lunes, 24 de agosto de 2026

El Papa Francisco y el idealismo (3/3)

¿Qué significa que la Iglesia condene doctrinas filosóficas? ¿Por qué el Papa Francisco ha afirmado con fuerza que la realidad es superior a la idea? En esta tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli se explica cómo la Iglesia, al custodiar la fe, también protege la razón de los errores que conducen a la herejía. Se muestra que el idealismo, al poner la idea por encima de lo real, termina en panteísmo, ateísmo y en la idolatría del hombre que se cree dueño absoluto del mundo. ¿No es acaso urgente volver al principio del realismo, fundamento de la fe en la Encarnación, para evitar que la cultura se corrompa y la naturaleza se rebele contra el hombre? Este texto del docto teólogo dominico invita a reconocer que sólo el realismo asegura la verdad objetiva, la humildad y la auténtica convivencia humana.

El Papa Francisco y el idealismo

Tercera Parte (3/3)

(Traducción al español de la tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 14 de octubre de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/papa-francesco-e-lidealismo/)

Por qué la Iglesia sentencia en campo filosófico

Comienzo ahora por tomar a distancia el discurso, precisando qué pretende hacer la Iglesia cuando condena una determinada doctrina o un determinado sistema filosófico, dentro de qué límites la Iglesia condena y qué peso tiene esta condena. Dicho eso, tras una adecuada y oportuna exégesis de las palabras expresadas por el Papa Francisco, comprenderemos exactamente el sentido y el alcance de la condena papal del idealismo.
Decimos, pues, ante todo, que la preocupación y la tarea primarias de la Iglesia desde siempre, como "columna y fundamento de la verdad", son las de salvaguardar y proteger la doctrina de la fe y la misma virtud de la fe de las insidias o de los obstáculos que pueden provenir de falsas filosofías, de la "sabiduría de este mundo".
Bajo este aspecto, la Iglesia abre el camino a la fe "ensanchando", como ha dicho Benedicto XVI, promoviendo, sanando y defendiendo la razón del error, porque el error no puede producir la verdad y la fe es suprema verdad. En tal sentido, la Iglesia es removens prohibens y, aunque esto entre sólo indirectamente en su tarea específica como anunciadora del Evangelio, la Iglesia es promotora del progreso filosófico.
Necios e ignorantes son, por lo tanto, aquellos idealistas y aquellos modernistas, que sostienen que la filosofía realista, como por ejemplo la tomista, se habría "quedado atrás" respecto a las conquistas de la "filosofía moderna". Ciertamente, si lo "moderno" es Descartes, este "moderno" es mejor perderlo que encontrarlo.
Al llevar a cabo esta obra capital de purificación y corrección de la inteligencia, la Iglesia no pretende nunca condenar en bloque ningún sistema o ningún autor, en los detalles de sus individuales proposiciones, sino sólo los errores principales y más graves, que mayormente pueden poner en peligro los datos de la fe o el acto mismo de la fe.
Si la Iglesia condena errores filosóficos de tal tipo, no lo hace tanto en nombre de la razón o de la filosofía, sino del dato o "depósito" de la fe, que la Iglesia debe custodiar, defender e interpretar. De modo similar, un dueño de casa, para evitar el ingreso a los ladrones, no sólo se preocupa de mantener bien cerradas las puertas de la casa, sino también, posiblemente, de mantener una buena y eficaz cerca o valla, que disuada la entrada de los ladrones. Es claro que si el dueño cuida este cerco y se mueve en contra de quienes quisieran dañarlo, no lo hace por amor al cerco, sino porque el cerco sirve para proteger la casa.
Así, de por sí los errores a los cuales la Iglesia presta la mayor atención son los errores contra la verdad de fe o contra el dogma, por definido o no definido que sea, la llamada "herejía". Pero así como ese tipo de error, del que ahora nos ocupamos, induce a la herejía o implica la herejía, he aquí que tal error, de por sí sólo filosófico, puede ser llamado y de hecho viene llamado error "próximo a la herejía" y a algunos incluso son llamados "herejía", aunque la Iglesia, a su discreción, en base a consideraciones pastorales o de oportunidad o conveniencia, considerando también que el término "herejía" está sujeto a una cierta elasticidad de significado ¹, pueda no usarlo, reemplazándolo sin embargo por expresiones equivalentes, que nos hagan comprender la gravedad del error.

Diferentes tipos de intervención

La condena eclesiástica puede golpear o bien el núcleo de fondo del sistema, núcleo que da sentido a todas sus posiciones, que de él se derivan o se fundan en él, o bien, sin perjuicio de la bondad de fondo del sistema, puede reprobar sólo algunas proposiciones, que no necesariamente se fundan sobre los principios del sistema, y de hecho representan una contradicción más o menos clara del sistema.
Un ejemplo del primer caso lo tenemos, cuando Pío XI en la encíclica Divini Redemptoris condenó el comunismo como "sistema intrínsecamente perverso". Es evidente que en tal caso el Papa entendía referirse a las raíces del sistema, incluyendo implícitamente en sí a todas sus derivaciones y aplicaciones, aun cuando, digámoslo una vez más, esto no significa la condenación indiscriminada de todas sus posiciones particulares, sobre todo si son accidentales, empíricas u ocasionales.
En el caso de Rosmini, en cambio, es conocida la condena de las 40 proposiciones en 1887 por parte del Santo Oficio, condena que, sin embargo, no afecta el núcleo central de su sistema, en cuanto que tal condena "no se refiere en realidad a la auténtica posición de Rosmini”, como se expresa una Nota del 2001 de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota que sin embargo confirma la "validez objetiva" de la sentencia de 1887 “para quien lee desde una óptica idealista, ontológica y con un significado contrario a la fe y a la doctrina católica". Tal lectura, precisa la Nota, está "fuera del contexto del pensamiento rosminiano". De aquí se deduce que la sustancia del pensamiento rosminiano es realista, conforme a la fe católica.
Además, la Iglesia, por diversos motivos, a veces discutibles, no pone en relieve siempre ni por lo tanto condena a un autor peligroso o incluso a todos los errores en circulación, ni lo hace siempre inmediatamente o a tiempo. Corresponde entonces a los filósofos y a los teólogos católicos tomar la iniciativa con valentía, modestia y competencia, y no callarse ni desmarcarse ni desentenderse bajo pretexto de que la Iglesia no se ha pronunciado, porque normalmente ella interviene precisamente a raíz de las denuncias hechas por los teólogos.
La Santa Sede no tiene los ojos de Argos, por lo cual tiene necesidad de ser informada. Por lo tanto, si es cierto que el juicio del teólogo puede ser falible, de todos modos él tiene la facultad o, según los casos, el deber de reconocer y refutar a los errantes, aunque no hayan sido condenados por Roma.
Y si un acusado ha sido momentáneamente exculpado, no está dicho que, en virtud de una indagación suplementaria o adicional, no pueda ser condenado, como le sucedió a Rosmini, exculpado en un primer momento con el famoso "dimittantur" de 1854, al cual sin embargo siguió la condena de 1887. Por consiguiente, si alguien es exculpado, las indagaciones pueden ser reanudadas; si en cambio es condenado, la causa está terminada: Roma locuta, causa finita.

La crítica del papa Francisco al idealismo

El Santo Padre en los dos documentos a los que aquí haremos referencia, con una afirmación perentoria e incondicional del principio del realismo, ataca el principio fundamental del idealismo, que es el primado de lo ideal sobre lo real, o más bien del pensamiento sobre el ser. O dicho en otras palabras, como ya hemos dicho, la identificación de lo real con lo ideal y del ser con el pensamiento. De este principio extraen los idealistas todo su pensamiento: la concepción del hombre, del mundo, de la moral, de Dios.
Por el contrario, el Papa en ambos documentos (Evangelii Gaudium n.233 y Laudato Si' n.110) enuncia en modo lapidario e inequívoco el principio fundamental del realismo "La realidad es superior a la idea", en directa oposición al principio idealista, según el cual es la idea en ser superior a lo real. Pero evidentemente el Papa se atiene de tal manera a este principio del realismo que lo repite en una reciente entrevista con un periodista de una Radio de Buenos Aires, publicada en L'Osservatore Romano del 14-15 de septiembre pasado, p.6. Estas son las palabras del Papa:
"Ninguna religión es inmune a sus propios fundamentalismos. En toda confesión habrá un grupito de fundamentalistas cuyo trabajo es destruir en aras de una idea, no de una realidad. Y la realidad es superior a la idea. Dios, tanto en el judaísmo como en el cristianismo, como en el islam, en la fe de estos tres pueblos, acompaña a su pueblo, es una presencia de compañía. Nosotros lo vemos en la Biblia y los musulmanes en el Corán. El nuestro es un Dios que está cerca de nosotros, que nos acompaña. Los fundamentalistas alejan a Dios de la compañía de su pueblo, lo desencarnan, lo transforman en una ideología y, entonces, en nombre de Dios, matan, atacan, destruyen y calumnian. En términos más concretos, transforman a este Dios en un Baal, en un ídolo".
Veamos primeramente la exhortación apostólica Evangelii gaudium, en los números 231-233. El lenguaje no es especulativo o metafísico, como podría requerir la sutileza del tema; sino que es exquisitamente pastoral, se basa en el buen sentido común y es comprensible para todos, sin por ello venir a menor el rigor del tema ni hacer arbitrarias simplificaciones.
Dice el Papa en el n.231: "Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría."
Dice en el n.232: "La idea -las elaboraciones conceptuales- está en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento. Hay que pasar del nominalismo formal a la objetividad armoniosa. De otro modo, se manipula la verdad, así como se suplanta la gimnasia por la cosmética. Hay políticos —e incluso dirigentes religiosos— que se preguntan por qué el pueblo no los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras. Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente."
Y en el n.233: "La realidad es superior a la idea. Este criterio hace a la encarnación de la Palabra y a su puesta en práctica: 'En esto conoceréis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios' (1 Jn 4,2). El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización. Nos lleva, por un lado, a valorar la historia de la Iglesia como historia de salvación, a recordar a nuestros santos que inculturaron el Evangelio en la vida de nuestros pueblos, a recoger la rica tradición bimilenaria de la Iglesia, sin pretender elaborar un pensamiento desconectado de ese tesoro, como si quisiéramos inventar el Evangelio. Por otro lado, este criterio nos impulsa a poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las que esa Palabra sea fecunda. No poner en práctica, no llevar a la realidad la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo."
El realismo es la base filosófica de la fe en la Encarnación, en la acción de la Iglesia en el mundo. Nos impide "inventar" un Evangelio por nosotros mismos, "nos impulsa a poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las que esa Palabra sea fecunda". El idealismo, que es la visión contraria, lógicamente tiene como efecto el de hacer "permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo".
De la encíclica Laudato si' n.67: "No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada". A la inversa, para el idealismo, el ser, lo real, no es externo ni presupuesto al pensamiento, a la idea, no es independiente del pensamiento; sino que está solo en el pensamiento, proviene del pensamiento y es puesto por el pensamiento. De modo que el hombre, en su orgullo, no se pregunta de dónde saca su origen la realidad que se le presenta, o sea un ser que le es dado y que no depende de él, sino que hace depender el ser o la realidad de su idea. Se entiende entonces cómo el idealismo, que sustituye el crear divino por el hacer humano, conduce también al ateísmo, ya que, si lo real depende de mí y yo no dependo de nadie, no tengo necesidad preguntarme quién ha creado lo real o quién me ha creado.
Dice el Papa en el n.75: "No podemos sostener una espiritualidad que olvide al Dios todopoderoso y creador. De ese modo, terminaríamos adorando otros poderes del mundo, o nos colocaríamos en el lugar del Señor, hasta pretender pisotear la realidad creada por él sin conocer límites. La mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses."
El idealismo nos lleva a concebir al hombre como el "dominador absoluto de la tierra" y por tanto ponerse en el lugar de Dios creador y Padre. Sustituyendo con la falsa e idolátrica idea de sí mismo a su realidad de creatura dependiente de Dios, se siente "dueño del mundo", por lo que es llevado a despreciar y "pisotear la realidad creada por Dios", lo que no le sirve para ascender a Dios, como desde el efecto a la causa, sino para "imponer a la realidad sus propias leyes e intereses".
Dice en el n.106: "El problema fundamental es otro más profundo todavía: el modo como la humanidad de hecho ha asumido la tecnología y su desarrollo junto con un paradigma homogéneo y unidimensional. En este paradigma se destaca un concepto del sujeto que progresivamente, en el proceso lógico-racional, abarca y así posee el objeto que se halla afuera. [...] Es como si el sujeto se hallara frente a lo informe totalmente disponible para su manipulación."
El idealismo, poniendo la idea por encima de lo real, y resolviendo el saber en la praxis (Fichte), concibe el objeto como si fuera un producto del sujeto, por lo cual el objeto pierde su forma propia natural que le ha sido dada por el creador, de modo que su materia aparece "como una realidad informe totalmente disponible para su manipulación", ya que la forma del objeto está establecida por la forma a priori que reside en el sujeto (Kant), ya que, como dice Husserl, no son las cosas las que tienen sentido, sino que es el hombre quien da sentido a las cosas.
Dice en el n.110: "En la realidad concreta que nos interpela, aparecen diversos síntomas que muestran el error, como la degradación del ambiente, la angustia, la pérdida del sentido de la vida y de la convivencia. Así se muestra una vez más que la realidad es superior a la idea".
Nuevamente encontramos el principio fundamental del realismo, tal como ya había sido enunciado en la en la exhortación Evangelii Gaudium (n.233), en directa oposición al principio del idealismo, de la superioridad de lo ideal sobre lo real.
En el n.115: "El antropocentrismo moderno, paradójicamente, ha terminado colocando la razón técnica sobre la realidad, porque este ser humano ni siente la naturaleza como norma válida, ni menos aún como refugio viviente".
El idealismo, para el Papa, de acuerdo con la convicción de los principales historiadores de la filosofía, es la consecuencia extrema del antropocentrismo renacentista, que, pasando a través del racionalismo cartesiano, cree en la promesa de Descartes de que su método convertirá al hombre "plenamente dueño de naturaleza", que por lo tanto ya no es sentida ni como "norma válida" ni como "refugio viviente", sino sólo como objeto de sus deseos e instrumento de su voluntad de poder.
Sigue diciendo el Papa, en el n.116: "En la modernidad hubo una gran desmesura antropocéntrica que, con otro ropaje, hoy sigue dañando toda referencia común y todo intento por fortalecer los lazos sociales. Por eso ha llegado el momento de volver a prestar atención a la realidad con los límites que ella impone, que a su vez son la posibilidad de un desarrollo humano y social más sano y fecundo. Una presentación inadecuada de la antropología cristiana pudo llegar a respaldar una concepción equivocada sobre la relación del ser humano con el mundo. Se transmitió muchas veces un sueño prometeico de dominio sobre el mundo que provocó la impresión de que el cuidado de la naturaleza es cosa de débiles. En cambio, la forma correcta de interpretar el concepto del ser humano como ‘señor’ del universo consiste en entenderlo como administrador responsable."
Tenemos aquí una transparente referencia al superhomismo de Nietzsche, con su "sueño prometeico de dominio sobre el mundo", que es la extrema, delirante y frenética puesta en práctica del idealismo de Fichte, de Hegel y de Gentile, originarios inspiradores de las doctrinas totalitarias del nazismo, del fascismo y del comunismo.
Para remediar el riesgo de un retorno de estos monstruos del pasado, el Papa hace un poderoso llamado al realismo, que conduce a "la forma correcta de interpretar el concepto del ser humano como 'señor' del universo", pero "administrador responsable" de bienes que no ha creado él con sus ideas, sino Dios suprema Realidad, de la Cual el hombre depende en su misma existencia y en sus mismas ideas.
Nuevamente el Papa, en el n.117: "Todo está conectado. Si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la misma base de su existencia se desmorona, porque, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza".
El idealismo predica la independencia de la idea respecto de lo real porque el hombre se considera principio y regla de lo real mediante la idea. Pero -observa el Papa- esto implica precisamente la desintegración de la existencia humana y la rebelión de la naturaleza creadas por Dios, ya que entrambas encuentran su regla no en la idea humana, sino en la sumisión a la suprema Realidad, que es Dios.
Por eso dice el Papa en el n.123: "Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? [...] Entonces no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes para evitar los comportamientos que afectan al ambiente, porque, cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar."
El idealismo alemán, que culmina en Hegel, a diferencia del idealismo platónico, no admite "verdades objetivas, ni principios estables y universalmente válidos", porque lo real que se identifica con lo racional es el devenir dialéctico de la razón, por lo cual la Idea Absoluta, Dios, que es todo, contiene en sí la oposición entre lo eterno y lo temporal, lo particular y lo universal, el ser y el devenir, en una circularidad en la cual los opuestos se reclaman unos a otros. Los "conceptos", como dice Hegel, son "fluidos" y danzan juntos en un "delirio báquico, donde ningún miembro está sobrio". Lo eterno y la quietud están sólo en la Totalidad divina, no en los individuales momentos de la dialéctica.
Dice el Papa luego en el n.208: "La actitud básica de autotrascenderse, rompiendo la conciencia aislada y la autorreferencialidad, es la raíz que hace posible todo cuidado de los demás y del medio ambiente, y que hace brotar la reacción moral de considerar el impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo."
Este "autotrascenderse" es el transcende et teipsum de san Agustín ², no ciertamente el hegeliano, la Erhebung, ya que, mientras en Agustín se trata de mirar hacia lo alto, o sea de tender con la propia mutable razón a la ubi ipsum lumen rationis accenditur, es decir a la inmutable Razón divina, para Hegel la razón es de por sí divina, por lo cual el hombre divinizado permanece cerrado en su autorreferencialidad y no se eleva a lo alto más allá de sí mismo, sino sólo dentro de sí mismo.
En el n.224: "La desaparición de la humildad, en un ser humano desaforadamente entusiasmado con la posibilidad de dominarlo todo sin límite alguno, sólo puede terminar dañando a la sociedad y al ambiente. No es fácil desarrollar esta sana humildad y una feliz sobriedad si nos volvemos autónomos, si excluimos de nuestra vida a Dios y nuestro yo ocupa su lugar, si creemos que es nuestra propia subjetividad la que determina lo que está bien o lo que está mal."
La equipararse con Dios propio del idealismo conduce a creer en la "posibilidad de dominarlo todo sin límite alguno", por lo que sucede que "excluimos de nuestra vida a Dios y nuestro yo ocupa su lugar", y creemos que "es nuestra propia subjetividad la que determina lo que está bien o lo que está mal".
Dice el Papa luego en el n.234: "No es porque las cosas limitadas del mundo sean realmente divinas, sino porque el místico experimenta la íntima conexión que hay entre Dios y todos los seres, y así siente que Dios es para él todas las cosas."
El idealismo, que lleva a creer que "las cosas limitadas del mundo sean realmente divinas", es un falso misticismo. Sólo en el realismo es posible el verdadero místico, que "experimenta la íntima conexión que hay entre Dios y todos los seres, y así siente que Dios es para él todas las cosas".
En conclusión, el idealismo, equiparando el pensamiento humano con el pensamiento divino y el ser humano con el ser divino, conduce al panteísmo. Conduce, por tanto, a una visión teológica diametralmente opuesta no sólo al cristianismo, sino también al teísmo propio de la teología natural, por lo cual, además de destruir de raíz la teología cristiana, impide también el diálogo interreligioso promovido por el Concilio Vaticano II. En mi opinión, es necesario que la Iglesia esté hoy más atenta al fenómeno del panteísmo, que presenta muchos aspectos y vertientes, y que es tal que pone en peligro no sólo la religión, sino también una sana convivencia humana digna del moderno mundo civil.

Fin de la Segunda Parte (2/3)

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 20 de septiembre de 2015

Notas

¹ Cf. mi libro La questione dell’eresia oggi, Edizioni Vivere In, Monopoli (BA), 2008.
² De vera religione, c.XXXIX.

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Ecclesia, condemnando idealismum,
fidem defendat ostendendo realitatem esse superiorem ideae

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Ecclesia non debeat intervenire in campo philosophico.
1. Quia eius missio est Evangelium annuntiare et fidem custodire, non autem iudicare systemata philosophica, quae ad rationis ambitum pertinent. Sic videretur quod condemnare doctrinas philosophicas excedat eius competentiam.
2. Praeterea, philosophia moderna, a Descartes usque ad Hegel, adeptae sunt quasdam “conquisitiones” quae viderentur superiores philosophiae realisticae; et ideo Ecclesia non deberet eas tamquam errores damnare, sed potius eorum valorem culturalem agnoscere.
3. Item, idealismus, exaltando ideam, videtur magis spiritualis et sublimis quam realismus, qui pendet a sensibilibus et materialibus. Unde multi eum reputant magis conformem dignitati spiritus humani.
4. Denique, si Ecclesia doctrinas philosophicas damnat, periculum est ne libertatem cogitandi minuere videatur et dialogum cum cultura hodierna claudere, debilitando suam credibilitatem coram mundo.

Sed contra est quod Scriptura docet: Verbum caro factum est et habitavit in nobis (Io 1,14). Praeterea Papa declaravit realitatem esse superiorem ideae, et sanctus Thomas docet cognitionem humanam incipere a sensibus et consistere in adaequatione intellectus ad rem. Magisterium saepe damnavit formas idealismi quae identificant ens et cogitationem, quia ducunt ad pantheismum et ad negationem creationis.

Respondeo dicendum quod Ecclesia, condemnando idealismum, fidem defendit ostendendo realitatem esse superiorem ideae. Officium primarium Ecclesiae est doctrinam fidei servare et virtutem fidei tueri contra insidias falsarum philosophorum. Idealismus, identificando reale cum ideali et ens cum cogitatione, ducit ad pantheismum et atheismum, quia creationem divinam substituit productione humana. Papa affirmavit realitatem esse superiorem ideae, criterium quod pertinet ad incarnationem Verbi et ad eius executionem. Realismus est fundamentum philosophicum fidei in Incarnatione et in actione Ecclesiae in mundo. Idealismus autem Deum in ideologiam transformans ducit ad idolatriam hominis qui se putat dominum absolutum terrae. Ideo Ecclesia, condemnando idealismum, non philosophiam limitat, sed fidem et rationem protegit, et viam aperit ad verum progressum philosophicum.

Ad primum ergo dicendum quod Ecclesia non damnat systemata philosophica ut talia, sed errores qui fidem in periculum ponunt. Sicut paterfamilias curat sepem ad domum defendendam, ita Ecclesia rationem curat ad fidem protegendam.
Ad secundum dicendum cum maiori subtilitate: “conquisitiones” philosophiae modernae, si in idealismo fundantur, non sunt progressus sed error. Idealismus, ponendo ideam supra reale, destruit veritatem obiectivam et ducit ad atheismum. Realismus autem servat transcendens Dei et authenticitatem cognitionis humanae.
Ad tertium dicendum breviter: apparentia spiritualitatis idealismi est falsa, quia spernit experientiam sensitivam et praetendit scientiam divinam. Realismus, licet humilis, est verus et ad Deum ducit.
Ad quartum dicendum cum extensione: condemnatio Ecclesiae non minuit libertatem cogitandi, sed veritatem et fidem protegit. Dialogus cum cultura hodierna tantum possibilis est si servatur distinctio inter creatorem et creaturam, et si agnoscitur realitatem esse superiorem ideae.
   
JG

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