martes, 18 de agosto de 2026

Infalibilidad y falibilidad del Sumo Pontífice

Es necesario abordar con claridad la cuestión delicada de la infalibilidad y la falibilidad del Papa. ¿Qué significa que el Pontífice sea infalible en la fe y, a la vez, falible en su acción pastoral y en su vida privada? ¿Cómo distinguir entre los distintos grados de autoridad de sus enseñanzas, desde los dogmas definidos hasta las doctrinas vinculantes del Concilio Vaticano II? Este texto del padre Cavalcoli nos recuerda que nunca un Papa ha negado a su predecesor en materia de fe, pero advierte que puede equivocarse en opiniones personales o decisiones prácticas. ¿No es acaso necesario un discernimiento lúcido para saber dónde el Papa debe ser obedecido y dónde puede ser respetuosamente criticado? Una reflexión que invita a valorar el magisterio pontificio con confianza y fidelidad, pero también con prudencia y oración, para colaborar en el avance de la Iglesia hacia la verdad y la salvación.

Infalibilidad y falibilidad del Sumo Pontífice

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog L’Isola di Patmos, el 15 de julio de 2015. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/infallibilita-e-fallibilita-del-sommo-pontefice/)

La cuestión de la infalibilidad o no del Romano Pontífice coincide de algún modo con la cuestión de la infalibilidad o no del Magisterio de la Iglesia. ¿Qué se entiende, de hecho, con esta expresión? El poder que el Colegio Episcopal tiene, bajo la guía del Papa, para enseñar, interpretar y difundir el Evangelio. Ciertamente existe un poder magisterial propio y personal del Papa: aquello que él enseña por sí de su iniciativa propia, prescindiendo del consenso o no del cuerpo episcopal. Por ejemplo, las catequesis sobre la "teología del cuerpo" desarrolladas por san Juan Pablo II desde 1979 a 1983. Tenemos aquí entonces el magisterio pontificio. Pero estamos de nuevo al inicio: el Colegio de los Obispos tiene el deber de hacer suyo este magisterio, en cuanto aplicación del mandato de Cristo a Pedro: "confirma fratres tuos" (cf. Lc 22,31-34). Y, por otra parte, es inconcebible un magisterio de los obispos que no esté presidido y aprobado por el Papa.
El hablar de infalibilidad o no infalibilidad del Papa, es como si se hablara por tanto de infalibilidad o no infalibilidad de la Iglesia misma, en cuanto guiada por el cuerpo episcopal unido al Papa, la así llamada "Iglesia docente", aunque luego al final, como dice el Concilio Vaticano II, toda la Iglesia y por tanto todo fiel, sea infalible en el creer y en el proclamar la Palabra de Dios, se entiende siempre bajo la guía de los Obispos y del Papa. La lectora de las Lecturas de la Misa, cuando las proclama, es infalible. El niño del catecismo de iniciación sacramental, si responde bien a las preguntas de la maestra, es infalible.
Sin embargo, en la Iglesia el Papa es el único miembro que goza de un carisma personal de infalibilidad. Todos los demás obispos y cardenales, por más doctos y santos que sean, no poseen ningún carisma personal de infalibilidad y pueden caer en la herejía, como es demostrado por la historia. O bien se puede decir que son infalibles, individualmente o en grupo, incluso si se tratara de una asamblea conciliar, sólo en cuanto están unidos a Pedro y sometidos a Pedro. El conciliarismo, que ha aparecido varias veces en la historia, es una herejía, no corresponde a la voluntad de Cristo. Asimismo, el simple "primado de honor" sin poder magisterial ni jurisdiccional sostenido por las Iglesias cismáticas orientales es una herejía contraria a aquello que Cristo ha querido y mandado a Pedro y a sus sucesores.
El Papa es infaliblemente asistido por el Espíritu Santo cuando lleva a cabo su tarea de anunciar e interpretar el Evangelio y de confirmar a los hermanos en la fe. Naturalmente el Papa, en cuanto hombre pecador, hijo de Adán, sería también falible en las cosas de la fe y de la moral cristianas, si no gozara de esta asistencia, y es efectivamente falible, cuando, por diversos motivos, no goza de esta asistencia. Y falible quiere decir que puede cometer un error, que puede pasar por alto un error. O bien que puede tomar por cierto lo que no lo es, o viceversa, puede tomar por opinable aquello que es cierto. La mayor certeza de que el Papa es nuestro Maestro en la fe y cuando enseña infaliblemente la Palabra de Dios, la tenemos cuando él mismo declara hablar en nombre de Cristo y pretende definir un dogma de la fe, como es enseñado en el Concilio Vaticano I.
Para que exista infalibilidad no son necesarias estas declaraciones explícitas y solemnes, que ante todo son bastante raras, sino que es suficiente que el Papa nos proponga enseñanzas que en todo caso se refieran al dogma o a la Tradición o los desarrollen y esclarezcan o enseñen alguna doctrina necesariamente conectada al dogma o que toque de algún modo las verdades de fe enseñadas por Nuestro Señor Jesucristo. Asimismo, las doctrinas de los Concilios ecuménicos, que explican o profundizan o interpretan las verdades de la Escritura y de la Tradición, aunque no sean definidas, son en todo caso definitivas, es decir, absolutamente y perennemente verdaderas e infalibles; y repiten su autoridad de aquella del mismo Sumo Pontífice que las ha aprobado. En efecto, como resulta de la Carta Ad tuendam fidem de san Juan Pablo II de 1998, existen tres grados de infalibilidad de las doctrinas del Magisterio de la Iglesia. El primero, que requiere en el fiel la fe divina o teologal, es aquella propia de las verdades de fe definida, comúnmente llamadas "dogmas". Rechazar esta doctrina es herejía.
En el segundo grado están las doctrinas no definidas y sin embargo definitivas, o sea absolutamente y perennemente verdaderas, objeto por parte del fiel de fe en la autoridad de la Iglesia, la así llamada "fe eclesiástica". Pueden tocar el dato revelado, o bien verdades históricas o especulativas necesariamente conectadas con el dato revelado, como la existencia del alma humana, de Dios, de la verdad o de la libertad o la legitimidad de un Papa o de un Concilio; cosas que, si no fueran verdaderas, harían derrumbarse o volverían imposible la verdad de la fe. Rechazar esta doctrina es error próximo a la herejía.
Las doctrinas del tercer grado se refieren todavía a temas de la fe o conectados con la fe, por lo tanto se trata siempre de doctrinas verdaderas y ciertas, pero a las cuales el fiel no debe dar un asentimiento de fe, sino más bien solo prestar "el obsequio de su inteligencia". No se trata aquí de la Iglesia, que propone, sin definirla dogmáticamente, una doctrina de fe, sino de una doctrina de la Iglesia, que tiene conexión con la doctrina de la fe. Doctrina de este tipo es, por ejemplo, el principio de la libertad religiosa o el principio del ecumenismo o del diálogo interreligioso proclamados por el Concilio Vaticano II. Rechazar esta doctrina es error contra la doctrina de la Iglesia. En el primer grado tenemos la doctrina definida, en el segundo la doctrina definitiva, en el tercero la doctrina vinculante.
¿Por qué estos tres grados? Estos tres grados no se refieren a la cuestión de la verdad, como si, por ejemplo, fueran verdaderas sólo las doctrinas de primer grado. Estos tres grados, en cambio, responden a una razón pastoral y a la manera propia de la mente humana de adherir a lo verdadero. En otras palabras, estos tres grados responden a un propósito didáctico y a la naturaleza misma de la mente humana de acoger la verdad.
La Iglesia ha recibido de Cristo el depósito de la Revelación en su totalidad desde el principio. Pero la Iglesia no ha aprendido desde el inicio con igual claridad y certeza todas las verdades de la fe. Algunas, aquellas sobre las cuales Cristo había mayormente insistido o que mayormente aparecían en continuidad con el Antiguo Testamento, o que aparecían más acordes con la razón, han emergido inmediatamente desde los primeros Símbolos de la fe. Otras verdades, que se podían deducir de las primeras o que estaban latentes o implícitas bajo las primeras, quizás de menor importancia o quizás incluso más difíciles de comprender, más difíciles "de cargar con su peso", al principio permanecieron veladas o no tan seguras como las primeras. De ahí este proceso de diferenciación de varios grados de certeza.
El progreso de la Iglesia en el conocimiento del dato revelado no conlleva el hecho de que Dios en el curso de la historia añada nuevas verdades, sino que implica el hecho de que la Iglesia conoce mejor y con mayor claridad todas aquellas verdades, que Cristo ha enseñado a los apóstoles antes de retornar al cielo. Ahora bien, Cristo desde el cielo, ahora y hasta el fin del mundo, no añade nada a aquello que ha consignado entonces a los apóstoles, sino que por medio de su Espíritu asiste a la Iglesia bajo la guía de Pedro a comprender y explicar siempre cada vez mejor el patrimonio de la verdad revelada.
La Iglesia no tiene sólo que esclarecer por sí misma la cualidad y el número de las verdades reveladas, sino que una vez que ella, bajo la guía del Papa, las ha esclarecido, es su deber enseñarlas al mundo. E incluso en este punto se impone la necesidad de una gradualidad: gradualidad en el proponer en modo sucesivo los contenidos doctrinales, comenzando por los más fáciles o por los más importantes o por los más urgentes. Y gradualidad en el énfasis o en el vigor o en la acentuación o en la severidad con los cuales proponer las mismas doctrinas, según las necesidades o los requerimientos de los fieles.
La infalibilidad del Papa está históricamente demostrada: nunca ha sucedido que un Papa haya negado a su predecesor en materia de fe. La tesis de Küng es por lo tanto falsa. Puede suceder, en cambio, que un Papa caiga accidentalmente en la herejía, ya sea porque no está en plena posesión de sus facultades mentales o porque está amenazado. Las enseñanzas del Papa o sus tomas de posición en campo doctrinal deben ser tomadas en consideración siempre con benevolencia, confianza y respeto, pero también con sabio discernimiento, para evaluar las modalidades, el nivel de autoridad y el género de intervenciones o pronunciamientos o de las disposiciones prácticas o de los actos de gobierno.
Luego de haberse asegurado con certeza, a partir de fuentes fidedignas, objetivas y autorizadas, del verdadero contenido de cuanto el Papa dice o ha dicho, lo primero que se debe hacer es catalogar el tipo y el nivel de pronunciamiento. Los Papas del postconcilio, sobre todo a partir de san Juan Pablo II, han acrecentado y ulteriormente diversificado aún más los géneros de sus intervenciones públicas. No es infrecuente el hecho de que ellos pretendan manifestar simples opiniones personales, por ejemplo publicaciones, discursos o entrevistas, tal vez siguiendo ciertas tendencias teológicas o exegéticas. Es evidente que aquí no son infalibles. Son, éstas, intervenciones que se suman al ejercicio tradicional de su magisterio doctrinal y moral, que se expresa en los documentos a varios niveles, desde las encíclicas a los discursos, las audiencias generales o las homilías en las visitas apostólicas; estas intervenciones conservan la expresión de su poder jurisdiccional, pastoral, disciplinario, de gobierno, diplomático, legislativo.
En su enseñanza moral, es necesario prestar atención a cuanto es reconducible a verdades de fe, distinguiéndolo de las directivas, que pueden ser objeto de discusión. Al respecto, digna de todo respeto, incluso de obediencia de fe, es la enseñanza moral pontificia que hace referencia a la ley moral natural, como por ejemplo las normas de la ética sexual o social, la pastoral para las personas homosexuales, la prohibición de los anticonceptivos, la prohibición de la fecundación artificial, o la defensa de los derechos de los pobres y de los oprimidos.
Asimismo, con respeto deben ser tomadas en consideración la disciplina de los sacramentos y las normas litúrgicas, aunque aquí, sin embargo, distinguiendo aquello que se refiere a los valores esenciales de fe de aquello que puede tener un simple valor pastoral revisable o mutable. También al indicarnos los caminos de la salvación en aquellos hermanos y hermanas que ejemplarmente los han seguido -los santos- el magisterio pontificio no puede sino ser infalible.
Diferente es el caso de sentencias judiciales en causas de excomunión o de cisma o en cualquier caso de delitos en campo canónico, mientras que el Papa no se puede equivocar al juzgar herética una doctrina. En cuanto a pronunciamientos relativos a fenómenos carismáticos, como por ejemplo las apariciones marianas, aquí el juicio no es infalible, aunque de todos modos se debe suponer que está marcado por la prudencia.
El Magisterio pontificio y en general el Magisterio de la Iglesia pueden y deben ser evaluados, sí, a la luz de la Tradición y de la Escritura, pero no con la actitud hostilmente cautelosa, desconfiadamente presuntuosa, podríamos decir farisaica, de quien está dispuesto con un fusil apuntando para descubrir al Papa en falta, tal vez para acusarlo de modernismo, sino que el Magisterio debe ser valorado con la confianza de saber que tenemos de él la correcta interpretación de la Tradición y de la Escritura. Es cosa sabia y acertada interpretar del Papa en bien o benévolamente ciertas expresiones suyas que en un principio pueden sorprender. Así, de modo similar, antes de negar la infalibilidad de las doctrinas del Concilio Vaticano II, como hacen algunos, debe reflexionarse bien sobre el hecho de que ellas, aunque no contengan nuevos dogmas definidos, presentan sin embargo nuevos desarrollos de la Tradición y nuevas explicaciones de la Escritura, que no pueden no comprometer, quizás en el tercer grado de autoridad, el obsequio sincero del verdadero fiel católico.
Pero es igualmente deber de lealtad y honestidad hacia el Sumo Pontífice no ponerlo de nuestro lado, como hacen los modernistas, sólo porque el Papa se muestra abierto a los valores de la modernidad, olvidando sin embargo el durísimo ataque que el Papa hace en la encíclica Laudato si' contra aquello que ha sido el peor veneno de la modernidad: el antropocentrismo.
El Romano Pontífice, aunque dotado del carisma de la infalibilidad como maestro de la fe, sigue siendo siempre un ser humano falible y pecador, donde no juega este carisma. Si en el campo de la doctrina de la fe es infalible, en el campo de su acción pastoral y de gobierno, así como en su conducta privada puede pecar de diversas maneras, como por ejemplo en la prudencia, en la justicia y en la caridad. Por ello el Papa tiene necesidad de nuestra ayuda, ante todo de la oración, pero también, para quien pueda, de constructivas propuestas en el campo doctrinal, moral y pastoral, dejándole siempre a él la última palabra. Por tanto es muy importante saber con claridad dónde el Papa puede ser criticado y dónde debe ser obedecido. Esta claridad es indispensable para un continuo y fructuoso avance en el camino de la salvación.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 13 de julio de 2015

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Papa sit infallibilis in fide et fallibilis in aliis

Ad hoc sic procediturVidetur quod Papa non possit esse infallibilis.
1. Quia, cum sit homo peccator, potest errare etiam in rebus fidei et morum, nec eius humana conditio permitteret eum ab errore evadere.
2. Praeterea, historia ostendit episcopos et cardinales in haeresim incidisse. Si Papa est unus episcopus inter alios, etiam ipse posset in errorem doctrinalem cadere, et ideo non potest sustineri infallibilitas personalis.
3. Item, Papae postconcilii multiplicaverunt sermones, colloquia et publicationes personales. Si in eis possunt errare, videtur quod nulla vera infallibilitas existat, sed sola auctoritas opinabilis.
4. Denique, quidam tenent doctrinas Concilii Vaticani II, cum novos dogmata non definiant, non esse infallibiles. Ergo Papa eas approbans non exercet infallibilitatem, et eius magisterium est fallibile.

Sed contra est quod Dominus dixit Petro: confirma fratres tuos in fide (Lc 22,31‑34). Concilium Vaticanum I docet Papam infallibiliter assisti a Spiritu Sancto cum dogma fidei definit. Ioannes Paulus II, in Littera Ad tuendam fidem, distinguit tres gradus infallibilitatis in magisterio. Numquam accidit ut Papa praedecessorem suum in materia fidei negaverit.

Respondeo dicendum quod Papa habet charisma personale infallibilitatis ut magister fidei, Spiritu Sancto assistente ad Evangelium annuntiandum et interpretandum et fratres confirmandos. Haec infallibilitas exercetur variis gradibus: primo, in dogmatibus definitis quae fidem theologicam requirunt; secundo, in doctrinis definitiviis quae fidem ecclesiasticam exigunt; tertio, in doctrinis vinculantibus quae obsequium intellectus postulant. Papa tamen est fallibilis ut homo, in actione pastorali, in decisionibus prudentiae, in iudiciis disciplinaribus vel in opinionibus personalibus. Ideo necessarium est clare discernere ubi Papa obediendus sit et ubi cum reverentia critici potest. Magisterium pontificium aestimandum est cum fiducia et benevolentia, non cum hostili diffidentia, et etiam doctrinae non definitae sincera fidelem adhaesionem implicant.

Ad primum dicendum quod, quamvis Papa sit peccator, accipit charisma speciale infallibilitatis in fide, quod eum ab errore servat cum in nomine Christi docet. Ipsius fallibilitas est in aliis campis, non in nucleo doctrinae revelatae.
Ad secundum dicendum prolixius quod episcopi possunt in haeresim cadere, sed Papa est solus membrum Ecclesiae quod infallibilitate personali gaudet. Conciliarismus est haeresis quia hunc primatum negat, et historia ostendit numquam Papam alium in fide contraxisse.
Ad tertium dicendum prolixius quod interventiones personales Papae non sunt infallibiles, sed hoc non negat eius infallibilitatem in magisterio doctrinali et morali cum veritates fidei vel doctrinas fidei conexas docet. Oportet distinguere inter opiniones personales et actus magisteriales.
Ad quartum dicendum amplius quod doctrinae Concilii Vaticani II, etsi nova dogmata non definiant, sunt evolutiones Traditionis et explanationes Scripturae, et saltem in tertio gradu auctoritatis obsequium sincerum fidelis implicant. Eas negare esset error contra doctrinam Ecclesiae.
   
JG

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