miércoles, 5 de agosto de 2026

Por la paz en la Iglesia (1/2)

¿Qué significa realmente la paz en la Iglesia? ¿Es fruto de la concordia o de la verdad? ¿Puede haber unidad sin claridad doctrinal? ¿Cómo evitar que el pluralismo legítimo se convierta en división y guerra de todos contra todos? En la primera parte de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, se examina la naturaleza de la paz en la sociedad y en la Iglesia, mostrando que la verdadera paz no se funda en compromisos con el error, sino en la fidelidad a la verdad revelada. Este texto del docto teólogo dominico nos interpela sobre el papel de la autoridad, la misión de los obispos y la necesidad de conservar la esencia del ser católico para que la diversidad no rompa la unidad. [En la imagen: fragmento de "L’église d’Auvers-sur-Oise, vue du chevet", óleo sobre lienzo, junio de 1890, obra de Vincent van Gogh, conservada en el Musée d’Orsay, París].

Por la paz en la Iglesia

Primera Parte

(Traducción al español de la primera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 16 de febrero de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/per-la-pace-nella-chiesa/)

La paz en una sociedad nace de la concordia, coherente y ordenada convergencia de sus miembros, cada uno dedicado a su propio deber, hacia un único fin de justicia. En tal modo, nace entre los miembros una tal armonía y una tal unión, que se puede decir que en cierto modo devienen una sola cosa, formando así la unidad del cuerpo social.
Sin embargo, esta unidad no es la unidad de una sola sustancia, como sería la unidad de una sola persona o de un animal o de una planta, en los cuales los diversos componentes o las diversas partes no tienen subsistencia sino en el todo. Sino que la unidad del cuerpo social es la unidad de varios sujetos unidos entre sí pero que al mismo tiempo subsisten cada uno por cuenta propia, aún cuando no puedan existir aislados los unos de los otros.
Cada miembro, ocupando en la sociedad el puesto y el rango que le corresponde, está obligado a relacionarse con los demás observando las normas de la justicia y del ordenado común bien vivir en el respeto de la constitución jurídica y moral de la sociedad. Nace así entre los miembros una red de relaciones recíprocas, por las cuales completan el actuar de los demás y se socorren mutuamente en sus necesidades.
Pero el individuo no es parte de la sociedad ni funcional a la sociedad como un accidente es parte de una sustancia o es un órgano de una sustancia, por ejemplo la mano o el pie, sino como un sujeto que concurre con los otros sujetos a la formación de un conjunto unido y concorde en el perseguimiento de un único fin o bien común. Y tal conjunto es precisamente la sociedad, la cual, en estas condiciones, es una sociedad justa, ordenada, concorde y, por tanto, pacífica.
Ciertamente cada individuo es parte de la sociedad, y como tal debe poner sus capacidades al servicio de los demás y del bien común; sin embargo, los individuos no se distinguen como las partes de una única sustancia o de un único sujeto, sino como sujetos diferentes, todos concurrentes libremente y responsablemente al bien de la sociedad, que no es una sustancia, sino que es un conjunto de personas entre sí unidas por el perseguimiento del fin de la sociedad misma.
Por lo tanto, el individuo no resuelve y no tiene sentido sólo en su relacionarse con los otros y con el conjunto social, sino preliminarmente, originariamente, independientemente, absolutamente, antes y por encima de la relación social, por su esencia tiene un ordenamiento potencial al sumo Bien, que es Dios, bien común de la sociedad y de todo el universo, ordenamiento que le corresponde al individuo poner en práctica con la buena voluntad, en el respeto de las leyes divinas y de su correcto empeño social.
Sin embargo, también hay que tener en cuenta el hecho de que la inclinación al mal propia de la naturaleza humana caída, hace que la paz en la sociedad sea una ardua conquista, siempre precaria e imperfecta, sujeta continuamente a ser puesta en peligro o bien hostigada por los enemigos de la paz, espíritus inquietos, rebeldes, egoístas, facinerosos, malvados, envidiosos o prepotentes, los cuales incluso esparcen errores de diversa índole acerca del hombre, acerca de la sociedad, o acerca de la moral o sobre Dios, crean desencuentros, facciones, discordias, divisiones, conflictos, tal vez con el pretexto del pluralismo, de la diversidad o de la libertad.
Por ello, en la sociedad es necesario un principio de concordia, de unidad y de cohesión, y por tanto de paz: la autoridad social, la cabeza, el príncipe, el presidente o como se prefiera llamarlo, el cual tiene por lo tanto como oficio principal el de indicar los caminos y las condiciones de la paz, tiene el deber y debe tener el poder de promover, custodiar, garantizar, la verdadera paz en la justicia, que debe ir de la mano con la concordia y la unidad en la sociedad por él guiada.
Dado que el bien de la sociedad nace de la unión de los miembros en torno a la unidad de lo esencial y de lo universal, es decir, del fin común estatutario, que se actúa en la pluralidad y diversidad de las partes individuales o componentes, hasta las personas individuales, cada una con sus propias habilidades y capacidades, competencia de la autoridad es también, por un lado, garantizar esta unidad en la diversidad, sin aplanar todo en una gris unidad que solo sería aparente y sofocaría la libertad, pero por otro lado también radica en el reconocer y proteger las legítimas diversidades vinculándolas a todas en la común unidad, a fin de evitar la dispersión, la desorganización y el individualismo, que son fuentes de conflictos y de divisiones, bajo el pretexto del pluralismo y de la libertad.
En base a las consideraciones anteriores, relativas a la maldad o debilidad del hombre, la autoridad no puede limitarse a indicar los objetivos comunes proporcionando las ayudas necesarias y refutando los puntos de vista erróneos, sino que con coraje y fortaleza, movida por un verdadero sentido de la justicia, debe saber hacer frente, si es necesario, incluso con la fuerza, a los enemigos de la paz y vencerlos o al menos mantenerlos a raya, para que no trastornen el orden social, no hagan triunfar la injusticia y no destruyan el bien común.
La autoridad debe también resolver los contrastes que inevitablemente surgen entre los miembros de la sociedad, favorecer entre ellos un leal y constructivo encuentro, llamando por un lado a todos a respetar el bien y los valores comunes, pero por otro lado también legitimando aquellas diversidades que no rompen la unidad, sino que por el contrario son una manifestación diversificada de ella misma.
Estas consideraciones valen también para la naturaleza de la Iglesia en su aspecto humano y terreno. Pero la esencia más propia y más característica de la Iglesia católica se plantea en un plano de realidad sobrenatural, mucho más elevado que el natural de las simples sociedades humanas, civiles, estatales o políticas.
La esencia propia de la Iglesia es un dato de la divina Revelación, es un dato de fe y es aquello que la Iglesia dice de sí misma, como por ejemplo en el reciente Concilio Vaticano II. Retomando y desarrollando la Tradición, el Concilio muestra con claridad cómo la Iglesia se fija un fin que encuadra más en el ámbito de la verdad y de la gracia ¹, que de la justicia, que es ámbito más propio del Estado.
El fin de la Iglesia es el mismo de Cristo: "rendir testimonio de la verdad" ². La Iglesia, como enseña Cristo mismo, tiene la tarea de guiar a la humanidad al conocimiento del Misterio trinitario ³. Por eso el Concilio dice que el Espíritu Santo "guía a la Iglesia hacia toda la verdad" ⁴. La salvación es ciertamente también esencial a ella, pero es funcional al fin último, que es la visión de Dios.
En base a la diversidad del fin, es diferente el gobierno del Estado al gobierno de la Iglesia. No cabe duda de que el Estado debe ocuparse de la promoción de la ciencia y de la cultura; pero su tarea más inmediata es la de gobernar la conducta externa social de los ciudadanos, ciertamente no todos inclinados a la virtud; por lo cual, sin por ello descuidar los derechos de los individuos, mediante el poder judicial el Estado está sobre todo empeñado en mantener el orden público y asegurar la justicia social.
La Iglesia, en cambio, apunta a conducir al hombre a esa forma suprema de saber que es la fe; la Iglesia ejerce un poder espiritual que libera a los hombres del pecado y, mediante los sacramentos, los conduce al reino de los cielos. Por lo tanto, la Iglesia se dirige ante todo a las conciencias, sin que por ello esté dispensada de organizar pastoral y jurídicamente la estructura eclesial ni le falte el poder coercitivo, aunque éste tiene como objetivo la protección del bien común eclesial y el castigar a los delincuentes.
A Dios, creador y legislador providente de todas las cosas, y por lo tanto también del hombre, de la sociedad y de la Iglesia, le compete la autoridad suprema sobre todo. Como todo proviene de Él, así también todo conduce a Él. A él, por tanto, en última instancia, le compete guiar a la sociedad y a la Iglesia a su fin. Él es por lo tanto fuente y garante principal de toda autoridad tanto en la sociedad como en la Iglesia; pero con una notable diferencia, dada por el hecho de que el hombre, como individuo y como colectividad, se dirige a la consecución de su fin último, Dios, de dos modalidades distintas, según se trate del actuar natural fundado en la razón práctica y en la justicia o del actuar sobrenatural, fundado en la fe y en la caridad.

El debate actual entre modernistas y lefebvrianos: ¿Qué significa ser católico?

La persona humana, como individuo y como colectividad creada a imagen de Dios, es apta para gobernarse a sí misma según la razón en vista del bien propio y del bien común y, en cuanto creyente, es guiada por la fe al reino de Dios.
Tanto en la sociedad política como en la Iglesia existe una iniciativa que viene desde abajo, una iniciativa popular, ya se trate de grupos o de individuos, que se hacen intérpretes de las necesidades de la gente en relación a la justicia social y económica; pero con esta notable diferencia, que mientras en la sociedad civil es el pueblo mismo el que forma su propio gobierno eligiendo a la clase política que tiene precisamente, por delegación popular, la tarea de gobernar, de modo que, si los gobernantes no satisfacen las necesidades de la gente, el pueblo siempre puede destituirlos, en la Iglesia, en cambio, el pueblo fiel pueden tener iniciativas aptas para mejorar las costumbres, para satisfacer necesidades materiales y espirituales, para reformar la Iglesia, como ocurre por ejemplo en los institutos religiosos, pero no tiene parte en el gobierno de la Iglesia, que Cristo ha confiado exclusivamente a los apóstoles y a sus sucesores: "El que a vosotros escucha, a mí me escucha" ⁵.
Los laicos y los religiosos no prelados pueden concurrir a la formación del clero, pueden avanzar instancias o peticiones a los pastores, pueden sugerir soluciones o exponer problemas, pueden formular propuestas, pueden participar en el apostolado jerárquico, participar en la elección del pastor, expresar pareceres al respecto, ejercer la guía espiritual. Pero la decisión última acerca de la guía de la Iglesia que se debe tomar y en la elección de los sagrados ministros compete solo a los pastores por encargo de Cristo.
La comunidad civil, por lo tanto, por su parte, posee, por naturaleza, la actitud, el derecho y el deber del autogobierno con miras a la consecución del bien común político. Por eso, el jefe del gobierno, si bien tiene el derecho y el deber de orientar al pueblo en la práctica del bien de la sociedad y del Estado, es representante del pueblo; es, como decía santo Tomás de Aquino, vicem gerens multitudinis.
No es así en la Iglesia. Jesús, dirigiéndose a los apóstoles, dice: "No sois vosotros quienes me elegisteis a mí, sino yo el que os elegí a vosotros" ⁶. Y esto es lógico, considerando el hecho de que el fin de la Iglesia no es un simple ideal humano, sino que es una meta divina revelada por Jesucristo, por lo cual, si también es cierto en el campo civil que la autoridad desciende de Dios, esto vale mucho más y aparece mucho más claro en el caso de la autoridad eclesiástica.
La gran discusión de hoy, el gran litigio es sobre qué significa ser católico y, por lo tanto, sobre cuáles son los principios teóricos y prácticos suficientes para ser católico. Esto parece estar ligado, además, a la cuestión de la pertenencia a la Iglesia, y se trata evidentemente de la Iglesia católica; por lo cual, el discurso se amplía a la cuestión de cuál es la esencia de la Iglesia.
Pero existe también, sobre todo en el ámbito modernista, habituado a un lenguaje equívoco de conveniencia, quien se inclina al desprecio contra aquellos que están preocupados por fijar la esencia precisa de la identidad católica, excepto para ofenderse si se le acusa de no ser católico.
Estos son juzgados por los modernistas como infectados por la rigidez y estrechez de ideas, todavía apegados a una mentalidad inquisitorial y quisquillosa, incapaces de apreciar la riqueza diversificada del ecumenismo, que no se detendría en distinciones secundarias y excluyentes y prestaría atención al hecho esencial de ser todos cristianos.
Para los modernistas, el estar con Roma o el estar con Lutero no afecta la sustancial fraternidad cristiana como no la rompe el ser dominico o el ser franciscano, sino que es sólo signo de respeto por el otro y por el diferente. Como a ningún dominico se le ocurriría exhortar a un franciscano a hacerse dominico, en nombre de la salvación, y viceversa, así, para los modernistas, el ecumenismo consistiría en el apreciar la diversidad del no católico, renunciando a cualquier crítica, llamamiento o intento de convertirlo al catolicismo.
Para los modernistas, el ser católico o no católico no es cuestión de verdad o de herejía, sino simplemente de diferentes opciones en el ámbito de la única fe cristiana. En efecto, ellos ni siquiera hablan de una única fe, sino de muchas "fes", así como en el campo político se habla de una multiplicidad de opiniones.
Al contrario, para los lefebvrianos el ser católico no conlleva esa amplitud de ideas que mantiene abiertos a toda verdad y a toda persona de buena voluntad ⁷, ha devenido una especie de fijación. Están cerrados en su ser católicos como los habitantes de una fortaleza sitiada por todos lados. Del diálogo con no-católicos, no-cristianos, no-creyentes, libertad religiosa, ¡ni siquiera hablar de ello!
Esta, según ellos, es una de las herejías del Vaticano II. Su catolicismo, por lo demás bastante bueno, solo llega sin embargo hasta Pío XII y no más allá. Posteriormente, según ellos, la Iglesia cede a la "modernidad" y no hace ninguna distinción entre lo que en lo moderno es aceptable y lo que se debe rechazar. Sino que para ellos todo es "modernismo".
Existen, sin embargo, estas dos tendencias ferozmente adversas la una contra la otra, cada una de las cuales afirma tener el monopolio del ser católico. Hay católicos idealistas, católicos panteístas, católicos hegelianos, católicos masones, católicos liberacionistas, católicos comunistas, católicos modernistas, católicos lefebvrianos, católicos ufólogos, etc.
Recientemente, un famoso publicista sedicente católico ha escrito que "Bergoglio no es católico". Pues bien, ¡ahora estamos a la espera de los católicos islámicos! Por el contrario, las categorías de "progresista" y "tradicionalista", rectamente entendidas, no afectan para nada el ser católicos, sino que lo determinan mejor, un poco como cuando decimos "italiano del norte" o "italiano del sur": siempre se trata de italiano.
Ahora bien, ser católico y pertenecer a la Iglesia son evidentemente la misma cosa. Determinar o definir el ser católico, por lo tanto, no compete a la opinión de los individuales católicos o de grupos de católicos, sino que compete a la Iglesia misma el derecho y el deber de definir qué quiere decir y qué condiciones requiere el ser católico, como podemos ver, por ejemplo, en el Catecismo de la Iglesia Católica.

No podemos definir “católico” según nuestras propias ideas

Cualquiera que se defina católico de propia cabeza, es decir, como le parece, por derecho propio, incluso apelando a teólogos populares o sedicentes profetas o periodistas famosos, en contraste con cuanto la Iglesia define como "católico", evidentemente no es un verdadero católico. Esta es una regla elemental de hermenéutica y de una normal convivencia civil, en todos los órdenes y ambientes de la actividad humana.
Así, por ejemplo, en el ámbito comercial, una empresa no puede, bajo pena de sanciones, llamar por un determinado nombre a uno de sus productos, si no es con el permiso de la firma creadora de ese determinado producto. En el ámbito profesional no puedo legítimamente ejercer la profesión médica, si no estoy titulado en medicina y debidamente habilitado. Y así sucesivamente.
Uno de los males que hoy en cambio dividen y afligen a la Iglesia es la pretensión de muchos de considerarse católicos, sin contar con la autorización de la Iglesia ni de todos los títulos o con títulos falsos en base a la definición que la Iglesia da del ser católico.
Así, hoy tenemos una variada fauna de católicos en contraste entre sí en puntos esenciales del catolicismo, incluso del mismo cristianismo, hasta el punto de ofender los principios mismos de la razón natural, católicos de ideas confusas, que con pedantería y arrogancia se consideran a sí mismos como los verdaderos y únicos católicos, acusando en varios modos de error a los católicos normales, que con sencillez y disciplinadamente ponen en práctica, aunque como pobres pecadores, pero al menos ortodoxamente, aquello que la Iglesia define como católico. En cambio, cada uno de los antes mencionados genios creativos establece su ser católico como una especie de fast food, o self service: agrega o quita como le plazca.

La guerra de todos contra todos:
las diversas y legítimas opiniones no pueden romper la unidad

De ahí nace el bellum omnium contra omnes, confundido por algunos con "pluralismo"; y muchos obispos hacen poco para sanear esta situación. Ocurre que algunos de ellos, confundiendo lo ideal con lo ideológico, no logran ser imparciales, sino que se dejan involucrar en un partido. No nos maravillemos si no llegan a ser mediadores o no les importa serlo, y que por eso mismo los contrastes se exasperan. Un obispo debe ser el obispo de todos, con claridad y sin dobleces. El mediador de paz no debe apreciar a un partido y despreciar al otro, sino que debe mostrar a todos la parte de bien que hay en cada una de los partidos.
Naturalmente, los obispos unidos al Papa siguen siendo los maestros de la fe, como se manifiesta particularmente en algunos prelados muy celantes. Por lo tanto, estos apuntes míos no deben ser entendidos como depreciación de la función de los obispos o incomprensión por su obra esencial, sino solo como una sincera exhortación hacia ellos para que correspondan mejor a su mandato de verdad y de paz.
La Iglesia siempre ha admitido y admitirá siempre en su interior una pluralidad de opiniones, incluso en contradicción entre sí, a condición de que no rompan la unidad católica. En efecto, la opinión en todos los campos del saber es un fenómeno normal e inevitable del convivium cultural, ya sea por la dificultad de encontrar la verdad y, por lo tanto, por la falibilidad de la razón humana, o ya sea por la legítima diversidad de las preferencias o de los puntos de vista. Pero la Iglesia no puede tolerar la ofensa a los principios universales de la razón y del sentido común, evidentes a todos, así como no puede tolerar la ofensa a las verdades universales de la fe, que garantizan la paz en la Iglesia y en la sociedad y dan fundamento a la misma multiplicidad de las libres opiniones.
Si queremos la paz en la Iglesia, es necesario llamar a todos a la universalidad de los principios de razón y de fe, oficio y tarea, que es primordial de los obispos, y en consecuencia encontrar la manera de iniciar útiles tratativas de paz, eliminando esta escandalosa y perturbadora confusión, que surge de la presunción y es fuente de infinitas obstinadas discordias y odiosas polémicas. Hay infinitos modos de ser católico, pero a condición que se conserve la esencia del ser católico, porque cuando en cambio se toca lo esencial, es inútil continuar considerándose católicos.
La preocupación por la verdad es, por lo tanto, la preocupación primaria de la Iglesia, presupuesto y condición de todos los demás empeños, hasta los más elevados e importantes, como la liturgia y la obra de la salvación. Ciertamente, la Iglesia no es un instituto de filosofía o de teología; pero ella, como dice el Concilio Vaticano II, es "sacramento universal de salvación". Desde todo punto de vista, la fe es el inicio de la salvación: si falta la fe, falta todo el resto.
La Iglesia, por tanto, sabe que todo bien viene de la verdad: la justicia, el amor, la libertad, el culto divino, la alegría y, por lo tanto, en última instancia, la paz; y que el hombre encuentra en la verdad, y sobre todo en la visión de Dios, su fin último y su bienaventuranza. En tal sentido, la Iglesia es "columna y fundamente de la verdad" ⁸.
Por eso, ella, en su dilatada trayectoria, enfrentando todo género de oposiciones y corriendo muchos riesgos, siempre se ha preocupado por defender a los hombres del error, hasta el punto de asumir tonos y actitudes severas, que podrían dar la impresión de una conducta belicosa e intolerante, en suma, poco pacífica.
La Iglesia es, indudablemente, la ciudad de la paz. Viene por otra parte simbolizada por Jerusalén, nombre que precisamente significa "ciudad de la paz" ⁹. Así, la Iglesia siempre ha aceptado, por amor a la verdad, afrontar batallas, sufrir agravios, sufrimientos, injusticias, persecuciones, asaltos bélicos.
Para no descender a compromisos con el error contra Cristo Verdad, la Iglesia ha aceptado perder a sus hijos y en muchos casos se ha visto reducida, aunque con dolor, a excomulgar a muchos, para que fuera claro que pertenece a la Iglesia sólo quien ama la verdad. La Iglesia ama la paz, pero no aquella paz basada sobre el equívoco, la paz que tolera el error y la injusticia. Para la Iglesia, la primera justicia es la deuda que siente por anunciar el Evangelio.
De su deber para con la verdad se derivan luego todas sus otras formas de justicia. Pero para ella la primera justicia es la deuda que tiene con la verdad, sabiendo siempre que de esto vienen a los hombres todos los bienes. Todo mal viene de la falsedad, todo bien de la verdad. No hay paz sin la verdad. Si se lucha por la verdad, esto también es espíritu de paz, porque la paz, don de Cristo, es también efecto de la victoria sobre los enemigos de la paz. Combatir por la paz es ya ser de esos pacíficos que se mencionan en las bienaventuranzas del Evangelio.
Pero más allá del sacrosanto deber de justicia, la Iglesia, Esposa de Cristo, anuncia la verdad por amor al Esposo y por amor a los hombres, siempre empeñada, en este ámbito como en todos los ámbitos del pensar y del obrar humano, en una obra de conciliación y de paz, resolviendo las cuestiones, componiendo las controversias, planteando acuerdo entre los litigantes, sabiendo bien lo imposible que es una serena vida eclesial, si las almas no están concordes en la verdad, al menos en las cuestiones vitales y de común interés, porque para todo lo demás la Iglesia admite una gran cantidad y variedad de opiniones diferentes, incluso contrarias entre sí, siempre que no atenten contra los principios comunes de fe de la vida eclesial.
Pues bien, hoy, en mi opinión, estamos todavía frente a una gran cuestión que toca la verdad, pero que, involucrando la vida de la Iglesia, divide profundamente los ánimos, de modo que ahora es necesario hacer todo lo posible con todos los medios a disposición, para buscar una solución que pueda conducir a la reconciliación de las partes adversas, haciendo leva sobre esas fuerzas sanas de la Iglesia, todavía abundantes hoy, que han llegado a mantenerse fuera del contraste.
Aunque en el curso de su historia la Iglesia a menudo ha sido probada por fuerzas disgregadoras, que de diversos modos la hirieron y la perturbaron, ella, gracias a la asistencia del Espíritu Santo, a la guía de los buenos pastores y al ejemplo y a la obra de los santos, mantiene una sustancial e inquebrantable unidad, que en todo caso le asegura la paz incluso en las situaciones más terribles y que constituye esa luz y esa fuerza que permiten a los constructores de paz el contribuir en ocasiones de manera maravillosa a la solución del conflicto y a la pacificación de las almas bajo la guía del Sucesor de Pedro, a quien le compete la misión suprema de custodiar y defender la unidad de la Iglesia contra las tentaciones y las seducciones del diábolos, el Divisor.
La Iglesia, más allá de las tempestades que pueden trastornarla o de las divisiones internas que pueden afligirla, conserva siempre un núcleo íntimo de fieles perfectamente unidos y en paz entre ellos y con el Vicario de Cristo, sobre todo los buenos pastores y los santos unidos a la Iglesia celestial, depositarios especiales de la fuerza, de la luz y de la paz, de las cuales, por lo tanto, como de buenos médicos, puedan partir las iniciativas y las fuerzas sanadoras del mal, constructoras de la paz y de la justicia.
Así cesan los contrastes, vienen a menos los litigios; pero esta fuerza de paz nunca falla, porque pertenece a la esencia incorruptible de la Iglesia. Es un manantial fuente de agua viva que brota hacia la vida eterna. Es en estas fuerzas en las que debemos tener esperanza; es en ellas que debemos contar para toda forma de recuperación y ascenso del abismo.

Fin de la Primera Parte (1/2)

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 14 de febrero de 2015

Notas

¹ Jn 1, 14
² Jn 18, 37.
³ Jn 17, 3.17.19.24.
 Constitución dogmática Lumen gentium, n. 4.
 Lc 10, 16.
Jn 15, 16.
Quidquid verum dicatur, decía ya san Ambrosio, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est.
 I Tim 3, 15.
  םילשורי , Jerushalaim, por la raíz de ל ם , paz.

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum pax in Ecclesia fundetur in veritate, vel possit sustentari in mera diversitate opinionum

Ad hoc sic procediturVidetur quod pax in Ecclesia possit sustentari in mera diversitate opinionum.
1. Quia quidam tenent pluralismum et libertatem sufficere ad pacem praestandum, cum unicuique liceat suas sententias sine impositione exprimere. Hoc videtur validum, quia diversitas est signum divitiarum et aperturarum, et eam supprimere esset libertatem suffocare.
2. Praeterea, dicitur auctoritatem ecclesiasticam non debere intervenire in disputationibus doctrinalibus, sed relinquere ut differentiae sponte componantur, ne coactio contraria sit spiritui evangelico. Hoc videtur probabile, quia Christus mansuetudinem et tolerantiam praedicavit, et auctoritas opprimitiva videri posset si cum firmitate corrigat.
3. Item, asseritur unitatem Ecclesiae servari posse etiam si contradictiones doctrinales exsistant, dummodo fraternitas et mutuus respectus conserventur. Hoc videtur firmum, quia caritas differentias tegeret et pacem convivendi permitteret.
4. Denique, dicitur pacem consistere in vitando conflictus et polemicas, etiam cum renuntiatione ad doctrinalem praecisionem. Hoc videtur rationabile, quia pax est bonum superius quod servandum est etiam cum concessionibus.

Sed contra est quod docet Apostolus: Ecclesia est columna et firmamentum veritatis. Concilium Vaticanum II affirmat Ecclesiam esse sacramentum universale salutis et Spiritum Sanctum eam ducere in omnem veritatem. Christus ipse dicit: “Qui vos audit, me audit.” Scriptura docet pacem esse fructum iustitiae et nullam pacem sine veritate.

Respondeo dicendum quod pax in Ecclesia fundatur in veritate revelata et non potest sustentari in mera diversitate opinionum. Pax est fructus concordiae, quae nascitur ex unitate in essentialibus et ex iustitia in relationibus. Ecclesia, ut societas supernaturalis, finem habet homines ad visionem Dei ducere, et ideo pax eius pendet a fidelitate veritati Christi. Diversitas opinionum legitima est dum non tangit principia universalia fidei et rationis; cum autem haec principia laeduntur, pax destruitur. Auctoritas ecclesiastica, a Christo Apostolis et successoribus tradita, officium habet unitatem custodire et errores corrigere, etiam cum firmitate, ne iniustitia et divisio praevaleant. Ecclesia amat pacem, sed non illam quae super aequivoco fundatur aut errorem tolerat, sed pacem quae ex veritate manat. Ideo, licet opiniones multiplices in rebus opinabilibus admittat, unitatem in essentialibus inconcussam servat, et sic pacem etiam inter tempestates securam reddit. Ecclesia, civitas pacis, persecutiones et divisiones toleravit ne veritatem Christi compromitteret, et eius missio est fideles circa veritatem reconciliare, quia omne bonum ex veritate venit et omne malum ex falsitate.

Ad primum dicendum quod pluralismus et libertas bona sunt, sed solum si ad veritatem ordinantur; aliter fiunt fons discordiarum et divisionum sub praetextu libertatis.
Ad secundum dicendum quod auctoritas ecclesiastica non est oppressio, sed ministerium veritatis et pacis; Christus ipse Apostolis missionem Ecclesiam regendi commisit, et auctoritas unitatem tueri debet contra inimicos pacis.
Ad tertium dicendum quod caritas contradictiones doctrinales quae essentialia tangunt tegere non potest; vera fraternitas in communi veritate fundatur, et sine ea caritas inanis sentimentalismus fit.
Ad quartum dicendum quod pax non consistit in vitando conflictus quolibet pretio, sed in erroris confutatione ex amore veritatis. Ecclesia, Ierusalem spiritualis, filios amittere et persecutiones pati accepit ne cum errore compromitteret. Pugnare pro veritate iam est pacificum esse, quia pax est fructus victoriae super inimicos veritatis.
   
JG

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