domingo, 23 de agosto de 2026

El Papa Francisco y el idealismo (1/3)

¿Ha puesto el Papa Francisco, durante su pontificado, fin a la larga disputa planteada entre el realismo y el idealismo? ¿Qué significa que la Iglesia haya reconocido y aislado el “virus” del idealismo? En este artículo, que dividimos en tres partes, el padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo, con palabras decisivas y claras, el Papa ha dado plena satisfacción a los realistas, confirmando que sólo ellos están en la estela de la verdad y en línea con la fe. Se examina la raíz del idealismo moderno, nacido del racionalismo y del subjetivismo, y se advierte sobre sus consecuencias destructivas para la inteligencia y para la fe. ¿No será que, tras siglos de confusión, la intervención del Papa marca un giro histórico en la defensa del realismo tomista frente a las seducciones del pensamiento idealista?

El Papa Francisco y el idealismo

Primera Parte (1/3)

(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos el 14 de octubre de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/papa-francesco-e-lidealismo/)

El papa Francisco en sus dos últimas encíclicas y en otras ocasiones ha arrojado un rayo de luz decisivo, con la potencia de discernimiento y de crítica propia del Vicario de Cristo y Maestro de la Fe, sobre la atormentadísima, intrincadísima y larguísima historia de las relaciones entre realismo e idealismo o, como él mismo dice, entre "idea" y "realidad" ¹.
Como nunca había sucedido en la historia del Magisterio de la Iglesia, el Papa, esclareciendo la cuestión al reducirla y circunscribirla con extraordinaria agudeza teórica a sus términos esenciales, la ha resuelto definitivamente y claramente en modo definitivo e incontrovertible, de modo que desde de ahora en adelante a los idealistas ya no se les da excusa ni resquicio para la escapatoria, mientras que a los realistas, hasta ahora no suficientemente apoyados y defendidos por la Iglesia frente a los idealistas, les ha dado plena satisfacción, confirmándolos, animándolos y dándoles la certeza de estar solo ellos en la estela de la verdad y en línea con la fe; y no los idealistas, los cuales, sobre todo a partir del modernismo (el "principio de la inmanencia"), han pretendido incluso suplantar en el oficio de interpretación de la Sagrada Escritura y de la divina Revelación, al realismo tomista con el idealismo nacido del racionalismo de Descartes y del subjetivismo de Lutero y desembocado en Kant y Hegel.
Se puede decir, por tanto, que con el papa Francisco la Iglesia ha reconocido y aislado el virus del idealismo, acogiendo la larga serie de doctos análisis críticos y documentadas denuncias hechas hasta ahora desde finales del siglo XIX, especialmente por parte de ilustres tomistas, acerca de la falsedad y de la peligrosidad del fenómeno. Ahora, fortalecidos por las palabras del Papa, lo que se necesita urgentemente es intensificar y mejorar la cura de esta enfermedad del espíritu, que lo estropea desde sus cimientos impidiendo el orden de la sana razón y por tanto el acceso a la fe.
No es de esperar, hasta donde se puede imaginar, que los idealistas desistan de su error, apelando a todos los pretextos, tanto porque desprecian el Magisterio de la Iglesia, como porque hoy han alcanzado en la Iglesia mucho poder y porque no ha sido todavía condenado su gran maestro, Karl Rahner, un fingido católico y un fingido tomista. Por ello presentaré más adelante el principio de su sistema idealista.
En cuanto al Papa, desvaneciendo toda sofística sutileza y toda astuta escapatoria, y mostrando, como santo Tomás, pleno dominio de la cuestión, la reduce toda a una alternativa fundamental, que veremos, tal como para poder ser comprendida incluso por personas simples e indoctas.
Ya santo Tomás, por su parte, aunque no conociera en absoluto el idealismo, arroja una luz decisiva en aquel fundamental y profético artículo de la Summa Theologiae (I, q.85, a.2), donde él se pregunta, seis siglos antes de Hegel, si el objeto del saber es la species o la res, y él responde con argumentos decisivos que es la res, es decir, opta por el realismo. En la cuestión del conocimiento no existe una tercera alternativa: o se es realista o se es idealista.
El Papa, por su parte, con su autoridad de Sumo Pontífice, ha dado en mano a los realistas un arma para herir de muerte de un solo golpe al idealismo inmanentista, que siempre se ha jactado, véase por ejemplo Fichte, de ser la "verdadera ciencia", mirando con altivez a la "ingenuidad" del realismo, o vanagloriándose, con Hegel, de poseer el "saber absoluto", o, con Bontadini, de ser "irrefutable". Me viene a la mente la historia del Titanic, otra muestra del orgullo humano, que fue presentado como "insumergible" y sabemos en cambio cómo terminó.
El Papa, con un movimiento hábil y muy oportuno, en éste su muy certero golpe de masa al idealismo en favor del realismo, ni siquiera menciona a santo Tomás, como muy bien habría podido hacerlo, para no dar la impresión, en sí infundada, pero de hecho lamentablemente hoy frecuente, de que el realismo sea una visión de la realidad entre las otras ², mientras que en cambio ella corresponde a la actitud o al funcionamiento de la mente humana como tal, se haga o no se haga referencia a santo Tomás.
De hecho, también los aborígenes de Australia o los pigmeos del África central o los indios del Amazonas o los esquimales o los primitivos habitantes de Tierra del Fuego o los antiguos egipcios o chinos o indios o el hombre de Neanderthal, en cuanto pertenecientes a la especie humana, estando dotados de razón, en el supuesto de ser mentalmente normales, son o han sido realistas sin siquiera obviamente haber oído hablar nunca de santo Tomás de Aquino, o milenios antes de que el Aquinate viniera al mundo, y sin embargo, Tomás de Aquino precisamente por la universalidad de su realismo, es llamado por la Iglesia Doctor Communis Ecclesiae y, como añadió en su tiempo san Juan Pablo II, Doctor Humanitatis ³.
Por consiguiente, hoy está claro y establecido, tras las poderosas y decisivas palabras del papa Francisco, que no hay lugar en la Iglesia para el idealismo, así como no hay lugar para esas doctrinas filosóficas que, por los más diversos motivos, impiden, destruyen o falsifican el conocimiento de fe y por lo tanto la verdad de fe.
El idealista, por tanto, ya no puede ser, como se ha creído durante mucho tiempo, un pedante compañero de viaje del realista en el camino del Evangelio y en la comunión con la Iglesia, sino que, como nos ha hecho entender el guarda y picador de boletos Jorge Mario Bergoglio, es un viajero abusivo, sin boleto, que está acorralado: o pagas el billete realista, y entonces puedes viajar conmigo y los pasajeros en el tren de la fe y de la salvación; o bien tomas otro tren, donde tú esperes llegar a Cristo quizás más seguro y más rápido que el realista.
Naturalmente, con esta histórica intervención, el Papa no pretende en absoluto entrometerse en el campo de la filosofía, no intenta hacerse el filósofo o sustituir el trabajo de los filósofos, los cuales conservan intacta su responsabilidad y libertad de pensamiento y de opinión, y por tanto la mencionada intervención no exime en absoluto a los filósofos y a los teólogos realistas de continuar exponiendo y refinando sus argumentaciones contra el idealismo y de responder a sus ataques, y de hecho de apreciar los lados positivos del mismo idealismo ⁴, en obsequio y respeto a la apertura al diálogo y a la confrontación que hoy la Iglesia más que nunca pide a todos, empezando por los hombres de ciencia.

La esencia del idealismo

La cuestión realismo-idealismo gira toda en torno a la fundamentalísima cuestión del conocimiento y por tanto de la verdad, valores "no negociables", que, si no se respetan o son alterados o relativizados, deforman la doctrina de fe, o más en raíz bloquean el acceso a la fe, además de que por supuesto, en el plano natural, corrompen la vida de la inteligencia, con la lógica consecuencia de hacer colapsar los enteros fundamentos de la vida moral.
El idealismo tiene orígenes antiquísimos, porque refleja un defecto natural de la razón humana herida por el pecado original. Para expresarnos con el lenguaje kantiano, que Kant refiere inapropiadamente al realismo, el idealismo es una "ilusión trascendental" a la vez sutil y grosera, sutil porque tiene un carácter metafísico; grosera, porque contrasta con el sentido común y los principios primeros de la razón, que funcionan incluso en la mente de un niño.
Así, encontramos el idealismo ante todo en India, en la literatura védica del siglo XI a.C. De aquí llega probablemente a la Magna Grecia en el siglo VI con Parménides, para quien el Ser es uno solo, identidad de pensamiento y de ser (to autó to noéin kai to éinai): no hay ningún devenir, ninguna multiplicidad, ninguna diversidad, ninguna contingencia, ninguna finitud.
La palabra misma "idea" tiene orígenes sánscritos: viene de vid, de donde proviene el griego v-idea y el latín visio, que significa precisamente el ver, la visión. La vidya en la filosofía india es la "videncia", la sabiduría. Pasando a Occidente, sin embargo, la visión de subjetiva deviene objetiva, de interior a exterior, de idealista a realista.
En efecto, mientras en India el propósito de la vida es que el yo empírico (jivan, atman) tome conciencia de ser el Yo absoluto (el Ser = Sat, Brahman), en Occidente, con la Biblia, el yo está llamado a descubrir un real, un Tú delante del yo (obiectum), por encima del yo, su creador, que es Dios.
Por tanto, mientras la perspectiva del realismo greco-bíblico-romano es la de la unión con Dios, la perspectiva india es la de darse cuenta de ser Dios. Mientras para la Biblia el mundo es creado o producido por Dios, para la India el mundo es aparición (maya) o materialización (avatár) de Dios.
Por eso, mientras para la India existe sólo el Absoluto y el mundo es una vana apariencia o aspecto o semblante ⁵, para la Biblia el mundo no es divino y tampoco es contrario a Dios, sino que es limitadamente bueno, le es inferior, es ideado por Dios y creado por Él a su imagen y semejanza, analógicamente partícipe de su ser. Es el gran tema de la analogía, mientras que el monismo indio está fundado en la univocidad de un único ser necesario, eterno y absoluto, siempre idéntico a sí mismo, por lo cual el ser de todos los entes es siempre la misma esencia divina. Los entes son variaciones del único Dios, así como los individuos son las determinaciones de lo universal.
El idealismo aparenta una gran estima por el poder del pensamiento y la sublimidad de la idea, presenta una instancia de verdad y de certeza; se presenta como remedio para el escepticismo y amigo de lo Absoluto. Se presenta como el verdadero realismo. Pero si no nos dejamos engañar por estos rimbombantes propósitos, nos daremos cuenta de que el idealismo nace de una falsa espiritualidad, de una insaciable manía de grandeza y de una desmesurada voluntad de poder, que al final, como denuncia el Papa, deja en los que se dejan seducir el vacío y la muerte.
El idealismo nace de una necesidad de unidad, de universalidad y de totalidad: lo finito, lo múltiple, lo diferente, el devenir, lo material, lo parcial, el mal, deben ser resueltos en lo universal, en lo Absoluto, en la Idea, en el Espíritu, en el Pensamiento, en la Razón, en la "unitotalidad", como decía Soloviev. Al final solo Dios existe. El ser es Dios ⁶. Por eso todo idealismo es un monismo.
Lo que conlleva en los sistemas idealistas una notable compacidad, en el esfuerzo por hacer derivar todo de un único principio del saber y del ser; de modo que, si este principio viene refutado, todo se derrumba, como sucede en un edificio, en cuyos fundamentos se ha colocado una carga explosiva.
Aparte del hecho de que el idealista, al identificar a Dios con el mundo, no llega a eliminar las contradicciones, como por ejemplo la que existe entre la bondad de Dios y la maldad del mundo, entre la verdad y el error, o entre la libertad del espíritu y la necesidad de la naturaleza, y en vano trata de cubrir estas contradicciones con artificios dialécticos, que no crean armonía, sino contraposición o confusión.
En vano el idealismo presenta la instancia de la verdad y de la ciencia, porque en realidad, haciendo partir todo de la autoconciencia (cogito) del sujeto o del yo, no logra evitar el subjetivismo, el fenomenismo y el relativismo conceptual y moral.
En efecto, el idealista confunde lo externo (extra animam) con lo extraño; cree que el realista, que admite una res extra animam in rerum natura, esté constantemente en el error por la incapacidad de alcanzar esta res. Pero la solución idealista de situar la res en lo interno del intellectus (inmanentismo) es a su vez incapaz de explicar la existencia del error, el cual consiste precisamente en la falta de adaequatio intellectus ad rem, lo que supone que la res sea lo externo como regla y criterio de la verdad.
Por eso el idealista, que siente siempre presente la res en su conciencia, tiene siempre razón, mientras que el pobre realista, que sitúa al ser externo y por tanto extraño o ajeno al pensamiento, tropieza en vano y siempre en el error.
En fin, el idealista, como por ejemplo Gentile, habla del "yo", del "ser" y del "pensamiento" sic et simpliciter y en absoluto, identificándolos entre sí sin precisar la diferencia ontológica entre lo humano y lo divino, de modo que cae en el panteísmo. Es cierto que los idealistas distinguen un "yo empírico" y un "Yo absoluto", pero no se trata de dos personas diferentes -el hombre y Dios- sino sólo de dos planos diferentes del mismo Yo absoluto.

Algunos ejemplos de idealistas

El Medioevo, profundamente marcado por el realismo cristiano, es totalmente ajeno al idealismo, si se hace excepción del agustinismo que, como he dicho, es sustancialmente un realismo. A nadie le viene en mente -habría sido considerada una locura o una impiedad- negar una res extra animam e identificar lo real con la idea. Sólo Dios y no la idea humana es el autor de la res. El mismo san Anselmo, aunque en su famoso argumento ontológico cae en una trampa idealista, estaba convencidísimo de la extramentalidad de lo real.
La única excepción, quizás aparte de Escoto Erígena y del Cusano, es Meister Eckhart, hombre de santa vida, pero probablemente víctima de un lenguaje místico intemperante, y no movido por una intención idealista consciente. Famosa, al respecto, ha permanecido su declaración presente en el sermón alemán Qui audit me: "oculus in quo video Deum est ille idem oculus in quo me Deus videt. Oculus meus et oculus Dei est una visio et unum conoscere" ⁷.
Fue necesario esperar a Descartes para que el verdadero y propio idealismo moderno hiciera su ingreso en la escena de la historia de la filosofía, con su colocación como objeto primario del intelecto no al ente real, sino a la idea. Descartes es seguido de cerca por Spinoza, con su tesis: "La idea es lo primero que constituye el ser de la mente humana" ⁸.
Spinoza dará un paso adelante, por otra parte sugerido por el mismo Descartes: esta idea primaria es la misma idea de Dios. Por lo tanto, no hay necesidad de demostrar la existencia de Dios, como lo ha hecho Descartes. En efecto, es precisamente gracias a esta idea primera y evidente que concebimos las cosas ⁹. Por eso, "el orden y la conexión de las ideas es el mismo que el orden y la conexión de las cosas" ¹⁰.
Este principio, que reaparece con Gioberti y se encuentra en Rahner, parecería en una primera mirada de carácter realista: el orden de las ideas debe reflejar el orden de las cosas. Pero no es esto lo que quiere decir Spinoza. En efecto, si nos basamos en el contexto spinoziano mencionado aquí, Spinoza entiende decir que el orden del pensar humano es el mismo que el del pensar divino; de modo que, si Dios es el primum cognitum respecto a Sí mismo, también lo es para nosotros; pues por el hecho de ser el primero en el ser, es también el primero en el ser conocido por nosotros. Y si Él es la primera realidad, de la cual se sigue el mundo, pues bien, también para nosotros, según Spinoza, Dios es la primera idea, de la cual se siguen o derivan todas las demás y que hace posibles todas las demás.
A este saber Spinoza lo llama sub specie aeternitatis, es decir, "con la misma mirada de Dios" o "desde el punto de vista de Dios". Ahora bien, debemos decir que estas expresiones correctamente entendidas, es decir, en sentido realista, son del todo legítimas e inocentes. Ver las cosas como las ve Dios es una óptima aspiración, que constituye una alta sabiduría. Pero a condición de que nos entendamos bien sobre esta expresión. De hecho, no se trata -y esto es lo que quiere decir Spinoza- de poseer la ciencia divina en el modo en el cual Dios la posee, modo que es sólo de Dios y que se identifica con la esencia de Dios.
De hecho, nosotros podemos saber lo que es la ciencia divina en su diferencia con el saber humano, incluso de fe. Santo Tomás, en la Summa Theologiae, tiene un espléndido tratado sobre la ciencia divina (I, qq.14-15). Pero no podemos conocer como ni en el modo divino en el cual Dios se conoce a Sí mismo y al mundo, aunque ciertamente, mediante la fe, podemos conocer, por divina revelación, cosas sobre Dios que Él es el único que conoce y que Él se ha dignado revelarnos por medio de Jesucristo. Cualquiera que, como Spinoza, entendiera la expresión sub specie aeternitatis en el sentido indicado, estaría completamente descaminado.
En cambio, en el recto sentido indicado, san Pablo dice: "Nosotros tenemos el pensamiento (vulgata: sensum, griego: nyn) de Cristo" (1 Cor 2,16), también se podría traducir: la "mente" de Cristo o la doctrina de Cristo, es decir, nosotros conocemos los misterios de Dios, que Cristo ha querido revelarnos ¹¹; pero Pablo ni siquiera sueña -lo consideraría una blasfemia- afirmar con esto que el cristiano tiene un modo de pensar idéntico al de Dios.

Otros ejemplos de idealistas

Berkeley: "Tanto las cosas reales como las quimeras, es decir, las ideas debidas a nosotros mismos, no existen más que en la mente, y en este sentido son igualmente ideas" ¹². Las cosas son las ideas de las cosas.
Fichte: "El Yo se pone a sí mismo y es en virtud de este puro ponerse por sí mismo" ¹³. Schelling: "En cuanto el Yo produce desde sí mismo toda cosa, en tanto toda cosa, no por casualidad este o aquel concepto, o bien la forma del pensamiento, sino todo el uno e indivisible saber, es a priori" ¹⁴.
Fichte y Schelling interpretan el "sum" cartesiano, consecuencia (ergo) del cogito, no en el sentido de consecuencia lógica, que podría también estar bien ¹⁵, sino ontológica, como si Descartes dijera: "yo soy en virtud de mi pensamiento", como para decir: "Yo me doy el ser de mí mismo, en virtud de la idea o de la conciencia de mí mismo".
Hegel: "La ciencia pura presupone la liberación de la oposición de la conciencia. Ella contiene el pensamiento en cuanto que implica también la cosa en sí misma, o bien la cosa en sí misma en cuanto que implica también el puro pensamiento" ¹⁶.
La "oposición de la conciencia", para Hegel, es la desgracia de la gnoseología realista (la "conciencia infeliz") que, a los ojos del idealista, "opone" un sujeto cognoscente a un objeto conocido y, por lo tanto, viene calificada, con desprecio y compasión, de "dualismo". Sólo el idealismo crea la conciliación, porque el sujeto es el mismo objeto, la idea es la realidad.
Gentile: "El pensar, como autocreación de la realidad absoluta, es conocer en cuanto querer, querer en cuanto conocer" ¹⁷.
El idealismo gentiliano muestra claramente, en la estela del llamado "idealismo ético" de Fichte, que, si todo es pensamiento, también el querer y el actuar son pensamiento y, a la inversa, el saber y la verdad coinciden con la acción y la praxis. El más fuerte siempre tiene razón. De aquí vemos la justificación de la violencia y de la prepotencia de quien impone a los otros las propias ideas no porque sean correctas o conformes a la realidad, sino porque lo manda él o así lo ha decidido él. Es sobre todo en este punto de las consecuencias prácticas del idealismo que, como veremos, apunta la crítica del Papa.
Husserl: "La subjetividad trascendental precede al ser del mundo en cuanto constituye en sí el sentido de ser que le es propio" ¹⁸; "Como ego, yo soy absolutamente existente en mí y para mí" ¹⁹.
Yo existo por mí mismo: nadie me ha creado. Dios es una idea mía en el horizonte de mi conciencia, que todo lo abarca. Yo no pienso un real o un ente extramental, cuya existencia la pongo entre paréntesis -la famosa epoché husserliana-, sino que pienso lo "pensado" (nóema, cogitatum), que son mis ideas. El saber es la descripción de los datos de conciencia, sin preocuparse, como hacen esos ingenuos realistas, de lo que está "fuera" de la conciencia. No lo sabemos y no nos interesa.
Sin embargo, Husserl admite lo real o el objeto como "dado" o "correlato de conciencia". Ello aparece tal como es. Pero Husserl no se pregunta quién se lo ha dado y cómo hace para estar en la conciencia. Además, lo real es objetivo, pero para Husserl no existe independientemente de su relación a mí. De hecho, imitando aquí a Kant, Husserl sostiene que la "subjetividad" no reconoce en la realidad un sentido que ella tenga por cuenta propia, independientemente del sujeto, sino que el sujeto le da sentido -su bondad- a la realidad.
Bontadini: "El idealismo supone la experiencia realista, supone los reiterados intentos de llegar a la realidad última de las cosas y el desconcierto de encontrarse de este lado de la realidad".
Menos mal, sin embargo, que el idealismo ha llegado. De hecho, prosigue Bontadini: "Contra tal desconcierto, el idealismo reacciona convocando y reclamando al hombre a la realidad innegable de su propio pensamiento, pensamiento de algo en cuanto objeto del pensamiento. Es en este momento -el momento cartesiano- que surge el concepto de una realidad que es en cuanto es pensada y conocida" ²⁰.
Vemos en estas tesis idealistas cómo, según ellas, la realidad no existe en sí y por sí independientemente de mí, sino en cuanto yo la pienso o es pensada por mí en mi idea. Si yo no pensara la realidad, esta no existiría. El ser, uno, total y necesario, coincide con el ser pensado o, para decirlo con el famoso axioma de Berkeley, esse est percipi. Y por lo tanto el yo pensante coincide con lo pensado. Y por tanto mi ser coincide con el ser uno, total y necesario.
En conclusión, realismo e idealismo, más allá de cualquier otra concepción del conocimiento, posible o de hecho existente, constituyen las dos únicas concepciones posibles del conocimiento, porque o es relación con la idea o es relación con lo real. Si está relacionado con la idea, tenemos el idealismo; si está relacionado con lo real, tenemos el realismo. Si identificamos ideal y real, tenemos idealismo; si distinguimos ideal y real, tenemos el realismo.
Y es evidente que el idealismo al fin de cuentas pone en juego nuestra relación con Dios: si soy yo quien crea la realidad con mi idea, o con mi "subjetividad trascendental", ¿qué necesidad hay de Dios? A menos que Dios sea yo mismo. Y esta es precisamente la loca conclusión metafísico-teológica del idealismo. En este punto nos preguntamos si y cómo puede existir un católico idealista.
Por eso Maritain tiene toda la razón cuando dice: "On ne transcende pas le réalisme et l’idéalisme, il n’y a pas de position supérieure qui les dépasse et les réconcilie, il faut choisir entre l’un et l’autre comme entre le vrai et le faux" ²¹.

Fin de la Primera Parte (1/3)
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 20 de septiembre de 2015

Notas

¹ Ya he publicado un comentario sobre la encíclica Evangelii Gaudium en el periódico PATH de la Pontificia Academia Teológica: "La dipendenza dell’idea dalla realtà nell’Evangelii gaudium di papa Francesco", 2014/2, pp. 287-326. A ese artículo me remito para una comprensión más profunda de lo que digo en este artículo. 
² Se habla, por ejemplo, con desprecio del "objetivismo griego".
³ Título conferido a Santo Tomás por San Juan Pablo II con motivo del Congreso Internacional Tomista de Roma en 1980 y reafirmado en el de 1990. Cf. el opúsculo publicado por Pontificia Academia de Santo Tomás "San Tommaso, ‘Doctor humanitatis", Libreria Editrice Vaticana, 1990.
 Esto lo hace con gran magnanimidad el mismo san Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio en el n.59.
 La convicción idealista, ya presente en Descartes, de que la existencia de Dios como Idea es de evidencia inmediata, mientras que la existencia de las cosas (la "realidad") debe ser demostrada, es una convicción de origen indio.
"Todo lo que conocemos -dice Hegel- "es siempre Dios". Pero, añado yo, sólo porque Dios es el mundo.
Cit. por Giuseppe Faggin, Meister Eckhart e la mistica tedesca preprotestante, Edizione Fratelli Bocca, Milano 1946, p.182.
 Etica, parte II, prop. XI, Editori Riuniti, Roma 1988, p.132.
 Ibid., prop. XLV, p.160.
¹⁰ Ibid., prop.VII, p.127.
¹¹ El mismo intelecto humano de Cristo, por muy iluminado que esté por la visión beatífica, permanece siempre infinitamente por debajo de la infinitud de su intelecto divino.
¹² Trattato sui princìpi della conoscenza umana, Edizioni Laterza, Bari 1991, p.53.
¹³ La dottrina della scienza, Editori Laterza, Bari 1971, p.77.
¹⁴ Sistema dell’idealismo trascendentale, Editori Laterza, Bari 1990, p.199.
¹⁵ Era ya la consideración de san Agustín.
¹⁶ Scienza della logica, Editori Laterza, Bari 1984, p.31. 
¹⁷ La religione, Sansoni Editore, Firenze 1965, p.337.
¹⁸ Logica formale e trascendentale, Edizioni Laterza, Bari 1966, p.330.
¹⁹ Ibid., p.335.
²⁰ Studi sull’idealismo, Edizioni Vita e Pensiero, Milano 1995, p.277.
²¹ Les degrés du savoir, Desclée de Brouwer, Bruges 1959, p.195.

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum realismus sit conformis veritati et fidei, et idealismus sit error qui sit repudiandus

Ad hoc sic procediturVidetur quod idealismus possit esse compatibilis cum fide christiana.
1. Multi enim philosophi christiani usi sunt categoriis idealisticis ad exprimendas veritates religiosas. Praeterea idealismus se praebet amicum Absoluti et remedium contra scepticismum.
2. Item, idealismus videtur altior quam realismus, quia ponit ideam tamquam principium cognitionis et realitatis, certitudinem et unitatem assecurans. Sic vitat ingenuitatem realismi, qui contentus est sensibilibus.
3. Praeterea, idealismus per saecula habitus est scientia superior, potens explicare totum ens ex uno principio. Unde gloriatus est se habere scientiam absolutam, dum realismus limitatus et obsoletus videretur.
4. Denique, si mens humana naturaliter quaerit unitatem et universalitatem, idealismus melius respondet huic necessitati, quia reducit multiplicia et finita ad Absolutum, dum realismus servat diversitatem et contingentiam.

Sed contra est quod Papa Franciscus declaravit in quaestione cognitionis non dari tertiam viam: aut realismus aut idealismus, et solus realismus respondet veritati et fidei. Item, sanctus Thomas docet in Summa Theologiae obiectum scientiae esse rem et non speciem, unde pro realismo optat.

Respondeo dicendum quod realismus est unica positio conformis veritati et fidei, dum idealismus est error repudiandus. Papa, cum mira acie, quaestionem ad terminos essentiales redegit et ostendit idealismum esse virus quod corrumpit intelligentiam et impedit accessum ad fidem. Idealismus, ex rationalismo et subjectivismo ortus, conatur supplere realismo thomistico et se praebet scientiam superiorem, sed revera est illusio transcendentalis quae ducit ad monismum et pantheismum. Realismus autem respondet functioni naturali mentis humanae, ut patet in omnibus populis et culturis, etiam sine expressa mentione sancti Thomae. Ideo Ecclesia, verbis Papae decisivis, confirmavit nullum locum dari idealismo in doctrina fidei. Idealista non est socius itineris realistici in tramine fidei, sed viator abusivus sine tessera. Realismus autem est habitus universalis rationis humanae, unde sanctus Thomas est Doctor Communis Ecclesiae et Doctor Humanitatis.

Ad primum ergo dicendum quod usus categoriarum idealisticarum a quibusdam philosophis non significat idealismum esse compatibilem cum fide. Fides requirit veritatem, et idealismus falsificat relationem inter intellectum et rem, quia ponit rem intra intellectum et errorem non explicat.
Ad secundum dicendum quod idea non potest esse principium entis, quia cognitio vera requirit adaequationem intellectus ad rem. Idealismus, identificando ideam et rem, destruit distinctionem inter creatorem et creaturam et cadit in subjectivismum.
Ad tertium dicendum quod praetensa superioritas idealismi est superbia humana, sicut Titanic insubmergibilis praedicatus. Realismus, licet videatur ingenuus, est solus conformis veritati et fidei.
Ad quartum dicendum quod necessitas unitatis et universalitatis non impletur per monismum idealisticum, qui confundit humanum et divinum, sed per analogiam entis, quae agnoscit diversitatem entium et eorum participationem in Deo. Realismus servat distinctionem inter creatorem et creaturam, et sic veritatem fidei confirmat.
   
JG

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