jueves, 6 de agosto de 2026

En la raíz de la crisis: historia de las oportunidades perdidas

¿Dónde se encuentra la raíz de la crisis actual en la Iglesia? ¿Fue el Concilio Vaticano II malinterpretado por los teólogos modernistas, o traicionado por los cismáticos lefebvrianos que lo acusaron de errores inexistentes? ¿Qué papel jugaron Rahner y el Catecismo Holandés en la difusión de doctrinas ambiguas y peligrosas? ¿Por qué se desaprovecharon ocasiones providenciales para reafirmar la verdad católica con claridad y firmeza? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli narra la historia de las oportunidades perdidas, mostrando cómo la falta de vigilancia y la confusión entre modernidad y modernismo abrieron paso a una crisis que todavía hoy divide a la Iglesia. Este texto del docto teólogo dominico nos invita a reflexionar sobre la necesidad de volver a Santo Tomás de Aquino y al Magisterio auténtico para recuperar la unidad y la paz. [En la imagen: el papa san Pablo VI].

En la raíz de la crisis: historia de las ocasiones perdidas

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 10 de diciembre de 2014. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/alla-radice-della-crisi-storia-delle-occasioni-perdute/)

El pensamiento católico surge de hecho y de derecho de la conjunción de la actividad del Magisterio de la Iglesia con la de los teólogos. La guía, la interpretación auténtica y la garantía de la verdad de la doctrina de la fe viene del Magisterio bajo la presidencia del Papa. En cambio, la tarea de los teólogos es la de investigar sobre las cuestiones aún abiertas, avanzando opiniones o hipótesis interpretativas o proponiendo nuevas soluciones, para favorecer el progreso del conocimiento de la Palabra de Dios, sometiendo al juicio de la Iglesia los descubrimientos realizados y las nuevas teorías.
El Magisterio, al custodiar, proponer e interpretar el dato revelado y al aprobar o rechazar las nuevas doctrinas de los teólogos, no se equivoca, pues cuenta con la asistencia del Espíritu de la Verdad que Cristo le ha prometido hasta el fin del mundo. En cambio, las doctrinas de los teólogos, sobre todo cuando ellos descuidan confrontarse con el Magisterio o malinterpretan sus enseñanzas, pueden estar equivocadas. Pero incluso una determinada doctrina teológica (theologice certum), aunque rigurosamente deducida de los principios de la fe, nunca puede pretender ser considerada en la Iglesia como verdad de fe, porque siempre sigue siendo una simple doctrina humana, aunque sea fundada sobre la fe. De hecho, sólo el Magisterio, con sentencia infalible e irreformable, tiene este gravísimo oficio de determinar y definir las verdades de fe por mandato de Cristo. Sin embargo, puede suceder que una nueva doctrina teológica interpretativa o explicativa del dato revelado venga a tener tanta importancia o validez a los ojos del Magisterio, que este la eleve a la dignidad de dogma de la fe.
En el conjunto histórico del hecho del pensamiento católico es necesario, por tanto, distinguir cuidadosamente los pronunciamientos doctrinales del Magisterio en materia dogmática o de fe -del Papa por sí solo o con el Concilio- de las doctrinas u opiniones corrientes entre los teólogos, doctrinas que, dada su opinabilidad e incerteza, pueden ser legítimamente contrastantes entre sí, sin que esto necesariamente comprometa el dato de fe o la sana razón en ninguna de ellas. Algunas teorías pueden ser más conservadoras o tradicionalistas, otras más innovadoras o progresistas: nada de malo, nada de peligroso, nada de qué preocuparse, nada de escandaloso, sino de hecho un fenómeno normal, fisiológico y proficuo, expresión de legítima libertad de pensamiento, que implica entre las distintas corrientes o escuelas, enriquecimiento recíproco, siempre que no se rompa la unidad fundamental, la convergencia y la concordia en las verdades esenciales y que no se traspase los límites de la recta fe.
El régimen o funcionamiento normal del pensamiento católico a nivel eclesial y colectivo conlleva, de derecho y de hecho, en la historia, un cierto general acuerdo de máxima entre las posiciones del Magisterio y las de los teólogos, salvo excepcionales dolorosas e inevitables desviaciones, que se encuentran en teólogos rebeldes, que suelen caracterizar el fenómeno o del cisma o de la herejía. Este fenómeno fue grave, macroscópico, generalizado e impresionante, por no decir trágico con el nacimiento del luteranismo. Pero en la historia de la Iglesia, el Magisterio siempre, en conjunto, ha logrado regular, controlar y dominar el clima o la situación general, para asegurar a la comunidad general teológica y a los fieles una cierta uniformidad, coherencia y obediencia al mismo Magisterio, mientras que los teólogos, por su parte, se han sentido siempre, en general, de buena gana, por no decir con orgullo, representantes del Magisterio, de modo que los fieles que deseaban conocer el camino del Evangelio y la doctrina de la Iglesia siempre pudieran dirigirse al teólogo, a cualquier teólogo, y recibían de él la respuesta autorizada, clara, persuasiva y segura; en resumen, encontraban en él la guía confiable y autorizada para caminar en la verdad del Evangelio y estar en comunión con la Iglesia. Quien quisiera dejar la Iglesia se iba abiertamente, como por otra parte hizo el propio Lutero -¡los von Rom!-, y no permanecía pérfida e hipócritamente para destruirla desde dentro fingiendo seguir siendo católico y quizás arrogantemente como católico "avanzado". De tal modo los enemigos de la Iglesia, eventualmente descubiertos por buenos teólogos o denunciados por los propios fieles, eran prontamente, sin interminables tergiversaciones, declarados como tales por la autoridad eclesiástica, para que fueran bien conocidos y, por tanto, para que hasta los fieles menos instruidos tuvieran el modo de reconocerlos, de tener cuidado con ellos y de mantenerlos alejados, así como se distingue entre los hongos buenos y los venenosos.
Los pastores, con su doctrina, fidelidad al Papa, prudencia y amor por el rebaño, sabían desenmascarar a estos impostores, estos anticristos, falsos cristos y falsos profetas, estos lobos travestidos de corderos, y ponerlos con las espaldas al muro. Recordamos a este propósito la estupenda encíclica Pascendi Dominici gregis de San Pío X. Hoy, en cambio, los herejes se la ponen ante las narices y nadie se da cuenta, a nadie le importa, nadie interviene, es más, reciben elogios y triunfan, impartiendo tareas docentes, y quien se atreva a señalar que el rey está desnudo, viene a ser ridiculizado, por decir lo mínimo.
Hubo un tiempo en que los teólogos, como sacerdotes y religiosos, en virtud de su mandato eclesiástico, eran humilde y diligentemente conscientes de su misión y, por tanto, de su grave responsabilidad ante Dios, ante los superiores, ante la Iglesia y ante las almas, de su delicadísimo oficio de doctores de la verdad católica, ni a nadie se le pasaba por la cabeza crear doctrinas subjetivas y arbitrarias, de modo similar a como hace el buen médico, el cual se siente representante de la ciencia médica y se cuidaría de no inventar prácticas personales sin fundamento científico. En cambio, lamentablemente, a partir de los años del inmediato postconcilio se ha iniciado un fenómeno gravísimo de división entre el Magisterio y los teólogos. Muchos obispos, ingenua y entusiastamente convencidos de la llegada de un "nuevo Pentecostés", aflojaron su vigilancia sustituyendo por la bonhomía la perspicacia, por el respeto humano el celo valiente, por sus propios intereses la defensa del rebaño contra los lobos, por el buenismo la bondad, y confundiendo misericordia con debilidad.
Los teólogos, sobre todo los que habían sido peritos del Concilio ¹, por su parte se pusieron a la cabeza y, a la manera protestante, comenzaron a hacerse creer, independientemente y contra el Magisterio, como depositarios inapelables de la Palabra de Dios e intérpretes infalibles de la Sagrada Escritura, así como independientemente y en contra de los documentos del Concilio, los cuales, a la inversa, ellos distorsionaban en sentido modernista. En este punto tenemos las raíces de la crisis que estamos sufriendo hoy. Esa crisis consiste esencialmente en esto: que el movimiento subversivo y revolucionario de los teólogos, aquel que ha pasado a la historia como la "protesta del Sesenta-y-ocho", ha sido confundido por muchos en el pueblo de Dios y entre los mismos pastores y teólogos como una revolución doctrinal obrada por el mismo Concilio, el cual habría cambiado datos de fe hasta ahora considerados inmutables, sobre todo acerca de la superioridad del cristianismo sobre las otras religiones, sobre el concepto de Revelación y de la Iglesia y acerca de la condena de las herejías del pasado, condena que habría caído en prescripción.
En realidad, las nuevas doctrinas conciliares, rectamente interpretadas, más allá de alguna expresión no del todo clara, no constituyen en absoluto una ruptura o negación de los dogmas tradicionales, sino por el contrario su explicitación y exposición en un lenguaje moderno, adaptado para ser comprendido por el hombre de hoy, ni la aproximación del Concilio a la modernidad debe entenderse a la manera modernista como acrítica sujeción a los errores modernos, sino más bien como la propuesta de una sana modernización o, como se decía en la época, "aggiornamento", "actualización" del pensamiento y de la vida de los cristianos, que recogía a la luz de la inmutable Palabra de Dios cuanto de válido podía existir en la modernidad.
Surgieron, en cambio, dos tendencias eclesiales y doctrinales que vieron en las doctrinas del Concilio una ruptura o cambio respecto a la doctrina tradicional y a las condenas del pasado, inspiradas en una total asunción de la modernidad: la de los lefebvrianos, los cuales, tomando como pretexto que en el Concilio no se hallaban nuevas definiciones dogmáticas solemnes, negaban la infalibilidad de las doctrinas conciliares acusadas de estar infectadas de liberalismo, iluminismo racionalista, indiferentismo, secularismo, filo-protestantismo y antropocentrismo, todos errores que ya habían sido condenados por la Iglesia en el siglo XIX y en los siglos anteriores, sobre todo por el Concilio Vaticano I y por el Concilio de Trento.
La otra corriente que apareció y aparece todavía a muchos con el crisma de la oficialidad y de intérprete de la modernización conciliar, es la que durante mucho tiempo ha sido llamada o se ha autoproclamado "progresista", título visto por muchos como altamente positivo y codiciado, mientras que tal corriente llama con desprecio "conservadora", "tradicionalista" o "integrista", o más recientemente "fundamentalista", a la corriente de los lefebvrianos, en la cual sin embargo incluye indiscriminadamente a todos aquellos que no aceptan su modernismo. Desde hace muchos años esta corriente, hoy fortísima en la Iglesia, gracias sobre todo a la aportación de Rahner, ha prosperado ostentando el honorable título de progresista, una referencia al valor indudable del progreso, de lo nuevo y de lo moderno, pero en realidad por sus excesos cada vez más descubiertos, imprudentes y descarados, típicos de quienes sienten la falsa seguridad de sentirse al comando de la situación, se ha revelado cada vez más como modernista, y por lo tanto una clara falsificación de las verdaderas enseñanzas del Concilio, las cuales si promueven lo moderno, ciertamente no avalan el modernismo, herejía ya condenada por san Pio X.
Queriendo expresarnos en lenguaje deportivo, podríamos decir que las autoridades eclesiásticas locales y también en la cúspide han sido tomadas "a contrapié", o sea, desprevenidas. Tras el clima de diálogo y de sereno encuentro intra y extra eclesial creado por el extraordinario carisma de san Juan XXIII, se difundió ampliamente la convicción en el episcopado y en muchos ambientes teológicos de que ya no existían herejías o que, si habían existido teologías que se desviaban de la doctrina oficial del Magisterio, se trataba en su mayoría de doctrinas cuestionables o expresiones de pluralismo teológico o tal vez tentativas un poco audaces de innovación que debían ser consideradas con benevolencia e interés. En realidad, este no fue el caso, en absoluto. A partir del inmediato postconcilio, la tendencia modernista, aprovechándose de la inmerecida confianza que supo astutamente arrebatar a un episcopado ingenuamente optimista, empezó a salir a la luz compacta y audaz, segura de la impunidad de la que gozaba y de hecho munida con el halo del progresismo, casi para implementar un plan precedente internacional, proveniente sobre todo de los países de tradición protestante, secretamente elaborado con anterioridad.
Los pocos que señalaron el peligro inminente, como Maritain, von Hildebrand, de Lubac y Daniélou, ciertamente sin sospechas del conservadurismo ni cerrados a lo nuevo, fueron vistos como personajes perturbadores, pájaros de mal agüero, nostálgicos de la Inquisición, aguafiestas que, como se suele decir, rompían los huevos de la canasta. Aquellos "profetas de desgracia", catastróficos y desalentadores, de los cuales san Juan XXIII había ordenado tener cuidado. Sin embargo, no nos dimos cuenta de la grave imprudencia en la cual habíamos caído, bajando la guardia, como si hubieran desaparecido las consecuencias del pecado original, y ahora la Iglesia y la teología hubieran iniciado una nueva era de hombres todos de buena voluntad, todos íntimamente solícitos en el preconsciente (Vorgriff) por la experiencia divina atemática preconceptual, todos cristianos anónimos anhelando a Dios, todos objeto de la divina misericordia, según las melosas fórmulas rahnerianas. Nacía así aquel "buenismo destructivo" y esa falsa misericordia recientemente denunciados por el Papa en su discurso ante el sínodo de los obispos.
El Concilio tuvo indudablemente una impostación progresista, en el sentido de querer procurar a la Iglesia un nuevo impulso o una nueva proyección hacia el futuro, valiéndose de los valores del mundo moderno: el Concilio, más que sobre la necesidad de conservar o recuperar o restaurar lo perdido, se centró en el deber de avanzar, de renovar y progresar, cambiando lo que ya no estaba adaptado o ya no servía para los nuevos tiempos o las nuevas exigencias, nuevos tiempos que se pretendían preparar y satisfacer en un horizonte escatológico. Por lo tanto, no es de extrañar (ni es para maravillarse) si la corriente muy numerosa de los Padres y de los peritos que parecían mayormente ser los intérpretes del Concilio fuera aquella que se convino en llamar "progresista", mientras que aquellos que oponían resistencia a lo nuevo o no lo comprendían o insistían demasiado sobre lo inmutable y sobre la tradición, comenzaron a ser llamados con un cierto acento de tolerancia y no de admiración, "conservadores" o "tradicionalistas".
Entre estos últimos surgió, como se sabe, desde los primerísimos años del postconcilio, la famosa figura del obispo Marcel Lefèbvre, que pronto comenzó a atraer a un cierto número de seguidores, hasta el punto de fundar la igualmente famosa Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX), todavía hoy existente y próspera. Monseñor Lefèbvre, sostenedor no del todo iluminado de la sagrada Tradición, que según él el Concilio había traicionado, junto con poquísimos otros, en lugar de ver las herejías denunciadas por el Santo Oficio en la teología de los modernistas, tuvo en cambio la gran ingenuidad, desprevenida e impreparada, de encontrarlas en el mismo Concilio, al que por consiguiente acusó de los terribles errores ya condenados por los Papas del siglo XIX, como el liberalismo, el racionalismo y el indiferentismo.
Más recientemente, en los años ochenta, Romano Amerio añadió a la lista de los presuntos errores del Concilio la "mutación del concepto de Iglesia". Según su discípulo Enrico Maria Radaelli, en cambio, el Concilio habría "dado un vuelco" o "anulado" a la Iglesia. Paolo Pasqualucci, por su parte, destaca la presencia del "antropocentrismo". Monseñor Brunero Gherardini, en cambio, ve en los documentos del Concilio una contradicción con el Vaticano I. El historiador Roberto de Mattei niega luego la infalibilidad de las doctrinas del Concilio bajo el pretexto de que en ellas no existe ningún dogma definido según los cánones establecidos por el Concilio Vaticano I. Todos ellos confunden las doctrinas del Concilio con el modernismo nacido después de él. Se trata de una confusión deletérea, la cual, si por una parte comporta una recta definición del modernismo según el criterio ofrecido por san Pío X, por la otra, acusa de modernismo precisamente al Concilio Vaticano II que, si se mira correctamente, es el sabio antídoto contra el modernismo, con su propuesta de una sana modernidad a la luz del Evangelio, de la doctrina de la Iglesia y de santo Tomás de Aquino, como hizo Jacques Maritain, por ejemplo.
Desde el primer momento del surgir del lefebvrismo, Pablo VI adoptó una actitud muy severa hacia él, mientras permanecía blando e indulgente hacia el rahnerismo. Este comportamiento no imparcial lamentablemente se ha mantenido en los Pontífices siguientes hasta el actual. Benedicto XVI intentó una aproximación a los lefebvrianos levantando la excomunión de sus obispos y con el famoso motu proprio Summorum Pontificum. Para decir la verdad, el rahnerismo también se había hecho sentir en la liturgia con el fenómeno de la profanación de lo sagrado y de la secularización, consecuencia del falso concepto rahneriano del sacerdocio y la negación del carácter sacrificial de la Misa. Viceversa, los teólogos que se reconocieron a sí mismos en la corriente denominada genéricamente y equívocamente "progresista", se reunieron en torno a la revista Concilium, que todavía hoy existe. Pero cuando el equívoco fue aclarado y apareció a la luz que algunos "progresistas" eran en realidad modernistas, entonces se produjo la separación de unos de otros: por un lado, los progresistas honestos y verdaderamente fieles al Concilio y a la Iglesia, como Ratzinger, von Balthasar, Congar, de Lubac y Daniélou, tomaron consciencia de los cripto-modernistas, como Küng, Rahner, Schillebeeckx, Schoonenberg y otros. Así fue como los auténticos progresistas se separaron de los segundos al fundar la revista Communio. En cuanto a Ratzinger, consciente de la tendencia modernista de Rahner, lo abandonó y lo criticó severamente en Les principes de la théologie catholique ² del año 1982, un año después de que fuera nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe por San Juan Pablo II.
En 1966, el cardenal Alfredo Ottaviani, pro-prefecto del Santo Oficio, que ahora se ha convertido en la Congregación para la Doctrina de la Fe, conjuntamente con el Secretario, el doctísimo cristólogo Pietro Parente, enviaron una alarmante carta ³ a los Presidentes de las Conferencias Episcopales denunciando en 10 puntos una serie de graves errores que estaban serpenteando entre los teólogos así llamados "progresistas". Para muchos, tal grave denuncia debe haber parecido exagerada o una especie de ducha fría; para otros, ya infectados del modernismo, debió haber suscitado irritación y parecerles un freno reaccionario o una insoportable condena a la nueva teología promovida por el Concilio.
La nueva Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), dirigida por el cardenal Franjo Šeper, a decir verdad no dio pruebas realmente de una energía suficiente para hacer frente a los gravísimos problemas denunciados por el cardenal Ottaviani y por monseñor Parente, nombrado posteriormente cardenal. Este último, con la perspicacia y el coraje que le habían caracterizado en años precedentes, escribió en 1983 un áureo fascículo ⁴, que podría haber sido el texto de una encíclica pontificia, señalando las herejías de numerosos teólogos, como Küng, Rahner, Schillebeeckx, Schoonenberg, Hulsbosch y otros. Desafortunadamente, solo en una pequeña parte y con demasiada suavidad la CDF censuró a estos autores, los cuales en su mayoría pudieron continuar difundiendo sus errores sin ser molestados, protegidos por poderosas fuerzas filo-protestantes y filo-masónicas, quizás clandestinamente insinuadas en la Iglesia misma.
Desde los primeros años del postconcilio ha habido una multitud de buenos teólogos y prelados, que con premura y solícitamente se encargaron de comentar los textos conciliares en la línea del Magisterio, mostrando su continuidad con el Magisterio precedente, defendiéndolos de la acusación de modernismo y sustrayéndolos de las manipulaciones de los modernistas. Entre los teólogos y prelados antes mencionados estaban el cardenal Giuseppe Siri, Jacques Maritain, Yves-Marie-Joseph Congar, Henri de Lubac, Jean Daniélou, el padre Raimondo Spiazzi, Jean Guitton, Jean Galot, los teólogos dominicos de Roma, de Florencia y de Bolonia, y el Colegio Alberoni de Piacenza hasta llegar al Siervo de Dios Padre Tomas Tyn en años más recientes. Desafortunadamente, su muy meritoria obra durante décadas, no del todo ignorada por la Santa Sede, ha sido casi arrollada por los dos partidos adversos de los lefebvrianos y de los modernistas, los primeros con un apego obstinado y miope a un tradicionalismo superado (obsoleto), los segundos, fuertes en el éxito obtenido, con una progresiva escalada a las posiciones de poder en la Iglesia, comenzando en el Sesenta-y-ocho con la conquista de los periodistas, los jóvenes, los laicos, el bajo clero y los religiosos y ascendiendo paulatinamente a la conquista de los niveles superiores del episcopado y en años más recientes penetrando en el mismo colegio cardenalicio.
Los signos inquietantes de esto los hemos tenido recientemente con ocasión del Sínodo de obispos, tanto que la mejor parte del colegio cardenalicio, encabezado por los cardenales Gerhard Ludwig Müller y Raymond Leonard Burke, ha advertido la urgente necesidad de intervenir en defensa del Magisterio de la Iglesia y del Papa, el cual, sin embargo, no parece haberles mostrado una suficiente gratitud por la preciosa labor por ellos realizada.
Pablo VI, quien tenía la gravísima tarea de hacer aplicar los decretos del Concilio, se encontró súbitamente delante de una situación dificilísima, que él mismo, como hubo de confesar diez años después del Concilio, no previó ⁵. Los modernistas holandeses, con increíble intempestivo oportunismo, publicaron ya en 1966, elaborado bajo la influencia de Schillebeeckx, con la autorización del cardenal Bernard Jan Alfrink, el famoso "Catecismo holandés", publicado en Italia en 1969, que tuvo un enorme éxito. Este Catecismo, ciertamente no desprovisto de calidad, pero que sigue siendo hasta el día de hoy el manifiesto de la Iglesia modernista, contenía numerosas herejías y graves carencias doctrinales, que Pablo VI se vio obligado a corregir por una comisión especial de cardenales en 1968. Evidentemente este Catecismo era la implementación de un grandioso plan secreto ya elaborado durante los años del Concilio, durante el cual numerosos peritos de orientación modernista ocultaron astuta y desleal y pérfidamente sus herejías bajo un comportamiento externo correcto, incluso dando a veces una contribución doctrinal laudable en el curso de las labores del Concilio. Su enfermedad en ellos permanecía por entonces en incubación y claramente salió a la luz solo en los años inmediatamente posteriores al Concilio ⁶.
Al mismo tiempo estaba conquistando cada vez más consenso y apoyo el pensamiento de Karl Rahner, que había sido uno de los peritos más influyentes del Concilio, consejero asesor del cardenal Franz König. Rahner parte del principio de la identidad del ser con el pensamiento, por lo cual confunde el ser como tal con el ser divino.
En esta visión panteísta, el ser humano es reducido al ser divino; lo divino (la "gracia") entra en la definición misma del ser humano, que sin embargo mantiene un aspecto histórico ("el hombre es trascendencia e historia"), que relativiza el concepto de naturaleza humana, el conocimiento o saber humano y la ley natural, sobre el modelo hegeliano, mientras que el ser divino es esencialmente humano. Por lo tanto, Cristo es el vértice divino del hombre y Dios es necesariamente Cristo. De ahí la confusión panteísta de la gracia con Dios, entendida como constitutivo del hombre. Todo hombre está esencial y necesariamente en gracia. Ella no puede ser ni adquirida ni perdida. El pecado no quita la gracia sino que se anula a sí mismo, porque es contradictorio. Cristo salva no en cuanto redentor (concepto mítico), sino en cuanto factor del pasaje del hombre a Dios y de Dios que deviene hombre. La fe no es doctrina o conocimiento conceptual, sino encuentro con Dios, autoconciencia y experiencia de Dios pre-conceptual y atemática (Vorgriff). Ella comporta en el plano de la acción, una opción fundamental por Dios, acto de suprema libertad, por el cual todos se salvan independientemente de los actos categoriales, empíricos y finitos, propios del libre albedrío, cognitivos y morales, buenos o malos, que se pongan sobre el plano cambiante de la historia y de lo relativo. De aquí la relatividad y mutabilidad del dogma, inevitablemente incierto y falible, al contrario de la experiencia de fe en todo caso salvífica, que es la experiencia del devenir de Dios en la historia.
Con el afirmarse de estas ideas de Rahner, la línea de este Catecismo Holandés, todavía de carácter iluminista-racionalista, asume un acento manifiestamente panteístico hegeliano-heideggeriano en el "Curso fundamental sobre la fe" de Rahner, publicado en Alemania en 1976 y en Italia en 1977. Esta vez ninguna comisión cardenalicia tuvo el coraje y la sabiduría para condenar este pseudo-catecismo ⁷, peor que el precedente. Los modernistas, cada vez más poderosos, comenzaron a hacer silenciar a la propia Santa Sede. De hecho, Pablo VI no tomó ninguna medida o procedimiento disciplinar. No hubo ninguna autorizada refutación por parte de ningún exponente de la Santa Sede o teólogo a la vista. Incluso la CDF, dirigida por el cardenal Seper, no hizo nada. Rahner daba demasiado miedo. A decir verdad, el grave error pastoral de la Santa Sede fue en mi opinión el de dejarse adelantar por el Catecismo Holandés, olvidando la providencial y oportuna solicitud de la Iglesia de la Reforma Tridentina, la cual, inmediatamente después del Concilio de Trento y casi como su documento final y resumen o expresión sumaria, publicó el famoso y utilísimo Catecismo Tridentino, que fundamentalmente es todavía hoy muy válido.
Pablo VI, en el transcurso de su pontificado, nos ha propuesto por sí mismo o por medio de la CDF un notable cuerpo doctrinal, que además de desarrollar las doctrinas del Concilio, refuta también las falsas interpretaciones y condena los errores insurgentes, pero no ha sido nunca capaz de afrontar de frente y explícitamente el problema del rahnerismo. Por el contrario, nombró a Rahner miembro de la Comisión Teológica Internacional, de la cual poco después, decepcionado porque sus ideas le eran rechazadas, abandonó con tono fastidioso, enojado y arrogante acusándola de conservadurismo. Pablo VI con muchas sabias y agudas intervenciones contra el secularismo, el espíritu de contestación y protesta, el inmanentismo, el antropocentrismo, el falso carismatismo, el liberalismo, las falsas novedades, el relativismo y evolucionismo dogmático, la profanación de la liturgia, el laxismo y subjetivismo moral, ha girado varias vueltas en torno al objetivo, aunque sin haberlo centrado nunca del todo, por lo que los rahnerianos, con la audacia y la hipocresía que los caracteriza, siempre se han sentido seguros y autorizados para proseguir en sus ideas y en sus disfraces.
Bien pudo el año 1974 haber sido quizás la ocasión para resolver el problema del rahnerismo con una buena condena de sus errores y la indicación del verdadero camino de la renovación y del progreso de la teología. Pero lamentablemente Pablo VI también desaprovechó esa ocasión, que le era dada por un gran congreso sobre Santo Tomás de Aquino en el VII centenario de su muerte, organizada por los Dominicos, que contó con la adhesión de 1500 estudiosos de todo el mundo. En esa ocasión, emerge netamente sobre la escena del mundo teológico internacional la gran figura del doctísimo y sapientísimo padre Cornelio Fabro, quien elaboró ⁸ el proyecto de la bellísima carta "Lumen Ecclesiae" del Papa al padre Vincent de Couesnongle, Maestro de la Orden de Frailes Predicadores, dedicada a recomendar, con abundancia de oportunos argumentos, el estudio, la profundización y la difusión del pensamiento de Santo Tomás de Aquino, así como su utilización para el encuentro y confrontación con la cultura moderna, en conformidad con las disposiciones del Concilio ⁹.
En el mismo año 1974 Fabro publicaba El giro antropológico de Karl Rahner ¹⁰, una agudísima investigación de las raíces gnoseológicas y metafísicas del pensamiento de Rahner, un estudio poderoso y contundente, en el cual el teólogo Stimmatino demostraba irrefutablemente, textos en mano, valiéndose de su excepcional conocimiento de Santo Tomás y del idealismo alemán, la abominable aunque fascinante impostura con la cual Rahner, falsificando los propios textos tomistas, pretendía presentar al Aquinate, Doctor Communis Ecclesiae, como conforme a Hegel, cuyo idealismo ha sido repetidamente condenado por la Iglesia. ¿Qué más claro tácito mensaje enviado a Pablo VI que la absoluta necesidad de no poner los pies al borde del abismo, sino en el hecho de que la afirmación de la verdad no podía no implicar la condena del error y en este caso la clara e inequívoca afirmación de que la renovación y el progreso de la teología ordenados por el Concilio no debían pasar por Rahner sino por Santo Tomás? Y sin embargo, nada vino de Pablo VI. La oposición de los buenos teólogos no se descorazonó. Conscientes de su responsabilidad hacia las almas y leales a su deber de fidelidad al Magisterio de la Iglesia, continuaron señalando los peligrosos errores de Rahner, aunque lamentablemente, como era de esperarse, el rahnerismo no se detuvo, y de hecho se ha reforzado y fortalecido hasta hoy. La historia de esta terrible lucha en el interior de la Iglesia la he narrado brevemente en mi libro sobre Rahner ¹¹, que hay que actualizar por ejemplo con la persecución hecha a los Franciscanos de la Inmaculada, en la cual no es difícil ver la venganza de los rahnerianos por el congreso teológico internacional anti-rahneriano de los Franciscanos en el 2007 ¹².
Con la elección de san Juan Pablo II, se tuvo la impresión de que el papado alcanzara a tomar la situación en sus propias manos. En 1981 el Papa sustituyó al cardenal Seper en la dirección de la CDF por el gran teólogo Joseph Ratzinger, y comenzó a notarse un resultado inmediato con una actitud más decidida hacia los errores de Schillebeeckx y la condena de los errores de la teología de la liberación. Ratzinger alcanzó a golpear a algunos de los seguidores de Rahner, pero el mismo Rahner, que murió en 1984, permaneció intocado. La riquísima enseñanza de Juan Pablo II corrigió indudablemente muchos errores de Rahner, pero lo hizo en modo sólo alusivo y genérico, limitándose a exponer la sana doctrina, sin entrar con precisiones en el meollo de las cuestiones, como hace el buen médico que hace un análisis exacto y preciso de la enfermedad, a fin de aplicar el remedio adecuado.
Gran empresa del Papa fue la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica en 1992. También esto sin duda fue indirectamente un robusto antídoto contra los errores de Rahner, aunque obviamente él no podía ser nombrado. Es interesante cómo después el papa Benedicto XVI señaló el Catecismo como criterio para discernir los errores de los teólogos. El Papa habría tenido dos grandes ocasiones para afrontar de una vez por todas la añosa y gangrenosa cuestión: las dos grandes encíclicas Veritatis Splendor de 1993 y la Fides et Ratio de 1998. Sólo en la primera se insinúa la distinción rahneriana, sin que Rahner sea nombrado, entre lo "trascendental" y lo "categorial", que se expresa en moral en la "opción fundamental" y en los "actos categoriales". Así, nuevamente en los años 2004-2005, el año anterior a la muerte del Pontífice, la lucha entre rahnerianos y anti-rahnerianos se reavivó a lo grande: con un congreso de opositores en Alemania en 2004 ¹³, al cual siguió, casi una respuesta polémica, un congreso a su favor en la Universidad Lateranense, durante el cual la única voz que se hizo oír en decidida oposición fue la de monseñor Antonio Livi.
Indudablemente, sigue siendo desconcertante constatar el éxito obtenido por Rahner, si el congreso ha sido celebrado en la más prestigiosa de las Universidades Pontificias Romanas. Es el signo de una situación dramática, que pide cada vez con más urgencia ser remediada, sobre todo considerando las desastrosas consecuencias de las ideas de Rahner en la moral y en la vida eclesial. En este clima de acalorada batalla me asombra y agradezco al Señor cómo con el permiso de mis superiores, a los cuales también estoy agradecido, he podido publicar mi libro sobre Rahner, que ha tenido un discreto éxito, aunque se me refiera la sorda guerra que los rahnerianos le hacen y el desprecio del cual lo cubren. Sin embargo, yo siempre estoy aquí, pronto para corregir eventuales errores interpretativos y para escuchar razones en su defensa. Pero ninguno da señales de vida.
Benedicto XVI, el agudo crítico de Rahner, ascendido al solio pontificio, donde habría tenido toda la competencia, la inteligencia, la autoridad y el poder para actuar por la solución del gravísimo problema, lamentablemente tampoco ha hecho nada y probablemente por esas pocas intervenciones alusivas que ha hecho, se ganó la ira de los rahnerianos, lo que lo ha llevado a abdicar y por lo tanto a renunciar al ministerio petrino. La encíclica Lumen Fidei del papa Francisco, completamiento de la iniciada por Benedicto, repite lugares comunes e ignora completamente la cuestión. Por lo tanto, hoy el problema sigue abierto. El papa Francisco nunca habla de Rahner. Pero, de hecho, no creo que sea la mejor solución en absoluto. Rahner es conocidísimo y seguidísimo. Sus graves errores, que siguen causando daños, han sido demostrados desde hace cincuenta años por un enorme ejército de estudiosos y el Magisterio de la Iglesia en estos cincuenta años, en la condena de tantos errores, todavía nos deja entrever la siniestra sombra del rahnerismo, no ausente por ejemplo en la corriente buenista emergida incluso en el último sínodo de los obispos. Entonces, ¿no ha llegado el momento de “poner, como suele decirse, las cartas sobre la mesa"? ¿Por qué pretender ignorar lo que todos saben? ¿Acaso puede decirse todavía que existen rezagados sedicentes progresistas que aún no hayan comprendido de dónde viene el mal? Si, por el contrario, eso está claro, como está claro su origen y su naturaleza, dado que por otra parte existen los remedios, ¿por qué no tomar nota francamente de él de una vez por todas y decidirse a tratarlo, dadas sus nefastas consecuencias, tras un diagnóstico preciso y circunstanciado? ¿Acaso podría el mal desaparecer por sí solo?

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 21 de noviembre de 2014

Notas

¹ Se dice que Don Giuseppe Dossetti afirmaba que "el Concilio lo había hecho él". No estamos hablando de los disparos que se han hecho por parte de la gran prensa laicista sobre el aporte de Rahner en el Concilio.
² Edición alemana: Erick Wewel Verlag, Muenchen 1982, edición francesa: Téqui, Paris 1985.
³ Epistula ad venerabiles Praesules Conferentiarum Episcopalium, in Congregatio pro Doctrina Fidei, Documenta inde a Concilio Vaticano secundo expleto [1966-1985], Libreria Editrice Vaticana 1985.
 La crisi della verità e il Concilio Vaticano II, Istituto Padano di Arti Grafiche, Rovigo 1983.
 "Esperábamos una nueva primavera, y ha llegado una tempestad".
 Por lo tanto, se equivocan aquellos historiadores, como Roberto de Mattei, que sostienen, en la línea de Lefèbvre, que estos peritos habrían dado una dirección modernista al Concilio. Es posible, de hecho es probable, que algunas tesis modernistas hayan emergido durante los debates en las asambleas conciliares, que preocuparon fuertemente a Pablo VI, pero que luego desaparecieron a la hora de los documentos finales. Asimismo, también es errónea la interpretación del Concilio dada por la Escuela de Bolonia, para la cual es necesario, en los documentos oficiales, reencontrar un "espíritu" o el "acontecimiento" que va más allá de la letra retrospectivamente conservadora, y que no consiste en otra cosa más que sus ideas modernistas. También se equivoca el cardenal Kasper al ver en el Concilio las "contradicciones", las "tensiones no resueltas" entre elementos fijistas y tradicionales superados y lo "nuevo", en contínua evolución, que no es otro cosa más que ese modernismo, por el cual él simpatiza. La valiosa contribución dada por Rahner al Concilio en colaboración con Ratzinger es ilustrada por Peter Paul Saldanha en su obra Revelation as “self-communication of God”, Urbaniana University Press, Rome 2005.
 El propio Rahner no tuvo el descaro de llamarlo "catecismo", pero en la práctica es evidentísima su intención de proponer de todos modos una iniciación a la fe tergiversada de gnosticismo protestante y en antítesis con la fe católica.
 Me lo comunicó personalmente por vía confidencial.
 Optatam totius n.16 y Gravissimum educationis n.10.
¹⁰ Edizioni Rusconi, Milano.
¹¹ Karl Rahner. Il Concilio tradito, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2009, II ed.
¹² Las actas han sido publicadas en la recopilación: Karl Rahner. Un’analisi critica, a cargo del padre Serafino Lanzetta, Edizioni Cantagalli, Siena, 2009.
¹³ Las actas han sido publicadas en: Karl Rahner. Kritische Annāherungen, a cargo de David Berger, Verlag Franz Schmitt, Siegbug 2004.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum crisis postconciliaria ex ipso Concilio Vaticano II proveniat,
vel ex eius interpretatione modernistica et ruptura inter Magisterium et theologos

Ad hoc sic procediturVidetur quod crisis ex ipso Concilio Vaticano II proveniat.
1. Quia quidam tenent Concilium mutasse data fidei hactenus immutabilia, sicut praestantiam christianismi super alias religiones vel damnationem haeresum. Hoc videtur validum, quia si Concilium doctrinas essentiales alteravit, traditionem prodidisset et identitatem catholicam debilitasset.
2. Praeterea, dicitur Concilium novos dogmatum definitiones sollemnes non edidisse, et ideo eius doctrinas infallibilitate carere. Hoc videtur probabile, quia sine definitionibus explicitis videretur quod doctrinae eius possent disputari vel reici.
3. Item, asseritur Concilium a theologis modernistis fuisse infectum, qui errores suos in sessionibus occultaverunt et postea in postconcilium diffuderunt. Hoc videtur firmum, quia Catechismus Hollandicus et ideae Rahner clara modernismi infiltrationem ostendunt.
4. Denique, dicitur Concilium, in progressu et aggiornamento insistens, conservationem traditionis neglexisse, et sic ianuam aperuisse ad saecularizationem et ad hodiernam crisi. Hoc videtur rationabile, quia insistentia in novo potest perenne debilitare.

Sed contra est quod docent Pontifices postconciliarii: Concilium Vaticanum II interpretandum est in continuatione cum traditione, et eius doctrinae sunt magisterium authenticum. Sanctus Pius X in Pascendi modernismum damnavit tamquam doctrinam deformatam, non tamquam fructum Concilii. Concilium Vaticanum I infallibilitatem Magisterii in rebus fidei et morum definivit. Praeterea, Concilium Vaticanum II est antidotum contra modernismum, proponens sanam modernitatem sub lumine Evangelii et Sancti Thomae.

Respondeo dicendum quod crisis postconciliaria non ex ipso Concilio Vaticano II provenit, sed ex eius interpretatione modernistica et ruptura inter Magisterium et theologos. Concilium, recte interpretatum, dogmata tradita non contradicit, sed ea in sermone moderno pro homine hodierno explicat. Crisis orta est quia multi theologi, praesertim periti Concilii, se tamquam interpretes autonomos Verbi Dei contra Magisterium praebuerunt et errores, sicut rahnerismum et Catechismum Hollandicum, disseminaverunt. Pastores, in novo Pentecoste falso confisi, custodiam remiserunt et misericordiam cum infirmitate confuderunt, permittentes modernistas se infiltrare et receptionem Concilii manipulari. Sic occasio amissa est veritatem catholicam clare confirmandi, sicut fieri potuisset in congressu thomistico anno 1974. Crisis consistit in modernismum cum Concilio confudisse, cum revera Concilium sit eius antidotum. Solutio est ad Sanctum Thomam et ad Magisterium authenticum redire, distinguere inter sanam modernitatem et modernismum, et unitatem inter theologos et pastores recuperare.

Ad primum dicendum quod Concilium data fidei non mutavit, sed ea in sermone moderno explicavit; ruptura apparens est et ex interpretationibus erroneis provenit.
Ad secundum dicendum quod, licet Concilium nova dogmata non definiverit, eius doctrinae tamen obligatoriae sunt ut magisterium ordinarium, nec reici possunt.
Ad tertium dicendum quod modernistae receptionem Concilii manipularunt, sed Concilium ipsum non est modernisticum; Catechismus Hollandicus et Rahner sunt exempla deviationum posteriorum.
Ad quartum dicendum quod aggiornamento non fuit traditio deserenda, sed renovatio legitima; crisis orta est ex confusione modernitatis cum modernismo et ex defectu opportunae errorum condemnationis.
   
JG

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