Este breve artículo del padre Cavalcoli plantea con fuerza el drama de la teología contemporánea: un enfrentamiento estéril entre lefebvrianos y modernistas que paraliza la vida intelectual de la Iglesia. ¿No es acaso escandaloso que ambos bandos se acusen mutuamente de herejía o de anacronismo, sin reconocer sus propios límites? ¿Cómo puede florecer la teología en medio de insultos, publicaciones incendiarias y un clima de desprecio recíproco? El breve texto del docto teólogo dominico denuncia que esta guerra de trincheras impide el verdadero trabajo eclesial y científico, y recuerda que la paz solo puede nacer de la conjunción de tradición y progreso, fidelidad y renovación. ¿No corresponde al Papa, supremo custodio de la fe, la misión clarificadora y reconciliadora? Se nos invita a colaborar con él, sosteniéndolo con oración y con espíritu de unidad, para que las almas desgarradas por el conflicto fratricida encuentren finalmente los caminos de la verdad y de la paz.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 18 de agosto de 2026
Nueva teología, viejos problemas
Nueva teología, viejos problemas
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Il naufrago, el 11 de Junio de 2015. Ese blog ya no existe en la web).
Hoy la teología está estancada en un enfrentamiento estéril y sin excluir golpes entre lefebvrianos, impropiamente llamados "tradicionalistas", y modernistas, a menudo falsamente llamados "progresistas". Este desafortunado conflicto se está prolongando, actualmente gangrenoso, desde el final del Concilio Vaticano II, y atañe fundamentalmente al problema de la correcta interpretación del Concilio. En una disputa interminable, uno parece asistir a las exasperantes e interminables contraposiciones de trincheras sobre el Karst de la Primera Guerra Mundial.
Ninguno cede, pero ninguno avanza. Cada uno de los dos bandos pretende representar él solo la teología católica, acusando al otro de herejía (los lefebvrianos) o de anacronismo y obsolescencia (los modernistas). O litigan entre sí o se ignoran el uno al otro.
Los modernistas son mucho más numerosos que los lefebvrianos. Estos están llevando a cabo una polémica desviada y sin tregua. Los otros, sintiéndose dueños de la Iglesia, muestran indiferencia y desprecio. Parece asistirse al choque entre un chucho cachorro gruñón y un perro de pura raza. El primero ladra a todo trapo para hacerse notar; el segundo lo mira irónicamente con aires de indiferencia y superioridad.
Está claro cómo todo este alboroto, lleno de violentos estallidos de rabia, divulgados por un sinfín de publicaciones impresas, en miles y miles de revistas, conferencias, congresos, manifestaciones populares, debates por TV, sitios web, blogs, artículos periodísticos y lecciones escolares, perturban y distraen de una labor teológica verdaderamente seria, eclesial, provechosa, constructiva, científica y serena. De hecho, este espíritu de partido ha penetrado en todos los ambientes teológicos, incluso en los académicos de las facultades pontificias.
En la actual así llamada y ostentada Iglesia del diálogo y de la "diversidad", no hay modo de que el uno acepte la diversidad del otro, no hay forma de poner en contacto y de hacer dialogar entre sí a los contendientes, llevándolos al humilde reconocimiento de sus defectos, así como a la puesta en común y al intercambio de sus buenas cualidades, que obviamente no les faltan, y que, si fueran vinculadas e integradas recíprocamente, serían una bendición para la Iglesia.
Se trata -el lector inteligente ya lo habrá comprendido- de la conjunción entre ellos de valores esenciales: de una parte la tradición, de otra parte el progreso; de una parte la fidelidad, de la otra la renovación y la reforma; de una parte la unidad, inmutabilidad y objetividad de la fe, de la otra el pluralismo, el sentido de la historia y la libertad de opinión y de investigación; de una parte la Iglesia de ayer y de la otra parte la Iglesia de hoy, que es siempre la misma Iglesia y ninguno lo comprende. Hay quienes hablan de una Iglesia "volcada" que hay que enderezar, y hay quienes afirman que a la Iglesia nunca le ha ido tan bien como ahora.
Los teólogos verdaderamente católicos, como por ejemplo los tomistas, los ratzingerianos y los maritainianos, fieles al Magisterio de la Iglesia y al Papa, desde san Pedro al papa Francisco, los cuales comparten sin reservas la doctrina católica en su integralidad, son desafortunadamente una minoría, a menudo sin medios, insidiosamente cortejados por los lefebvrianos y oprimidos por los modernistas, ignorados y ofendidos por ambos, tentados a inclinarse hacia uno u otro de los dos partidos, cada uno de los cuales se opone al partido opuesto como la verdad al error, y el bien al mal.
Por ello, ninguno de los dos partidos admite la licitud y la necesidad de una tercera posición, super partes, intermedia, mediadora y equilibradora. La consideran imposible o un doble juego, una contradicción o una medida a medias, como ocurre en política, en la cual para los comunistas, quien no es comunista es fascista y para los fascistas, quien no es fascista es comunista. Entonces, para los lefebvrianos, todos los que no están con ellos, son modernistas y para los modernistas, todos los demás son lefebvrianos.
Está claro que en este doloroso y escandaloso asunto, perjudicial para las almas y para la expansión de la Iglesia, una suprema responsabilidad clarificadora, conciliadora y pacificadora recae en el Papa, supremo custodio de la fe, de la sana teología y de la unidad de la Iglesia.
El está prodigándose en esta dificilísima obra, que supera las simples fuerza humanas. Colaboremos con él, apoyémoslo, sobre todo con la oración y estemos ciertos de que las almas hoy exacerbadas por un conflicto fratricida, encontrarán los caminos de la paz en la verdad.
P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 11 de junio de 2015
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