sábado, 1 de agosto de 2026

Nuestra Señora y el fin del mundo

¿Puede la Virgen María anticipar el fin del mundo? ¿Qué valor tienen las profecías de Lourdes, Fátima y Medjugorje frente a las del Evangelio y el Apocalipsis? ¿Es legítimo que una vidente comunique directamente al mundo secretos celestiales sin pasar por la autoridad del Papa? ¿No corre el riesgo la Iglesia de confundir revelaciones privadas con la revelación pública que garantiza la salvación? En este artículo, el padre Giovanni Cavalcoli examina la función maternal de María en la historia, el sentido de los mensajes marianos y la necesidad de discernir con prudencia entre auténticas advertencias divinas y posibles ilusiones humanas, recordando siempre que el Vicario de Cristo es el único garante de la verdad evangélica. [En la imagen: fragmento de "Mujer vestida del Sol" o "Mujer del Apocalipsis", pintura de alrededor de 1890, obra Ferenc Szoldatits, simbolizando en esta pintura a la Virgen María y venerada como Patrona de Hungría, obra conservada en el Dezső Laczkó Museum, Veszprém, Hungría].

Nuestra Señora y el fin del mundo

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el 17 de febrero de 2021. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-madonna-e-la-fine-del-mondo.html)

Las profecías neotestamentarias de los Evangelios, del Apocalipsis y de las Cartas de san Pablo (2 Tes 2) referentes al fin del mundo y los signos del fin no nos permiten saber cuándo sucederá este fin, porque esto es conocido sólo por Dios Padre, pero nos permiten reconocer por algunos signos la venida de Cristo glorioso presente, venido, como Él mismo nos ha revelado, para juzgar al mundo y separar a los justos de los malvados.
Tales profecías nos revelan con mayor precisión cuáles serán los hechos que preparan el fin del mundo, aunque sin embargo sin aclarar la fecha de este fin, porque estos hechos en diferentes grados de entidad, ocurren a lo largo de todo el curso de la historia presente, sin que por ello nos sea dado a nosotros saber cuál será la entidad precisa de tales hechos, que marcarán efectivamente el fin del mundo. En efecto, como ya lo demuestra la experiencia de la historia, han ocurrido ya en otras ocasiones del pasado hechos de ese tipo, que han hecho pensar que era entonces el fin; y en cambio lo que ocurrió ha sido quizás una reanudación de la vida cotidiana y la historia continuó.
Lo que se puede notar es que cada vez que se repiten estos hechos, aparecen cada vez más graves no en la cualidad, sino en su entidad, por lo que no podremos saber nunca cuando la medida está colmada. O bien podremos saberlo solo cuando efectivamente nos encontremos delante de Cristo mismo presente para juzgar a los vivos y a los muertos.
El Concilio Vaticano II enseña que María, "con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada" (Lumen Gentium, n.62 ).
Esta presencia materna y solícita de María, que ilumina, consuela, conforta, advierte y amonesta, recorre toda la historia de la Iglesia, pero de modo especial a partir del siglo XIX con las famosas apariciones de Lourdes y en el siglo pasado con las apariciones de Fátima.
Sin embargo, lo que puede sorprender es que en las profecías neotestamentarias no se hace nunca mención a esta función maternal de María. Se podría responder que por entonces la mariología estaba sólo en sus inicios y estaba muy lejos de aquellos desarrollos que habría de conocer desde hace dos siglos a esta parte.
Por lo demás, también sorprende el hecho de que esas profecías ni siquiera mencionen la función del Papa en esos momentos decisivos de la historia de la humanidad. En efecto, si el Papa es el pastor universal de la Iglesia, ¿cómo no imaginar que él no nos será de ayuda para reconocer los signos de la presencia escatológica de Cristo?
Teniendo en cuenta, por lo tanto, la mencionada función maternal de María, no es de extrañar que ella, en sus mensajes, insinúe cosas o hechos o comportamientos, que deben ayudarnos a comprender cómo será el fin del mundo y cómo prepararnos para ese final. Esta función materna y providencial de María parecería manifestarse de modo especial en los mensajes marianos de Medjugorje relacionados con los famosos "diez secretos", cuya revelación, por cuanto parece, debería constituir para toda la humanidad pecadora, mediante hechos o cosas milagrosas, una clara amonestación y un supremo llamamiento a la penitencia y a la conversión a Cristo, para así estar dispuestos para su Venida.
Esta función de María parecería encontrar espacio en las profecías apocalípticas acerca de los "flagelos" que Dios mandará sobre los pecadores como última advertencia antes del fin. Cristo predice que muchos, experimentando estas advertencias y comprendiendo su significado, "se golpearán el pecho" (Mt 24,30), mientras que el Apocalipsis predice que los pecadores obstinados, en lugar de arrepentirse, prorrumpirán en blasfemias (Ap 16,11).
Me temo que pocos hoy sepan leer en la actual pandemia este llamamiento divino, y prefieran en cambio permanecer apegados a sus pecados, mostrando despreciar las advertencias divinas: los creyentes, en la idea de que serán perdonados de todos modos y que por lo tanto el Dios de la misericordia no tiene nada que ver con la pandemia; los ateos, desinteresándose completamente de las llamadas divinas, ya que ni siquiera creen que Dios existe. Me parece, en cambio, que Nuestra Señora en Medjugorje hace un llamado continuo al arrepentimiento y a la conversión, sin los cuales la salvación es imposible.
Soy, hablando de modo general, un admirador de Medjugorje. Reconozco que durante muchos años se han realizado infinidad de buenas obras: un excelente clima de oración, una infinidad de Misas celebradas, confesiones, catequesis, reuniones espirituales, conversiones, reconciliaciones, ecumenismo, obras asistenciales, alojamiento de peregrinos, ayuda a los pobres.
Lo que en cambio me produce dificultad respecto a este imponente y complejo fenómeno que se viene desarrollando desde hace cuarenta años, es la repetitividad de los mensajes marianos, que ciertamente contienen excelentes exhortaciones, pero que, en suma, son cosas bien conocidas para cualquier creyente, por lo cual me cuesta entender que sea necesario que Nuestra Señora en persona (¿cómo, entonces?) descienda del cielo para repetir una y otra vez las mismas buenas palabras, necesariamente genéricas y descontextualizadas, que son buenas hoy, pero también buenas ayer y antier. En cambio, característica de los auténticos mensajes proféticos es su inserción en la historia a causa del propósito práctico que los caracteriza.
En cambio, diferentes han sido los mensajes de Lourdes y Fátima: indicaciones prácticas, precisas y concretas, históricamente contextualizadas: en Lourdes la confirmación mariana del dogma de la Inmaculada, definida cuatro años antes por el Beato Pío IX, la orden de construir un santuario y de abrir los manantiales del agua milagrosa.
De manera similar en Fátima, mensajes muy precisos e históricamente contextualizados: la humanidad necesitaba convertirse, de lo contrario Dios la habría castigado con una guerra mundial peor que la precedente, cosa que de hecho sucedió, porque Europa respondió a las advertencias de Nuestra Señora con las dictaduras de Mussolini, de Hitler y de Stalin.
Por otra parte, como se sabe, Nuestra Señora, según sor Lucía, había pedido en un mensaje secreto al Papa para ser revelado y puesto en práctica hacia 1960, que el Papa consagrara Rusia al Inmaculado Corazón de María, consagración hecha por el Papa junto con todos los obispos del mundo: esto habría obtenido que Rusia repudiara el comunismo y retornara a la fe. De lo contrario, el comunismo se habría extendido por todo el mundo con inmenso daño a las naciones.
Pero, como también sabemos, san Juan XXIII, al expirar el plazo fijado por el mensaje, prefirió no revelarlo. El papa Juan estaba dirigiendo los trabajos del Concilio Vaticano II. Tenía en mente una solución al problema comunista diferente a la propuesta por el mensaje fatimita, de cuya autenticidad probablemente dudaba, aunque ya a estas alturas el culto a Nuestra Señora de Fátima había sido aprobado por sus predecesores.
En efecto, como surgió después de las enseñanzas del Concilio, el Santo Pontífice probablemente estaba convencido de que la propuesta transmitida por sor Lucía -esperando una "conversión de Rusia" junto con una neta condena del comunismo por parte de los obispos de todo el mundo- fuera demasiado drástica o fuera irrealizable o fuera incluso contraproducente, y orientó al Concilio a buscar otra solución, que estuviera basada en el encuentro y en el diálogo sobre la base de aquellos puntos comunes de un sano humanismo que pudieran hacer encontrar a cristianos y comunistas en la edificación de la justicia y de la paz en el mundo, aquello que hoy el papa Francisco llama "fraternidad", fundada en aquello que Santo Tomás de Aquino habría llamado ratio naturalis universalis, propiedad del hombre en cuanto tal y, por lo tanto, de todos los hombres.
Pero, después de la consagración del mundo a María hecha por san Pablo VI al final del Concilio en presencia de los Padres conciliares, un cierto cumplimiento de las solicitudes de la Santísima Virgen fue hecho solo por san Juan Pablo II en 1984, el cual si bien no satisfizo en pleno las mencionadas solicitudes, sí aceptó lo esencial; pero no mencionó ni a Rusia ni al comunismo. Y de hecho en 1989 se disolvió la Unión Soviética. Pero el comunismo no se ha extinguido del todo e incluso hoy, como sabemos, está más floreciente que nunca en China.
Pero en los mensajes secretos que sor Lucía había enviado al Papa, también estaba el llamado "tercer secreto", que en un primer momento san Juan Pablo II, hablando en Fulda, en Alemania, en 1980, no quiso revelar, dijo él, por razones de oportunidad, y cuya revelación fue hecha solo en el 2000 por el cardenal Bertone, Secretario de Estado y por el cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Se trataría de graves persecuciones y sufrimientos para la Iglesia y para el Papa.
Ahora bien, por cuanto respecta a Medjugorje, yo considero que no es posible que haya sido Nuestra Señora quien encargó a Mirjana para que fuera la que revelara los secretos simplemente informando al Papa, como nos limitamos a poner un "para conocimiento" en una carta dirigida a otra persona. No es así como se comportaron sor Lucía y santa Bernardette.
De hecho, ellas simplemente transmitieron respectivamente al Papa y al párroco el mensaje mariano, dejando a la autoridad eclesiástica la responsabilidad de obrar un discernimiento y de actuar en consecuencia según el juicio de su prudencia.
Si verdaderamente los así llamados diez secretos de Medjugorje contienen mensajes o signos celestiales, que interesan o afectan el destino de la Iglesia y de la entera humanidad en orden a la salvación, ¿qué autoridad puede tener una cualquier respetable Mirjana para comunicarlos al mundo, por más que ella sea mujer piadosa y de buenas costumbres, y aún cuando durante cuarenta años se ha beneficiado de las atenciones de Nuestra Señora -si se admitieran como auténticas las apariciones?
¿Cómo puede, en efecto, ella dar la sensación de querer, quizás inconscientemente, pretender sustituirse al Papa o de igualar su autoridad, su competencia y su credibilidad, cuando el Papa es aquel a quien Cristo ha establecido como su Vicario en el oficio de anunciar al mundo el verdad del Evangelio y, por lo tanto, en la tarea de examinar la autenticidad de las revelaciones privadas, las cuales, si bien han atraído a millones de personas durante cuarenta años, siguen siendo siempre canónicamente "privadas", en el sentido de que su aceptación no es obligatoria en orden a la salvación, cómo es en cambio la revelación pública confiada por Cristo al Magisterio de la Iglesia bajo la guía del Papa?
Y si todavía Medjugorje está sub judice, ¿qué credibilidad pueden tener estos diez -¡y digo diez!- secretos celestiales anunciados por una vidente, cuya autoridad aún no ha sido reconocida -si es que lo será algún día- por la Iglesia? El testimonio de Bernadette y de los pastorcitos de Fátima fue en cierto punto reconocido por el Papa después de una cuidadosa investigación y verificación. ¿Pero, cómo y por qué la Iglesia y la humanidad deberían seguir creyendo en el anuncio de diez secretos escatológicos por parte de una vidente o de así llamada "encargada" por Nuestra Señora, cuyas apariciones están todavía por ser verificadas oficialmente?
Cabe señalar también que lo que hace dudar del origen celestial de estos "secretos" no es el simple hecho de que sean secretos, porque incluso en Fátima encontramos los secretos, sino que es el modo anómalo con el cual Nuestra Señora, admitido que sea precisamente Nuestra Señora, habría encargado o instruido a la vidente o a otras personas para que revelaran los secretos. En estos asuntos, parece emerger demasiado el ego de la vidente, la cual, como se suele decir, las hace y las dice, sin tener en cuenta el modo correcto con el cual un auténtico vidente, para ser autorizado, debe comunicar a la Iglesia el contenido del mensaje recibido.
En efecto, suponiendo, como parece evidente, que se trata de secretos atinentes a la vida cristiana, la vidente no debe comunicarlos directamente a la Iglesia o a la humanidad, ni siquiera en nombre de Nuestra Señora, sino que debe transmitirlos a la autoridad eclesiástica competente, la cual, decidirá si considerarlos auténticos o no auténticos, así como si considera oportuno revelarlos o no revelarlos o revelarlos en todo o en parte, según como lo dictara su prudente juicio.
Pero nuestros pastores, incluido el Papa, no son y no pueden ser simples notarios, voceros, portavoces, o ejecutores pasivos de los supuestos mensajes marianos que a ellos les entrega el vidente, incluso si es un auténtico vidente. Una "Gospa", una "Santísima Virgen" que pretende dar órdenes al Papa por medio de simples fieles no es verdaderamente Nuestra Señora, sino que es el demonio disfrazado de Nuestra Señora.
Nuestra Señora puede servirse de humildes fieles, como ha sucedido en Lourdes y en Fátima, para instruir o exhortar al Papa, quien por lo tanto deberá tener la humildad de escucharlos. Pero incluso éstos pecarían de presunción si pretendieran proclamar al mundo, aunque sea en nombre de Nuestra Señora, un supuesto mensaje mariano sin haber previamente sometido el mensaje recibido al juicio de la autoridad competente o si pretendieran sustituirse a ella en el anunciar al mundo lo que ha dicho Nuestra Señora.
Puede suceder también que un Papa no escuche un mensaje de Nuestra Señora y en tal caso ciertamente peca contra la humildad o peca de oportunismo. Pero siempre depende de él, y no del vidente o supuesto vidente, discernir qué cosa Nuestra Señora ha dicho y cuál es el juicio que se debe dar acerca de la autenticidad o no del mensaje recibido.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 13 de febrero de 2021

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum revelationes privatae marianae possint
auctoritatem Papae in discretione escatologica substituere

Ad hoc sic procediturVidetur quod revelationes privatae marianae possint auctoritatem Papae in discretione escatologica substituere.
1. Quia prophetiae Novi Testamenti non explicite commemorant functionem maternalem Mariae nec Papam in ultimis historiae temporibus, et ideo videretur quod nuntii mariani, sicut illi Medjugorje, possent supplere hanc absentiam et fideles directe ducere.
2. Praeterea, decem secreta Medjugorje, si vera essent, continerent admonitiones caelestes pro tota humanitate, et rationabile esset ut videns ea mundo immediate communicaret, sine exspectatione iudicii auctoritatis ecclesiasticae, cum urgentia finis celeritatem et claritatem exigere videatur.
3. Item, nuntii repetiti Dominae nostrae in Medjugorje, licet generales, attulerunt fructus spirituales abundantes: orationes, conversiones, reconciliationes, opera caritatis. Hoc videtur confirmare originem divinam et iustificare diffusionem immediatam, etiam sine approbatione officiali.
4. Denique, quidam putant Papam posse errare vel etiam nolle audire nuntium Marianum, sicut accidit cum secreto Fatimae tempore Ioannis XXIII. Ergo necessarium videretur ut videntes directe mundo communicarent quae a Maria recipiunt, ne admonitio divina amittatur.

Sed contra est quod docet Concilium Vaticanum II: Maria materno amore curat fratres Filii sui, sed semper in communione cum Ecclesia et sub ductu Papae. Praeterea revelatio publica Magisterio concredita sola est necessaria ad salutem. Apostolus Paulus docet Deum esse Deum ordinis et non confusionis, et sanctus Ignatius Antiochenus commemorat ubi episcopus est, ibi Ecclesia est.

Respondeo dicendum quod revelationes privatae marianae auctoritatem Papae substituere non possunt, quia Vicarius Christi solus est veritatis evangelicae et revelationum authenticitatis custos. Functio materna Mariae manifestatur in historia per nuntios ad conversionem et paenitentiam vocantes, sed hi humiliter ad auctoritatem competentem transmittendi sunt, sicut fecerunt Bernadetta in Lourdes et pastores Fatimae. Non licet videnti se tamquam portavoce universali Virginis exhibere, quia hoc esset Papam aequare vel substituere. Secreta, si vera sunt, ab Ecclesia discernenda sunt, quae secundum prudentiam decernet utrum revelanda sint vel non. Supposita Virgo quae per simplices fideles Papae praecepta dare vult, non est vera Domina nostra, sed diabolus sub specie Virginis. Vera medicina pro Ecclesia et mundo non est diffusio autonoma nuntiorum privatorum, sed oboedientia Magisterio et praeparatio ad adventum Christi per paenitentiam et conversionem. Memoratur quod in Lourdes et Fatima nuntii fuerunt praecisi et historice contextuati, dogmata confirmantes vel de bellis et communismo monentes, dum in Medjugorje repetitivitas et modus anomalis tradendorum secretorum dubium de origine caelesti excitant.

Ad primum dicendum quod absentia expressarum mentionum Mariae et Papae in prophetiae non significat eos nullam habere functionem, sed eorum missio intelligitur in continuatione cum revelatione publica et ordine hierarchico Ecclesiae.
Ad secundum dicendum quod secreta, si caelestia sunt, non immediate a vidente mundo communicanda sunt, sed Papae transmittenda, qui est qui authenticitatem et opportunitatem discernit. Auctoritas vidente non potest Vicarium Christi aequare.
Ad tertium dicendum quod fructus spirituales Medjugorje per se non probant apparitionum authenticitatem, cum ex fide fidelium et gratia Dei provenire possint, independenter a veritate nuntiorum. Repetitivitas et defectus contextus historici nuntiorum signum dubitationis est.
Ad quartum dicendum quod, etsi Papa in prudentia errare possit, semper ad eum pertinet et non ad videntem decernere de authenticitate et diffusionem nuntiorum Marianorum, quia Christus eum Vicarium suum et unitatis Ecclesiae principium constituit. Etiam si Papa nuntium non audit, peccat de opportunitate, sed non amittitur auctoritas eius discretionis.
   
JG

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