctrinal. Pero los lefebvrianos toman en palabra el Concilio, que según ellos se declara sólo pastoral, de modo de tener buen juego para rechazar sus doctrinas, considerando que el magisterio pastoral de la Iglesia es autoritativo pero no vinculante. Aparte del hecho de que puede existir una manera pastoral de exponer la doctrina, que es precisamente la manera del Concilio.
En cuanto a los modernistas, con este apelativo me refiero a una fuerte corriente hoy presente en la Iglesia, la cual retoma el método ya condenado por san Pío X en la Pascendi Dominici gregis, o sea la reformulación de la doctrina católica teniendo como referencia el pensamiento moderno no cribado a la luz del Evangelio, sino tomado acríticamente en bloque, como un ídolo, casi regla absoluta de la verdad. No se discierne, por lo tanto, aquello que en lo moderno es conforme al Evangelio -lo que sería una sana modernidad- y lo que no lo es, sino al contrario, tomando lo moderno como criterio absoluto, se elige en el Evangelio sólo lo que es conforme a lo moderno.
Los modernistas entonces, que han tenido muchos peritos en el Concilio, que de propósito querían ser renovadores, manteniendo astutamente ocultos en aquella circunstancia sus errores, consideran que al Concilio no ha hecho el Magisterio, sino que lo han hecho ellos orientando al Magisterio en el sentido querido por ellos.
Por eso ellos consideran falsamente que el Concilio refleja sus doctrinas; pero más allá de esto, partiendo de un concepto evolutivo de la verdad, como ya había denunciado san Pío X en su encíclica Pascendi Dominici gregis, ellos relativizan todas las verdades dogmáticas, comprendido el concepto mismo de la fe definido por el Concilio Vaticano I; por lo cual uno debe preguntarse, como observa el filósofo metafísico y teólogo Antonio Livi, si deben ser considerados teólogos o simplemente "pensadores religiosos" o incluso gnósticos, que entonces significaría verdaderos y propios incrédulos o falsos creyentes ¹.
Naturalmente, existen varios niveles de modernismo: el más grave es muy raro y frecuentemente tenemos que tratar con formas ligeras, que no tocan la sustancia general de la fe. El mismo rahnerismo, que de por sí es la forma más grave, viene sin embargo interpretado, aunque ingenuamente, por muchísimos de sus seguidores en sentido benévolo, para poder concordar lo más posible con la doctrina católica.
Tanto los modernistas como los lefebvrianos están empantanados en su respectiva ideología, y son prisioneros de una mentalidad parcial y unilateral. Al modo de Jesucristo, tanto el modernista como el lefebvriano advierten: "el que no está conmigo, está contra mí". Pero entrambos, por motivos opuestos, están fuera del lecho de la sana doctrina, cada uno se considera a sí mismo ser el verdadero católico y quien no está con él es su polo dialéctico opuesto, así como el mal es lo contrario del bien: quien no es lefebvriano, es modernista, comprendido el simple fiel normal, por mucho que sea antimodernista. Y lo mismo dígase para los modernistas.
Modernistas y lefebvrianos no reconocen como válidas las posiciones intermedias, que serían entonces las sólidas. Para ellos representan una forma de duplicidad o de pálida media medida. En cambio, para poner de acuerdo a estas dos facciones, es necesario adquirirse la estima de entrambas. Sin embargo, muchas veces los pacificadores acaban siendo como Cristo crucificados entre dos ladrones y acaban llevándolos a ambos de un lado y del otro, como escribía el padre Ariel S. Levi di Gualdo en L'Isola di Patmos en uno de nuestros primeros artículos.
Entre modernistas y lefebvrianos se ha cavado en la actualidad un abismo: los primeros, disfrutando cómodamente del poder, ignoran con desprecio y arrogancia a los segundos sin siquiera tomarlos en consideración y son astutos aduladores del Papa, creyendo que lo tienen de su lado; los segundos, en cambio, atacan al Concilio y a los Papas del postconcilio con creciente odio.
Entre todos los contrastes que perturban la paz de la Iglesia, indudablemente el contraste entre lefebvrianos y modernistas es el más grave y el más difícil de resolver, porque los modernistas a menudo ocupan puestos de poder, por lo cual es comprensible que estén pocos dispuestos a corregirse, como los fariseos de la época de Cristo. Las dos partes están de tal modo distantes y opuestas entre sí que, aunque entrambas tienen la pretensión de declararse católicas, se dificulta encontrar un punto común, que pueda crear el acuerdo. Sin embargo, no debemos desesperar.
Esto solo quiere decir que es cada vez más urgente hacer todo el esfuerzo posible para favorecer el diálogo entre las dos partes. Confiamos en la mediación del Santo Padre, supremo juez, moderador y árbitro de los contrastes intraeclesiales. Es necesario que cada una de las partes reconozca sus propios defectos y aprecie las cualidades de la otra. Sin la verdad no puede haber paz. Es necesario que todos, hermanos en Cristo, dejen a un lado odios y represalias, malicias y recriminaciones, prestando atención únicamente al bien de la Iglesia y de su alma.
Una propuesta de solución a las oposiciones y litigios
entre modernistas y lefebvrianos
Intentaré ahora proponer algunos puntos que, en mi opinión, pueden constituir un principio de acuerdo. Lo fundamental, que las dos partes deben hacer, es el esfuerzo por evidenciar lo que las une haciendo referencia al arbitraje papal. En segundo lugar, es necesario que las dos partes estén dispuestas a reconocer el bien que existe en la otra y al mismo tiempo a dejarse corregir por la otra. Reciprocidad y corrección fraterna.
Más precisamente:
Primero. Mientras que los modernistas deben oponerse a los errores modernos en nombre del Magisterio de la Iglesia, los lefebvrianos deben aceptar los valores de la modernidad siempre a la luz del Magisterio.
Segundo. Mientras los lefebvrianos deben decidirse a interpretar rectamente las doctrinas del Concilio, sin vanas sospechas de error o de ruptura con la tradición, los modernistas deben dejar de interpretar el progreso obrado por el Concilio como una ruptura con el Magisterio precedente.
Tercero. Existe un sano tradicionalismo, en comunión con la Iglesia. Para ostentar este título, los lefebvrianos deben estar en comunión con la Iglesia; lo que quiere decir que deben aceptar la concepción católica de Tradición abandonando los errores del obispo Marcel Lefebvre. De tal modo, correlativamente, los modernistas, si quieren ser llamados legítimamente "progresistas", deben abandonar sus errores modernistas.
Cuarto. Los modernistas deben apreciar la estima que los lefebvrianos tienen por la inmutabilidad del dogma y por el Magisterio preconciliar y, correlativamente, los lefebvrianos deben reconocer la validez de la modernización de la vida eclesial y el desarrollo de la Tradición, tal como han sido ordenados por el Concilio Vaticano II.
En conclusión, es necesario que todos nos reunamos en torno al Papa, maestro de la fe y garante de la unidad, comenzando por los obispos, que deben ser más activos y más celantes, sin esperar a que las cosas lleguen tan lejos, a tal punto que deba intervenir Roma, la cual, precisamente porque las cosas están muy avanzadas, puede hacer muy poco.
También las mismas Conferencias Episcopales deben activarse, como exhortaba a hacer recientemente el cardenal Gerhard Ludwig Müller, haciéndose eco del Santo Padre, para quien queremos invocar la intercesión de Maria Mater Boni Consilii, Regina Pacis y Sedes Sapientiae.
Fin de la Segunda Parte (2/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 14 de febrero de 2015
Notas
¹ Antonio Livi, Vera e falsa teologia. Edizioni Leonardo da Vinci; Roma, 2011.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Concilium Vaticanum II tantum pastorale et fallibile sit,
vel etiam doctrinale et obligatorium
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Concilium Vaticanum II tantum pastorale et fallibile sit.
1. Quia quidam tenent eius doctrinas non fuisse sollemniter definitas, et ideo non habere indolem infallibilem. Hoc videtur validum, quia si nulla est sollemnis definitio, videretur quod conscientiam non obliget et ad consilia pastoralia redigatur.
2. Praeterea, dicitur Concilium introduxisse novitates quae traditioni contradicunt, et propterea eius doctrinas doctrinales esse repudiandas. Hoc videtur probabile, quia traditio est criterium veritatis, et ruptura cum ea esset proditio identitatis catholicae.
3. Item, asseritur Concilium mentem modernisticam exprimere, quae dogmata relativizat et fidem ad mentem contemporaneam accommodat. Hoc videtur firmum, quia multi periti conciliares modernistae erant et textus influere potuerunt, ita ut Concilium suspectum erroris esset.
4. Denique, dicitur Concilium, se pastorale declarans, doctrinam definire non voluisse, et ideo eius doctrinas libere disputari vel reici posse. Hoc videtur rationabile, quia pastorale intelligitur ut consilium et non ut mandatum obligatorium.
Sed contra est quod docent Pontifices postconciliarii: magisterium conciliare non est tantum pastorale, sed etiam doctrinale. Sanctus Pius X in Pascendi Dominici Gregis modernismum damnavit tamquam reformulationem doctrinae secundum cogitationem modernam. Concilium Vaticanum I fidem definivit ut assensum veritati revelatae, non ut opinionem relativam. Sanctus Augustinus docet: in necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas.
Respondeo dicendum quod Concilium Vaticanum II est magisterium doctrinale et pastorale, et ideo in suis doctrinis obligatorium. Non est legitimum ad solum pastorale redigere ut eius doctrinas reiciantur, nec absolutizare ut ruptura cum traditione fiat. Concilium, recte interpretatum sub ductu Magisterii, Ecclesiam promovit in itinere ad Regnum, fructus bonos ferens. Vi erroris hoc eventum ad discordiam seminandi usurpavit, sed intentiones Concilii non invaluit. Modernistae et lefebvriani in extrema ideologica cadunt: alii modernum absolutizant et dogmata relativizant, alii praeteritum absolutizant et legitimum traditionis progressum reiciunt. Utrique errant, quia relativum absolutizant et complementarietatem traditionis et progressus negant. Solutio est agnoscere quod unit, recipere correctionem fraternam et circa Papam congregari, magistrum fidei et unitatis custodem. Sine veritate pax esse non potest, et veritas invenitur in interpretatione fideliter Concilii sub lumine Magisterii.
Ad primum dicendum quod, licet Concilium nova dogmata non definiverit, doctrinas tamen confirmavit et pastorali modo exposuit; ideo eius doctrina est obligatoria ut magisterium ordinarium.
Ad secundum dicendum quod Concilium traditioni non contradicit, sed eam evolvit; ruptura tantum apparens est cum sine Magisterio interpretatur. Progressus traditionis legitimus est et necessarius ad principia perennia novis condicionibus applicanda.
Ad tertium dicendum quod modernismus cum Concilio identificari non potest; modernistae textus manipularunt, sed Concilium ipsum est magisterium authenticum. Error est in iis qui eum ut rupturam interpretantur, non in Concilio ipso.
Ad quartum dicendum quod pastorale doctrinale non excludit; est modus pastoralis doctrinam exponendi, et hoc ipse Concilium fecit. Reicere quia pastorale est error, quia doctrina pastorali modo doceri potest sine valore obligatorio amittendo.
JG
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